El consejero

19 nov 1998
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1998/105
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El consejero

Mordechai Beck*

 
 

 

 

 

 

Realmente no sé por qué tengo que molestarme en hacer una introducción. Después de todo, qué son ustedes para mí? Briznas de hierba que florecen con la lluvia invernal y se marchitan con el tórrido sol del verano egipcio; cada uno de ustedes es un fenómeno pasajero, una de miles, de millones de motas de polvo que hoy están acá y mañana allá. Puf! Como solía decir Menájem Méndel de Kotska, uno de sus sabios sagrados: el mundo vale lo que un suspiro, a krejs.

No obstante, prescindir por completo de una introducción sería, como mínimo, poco feliz. Una historia necesita una mano que le dé forma, un narrador con características tangibles con quien el lector pueda identificarse. Tal es la fuerza de una convención que no me gustaría nada pasar por alto.

Por supuesto, definirme es algo más fácil de decir que de hacer. Mi identidad es un tema que ha agobiado a algunas de las mentes más formidables a lo largo de los siglos. A veces, hasta ha llegado a intrigarme a mí!

No es simple. Soy maestro en imposturas, incluso en engaños, y me conocen por muchos nombres, la mayor parte de ellos poco halagüeños, por no decir insultantes: la Serpiente, el Otro Lado, el Maestro, el Enemigo. Toda una gama, me digo a mí mismo. De todos ellos, el sobriquet si me perdonan la expresión francesa con que más simpatizo es el de Consejero. Si tuviera una oficina y sueño con abrir una, preferentemente en una zona de bufettes de abogados y contadores me complacería muchísimo fijar sobre mi puerta una placa que dijera: Consejero por nombramiento real.

Antes de objetar, déjenme asegurarles que mis credenciales son impecables. Para empezar, he estado en todas partes mucho tiempo, más que cualquiera de ustedes, eso es seguro. Nací, suponiendo que ése sea el verbo correcto, en el crepúsculo del sexto día de la creación. Surgí del mismo hálito que el carnero de Abraham, la mula de Balaam, el pozo de Miriam, el arco iris de Noé, las fauces de la tierra, la tenaza para hacer tenazas, el cayado de Moisés y el lugar de su sepultura, el shamir y las dos Tablas de Piedra. Ahí estaba, en tan excelsa compañía; pero, cuando llegó mi turno, el Todopoderoso no pudo hallar ningún nombre apropiado. Imagínense! Entonces me incorporé a lo que ustedes llaman historia, con el nombre genérico de "los espíritus dañinos", hamazikín.

Esa fue una época de gloria para mí y para mi tocayo Asmodeo, que tuvo incluso el atrevimiento de cambiar su lugar con Salomón, Desde entonces, mis agentes y yo hemos registrado varios éxitos notables con los gobernantes y después con los políticos. Pueden verificarlo en sus periódicos, de los que soy ardiente protector. Pero no nos desviemos y volvamos a mi currículum vitae.

Los más avispados de ustedes habrán notado dos cosas. En primer lugar, que mi existencia precede a la del sábado: por un breve instante probé el sabor de un mundo de desasosiego espiritual, que fue un bálsamo para mi alma. Era un mundo de sombras y dudas, de actividad infinita y de incertidumbre. Un verdadero paraíso! Pero como todos los paraísos, duró poco. Ay de mí!

En segundo término, habrán observado que, a diferencia de todos los objetos antes mencionados que surgieron en aquella primera víspera de sábado, sólo yo subsistí. El arco iris, el cuerno del carnero, el pozo, las fauces de la tierra y así sucesivamente, cumplieron su cometido y abandonaron la escena, desaparecieron. Hasta la boca de la mula y qué boca tan magnífica era! subsistió sólo hasta aquel incidente con el ángel en los desiertos de Moab o de Midián, y después, afuera! Se acabó la mula. Corren rumores de que al final de los días (o debería decir el Final de los Días?) se soplará el cuerno del carnero, los justos volverán a descubrir el cayado de Moisés y las Tablas de Piedra rotas, y el shamir ese pequeño y querido gusano con ojo de cíclope será usado para construir el Tercer Templo. Por si no fuera suficiente, el arco iris volverá a aparecer sobre Jerusalén para indicar un nuevo pacto con el Santo Bendito Sea, cuyos servidores entrarán por el portal de Sión sobre la mula rediviva de Balaam. Debo recalcar que todo esto es mera especulación y que, si perdonan mi escepticismo, creeré en ello cuando lo vea.

