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PM Peres- Sesiףn Especial de la Knיset en Memoria de Itzjak Rabםn

13 nov 1995
 
  Discurso del
primer ministro en funciones Shimon Peres
en la sesión especial de la Knéset
en memoria del primer ministro
Itzjak Rabín

13 de noviembre de 1995

yer, en la Plaza Itzjak Rabín, vimos los cientos de miles de personas que vinieron, en un silencio que no parecía de este mundo, para escuchar las penetrantes y emotivas palabras de Lea Rabín. Era posible sentir el duelo que había descendido sobre toda la nación. Vimos a los jóvenes de Israel llorando como nunca antes en la tumba de Itzjak.

Cuando su corazón dejó de latir, la generación joven se reveló ante nuestros ojos -- una generación seria que tocó nuestros corazones con su insistencia en mantener encendidas las velas del duelo; una generación que rezó con sus propias palabras, que lloró lágrimas candentes, que trajo las flores de la paz con manos temblorosas.

Esta joven generación perdió a un capitán que había capturado sus corazones, con quien pudieron identificarse. La nación perdió a su capitán y descubrió una nueva generación.

¿Es sorprendente esta identificación? De ser así, no sería justificable. La esencia del camino de Itzjak, quizás el secreto de su liderazgo, se basaba en su total dedicación a esta generación que lo llora.

La política de paz formulada bajo su liderazgo decía esencialmente lo siguiente: que supere nuestra generación, la generación experimentada, este gran conflicto y emita una decisión clara, para que la generación joven se libere en el futuro de los difíciles dilemas que enfrentamos a diario, para que pueda despegar en una pista libre de obstáculos e ilusiones y se pose en el próximo siglo con la capacidad de competir con otros jóvenes de todo el mundo, portando con orgullo la antorcha del nuevo Israel.

Ultimamente, el liderazgo de Itzjak Rabín se había concentrado en este gran esfuerzo, no en la búsqueda del poder efímero.

Durante nuestras conversaciones nos quedó claro a ambos, que si continuabamos aferrándonos al presente, sólo conseguiríamos perdernos más en el callejón sin salida de una dinámica demográfica sobre la que no tenemos control. Esta realización nos llevó a la clara conclusión de que si evadimos la decisión ahora, se crearía automáticamente un estado bi-nacional. La decisión, por dolorosa que sea para nuestra generación, garantizará el carácter judío y democrático de Israel, y del futuro también.

Estábamos convencidos de que era mejor decidir, en vez de poner en peligro a la próxima generación de perder su mayoría, de perder las posibilidades de paz, de perder la oportunidad de crear una coalición regional contra el mayor de los peligros: un fundamentalismo sin sentido, armado con armas modernas.

Sabíamos que muchos en esta cámara desean la paz, pero también que la paz tendría un precio. No podrá haber paz sin que haya un acuerdo con nuestros vecinos. No existe una paz que no incluya el factor territorial. Sabíamos que una paz impuesta es una paz imaginaria y temporal. La verdadera paz debe ser defendida por ambos bandos en conflicto.

Itzjak Rabín desdeñaba las ilusiones. Todas sus fuerzas las dirigió a la creación de un mapa realista que pudiera garantizar la seguridad del estado, la paz para su juventud y la comprensión con sus vecinos.

En la tumba de Itzjak, la nueva generación, súbitamente activa en política, se adhirió a una paz que también es joven, cuyos elementos aún están en su infancia. En la tumba de Itzjak, tanto la ganeración nueva como la joven paz, es sus nuevas manifestaciones, se revelaron simultáneamente. Por primera vez, aquí, en la tierra de Jerusalem, vimos a los líderes de Egipto y Jordania, a los representantes de Marruecos, Omán, Qatar, Mauritania y la Autoridad Palestina, inclinar su cabeza ante la tumba del líder de la paz, quien fue también el defensor de Jerusalem.

Nunca antes se presenció en el Monte Herzl un saludo más conmovedor de tantos líderes mundiales, un saludo a la extraordinaria personalidad de Itzjak y a la política de paz que él encabezó y que está siendo forjada ante nuestros ojos.

