"Nuestro cine ha llegado a un punto decisivo", dice el productor Jaim
Sharir. "A partir de ahora, deberá ser perfectamente claro que las
películas israelíes ya no podrán atenerse sólo
a las inversiones privadas. Si no podemos conseguir suficiente dinero de
fuentes públicas, tendremos que buscar otra profesión".
Sharir no es el único que piensa de esta manera. Ionatán
Aroj, cuyo "Canto de la Sirena" es considerado el más exitoso filme
israelí de 1994 (aproximadamente 100.000 proyecciones), concuerda
con dicha aseveración y en la práctica sucede otro tanto con
todos aquellos que recientemente conocieron la experiencia de producir una
película isrraelí de largo metraje. En otras palabras, la
historia se repite. Cada vez que parecía que el cine israelí
estaba a punto de asumir su propio lugar como forma de arte y como
industria (lamentablemente, ambas son inseparables e interdependientes),
ocurría algo que hacía retroceder todo el proceso.
Por extraño que pueda parecer, es imposible tratar del cine israelí
sin considerar antes su situación económica. Esto es siempre
frustratorio para el crítico cinematográfico, pues
preferiría tratar de los temas y la estética, de la forma y
el contenido, en vez de ocuparse de dólares y centavos. Idealmente,
el dinero debería ser el medio para alcanzar un objetivo; un filme
puede costar una fortuna y ser un desastre, o viceversa. Pero las
películas, siendo el medio artístico más costoso que
se haya ideado hasta ahora, no puede empezar a existir sin fondos
suficientes y cada centavo sustraído del presupuesto, deja un
visible vacío en la pantalla. Aunque el dinero por sí solo
nunca ha producido una obra maestra, tampoco perjudicó la
producción de una película excelsa.
Y el cine israelí no consiguió mucho. La razón puede
ser que, a pesar de las declaraciones en sentido contrario, la gente
encargada del escenario cultural aún duda de su valor. Es realmente
una forma de arte?, como suelen preguntar hasta el cansancio las partes
interesadas, o es una rama de la industria de entretenimientos que,
según se presume, debe mantenerse por cuenta propia? Posiblemente se
trata de una pregunta anticuada si se la mide con cartabones
internacionales, y se la puede explicar por la falta de logros absolutos
del cine israelí. Un Bergman o un Anghelopoulos, para dar ejemplos
obvios, podrían haber suministrado la reputación necesaria
para disipar esas dudas. Pero mientras no se materialice un maestro
incuestionable, las instituciones artísticas continuarán
sospechando que el dinero invertido en películas significa un
desperdicio.
Tales reticencias nunca serán formuladas en público porque
nadie que pretenda estar al tanto negará la importancia del "arte
del siglo XX". Pero las cifras recientes indican que el cine recibe
sólo alrededor de un 5% (11 millones de shékels) del
presupuesto asignado para actividades culturales por el Ministerio de Arte,
lo que equivale apenas al 64% de la suma asignada a un solo teatro, el
Habima.
Los inversores dispuestos a aportar la mitad del presupuesto de un filme
(suponiendo que la otra mitad será cubierta por el Fondo para la
Promoción de Películas de Calidad o compromisos asumidos por
la TV) configuran una especie rara. No extraña, pues los espectadores de
cine en Israel parecen haber perdido interés en las producciones
locales y muchas películas filmadas en 1994 lograron atraer a menos
de 10.000 espectadores. Algunas de las razones son obvias. La
multiplicación de los medios de información
electrónicos en los últimos años, ha influido adversamente en
la concurrencia general a los cinematógrafos. Los públicos
son más exigentes y obviamente valoran más los filmes
norteamericanos. Además, la adoración de los estudios
hollywoodenses y la pujante distribución de sus productos alejan
toda posibilidad de que los cinematógrafos puedan competir con ellos
en lo que concierne a la distribución de las cintas
israelíes, no protegidas por la ley, cuya proyección se hace
sumamente difícil incluso en el propio país.
Por encima de todo, los productores se quejan de que les fue impuesto un
estigma en los últimos años y culpan de ello a los críticos,
acusándoles de ser destructivos y vengativos. Tradicionalmente, los
más exitosos filmes israelíes nunca han sido muy favorecidos
por la crítica, en tanto que la mayoría de las
películas elogiadas por los críticos tuvieron mala acogida en
las boleterías. Las opiniones templadas referentes a "Zohar" -la
biografía cinematográfica de Zohar Argov, controversial
cantante popular que falleció a los 30 años de edad por una dosis
excesiva de drogas- no impidieron que se convirtiera en el mayor
éxito de los años recientes, mientras que "La Distancia" de Dan
Wolman, considerada por la mayoría de los críticos como una
lúcida, inteligente y sensible observación de la sociedad
israelí, fue proyectada brevemente ante salas vacías. El
único lugar donde un filme que no prospera en los
cinematógrafos tiene la posibilidad de resarcirse, es la
televisión, pues en ésta los productos locales son
generalmente valorados. Sin embargo, ninguno de los canales de
televisión del país puede aportar el dinero indispensable
para justificar la existencia del cine israelí.