Mis aptitudes como consejero pueden medirse científicamente, recurriendo a los logros registrados. Eso es algo que nadie podrá quitarme: ni siquiera el Dios omnipotente puede cambiar el pasado.

No quiero aburrirlos con la historia de mis proezas, o fechorías si así lo prefieren, me da igual. Pero la mención de la mula de Balaam no es casual y me lleva directamente a uno de los episodios tempranos más destacados de mi larga y distinguida carrera.

Sucedió hace unos 3.500 años en Egipto, durante la 19 dinastía del Imperio Medio (esos números y apartados no son más que un medio con el que la vanidad humana disfraza su finitud). El faraón que reinaba en aquel tiempo era realmente detestable, aun para alguien considerado semidivino. Al igual que muchos tiranos, se creía algo así como un intelectual. No estoy seguro de por qué razón; tal vez fuera por algo que dije...

La condición humana está tan llena de contradicciones! Lo que resulta claro y obvio en una época, representa lo opuesto en otra. En una etapa, el conocimiento conduce al poder; en otra, el poder conduce al conocimiento. En tiempos de aquel faraón, la segunda ecuación se hallaba ciertamente en ascenso; el hecho de ser poderoso demostraba necesariamente la inteligencia innata de la persona de que se tratase. La mejor prueba de ello radicaba en la cantidad de trabajadores migratorios o de esclavos de que disponía. Era un símbolo necesario de la condición real: un rey sin esclavos no era rey. Un subordinado en taparrabos, ya sea varón o mujer, confiere al gobernante la sensación de dominio completo sobre el alma de otro individuo. No se trata de súbditos que, al menos teóricamente, tienen derechos constitucionales y la capacidad de sublevarse contra el gobierno; el esclavo no es más que un objeto de uso y explotación a disposición del gobernante. Ustedes no se imaginan de qué manera este poder puede subirse a la cabeza.

En los tiempos a que me refiero, Egipto estaba colmado de israelitas. Los había a millares. Cómo se multiplicaron tan rápidamente a partir del número inicial de setenta es algo que excede mi imaginación. Pero el número no era su único problema: también eran quejosos. En eso admito haberlos ayudado; quéjense, los exhortaba: de los jornales (que eran magros y cada vez bajaban más), de las condiciones de trabajo (tan terribles como pude lograr) y de las perspectivas de futuro (prácticamente nulas). El faraón estaba fuera de sí. Necesitaba fuerza de trabajo para sus grandiosos planes edilicios, pero, cómo reprimir a los talentosos, críticos y efervescentes israelitas? Yo, naturalmente, presioné por ambas partes, lo que sólo logró enfurecer aún más al viejo faraón.

No hay dolor más agudo que el de un rey. El dolor real no es sólo un problema personal, sino un pesar sufrido por y para toda la nación. No obstante y por su condición de intelectual, el faraón disponía de otros recursos y, como no logró tomar una decisión práctica al respecto en el umbral, abandonó la sala del trono en pos del fresco de la biblioteca real, confiado en encontrar allí una solución a su problema.

La biblioteca, que se hallaba cerca de su palacio en Tebas, estaba extraordinariamente bien surtida. Algunos de sus volúmenes databan de los días de la creación. Había copias originales de "Las guerras de los reyes", "El libro de la creación", "El libro de la muerte", "La enciclopedia de la resurrección", "El libro de las guerras de Waspi y Sufa" e incontables volúmenes de teología temprana que pocos, o nadie, leían. La única obra de ficción era "La historia de la nobleza real", que aspiraba a ofrecer una descripción históricamente precisa del origen divino del rey de Egipto y, en buena medida, de las dinastías reales circundantes, básicamente por razones de protocolo. Como ya dije, ficción pura.

