No debe sorprender que la casa en la que crecí en Jerusalén,
demolida hace 25 años, me haya rondado como un fantasma durante
años. Sus paredes masivas, construidas de una piedra rosigris
llamada misi-jamra, sus piezas altas, sus pisos venecianos brillantes y
sus ventanas arqueadas, la terraza embaldosada con sus cisternas, las
escalinatas internas y externas, los balcones de madera y hierro, el largo
corredor taraceado que corría como un intestino derecho al
través del piso superior, los sonidos y los olores que la llenaban
de vida - todos ellos son tema recurrente de mis sueños, mucho
más vívidos que cualquiera otra de las casas en las que he
vivido desde entonces. Partes de mi infancia transcurrieron en otro lado -
primordialmente en Tel-Aviv; después, una visita a mis abuelos en
Riga con un trayecto largo y peligroso de regreso a Palestina, apenas un
paso adelante de los Nazis; seguida de una temporada casi mágica en
la granja de mi tío Yosef en Yokneam, al sureste de Haifa - pero
ninguna de estas vivencias dejó huella, ninguna retorna en mis
sueños como esa vieja casa en Jerusalén. A lo largo del
día el campanario en el techo del convento cercano era la
atracción de una parvada de pichones. Cuando la campana sonaba
salían revoloteando y se mantenían a cierta distancia hasta
que la reverberación se extinguía. El convento era un
edificio masivo de dos pisos con un techo de tejas rojas. Se alzaba en un
ángulo vertical a la calle, como nuestra casa, pero no era tan
largo. Durante la semana servía como escuela para niñas.
Enfrente, estaba la casa de maternidad Sadowsky, rodeada de un muro de
piedra alto con un portón de hierro. Podíamos mirar a los
recién nacidos al través de una ventana cubierta con una
reja de alambre que estaba en la pared que daba a la calle. Los
pequeños yacían en cunas esparcidas en el cuarto y sus
lloriqueos podían oírse si se escuchaba con la debida
atención, pero la ventana permanecía cerrada generalmente y
teníamos que vencer tambien el tráfico y el ruido de la
calle. A ratos, una enfermera entraba al cuarto para atender a los
bebés. Había un aire de ligero misterio. Un día pude
ver algo que perturbó mi imaginación. El portón de
hierro se abrió y vi a una pareja salir del patio interior y
dirigirse a un coche que estaba esperando. Había algunas personas
atendiéndolos. La joven mujer lloraba incontrolablemente y el
hombre a su lado trataba de darle apoyo con mucha ternura. Yo miraba la
escena con gran fascinación, porque no todos los días
podíamos ver a un adulto llorar. Pero entonces me di cuenta de que
había algo más importante en relación a la escena. No
había ningún bebé, no había un envoltorio de
pañales en los brazos de los que salían acompañando a
la pareja que se metió al coche y se marchó.
Alrededor del
mediodía los soldados polacos de la esquina se arrastraban, con los
ojos hinchados, hacia la pequeña tienda de abarrotes cercana al
convento para comprar vodka "para su desayuno", como decía el
tendero en hebreo apenas se iban. Eran bastante notorios en el vecindario.
En las noches, la madre de Edna sacaba a pasear al perrito y caminaba
cuesta arriba y cuesta abajo por la calle, envuelta en un vestido
ajustado, con el cabello suelto, meneando su bolso y las caderas. Yo
pensaba que era muy elegante y femenina. No sé a ciencia cierta
cuando me percaté de lo que sucedía. Debo dar crédito
a mis padres porque nunca me prohibieron visitar a Edna. Solamente
había en sus rostros un aire ligero de reprobación, y
quizás una señal de alivio cuando su familia se
cambió a otro vecindario.
La gran terraza embaldosada que se
extendía a lo largo de nuestra casa del lado que miraba al convento
constituía un mundo en sí. Tenía dos cisternas en su
seno, con marcos altos de piedra y tapaderas de hierro. Cuando fallaba el
suministro de agua, se podía sacar agua de ellas y sólo
necesitaba hervirse para hacerla más o menos potable. Nosotros, los
niños que vivíamos en el piso superior, podíamos
alcanzar la terraza de dos maneras: bajando por la escalera central -en la
que si hacíamos el menor ruido provocábamos los gritos de
una mujer judeoalemana que tenía una cabeza de medusa que asustaba-
o usando la escalera exterior y al través de la entrada al patio.
