Este es el discurso que pronunció el prestigioso novelista
peruano Mario Vargas Llosa al ser galardonado con el Premio Jerusalén
de Literatura en marzo de 1995. Este importante premio literario israelí
se otorga a escritores que se han destacado en su lucha por "la libertad
del individuo en la sociedad"; se concede durante la Feria Internacional
del Libro que tiene lugar cada dos años en Jerusalén.
Mi obligación es comenzar por lo más obvio y decir lo
honrado que me siento de recibir un Premio que, además de una obra
literaria, recompensa los esfuerzos de un intelectual en favor de la libertad.
Me alegra de manera especial que este galardón se llame "Jerusalén"
y se me conceda en esta ciudad y en este momento.
Dudo que haya en el mundo de hoy una tarea más necesaria, pero
también más erizada de dificultades, que combatir por la
libertad. Hace apenas unos años, en 1989, en el feliz estrépito
de fierros y pedrones de la caída del Muro de Berlín, un
viento optimista recorrió el planeta que a todos nos exaltó
pues nos parecía que aquella batalla había entrado en su
fase decisiva y que pronto reinaría un nuevo orden internacional
basado en leyes justas, el respeto a los derechos humanos y la coexistencia
de sociedades y de individuos en la tolerancia recíproca. Que, por
fin, sería realidad el sueño de una humanidad reconciliada,
viviendo en paz, en la diversidad de ideas, creencias y costumbres, y rivalizando
amistosamente por el progreso y la prosperidad.
Apenas seis años después, a aquella esperanza ha sucedido
un pesimismo que hace crujir los huesos. El resucitar de viejos demonios
que creíamos enterrados, o al menos domesticados, como los nacionalismos,
los integrismos religiosos, las querellas fronterizas, los conflictos étnicos
y raciales y el perfeccionamiento y propagación del terrorismo que
incendian múltiples regiones, desintegran países y siembran
las calles y los campos de cadáveres de inocentes, lleva ahora a
muchos a desesperar y a preguntarse si vale la pena seguir luchando por
cambiar un mundo que da los tumbos del borracho y, como en los versos de
Shakespeare, parece creado por un siniestro diosecillo, en el ruido, el
furor y el sinsentido.
Cuando escucho semejantes manifestaciones de masoquismo antropológico
o siento en mí mismo la tentación de sucumbir a los placeres
deletéreos del nihilismo histórico, suelo cerrar los ojos
y evocar mis recuerdos de mi primer viaje a Israel, en 1976. Es una operación
que me entona, como a otros una piadosa oración o un trago de buen
whisky. Estuve aquí por primera vez hace diecinueve años,
con el pretexto de dar conferencias en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
En realidad, vine a ver, a aprender, a averiguar cuál era la realidad
y cuál el mito de este controvertido país, a oírlo,
verlo, leerlo y tocarlo todo. Fue una experiencia de apenas unas semanas,
pero de largas enseñanzas. Al pie de las murallas de la antigua
Jerusalén, había una muchacha de cabellos dorados y una capa
gris ondeando al viento, que quería hacer todas las revoluciones
y que estaba contra todas las leyes, empezando, como el poeta, por la ley
de la gravedad. "Mis compatriotas te han comprado, me decía.
¡Te has vuelto sionista!".
