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Aun no es tiempo de paz

20 dic 1998
 ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102
 INDICE  |  REY DAVID  |  MONTEFIORE  |  ARTE  |  IGLESIA  ETIOPE  |  MAYOR  |  VARGAS  LLOSA  |  OZ  |  AMIJAI  |  ZAJ  |  BEN-YEHUDA  |  LOTAN  |  SINDROME  DE  JERUSALEM  |  DIBUJOS
 
     
Aún no es tiempo de paz
Extracto de un relato autobiográfico

Yael Lotán

 
 

 

 

 

  No debe sorprender que la casa en la que crecí en Jerusalén, demolida hace 25 años, me haya rondado como un fantasma durante años. Sus paredes masivas, construidas de una piedra rosigris llamada misi-jamra, sus piezas altas, sus pisos venecianos brillantes y sus ventanas arqueadas, la terraza embaldosada con sus cisternas, las escalinatas internas y externas, los balcones de madera y hierro, el largo corredor taraceado que corría como un intestino derecho al través del piso superior, los sonidos y los olores que la llenaban de vida - todos ellos son tema recurrente de mis sueños, mucho más vívidos que cualquiera otra de las casas en las que he vivido desde entonces. Partes de mi infancia transcurrieron en otro lado - primordialmente en Tel-Aviv; después, una visita a mis abuelos en Riga con un trayecto largo y peligroso de regreso a Palestina, apenas un paso adelante de los Nazis; seguida de una temporada casi mágica en la granja de mi tío Yosef en Yokneam, al sureste de Haifa - pero ninguna de estas vivencias dejó huella, ninguna retorna en mis sueños como esa vieja casa en Jerusalén.

A lo largo del día el campanario en el techo del convento cercano era la atracción de una parvada de pichones. Cuando la campana sonaba salían revoloteando y se mantenían a cierta distancia hasta que la reverberación se extinguía. El convento era un edificio masivo de dos pisos con un techo de tejas rojas. Se alzaba en un ángulo vertical a la calle, como nuestra casa, pero no era tan largo. Durante la semana servía como escuela para niñas.

Enfrente, estaba la casa de maternidad Sadowsky, rodeada de un muro de piedra alto con un portón de hierro. Podíamos mirar a los recién nacidos al través de una ventana cubierta con una reja de alambre que estaba en la pared que daba a la calle. Los pequeños yacían en cunas esparcidas en el cuarto y sus lloriqueos podían oírse si se escuchaba con la debida atención, pero la ventana permanecía cerrada generalmente y teníamos que vencer tambien el tráfico y el ruido de la calle. A ratos, una enfermera entraba al cuarto para atender a los bebés. Había un aire de ligero misterio. Un día pude ver algo que perturbó mi imaginación. El portón de hierro se abrió y vi a una pareja salir del patio interior y dirigirse a un coche que estaba esperando. Había algunas personas atendiéndolos. La joven mujer lloraba incontrolablemente y el hombre a su lado trataba de darle apoyo con mucha ternura. Yo miraba la escena con gran fascinación, porque no todos los días podíamos ver a un adulto llorar. Pero entonces me di cuenta de que había algo más importante en relación a la escena. No había ningún bebé, no había un envoltorio de pañales en los brazos de los que salían acompañando a la pareja que se metió al coche y se marchó.

Alrededor del mediodía los soldados polacos de la esquina se arrastraban, con los ojos hinchados, hacia la pequeña tienda de abarrotes cercana al convento para comprar vodka "para su desayuno", como decía el tendero en hebreo apenas se iban. Eran bastante notorios en el vecindario. En las noches, la madre de Edna sacaba a pasear al perrito y caminaba cuesta arriba y cuesta abajo por la calle, envuelta en un vestido ajustado, con el cabello suelto, meneando su bolso y las caderas. Yo pensaba que era muy elegante y femenina. No sé a ciencia cierta cuando me percaté de lo que sucedía. Debo dar crédito a mis padres porque nunca me prohibieron visitar a Edna. Solamente había en sus rostros un aire ligero de reprobación, y quizás una señal de alivio cuando su familia se cambió a otro vecindario.

