En la historia del teatro de Israel, algunas fechas suelen considerarse como verdaderos hitos. Éstas son, en su mayoría, las fechas de creación de nuevos conjuntos escénicos o las de inauguración de nuevas salas de espectáculos. Sin embargo, a esta lista de eventos "serios" conviene agregar uno, acaecido hace ya más de treinta años, en febrero de 1964, que corresponde más bien al lado "ligero" del teatro: el estreno de una gran comedia musical al estilo de Broadway o del West End londinense. Se trata del "musical" My Fair Lady en versión hebrea, que se presentó en el escenario del Teatro nacional Habima.
Quienes tuvieron la suerte de presenciar aquella función de gala, a la que asistieron el entonces primer ministro, Levy Eshkol, y otros ministros, recuerdan la sensación de estar viviendo un momento histórico. Cierto es que la producción israelí de la conocida comedia musical era la réplica exacta de la versión presentada en Broadway, y el director, el coreógrafo y el escenógrafo habían sido traídos de allí. Pero por ser ésta la primera vez que se presentaba en hebreo una producción espectacular de nivel profesional, con un elenco de más de cien actores, cantantes y bailarines, y con los espléndidos decorados que ya se habían visto en los teatros de Nueva York y de Londres, los espectadores israelíes sentían una emoción extraordinaria.
La sensación de adentrarse por tierras inexploradas que embargaba a todos los participantes, venía reforzada por el hecho de que por lo menos para dos de los principales, éste era un verdadero bautismo de fuego. Aunque el espectáculo se montó en la sala del Teatro nacional, no era ésta una producción del Habima o de cualquier otro teatro de repertorio (la sala del Habima se hallaba libre porque su compañía titular estaba de gira por el extranjero), sino la de un empresario independiente, Guiora Gódik, que había presentado en Israel no pocos artistas y conjuntos extranjeros, pero nunca había montado un espectáculo teatral, y menos a una escala semejante.
Aún más dramático era el caso de la primera actriz, Rivká Raz, en el papel de Eliza Doolittle, que era totalmente desconocida del público. Toda la experiencia escénica de esa joven de 22 años antes de su presentación en el estreno de My Fair Lady se concretaba a un papel de cantante en un espectáculo de cabaret, presentado unos meses antes en una salita de Tel Aviv, y cuyos protagonistas eran dos veteranos actores cómicos, Shai K. Ofir y Shimón Israelí. Rivká tuvo la suerte de que aquel espectáculo incluyera un cuadro satírico musical de unos veinte minutos, sobre un sensacional triángulo erótico-político que había alborotado meses antes a la opinión pública de Inglaterra y de hecho del mundo entero y en el que estaban implicados el ministro de la defensa, John Profumo, el agregado militar soviético en Londres y una joven generosa de sus encantos, Christine Keeler.
Qué tuvo que ver este sórdido escándalo con My Fair Lady? Los israelíes que por aquellas fechas habían podido ver el musical en Londres o en Nueva York, hablaron con entusiasmo a su regreso del espléndido espectáculo y pronto sus canciones se hicieron famosas gracias a la radio. El público israelí conocía también por haberla visto unos diez años antes en un teatro de Tel Aviv la obra de Bernard Shaw Pigmalión, que adaptada por Lerner y Loewe, había servido de base para el musical. Cuando yo mismo escribí los textos para el espectáculo de cabaret ya mencionado, me permití usar tres personajes de la obra de Shaw: Henry Higgins, el Coronel Pickering y la florista Eliza Doolittle, como disfraz para Profumo, el espía ruso y Christine Keeler. En esa obra incluí algunas de las canciones de la comedia musical, con textos en hebreo alusivos al escándalo de Londres. El público se rio, y el empresario Guiora Gódik, que asistió a una de las representaciones de la parodia, decidió al ver la actuación de aquella joven desconocida, que por fin había encontrado a su Eliza Doolittle hebrea y podía llevar a la práctica su viejo sueño de montar My Fair Lady en hebreo. Gracias también a la parodia, tuve el privilegio de ser invitado a traducir esta espléndida obra al hebreo.