Vagábamos como una pequeña manada y nos
precipitábamos de un lado al otro irritando a los mayores. La
esposa del abarrotero estaba siempre rogándonos que
dejáramos de gritar o silbar o cantar, porque le dolía la
cabeza. O nos deslizábamos veloces por el declive de la calle
empinada en nuestros patinetes de madera. La calle era perfecta para
hacerlo, porque parecía una pendiente para esquiar, y
frecuentemente acabábamos en el suelo con rodillas, nariz y codos
ensangrentados. Abajo y detrás de la casa, donde vivían los
oficiales polacos, se extendía el cementerio musulmán - una
vasta extensión de colina desierta con tumbas blancas esparcidas
cerca del tope, a lo largo de la calle King George, hacia abajo y ya al
fondo, cerca del estanque de Mamila. Más allá del
cementerio, los edificios se erguían en un gran semicírculo,
y con el tiempo el área fue sellada con alambres de púas y
renombrada popularmente como "Bevingrad", por Ernest Bevin, el Ministro de
Colonias de la Gran Bretaña, que supervisó, para su
desgracia, el desmantelamiento del Imperio.
En aquel entonces, el edificio
Generali, como el Hotel King David, la YMCA y el resto de los edificios
favoritos de los ingleses, presentaban un rostro benigno. El enemigo
común eran los alemanes, y llegó un momento en que la
amenaza de su cercanía era tan concreta, que hasta los niños
pudimos sentirla. Recuerdo con claridad el nombre de El Alamein. Recuerdo
las conversaciones exaltadas sobre las sortijas de sello huecas y sobre
medidas de emergencia para enviar a las mujeres y niños lejos,
fuera de peligro. Uno sentía como la tensión aumentaba.
Sólo años más tarde comprendí el significado
de los planes que iban a adoptarse en el caso de que los alemanes
conquistaran Palestina. Mi padre y sus camaradas habían propuesto
ofrecer una última resistencia en el monte Carmelo, pero las
mujeres y los niños debían ser enviados a sitios seguros. Mi
padre se puso en contacto con un joven beduino con quien había
hecho amistad en la prisión de Acre antes de la guerra, y
llegó a un acuerdo con él para que mi madre y yo
fuéramos aceptadas por su tribu en el Néguev. La
complexión clara y los ojos azules de mi madre se
explicarían diciendo que era circasiana. De modo que, de no haber
sido por el general Montgomery y sus hombres, probablemente yo
sería hoy una vieja mujer beduina, dedicada a atender a mis
numerosos nietos en una tienda hecha de pieles de cabra.
La sirena
ululó una o dos veces en Jerusalén. Esto sucedió
cuando la fuerza aérea italiana bombardeó Palestina. Lo que
ocurrió en realidad fue que destruyeron unas cuantas casas en Tel
Aviv, pero nunca estuvieron cerca de Jerusalén. Todos los
residentes alborotados bajaron la escalera central y se apretujaron en la
oscuridad, en el recoveco más profundo del viejo pilote grande.
Luego, la sirena avisó que había pasado el peligro y
volvimos a casa. Lo que para nosotros constituyó la guerra, fue
primordialmente el racionamiento. Aunque no fue muy austero, bastó
para hacernos olvidar la vista y el olor del pan blanco, la mantequilla,
la crema y el sabor del azúcar refinado. Y ahí estaba la
presencia de toda esa tropa multicolor que pasaba por Palestina -
australianos con sombreros de ala ancha ladeados, africanos e
hindúes en uniformes brillantes, los franceses libres y los
polacos. Los llamados aussies eran los más populares entre los
niños, ya que eran indefectiblemente generosos y amistosos y nos
daban dulces. Los tommies eran amistosos a veces, pero en otras ocasiones
estaban tan borrachos y provocaban tal desorden que eran una verdadera
amenaza para la población. En nuestra calle había un NAAFI,
justo encima de la casa de maternidad, y los tommies salían de
ahí en tropel después de que oscurecía, cantando y
orinando sobre las paredes y acosando todo aquello que vistiera faldas.
