yer, en la Plaza Itzjak Rabín, vimos los cientos de miles de
personas que vinieron, en un silencio que no parecía de este mundo,
para escuchar las penetrantes y emotivas palabras de Lea Rabín. Era
posible sentir el duelo que había descendido sobre toda la
nación. Vimos a los jóvenes de Israel llorando como nunca
antes en la tumba de Itzjak.
Cuando su corazón dejó de latir, la generación joven se
reveló ante nuestros ojos -- una generación seria que
tocó nuestros corazones con su insistencia en mantener encendidas las
velas del duelo; una generación que rezó con sus propias
palabras, que lloró lágrimas candentes, que trajo las flores
de la paz con manos temblorosas.
Esta joven generación perdió a un capitán que
había capturado sus corazones, con quien pudieron identificarse. La
nación perdió a su capitán y descubrió una nueva
generación.
¿Es sorprendente esta identificación? De ser así, no
sería justificable. La esencia del camino de Itzjak, quizás el
secreto de su liderazgo, se basaba en su total dedicación a esta
generación que lo llora.
La política de paz formulada bajo su liderazgo decía
esencialmente lo siguiente: que supere nuestra generación, la
generación experimentada, este gran conflicto y emita una
decisión clara, para que la generación joven se libere en el
futuro de los difíciles dilemas que enfrentamos a diario, para que
pueda despegar en una pista libre de obstáculos e ilusiones y se pose
en el próximo siglo con la capacidad de competir con otros
jóvenes de todo el mundo, portando con orgullo la antorcha del nuevo
Israel.
Ultimamente, el liderazgo de Itzjak Rabín se había concentrado
en este gran esfuerzo, no en la búsqueda del poder efímero.
Durante nuestras conversaciones nos quedó claro a ambos, que si
continuabamos aferrándonos al presente, sólo
conseguiríamos perdernos más en el callejón sin salida
de una dinámica demográfica sobre la que no tenemos control.
Esta realización nos llevó a la clara conclusión de que
si evadimos la decisión ahora, se crearía
automáticamente un estado bi-nacional. La decisión, por
dolorosa que sea para nuestra generación, garantizará el
carácter judío y democrático de Israel, y del futuro
también.
Estábamos convencidos de que era mejor decidir, en vez de poner en
peligro a la próxima generación de perder su mayoría,
de perder las posibilidades de paz, de perder la oportunidad de crear una
coalición regional contra el mayor de los peligros: un
fundamentalismo sin sentido, armado con armas modernas.
Sabíamos que muchos en esta cámara desean la paz, pero
también que la paz tendría un precio. No podrá haber
paz sin que haya un acuerdo con nuestros vecinos. No existe una paz que no
incluya el factor territorial. Sabíamos que una paz impuesta es una
paz imaginaria y temporal. La verdadera paz debe ser defendida por ambos
bandos en conflicto.
Itzjak Rabín desdeñaba las ilusiones. Todas sus fuerzas las
dirigió a la creación de un mapa realista que pudiera
garantizar la seguridad del estado, la paz para su juventud y la
comprensión con sus vecinos.
En la tumba de Itzjak, la nueva generación, súbitamente activa
en política, se adhirió a una paz que también es joven,
cuyos elementos aún están en su infancia. En la tumba de
Itzjak, tanto la ganeración nueva como la joven paz, es sus nuevas
manifestaciones, se revelaron simultáneamente. Por primera vez,
aquí, en la tierra de Jerusalem, vimos a los líderes de Egipto
y Jordania, a los representantes de Marruecos, Omán, Qatar,
Mauritania y la Autoridad Palestina, inclinar su cabeza ante la tumba del
líder de la paz, quien fue también el defensor de
Jerusalem.
Nunca antes se presenció en el Monte Herzl un saludo más
conmovedor de tantos líderes mundiales, un saludo a la extraordinaria
personalidad de Itzjak y a la política de paz que él
encabezó y que está siendo forjada ante nuestros ojos.