La gran terraza embaldosada que se extendía a lo largo de nuestra casa del lado que miraba al convento constituía un mundo en sí. Tenía dos cisternas en su seno, con marcos altos de piedra y tapaderas de hierro. Cuando fallaba el suministro de agua, se podía sacar agua de ellas y sólo necesitaba hervirse para hacerla más o menos potable. Nosotros, los niños que vivíamos en el piso superior, podíamos alcanzar la terraza de dos maneras: bajando por la escalera central -en la que si hacíamos el menor ruido provocábamos los gritos de una mujer judeoalemana que tenía una cabeza de medusa que asustaba- o usando la escalera exterior y al través de la entrada al patio. Vagábamos como una pequeña manada y nos precipitábamos de un lado al otro irritando a los mayores. La esposa del abarrotero estaba siempre rogándonos que dejáramos de gritar o silbar o cantar, porque le dolía la cabeza. O nos deslizábamos veloces por el declive de la calle empinada en nuestros patinetes de madera. La calle era perfecta para hacerlo, porque parecía una pendiente para esquiar, y frecuentemente acabábamos en el suelo con rodillas, nariz y codos ensangrentados. Abajo y detrás de la casa, donde vivían los oficiales polacos, se extendía el cementerio musulmán - una vasta extensión de colina desierta con tumbas blancas esparcidas cerca del tope, a lo largo de la calle King George, hacia abajo y ya al fondo, cerca del estanque de Mamila. Más allá del cementerio, los edificios se erguían en un gran semicírculo, y con el tiempo el área fue sellada con alambres de púas y renombrada popularmente como "Bevingrad", por Ernest Bevin, el Ministro de Colonias de la Gran Bretaña, que supervisó, para su desgracia, el desmantelamiento del Imperio.

En aquel entonces, el edificio Generali, como el Hotel King David, la YMCA y el resto de los edificios favoritos de los ingleses, presentaban un rostro benigno. El enemigo común eran los alemanes, y llegó un momento en que la amenaza de su cercanía era tan concreta, que hasta los niños pudimos sentirla. Recuerdo con claridad el nombre de El Alamein. Recuerdo las conversaciones exaltadas sobre las sortijas de sello huecas y sobre medidas de emergencia para enviar a las mujeres y niños lejos, fuera de peligro. Uno sentía como la tensión aumentaba. Sólo años más tarde comprendí el significado de los planes que iban a adoptarse en el caso de que los alemanes conquistaran Palestina. Mi padre y sus camaradas habían propuesto ofrecer una última resistencia en el monte Carmelo, pero las mujeres y los niños debían ser enviados a sitios seguros. Mi padre se puso en contacto con un joven beduino con quien había hecho amistad en la prisión de Acre antes de la guerra, y llegó a un acuerdo con él para que mi madre y yo fuéramos aceptadas por su tribu en el Néguev. La complexión clara y los ojos azules de mi madre se explicarían diciendo que era circasiana. De modo que, de no haber sido por el general Montgomery y sus hombres, probablemente yo sería hoy una vieja mujer beduina, dedicada a atender a mis numerosos nietos en una tienda hecha de pieles de cabra.

La sirena ululó una o dos veces en Jerusalén. Esto sucedió cuando la fuerza aérea italiana bombardeó Palestina. Lo que ocurrió en realidad fue que destruyeron unas cuantas casas en Tel Aviv, pero nunca estuvieron cerca de Jerusalén. Todos los residentes alborotados bajaron la escalera central y se apretujaron en la oscuridad, en el recoveco más profundo del viejo pilote grande. Luego, la sirena avisó que había pasado el peligro y volvimos a casa. Lo que para nosotros constituyó la guerra, fue primordialmente el racionamiento. Aunque no fue muy austero, bastó para hacernos olvidar la vista y el olor del pan blanco, la mantequilla, la crema y el sabor del azúcar refinado. Y ahí estaba la presencia de toda esa tropa multicolor que pasaba por Palestina - australianos con sombreros de ala ancha ladeados, africanos e hindúes en uniformes brillantes, los franceses libres y los polacos. Los llamados aussies eran los más populares entre los niños, ya que eran indefectiblemente generosos y amistosos y nos daban dulces. Los tommies eran amistosos a veces, pero en otras ocasiones estaban tan borrachos y provocaban tal desorden que eran una verdadera amenaza para la población. En nuestra calle había un NAAFI, justo encima de la casa de maternidad, y los tommies salían de ahí en tropel después de que oscurecía, cantando y orinando sobre las paredes y acosando todo aquello que vistiera faldas.