Yo llevaba entonces algunos años de reconstrucción intelectual
y política, luego de haber renunciado a la utopía colectivista
y estadista que abracé en mi juventud, y ya defendía, frente
a ésta, como una alternativa más realista y más humana,
el pragmatismo democrático, y me asomaba (todavía con mucha
desconfianza) al liberalismo, en las continuas polémicas a que suelo
verme arrastrado por lo que parece ser mi ineptitud congénita para
toda forma de corrección política. Pero vivía aún
con la desasosegadora nostalgia de aquello que a la revolución parece
siempre sobrarle y a la democracia siempre faltarle: el tumulto de la acción,
el desprendimiento, la ascesis, la entrega, la generosidad, el riesgo,
en una palabra todo lo que entusiasma a los jóvenes y aburre a los
viejos. En la historia de la creación de Israel y la cotidiana realidad
de su lucha por la supervivencia encontré todo aquello, en dosis
más que suficientes para aplacar los apetitos de romántico
sentimentalismo político que traía -y de los que nunca he
podido librarme del todo- pues aquí comprobé que para vivir
la vida como aventura, reformar la sociedad y cambiar el curso de la historia
no hacía falta suprimir la libertad, atropellar las leyes, instalar
un poder abusivo, silenciar las críticas y encarcelar o matar al
opositor y al disidente. Desde entonces suelo decir que la más grande
sorpresa de aquel viaje a Israel fue haberme permitido descubrir que, en
contra de lo que pensábamos mis adversarios, un buen número
de mis amigos y hasta yo mismo, mi ruptura con el mesianismo autoritario
no me había vuelto ese homínido fosilizado que llaman "un
reaccionario", sino que seguía recónditamente identificado
con esa voluntad de rebeldía y de reforma que, por lo común
(y con toda injusticia) se acostumbra reconocer como patrimonio exclusivo
de la izquierda.
No piensen ustedes que he venido a echar incienso a Israel en un acto
de reciprocidad y acción de gracias por el Premio Jerusalén.
Nada de eso. Antes y después de aquel viaje de 1976, me ha ocurrido
discrepar con la política de los gobiernos israelíes y de
criticarla -por ejemplo, en relación con su obstinación en
negarse a reconocer el derecho del pueblo palestino a la independencia
o los abusos a los derechos humanos cometidos en la represión del
terrorismo en los territorios ocupados- pero dejando siempre en claro que
esas críticas las formulaban también, aquí, muchos
ciudadanos de Israel, y a veces con incandescente virulencia, dentro de
la más irrestricta libertad.
En este rasgo de su historia, haberse mantenido siempre como una sociedad
abierta a la discusión y a la crítica, a la renovación
electoral de sus gobernantes, aun en los momentos más graves, incluso
en el cataclismo de las guerras, cuando su existencia pendía de
un hilo, reside la más perdurable lección brindada por Israel
a los demás pueblos del mundo, sobre todo a los del llamado Tercer
Mundo, en los que, a menudo, las dificultades y problemas internos o externos
son esgrimidos como pretexto para conculcar las libertades y justificar
las tiranías que todavía mantienen a tantos de ellos en la
barbarie y el atraso. ¿Qué país ha enfrentado más
dificultades y problemas que el diminuto Israel? Y haber mantenido siempre
crepitando en su seno la llama de la libertad, no lo ha hecho más
débil ni más pobre y sí, en cambio, más digno,
y ha dado más audiencia a su causa ante las naciones del mundo.
Esta fue una de las enseñanzas de aquel viaje que me ayudaría
a aclarar muchas ideas y me llevaría a citar siempre esta prueba
viviente de que no hay mejor garantía de progreso y de supervivencia
para un pueblo, no importa cuál sea su nivel de desarrollo y las
circunstancias a que se enfrenta, que la cultura de la libertad.
Y, la otra, aún más íntimamente regocijante para
mí, puesto que soy un novelista y dedico mis días y mis noches
a la gratísima tarea de fabricar mentiras que parezcan verdades,
fue comprobar que la ficción y la historia no son alérgicas
la una a la otra sino que, en ciertos casos, pueden fundirse en la realidad
como una pareja de amantes en su lecho de amor. Pues, no lo olvidemos:
antes de ser historia, Israel fue una fantasía que, como aquella
creatura del cuento de Borges, Las ruinas circulares, fue trasvasada al
mundo concreto desde las nieblas impalpables de la imaginación humana.
La literatura está poblada de estas magias, por supuesto, pero hasta
donde mis conocimientos de la historia del mundo me permiten saber, creo
que Israel es el único país que puede vanagloriarse, como
un personaje de Edgar Allan Poe, de Stevenson o de Las mil y una noches,
de tener una estirpe tan explícitamente fantasmal, de haber sido
primero anhelado, inventado, erigido con la sutil materia subjetiva con
que se fabrican los espejismos literarios y artísiticos, y, luego,
a fuerza de coraje y voluntad, contrabandeado en la vida real.
