Caםda en desgracia

19 nov 1998
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1997/104
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Caída en desgracia

Peretz Kidrón*

 
 

 

 

 

 

Mi principal recuerdo de aquel tiempo es su molicie. No había muchos bordes filosos ni ángulos agudos, ciertamente menos que los que se puede hallar en esta época urticante. Deslizándome entre la maleza sólo hallé algunos cardos y espinas, y puedo ufanarme de ser una autoridad en lo que no obstante los mitos acerca del grosor de mi piel es un punto más bien delicado.

Como todo era más bien reciente, supongo que nada tuvo tiempo de secarse o endurecer. Por dondequiera que me deslizara, las cosas eran acariciadoramente frescas. No se trataba solamente del suave tono de la vegetación, aunque como ya lo he señalado, era una dicha en sí mismo. No, la ternura embargaba todas las cosas: la luz, el aire, el sol, la brisa, los sonidos. Era una mansedumbre total. En resumen, todo era redondo, ingenuo y tierno.

También ella era así. No era mi tipo, por supuesto ya desde el principio, cada especie busca a la suya propia (que es lo mejor que se puede pedir; y si no, mirad a la mula, por Dios!) y no había en ella nada que despertara en mí designios ulteriores, por lo menos en ese sentido. Pero en lugar de las respuestas instintivas al sexo crudo, podía reclinarme en lo que se da en llamar una aptitud intelectualmente valiosa (posiblemente regalo del cielo, realmente no lo sé). Sin ser excesivamente modesto al respecto, puedo alegar que aún en aquella temprana etapa de mi desarrollo, mis gustos se caracterizaban ya por una cierta madurez. Ignoro ciertamente cómo logré adquirirla, pero es un hecho: inexperto como era, contaba con la dosis de sofisticación necesaria para trascender el juicio rutinario del "me gusta/no me gusta". Cabe señalar que mi actitud era una incisiva mezcla de despego analítico y entusiasmo estético.

Este delicado equilibrio crítico fue lo que me llevó a observarla minuciosamente, estudio que, en aquellas circunstancias, se centró de manera natural en el aspecto creativo. La hallé bien conformada y con una elevada calidad artística que brindaba testimonio de la notoria atención puesta en cada detalle: las proporciones habían sido cuidadosamente estudiadas, las líneas hábilmente trazadas, y el color, si bien apagado, había sido aplicado con mano segura. El resultado era grato a la vista: blanco y bien formado, suave, con ojos redondos y cabello ondeado, con curvas deliciosas y toda otra clase de atractivos claramente destinados a despertar los sentidos; podía imaginar perfectamente que, entre los de su propia especie, suscitaba vivo interés.

O al menos así lo creí hasta que lo vi tendido cerca de allí. (Un muchacho bien construido, de corte limpio y aspecto agradable; sin ninguna pretensión a la opulencia sensual de ella, contaba con sus propias dotes, que podría caracterizar, sin ser vulgar, como nada despreciables). De inmediato me sentí sorprendido tal vez la palabra exacta sea desconcertado por su actitud hacia ella: la definiría como cálida y amistosa, pero difícilmente exaltada. La trataba con un afecto cariñoso, osuno, pero sin ningún signo de excitación o apetito especial. Estaba relajado por completo, si se entiende lo que quiero decir. Recuerdan el término que empleé, "tendido"? En su más simple expresión anatómica: no mostraba el menor signo de interés. Por supuesto, en aquel entonces yo no tenía una idea clara de lo que debía ser, pero percibía nítidamente que algo estaba mal.

No era solamente él. Ella era igual: totalmente indiferente, sin ninguna alusión a la agitación de los sentidos. Reía mucho, mostrando el brillo de sus adorables dientes blancos y meneando el cabello, pero todo parecía más bien escolar, si bien el uniforme no estaba en evidencia. Ella era suave y delicada realmente, al mirarlo a él la delicadeza parecía estar a la orden del día pero, en ella no menos que en él, todo era una muelle blandura sin condimento o sabor.

