Hay pocos monasterios tan extraños como Dir es-Sultán, sede
de la Iglesia Ortodoxa Etíope en la Ciudad Vieja de Jerusalem. El
viajero que se topa sorpresivamente con ella recibe una inusual
impresión. Tras subir una escalinata por detrás de la
Iglesia del Santo Sepulcro y atravesar un portal en una vieja pared de
piedra, se descubre repentinamente una diminuta aldea africana: un grupo
de chozas de barro, bajas y amontonadas, de las que sale ruido a cacharros
de cocina. En la mitad de un patio se alza un domo pequeño y
elegante. Dos sacerdotes conversan relajadamente en un banco de piedra. Se
tarda un poco en comprender que se trata del mismísimo techo del
Santo Sepulcro, y que el domo da luz, hacia abajo, a la capilla de Santa
Helena, una de las partes más antiguas del complejo que constituye
el sitio más sagrado del cristianismo en Jerusalem.
El patio
está rodeado de viejas paredes derruidas, en cuyos intersticios
crecen algunas de esas valientes plantas capaces de vivir en los terrenos
más inhóspitos. La misma Iglesia Etíope de Jerusalem
se parece a una planta que continúa creciendo pese a la pobreza del
suelo, desafiando las leyes de la probabilidad y sobreviviendo a los
más duros inviernos y los más ardientes veranos.
A la salida
del patio se ve una pequeña capilla, donde los monjes llevan a cabo
su culto. La capilla, dedicada a San Miguel Arcángel, no es un
edificio impresionante. De forma oblonga, tiene capacidad para unas 70
personas sentadas y otras 40 ó 50 apretujadas de pie en las fechas
de las grandes festividades. Por debajo, hay otra capilla pequeña
que también pertenece a los etíopes, dedicada a "las cuatro
criaturas vivientes", en referencia a las mencionadas por Ezequiel, una de
las cuales tiene cuatro rostros y todas ellas cuatro alas. El nombre mismo
de las capillas indica la profunda afinidad que siente la Iglesia
Etíope por la Biblia y por Jerusalem.
También las pinturas
en las paredes de la capilla de San Miguel dan testimonio de dicha
afinidad. Tienen apenas 100 años de antigüedad, y están
realizadas en ese estilo peculiarmente etíope que, a ojos del
extranjero, resulta muy exótico. Todas las caras están
dibujadas frontalmente, y sus ojos miran con extraña inocencia. Las
negras pupilas son grandes y lustrosas. El cuadro más grande
muestra al Rey Salomón recibiendo a la Reina de Sabá. El rey
está rodeado de dignatarios, todos de pie, y la reina llega con un
cortejo en el que figura un enorme camello que transporta una pesada
carga. Entre los cortesanos de Salomón hay dos figuras
incongruentes, vestidas con las negras ropas de los judíos
jasídicos, ropas que todavía pueden verse en la Jerusalem de
hoy pero que, originadas en Europa en el siglo XVII, habrían
causado cierta sorpresa en la corte de Salomón.
¿Quiénes son los etíopes cristianos que viven en ese
extraño ámbito? ¿Por qué decidieron construir
sobre el techo en lugar de hallar un espacio dentro del mismo Santo
Sepulcro, como la mayoría de las antiguas iglesias cristianas?
Griegos, armenios y católicos poseen amplias secciones del sacro
lugar, y la Iglesia Etíope es apenas menos veterana que ellas. La
respuesta reside en el hecho de que la Iglesia Etíope ha sido
siempre políticamente débil, y ha recibido ayuda desde
Etiopía solamente en ciertos períodos y de manera limitada.
Sus representantes en Jerusalem no lograron sostener su pretensión
a una parte del templo y tuvieron que conformarse con el techo.
Según la tradición, los etíopes fueron convertidos al
cristianismo en los siglos IV y V por monjes venidos de Egipto y Siria.
Esos tempranos misioneros encontraron allanado su camino por los antiguos
contactos existentes entre Etiopía y la Tierra Santa, de los que
hallamos otro indicio en la existencia de una antigua comunidad
judía en el país. Es también notable el hecho de que
muchos rasgos de la Iglesia Etíope son particularmente
próximos a las tradiciones del judaísmo, y no tienen
paralelo en otros sectores de la cristiandad. Por ejemplo, la Iglesia
Etíope todavía practica la circuncisión de los
varones en el octavo día; el sábado es un segundo día
sagrado, casi tan importante como el domingo; y en las iglesias
etíopes el Arca del Señor ocupa un lugar destacado.