Que esto haya sido posible es, desde luego, muy alentador para un novelista,
y, en general, para todos quienes han hecho del fantasear el centro de
sus vidas: prueba que su vocación no es tan gratuita como se cree,
sino de necesidad pública, una vacuna contra el adormecimiento y
el reuma sociales. Pero, además de levantar la moral de los nefelíbatas
-ciudadanos de las nubes- de este hecho derivan conclusiones enormemente
beneficiosas para los pueblos que aspiran a salir de la miseria, la ignorancia,
el despotismo o la explotación, y que, por desgracia, son todavía
la mayor parte de los pueblos del mundo. Es posible conseguirlo. Los deseos
y los sueños pueden volverse realidades. No es fácil, desde
luego. Hacen falta una terquedad de acero y la capacidad de sacrificio
y de idealismo de esos desharrapados que, en este suelo hostil, hicieron
brotar agua y sembríos donde había piedras y levantaron en
el desierto cabañas que se volvieron pueblos y después ciudades
modernas. La historia no está escrita y no hay leyes recónditas
que la gobiernen, dictadas por una implacable divinidad o una Naturaleza
despótica. La historia la escriben y reescriben las mujeres y los
hombres de este mundo a la medida de sus sueños, esfuerzo y voluntad.
Esta certidumbre pone sobre nuestros hombros una tremenda responsabilidad,
desde luego, y no nos permite buscar coartadas para nuestros fracasos.
Pero, también, constituye el más formidable aliciente para
los pueblos que se sienten agraviados o desposeídos. Pues ello indica
que nada debe obligatoriamente ser como es, que la historia puede ser como
debería ser, como quisiéramos que fuera, y que depende sólo
de nosotros que lo sea.
Por esa impagable lección, que me ha ayudado en mi vida de escritor
y que ha sido el mejor abono de mis convicciones políticas hasta
ahora, tengo contraída una deuda con Israel, de modo que, mirándolo
bien, ha resultado en cierta forma verdad, como sospechaba mi amiga jerosolimitana
enemistada con la ley de la gravedad -y que, si la memoria no me traiciona,
desafiaba la luz del día con unas medias de siete colores que centelleaban
más que los rayos de sol en los crepúsculos de Jerusalén,
que aquí contraje una incurable debilidad por el sionismo, o, cuando
menos, por lo que hay en su aventura de utopía realizable, de ficción
que encarnó en la historia y cambió la vida de millones de
personas para mejor.
Hay otra vertiente de la utopía sionista, sin embargo, todo hay
que decirlo, con la que yo no puedo sintonizar, y es la que legitima el
nacionalismo, las fronteras patrias, esa cataclísmica concepción
decimonónica del Estado-nación que ha hecho correr tanta
sangre por el mundo como las guerras de religión. Aunque quiero
a la tierra peruana que me vio nacer y me pobló la memoria de recuerdos
y nostalgias para escribir, y a la de España, que ha enriquecido
la nacionalidad que ya tenía concediéndome una segunda, diré
rápidamente, robándole un título a un ensayo de Fernando
Savater, que estoy "contra las patrias" y que mis ideas al respecto
las formuló bastante bien Pablo Neruda, en esos versos juveniles
que cita siempre Jorge Edwards: "Patria, / palabra triste, / como
termómetro o ascensor". Mi propio sueño político
es el de un mundo en el que las fronteras entren en un irreversible proceso
de declinación, a todos los pasaportes se los coman las polillas
y los aduaneros vayan a acompañar a los faraones y a los arqueólogos
e historiadores. Sé que un ideal semejante parece un tanto remoto
en estos momentos de desenfrenada proliferación de nuevos himnos
y banderas y de exacerbaciones nacionalistas, pero, cuando oigo descalificar
mi anhelo de un mundo unificado bajo el signo de la libertad como insensata
fabulación de novelista, tengo siempre una contundente réplica
a la mano: "¿Y qué, del delirio del periodista vienés
Teodoro Herzl? ¿Qué, de la fantasía sionista? ¿No
se volvieron realidades?"