Los rayos de sol jaspeados atravesaban el follaje la primera vez que mi mirada los captó. Estaban jugueteando: corrían de un lado a otro, juntaban flores y las trenzaban en guirnaldas, mordisqueaban frutas directamente de los árboles y se echaban al suelo junto al manantial para beber de sus aguas. Todo era muy despreocupado; disfutaban con los pequeños juegos que inventaban mientras avanzaban, las escondidas y esa clase de cosas. Estaban exaltados y alborozados, y era obvio que disfrutaban el momento; entre ambos flotaba un plácido compañerismo pero nada más que eso, si se entiende lo que quiero decir; absolutamente nada oculto. Era un juego de niños sano, dirían hoy en día divertido en sí mismo, pero que no conduce a ninguna parte. (En el futuro, esta clase de escena llevaría inevitablemente al momento en que uno de los participantes dijera: "En tu casa o en la mía?". Pero no entonces, no en aquel momento particular).

Sé que resulta difícil de captar, especialmente para quienes se han educado con las nociones que prevalecen hoy en día, pero creo que la mejor forma de describirlo es: en esa intimidad no había nada íntimo. Allí estaban, dos personas aparentemente saludables, un hombre y una mujer, que se divertían en glorioso aislamiento en una escena saturnal de perfección arquetípica casi completa más aún, con una indumentaria idealmente diseñada para atraer e inspirar y todo eso no los conducía a nada. A nada picante. Sólo a título de insinuación: ella lo perseguía estaban jugando a la mancha y cuando él se desvió y se le escabulló, ella, sin hesitar un instante, lo alcanzó y atrapó por ahí mismo.

Así no más. Como si fuera un codo, o un dedo, o algo por el estilo.

Por lo que sé ahora, la reacción de él tendría que haber sido dramática. El asimiento de ella debería haber despertado algún tipo de respuesta en él, si se entiende lo que quiero decir.

Pero no. Nada. Ninguna agitación.

Ella lo podría haber tomado de la misma manera de la oreja o del cabello.

El simplemente lanzó un chillido y se desasió, saltando y quiero decir, saltando para apartarse de ella.

Qué extraño, pensé. Muy extraño. Comencé a dudar de toda esa obra. Había algún defecto básico en la planificación? El diseño se adecuaba a las indicaciones? Se trataba de algún error grave? (El la miraba, fuera de su alcance, con una sonrisa tentadora y pueril; desvié la mirada de su rostro a su talle y la palabra que me vino a la mente fue "flojo").

Increíble. Seguramente nadie podría imaginar que la humanidad fue lanzada a la órbita de la vida por una pareja de invertidos.

El tema merecía ser estudiado.

Me desovillé y, apartándome, me deslicé en busca de un rincón tranquilo para pensar. Avancé plácidamente entre la maleza, separando la hierba y las enredaderas, culebreando bajo las matas y sobre las raíces salidas de los árboles. A medida que caminaba, las voces de los dos seres humanos se fueron desvaneciendo hasta tornarse casi inaudibles. (Había pájaros que gorjeaban sobre mi cabeza, y pasé junto a un ratón o dos y a una pareja de conejos; pero de acuerdo con el protocolo de aquellos lejanos días de inocencia, ni ellos me molestaron ni yo no los molesté).

Al llegar a un pequeño claro que parecía un lugar tan bueno como cualquier otro, me dispuse a enroscarme para unos cuantos momentos de reflexión tranquila, cuando noté las plantas...

Nunca fui un eximio botánico, y la flora no es mi especialidad, pero no se podían confundir los grandes arbustos (la crónica oficial, que ha alcanzado vasta difusión, recurre al término "árbol"; se trata sin duda de un error, ciertamente comprensible al considerar su altura). En tiempos futuros, una plantación tan admirable habría sido camuflada; pero en aquellos días de inocencia, cuando los "agentes para el cumplimiento de la ley" eran un concepto desconocido, las cosas eran más fortuitas. Calentándose al rayo del sol, se erguían en todo su esplendor: unos ejemplares hermosos, altos y bien desarrollados, con sus hojas de cinco puntas de un verde lustroso matizado con tonos pálidos delineando ramilletes de flores y puñados de semillas.

Me detuve allí por un momento para admirar la vista, cuando algo atrapó súbitamente mi mirada.

Clavé los ojos en las ramas más bajas...