El faraón echó una mirada a su inmensa biblioteca e hizo una mueca. Llevaría años de estudio ubicarse en medio de toda esa información; mucho más para un aficionado como él. Si bien le molestaba ser tan dependiente, el faraón se acercó al director de la biblioteca real, el venerable SuliSegorb.

El director de la biblioteca real era tan viejo como las montañas de Seir y las colinas de Edom, además de igual de obstinado. La barba le colgaba del mentón como del borde deshilado de un pergamino sin labrar. Sus ojos eran estrechos, casi cerrados, después de una vida de leer letras pequeñas. Saludó al rey en el antiguo dialecto del Alto Egipto, lo que desconcertó al faraón, que pensó que se estaba burlando de él. Eso es algo intolerable para un rey, semidivino por añadidura. De hecho, el miope Segorb simplemente había confundido al faraón con su antecesor en el trono, lo que da la pauta de la frecuencia con que los miembros de la realeza visitaban ese depósito de la sabiduría universal.

El faraón estaba a punto de poner fin al atrevimiento del bibliotecario por medio de un gesto a uno de sus guardias, cuando el anciano gruñó una palabra que habría de modificar considerablemente la trama de la historia: "Consejeros", dijo.

El monarca detuvo su marcha. "Por supuesto", respondió, queriendo demostrar hasta dónde puede llegar la velocidad de una reacción real. Y después de cavilar un momento añadió: "Pero qué consejeros?"

El anciano hizo una pausa, como si hubiera llegado a un callejón sin salida en el laberinto de su mente. En la biblioteca se hizo un silencio sólo perturbado por algunas moscas reales que revoloteaban en los oscuros pasadizos y por el zumbido de las abejas entre los pergaminos y estelas. A la distancia, las aguas del Nilo susurraban perezosas al sol estival, arrojando reflejos dorados sobre las costas oscuras y fangosas. El faraón ordenó a uno de sus siervos que lo abanicara más de cerca y aguzó el oído con sumo cuidado cuando el anciano bibliotecario pronunció los nombres de tres consejeros posibles.

El faraón no necesitaba más indicios. De inmediato envió mensajeros a las tierras de Moab, Uz y Midián, con la orden de traer consigo a su regreso a sus más ilustres residentes.

Por supuesto, los verdaderos intelectuales necesitan algo más que una retribución monetaria para inducirlos a dejar el lugar donde se encuentran y los honores de que disfrutan; con frecuencia, la promesa de mujeres lo logra. Pero no fue así en el caso de Jetro, Job y Balaam, los tres caballeros en cuestión. Dos de ellos estaban casados con mujeres excepcionalmente refinadas, mientras que Balaam se conformaba con los cuartos traseros de una mula. El canalla! El muy bribón!

Job era un granjero noble, rico, de buena apariencia y recto como una vara. El pintor inglés William Blake apenas captó un aspecto de su compleja personalidad. Job se dedicaba al ganado, los bienes raíces y las inversiones. Le iba bien con el dinero y, al mismo tiempo, con Dios. Era un intelectual práctico, no al estilo moderno, sino vinculado a la naturaleza y a las ciencias de su tiempo: la astronomía, la astrología, la veterinaria. No dudaba de la justicia y la piedad divinas, al menos de momento. Creía que podría preparar al mundo entero para la honradez ofreciendo a sus habitantes un ejemplo de vida limpia y sana y mostrándoles cómo formar una familia, criar el ganado y tener aún tiempo para contemplar los misterios de la existencia. En eso, se parecía a Jetro.

Ciudadano absolutamente respetable, con una esposa bella y abnegada y siete hijas, Jetro era no sólo sacerdote real por derecho propio, sino también titular del Instituto de Teología Comparada de Midián, único en el mundo antiguo. Había probado todas las religiones, sabía 70 lenguas y era un iniciado en el misticismo primitivo. En la oscuridad de las noches del desierto había sopesado la posibilidad expresada por la secta de Abraham, de que existiera un dios único, total y todopoderoso, que gobernaba el mundo. Pero cuando lo conocí, aún no había adoptado esa conclusión.

