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Cine en Israel - 1995

20 dic 1998
 Revista de Artes y Letras de Israel - No. 99-100, 1995
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La situación de las artes en Israel en 1995: Cine

Dan Fainaru

 
 
Zohar, dirigida por Eran Riklis, con (derecha a izquierda) Menachem Eini, Shaul Mizrachi, Amitai Yaish

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Distancia dirigida por Dan Wolman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Shuru, dirigida por Shabi Gabison, con Sharon Hacohen (izquierda) y Shuli Rand

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Canción de la Sirena, dirigida por Eytan Fox

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Shjur, dirigida por Hana Azoulai y Shmuel Hasfari, y su actriz principal, Ronit Alkabetz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Vida según Agfa dirigida por Assi Dayan, con Gila Almagor
  "Nuestro cine ha llegado a un punto decisivo", dice el productor Jaim Sharir. "A partir de ahora, deberá ser perfectamente claro que las películas israelíes ya no podrán atenerse sólo a las inversiones privadas. Si no podemos conseguir suficiente dinero de fuentes públicas, tendremos que buscar otra profesión". Sharir no es el único que piensa de esta manera. Ionatán Aroj, cuyo "Canto de la Sirena" es considerado el más exitoso filme israelí de 1994 (aproximadamente 100.000 proyecciones), concuerda con dicha aseveración y en la práctica sucede otro tanto con todos aquellos que recientemente conocieron la experiencia de producir una película isrraelí de largo metraje. En otras palabras, la historia se repite. Cada vez que parecía que el cine israelí estaba a punto de asumir su propio lugar como forma de arte y como industria (lamentablemente, ambas son inseparables e interdependientes), ocurría algo que hacía retroceder todo el proceso.

Por extraño que pueda parecer, es imposible tratar del cine israelí sin considerar antes su situación económica. Esto es siempre frustratorio para el crítico cinematográfico, pues preferiría tratar de los temas y la estética, de la forma y el contenido, en vez de ocuparse de dólares y centavos. Idealmente, el dinero debería ser el medio para alcanzar un objetivo; un filme puede costar una fortuna y ser un desastre, o viceversa. Pero las películas, siendo el medio artístico más costoso que se haya ideado hasta ahora, no puede empezar a existir sin fondos suficientes y cada centavo sustraído del presupuesto, deja un visible vacío en la pantalla. Aunque el dinero por sí solo nunca ha producido una obra maestra, tampoco perjudicó la producción de una película excelsa.

Y el cine israelí no consiguió mucho. La razón puede ser que, a pesar de las declaraciones en sentido contrario, la gente encargada del escenario cultural aún duda de su valor. Es realmente una forma de arte?, como suelen preguntar hasta el cansancio las partes interesadas, o es una rama de la industria de entretenimientos que, según se presume, debe mantenerse por cuenta propia? Posiblemente se trata de una pregunta anticuada si se la mide con cartabones internacionales, y se la puede explicar por la falta de logros absolutos del cine israelí. Un Bergman o un Anghelopoulos, para dar ejemplos obvios, podrían haber suministrado la reputación necesaria para disipar esas dudas. Pero mientras no se materialice un maestro incuestionable, las instituciones artísticas continuarán sospechando que el dinero invertido en películas significa un desperdicio.

Tales reticencias nunca serán formuladas en público porque nadie que pretenda estar al tanto negará la importancia del "arte del siglo XX". Pero las cifras recientes indican que el cine recibe sólo alrededor de un 5% (11 millones de shékels) del presupuesto asignado para actividades culturales por el Ministerio de Arte, lo que equivale apenas al 64% de la suma asignada a un solo teatro, el Habima.

Los inversores dispuestos a aportar la mitad del presupuesto de un filme (suponiendo que la otra mitad será cubierta por el Fondo para la Promoción de Películas de Calidad o compromisos asumidos por la TV) configuran una especie rara. No extraña, pues los espectadores de cine en Israel parecen haber perdido interés en las producciones locales y muchas películas filmadas en 1994 lograron atraer a menos de 10.000 espectadores. Algunas de las razones son obvias. La multiplicación de los medios de información electrónicos en los últimos años, ha influido adversamente en la concurrencia general a los cinematógrafos. Los públicos son más exigentes y obviamente valoran más los filmes norteamericanos. Además, la adoración de los estudios hollywoodenses y la pujante distribución de sus productos alejan toda posibilidad de que los cinematógrafos puedan competir con ellos en lo que concierne a la distribución de las cintas israelíes, no protegidas por la ley, cuya proyección se hace sumamente difícil incluso en el propio país.

Por encima de todo, los productores se quejan de que les fue impuesto un estigma en los últimos años y culpan de ello a los críticos, acusándoles de ser destructivos y vengativos. Tradicionalmente, los más exitosos filmes israelíes nunca han sido muy favorecidos por la crítica, en tanto que la mayoría de las películas elogiadas por los críticos tuvieron mala acogida en las boleterías. Las opiniones templadas referentes a "Zohar" -la biografía cinematográfica de Zohar Argov, controversial cantante popular que falleció a los 30 años de edad por una dosis excesiva de drogas- no impidieron que se convirtiera en el mayor éxito de los años recientes, mientras que "La Distancia" de Dan Wolman, considerada por la mayoría de los críticos como una lúcida, inteligente y sensible observación de la sociedad israelí, fue proyectada brevemente ante salas vacías. El único lugar donde un filme que no prospera en los cinematógrafos tiene la posibilidad de resarcirse, es la televisión, pues en ésta los productos locales son generalmente valorados. Sin embargo, ninguno de los canales de televisión del país puede aportar el dinero indispensable para justificar la existencia del cine israelí.

