Estimado presidente, distinguidos delegados de la Sesión Plenaria
Anual del CCNRCJ, ciudad de St. Louis, la Federación Judía de
St. Louis, estimados invitados, damas y caballeros:
Queridos amigos, es un privilegio presentarme ante Uds. hoy, en calidad de
Ministro de Relaciones Exteriores de Israel y representante de un Israel
fuerte, vibrante y con fe en sí mismo.
Fui nombrado al cargo de ministro de Relaciones Exteriores bajo
circunstancias muy trágicas. Itzjak Rabín, quien fue
asesinado hace 99 días, fue mi comandante, mi líder, mi
mentor y mi amigo. Han sido noventa y nueve días de agonía
para mi, en los que no he podido dejar de pensar en el "qué
habría pasado si...?" El legado sionista de Itzjak, la
construcción de una nación con seguridad y paz, es y debe
seguir siendo un camino de luz por el que hemos de marchar hacia el
futuro.
De aquí a dos años el Estado de Israel celebrará 50
años de independencia.
Al acercarnos al portal del próximo milenio, son muchos los
desafíos que enfrentamos y no pocos los obstáculos. Pero
podemos mirar atrás y ver casi medio siglo de logros sustanciales,
de los que podemos derivar fe en un futuro aún más
brillante.
Nos encontramos en una encrucijada de nuestra historia: hemos iniciado un
proceso que puede llevarnos a una esfera completamente diferente y algo
desconocida, una nueva esfera de existencia nacional, social,
económica y cultural: la paz.
Nuestro objetivo final, en términos
"político-marítimos", es la creación de un
"Mediterráneo Pacífico". Traer la paz a la región,
para que la guerra se convierta en un horror del pasado, para decir
adiós a las armas. Esto es algo que estamos haciendo desde una
posición de fuerza, de fe en nosotros mismos y superioridad en
relación a nuestro entorno.
Nuestro poder se expresa en la fuerza militar de las Fuerzas de Defensa de
Israel; en nuestra robusta economía; en nuestra vibrante sociedad;
en nuestra singular relación con Estados Unidos - el único
super-poder mundial; en la absorción de setecientos mil
judíos, élite de un imperio destruido; y la asunción
común en el mundo árabe de que poseemos capabilidad
nuclear.
Estos son los principios de nuestra ventaja.
Otros dirán que la paz no podrá ser lograda hasta que el
mundo árabe cambie radicalmente sus posiciones y nos pida de
rodillas que le concedamos la paz. Eso es una falacia. Nunca
ocurrirá por sí mismo y es de hecho un argumento en clave a
favor de mantener el status quo y vivir para siempre a filo de la espada.
Nuestra manera de enfocar la cuestión consiste en la búsqueda
de la paz desde una posición aventajada y con fe en nosotros
mismos.
Esta paz, en virtud de la realidad que podría crear,
conducirá a que los pueblos árabes acepten gradualmente a
Israel como un vecino pacífico. Seguiremos siendo fuertes y
aumentando esta fuerza para garantizar que los acuerdos sean cumplidos y
que nunca seamos superados tácticamente. Esta será nuestra
posición por muchos años en el futuro.
Damas y caballeros, no nos hacemos ilusiones. Los sueños y las
aspiraciones de muchos en el mundo árabe no han cambiado.
Todavía vivimos en un feudo próspero y moderno que se
encuentra en medio de una selva, un lugar donde prevalecen leyes
diferentes. No hay esperanza para aquellos que no se pueden defender, ni
hay piedad para los débiles. Pero nos encontramos ahora en una
posición muy aventajada, desde la que podremos lograr una paz
duradera y tomar los riesgos calculados que derivan de la actual
situación. Es más, en muchos lugares del mundo árabe
la actitud de hecho ha cambiado.
El liderazgo político árabe, excluyendo a países como
Irak, Libia e Irán, ha reconocido de hecho a Israel. Nuestro poder
militar y la buena situación de Israel en general ha obligado a los
árabes a negociar acuerdos de paz con nosotros. Esta es la verdad.