Balaam era completamente diferente. Por gozar de más honor y dinero habría sido capaz de vender a su madre; así que era realmente una lástima que no conociera con exactitud la identidad de ésta última. Su inteligencia era pasmosa, una de las mejores que tuve el placer de pervertir. Su mente estaba siempre ocupada en alguna maquinación nueva, preñada de amenazas. Generalmente se las arreglaba para ver el lado oscuro de las cosas, lo que lo transformaba en buena compañía para mí. Bastaba con que yo le susurrara al oído la más leve insinuación de algún capricho sórdido para que él buscara la forma de llevarlo a la práctica. Era inventor, mago y comerciante: un verdadero charlatán. Salvo su extraña obsesión por los animales, debo admitir que lo echo de menos.

El faraón conocía la reputación de estos caballeros y actuó en consonancia. "Invito a usted personalmente a la biblioteca real de Tebas, la más antigua del mundo, para pedirle humildemente consejo sobre algunas aportaciones a sus volúmenes". Ese era el breve contenido de las cartas. Ya en aquel entonces, la biblioteca era legendaria y nadie habría desdeñado una invitación a visitarla. A los pocos días de haber recibido el pergamino con su sello personal, los tres estudiosos emprendieron la marcha a través de desiertos y montañas para acudir a la cita en la capital de Egipto.

El faraón no reparó en gastos para atender a sus huéspedes. Esclavas desnudas les servían alimentos y bebida y les ofrecían masajes, baños, ungüentos y perfumes. Los cuerpos dorados y bronceados de las jóvenes brillaban al centelleante sol de Egipto, que resaltaba el movimiento de sus caderas, sus pezones erguidos y sus hombros desnudos. Sus ojos pintados no carecían de sugerente atracción. Después de una ardua jornada, un poco de confort y relajación parecían de rigor.

Pero los huéspedes permanecieron impasibles ante los evidentes encantos de las jóvenes. Ciertamente, era algo que cabía esperar de Job y de Jetro pero, de Balaam? El decoro no le importaba en absoluto y su fama de libertino era bien conocida. Por qué, entonces, esa contención? Debo admitir que yo también me engañé por un momento, hasta que descubrí su afición por los cuartos traseros de la mula...

Después del descanso y las atenciones recibidas, los tres huéspedes fueron invitados a compartir un banquete con su anfitrión. Cocodrilo con calamares y lagartijas con codornices, bien regados con vino de la bodega privada del faraón. Esta parte del plan real funcionó mejor que la seducción de las jóvenes esclavas. El faraón se sintió complacido al ver que la opípara cena había puesto a sus distinguidos invitados de buen talante. La plática junto a la mesa festiva pasó de la teología a la historia, del destino a la libertad, y se llevó a cabo en el dialecto más usual del Egipto demótico, para no agraviar ni ofender en lo más mínimo al anfitrión semidivino.

Después de la actuación del cuerpo juvenil de danzas con el acompañamiento de la orquesta real, el faraón despidió a todos los siervos y se reclinó en su trono:

"Ahora tengo un acertijo", dijo.

Sus huéspedes fueron todo oídos.

"En cierto país había una tribu de extranjeros con sus propias costumbres, tradiciones, historia y dioses o, en este caso, un solo dios tribal. Al principio vivían apaciblemente por su propia cuenta, en un lugar que les había sido especialmente asignado; no obstante, se reprodujeron con tanta velocidad y se tornaron tan numerosos, que se vieron obligados a desplazarse a otras regiones. Los habitantes originales del país se sintieron alarmados: los extranjeros ocupaban sus puestos de trabajo beneficiándose de la tierra, al tiempo que se resistían a abandonar sus antiguas costumbres y sus rituales. De continuar de esa forma, era obvio que a la brevedad habrían de hacerse con todo el país. Por lo tanto, el rey promulgó un edicto reduciéndolos a la esclavitud, lo que tampoco logró evitar que se siguieran reproduciendo a un ritmo alarmante.

Qué debería hacer el rey? Necesitaba las habilidades de esos extranjeros, pero su expansión demográfica consistía una amenaza para su propia existencia".