De tanto en tanto oíamos el estrépito de hierros proveniente del garage gubernamental que estaba entre nuestra casa y el convento. Todo el día resonaba, el martilleo y aporreo, el griterío y el estruendo de la radio. Varias veces al día repicaba la campana del convento, sonora y poderosa, ahogando todos los otros sonidos. Del otro lado de la casa estaba el Cine Orión, una gran troje en la que se proyectaban tres funciones diarias - a las tres de la tarde, a las siete y a las nueve de la noche. Las películas egipcias eran populares y Abdul Wahab, Laila Mourad y Farid al-Atrash alternaban con Betty Grable, Gary Cooper y Leslie Howard.

Y los olores, el tufo abrasante de metal caliente del garage, el hedor de orín en el callejón detrás del cine, los fuertes aromas de los guisos europeos que salían de la cocina del convento y de las aceitunas y el pescado ahumado de la tienda de abarrotes, la fragancia del za'atar para sazonar el pan ga'ak que pregonaban los vendedores ambulantes, la atmósfera redolente y llena de vapor de los blanqueadores y el almidón caliente de la lavandería que estaba debajo de nuestra casa; el aroma de la ceresina pegajosa de los almendros de los jardines aledaños con la que "hilábamos" pequeñas piezas de presunta gaza sobre nuestros dedos doblados, los vigorosos perfumes de jazmín y azahar y otras esencias populares, así como el olor de los cacahuates tostados por un sudanés alto vestido de blanco que se paraba en las esquinas. Y en invierno, el tufillo de la nafta para las estufas que trataban en vano de calentar las espaciosas piezas altas de nuestro hogar.

A veces camino por esta calle tal y como es hoy y no puedo evitar el pensar que no queda mucho de lo que había. Hasta cambiaron su nombre. Cierro los ojos y trato de imaginar que todo no es más que un sueño y que, cuando los abra, lo que voy a ver enfrente es la calle de mi niñez. Tal vez me he dejado arrastrar por mi fantasía y cuando vuelva a la realidad voy a estar en el año de l945, un año más, un año menos y la calle será tal y como era y yo seré la chiquilla soñadora de entonces. Por supuesto que soñar no tiene caso. Los dioses saben que no es más que una estratagema para recobrar mi juventud y conocen todos los trucos que hombres y mujeres han usado desde tiempo inmemorial. De modo que abro mis ojos de nuevo y lo que hallo es la tediosa insignificante calle con su nombre cambiado, y yo no soy más que una mujer vieja parada sobre el pavimento con los ojos cerrados.

La casa fue erigida a principios del siglo XIX como una gran posada a un costado del camino de Yafo, para albergar a viajeros que llegaran a la capital, cuando las puertas de la Ciudad Vieja ya estaban cerradas. Allí podían pernoctar con sus ovejas y caballos, darles de beber de las cisternas en el patio y almacenar sus mercaderías en las cavernas abovedadas de abajo. Tal vez prefirieran quedarse allí, en medio de los campos y los pinos, en lugar de pernoctar en las calles populosas dentro de la ciudad amurallada. Había dos clases de suites: unas espaciosas y con los techos muy altos, con la fachada hacia el sureste y la Ciudad Vieja, con sus lugares santos y souks (mercados); las otras eran más modestas y daban al noroeste, hacia las colinas desnudas. Cuando en la década de l880 la ciudad comenzó a rebasar sus fajas de piedra y se expandió hacia las colinas y cañadas que la rodean, una de las primeras áreas de extramuros en poblarse fue la de un grupo de casitas en el barrio de Najlat Shivá, en el valle situado debajo de nuestra casa. Después, la casa tuvo otras funciones y pasó por muchas manos. Fue usada como convento, luego como hospital, para convertirse finalmente en una casa de apartamientos, propiedad de un rico árabe cristiano llamado Shíber, que tenía otras propiedades en la ciudad nueva.