De
tanto en tanto oíamos el estrépito de hierros proveniente
del garage gubernamental que estaba entre nuestra casa y el convento. Todo
el día resonaba, el martilleo y aporreo, el griterío y el
estruendo de la radio. Varias veces al día repicaba la campana del
convento, sonora y poderosa, ahogando todos los otros sonidos. Del otro
lado de la casa estaba el Cine Orión, una gran troje en la que se
proyectaban tres funciones diarias - a las tres de la tarde, a las siete y
a las nueve de la noche. Las películas egipcias eran populares y
Abdul Wahab, Laila Mourad y Farid al-Atrash alternaban con Betty Grable,
Gary Cooper y Leslie Howard.
Y los olores, el tufo abrasante de metal
caliente del garage, el hedor de orín en el callejón
detrás del cine, los fuertes aromas de los guisos europeos que
salían de la cocina del convento y de las aceitunas y el pescado
ahumado de la tienda de abarrotes, la fragancia del za'atar para sazonar
el pan ga'ak que pregonaban los vendedores ambulantes, la atmósfera
redolente y llena de vapor de los blanqueadores y el almidón
caliente de la lavandería que estaba debajo de nuestra casa; el
aroma de la ceresina pegajosa de los almendros de los jardines
aledaños con la que "hilábamos" pequeñas piezas de
presunta gaza sobre nuestros dedos doblados, los vigorosos perfumes de
jazmín y azahar y otras esencias populares, así como el olor
de los cacahuates tostados por un sudanés alto vestido de blanco
que se paraba en las esquinas. Y en invierno, el tufillo de la nafta para
las estufas que trataban en vano de calentar las espaciosas piezas altas
de nuestro hogar.
A veces camino por esta calle tal y como es hoy y no
puedo evitar el pensar que no queda mucho de lo que había. Hasta
cambiaron su nombre. Cierro los ojos y trato de imaginar que todo no es
más que un sueño y que, cuando los abra, lo que voy a ver
enfrente es la calle de mi niñez. Tal vez me he dejado arrastrar
por mi fantasía y cuando vuelva a la realidad voy a estar en el
año de l945, un año más, un año menos y la
calle será tal y como era y yo seré la chiquilla
soñadora de entonces. Por supuesto que soñar no tiene caso.
Los dioses saben que no es más que una estratagema para recobrar mi
juventud y conocen todos los trucos que hombres y mujeres han usado desde
tiempo inmemorial. De modo que abro mis ojos de nuevo y lo que hallo es la
tediosa insignificante calle con su nombre cambiado, y yo no soy
más que una mujer vieja parada sobre el pavimento con los ojos
cerrados.
La casa fue erigida a principios del siglo XIX como una gran
posada a un costado del camino de Yafo, para albergar a viajeros que
llegaran a la capital, cuando las puertas de la Ciudad Vieja ya estaban
cerradas. Allí podían pernoctar con sus ovejas y caballos,
darles de beber de las cisternas en el patio y almacenar sus
mercaderías en las cavernas abovedadas de abajo. Tal vez
prefirieran quedarse allí, en medio de los campos y los pinos, en
lugar de pernoctar en las calles populosas dentro de la ciudad amurallada.
Había dos clases de suites: unas espaciosas y con los techos muy
altos, con la fachada hacia el sureste y la Ciudad Vieja, con sus lugares
santos y souks (mercados); las otras eran más modestas y daban al
noroeste, hacia las colinas desnudas. Cuando en la década de l880
la ciudad comenzó a rebasar sus fajas de piedra y se
expandió hacia las colinas y cañadas que la rodean, una de
las primeras áreas de extramuros en poblarse fue la de un grupo de
casitas en el barrio de Najlat Shivá, en el valle situado debajo de
nuestra casa. Después, la casa tuvo otras funciones y pasó
por muchas manos. Fue usada como convento, luego como hospital, para
convertirse finalmente en una casa de apartamientos, propiedad de un rico
árabe cristiano llamado Shíber, que tenía otras
propiedades en la ciudad nueva.