El faraón se detuvo como en medio de un relato y echó una mirada alrededor de la mesa. Sus invitados, semibebidos, asintieron con la cabeza. Levantó los brazos, hizo una señal y en un extremo de la sala aparecieron los guardias, haciendo sonar sus lanzas y escudos. Un clima pesado y opresivo se aposentó en la inmensa sala. Las llamas titilaban en las lámparas suspendidas de los muros de piedra y lanzaban sombras sobre las altas y redondas columnas de piedra.

Job se levantó. Su largo manto de púrpura y sus magníficos andares le conferían un porte aristocrático, pero su rostro, al principio tan sonrosado y radiante, se había tornado ceniciento; hasta su cabello parecía haberse vuelto plateado. "Lamento comunicar a su majestad que no me siento bien. Tal vez sea a causa de la larga travesía o por la comida, inusualmente abundante. Permitidme consultarlo con la almohada y mañana por la mañana le dedicaré toda la atención que merece".

"Guardias!" gritó el faraón, mostrando los primeros signos de irritación. El rey agarró su cetro y golpeó dos veces el piso de piedra. Job quedó petrificado en el sitio. "Acompañen a nuestro honorable huésped a sus habitaciones", ordenó. Y a continuación, en un tono ligeramente más suave, su majestad añadió: "Espero que duerma bien".

Era el turno de Jetro. El centelleo de sus ojos claros y brillantes había perdido también su esplendor. Se maldijo por haber bebido tanto vino. Cuando se levantó de la silla, luchó para hallar las palabras adecuadas. "Vuestro enigma es ciertamente sagaz", comenzó, pero rápidamente comprendió que en su semisopor seguramente estaba usando un lenguaje demasiado elevado, por lo que intentó de nuevo. "Me pregunto si podré aprovechar vuestra magnífica biblioteca para buscar una respuesta a tan difícil acertijo. No sé cuánto tiempo me llevará, pero..."

"Tres días!", dijo el faraón casi a los gritos.

Jetro clavó a su vez la mirada en el rostro de su anfitrión, sorprendido por lo cortante de la respuesta. En la expresión del faraón leyó una sorpresa de diferente clase, que expresaba asombro, incluso desprecio por el hecho de que las soluciones para el mundo práctico pudieran hallarse en la palabra escrita. Y como de costumbre, el faraón tenía razón.

Exasperado, el soberano se dirigió a su tercer huésped, Balaam, que ya estaba de pie, como un anciano boxeador que busca la posición en que su ataque pueda causar el mayor daño posible. Habló rápidamente y con autoridad, como si el vino que había doblegado a los otros dos huéspedes, a él sólo le hubiera acelerado el pulso: "Aun sin referirme a los sesudos volúmenes de vuestra maravillosa biblioteca, yo diría que la única solución a largo plazo para un grupo extraño es la asimilación total, aun si es forzada desde afuera".

"Pero, y si fracasa?", dijo el faraón. "Ya le dije que sus creencias rechazan la posibilidad de asimilarse a cualquier nivel".

Balaam se irguió en toda su estatura y golpeó el piso de piedra con su báculo mágico. "Entonces, ejecutadlos!", gritó. "Han desafiado al rey. Constituyen un peligro para el cuerpo político del país. No se puede confiar en ellos".

Oh, qué expresión de alegría cubrió el rostro del faraón! Cómo saboreé ese momento. La sangre volvió a fluir a su rostro y su cetro temblaba de excitación.

"Ejecutaría a las mujeres y a los niños?" preguntó anhelante.

"A los niños, ciertamente", dijo el mago de Moab. "A las mujeres las desposaría con hombres del país anfitrión, que de esta forma conservaría las habilidades de los extranjeros sin la pesada amenaza a su estabilidad política".

Mientras yo tenía motivos de regocijo, Jetro caminaba cabizbajo de la sala del banquete a la biblioteca.

"Nunca debería haber haber aceptado esta dilación", refunfuñaba para sí. "Ha sido un signo de debilidad, de inseguridad, que nuestro colega Balaam ha sabido aprovechar. Por qué acepté la invitación de este demente?"

Pero cuando se llega a esta clase de impasse, generalmente es demasiado tarde. Como ya dije antes, nadie puede modificar el pasado.