Nosotros vivíamos en el lado privilegiado del edificio, con una magnífica vista de la ciudad. Para entonces el panorama de la ciudad amurallada había sido bloqueado por los nuevos edificios que se erigían a lo largo de la calle de Yafo en su periplo hasta la Puerta de Yafo. Desde nuestras ventanas podíamos ver los techitos amontonados de Najlat Shivá y, elevándose un poco más allá, una parte de la Moscobía, el complejo patrimonial de los rusos, con sus cúpulas verdes, el edificio Generali y el imponente cuerpo grande y macizo de la oficina central de correos. Bella como era, esta vista no podía compararse con la vista desde lo alto de la escalinata exterior de la calle al final de nuestra casa. Este panorama abarcaba el cementerio musulmán de Mamila, hasta la loma de la YMCA con su torre blanca semejando un minarete y el Hotel King David, y más allá, hasta la colina lejana del Monte Scopus con el Hospital Augusta Victoria en la cresta, y se desplegaba hasta la neblina eterna que se cernía como una cortina sobre el abismo del Mar Muerto. A medida que pasaba el tiempo pude observar el transcurso de la vida desde lo alto de esa escalera.

La casa había sido construida como una fortaleza medieval. Sus muros tenían un metro de grosor, o sea, tres capas de piedra jerosolimitana. Consecuentemente, las ventanas, altas y arqueadas, podían formar maravillosos asientos cómodos. Pasé gran parte de mi niñez posada en este asiento de la ventana de mi cuarto, mirando el panorama, especialmente el cielo. A la derecha, el techo del convento proveía el drama diurno de los pichones y, en las horas crepusculares, miles de gorriones se ejercitaban en piruetas de ballet en el radiante cielo plateado. Cuando oscurecía, los pájaros se esfumaban y las estrellas hacían su aparición. El oscurecimiento de la guerra dejaba imperturbables a las estrellas y éstas podían brillar y centellear a su placer.

Dentro de casa, mis padres se dedican a sus ocupaciones regulares. Mi padre está sentado frente a su escritorio, mecanografiando velozmente con dos dedos, apretando entre sus dientes una larga boquilla de marfil, de modo que el humo de su cigarrillo oval egipcio -Matossian or Latif- no alcance sus ojos. Sobre el escritorio están dos pequeños elefantes de ébano con colmillos y ojos de marfil, uno más grande que el otro, también un cenicero de bronce de Bezalel y una lámpara de aceite hecha de barro de la época de los romanos que mi tío Yosef, el ingeniero, encontró en alguna parte del norte. Sobre la pared opuesta al escritorio cuelga una fotografía en blanco y negro de Nefertiti - "mi rival", dice mi madre.

Mi madre está enroscada en el sillón cerca de la mesa redonda que está cubierta con un mantel de mucho bordado. Está leyendo, por supuesto. Devora libros de la misma manera que un alcohólico satisface su ansia de beber. Bien puede ser uno de sus clásicos rusos favoritos, o una historia de detectives en inglés o alemán. A pesar de que su hebreo era bastante bueno, nunca lo dominó como para disfrutar su lectura. Leía los periódicos y revistas, pero no literatura. O se ponía a coser, a mano o en su gran máquina Singer, para alterar los trajes viejos de mi padre de antes de la guerra y adaptarlos a su propia figura o hacía algún vestido para mí de algún retazo. Estos no son sólo días de racionamiento, sino que tambien son días difíciles para la familia. La prosperidad general que la guerra trajo a Palestina no nos ha alcanzado. Mi padre está tan ocupado ayudando a construir una nación, que no puede hacer algo más rentable que editar el diario de su partido o preparar alguna traducción ocasional. Una por una las joyas de mi madre van desapareciendo. Pero si alguna vez resintió su pérdida, nunca dijo una palabra.

