Sus Majestades,
Presidente y Miembros de la Comisión Nóbel,
Primer Ministro Brundtland,
Primer Ministro Itzjak Rabín,
Presidente Arafat,
Miembros del Gobierno Noruego,
Distinguidos invitados,
Agradezco a la Comisión del Premio Nóbel su decisión
de nombrarme entre los laureados del Premio Nóbel de la Paz este
año.
Me complace recibir este premio junto con Itzjak Rabín, con quien
he trabajado durante largos años por la defensa de nuestro
país y con quien trabajo ahora por la causa de la paz en nuestra
región. Esto es un tributo a su osado liderazgo.
Creo que es apropiado que el premio haya sido otorgado a Yasser Arafat. Su
renuncia al camino de la confrontación en favor del camino del
diálogo ha abierto el camino a la paz entre nosotros y el pueblo
palestino, al que deseamos lo mejor en el futuro.
Estamos dejando atrás la era de la beligerancia y caminamos juntos
en pos de la paz. Todo comenzo aquí, en Oslo, bajo los sabios
auspicios y la buena voluntad del pueblo noruego. Es un privilegio para mi
agradecer al pueblo noruego por sus magnánimos auspicios.
Desde mi más temprana juventud, he sabido que aunque esté
obligado a planear cuidadosamente las etapas de nuestro viaje, tenemos
derecho a soñar, y a seguir soñando, sobre su destino. Un
hombre puede sentirse tan viejo como su edad, pero tan joven como sus
sueños. Las leyes de la biología no se aplican a las
aspiraciones de la sangre.
Nací en un pequeño poblado judío en la Rusia Blanca.
No queda nada judío en él. Desde mi niñez he pensado
en mi lugar de nacimiento como una mera estación en el camino. El
sueño de mi familia, y el mio propio, era el de vivir en Israel, y
nuestro viaje al puerto de Yafo fue un sueño que se hizo realidad.
De no haber sido por este sueño y este viaje, probablemente yo
habría perecido en las llamas, como ocurrió a tantos de mi
pueblo, entre ellos casi toda mi familia.
Fui a la escuela en un poblado agrícola juvenil en el
corazón de Israel. El poblado y sus campos estaban rodeados de
alambre de púas, que separaba su verdor de la aridez de la
enemistad en su derredor. Por las mañanas solíamos salir a
los campos con hoces al hombro para cosechar los frutos de la tierra. Por
las tardes salíamos con rifles al hombro para defender nuestras
vidas. Los sábados solíamos visitar a nuestros vecinos
árabes. Los sábados hablabamos de paz con ellos, aunque el
resto de la semana intercambiabamos disparos en la oscuridad.
Desde el poblado juvenil de Ben Shemen, mis camaradas y yo íbamos
al Kibutz Alumot en la Baja Galilea. No teníamos casas, ni
electricidad, ni agua corriente. Pero teníamos una visión
magnífica y un ambicioso sueño: construir una sociedad nueva
e igualitaria que ennoblezca a cada uno de sus miembros.
No todos los sueños se hicieron realidad, pero tampoco todos se
perdieron. La parte que se realizó creó un nuevo paisaje. La
parte que no se realizó ha vivido en nuestros corazones hasta el
día de hoy.
Durante dos decadas, en el Ministerio de Defensa, tuve el privilegio de
trabajar de cerca con un hombre que era y sigue siendo, para mi, el
judío más grande de nuestros tiempos. De el aprendí
que la visión del futuro debe formar parte de la agenda del
presente; que se pueden superar los obstáculos a fuerza de fe; que
se puede sentir decepción, pero nunca desesperación. Por
sobre todas las cosas, aprendí que la más sabia
consideración es de base moral. David Ben Gurión ya no
está entre nosotros, pero su visión sigue floreciendo: ser
un pueblo singular, vivir en paz con nuestros vecinos.
Las guerras que peleamos fueron impuestas sobre nosotros. Gracias a las
Fuerzas de Defensa de Israel, las ganamos todas, pero no logramos la mayor
victoria que aspirábamos: librarnos de la necesidad de lograr
victorias.
Demostramos que los agresores no necesariamente salen vencedores, pero
aprendimos que los victoriosos no necesariamente ganan la paz.
No es sorprendente que la guerra, como método para conducir los
asuntos humanos, esté agonizando, y que ha llegado el momento de
enterrarla.
La espada, como nos enseña la Biblia, hiere la carne, pero no puede
proveer sustento. No son los rifles sino los pueblos los que triunfan, y
la conclusión de todas las guerras es que necesitamos gente mejor,
no rifles mejores -- a fin de evitar las guerras, a fin de ganar la
paz.