Jetro buscó a SuliSegorb entre las columnas de la biblioteca. El director lo llevó a la sección de los escritos más antiguos. Ambos estudiosos avanzaron en medio de hileras de pergaminos y estelas, husmeando con atención las diferentes secciones: ugarita, sumerio, sánscrito, chino antiguo. El bibliotecario se disculpó repetidamente por su mala vista, pero el hombre que lo seguía estaba tan absorto en sus propios pensamientos que no prestó atención a su farfullar. "Si es capaz de matar a mujeres y niños", pensaba el invitado, "no tendrá escrúpulos en matar al sumo sacerdote de un país vecino y amistoso".

Jetro formuló una pregunta al bibliotecario semiciego pero, antes de responderle, Sul-i-Segorb se detuvo indicando con ello que habían llegado a destino. Jetro se sorprendió al ver detrás de la última pila de la última hilera una figura alta que examinaba un pergamino. En la oscuridad de ese confín de la biblioteca, la joven y erguida figura parecía brillar con luz propia. Cuando vio a los dos ancianos que se aproximaban, colocó el manuscrito que estaba leyendo en una pequeña hendidura en la piedra. SuliSegorb tornó su cabeza cana: "Moisés, hijo del faraón; Jetro, sumo sacerdote de Midián".

Los dos se miraron con algo de respetuoso temor. Los ojos de Moisés eran penetrantes; los de Jetro expresaban hondura y bondad.

"Tiene usted que huir", le aconsejó Moisés.

El rostro de Jetro se cubrió con la angustia de aquél cuyos pensamientos están siendo leídos por un perfecto desconocido.

"Si desea salir vivo de aquí, márchese", repitió Moisés.

Jetro recuperó el habla. "Pero soy un huésped. Midián y Egipto tienen relaciones oficiales, acuerdos comerciales, lazos históricos".

Los ojos del joven príncipe dejaron traslucir una ironía burlona. "Usted no sería el primer invitado ilustre que cae al Nilo, cerca del criadero de cocodrilos del faraón. Sus siervos lo llaman el Desayuno de Huéspedes Especiales".

Jetro sonrió. "Le agradezco su preocupación".

Así fue como de noche y contra mi consejo, el tercer huésped huyó para salvar la vida, con la única compañía de la luna llena y sus pensamientos alborotados. Habría caído realmente víctima de los cocodrilos del faraón? Sabía que en política no se puede ser ingenuo, pero no existen acaso límites, aun para el tremendo poder del faraón? Y qué había de ese hombre, Moisés? Qué extraño aspecto tenía. Otros príncipes practicaban deportes todo el día, pero éste pasaba sus horas libres en la biblioteca real. No es que no tuviera buen aspecto físico; a diferencia de muchos egipcios, era alto y musculoso. Tampoco su búsqueda era pedante; su rostro luminoso brillaba como el de alguien totalmente imbuido de la profunda sabiduría del espíritu. Jetro podía percibir indicios y en ese Moisés había algo totalmente distinto y diferente. Sería acaso el hecho de que no pertenecía realmente a la corte, ni siquiera a Egipto? Se hallaría allí contra su voluntad? Esos pensamientos acosaron a Jetro durante los días y noches que pasó en los desfiladeros y desiertos hasta llegar a su amada Midián. Algo le decía que aquél no habría de ser su último encuentro con Moisés.

Ese encuentro no le causó palpitaciones sólo a Jetro; debo admitir que también para mí fue un desastre total. A veces me entusiasmo tanto con lo que me sucede de manera natural que descuido el significado real de los acontecimientos que se producen a mis espaldas, o aun en mis narices.

Así ocurrió en este caso y por una sola y simple razón: me engañé al pensar que todas las negociaciones que tienen lugar en la penumbra, especialmente en el crepúsculo o en pasillos oscuros, pertenecen a mi esfera de influencia. En la oscuridad también ocurren cosas buenas!

El faraón no tomó a bien la pérdida de uno de sus consejeros potenciales, y gritó hasta que su rostro se tornó realmente azul. Lloró como un borracho que ve estrellarse en el piso un cántaro de su mejor vino. Cada uno se lamenta de acuerdo con su código privado de preferencias.