Por lo demás, en este fin de milenio parecería que la
historia humana, envidiosa de la novela latinoamericana, variedad realismo
mágico, se hubiera puesto de pronto a producir tales prodigios,
que aún los novelistas de más desalada imaginación
se han quedado aturdidos con la competencia. Si esas fronteras que parecían
las más irreductibles, las de la ficción y la realidad, se
han disuelto con acontecimientos tan inesperados como la desintegración
del imperio soviético, la reunificación de Alemania, la desaparición
de casi todas las dictaduras en América Latina, la pacífica
transición de Africa del Sur de un régimen racista y opresor
a una democracia pluralista y tantos otros sucesos que desde hace algún
tiempo nos dejan cada mañana sin habla ¿por qué no
admitir que la gradual integración del planeta ya realizada en buena
parte gracias a la internacionalización de los mercados y de las
comunicaciones y a la globalización de las empresas pueda irse extendiendo
a lo administrativo y lo político hasta dejar sólo en pie,
como barreras entre los hombres, las que nacen y se despliegan libremente,
es decir las fecundas de las lenguas y culturas? Es difícil, desde
luego, aunque no quimérico, un laborioso pero fértil empeño,
el único que podría poner punto final a esa costumbre de
la degollina que acompaña, como sombra fatídica, al acontecer
humano, desde los tiempos del taparrabos y el garrote hasta los del viaje
a las estrellas y la revolución informática.
El Acuerdo de Paz entre Israel y la OLP es una de esas ocurrencias extraordinarias
de los últimos tiempos que nos maravillan y conmueven, uno de esos
sucesos que hasta hace poco pertenecían al dominio hechicero de
la ficción. Con tanta hostilidad y tanta sangre vertida, con tanto
odio acumulado, parecía imposible. Y, sin embargo, se ha firmado
y sobrevive a los demenciales intentos del fanatismo por destruirlo. Hay
que saludar la audacia y la valentía de quienes se atrevieron a
apostar por la negociación y por la paz, y abrir las puertas a una
futura colaboración de dos pueblos enfrentados en un conflicto que
ha causado ya tanto sufrimiento y extravío. Y hacer, cada cual,
desde nuestra situación particular, lo posible y lo imposible para
contribuir a apuntarlo, de modo que el engranaje civilizador que el acuerdo
ha puesto en marcha vaya venciendo las suspicacias de los desconfiados,
ganando a los pesimistas y entusiasmando a los tibios hasta que sea indestructible
y se hagan pedazos contra la voluntad de entendimiento y concordia que
respalda todos los intentos de los enamorados del Apocalipsis por convertir
la historia en un infierno.
Entonces, podrá comenzar a ser realidad la segunda parte de aquella
ilusión que trajo, de los cuatro rincones del mundo, a la tierra
estéril y desamparada que era entonces esta provincia perdida del
imperio otomano, a los pioneros sionistas. Estos, recordemos, no sólo
querían construir un país, crear una sociedad segura, libre
y decente para un pueblo perseguido. Soñaban también con
trabajar hombro a hombro con sus vecinos árabes para derrotar a
la pobreza y emprender, juntos, en la amistad, con todos los pueblos de
esta región, la más rica en dioses, religiones y vida espiritual
que haya conocido la civilización humana, la lucha por la justicia
y la modernidad. En la convulsionada etapa que ha vivido Israel desde su
independencia, este aspecto del sueño quedó disuelto entre
los nubarrones de la confrontación y la violencia. Pero, ahora,
en la difícil aurora de la paz, aquella noble ambición vuelve
a asomar, por detrás de los montes de Edom, en ese cielo límpido
que desconcierta tanto al forastero que llega por primera vez a Jerusalén
y siente, ante la luminosidad que lo recibe, en la delicadeza translúcida
que baja desde lo alto, una sensación extraña, como el roce
de alas invisibles que sentimos al contacto de la gran poesía. Tal
vez la mención de este atisbo promisor destellando en el cielo de
Jerusalén sea una buena manera de poner punto final a estas divagaciones
de un novelista que les renueva su alborozo y gratitud.