Echen un buen vistazo a los frutos de este proceso de paz. Tenemos ahora
relaciones con ciento setenta países, además de un prometedor
comienzo con Túnez, Omán y Qatar.
Nuestro crecimiento económico es sorprendente, una consecuencia
directa de la contribución de la nueva inmigración y el
proceso de paz en general. Ahora tenemos McDonald's en Israel, no
sólo a McDonnel-Douglas. Sin embargo, no nos engañamos
pretendiendo que todos los riesgos han desaparecido. Hay serias amenazas
que acechan ominosas más allá del horizonte.
La posibilidad de que el fundamentalismo islámico radical que
dirige el terrorismo mundial adquiera la bomba atómica no es
sólamente una posibilidad amenazante, sino que podría
resultar siendo una amenaza real, no solamente para Israel sino para la
estabilidad de la región y del orden mundial en general. La
comunidad internacinal tiene la responsabilidad de hacer todo lo que sea
posible para frustrar esa amenaza.
Damas y caballeros, volvamos a nuestra presente situación. Nuestra
posición básica en las negociaciones con Siria, al igual que
con los palestinos, es la de buscar la paz con determinación, al
tiempo que insistimos en nuestra seguridad vital y nuestros intereses
hídricos. Con Siria, nuestra meta es idear una serie de
disposiciones de seguridad que consigan los tres siguientes objetivos:
- Que hagan que un ataque sorpresa sea prácticamente
imposible.
- Que reduzcan de manera significativa la tentación de iniciar
una guerra total.
- Que impidan que altercados fronterizos diarios degeneren en
una conflagración a gran escala.
Estas disposiciones serán combinadas con la normalización
plena, fronteras abiertas y cooperación regional plena, que
podrían crear una disuación poderosa contra el recurso del
conflicto armado.
El acuerdo, en caso de que sea logrado, vendrá acompañado de
soluciones a los problemas del agua, el terrorismo y Hizbalá en el
sur del Líbano. También dejará la puerta abierta para
invitar a los países del norte de Africa, Arabia Saudita y los
estados del Golfo Pérsico a que se unan a este proceso. El tipo de
paz que buscamos significará más seguridad general, no
menos.
Y digo esto no sólo como ministro de Relaciones Exteriores de
Israel a cargo de las negociaciones de paz, sino como ex jefe de Estado
Mayor, que vistió de uniforme por casi treinta y cinco años,
defendiendo a Israel del terrorismo y las agresiones externas.
En lo que respecta a nuestros vecinos palestinos, Yasser Arafat fue electo
como líder y en consecuencia ha adquirido legitimidad, pero
según nuestra opinión, su nueva posición aumenta el
peso de su responsabilidad.
Arafat tiene que cumplir ahora sus promesas de combatir con fuerza el
terrorismo y anular la Carta Constitucional Palestina, de manera franca y
clara. Si la Autoridad Palestina deja de cumplir estas promesas, no veo
cómo habrá forma de proceder con las negociaciones del status
permanente, según fueron planeadas.
En estas conversaciones, nuestra posición será que el Gran
Jerusalem permanecerá indiviso bajo nuestra soberanía, la
capital eterna de Israel.
No habrá compromisos en este respecto. No habrá argumentos
que valgan. No volveremos a las fronteras de 1967, la mayoría de los
asentamientos judíos permanecerán bajo control israelí
y ningún ejército será desplegado entre el Mar
Mediterráneo y el Río Jordán.
El proceso de paz ofrece enormes beneficios a todos los pueblos, un gran
salto de las ruinas y la aflicción de las guerras a la promesa y la
esperanza de prosperidad, no sin riesgos, no sin concesiones, pero con
clara determinación.
Como dijo el gran presidente estadounidense, John F. Kennedy, en su
discurso inaugural: "Nunca debemos negociar por temor, pero tampoco debemos
temer a la negociación".
Amigos, en vísperas del año 2000, somos una nación
transformada. Cinco y medio millones de israelíes producen 85.000
millones de dólares al año, más que los 75 millones de
habitantes de Egipto, Jordania, Siria, Líbano y la Autoridad
Palestina. Deseo a los árabes que alcancen también ellos
estas cifras cuando sus recursos sean desviados desde los sistemas de
armamentos ofensivos a los mercados.