Inclusive la tradición de la danza, tan importante en el ritual y
la liturgia etíopes, parece inspirada, al menos en parte, en la
danza de David ante el Arca.
La más famosa de esas antiguas
tradiciones es, por supuesto, la visita de la Reina de Sabá a
Salomón. Aunque en el libro de los Reyes no se la identifica
específicamente como reina de Etiopía, ningún
cristiano etíope duda de que ella provenía de su
país. "Oyendo la Reina de Sabá la fama que Salomón
había alcanzado por el nombre del Señor, vino a probarle con
preguntas difíciles. Y vino a Jerusalem con un séquito muy
grande, con camellos cargados de especias, y oro en gran abundancia, y
piedras preciosas; y cuando vino a Salomón, le expuso todo lo que
en su corazón tenía" (I Reyes 10, 1-3).
La pintura de la
capilla de San Miguel es sólo una entre las decenas de miles de
ilustraciones de la famosa visita, que pueden verse en todos los hogares e
iglesias etíopes. La tradición de la Iglesia Etíope
sostiene que la reina volvió embarazada a su país, y que su
hijo Menelik I, el legendario primer emperador de Etiopía, era hijo
de Salomón. Se cuenta que Menelik viajó a Jerusalem en su
juventud, para aprender de la sabiduría de su padre y llevarla a su
propio país.
Cuando los misioneros cristianos llegaron a las
mesetas de Etiopía, hallaron un conocimiento sobre Jerusalem y los
judíos que probablemente les ayudó a convertir al pueblo.
Sea como fuere, el hecho es que la fe cristiana se difundió
rápidamente en el país y, de acuerdo a San Jerónimo,
hacia fines del siglo IV había ya peregrinos etíopes en
Jerusalem.
En el año 636, el Califa Omar, que había
conquistado Jerusalem, emitió un firman especificando los derechos
de los cristianos en la ciudad, entre ellos los derechos de la Iglesia
Etíope.
Sin embargo, poco se sabe sobre posibles contactos entre
dicha Iglesia y la Tierra Santa desde ese momento hasta la Edad Media. Los
etíopes creen que una comunidad sobrevivió en Jerusalem,
sustentada por la caridad de los peregrinos y ocasionales regalos de los
emperadores etíopes.
No es difícil imaginar que en esa
temprana etapa los contactos eran difíciles. La supervivencia de la
Iglesia Etíope en su propio hogar africano no fue fácil, ya
que fuerzas hostiles la rodeaban por todas partes. Los paganos del centro
de Africa no tenían interés en el cristianismo, y una
amenaza más tangible se suscitó cuando los pueblos de
Sudán y del cuerno de Africa se convirtieron al Islam. La suerte de
la Iglesia y del estado etíopes estaba fuertemente ligada, y cuando
el trono estaba ocupado por monarcas exitosos que combatían
vigorosamente a sus enemigos, todo andaba bien; en cambio, como
ocurrió en varias ocasiones, cuando triunfaban los musulmanes el
futuro de la Iglesia se volvía muy sombrío. Esas
fluctuaciones afectaban a los etíopes en Jerusalem y
continúan afectándolos hasta el día de hoy, ya que
dependen de sus contactos con su país y, cuando éstos se
interrumpen, su posición económica y política declina
automáticamente.
Y sin embargo, el hecho mismo de haber tenido que
luchar para sobrevivir, tanto en Etiopía como en la Tierra Santa,
le dio a la Iglesia su propia fuerza: la fuerza de la fe. También
la favoreció el hecho de no estar fuertemente centralizada. En
Etiopía, la Iglesia estaba regida por un abuna u obispo enviado
desde Egipto, antigua tradición que se remonta a los
orígenes mismos de dicha Iglesia. Pero los poderes del abuna eran
limitados. A menudo no conocía la lengua del país y sus
relaciones con los clérigos locales eran malas, sobre todo cuando
pretendía imponerles disciplina. Por su parte, los cristianos de
Etiopía centraban su tradición en los antiguos monasterios y
lugares santos establecidos en lo alto de las montañas, que
constituían el hogar de las tradiciones, la cultura y el estudio.