Aquí fue donde empezaron los problemas. La obra teatral y la comedia musical se basan en la leyenda del escultor griego Pigmalión, que se enamoró de su propia obra, una estatua a imagen de Galatea, y quiso darle vida. En la versión moderna, el escultor es un experto en fonética, el Profesor Henry Higgins, que hace una apuesta con otro experto, el Coronel Pickering, de la India, de visita en Londres. Higgins afirma que en corto tiempo logrará hacer que una vendedora de flores, con un acento arrabalero, cambie su forma de hablar hasta tal punto que nadie en la alta sociedad se aperciba de sus orígenes plebeyos. Higgins se jacta de poder identificar cualquier dialecto o acento inglés, de Inglaterra o de fuera de ella, e incluso de reconocer todos los lugares en los que su interlocutor ha residido, analizando su léxico y sobre todo su pronunciación.
En otras palabras, esta es una obra que gira alrededor del lenguaje, vivo, hablado, rico en dialectos y variantes fonéticas. Y cada una de estas variantes es característica no sólo de cierto lugar geográfico, sino también de determinado grupo social y económico, y de la educación recibida. El Profesor Higgins puede reconocer de inmediato si el cochero, el deshollinador o la vendedora de flores, nacieron y se criaron en cierto barrio de Londres, o en el barrio vecino, a pocas cuadras de distancia. Incluso cuando Eliza Doolittle lleva un vestido lujoso cual corresponde al hipódromo de Ascot o al salón de la Sra. Higgins, puede espetar de pronto una palabra o un giro vulgar que delatan su origen plebeyo y dan escalofríos a todos los presentes. Cómo era posible traducir todas estas sutilezas al hebreo? Un idioma extraño, aterrador, del cual el Prof. Higgins dice, en la canción intitulada Por qué los ingleses no pueden hablar inglés?: "Los hebreos leen al revés, es verdaderamente espeluznante!"
Lo cierto es que el hebreo, como era de esperar de uno de los idiomas más antiguos del mundo, posee un buen número de variantes y matices alegóricos, e incluso una jerga bastante rica. En la jerga israelí, y en el lenguaje hablado contemporáneo, pueden reconocerse no pocos vocablos tomados del inglés, pero la mayoría de las palabras y expresiones corrientes provienen de otros tres idiomas no muy difundidos en tiempos de Shaw o de Higgins, ni muy conocidos en el mercado de Covent Garden o en el barrio de Lissom Grove, donde se desarrolla la trama: el yídish, el ruso y el árabe. En la parodia de My Fair Lady aparecía, por cierto, un espía ruso y en los alrededores de Lissom Grove hay hoy más restaurantes árabes que pubs británicos, pero qué credibilidad tendría que Alfred Doolittle y su hija Eliza aparecieran en escena hablando la pintoresca jerga de los taxistas jerosolimitanos?
Es más, en muchos países extensos, se puede localizar la procedencia y educación de una persona por su forma de hablar. Cada región tiene su pronunciación y sus modismos típicos. Pero en un país tan compacto como Israel, donde la distancia de Tel Aviv a Haifa en el norte o a Jerusalén en el este se recorre en una hora, y donde no existen comunidades aisladas en las montañas o en el desierto cómo encontrar un equivalente hebreo de las distintas formas de hablar de los personajes de la obra?