Nosotros vivíamos en el lado
privilegiado del edificio, con una magnífica vista de la ciudad.
Para entonces el panorama de la ciudad amurallada había sido
bloqueado por los nuevos edificios que se erigían a lo largo de la
calle de Yafo en su periplo hasta la Puerta de Yafo. Desde nuestras
ventanas podíamos ver los techitos amontonados de Najlat
Shivá y, elevándose un poco más allá, una
parte de la Moscobía, el complejo patrimonial de los rusos, con sus
cúpulas verdes, el edificio Generali y el imponente cuerpo grande y
macizo de la oficina central de correos. Bella como era, esta vista no
podía compararse con la vista desde lo alto de la escalinata
exterior de la calle al final de nuestra casa. Este panorama abarcaba el
cementerio musulmán de Mamila, hasta la loma de la YMCA con su
torre blanca semejando un minarete y el Hotel King David, y más
allá, hasta la colina lejana del Monte Scopus con el Hospital
Augusta Victoria en la cresta, y se desplegaba hasta la neblina eterna que
se cernía como una cortina sobre el abismo del Mar Muerto. A medida
que pasaba el tiempo pude observar el transcurso de la vida desde lo alto
de esa escalera.
La casa había sido construida como una fortaleza
medieval. Sus muros tenían un metro de grosor, o sea, tres capas de
piedra jerosolimitana. Consecuentemente, las ventanas, altas y arqueadas,
podían formar maravillosos asientos cómodos. Pasé
gran parte de mi niñez posada en este asiento de la ventana de mi
cuarto, mirando el panorama, especialmente el cielo. A la derecha, el
techo del convento proveía el drama diurno de los pichones y, en
las horas crepusculares, miles de gorriones se ejercitaban en piruetas de
ballet en el radiante cielo plateado. Cuando oscurecía, los
pájaros se esfumaban y las estrellas hacían su
aparición. El oscurecimiento de la guerra dejaba imperturbables a
las estrellas y éstas podían brillar y centellear a su
placer.
Dentro de casa, mis padres se dedican a sus ocupaciones regulares.
Mi padre está sentado frente a su
escritorio, mecanografiando velozmente con dos dedos, apretando entre sus
dientes una larga boquilla de marfil, de modo que el humo de su cigarrillo
oval egipcio -Matossian or Latif- no alcance sus ojos. Sobre el escritorio
están dos pequeños elefantes de ébano con colmillos y
ojos de marfil, uno más grande que el otro, también un
cenicero de bronce de Bezalel y una lámpara de aceite hecha de
barro de la época de los romanos que mi tío Yosef, el
ingeniero, encontró en alguna parte del norte. Sobre la pared
opuesta al escritorio cuelga una fotografía en blanco y negro de
Nefertiti - "mi rival", dice mi madre.
Mi madre está enroscada en
el sillón cerca de la mesa redonda que está cubierta con un
mantel de mucho bordado. Está leyendo, por supuesto. Devora libros
de la misma manera que un alcohólico satisface su ansia de beber.
Bien puede ser uno de sus clásicos rusos favoritos, o una historia
de detectives en inglés o alemán. A pesar de que su hebreo
era bastante bueno, nunca lo dominó como para disfrutar su lectura.
Leía los periódicos y revistas, pero no literatura. O se
ponía a coser, a mano o en su gran máquina Singer, para
alterar los trajes viejos de mi padre de antes de la guerra y adaptarlos a
su propia figura o hacía algún vestido para mí de
algún retazo. Estos no son sólo días de
racionamiento, sino que tambien son días difíciles para la
familia. La prosperidad general que la guerra trajo a Palestina no nos ha
alcanzado. Mi padre está tan ocupado ayudando a construir una
nación, que no puede hacer algo más rentable que editar el
diario de su partido o preparar alguna traducción ocasional. Una
por una las joyas de mi madre van desapareciendo. Pero si alguna vez
resintió su pérdida, nunca dijo una palabra.