En ellos vivían los santos y los píos que
desempeñaron un rol tan importante en la vida religiosa del
país, quienes practicaban austeridades en la tradición de la
Iglesia Egipcia y cuyos lugares de residencia se convirtieron en centros
de peregrinación. En cierta forma, parece que eran semejantes a los
gurúes de la India actual, ya que atraían seguidores
vivieran donde vivieran y sin relación alguna con la
jerarquía eclesiástica, simplemente debido al impacto que
causaban en los creyentes.
El hecho de que su fuerza dependiera en gran
medida de la santidad de algunos individuos dio elasticidad a la Iglesia.
Es muy probable que también en Jerusalem la experiencia de
persecuciones y luchas en Etiopía fue utilizada por abades y monjes
decididos a sobrevivir pese a las circunstancias.
Jerusalem ocupaba un
lugar destacado a ojos de los etíopes. En la propia Etiopía,
rodeados por enemigos, no compartían sus valores con la mayor parte
de sus vecinos no-cristianos y tenían escasos contactos con los
mismos; la única excepción eran las relaciones con la
Iglesia Copta de Egipto, y aun ésas se deterioraron después
de 1700. Fue por ende natural que en 1937 el Emperador Haile Selassie (uno
de cuyos títulos formales era "León de Judea"), al huir de
la invasión italiana, marchara a Jerusalem, donde permaneció
hasta que los británicos lo restauraron en su trono en 1941.
Jerusalem fue, a lo largo de los siglos, una de las pocas ventanas al
mundo que tenían los etíopes.
Los peregrinos medievales
mencionan a menudo a los cristianos etíopes residentes en
Jerusalem. Escritores como el fraile dominico Burcardus de Monte
Sión en 1283, se refieren a la piedad y costumbres de los
etíopes. En 1347, el padre Nicolo da Pogibonsy, fraile franciscano
proveniente de Francia que visitó ese año la Tierra Santa,
describe a los etíopes que rezan en una capilla llamada Santa
María del Gólgota, en el Santo Sepulcro.
En este
período, la Iglesia Etíope de Jerusalem hizo una breve
aparición en un escenario más amplio. En 1438, se
realizó en Florencia un Concilio con el propósito de
reconstituir la unidad cristiana mediante la reunión, sobre todo,
de la ortodoxia griega y el catolicismo. Los etíopes fueron
representados por su abad de Jerusalem. La embajada suscitó
considerable curiosidad, aunque su participación no parece haber
tenido resultados prácticos.
En el siglo XVI las cosas empeoraron.
El reino etíope fue atacado y casi destruido por Ahmad Gran,
gobernante de Harar, principalía musulmana al este de
Etiopía. Las iglesias fueron quemadas, los cristianos perseguidos y
convertidos por fuerza, y el emperador debió huir. En semejantes
circunstancias nadie tenía tiempo para pensar en Jerusalem, y la
comunidad decayó. Su pobreza le hizo perder su sitio en el edificio
principal del Santo Sepulcro y se vio forzada a alojarse en el techo,
donde continúa hasta el día de hoy.
Pero aun en su
país de origen la Iglesia no estaba segura. Las corrientes
cristianas más poderosas, activamente apoyadas por los gobernantes
de su fe, comenzaron a usurpar sus bienes. Muchas propiedades mencionadas
en épocas anteriores ya no figuran en los documentos como
posesiones de la Iglesia Etíope.
Los miembros de la misma lograron
mantenerse de alguna manera, aunque existen numerosas
referencias a su pobreza y a su dependencia de la caridad de armenios y
otros para su mera supervivencia. En el siglo XIX, un misionero anglicano,
William Jarret, señala que algunos monjes etíopes se
incorporaron a la Iglesia Ortodoxa Griega sencillamente para tener
qué comer.
Sorprendentemente, la más encarnizada enemiga de
la Iglesia Etíope era la Iglesia Copta de Egipto. Aunque ambas eran
muy semejantes en términos de teología y
organización, los coptos guardaban rencor a los etíopes por
haberse alejado de ellos en el siglo XVIII. Cuando, a principios del XIX,
la situación de los etíopes empeoró, los coptos
comenzaron a acosarlos.
La propiedad del monasterio de Dir
es-Sultán, en el techo, fue apelada por los coptos, que adujeron
que les pertenecía. En 1838 hubo una epidemia en Jerusalem y todos
los monjes etíopes murieron; los coptos se apoderaron del
monasterio y, según los etíopes, quemaron la biblioteca y
los documentos que convalidaban los derechos etíopes a Dir
es-Sultán.