Si hay alguna duda de que el cine comercial de Israel sufre un profundo disturbio, una mirada fugaz a las películas hechas en el curso de los dos últimos años confirma este hecho. Comedias étnicas, traviesas películas juveniles de orientación sexual, extravagancias de "cámara cándida", todas ellas de género comercial par excellence que solían ser acogidas entusiastamente por las audiencias israelíes a pesar de las voces devastadoras de los críticos, son rechazadas ahora por los públicos y van a parar como espectáculos populares y cómodos en el cálido seno de la TV comercial, donde son muy apreciadas a pesar de los acerbos comentarios de la crítica. Obviamente siguen gustando, pero no lo suficiente como para asegurar que el telespectador no abondonará su confortable sillón.

Otro tipo de cine se está extinguiendo lentamente. En el no muy distante pasado, se consideraba impropio proferir quejas con respecto a la calidad de ciertos filmes israelíes, siempre que el mensaje que procuraban transmitir fuese "correcto". Bien intencionadas, liberales, esforzándose desesperadamente en favor de la corrección política, esas películas trataban del conflicto árabe-israelí castigando a los conservadores de ambas partes, tratando de sacudir al público y sacarlo de su complacencia.

Filmes sinceros aunque a veces torpes, como "La Sonrisa del Cordero", "Campos Verdes", "Un Puente muy Angosto" y muchos otros, eran considerados como advertencia de que no mucha gente querría oír. Por alguna razón, tras el estallido de la Intifada, que demostró que las advertencias formuladas por esas películas tenían asidero, comenzaron a desaparecer. Posiblemente en el nuevo clima, los mensajes claramente expresados eran mucho más difíciles de formular y el concepto de corrección política, al menos para el israelí, tropezó con cuantiosas complicaciones de definición. Eso sin duda fue verdad para las audiencias, que apreciaron algunas cintas militantes bien hechas en el pasado (por ejemplo "Detrás de las Rejas" o "Rebotes"), pero propendieron a ignorar la "Copa Final", de Erán Riklis, cuyo mensaje humanista implicado en el encuentro entre israelíes y palestinos durante la Guerra del Líbano, fue apreciado más en el exterior que en el país.

El género más popular de reciente emergencia, es el "Filme Shenkin", llamado así por el nombre de la afamada calle telavivense donde artistas y seudoartistas, escritores y periodistas, árbitros de modas y corrientes y grupos de aficionados se aglomeran todos los días y noches de la semana. Esos filmes se distinguen por sus centellantes tijeretazos de vídeo, las últimas expresiones de soez vulgaridad y los personajes huecos de eminente locuacidad. El impacto de las películas como "Shuru", de Shabi Gabison, donde toda esa gente busca un guru que les enseñe a vivir; "Historias de Tel Aviv", de Nirit Yarón y Aiélet Menajemi, un tríptico sobre tres jóvenes mujeres determinadas a abrirse camino en una sociedad vertiginosa de hegemonía masculina, o "Canto de la Sirena" de Eytán Fox (película basada en la novela de gran venta de Irit Linur), sobre la vida amorosa de una voluble editora de 30 años de edad durante la Guerra del Golfo Pérsico, indica que por ahora, aunque no se sabe por cuanto tiempo, este es el camino hacia el corazón del público.

La otra dirección que parece sumamente popular, quizá menos entre el público que entre los cineastas, lleva al pasado tratando de avenirse con los ancestros, los padres y la infancia. En la producción del último año solamente, cabe mencionar "Shjur", de Janá Azulái y Shmuel Hasfari, drama de fondo autobiográfico sobre una familia marroquí que procura adaptarse a la vida en Israel a comienzos de la década de 1970; "Sueños de Inocencia", de Dina Zvi-Riklis, que se ocupa de esa misma comunidad pero centrándose en un padre mitomaniático que rehusa aceptar la realidad; "La Nueva Tierra", donde Orna Ben Dor-Niv suele recurrir al surrealismo para recrear la atmósfera de los campamentos de inmigrantes a comienzos de los años 50, y "Aya - una Autobiografía Imaginaria" que permite a Mijal Bat-Adam explorar una vez más su infancia (de la que ya se ocupó en dos de sus primeros filmes) desde la perspectiva de su condición de cineasta y esposa.