En el Monte Herzl se formó una montaña de flores sobre la
tumba de Itzjak, guirnaldas de flores en memoria a la visión de
Theodor Herzl, en cuyo honor fue nombrado el monte: el padre del estado
judío, quien supo que toda gran realidad nace de un sueño que
parece distante.
El Monte Herzl nunca pareció más alto o más prometedor.
Pero así como es alta la montaña, así son de bajas las
profundidades del asesinato. ¿Temía Itzjak al asesinato? Yo
creo que, en el fondo de su corazón, el creía que morir de
miedo era peor que el temor a la muerte. Al lado del mandamiento "No
Matarás" colocó la máxima "No Temerás".
¿Le preocupaba el desacuerdo que hay entre nosotros? En lo más
mínimo. El consideraba el desacuerdo - no sólo en el debate
sino también en las manifestaciones, según dijo abiertamente -
como una expresión de la democracia. Lo que quería impedir en
Israel, y lo que es vital que logremos impedir, son los patíbulos
verbales y los asesinos que dicen actuar en nombre de Dios, cuando en
realidad son mensajeros de Satán.
En una democracia, la gente arguye con palabras y gobierna con palabras. Por
lo tanto, las palabras deben ser reguladas para evitar que conduzcan a la
destrucción.
Este parlamento, la Kneset de Israel, es el lugar para la
deliberación nacional. Itzjak ocupó un lugar preponderante en
esta deliberación. Tenía la esperanza de que el diálogo
o el debate entre todos los partidos pueda conducirse con respeto mutuo,
autocontrol y atención. Desgraciadamente, no siempre fue así.
Se desvió del camino.
Itzjak nunca ocultó sus opiniones. Eran tan organizadas como una mesa
bien armada. Para usar una de sus metáforas, como una mesa bien
parada sobre sus cuatro patas.
La pata central es la seguridad. Tanto los detractores como los
simpatizantes del proceso de paz entienten, y deben recordar, que sin una
Fuerza de Defensa de Israel fuerte, a la que Rabín pertenecía
y dirigía, Israel no podría defenderse o seguir su camino.
El camino que Itzjak eligió será reivindicado si nos
mantenemos todos de acuerdo en que hay que mantener la fuerza de las FDI, la
Policía de Israel y los servicios de seguridad - mantenerlos fuera de
las disputas partidarias, ajenos a la maquinaria política. Los
soldados de las FDI son nuestros hijos, los guardianes de las puertas del
país que protegen el bienestar de sus ciudadanos. Yo sé lo que
Itzjak pensaba, y yo estoy de acuerdo con él en que incluso cuando
hay desacuerdos debemos mantener la unidad nacional en torno a la
protección de la vida. No hablábamos de paz a cambio de
seguridad, sino de paz además de seguridad - una seguridad que
abarque del Jordán al Mediterráneo, de Metula a Eilat. Una
seguridad que garantice la unidad de Jerusalem como la capital de Israel.
Otra pata de la mesa es el proceso de paz. El proceso de paz representa la
singularidad del gobierno que él dirigió. No una paz
teórica, sino una paz realista. El primer ministro fue asesinado
debido a este proceso. Pero el pueblo experimentó una
revelación y está siguiendo sus pasos.
Aún no hemos logrado plenamente la paz. Incluso la paz que ya hemos
logrado no está completa. Pero la paz es un nuevo paisaje en nuestra
región, que sólo ha conocido guerras y derramamiento de
sangre. Es un paisaje con poder revolucionario. Hemos visto este poder
reflejado en el duelo que se sintió en los territorios. La paz ahora
está envuelta con una cinta negra. Pero este duelo también ha
dado origen a una esperanza.
Este es el duelo de los que buscan la paz a ambos lados de la frontera. No
habrá más consignas del odio e instigamientos al asesinato --
sólo una profunda, silenciosa e insuperable pena, que es como un
enorme deseo de cambio verdadero.
Debemos continuar el proceso de paz. Esto era lo que Itzjak quería.
Esa era la canción que estaba en sus labios en los últimos
momentos de su vida.