Si hay alguna duda de que el cine comercial de Israel sufre un profundo
disturbio, una mirada fugaz a las películas hechas en el curso de
los dos últimos años confirma este hecho. Comedias étnicas,
traviesas películas juveniles de orientación sexual,
extravagancias de "cámara cándida", todas ellas de
género comercial par excellence que solían ser acogidas
entusiastamente por las audiencias israelíes a pesar de las voces
devastadoras de los críticos, son rechazadas ahora por los
públicos y van a parar como espectáculos populares y
cómodos en el cálido seno de la TV comercial, donde son muy
apreciadas a pesar de los acerbos comentarios de la crítica.
Obviamente siguen gustando, pero no lo suficiente como para asegurar que el
telespectador no abondonará su confortable sillón.
Otro tipo de cine se está extinguiendo lentamente. En el no muy
distante pasado, se consideraba impropio proferir quejas con respecto a la
calidad de ciertos filmes israelíes, siempre que el mensaje que
procuraban transmitir fuese "correcto". Bien intencionadas, liberales,
esforzándose desesperadamente en favor de la corrección
política, esas películas trataban del conflicto
árabe-israelí castigando a los conservadores de ambas partes,
tratando de sacudir al público y sacarlo de su complacencia.
Filmes sinceros aunque a veces torpes, como "La Sonrisa del Cordero",
"Campos Verdes", "Un Puente muy Angosto" y muchos otros, eran considerados
como advertencia de que no mucha gente querría oír. Por
alguna razón, tras el estallido de la Intifada, que demostró
que las advertencias formuladas por esas películas tenían
asidero, comenzaron a desaparecer. Posiblemente en el nuevo clima, los
mensajes claramente expresados eran mucho más difíciles de
formular y el concepto de corrección política, al menos para
el israelí, tropezó con cuantiosas complicaciones de
definición. Eso sin duda fue verdad para las audiencias, que
apreciaron algunas cintas militantes bien hechas en el pasado (por ejemplo
"Detrás de las Rejas" o "Rebotes"), pero propendieron a ignorar la
"Copa Final", de Erán Riklis, cuyo mensaje humanista implicado en el
encuentro entre israelíes y palestinos durante la Guerra del
Líbano, fue apreciado más en el exterior que en el
país.
El género más popular de reciente emergencia, es el "Filme
Shenkin", llamado así por el nombre de la afamada calle telavivense
donde artistas y seudoartistas, escritores y periodistas, árbitros
de modas y corrientes y grupos de aficionados se aglomeran todos los
días y noches de la semana. Esos filmes se distinguen por sus
centellantes tijeretazos de vídeo, las últimas expresiones de
soez vulgaridad y los personajes huecos de eminente locuacidad. El impacto
de las películas como "Shuru", de Shabi Gabison, donde toda esa
gente busca un guru que les enseñe a vivir; "Historias de Tel Aviv", de
Nirit Yarón y Aiélet Menajemi, un tríptico sobre tres
jóvenes mujeres determinadas a abrirse camino en una sociedad
vertiginosa de hegemonía masculina, o "Canto de la Sirena" de
Eytán Fox (película basada en la novela de gran venta de Irit
Linur), sobre la vida amorosa de una voluble editora de 30 años de edad
durante la Guerra del Golfo Pérsico, indica que por ahora, aunque no
se sabe por cuanto tiempo, este es el camino hacia el corazón del
público.
La otra dirección que parece sumamente popular, quizá menos
entre el público que entre los cineastas, lleva al pasado tratando
de avenirse con los ancestros, los padres y la infancia. En la
producción del último año solamente, cabe mencionar "Shjur",
de Janá Azulái y Shmuel Hasfari, drama de fondo
autobiográfico sobre una familia marroquí que procura
adaptarse a la vida en Israel a comienzos de la década de 1970;
"Sueños de Inocencia", de Dina Zvi-Riklis, que se ocupa de esa misma
comunidad pero centrándose en un padre mitomaniático que
rehusa aceptar la realidad; "La Nueva Tierra", donde Orna Ben Dor-Niv suele
recurrir al surrealismo para recrear la atmósfera de los campamentos
de inmigrantes a comienzos de los años 50, y "Aya - una
Autobiografía Imaginaria" que permite a Mijal Bat-Adam explorar una
vez más su infancia (de la que ya se ocupó en dos de sus
primeros filmes) desde la perspectiva de su condición de cineasta y
esposa.
Es interesante señalar que las mujeres componen la fuerza directriz
detrás de todos esos proyectos (Azulái escribió el
guión de la película "Shjur" que dirigió su esposo,
Hasfari). Todos ellos se concentran en experiencias de la infancia, en la
crisis de identidad de gente de diferente origen en un nuevo país y
en la brecha generacional. Tres de los ejemplos mencionados (el filme de
Bat-Adam constituye la excepción) pueden ser fácilmente
definidos como étnicos y sin embargo están situados lejos de
las primeras películas de ese tipo - comedias ligeras que se mofaban
del tema. En la actualidad, dicho tipo de argumento no suscita sonrisas, ni
mucho menos, desata las carcajadas que despertó en el pasado.