Es interesante señalar que las mujeres componen la fuerza directriz detrás de todos esos proyectos (Azulái escribió el guión de la película "Shjur" que dirigió su esposo, Hasfari). Todos ellos se concentran en experiencias de la infancia, en la crisis de identidad de gente de diferente origen en un nuevo país y en la brecha generacional. Tres de los ejemplos mencionados (el filme de Bat-Adam constituye la excepción) pueden ser fácilmente definidos como étnicos y sin embargo están situados lejos de las primeras películas de ese tipo - comedias ligeras que se mofaban del tema. En la actualidad, dicho tipo de argumento no suscita sonrisas, ni mucho menos, desata las carcajadas que despertó en el pasado.

El conflicto entre las generaciones surge una y otra vez. En "La Piel de Ante del Ciego", de Aner Preminger, una mujer corta la cuerda umbilical que la mantiene ligada a sus padres y le impide llegar a la edad adulta. En "Al Borde", dirigida por Amnón Rubinstein (de una novela de Yehoshúa Knaz), dos hermanas se rebelan despiadadamente contra el padre y su segunda esposa.

"El Camello Volador" muestra un anciano profesor desalentado que lucha para preservar los vestigios del bauhaus en Tel Aviv de los años 30, ante la invasión de construcciones informes que se levantan en la insensata ciudad, motivada sólo por la avidez de ganancias en la década del 90.

Para ser justos, la pertinencia política aún no ha desaparecido del todo. Por lo menos, no mientras Assi Dayán siga produciendo profecías del Día del Juicio, como "La Vida Conforme a Agfa", cuyo retrato de una sociedad israelí autodestructiva, que se despedaza iracunda en una cantina de Tel Aviv, estremeció al público local. Pero cuando Dayán, en más de un sentido el enfant terrible del cine israelí, produjo después de "Agfa" el caóticamente existencialista e intencionalmente deslenguado "Síndrome de la Frazada Eléctrica", desconcertó hasta a sus más devotos adeptos; algunos arguyeron que era deliberadamente horripilante y otros lo rechazaron como sencillamente vulgar.

Entre paréntesis, Dayán es uno de los raros ejemplos de cineasta israelí que trabaja regularmente en su oficio. Y de hecho, a excepción de Dayán, Dan Wolman, Mijal Bat-Adam y Amnón Rubinstein, prácticamente toda la producción del último año es trabajo de recién llegados. Aunque estimula ver tántos rostros nuevos, este es uno de los principales problemas del cine israelí. Directores promisorios, cuya obra suscitó interés y que debieran trabajar constantemente, están tan exhaustos por el esfuerzo involucrado en la realización de una película, que acaban por renunciar o dejan pasar tanto tiempo, que cuando vuelven a ponerse detrás de una cámara filmadora es como si otra vez hicieran su primera película. Nueve años transcurrieron desde la última cinta de Wolman anterior a "La Distancia"; directores como Avraham Heffner, Daniel Wachsman, Yehudá "Judd" Neeman, Itzjak "Zeppel" Yeshurún y Eitán Green, aunque no se retiraron oficialmente, guardan silencio desde hace demasiado tiempo.

Por último, retrocediendo a la pertinencia política y su ausencia de los filmes de largo metraje más recientes, el único lugar donde todavía son de la mayor importancia está en las películas documentales. Antaño se las desestimaba como meros noticiarios glorificados, pero han encontrado recientemente su lugar, abordando valerosamente algunos de los más penosos temas de la actualidad y desplegando a menudo más sensatez y sensibilidad que la mayoría de los filmes de largo metraje que trataron de hacer lo mismo en el pasado. La pesada carga del Holocausto está ejemplarmente tratada en películas como "Por esa Guerra" de Orna Ben Dor-Niv y "La Opción y el Destino" de Zippi Riebenbach. "Detrás del Muro del Exilio", de David Ben Shitrit, presentó acertadamente el punto de vista de tres mujeres árabes muy diferentes, dos de las cuales viven en Gaza y la tercera, en un campamento de refugiados cerca de Jericó. Amós Guitái, que actualizó la vieja película documental "El Wadi", que versa sobre la población mixta de un pobre y desamparado suburbio de Haifa, y Julie Schlez en "Sanjín", que trata de un campamento temporario de nuevos inmigrantes rusos y etíopes, disipan toda duda referente a las dificultades para adaptarse a la corriente principal de la sociedad israelí. Amit Goren se valió de su propia familia en "1966 fue un Gran Año para el Turismo", a fin de mostrar que los judíos errantes no son cosa del pasado. En "6 Abierto, 21 Cerrado", enfoca su cámara en Shlomó Tvezer, comandante de la cárcel de Beersheva, para trazar un retrato excepcional de un hombre que en cualquier momento de su vida podía haberse desviado hacia el mal camino, pero no lo hizo y comprende a los que lo hicieron.

Ciertamente, las películas documentales han sido tan bien recibidas últimamente, que se ha instituido un fondo gubernamental especial (modesto, claro está) para estimular nuevas iniciativas de este tipo. Aún queda por ver si tales películas serán clasificadas como cine, si tendrán un futuro en los cinematógrafos y si podrán atraer al público por mérito propio. Por ahora, la televisión continúa siendo su único medio de exhibición, fuera de los festivales y las pantallas de cinemateca. Pero son bien recibidas y apreciadas, y ello constituye definitivamente un paso adelante. Tal vez sean seguidas por futuras películas de largo metraje.

 
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