Nosotros, con vuestro apoyo, estamos absorbiendo nuevas olas de
inmigración. Tenemos más médicos, pianistas e
ingenieros per cápita que cualquier otro país en el mundo, y
publicamos más libros per cápita que ninguno, aunque debo
admitir que muchos son libros de cocina. Somos judíos,
después de todo.
Sin embargo, mis amigos, a pesar de todo esto aún hay algo que
brilla por su ausencia en nuestra experiencia nacional: una nueva agenda
para nuestras relaciones con la diáspora. Ahora que Israel enfrenta
cuestiones fundamentales con respecto a su identidad, sus fronteras, sus
relaciones con los vecinos, su estructura social y su desarrollo
económico, también es fundamental la cuestión de sus
relaciones con la diáspora. Existe una clara y urgente necesidad de
definir, para todos nosotros, la dirección que deseamos que sigan
las relaciones Israel-diáspora.
Es necesario un sólido liderazgo para garantizar que podamos crear
una relación vibrante capz de enfrentar los retos y oportunidades
que presenta esta nueva era.
Nuestra identidad, nuestra definición de nosotros mismos, es
crítica. Israel debe preguntarse si debe definirse como una
nación completamente separada o como una parte de un todo
judío inclusivo.
Para la diáspora, la pregunta gira en torno al lugar que debe
ocupar Israel y la expresión judía en la familia y los marcos
comunales que forma y fomenta.
Es claro que la relación tradicional entre nosotros debe adaptarse
a las nuevas realidades de la identidad israelí, más madura,
y el creciente enfoque comunal de muchas comunidades en la
diáspora.
Para decirlo de manera concisa, debemos pasar de la caridad a la
asociación lucrativa. Aunque muchos son los aún no lo ven
así, somos socios estratégicos, y debemos aprender a actuar
como verdaderos socios. Como corresponde a tal sociedad, a nivel
político, Israel debe dar cabida al liderazgo judío en la
diáspora como nunca antes, a través de un diálogo
mayor, consultas regulares y franca apertura.
El apoyo y la participación de vuestros líderes es
importante como un valor intrínseco, pero también por la
contribución crucial que hace a la situación política,
la seguridad y la posición económica de Israel en el campo
internacional. El apoyo también es bienvenido debido a los
beneficios menos tangibles que trae.
La alianza estratégica que veo entre nosotros también llega
al fondo de nuestra cultura y herencia compartidas. Permítanme
darles un ejemplo: por muchas generaciones nuestros abuelos y los vuestros
compartieron una cultura y un lenguaje comunes.
Hoy, en Israel, nuestra juventud continúa aprendiendo hebreo, lee y
comprende las fuentes mismas de nuestra tradición; sin embargo, sus
hermanos y hermanas de la diáspora permanecen en gran parte
desligados de la rica fuente nacional de esta civilización, que dio
lugar a la moral y los valores de las sociedades occidentales.
Amigos, debemos renovar nuestras promesas y recursos para la
educación judía en la diáspora, a la enseñanza
de hebreo a nuestros jóvenes en todas partes, y al contínuo
renacimiento de nuestro legado. Si no nos movemos en esta dirección,
enfrentaremos la posibilidad de perder nuestros puntos de referencia
comunes, y, a largo plazo, el sentido de identidad de la
diáspora.
Debemos incrementar los contactos entre nuestros jóvenes, y el
mejor medio sigue siendo los programas organizados en Israel. De esta
manera, la juventud judía [del continente americano] podrá
renovar sus lazos emocionales con la tierra y el moderno Estado de Israel,
mientras que trasmite la riqueza cultural de su propia identidad
judía a sus amigos israelíes. Tales intercambios son vitales
para nuestra mutua comprensión.
Una completa convergencia de intereses entre Israel y la diáspora
no es ni posible ni deseable.
Cada uno de nosotros tiene sus propias prioridades e intereses,
según nuestros diferentes desafíos y responsabilidades.
Debemos usar esta diversidad de manera positiva, aprovechar su riqueza para
construir un futuro juntos.