Muertos los monjes y quemada la biblioteca, los
etíopes podían haber desaparecido de Jerusalem. Los
salvó una curiosa combinación de circunstancias. Por
supuesto, el emperador y la Iglesia en Etiopía querían
mantener lazos con Jerusalem y una posición en Tierra Santa, pero
no lo habrían logrado de no haber sido sus aspiraciones apoyadas
por los británicos. El obispo anglicano de Jerusalem, Gobat,
había sido misionero en Etiopía y ambicionaba convertir a la
Iglesia Etíope en anglicana, idea que hoy puede parecer un tanto
sorprendente. Como lo atestigua una masa de correspondencia entre el
cónsul británico y la
Cancillería de Londres, el obispo Gobat dio su apoyo a los
etíopes y luchó por sus derechos.
La amarga lucha entre las
iglesias etíope y copta ha continuado hasta la actualidad. Cuando,
gracias a la ayuda británica, los etíopes lograron recuperar
Dir es-Sultán, las llaves se quedaron en poder de los coptos. La
confusión y la disputa sobre los derechos de propiedad continuaron
sin interrupción. En fecha tan tardía como la década
de 1960, el gobierno jordano intentó intervenir en la disputa, tras
una seria pelea por el uso de una parte del edificio. Actualmente, el caso
sigue sin resolver, y se halla en la Corte Suprema de Israel. Los
etíopes, por supuesto, no dudan de sus derechos y han presentado
una serie de documentos sobre el tema; el más reciente de ellos fue
entregado en la Iglesia Etíope de Jerusalem a la delegación
israelí a las Conversaciones de Normalización entre Israel y
Egipto, en septiembre de 1986.
En la segunda mitad del siglo XIX, la
posición de la Iglesia en Tierra Santa comenzó a mejorar. En
gran medida esto se debió a que en Etiopía el poder estaba
en manos de monarcas fuertes, que comenzaron a unificar las diversas
provincias bajo una administración centralizada. El emperador
Yohanes procuró mejorar la posición de Etiopía en
marcos más amplios. Tuvo la suerte de que el líder de la
comunidad etíope de Jerusalem era en ese momento uno de los pocos
que se han destacado en la historia. Se trataba de Abbawalda Samaet Walda
Yohanes, hombre vigoroso y enérgico. En 1888, la comunidad
compró un terreno en Jerusalem fuera de las murallas, con el tesoro
que el emperador Yohanes había tomado de los turcos; algunos dicen
que se trataba de tres cofres, otros hablan de siete, pero de todas
maneras fueron suficientes para comprar el sitio y comenzar a erigir un
nuevo monasterio y una nueva iglesia, cuyo nombre es Debre Gannet, que
significa en amárico "Monasterio del Paraíso". Se encuentra
en una callejuela actualmente llamada Etiopía, que cruza la calle
de los Profetas.
Tras la decisión de construir una nueva iglesia,
la posición de los etíopes comenzó a mejorar. La
comunidad aumentó y a principios de 1900 contaba con 40 a 50 monjes
y un número menor de monjas, cifras que se han mantenido hasta hoy.
Muchas de las monjas eran viudas de sacerdotes (ya que la Iglesia
Etíope no impone el celibato) o miembros de familias
aristocráticas que buscaron retiro piadoso en Jerusalem,
construyendo casas que donaron a la comunidad al morir. La Autoridad de
Radiodifusión Israelí ocupa en Jerusalem un edificio
perteneciente a la Iglesia Etíope y le paga a ésta el
correspondiente alquiler.
La iglesia "nueva" - Debre Gannet - es un
impresionante edificio circular, al estilo de las principales iglesias
etíopes. Se entra a ella por una gran puerta que da a un patio
silencioso y recluido. Sólo al llegar allí se percata el
visitante de su considerable altura. No hay nave, como en las iglesias
occidentales, sino un gran corredor circular que rodea el Arca central,
adornado, para deleite del creyente y del visitante, por una variedad de
pinturas realizadas hace unos cien años, la mayoría de ellas
retratos de santos.
Debre Gannet comparte ahora con Dir es-Sultán
el rol de hogar de la comunidad monástica etíope en la
Tierra Santa. En estos cien años también adquirieron
propiedades en Betania, Jericó y a orillas del río
Jordán.