No cabía duda alguna. Alguien había estado cosechando. Había algunas cicatrices aún no cerradas en los lugares de donde una mano evidentemente inexperta había arrancado las hojas, porque también se veían largos trozos de tallos desgarradaos. Ejercido en plantas menos resistentes, un trato tan salvaje podría haber sido fatal, al dejar fluir la savia y permitir la entrada de hongos. "Diablos!" reaccioné, dando breve curso a la nostalgia. "Alguien debe haber estado endiabladamente ansioso de fumar". Quién podría ser responsable de tal barbaridad? me pregunté. En vista de la irrefrenable fuerza evidentemente aplicada, me entretuve brevemente con una sospecha descabellada... Oh, no, Dios...

Pero rápidamente alejé de mi mente esos pensamientos indignos, a los que me había entregado en lugar de reflexionar sobre la pareja que había visto recientemente en sus inocentes retozos. Todo permanecía muy vívido en mi mente: él y ella en el bosque y la hierba tierna y el embriagador aroma de la primavera en el aire, y todo eso... y nada de eso.

Parecía un verdadero despilfarro.

Tomé el asunto como un desafío personal.

No había nada que yo pudiera hacer al respecto?

Alcé la vista hacia las grandes plantas y saboreé la grávida promesa de sus hojas suavemente sensuales.

Cuando volví, el hombre no estaba a la vista. Debía haberse apartado para trepar a un árbol, echar un sueño o algo por el estilo; ni lo sabía, ni me importaba. Lo que importaba era que la había dejado por su cuenta, y eso parecía prometedor. A pesar de mi inexperiencia, de alguna manera adiviné que la propuesta debía ser formulada cara a cara.

Ansioso por no malograr la oportunidad, me acerqué a ella devanándome los sesos para encontrar la forma apropiada de iniciar una conversación.

Le hablé deslizándome hasta el alcance de su oído.

"Qué hace una joven tan bella como tú en un sitio como éste?" le pregunté, emprendiendo un gambito más bien original que, así lo entendía, había alcanzado gran popularidad. "Te gustaría que te enseñe algo que nunca has visto antes?"

No capté muy bien su respuesta, que sonó algo así como: "Auh, ou, uon!"...

Emprendí la marcha, teniendo cuidado de avanzar un poco adelante; ella era de contextura liviana, pero de cualquier manera, no me gustaba la idea de que me pisara la cola. Me siguió de bastante buena gana, con pasos ágiles.

Después de unos pocos minutos me detuve. "Aquí está!" grité con un aire triunfal, volviendo la cabeza hacia ella para anticipar su exclamación de deleite.

Pero en lugar de eso, todo lo que hizo fue emitir un sonido como: "Auh!"

"Auh?", repetí algo tontamente, tomado por sorpresa.

"Eso?" preguntó altanera.

"Ajá!", confirmé, confundido por su evidente desilusión. Me esforcé por contagiarle mi propio entusiasmo: "No es emocionante? Intrigante?" Excitante? No te atrae? insistí. Pasa algo malo?"

Ella meneó la cabeza. "Ya lo vi", masculló lentamente. "Cuando vine. Nos dijeron, ése, no-no, los demás, todos los demás, está bien, dice, coman y disfruten. Pero ése no, dice, no de ése, cuídense, dice..."

"Quién? El?"

Extendió un pulgar aclaratorio señalando vagamente hacia arriba. "Ese mata, dice. No lo coman, dice, ni lo toquen". Su voz se transformó en un murmullo: "Para que no mueran, dice".

"Cuándo fue eso?" le pregunté.

"Antes de que yo viniera", dijo quedamente.

Me tomó de sorpresa, dejádome perplejo con su relato contradictorio. Cómo podía haber oído una prohibición emitida antes de su llegada? Pero por el momento no había nada que hacer. Sería mejor dejar esta misteriosa discrepancia para que la resuelvan los historiadores.

A pesar de su tosquedad, el relato fue lo suficientemente claro como para reavivar las sospechas que había sentido antes. Lancé otra ojeada sobre los tallos desgarrados. El dedo apuntaba hacia una dirección inequívoca, la que señalaba su pulgar...