Claro que en Israel hay diferencias muy marcadas en la forma de hablar de los inmigrados oriundos del Yemen o de Rusia, de Marruecos o de Rumania, de Irak o de Bulgaria, de la Argentina o de los Estados Unidos. Para detectar el origen húngaro de israelíes que llevan décadas viviendo en el país, no se precisa la ayuda del Profesor Zoltan Karpathy, el experto húngaro en fonética, discípulo de Henry Higgins. Y quienes hablan árabe distinguen con facilidad la forma de hablar de los egipcios de la de los sirios, o las peculiaridades lingüísticas de algunas tribus beduinas. Sin embargo, no existen diferencias significativas en la forma de pronunciar el hebreo entre los habitantes de las distintas regiones de Israel, sobre todo en la era de la radio y la televisión.
En tiempos bíblicos, en cambio, existían diferencias de pronunciación entre las distintas tribus. Los efraimitas (Jueces, 12, 6) pagaron caro por pronunciar "sibólet" en lugar de "shibólet", como lo hacían las demás tribus de Israel. A fines del siglo pasado, algunos maestros de Galilea se empeñaron en lograr que sus alumnos no distinguieran en la pronunciación entre las dos formas de la letra hebrea bet, una equivalente a una "b" fuerte y la otra a una "v". Así, durante años sus discípulos podían reconocerse por su peculiar forma de articular la palabra zebubim (moscas) u otras similares, cuando en el resto del país todos decían zevuvim. El experimento galileo, tan artificial como esotérico, fue efímero. Sin embargo, aún hoy se puede reconocer a un jerosolimitano auténtico cuando dice meatáim (doscientos) en lugar de matáim, que es lo usual en el resto del país. La población veterana de la ciudad de Rejovot, a apenas veinte kilómetros al sur de Tel Aviv, también tiene rasgos lingüísticos distintivos, como el uso de algunos vocablos propios, acuñados a principios de siglo por los maestros de hebreo locales. Por ejemplo, según ellos, manguera es dupiá de du, dos, y piá, boquilla, un vocablo desconocido en otros parajes de Israel. También es privativo de Rejovot pronunciar kartsim (boletos) en lugar de la forma gramaticalmente correcta kartisim. Pero en conjunto, las diferencias atañen a un número muy pequeño de palabras, que de nada podían servir a la hora de traducir una obra teatral como My Fair Lady.
En aras al rigor científico, es preciso admitir que en un ámbito específico, han sobrevivido hasta hoy diferencias regionales en el hebreo hablado: en la terminología y la jerga propias de los juegos de niños. Existen diferencias de una ciudad a otra, en algunos términos de los juegos o en la forma de articularlos, que se han conservado a lo largo de más de un siglo. Así, por ejemplo, las canicas de vidrio se conocen en algunas localidades como gúlot (el nombre antiguo y correcto en hebreo), en otras son djúlot, y en otras más les dicen balórot. Y entre las canicas de color, algunas se designan con nombres especiales, también variables según el lugar, y generalmente de origen foráneo. La canica más fina y preciada, la reina de las canicas, es en algunas partes la rasía (del árabe rasíe - principal); para la que parece tener burbujas en su interior se usa en ciertas poblaciones el término gazoza, derivado de gazoz, el nombre popular de las gaseosas en Israel (antes de que irrumpieran las conocidas bebidas americanas), y que es de origen francés (gazeuse), de la época en que los pobladores de las primeras colonias agrícolas, a fines del siglo pasado, hablaban francés. El tejo que se usa para jugar a la rayuela se llama en unas ciudades even (piedra), en otras sháish (mármol), y en mi ciudad natal, Rejovot, se conocía en mi infancia como pashta, también un término local exclusivo. Cuando niños que riñen deciden hacerle el vacío a uno de ellos, suelen apodarlo con términos derivados de kélev (perro en hebreo), como kalba, kalabusta o chilba (esta última de origen árabe); sólo en Rejovot se usa un apodo peculiar, darringa, sin relación canina y de raíz desconocida. Como éstas, hay muchas otras palabras usadas en canciones y juegos infantiles, que conservan particularidades regionales, típicas de los lugares donde se originaron y que nacieron a veces de alteraciones cómicas de palabras extranjeras, a veces imposibles de identificar.