Pero con el faraón nunca se podía estar seguro. Puede que fueran meras lágrimas de cocodrilo (este chiste no podía dejar de hacerlo). Mandó llamar a sus soldados pero apenas los había lanzado en persecución de Jetro, los hizo volver. Por una parte quería demostrar que nadie contrariaba al faraón; por la otra, no quería parecer demasiado alterado por el teólogo de Midián. Mejor sería aguardar el momento propicio. No tenía sentido estropear las buenas relaciones con Midián porque su vocero espiritual no podía o no quería resolver el enigma! En el futuro podría incluso usar este incidente como pretexto para invadir el pequeño reino transjordano. Se encargaría de inmediato de que sus escribas lo registraran en su agenda diaria.

Más aún, los otros dos consejeros se hallaban todavía al alcance de la mano. Es verdad que no había visto a Job desde que se sintiera indispuesto después de la cena pero, ciertamente, su silencio podía ser interpretado como consentimiento. Si hubiera tenido realmente algo que objetar, parcial o totalmente, podría haber respondido ya por medio de alguno de los servidores que el faraón había apostado a la puerta de sus habitaciones. Eso fue lo que susurré a los consejeros del rey y lo que ellos, a su vez, dijeron al monarca.

Quedaba Balaam, que ya había dicho lo que el rey deseaba oír. Su respuesta inequívoca matar a los niños y desposar a las mujeres conmovió al faraón como ninguna otra frase podría haberlo hecho. Sus palabras expresaban con precisión los sentimientos del faraón; salvo que, en su condición de rey, el protocolo no le permitía decir esas cosas, o al menos no con tantas palabras. Es por esa razón que los políticos y todos los que necesitan convencer a la opinión pública de que lo que hacen es para el bien común, en general necesitan las palabras correctas para presentar sus ideas de manera clara y aceptable y recurren a escritores o literatos. Por eso, el faraón halló su portavoz en Balaam. Y qué espléndido portavoz!

El mundo comete un grave error al pensar que el poderoso y el malvado no se preocupan por la impresión que causan en los otros. Ciertamente sí lo hacen! Se sabe de algún rey, dictador o asesino que no haya tratado de legitimar sus acciones? Por eso, mi intuición acerca de la conveniencia de abrir una oficina entre legistas no carece de fundamentos. Questio id juris. La ley se basa en los precedentes.

Balaam era tan malvado como cualquiera de los legistas que conocí. Además de sus nefastas actividades como mago, era también cambista. No le quedaba otro remedio: obtenía ganancias en tan diversas monedas, que se veía forzado a ser un experto en tasas de cambio. Para él, todo era dinero y eso era lo que lo volvía un consejero perfecto. Uno de los juegos más antiguos del mundo es dinero a cambio de consejos, y muy poca gente es tan buena como para ofrecer sus servicios a cambio de una retribución monetaria. Mi consejo a los consejeros es muy simple: si no hay dinero, no hay consejo. Sólo yo trabajo gratis, pero conmigo se trata de algo diferente: mi tarea me proporciona tantas satisfacciones, que el dinero pasa a ser algo superfluo. Y además, si tuviera guelt, qué podría hacer con él? Gastarlo en qué? Pero me estoy desviando del tema.

Las sensatas palabras de Balaam hallaron su lugar bajo el nombre del faraón en el anuncio oficial enviado a la comunidad israelita. El edicto costó caro: los soldados del faraón trabajaron horas extra, todas las licencias fueron canceladas, no se otorgó ningún perdón. Las casas estaban llenas de la sangre y el llanto de los bebés hebreos. Era música para mis oídos! Generalmente había más de un bebé en cada casa, lo que bastaba para incrementar el fervor de los matadores.

No me entiendan mal. No eran asesinos natos, quién lo es? Eso lleva tiempo y práctica. Al principio, muchos soldados y policías pusieron objeciones. Algunos graciosos pensaron que eran un ardid para elevar sus tarifas; pero sorprendentemente, no lo era. Los altos mandos del ejército aprobaron una ley: todos los recién casados y los más jóvenes quedarían eximidos, a condición de que llenaran el formulario adecuado y estamparan sus pulgares iletrados sobre una tablilla húmeda de barro cocido, en señal de firma.