Asher Beilin, para entonces un conocido escritor y columnista, vivía directamente debajo de nosotros, en un piso de la planta baja que se abría a la gran terraza. Un día publicó una descripción de la casa en su columna y recuerdo que mi padre nos la leyó en voz alta con gran deleite. Todo estaba más o menos allí - la lavandería manejada por la prolífica familia de pelirrojos ultraortodoxos que canturreaba salmos; las tres prostitutas, dos de las cuales eran fervientes sionistas y la tercera que "se iba con los ingleses" y era, por lo mismo, esquivada por los sionistas de la casa; la condesa polaca y su hija de pelo dorado, que no se quedaron mucho tiempo; el famoso retratista del primer piso con sus dos hijas Dafnis y Cloe; el locutor de radio lisiado y la mujer libanesa y su hija que trabajaban como intérpretes para las fuerzas aliadas y mantenían numerosos gatos en su casa...

Pero estos no eran sino los personajes más pintorescos que vivían en Bet Shíber. La mayor parte de los residentes era gente perfectamente ordinaria que se ganaba la vida de manera ordinaria en ocupaciones pesadas y monótonas. El padre de mi mejor amiga, Nora, era químico, trabajaba para el gobierno y ganaba justo lo suficiente para salir adelante. Era un judío alemán y su mujer era una alemana no judía con la que se había casado antes de que Hitler llegara al poder. Poco antes de la guerra llegaron a Palestina con su pequeña hija. Sus padres habían llegado antes, beneficiándose de los efímeros arreglos que permitían a los judíos burgueses emigrar de Alemania y llevar consigo parte de su patrimonio. Vivían en una casa bonita en uno de los barrios tranquilos de Jerusalén, y algunas veces los padres de Nora me llevaban consigo para visitar al abuelo y la abuela. Esta familia hablaba alemán y parecía vivir encapsulada en el tiempo. Sus libros eran todos clásicos alemanes, con caracteres góticos que yo no podía descifrar, y a Nora y a mí nos leían "Max y Moritz" y los hermanos Grimm. En uno de los grandes volúmenes de "Maerchen" del que nos leían cuentos en voz alta (para entonces ya había yo aprendido suficiente alemán para seguir la trama del cuento), había un retrato aterrador del diablo o "der Teufel", que obsesionaba con su presencia mis pesadillas. Comían guisos alemanes, tenían cuadros alemanes colgados en la pared y cantaban canciones alemanas. La imagen de la gran rubia Ingue, la madre de Nora, sentada junto a la ventana, cosiendo y cantando lieder, se grabó en mi memoria como la quintaesencia de lo alemán. El hecho de que estuviéramos en guerra con Alemania, de que ellos mismos habían tenido que escapar de ese país debido a sus leyes racistas, parecía no afectarlos. En alguna parte del espacio existía una Alemania ideal a la que ellos permanecían fieles.

En aquellos días había en Jerusalén mucha gente como ellos, o sea, gente que vivía con un sueño privado superimpuesto a la realidad de nuestra ciudad y nuestra vida. Mucho más excéntrica y exquisita, pero más o menos en el mismo estilo, era Elsa Lasker Schüler, la gran poetisa judeoalemana que se había "atorado" en el Medio Oriente y vivía en un mundo de fantasía en el que combinaba el mundo imaginario alemán con las fantasías bíblicas. Ella insistía en que los poemas que escribía en el alemán más maravilloso estaban escritos en hebreo. Era una de las figuras familiares en las calles y los cafés de Jerusalén. Ataviada con vistosos andrajos y exageradamente acicalada, parecía una vieja vagabunda, con su figura frágil y encorvada. Pero sus ojos aún centelleaban con una negra llamarada y se la pasaba dándoles de comer a gatos y perros cuando ella misma pasaba hambres.