El conflicto entre las generaciones surge una y otra vez. En "La Piel de
Ante del Ciego", de Aner Preminger, una mujer corta la cuerda umbilical que
la mantiene ligada a sus padres y le impide llegar a la edad adulta. En "Al
Borde", dirigida por Amnón Rubinstein (de una novela de
Yehoshúa Knaz), dos hermanas se rebelan despiadadamente contra el
padre y su segunda esposa.
"El Camello Volador" muestra un anciano profesor desalentado que lucha para
preservar los vestigios del bauhaus en Tel Aviv de los años 30, ante la
invasión de construcciones informes que se levantan en la insensata
ciudad, motivada sólo por la avidez de ganancias en la década
del 90.
Para ser justos, la pertinencia política aún no ha
desaparecido del todo. Por lo menos, no mientras Assi Dayán siga
produciendo profecías del Día del Juicio, como "La Vida
Conforme a Agfa", cuyo retrato de una sociedad israelí
autodestructiva, que se despedaza iracunda en una cantina de Tel Aviv,
estremeció al público local. Pero cuando Dayán, en
más de un sentido el enfant terrible del cine israelí,
produjo después de "Agfa" el caóticamente existencialista e
intencionalmente deslenguado "Síndrome de la Frazada
Eléctrica", desconcertó hasta a sus más devotos
adeptos; algunos arguyeron que era deliberadamente horripilante y otros lo
rechazaron como sencillamente vulgar.
Entre paréntesis, Dayán es uno de los raros ejemplos de
cineasta israelí que trabaja regularmente en su oficio. Y de hecho,
a excepción de Dayán, Dan Wolman, Mijal Bat-Adam y
Amnón Rubinstein, prácticamente toda la producción del
último año es trabajo de recién llegados. Aunque estimula ver
tántos rostros nuevos, este es uno de los principales problemas del
cine israelí. Directores promisorios, cuya obra suscitó
interés y que debieran trabajar constantemente, están tan
exhaustos por el esfuerzo involucrado en la realización de una
película, que acaban por renunciar o dejan pasar tanto tiempo, que
cuando vuelven a ponerse detrás de una cámara filmadora es
como si otra vez hicieran su primera película. Nueve años
transcurrieron desde la última cinta de Wolman anterior a "La
Distancia"; directores como Avraham Heffner, Daniel Wachsman, Yehudá
"Judd" Neeman, Itzjak "Zeppel" Yeshurún y Eitán Green, aunque
no se retiraron oficialmente, guardan silencio desde hace demasiado
tiempo.
Por último, retrocediendo a la pertinencia política y su
ausencia de los filmes de largo metraje más recientes, el
único lugar donde todavía son de la mayor importancia
está en las películas documentales. Antaño se las desestimaba
como meros noticiarios glorificados, pero han encontrado recientemente su
lugar, abordando valerosamente algunos de los más penosos temas de
la actualidad y desplegando a menudo más sensatez y sensibilidad que
la mayoría de los filmes de largo metraje que trataron de hacer lo
mismo en el pasado. La pesada carga del Holocausto está
ejemplarmente tratada en películas como "Por esa Guerra" de Orna Ben
Dor-Niv y "La Opción y el Destino" de Zippi Riebenbach.
"Detrás del Muro del Exilio", de David Ben Shitrit, presentó
acertadamente el punto de vista de tres mujeres árabes muy
diferentes, dos de las cuales viven en Gaza y la tercera, en un campamento
de refugiados cerca de Jericó. Amós Guitái, que
actualizó la vieja película documental "El Wadi", que versa
sobre la población mixta de un pobre y desamparado suburbio de
Haifa, y Julie Schlez en "Sanjín", que trata de un campamento
temporario de nuevos inmigrantes rusos y etíopes, disipan toda duda
referente a las dificultades para adaptarse a la corriente principal de la
sociedad israelí. Amit Goren se valió de su propia familia en
"1966 fue un Gran Año para el Turismo", a fin de mostrar que los
judíos errantes no son cosa del pasado. En "6 Abierto, 21 Cerrado",
enfoca su cámara en Shlomó Tvezer, comandante de la
cárcel de Beersheva, para trazar un retrato excepcional de un hombre
que en cualquier momento de su vida podía haberse desviado hacia el
mal camino, pero no lo hizo y comprende a los que lo hicieron.
Ciertamente, las películas documentales han sido tan bien recibidas
últimamente, que se ha instituido un fondo gubernamental especial
(modesto, claro está) para estimular nuevas iniciativas de este
tipo. Aún queda por ver si tales películas serán
clasificadas como cine, si tendrán un futuro en los
cinematógrafos y si podrán atraer al público por
mérito propio. Por ahora, la televisión continúa
siendo su único medio de exhibición, fuera de los festivales
y las pantallas de cinemateca. Pero son bien recibidas y apreciadas, y
ello constituye definitivamente un paso adelante. Tal vez sean seguidas por
futuras películas de largo metraje.