Hubo un tiempo en que la guerra era la única salida. Hoy en
día, la paz es la "alternativa sin opción" para todos
nosotros. Las razones de esto son profundas e incontrovertibles. Las
fuentes de riqueza material y poder político han cambiado. Ya no
están determinadas por el tamaño de los territorios ganados
con la guerra. Hoy son la consecuencia del potencial intelectual, logrado
principalmente con la educación.
Israel, esencialmente un país desértico, ha logrado
impresionantes producciones agrícolas aplicando la ciencia en sus
campos, sin expandir sus territorios o sus recursos hídricos.
La ciencia debe ser aprendida; no puede ser conquistada. Un
ejército que pueda ocupar los conocimientos aún no ha sido
creado. Y esa es la razón de que los ejércitos de
ocupación sean cosa del pasado. De hecho, incuso para la defensa
del país no se puede depender sólo de las armas. Las
fronteras territoriales no son un obstáculo para los misiles
balísticos, y ningún arma puede defender a una nación
de un artefacto nuclear. Hoy en día la batalla por la supervivencia
debe basarse en la sabiduría política y la visión
moral, no menos que en el poder militar.
La ciencia, la tecnología y la información son -- para bien
y para mal -- universales, no nacionales. Todo el mundo tiene acceso a
ellas. Su accesibilidad no depende del color de la piel o el lugar de
nacimiento. Las distinciones pasadas entre Este y Oeste, Norte y Sur, han
perdido su importancia ante una nueva distinción: entre los que
avanzan al ritmo de las nuevas oportunidades y los que se quedan
atrás.
Los países acostumbraban a dividir el mundo entre amigos y
enemigos. Esto ha cambiado. Los enemigos son ahora universales -- la
pobreza, el hambre, la radicalización religiosa, la
desertificación, las drogas, la proliferación de armas
nucleares, la devastación ecológica. Estas son las amenazas
que se ciernen sobre todas las naciones, así como la ciencia y la
información son los amigos potenciales de todas las naciones.
La diplomacia y la estrategia clásicas estaban dirigidas a
identificar a los enemigos y enfrentarlos. Ahora tienen que identificar
peligros, locales y globales, a fin de combatirlos antes que se vuelvan
desastres.
A medida que dejamos el mundo de los enemigos, a medida que entramos en el
mundo de los peligros, las futuras guerras que podrían iniciarse no
serán, probablemente, guerras de conquista de los fuertes contra
los débiles, sino guerras de protesta de los débiles contra
los fuertes.
El Medio Oriente no deberá perder nunca su orgullo de haber sido la
cuna de la civilización. Pero aunque vivimos en la cuna, no podemos
seguir por siempre en la infancia.
Hoy, como en mi juventud, sigo teniendo sueños. Me gustaría
mencionar dos: el futuro del pueblo judío y el futuro del Medio
Oriente.
Históricamente, el judaísmo ha sido mucho más exitoso
que los judíos mismos. El pueblo judío permaneció
pequeño, pero el espíritu de Jerusalem -- la capital de la
vida judía, la ciudad santa y abierta a todas las religiones -- no
ha parado de crecer. La Biblia se encuentra en cientos de millones de
hogares. La majestad moral del Libro de los Libros ha sido invencible en
los altibajos de la historia.
Es más: en repetidas ocasiones, la historia sucumbió a las
inmortales ideas de la Biblia. El mensaje de que un Dios invisible
creó al hombre según su imagen, y por lo que no hay
órdenes altos o bajos del hombre, se ha fundido con la
concientización de que la moralidad es la forma mas alta de
sabiduría y, tal vez, de la belleza y el coraje también.
Hondas, flechas y cámaras de gas pueden aniquilar al hombre, pero
no pueden destruir los valores humanos, la dignidad y la libertad del ser
humano.
La historia judía representa una lección alentadora para la
humanidad. Durante casi cuatro mil años, una pequeña
nación diseminó un gran mensaje. Inicialmente, la
nación vivió en su propia tierra; más tarde
erró en el exilio. Esta pequeña nación nadó
contra la corriente y fue constantemente perseguida, expulsada, pisoteada.
No hay otro ejemplo en toda la historia -- ni siquiera entre los grandes
imperios o sus colonias y dependencias -- de una nación, luego de
una saga tan extensa de tragedias e infortunios, que se levanta de nuevo,
se libera, reune a los remanentes dispersos e inicia de nuevo su aventura
nacional, venciendo a escépticos dentro de ella y a enemigos
allende sus fronteras, reviviendo su tierra y su idioma, reconstruyendo su
identidad y logrando nuevas cimas de distinción y excelencia.