Asher Beilin,
para entonces un conocido escritor y columnista, vivía directamente
debajo de nosotros, en un piso de la planta baja que se abría a la
gran terraza. Un día publicó una descripción de la
casa en su columna y recuerdo que mi padre nos la leyó en voz alta
con gran deleite. Todo estaba más o menos allí - la
lavandería manejada por la prolífica familia de pelirrojos
ultraortodoxos que canturreaba salmos; las tres prostitutas, dos de las
cuales eran fervientes sionistas y la tercera que "se iba con los
ingleses" y era, por lo mismo, esquivada por los sionistas de la casa; la
condesa polaca y su hija de pelo dorado, que no se quedaron mucho tiempo;
el famoso retratista del primer piso con sus dos hijas Dafnis y Cloe; el
locutor de radio lisiado y la mujer libanesa y su hija que trabajaban como
intérpretes para las fuerzas aliadas y mantenían numerosos
gatos en su casa...
Pero estos no eran sino los personajes más
pintorescos que vivían en Bet Shíber. La mayor parte de los
residentes era gente perfectamente ordinaria que se ganaba la vida de
manera ordinaria en ocupaciones pesadas y monótonas. El padre de mi
mejor amiga, Nora, era químico, trabajaba para el gobierno y ganaba
justo lo suficiente para salir adelante. Era un judío alemán
y su mujer era una alemana no judía con la que se había
casado antes de que Hitler llegara al poder. Poco antes de la guerra
llegaron a Palestina con su pequeña hija. Sus padres habían
llegado antes, beneficiándose de los efímeros arreglos que
permitían a los judíos burgueses emigrar de Alemania y
llevar consigo parte de su patrimonio. Vivían en una casa bonita en
uno de los barrios tranquilos de Jerusalén, y algunas veces los
padres de Nora me llevaban consigo para visitar al abuelo y la abuela.
Esta familia hablaba alemán y parecía vivir encapsulada en
el tiempo. Sus libros eran todos clásicos alemanes, con caracteres
góticos que yo no podía descifrar, y a Nora y a mí
nos leían "Max y Moritz" y los hermanos Grimm. En uno de los
grandes volúmenes de "Maerchen" del que nos leían cuentos en
voz alta (para entonces ya había yo aprendido suficiente
alemán para seguir la trama del cuento), había un retrato
aterrador del diablo o "der Teufel", que obsesionaba con su presencia mis
pesadillas. Comían guisos alemanes, tenían cuadros alemanes
colgados en la pared y cantaban canciones alemanas. La imagen de la gran
rubia Ingue, la madre de Nora, sentada junto a la ventana, cosiendo y
cantando lieder, se grabó en mi memoria como la quintaesencia de lo
alemán. El hecho de que estuviéramos en guerra con Alemania,
de que ellos mismos habían tenido que escapar de ese país
debido a sus leyes racistas, parecía no afectarlos. En alguna parte
del espacio existía una Alemania ideal a la que ellos
permanecían fieles.
En aquellos días había en
Jerusalén mucha gente como ellos, o sea, gente que vivía con
un sueño privado superimpuesto a la realidad de nuestra ciudad y
nuestra vida. Mucho más excéntrica y exquisita, pero
más o menos en el mismo estilo, era Elsa Lasker Schüler, la
gran poetisa judeoalemana que se había "atorado" en el Medio
Oriente y vivía en un mundo de fantasía en el que combinaba
el mundo imaginario alemán con las fantasías
bíblicas. Ella insistía en que los poemas que
escribía en el alemán más maravilloso estaban
escritos en hebreo. Era una de las figuras familiares en las calles y los
cafés de Jerusalén. Ataviada con vistosos andrajos y
exageradamente acicalada, parecía una vieja vagabunda, con su
figura frágil y encorvada. Pero sus ojos aún centelleaban
con una negra llamarada y se la pasaba dándoles de comer a gatos y
perros cuando ella misma pasaba hambres.
