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Canto a Sion

20 dic 1998
 ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102
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Canto a Sion

Natán Zaj

 
 

 

 

 

 
O: Mi corazón no está en el oriente
y yo no estoy en los extremos de occidente

En el cielo (entre paréntesis) no hay estrella (entre comillas),
no te he cantado, Jerusalén, demasiadas trovas
prendidas de tus aladaradas esquinas;
no es que tenga algo en contra
de la religión, sino que la mía es distinta,
en lugar de rezar, poetiza.
Demasiados hoteles y muy poca ciudad.
Aquí la piedra del muro exhala su dejo incoloro
y aunque todavía te llaman "de oro",
el oro aquí no es oro de calidad,
es crepúsculo, puesta de sol de dos mil años de edad,
nube en pantalones, antigüedad,
no extraña que hayan venido aquí no a vivir, sino a morir.
Ahora, contra natura,
han cerrado en torno tuyo todo monte y colina
con barrios desoladores llamados Altos y Cimas
y el Valle de la Crucifixión, ¡mira tú qué prodigio!,
ascendió del abismo.
Sólo aquí se dan milagros como esos, que,
ni más ni menos,
el Monte Scopus se abaje gracias al talento
de un erudito arquitecto.
¿Cómo he de cantarte, pues, mis versos,
si arpa no tengo y todas mis cuerdas
las dejé en Tel Aviv y en Haifa
frente a la bahía y el puerto
y en el sitio donde hay una colina para gritar a voces
no ha de oírse la poesía, pero se ven los golpes
que caen acá y allá, como del cielo,
para hacernos recordar que, entretanto,
nadie ha convertido aún su espada en reja de arado
y que de nada les servirán las academias
talmúdicas, las mezquitas e iglesias,
a los amantes de la riña y la querella
de corto peculio y de escasa renta?
Es cierto que aprendí aquí en los años cincuenta
a amar tu hermosura casi no terrenal, Sion,
pero hoy ando ya en los sesenta
y no me refiero a la era sino a la edad
y que tienes Yad Va-Shem y Templo de Salomón
pero no llama perpetua
en memoria de lo que fue
y que, quizás, acá y allá aún queda,
pero que al venir hoy, como turista, no hallé.
Descansa, pues, en paz, oh Sion, donde yaces
y recuerda que, al menos,
mi amigo Amijái es tu amante
y recuerda también, ¡oh Ciudad y Madre!,
que no hay corazón más roto que el corazón entero.


Traducción: Esther Solay-Levy

 
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