En el Monte Herzl se formó una montaña de flores sobre la tumba de Itzjak, guirnaldas de flores en memoria a la visión de Theodor Herzl, en cuyo honor fue nombrado el monte: el padre del estado judío, quien supo que toda gran realidad nace de un sueño que parece distante.

El Monte Herzl nunca pareció más alto o más prometedor. Pero así como es alta la montaña, así son de bajas las profundidades del asesinato. ¿Temía Itzjak al asesinato? Yo creo que, en el fondo de su corazón, el creía que morir de miedo era peor que el temor a la muerte. Al lado del mandamiento "No Matarás" colocó la máxima "No Temerás".

¿Le preocupaba el desacuerdo que hay entre nosotros? En lo más mínimo. El consideraba el desacuerdo - no sólo en el debate sino también en las manifestaciones, según dijo abiertamente - como una expresión de la democracia. Lo que quería impedir en Israel, y lo que es vital que logremos impedir, son los patíbulos verbales y los asesinos que dicen actuar en nombre de Dios, cuando en realidad son mensajeros de Satán.

En una democracia, la gente arguye con palabras y gobierna con palabras. Por lo tanto, las palabras deben ser reguladas para evitar que conduzcan a la destrucción.

Este parlamento, la Kneset de Israel, es el lugar para la deliberación nacional. Itzjak ocupó un lugar preponderante en esta deliberación. Tenía la esperanza de que el diálogo o el debate entre todos los partidos pueda conducirse con respeto mutuo, autocontrol y atención. Desgraciadamente, no siempre fue así. Se desvió del camino.

Itzjak nunca ocultó sus opiniones. Eran tan organizadas como una mesa bien armada. Para usar una de sus metáforas, como una mesa bien parada sobre sus cuatro patas.

La pata central es la seguridad. Tanto los detractores como los simpatizantes del proceso de paz entienten, y deben recordar, que sin una Fuerza de Defensa de Israel fuerte, a la que Rabín pertenecía y dirigía, Israel no podría defenderse o seguir su camino.

El camino que Itzjak eligió será reivindicado si nos mantenemos todos de acuerdo en que hay que mantener la fuerza de las FDI, la Policía de Israel y los servicios de seguridad - mantenerlos fuera de las disputas partidarias, ajenos a la maquinaria política. Los soldados de las FDI son nuestros hijos, los guardianes de las puertas del país que protegen el bienestar de sus ciudadanos. Yo sé lo que Itzjak pensaba, y yo estoy de acuerdo con él en que incluso cuando hay desacuerdos debemos mantener la unidad nacional en torno a la protección de la vida. No hablábamos de paz a cambio de seguridad, sino de paz además de seguridad - una seguridad que abarque del Jordán al Mediterráneo, de Metula a Eilat. Una seguridad que garantice la unidad de Jerusalem como la capital de Israel.

Otra pata de la mesa es el proceso de paz. El proceso de paz representa la singularidad del gobierno que él dirigió. No una paz teórica, sino una paz realista. El primer ministro fue asesinado debido a este proceso. Pero el pueblo experimentó una revelación y está siguiendo sus pasos.

Aún no hemos logrado plenamente la paz. Incluso la paz que ya hemos logrado no está completa. Pero la paz es un nuevo paisaje en nuestra región, que sólo ha conocido guerras y derramamiento de sangre. Es un paisaje con poder revolucionario. Hemos visto este poder reflejado en el duelo que se sintió en los territorios. La paz ahora está envuelta con una cinta negra. Pero este duelo también ha dado origen a una esperanza.

Este es el duelo de los que buscan la paz a ambos lados de la frontera. No habrá más consignas del odio e instigamientos al asesinato -- sólo una profunda, silenciosa e insuperable pena, que es como un enorme deseo de cambio verdadero.

Debemos continuar el proceso de paz. Esto era lo que Itzjak quería. Esa era la canción que estaba en sus labios en los últimos momentos de su vida.