...Podría explicar la prohibición, deduje. Una pequeña mezquindad del Viejo, que trata de guardar toda su munificencia para sí; seguramente alcanza para todos...

No me llevó mucho tiempo tomar una decisión.

No! decidí: no hay que rendirse a tal egoísmo, nadie debe hacerlo, ni siquiera yo. Le daré a ese viejo egoísta una lección que no olvidará jamás.

Sin perder tiempo, le lancé mi mejor sonrisa. "Vamos, ven", siseé, buscando términos que le resultaran familiares. "Eres una gallina!"

"El dijo para que no mueran", repitió tercamente.

"No me digas esa basura", repliqué alegremente. "Prueba esto, realmente te abrirá los ojos. Te sentirás espléndida, divina!" (El registro oficial evidentemente trazado por algunos burócratas pomposos, dice algo diferente; pero les garantizo que exactamente éstas fueron las palabras usadas).

Ella no comprendió cabalmente lo que le estaba diciendo creo que mis palabras no le resultaban familiares pero pescó la substancia. De todos modos, no me llevó demasiado tiempo convencerla.

Ella estaba mascando el segundo manojo de hojas cuando el hombre apareció de improviso. Al ver lo que ella hacía, se detuvo alarmado, con los ojos abiertos de par en par y abrió la boca como para reprenderla. Pero al captar su expresión, debe haberlo pensado mejor y permaneció de pie, boquiabierto, mirándola con una mezcla de desaliento y curiosidad.

Finalmente, cuando ella notó su presencia y le tendió un puñado de hojas, él vaciló sólo un momento antes tender la mano para arrebatárselas. "Mmm", murmuró, mascando con vigor, "mmmmm".

Me deslicé y alejé silenciosamente un tanto antes de darme vuelta para examinarlos. Ese era el gran momento. Era ahora o nunca.

Por un largo momento no se oyó otro sonido que el constante carrasquear entre los dientes.

Y entonces comenzó.

Ella fue la primera: frunció el ceño para echarle una mirada de soslayo y sin aviso previo rompió en carcajadas.

El le devolvió la mirada sin comprender, fijando la vista en ella como si la viera por primera vez. De pronto, un oscuro sonrojo le cubrió el semblante, los ojos le brillaron y sus labios se abrieron con extraña avidez...

Ella volvió a reír, bajando la mirada hasta que la clavó en su vientre con creciente fascinación.

Siguiendo la dirección de su mirada, también él miró hacia abajo, una ola de rubor le cubrió el rostro y se difundió por todo su cuerpo.

Ella rio una vez más, con los ojos chispeantes. Por una fracción de segundo apartó la mirada de él para examinarme, recorriendo mi cuerpo con su vista en toda su extensión. (He aquí, pensé, el nacimiento de una imagen freudiana!).

Pero entonces sus ojos volvieron a posarse en él, húmedos de deseo, y cuando él dio un paso adelante ella lo encontró a mitad de camino; y ahora ambos sonreían, con una sonrisa indómita y conocedora.

Después de eso, las cosas siguieron su propio curso, como era previsible. Puede decirse que irrumpió la pasión primaria. En vista de la falta de experiencia de ambos, debo reconocer que los resultados estuvieron teñidos de una eficacia adquirida con relativa rapidez, obviamente ayudada por una gran medida de entusiasmo.

Después sucedió lo inevitable: el Viejo apareció y se puso totalmente lívido al descubrir las travesuras que habían hecho en Su ausencia. Supongo que eran celos puros (ésa es una de Sus peores cualidades: El no la niega y hasta se ufana de ella). Pero por sobre todo sospecho que se enojó al ver que habían estropeado Sus plantas; de otra manera, no hay explicación para el carácter vengativo del veredicto que nos lanzó, a ellos dos y a mí.

El veredicto quedó registrado, y no quiero referirme a sus aciertos y errores precisamente ahora.

Pero de nada Le sirvió, por supuesto. Las cosas quedaron bastante fuera de Su control.

Traducción: Orna Stoliar

* PRETZ KIDRN naci en Viena y se educ en Gran Bretaa. Lleg a Israel en 1951. Fue miembro de un kibutz durante 20 aos y es escritor, traductor, periodista y locutor de radio.