O: Mi corazón no está
en el oriente
y yo no estoy en los extremos de occidente
En el cielo (entre paréntesis) no hay estrella (entre
comillas),
no te he cantado, Jerusalén, demasiadas trovas
prendidas de tus aladaradas esquinas;
no es que tenga algo en
contra
de la religión, sino que la mía es distinta,
en lugar de rezar, poetiza.
Demasiados hoteles y muy poca ciudad.
Aquí la piedra del muro exhala su dejo incoloro
y aunque
todavía te llaman "de oro",
el oro aquí no es oro de
calidad,
es crepúsculo, puesta de sol de dos mil
años de edad,
nube en pantalones, antigüedad,
no
extraña que hayan venido aquí no a vivir, sino a
morir.
Ahora, contra natura,
han cerrado en torno tuyo todo
monte y colina
con barrios desoladores llamados Altos y
Cimas
y el Valle de la Crucifixión, ¡mira tú
qué prodigio!,
ascendió del abismo.
Sólo aquí se dan milagros como esos, que,
ni
más ni menos,
el Monte Scopus se abaje gracias al
talento
de un erudito arquitecto.
¿Cómo he de
cantarte, pues, mis versos,
si arpa no tengo y todas mis
cuerdas
las dejé en Tel Aviv y en Haifa
frente a la
bahía y el puerto
y en el sitio donde hay una colina para
gritar a voces
no ha de oírse la poesía, pero se
ven los golpes
que caen acá y allá, como del
cielo,
para hacernos recordar que, entretanto,
nadie ha
convertido aún su espada en reja de arado
y que de nada
les servirán las academias
talmúdicas, las
mezquitas e iglesias,
a los amantes de la riña y la
querella
de corto peculio y de escasa renta?
Es cierto que
aprendí aquí en los años cincuenta
a amar
tu hermosura casi no terrenal, Sion,
pero hoy ando ya en los
sesenta
y no me refiero a la era sino a la edad
y que tienes
Yad Va-Shem y Templo de Salomón
pero no llama
perpetua
en memoria de lo que fue
y que, quizás,
acá y allá aún queda,
pero que al venir
hoy, como turista, no hallé.
Descansa, pues, en paz, oh
Sion, donde yaces
y
recuerda que, al menos,
mi amigo Amijái es tu amante
y
recuerda también, ¡oh Ciudad y Madre!,
que no hay
corazón más roto que el corazón entero.
Traducción: Esther Solay-Levy