Hemos de cumplir cada compromiso que hemos hecho con nosotros mismos:
seguridad para Israel y los israelíes, respeto por los principios
acordados con los palestinos, paz con Egipto y Jordania, y la
búsqueda de la paz con Siria y Líbano.
Otra pata de la mesa, una pata nueva y prometedora, es la del crecimiento
económico. La paz, la inmigración y el crecimiento se han
aunado. Es difícil saber qué propició qué, pero
es claro que los tres son inseparables. Es un triángulo productivo
que nos ha permitido absorber la maravillosa inmigración de
judíos de Rusia y sus repúblicas hermanas, de Etiopía y
de los cuatro rincones del mundo.
El gobierno encabezado por Itzjak Rabín logró grandes cosas al
absorber la inmigración, reducir el desempleo y elevar el nivel de
vida de los ciudadanos israelíes en un tercio. Y, en esta
cámara, encuentro grandes planes para el futuro, que están
esperando hacerse realidad.
Nunca hemos estado más cerca de convertirnos en un estado
ciencífico y tecnológico que en los últimos
años. Israel ha experimentado la tasa de crecimiento más
impresionante del hemisferio occidental.
Itzjak entendió que la fuerza política se traduce en
crecimiento económico - y el crecimiento económico en fuerza
de defensa.
Finalmente, la cuarta pata, la pata democrática, sin la cual nuestra
mesa no sería estable. Itzjak estaba muy influenciado por la
democracia norteamericana, en la que hay una división
explícita entre los tres ramos - el legislativo, el ejecutivo y el
judicial - y en el que cada ramo está separado del otro,
suplementando a los demás sin sofocarlos.
Una democracia que lucha por la libertad de sus ciudadanos y lucha contra la
libertad de los asesinos; una democracia caracterizada por la claridad de la
implementación, pero que no excluya a los rabinos y su
tradición bíblica. A medida que Itzjak se hacía
dueño de su rol, a medida que transfería poderes y
responsabilidades, aumentaba su tendencia a apoyarse en las bases morales
del pueblo judío, que sabe que la valentía está en
función del autogobierno y que el gobierno de otro pueblo está
diametralmente opuesto a este valor. La libertad de expresión, la
unidad, el gobierno de la ley, la supremacía del espíritu -
así entendía él la democracia.
Desde hace una semana he estado sentándome en la silla que fuera de
Itzjak. Desde su oficina nuestro país parece desbordar de ideas,
lleno de vida, un centro de esperanza sin límites.
Desde el Monte Herzl, lleno de tristeza, y desde el huérfano edificio
del gobierno en Kiriat Ben Gurión, veo tus planes; y he venido a
decirte que así como es profundo nuestro dolor, es profundo nuestro
compromiso de continuar lo que has comenzado.
Estoy sentado al lado de la silla de Itzjak, aquí en la Kneset,
cubierta con un velo negro. No puedo evitar recordar una experiencia que tal
vez fue la más larga que compartimos, cuando viajamos juntos por los
estados africanos. Fuimos a Kenia luego que lograra su independencia, y
Kenyatta nos contó de los 40 años que estuvo su pueblo en el
desierto. Fuimos a la corte del Negus de Etiopía y vimos al cachorro
del León de Judea, representado a su estilo. Itzjak me dijo entonces:
"vamos a ver las fuentes del Nilo". Estaba entonces lleno de energía,
joven, con su cabellera roja, con dos cámaras fotográficas,
una a color y la otra en blanco y negro. Caminamos y caminamos, Itzjak
fotografío cada una de las cataratas, insistió en trepar cada
colina. Me sorprendió un poco verlo saltando entre las cataratas y
trepando montañas con sus dos cámaras, y le pregunté:
"¿para qué tomas tantas fotografías?" A lo que
respondió: "tengo una imagen general, pero quiero ver cada
fotografía separadamente, de manera precisa y con lujo de detalles,
en blanco y negro y en color".
Esa era su esencia: cada imagen precisa, detallada, con todos sus colores,
sin perder el marco general. Su visión llegaba lejos y era clara. Nos
dejó logros prodigiosos. También dejó mucho por hacer.
Bendita sea su memoria.