Hemos de cumplir cada compromiso que hemos hecho con nosotros mismos: seguridad para Israel y los israelíes, respeto por los principios acordados con los palestinos, paz con Egipto y Jordania, y la búsqueda de la paz con Siria y Líbano.

Otra pata de la mesa, una pata nueva y prometedora, es la del crecimiento económico. La paz, la inmigración y el crecimiento se han aunado. Es difícil saber qué propició qué, pero es claro que los tres son inseparables. Es un triángulo productivo que nos ha permitido absorber la maravillosa inmigración de judíos de Rusia y sus repúblicas hermanas, de Etiopía y de los cuatro rincones del mundo.

El gobierno encabezado por Itzjak Rabín logró grandes cosas al absorber la inmigración, reducir el desempleo y elevar el nivel de vida de los ciudadanos israelíes en un tercio. Y, en esta cámara, encuentro grandes planes para el futuro, que están esperando hacerse realidad.

Nunca hemos estado más cerca de convertirnos en un estado ciencífico y tecnológico que en los últimos años. Israel ha experimentado la tasa de crecimiento más impresionante del hemisferio occidental.

Itzjak entendió que la fuerza política se traduce en crecimiento económico - y el crecimiento económico en fuerza de defensa.

Finalmente, la cuarta pata, la pata democrática, sin la cual nuestra mesa no sería estable. Itzjak estaba muy influenciado por la democracia norteamericana, en la que hay una división explícita entre los tres ramos - el legislativo, el ejecutivo y el judicial - y en el que cada ramo está separado del otro, suplementando a los demás sin sofocarlos.

Una democracia que lucha por la libertad de sus ciudadanos y lucha contra la libertad de los asesinos; una democracia caracterizada por la claridad de la implementación, pero que no excluya a los rabinos y su tradición bíblica. A medida que Itzjak se hacía dueño de su rol, a medida que transfería poderes y responsabilidades, aumentaba su tendencia a apoyarse en las bases morales del pueblo judío, que sabe que la valentía está en función del autogobierno y que el gobierno de otro pueblo está diametralmente opuesto a este valor. La libertad de expresión, la unidad, el gobierno de la ley, la supremacía del espíritu - así entendía él la democracia.

Desde hace una semana he estado sentándome en la silla que fuera de Itzjak. Desde su oficina nuestro país parece desbordar de ideas, lleno de vida, un centro de esperanza sin límites.

Desde el Monte Herzl, lleno de tristeza, y desde el huérfano edificio del gobierno en Kiriat Ben Gurión, veo tus planes; y he venido a decirte que así como es profundo nuestro dolor, es profundo nuestro compromiso de continuar lo que has comenzado.

Estoy sentado al lado de la silla de Itzjak, aquí en la Kneset, cubierta con un velo negro. No puedo evitar recordar una experiencia que tal vez fue la más larga que compartimos, cuando viajamos juntos por los estados africanos. Fuimos a Kenia luego que lograra su independencia, y Kenyatta nos contó de los 40 años que estuvo su pueblo en el desierto. Fuimos a la corte del Negus de Etiopía y vimos al cachorro del León de Judea, representado a su estilo. Itzjak me dijo entonces: "vamos a ver las fuentes del Nilo". Estaba entonces lleno de energía, joven, con su cabellera roja, con dos cámaras fotográficas, una a color y la otra en blanco y negro. Caminamos y caminamos, Itzjak fotografío cada una de las cataratas, insistió en trepar cada colina. Me sorprendió un poco verlo saltando entre las cataratas y trepando montañas con sus dos cámaras, y le pregunté: "¿para qué tomas tantas fotografías?" A lo que respondió: "tengo una imagen general, pero quiero ver cada fotografía separadamente, de manera precisa y con lujo de detalles, en blanco y negro y en color".

Esa era su esencia: cada imagen precisa, detallada, con todos sus colores, sin perder el marco general. Su visión llegaba lejos y era clara. Nos dejó logros prodigiosos. También dejó mucho por hacer. Bendita sea su memoria.

 
 
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