La fortuna de esta Iglesia parece haber mejorado, pero
aún existen dificultades. Muchas de ellas se originaron en los
desórdenes políticos que agitaron a Etiopía en los
últimos 50 años. En 1936, cuando los italianos conquistaron
el país, algunos monjes aceptaron el nuevo gobierno y otros no. La
lucha entre ambas partes se resolvió a favor de los nacionalistas
en 1941, cuando los italianos fueron derrotados. Los monjes que
habían favorecido a los italianos fueron expulsados del monasterio
de Jerusalem y reducidos a la total miseria, de las que los alivió
en parte una pensión concedida de mala gana por las autoridades
mandatarias británicas.
Otro motivo de agitación fue el
derrocamiento del emperador Haile Selassie por los comunistas en 1973. Los
monjes leales al antiguo régimen no pudieron permanecer en el
monasterio, al mismo tiempo que la comunidad se incrementaba con personas
que se marcharon de Etiopía por razones políticas, no todos
ellos monjes. Actualmente la comunidad de monjes y monjas se ha
incrementado con un considerable número de legos. El antagonismo
entre quienes se sentían cómodos solamente con el gobierno
imperial y el orden social tradicional, y quienes estaban dispuestos a
aceptar los cambios, crearon un número de conflictos internos, que
reflejaban las rivalidades eclesiásticas en Etiopía. La
reciente derrota del régimen comunista etíope y el
establecimiento de una embajada en Israel han contribuido a mejorar la
situación de la comunidad de Jerusalem.
La Iglesia Etíope
sobrevivió en Jerusalem durante más de 1500 años. Esa
perduración no ha dependido, en última instancia, de
avatares políticos, sino de la fe de los monjes individuales, y es
en la vida de estos monjes donde debemos buscar la justificación
para la presencia de su iglesia en Jerusalem.
Actualmente, tanto en
Etiopía como en Jerusalem, los monjes se mantienen con las rentas
de tierras y propiedades de la iglesia y con donativos de los fieles.
Están muy lejos de ser ricos, y lo que los atrae a Jerusalem no es
la búsqueda del bienestar material sino la fe.
Uno de los rasgos de
esta iglesia es que sus miembros no suelen dominar las lenguas del
país en que viven. Aun hoy, muchos monjes ignoran el árabe,
el hebreo u otro idioma que no sea el amárico, y dependen
totalmente, en sus contactos con el mundo exterior, de los pocos miembros
de la comunidad que conocen otras lenguas. Muchos de ellos son simples
hombres piadosos venidos a Jerusalem en la convicción de que se
trata del más santo de los lugares santos. Su vida está
sumamente estructurada. Comen todos juntos, y su actividad gira en torno a
servicios religiosos y grandes festividades. Los servicios religiosos se
realizan dos veces al día, entre 4 y 6 de la mañana y 4 y 5
de la tarde. En los días que preceden a la Pascua y en la
Festividad de Nuestra Señora, en agosto, el servicio matutino se
extiende de 2 a 6. En los días de otros santos se celebra la qudase
o misa.
Los servicios requieren permanecer de pie durante largos
períodos, y a ello se deben los cayados con un apoyo tallado para
el mentón, característicos de sus iglesias. Agreguemos que
los pastores etíopes usan cayados similares para descansar mientras
cuidan sus rebaños.
En las festividades mayores desempeñan
un rol importante la danza y la música ejecutada con instrumentos
tradicionales. Las más destacadas son las celebraciones en torno a
la Pascua. En 1502, un peregrino alemán llamado Bernhard von
Breidenbach escribió:Las gentes se reúnen con celo
para celebrar la misa, especialmente en las festividades, y entonces
hombres y mujeres se regocijan y danzan, dan palmadas y formas
círculos, aquí de seis o siete, allí de nueve o
diez, y a veces continúan con sus cantos toda la noche, sobre
todo en la de la Resurrección de Nuestro Señor, en la
que no cesan de cantar hasta el amanecer, a veces con tanto fervor
que quedan completamente exhaustos".
Quizás la más
memorable de las actividades de Pascua es el Domingo de Ramos. No
sólo los monjes, sino todos los miembros de la comunidad de
Jerusalem (unas 300 personas) se reúnen en el patio de Dir
es-Sultán para celebrar la entrada de Cristo en Jerusalem. En
toda la ciudad, los demás cristianos también celebran
la fecha, pero nadie excede en sentimiento a los etíopes, que
celebran los eventos de la semana de Pascua en un estilo totalmente
peculiar.