Había un tipo imponente que vestía una sayuela rayada y lucía un fez, que se paseaba por doquier diciéndole a todo aquel que quisiera escucharlo que la solución a todos nuestros problemas era que los judíos se convirtieran al Islam. Era un judío persa cuyos ancestros en Meshed habían sido obligados a convertirse y llevar una doble vida por varias generaciones -algo muy similar a la vida de los marranos en España- hasta que emigraron a Palestina y regresaron al judaísmo. Sin embargo, este hombre volvió al Islam y creía que esa era la solución a los problemas comunales y sectarios en el Medio Oriente. Otro era un dentista que creía que era un descendiente directo de la Casa de David y que sólo la restauración de la antigua monarquía podía arreglar debidamente las cosas en Medio Oriente. Se le trataba con gran indulgencia, tal vez porque era muy bueno como dentista. Y estaba por supuesto el lingüista polaco Charapusta, un carácter afable que dominaba las dos lenguas semitas más importantes a la perfección - de hecho, demasiado bien. Una figura familiar en la ciudad, entraba al café Atara y ordenaba el equivalente hebreo de wassail (bebida compuesta de vino, cerveza y especias) para todos los cerdos y damiselas en la taberna. Me imagino que hacía lo mismo en los establecimientos árabes. Había otros caracteres estrambóticos menos atractivos en la ciudad, incluyendo a un respetable funcionario público vestido con un traje europeo impecable, que cargaba un portafolio y que tenía por costumbre exhibirse ante pequeñas niñas. Nora y yo fuimos objeto de sus atenciones una tarde en que estábamos sentadas en nuestro hueco favorito, en lo alto de la escalera exterior. El tipo fue tan solemne que nos tomó más de un momento darnos cuenta de que había algo insólito en su apariencia, y luego escapamos bajando rápidamente y gritando asustadas.

Nora asistió a la escuela primaria cercana que era manejada por el partido laborista. Yo fui enviada a la pequeña escuela privada de la Sra. Eshkoli. Mi madre, producto de la Universidad de Viena, la psicología infantil contemporánea y el método Montessori, se había dejado atraer por esta mujer extraordinaria y su escuelita, que era manejada de acuerdo a las tendencias más modernas. Yo asistí a ella desde la edad de cinco años hasta que cumplí diez años. Las clases del jardín de infancia y del primer grado se efectuaban en la casa de la Sra. Eshkoli, a la vuelta de la esquina de nuestra casa; los tres grados subsecuentes se efectuaban en un edificio a una distancia considerable. A mí nunca me gustó la escuela en ninguna forma, pero creo que los años bajo la tutela de la Sra. Eshkoli no dejaron en mi trauma alguno. No solamente éramos educadas en esa escuela, nuestro bienestar físico también recibía la misma atención e importancia. Durante las mañanas cálidas de primavera y otoño nos hacía desvestirnos y quedábamos en ropa interior y nos acostaba en fila sobre la terraza, cada niña sobre una pequeña toalla, para tostarnos al sol, después de haber sido debidamente untadas con aceite de olivo proveniente de una gran lata. Las clases tenían un techo muy alto y pisos embaldosados, muy fríos en invierno, a pesar de las estufas apestosas de petróleo, de modo que, muy a menudo, sufríamos de sabañones. Las paredes estaban decoradas con cuadros del Norte, del Este, del Sur y del Oeste. El Norte era un bosque nevado de abetos con renos; el Este era un desierto con un oasis lejano en medio de sus dunas; el Sur era una pintoresca aldea hindú con cocoteros y un elefante y el Oeste era el mar, con enormes olas verdes y un buque de vela. Había otras ilustraciones típicas del salón de clases, incluyendo algunas de nuestras propias creaciones. En aquellos días los maestros todavía tenían la libertad de decir a los niños cómo dibujar y, en ocasiones, recibí regaños -oh, muy suaves- por dejar las esquinas de mis cuadros sin llenar.