Había un tipo imponente
que vestía una sayuela rayada y lucía un fez, que se paseaba
por doquier diciéndole a todo aquel que quisiera escucharlo que la
solución a todos nuestros problemas era que los judíos se
convirtieran al Islam. Era un judío persa cuyos ancestros en Meshed
habían sido obligados a convertirse y llevar una doble vida por
varias generaciones -algo muy similar a la vida de los marranos en
España- hasta que emigraron a Palestina y regresaron al
judaísmo. Sin embargo, este hombre volvió al Islam y
creía que esa era la solución a los problemas comunales y
sectarios en el Medio Oriente. Otro era un dentista que creía que
era un descendiente directo de la Casa de David y que sólo la
restauración de la antigua monarquía podía arreglar
debidamente las cosas en Medio Oriente. Se le trataba con gran
indulgencia, tal vez porque era muy bueno como dentista. Y estaba por
supuesto el lingüista polaco Charapusta, un carácter afable
que dominaba las dos lenguas semitas más importantes a la
perfección - de hecho, demasiado bien. Una figura familiar en la
ciudad, entraba al café Atara y ordenaba el equivalente hebreo de
wassail (bebida compuesta de vino, cerveza y especias) para todos los
cerdos y damiselas en la taberna. Me imagino que hacía lo mismo en
los establecimientos árabes. Había otros caracteres
estrambóticos menos atractivos en la ciudad, incluyendo a un
respetable funcionario público vestido con un traje europeo
impecable, que cargaba un portafolio y que tenía por costumbre
exhibirse ante pequeñas niñas. Nora y yo fuimos objeto de
sus atenciones una tarde en que estábamos sentadas en nuestro hueco
favorito, en lo alto de la escalera exterior. El tipo fue tan solemne que
nos tomó más de un momento darnos cuenta de que había
algo insólito en su apariencia, y luego escapamos bajando
rápidamente y gritando asustadas.
Nora asistió a la escuela
primaria cercana que era manejada por el partido laborista. Yo fui enviada
a la pequeña escuela privada de la Sra. Eshkoli. Mi madre, producto
de la Universidad de Viena, la psicología infantil
contemporánea y el método Montessori, se había dejado
atraer por esta mujer extraordinaria y su escuelita, que era manejada de
acuerdo a las tendencias más modernas. Yo asistí a ella
desde la edad de cinco años hasta que cumplí diez
años. Las clases del jardín de infancia y del primer grado
se efectuaban en la casa de la Sra. Eshkoli, a la vuelta de la esquina de
nuestra casa; los tres grados subsecuentes se efectuaban en un edificio a
una distancia considerable. A mí nunca me gustó la escuela
en ninguna forma, pero creo que los años bajo la tutela de la Sra.
Eshkoli no dejaron en mi trauma alguno. No solamente éramos
educadas en esa escuela, nuestro bienestar físico también
recibía la misma atención e importancia. Durante las
mañanas cálidas de primavera y otoño nos hacía
desvestirnos y quedábamos en ropa interior y nos acostaba en fila
sobre la terraza, cada niña sobre una pequeña toalla, para
tostarnos al sol, después de haber sido debidamente untadas con
aceite de olivo proveniente de una gran lata. Las clases tenían un
techo muy alto y pisos embaldosados, muy fríos en invierno, a pesar
de las estufas apestosas de petróleo, de modo que, muy a menudo,
sufríamos de sabañones. Las paredes estaban decoradas con
cuadros del Norte, del Este, del Sur y del Oeste. El Norte era un bosque
nevado de abetos con renos; el Este era un desierto con un oasis lejano en
medio de sus dunas; el Sur era una pintoresca aldea hindú con
cocoteros y un elefante y el Oeste era el mar, con enormes olas verdes y
un buque de vela. Había otras ilustraciones típicas del
salón de clases, incluyendo algunas de nuestras propias creaciones.
En aquellos días los maestros todavía tenían la
libertad de decir a los niños cómo dibujar y, en ocasiones,
recibí regaños -oh, muy suaves- por dejar las esquinas de
mis cuadros sin llenar.