El servicio comienza a medianoche en la capilla de San
Miguel en Dir es-Sultán, y dura hasta las ocho de la
mañana. Seis de esas ocho horas las ocupa un servicio
conmemorativo especial, y luego se celebra la misa. Las mujeres, con
tradicionales vestidos y mantos de algodón blanco,
están de pie en el fondo de la iglesia. Todos los rostros
expresan una notable concentración. Hacia las ocho y media,
al final del servicio, salen de la capilla y se ubican en el techo,
alegres y sin la menor señal de cansancio. El arzobispo y los
sacerdotes entran en una gran tienda, en la que se preparan para la
solemne procesión. Allí comienzan sus oraciones,
cantando
"Me alegré cuando te dijeron 'Marchemos hacia la Casa del
Señor'. Nuestros pies se posarán en tus portales;
Jerusalem es erigida como ciudad". Al final del servicio traen al
arzobispo ramas de palma, él las bendice y distribuye entre
la congregación y los monjes. Toda la multitud marcha en
procesión en torno al patio.
Para los extraños, gran
parte del interés en las celebraciones reside en su exotismo:
las trabajadas vestiduras de los sacerdotes, especialmente del
arzobispo y de sus principales colegas; las sombrillas de terciopelo
y oro, decoradas con borlas, que protegen las cabezas de los
notables; la música misma y la presencia de algunos
músicos itinerantes mezclados con la multitud, que ejecutan
pequeños instrumentos de cuerda y cantan espontáneos
himnos de alabanza. Para los monjes, la ceremonia posee un
significado diferente - es la culminación del año, la
celebración más importante de su fe.
Cuando no
están ocupados en festejos o en ayunos (de los que hay un
gran número en el rito etíope), monjes y monjas se
dedican a su propia práctica espiritual. Las plegarias
privadas son un componente importante de la vida monástica en
la Iglesia Etíope. Las caracteriza la repetición de
ciertos textos sagrados, sobre todo los Salmos de David y el
Evangelio de San Juan.
Por otra parte, los monjes etíopes
deben también contribuir a la vida comunal del monasterio. La
regla que los rige es quizás menos estricta que la de algunas
órdenes occidentales, pero igualmente les exige celibato,
abstinencia de todo pecado y obediencia al abad. Deben
también ocuparse de sí mismos, trabajar en el jardín,
limpiar y pintar sus casas y compartir la vida de la comunidad; pero no
habitan en viviendas comunales como los monjes católicos. Se les
concede también una considerable libertad en la elección de
sus actividades. Algunos escogen pintura y tallado, otros prefieren
dedicar su tiempo al estudio; uno o dos se han retirado del mundo y
convertido en ermitaños. El más famoso de éstos, que
murió a principios de la década del ochenta, fue un monje
que no habló con nadie durante 30 años pero que, si alguien
le pedía consejo o ayuda, los recibía por escrito. Este
hombre fue enterrado como santo, de acuerdo con la reputación que
había adquirido durante su vida.
La comunidad laica, formada por
individuos devotos y, en algunos casos, exiliados políticos, se
halla más involucrada que los monjes en la vida social exterior al
monasterio: las mujeres trabajan como enfermeras en los hospitales y los
jóvenes estudian en la Escuela Anglicana (que en Jerusalem es un
instituto internacional) o en las escuelas israelíes.
En
años recientes, más y más etíopes han llegado
en peregrinaje a Jerusalem. En la Pascua de 1993 llegaron unos 450
peregrinos, y la atención que requieren proporciona a la comunidad
local una fuente de ingresos. Pero dicha comunidad, como tal, es
todavía pobre y mantiene una lucha permanente por conservar su
identidad. Una pequeña escuela mantenida con afecto y
devoción enseña amárico y tradiciones etíopes,
pero sólo funciona los fines de semana.
El arribo de decenas de
miles de judíos de Etiopía en los últimos años
contribuyó en alguna medida a disminuir la sensación de
aislamiento de la comunidad etíope cristiana, pero no ha afectado
mayormente su vida cotidiana. Los monjes viven como en una isla, en la que
sus vidas cambian muy lentamente, una isla a la que fueron atraídos
por la fe y en la que encontraron un grado de satisfacción. Al
preguntarle por qué había venido a Jerusalem, un
anciano monje pareció al principio no entender la pregunta.
Luego exclamó: "Porque es Jerusalem" - respuesta que le
parecía suficiente, y que ciertamente lo es.
Traducción: Florinda F. Goldberg