El mensaje del pueblo judío a la humanidad es que la fe y la
visión moral pueden triunfar contra cualquier adversidad.
Los conflictos que están tomando forma al acercarnos al fin de
nuestro siglo serán por el contenido de la civilización, no
por territorios. La cultura judía ha vivido muchos siglos: ahora se
ha enraizado de nuevo en su propia tierra. Por primera vez en nuestra
historia, unos cinco millones de personas hablan hebreo, siendo su lengua
madre. Esto es a la vez mucho y muy poco: mucho porque nunca han habido
tantos hebreo-parlantes; poco porque una cultura basada en cinco millones
de personas a duras penas podrá enfrentar el efecto infiltrante y
corrosivo de la cultura de la televisión global. Durante las cinco
décadas de la existencia de Israel, nuestros esfuerzos se han
centrado en reestablecer nuestro centro territorial. En el futuro hemos de
consagrar nuestros esfuerzos a fortalecer nuestro centro espiritual. El
judaísmo -- o la judeidad -- es una fusión de creencias,
historia, tierra y lenguaje. Ser judio significa pertenecer a un pueblo
que es a la vez único y universal. Mi mayor esperanza es que
nuestros hijos, como nuestros antepasados, no se contenten con lo
transitorio y la impostura, sino que continúen arando el
histórico zurco judío en los campos del espíritu
humano, que Israel se convierta en el centro de nuestra herencia, y no
sólo un hogar para nuestro pueblo; que el pueblo judío
reciba inspiración de otros, pero al mismo tiempo sea una fuente
inspiración para otros.
El segundo sueño es sobre el Medio Oriente. En el Medio Oriente la
mayoría de la gente está empobrecida y vive en la miseria.
Es necesaria una nueva escala de prioridades, con las armas en el fondo y
un mercado económico regional en el primer lugar. La mayoría
de los habitantes de la región -- más de un sesenta por
ciento -- tienen menos de 18 años. El Medio Oriente es un enorme
jardín de infantes, una enorme escuela. Un nuevo futuro puede y
debe ser ofrecido a ellos. Israel ha computadorizado su educación y
ha logrado excelentes resultados. La educación puede ser
computadorizada en todo el Medio Oriente, permitiendo a nuestros
jóvenes, árabes y otros, progresar no sólo de grado
en grado sino de generación en generación.
El rol de Israel en el Medio Oriente debe ser contribuir a un gran
renacimiento permanente de la region:
Un Medio Oriente sin guerras, sin enemigos, sin misiles balísticos,
sin ojivas nucleares.
Un Medio Oriente en que los hombres, los bienes y los servicios puedan
moverse libremente sin necesidad de permisos de aduanas o licencias
policiales.
Un Medio Oriente en que cada hombre religioso sea libre de rezar en su
propio idioma -- árabe, hebreo, latín o cualquier idioma que
elija -- y en el que los rezos lleguen a su destino sin censura, sin
interferencia y sin ofender a nadie.
Un Medio Oriente en el que las naciones busquen la igualdad
económica y alienten el pluralismo cultural.
Un Medio Oriente donde los jóvenes puedan acceder a la
educación universitaria.
Un Medio Oriente donde el nivel de vida no sea de ninguna manera inferior
a los de los países más avanzados del mundo --
permítanme decir, un Medio Oriente muy parecido a Escandinavia.
Un Medio Oriente donde las aguas fluyan para aplacar la sed, hacer que los
cultivos crezcan y que los desiertos florezcan, donde no haya fronteras
hostiles que produzcan muerte, hambre, desesperación y
verguenza.
Un Medio Oriente de competencia, no dominación. Un Medio Oriente en
el que los hombres sean anfitriones de sus semejantes, no sus rehenes.
Un Medio Oriente que no sea un campo de la muerte, sino un campo de
creatividad y crecimiento.
Un Medio Oriente que honre su historia, que intente añadirle nuevos
y nobles capítulos.
Un Medio Oriente que sirva de centro espiritual y cultural para todo el
mundo.
Al tiempo que les agradezco por el premio, que agradezco a las muchas
personas de uniforme y civiles que llegaron a este momento de felicidad y
esperanza, creo que todos nosotros seguiremos comprometidos a continuar el
proceso. Agradezco a mi familia, que me ha sido fiel durante este largo
viaje y están convencidos, como yo, de que esta es la mejor
opción.
Hemos llegado a una era en que el diálogo es realmente la
única manera de conducir el mundo.
Sus Majestades, señoras y señores, les deseo a todos un
feliz año nuevo, un año de esperanza y paz.