Magnífico, pero cuántos juegos de niños menciona Eliza Doolittle en el curso de la obra que me tocaba traducir?
Antes de que yo iniciara la traducción, también el productor dudó por un momento, preguntándose si no resultaría imposible trasladar al hebreo todas las particularidades del habla de los distintos barrios londinenses. Quizás sería difícil para el público israelí captar los aspectos del argumento relacionados con diferencias fonéticas. Tal vez fuera preferible pensó adaptar el argumento, "israelizarlo", trasladando el escenario de la acción de Londres a Tel Aviv, tal como se había hecho ya con varias comedias populares en teatros comerciales de Israel. Supongamos, por ejemplo, que un catedrático de hebreo de la Universidad de Jerusalén se enamorara de una florista oriunda del Yemen. Esta idea quedó descartada de inmediato. Ante todo, nos constaba que los agentes de los autores nunca la habrían aceptado. Además, el público de Israel ya conocía la obra a través de sus canciones transmitidas por radio, y si bien se había mostrado dispuesto a aceptar una parodia basada en ellas, un cambio de tal naturaleza le habría parecido un acto de barbarie. En tercer lugar, el éxito obtenido diez años antes por Pigmalión en el teatro demostraba que el público israelí no sólo captaba sin dificultad el argumento de Shaw, sino que lo encontraba de su gusto. Y cuarto, y ésta era la razón más cómica, y quizás la más peculiarmente israelí: la florista yemenita, si tuviéramos la suerte de encontrar alguna, hablaría hebreo con una pronunciación oriental más "auténtica" y próxima a la forma de pronunciarlo del Rey Salomón y de los profetas que la mayoría de los profesores de hebreo de las universidades, que suelen ser oriundos de la Europa central u oriental, o de Norte o Sudamérica, y cuyo acento extranjero es a veces muy marcado.
En otras palabras, si hubiéramos trasladado la acción del musical a las calles de Tel Aviv o de Jerusalén, sería la florista quien habría podido enseñar al erudito catedrático, con su fuerte acento germánico o eslavo, a pronunciar correctamente el hebreo, y no a la inversa. De ahí que también descartáramos esa posibilidad. Pero el problema seguía en pie: Cómo dar a los personajes londinenses acentos hebreos distintivos convincentes, como lo exige la obra? Qué clase de jerga utilizar, si excluíamos el uso de la jerga hebrea habitual, basada mayormente en el árabe o el ruso?
Una de las personas a quienes pedí consejo fue el finado Prof. Jaim Blanc, experto en nomenclatura, oriundo de Estados Unidos. Blanc había venido a Israel como estudiante, antes de la fundación del estado. Durante la Guerra de la Independencia, en 1948, sufrió heridas graves: perdió la vista y quedó parapléjico, pero a pesar de ello terminó con suma excelencia sus estudios de filología y pronto se convirtió en uno de los profesores más queridos de sus alumnos y en un experto en dialectos hebreos de fama internacional.
El consejo que me dio el Prof. Blanc me sorprendió: No tiene sentido me dijo endilgarle a Eliza Doolittle la jerga israelí oriental. Prueba con el lenguaje de los niños. Ve a los jardines de infantes, escucha las faltas que cometen al hablar, las palabras y las formas gramaticales que inventan, e intenta poner en boca de los personajes que en el espectáculo hablan el cockney la jerga popular londinense un hebreo equivocado, con errores cómicos aunque lógicos, con la misma lógica de un niño cuya lengua materna es el hebreo pero no sabe gramática ni sintaxis, y cuando le falta una palabra, la inventa por analogía con otras que conoce.