Los valientes que aún quedaban, y había un buen número de ellos, recibieron una notificación del palacio dando el visto bueno a su función en la masacre masiva. Entonces comenzaron las matanzas. Pero después de tres semanas al rojo vivo, los mismos egipcios comenzaron a quejarse de que había empezado a aparecer sangre en el Nilo y de que cuando querían sacar agua de los pozos, lo que extraían eran cubos de sangre. Así fue como, a regañadientes, el faraón ordenó acabar con la orgía. Lástima! Los egipcios demostraron tener tanta fuerza de voluntad como su símbolo nacional, el cordero. Eran también supersticiosos y tenían escrúpulos de matar a tanta gente a sangre fría. Qué se puede hacer cuando ni siquiera los malvados pueden llevar sus planes a buen fin?

Yo, por supuesto, sabía que nada cabía esperar de aquella cobarde retirada y así lo demostré. Para compensar el prematuro fin de la matanza, el faraón celebró su siguiente cumpleaños anunciando condiciones aún más severas para los esclavos israelitas. Esto produjo como reacción una rebelión en masa de los esclavos, conducidos por Moisés, el mediohermano del faraón, que justificó su acto impío con toda clase de balbuceos teológicos tomados de la biblioteca real. La rebelión llegó a su punto más alto con una vil fuga en medio de la noche, acompañada por un rastrero ataque a todos los primogénitos nativos.

Aunque yo admiraba la poesía de todo esto, no pude sino sentir simpatía por el viejo faraón, que perdió no sólo a su propio hijo sino también a los primogénitos de todas sus ovejas, carneros, camellos y asnos.

Puedo percibir que algunos de ustedes formulan objeciones y se preguntan de qué lado estoy realmente. Por una parte vitupero a los israelitas y, por la otra, a los egipcios. Admiro su percepción, pero veo que aún no han captado la naturaleza de aquél con quien están tratando. Mi único objetivo en todo esto el más vil y el peor de todos los mundos es asegurarme que dondequiera que haya un trabajo sórdido para hacer, yo tengo que estar, al menos teóricamente, listo para realizarlo. Expresando una vez más mi condición de consejero: soy un especialista, como habrán podido comprobar.

No ando por ahí, a la pesca de polacos, esquimales o pieles rojas; Soy un fenómeno que pertenece estrictamente a un solo pueblo, y mi pueblo son los judíos. Otros de mi especie trabajaron con los asirios, los cananeos, los pricitas, los sumerios, los chinos, los romanos, los griegos, los hunos, los pictos y los escoceses.

Algunos de ellos lo hicieron tan bien, que el pueblo al que fueron asignados se tornó ineficaz o desapareció por completo del escenario histórico. Qué ganaron con eso? El eterno desempleo. Y eso es un logro? Mi porción, los judíos, nunca desaparece! Esa es la promesa que afirman haber recibido de Dios. Pero yo también tengo mi parte, como lo demuestra el episodio con los egipcios. Por qué, además limitar su talento a un solo punto en el espacio o el tiempo? Mi ayuda en su salida de Egipto implica que ya no ocasionaron problemas sólo a los egipcios; su éxodo fue también el mío. Lo que aprendí allí, puedo aplicarlo adondequiera vayan ellos. Y adónde no fueron? Si me preguntan a mí, algunos de ellos se hallan probablemente en la luna. Realmente, no puedo imaginar qué haría sin ellos. Ellos son mi vida y mi sangre. Adonde ellos van, voy yo; sus tzores sus problemas son mi alegría; su alegría, mis tzores. Si ellos murieran, moriría yo también!


Traducción: Orna Stoliar

* Mordejai Beck, artista, escritor, traductor y editor, nació en Gran Bretaña en 1944 y llegó a Israel en 1973. Sus obras de ficción se han editado en Israel y el extranjero; sus trabajos más recientes se han publicado en The Literary Review, Tikun y Arc. Sus traducciones de Agnón al inglés se publicaron en Ariel N 71-2 y 96, y sus grabados en los N 97 y 104.