Una especie de niebla como la de los cuentos de hadas cubre mis memorias de esos años. En mi imaginación Abdul Wahab, Leslie Howard y el Califa de Bagdad se entremezclan con figuras bíblicas que yo imaginaba tal y como las ilustraba Gustave Doré. Cuando viajábamos al Mar Muerto para visitar a mi tío Issya, el hermano menor de mi madre que trabajaba en la planta eléctrica de Sdom, yo comparaba la vista de las partes altas del desierto de Judea que se extendía sobre el Mar Muerto con el grabado de Doré, que ilustra el episodio de Lot escapando con su mujer de las ciudades de la llanura del Jordán, cuando Dios las destruyó con fuego y azufre. Las imágenes de Doré permanecen en mi mente hasta nuestros días. Hace algunos años visité Egipto por primera vez, y viendo las enormes columnas en Luxor inmediatamente recordé las escenas con el faraón y José y las de José y sus hermanos, exactamente tal y como Doré las dibujó. La Biblia era un manantial de magia y fantasía, ya que nunca me la enseñaron como evangelio, sino como una especie de literatura antigua. Sansón, el héroe, y la mujer fatal Dalila; el Rey David y sus desesperados; mi tocaya Yael, quien mató a Sísara con una estaca de madera; el destino bárbaro de la hija de Jeftá - todos tan románticos como cualesquiera de las escenas "hilvanadas" por Alexander Korda en celuloide.

Curiosamente, los años de la guerra fueron tranquilos para nosotros. La lucha nacionalista en Palestina se había suspendido más o menos durante su transcurso. Los sionistas participaban ansiosamente del lado de los Aliados en los esfuerzos por ganar la guerra y los árabes palestinos se percataron, con bastante molestia, de que su líder Haj Amín al-Husseini, el gran Mufti de Jerusalén, estaba en Berlín ayudando al esfuerzo bélico del lado opuesto. No cabe duda de que hubo simpatizantes del Eje en el mundo árabe desde Iraq hasta Egipto, porque cualquier enemigo de los ingleses era un aliado potencial para el fomento del nacionalismo árabe. Pero sentimientos similares podían encontrarse también en los extremos del movimiento sionista, específicamente en el movimiento subversivo conocido como Leji, o como lo denominaban los británicos, "la pandilla de Stern". Antes de la guerra habían tratado de flirtear con los nazis, creyendo que las molestias que le ocasionaban al Imperio Británico los acercarían y harían bien queridos de las fuerzas satánicas en Berlín, y que éstas los ayudarían de alguna manera. Pero los alemanes simplemente ignoraron sus sondeos, y cuando la guerra estalló y la verdadera naturaleza de la bestia se hizo patente, toda esperanza de ayuda por su parte se esfumó.

Nosotros en Palestina no sufrimos bombardeos ni fuimos desposeídos o evacuados. Tampoco sufrimos hambre o el terror que azotó a la gente en Europa. Pero el horror flotaba en el aire que esparcía los rumores de una masacre sin precedente de judíos. Y estos rumores se filtraban hasta nosotros, los niños. Estalingrado y Normandía fueron mencionados, al igual que Palermo y otros frentes en Italia, donde amigos y familiares peleaban, pero yo era muy pequeña para comprender cabalmente el significado de estos nombres. Y luego un día todo terminó. La radio repetía sin cesar que todo había terminado. Había gran excitación en el aire y mi padre me dijo: "Ven, vamos a comprar periódicos". Salimos a la calle Ben Yehudá y compramos varios periódicos de un vendedor ambulante. Los encabezados vociferaban ¡La guerra ha terminado! ¡Ha concluido! Pregunté a mi padre: "¿Esto significa que llegó la paz?" "No," me contestó: "La guerra ha terminado, pero aún no hay paz".

Yo tenía nueve años. Estas palabras deben haberme impresionado profundamente, porque muchos años más tarde fueron las que escarbé cuando se me pidió que recordara una escena de mi niñez. La Guerra Mundial había terminado, pero para nosotros los días de ira y conflicto apenas comenzaban.


Traducción: Ana Flaschner

 
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