El consejo del "Prof. Higgins jerosolimitano" me pareció muy acertado. Nos liberaba a mí y a la traducción hebrea de toda dependencia de la jerga israelí auténtica, realista, y confería donaire y humor al estilo de la mayoría de los personajes. En colaboración con mi amigo, el desaparecido actor Shraga Friedman, que me ayudó a traducir los pasajes en prosa de la obra, inventamos un "cockney hebreo", una jerga nueva, que no sonaba muy israelí pero resultaba comprensible para el espectador, porque algunas de las faltas que cometía la florista londinense se las habían oído a sus niños en la casa.
Armados, pues, con la clave del estilo, el mayor escollo que quedaba por superar era la traducción al hebreo del verso más conocido de la obra: The rain in Spain stays mainly in the plain (La lluvia en España cae mayormente en el llano). El adaptador americano, Alan Jay Lerner, siguiendo la pauta de Bernard Shaw, había buscado una frase por medio de la cual Higgins podría enseñar a su alumna a pronunciar correctamente el diptongo "ai" en buen inglés. En la boca cockney de Eliza las palabras rain y Spain suenan como "rayn" y "Spayn" que significarían "el río Rin en el espinazo", en lugar de "rein" y "Spein", lo correcto en inglés. Shraga y yo nos preguntamos cuál podría ser el equivalente hebreo de ese verso clave, que ya todo el mundo conocía en inglés. Sabíamos que tanto el público como la crítica ansiaban ver qué haríamos con él. Primero formamos una frase en la que cada palabra hebrea contenía una "h" aspirada, que Eliza pronunciaría sin aspirar, como si no estuviera. Empezaba así : haiom iehom haiam (hoy resuena el mar), y Eliza debía decir: aiom ieom aiam. Esa solución, empero, no nos satisfacía, sobre todo porque no había referencia alguna a España, ni al baile español endiablado que Higgins, Pickering y Eliza ejecutan al regresar de la fiesta en la que Eliza logra engañar a todos, incluso al famoso experto húngaro.
En eso estaba cuando sonó el teléfono en mi casa de Jerusalén , ya bien avanzada la noche, y al descolgar oí la cálida voz, tan conocida, de Shraga, mi colaborador, gritando enardecido: barad! (granizo). Estábamos en pleno verano. Miré por la ventana. Si bien sesenta kilómetros separan a Jerusalén de Tel Aviv, era inaudito que allí estuviera granizando con ese calor.
De qué diablos estás hablando? pregunté. Dónde ves granizo?
En Sefarad, en España! vociferó. Por un momento temí por su salud mental.
Sólo pasados unos instantes se me aclaró la cosa. Resulta que Shraga, al volver aquella noche, cansado y sudoroso, de su actuación en el teatro Habima, había decidido tomarse un baño bien caliente, para quitarse el cansancio antes de dormir. Quizás el excesivo calor del agua en la bañera despertara la asociación de algo frío como hielo, granizo. De pronto surgió en su mente la idea de que en hebreo, barad (granizo) rima con Sefarad, el nombre de España, que aparece ya en la Biblia. Al parecer Arquímedes no fue el único que tuvo una revelación en la bañera. Pero a diferencia de Arquímedes, Shraga no corrió desnudo a la calle, sino al teléfono, para hacerme partícipe de su descubrimiento. En el curso de aquella conversación telefónica, hallamos una tercera palabra hebrea que rimaba con las otras dos: iarad (cayó), y pronto tuvimos acabada la frase hebrea que desde entonces conoce todo israelí: "Barad iarad bidrom Sefarad haérev" ("granizó al sur de Sefarad por la tarde"). Al principio la Eliza hebrea pronuncia las cinco eres de esta frase guturalmente, como los que nacen en Israel, o como se pronuncian la j o la g en español en las palabras "José" y "Argentina", y sólo después de ímprobos esfuerzos del Profesor Higgins, que emulando a Demóstenes, no vacila en introducirle canicas (gúlot, djúlot, o balórot?) en la boca para que articule mejor, logra la joven emitir eres al estilo académico israelí, o sea similares a la ere española.