Una especie de niebla como la de los cuentos de
hadas cubre mis memorias de esos años. En mi imaginación
Abdul Wahab, Leslie Howard y el Califa de Bagdad se entremezclan con
figuras bíblicas que yo imaginaba tal y como las ilustraba Gustave
Doré. Cuando viajábamos al Mar Muerto para visitar a mi
tío Issya, el hermano menor de mi madre que trabajaba en la planta
eléctrica de Sdom, yo comparaba la vista de las partes altas del
desierto de Judea que se extendía sobre el Mar Muerto con el
grabado de Doré, que ilustra el episodio de Lot escapando con su
mujer de las ciudades de la llanura del Jordán, cuando Dios las
destruyó con fuego y azufre. Las imágenes de Doré
permanecen en mi mente hasta nuestros días. Hace algunos
años visité Egipto por primera vez, y viendo las enormes
columnas en Luxor inmediatamente recordé las escenas con el
faraón y José y las de José y sus hermanos,
exactamente tal y como Doré las dibujó. La Biblia era un
manantial de magia y fantasía, ya que nunca me la enseñaron
como evangelio, sino como una especie de literatura antigua.
Sansón, el héroe, y la mujer fatal Dalila; el Rey David y
sus desesperados; mi tocaya Yael, quien mató a Sísara con
una estaca de madera; el destino bárbaro de la hija de Jeftá
- todos tan románticos como cualesquiera de las escenas
"hilvanadas" por Alexander Korda en celuloide.
Curiosamente, los
años de la guerra fueron tranquilos para nosotros. La lucha
nacionalista en Palestina se había suspendido más o menos
durante su transcurso. Los sionistas participaban ansiosamente del lado de
los Aliados en los esfuerzos por ganar la guerra y los árabes
palestinos se percataron, con bastante molestia, de que su líder
Haj Amín al-Husseini, el gran Mufti de Jerusalén, estaba en
Berlín ayudando al esfuerzo bélico del lado opuesto. No cabe
duda de que hubo simpatizantes del Eje en el mundo árabe desde Iraq
hasta Egipto, porque cualquier enemigo de los ingleses era un aliado
potencial para el fomento del nacionalismo árabe. Pero sentimientos
similares podían encontrarse también en los extremos del
movimiento sionista, específicamente en el movimiento subversivo
conocido como Leji, o como lo denominaban los británicos, "la
pandilla de Stern". Antes de la guerra habían tratado de flirtear
con los nazis, creyendo que las molestias que le ocasionaban al Imperio
Británico los acercarían y harían bien queridos de
las fuerzas satánicas en Berlín, y que éstas los
ayudarían de alguna manera. Pero los alemanes simplemente ignoraron
sus sondeos, y cuando la guerra estalló y la verdadera naturaleza
de la bestia se hizo patente, toda esperanza de ayuda por su parte se
esfumó.
Nosotros en Palestina no sufrimos bombardeos ni fuimos
desposeídos o evacuados. Tampoco sufrimos hambre o el terror que
azotó a la gente en Europa. Pero el horror flotaba en el aire que
esparcía los rumores de una masacre sin precedente de
judíos. Y estos rumores se filtraban hasta nosotros, los
niños. Estalingrado y Normandía fueron mencionados, al igual
que Palermo y otros frentes en Italia, donde amigos y familiares peleaban,
pero yo era muy pequeña para comprender cabalmente el significado
de estos nombres. Y luego un día todo terminó. La radio
repetía sin cesar que todo había terminado. Había
gran excitación en el aire y mi padre me dijo: "Ven, vamos a
comprar periódicos". Salimos a la calle Ben Yehudá y
compramos varios periódicos de un vendedor ambulante. Los
encabezados vociferaban ¡La guerra ha terminado! ¡Ha
concluido! Pregunté a mi padre: "¿Esto significa que
llegó la paz?" "No," me contestó: "La guerra ha
terminado, pero aún no hay paz".
Yo tenía nueve años. Estas palabras deben haberme
impresionado profundamente, porque muchos años más tarde
fueron las que escarbé cuando se me pidió que recordara una
escena de mi niñez. La Guerra Mundial había terminado, pero
para nosotros los días de ira y conflicto apenas comenzaban.
Traducción: Ana Flaschner