Cuando concluyó el parto difícil de la frase hebrea clave, recordé que los poetas hebreos de Sefarad (la España medieval) hacían rimar Sefarad con iarad e incluso con barad, como en barad jitzim - "granizo de flechas", hablando de la guerra, o en una de las lamentaciones más conocidas de aquella época, que comienza con las palabras: Ahá, ki iarad al Sefarad ra min hashamáim ("Guay, pues cayó sobre Sefarad un mal del cielo").
Una vez traducido el verso más espinoso de todos, el resto pareció más fácil. Para la bienamada canción de Eliza Loverly ("lindo", en mal inglés), encontré en la jerga usual un equivalente hebreo difundido, que suena, además, como el inglés: Yófi-li ("bien pa mí"). En la canción rítmica y alegre de Alfred Doolittle se repite como estribillo el verso: With a little bit of luck ("Con un poquitín de suerte"). La suerte (el conocido mazal en hebreo) no planteó problemas; más difícil fue el poquitín, hasta que se me ocurrió usar una expresión popular israelí: tip-tipá (diminutivo de tipá, de por sí pequeña gota), lo que dio: tip-tipat mazal ("gotitita de suerte"), que conserva la cadencia del inglés. A esas alturas sólo quedaba el problema de la cantinela de Papá Doolittle: Get Me to the Church on Time ("Llévenme a tiempo a la iglesia"). A la iglesia en Tel Aviv? Anómalo. Pude haber usado la palabra jupá, que designa al palio nupcial judío y es sinónimo habitual de boda, pero pensé que ni siquiera un tipo tan liberal y amplio de miras como Mr. Doolittle hubiera aceptado gustoso tal solución. Pero con una gotitita de suerte, la palabra hebrea jatuná (casamiento) me sacó del apuro.
La versión hebrea de My Fair Lady tuvo un éxito excepcional. Muy a pesar mío, no pude asistir al estreno, porque cuando se realizó, estaba en la Universidad de California preparando mi tesis doctoral. Pero en menos de dos semanas del estreno me llegaron dos ecos más bien sorprendentes, por intermedio de dos personalidades conocidas con quienes nunca había cruzado una palabra. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Abba Eban, que estaba de visita en Los Ángeles, cantó ante el cónsul de Israel y ante mí las dos canciones de Henry Higgins, de memoria y sin ningún error. Había visto el espectáculo dos veces y nos confesó que siempre había acariciado en secreto el sueño de representar algún día el papel de Henry (Higgins, no Kissinger). El segundo saludo de Israel me lo trajo el entonces comandante de la Fuerza Aérea, que pasó unas horas en el aeropuerto de Los Ángeles entre dos vuelos. Durante la espera, se enteró casualmente de que yo estaba estudiando en Los Ángeles y se tomó la molestia de llamarme por teléfono sin conocerme previamente para contarme lo emocionante que había sido el estreno. Un gesto típico de quien es hoy Presidente de Israel, Ezer Weizman.
My Fair Lady, en su versión hebrea, se representó en aquel entonces más de quinientas veces ante salas llenas. Cuando la compañía del Habima regresó de su gira por el extranjero, el productor alquiló una sala de cine grande y vetusta llamada Alhambra, en Yafo, que remozó y donde se siguió representando el espectáculo. El Alhambra había sido la sala más elegante de la Yafo árabe, antes de la guerra de la Independencia. Y, 900 años antes, en Granada, la ciudad de la Alhambra original, un poeta hebreo fue el primero en hacer rimar en sus versos barad con Sefarad.
Traducción: Shlomo Gitai
* DAN ALMAGOR naci en Israel
en 1935. Adapt y tradujo al hebreo ms de 100 obras de teatro, incluida la "Comedia de las equivocaciones" de Shakespeare. Es investigador
de literatura y folklore y ense hebreo en universidades de Israel, Gran Bretaa y los Estados Unidos.