Nací en Jerusalén; viví en ella los días
de mi infancia; cuando tenía nueve años, padecí
el sitio y el bombardeo de Jerusalén. Entonces vi por primera
vez un hombre muerto. Un obús disparado por la batería
de cañones de la Legión Arabe en Nebí Samuel
alcanzó a un judío devoto y le desgarró las
entrañas. Lo vi tendido en la calle. Era un hombre de escasa
estatura con una barbilla rala en el mentón. Su faz al morir
en la calle era blanca y quedó atónita. El suceso
ocurrió en el mes de julio del 48. Mucho tiempo odié a
ese hombre, porque volvía de noche a espantarme en
sueños. Sabía que Jerusalén estaba rodeada de
fuerzas que deseaban mi muerte.
Después, me alejé de
Jerusalén. Todavía la amo con duro amor, como se ama a
la mujer que nos ignora. A veces, en días libres, viajaba a
Jerusalén para cortejarla. Tiene callejas que me conocen muy
bien aunque pretendan lo contrario.
Amaba a Jerusalén porque
era ciudad de fin de los caminos, siempre llegar a ella y nunca
pasar por ella, y también, porque nunca estuvo verdaderamente
incluida en los confines del Estado de Israel. A excepción de
ciertas calles singulares, preservó todo el tiempo una
identidad separada. Como si, a sabiendas, hubiese preferido darles
la espalda a todas las ciudades mercantiles blancas y planas: Tel
Aviv, Jolón, Herzlía, Netanya.
Jerusalén era
distinta. Era la negación de los barrios de encalados bloques
de edificios de hormigón. Estaba lejos de los llanos de
naranjales, de los jardines rodeados de setos vivos, de los techos
rojos y de los tubos de riego que resplandecen al sol. Hasta el azul
celeste jerosolimitano de los días de verano era distinto. La
ciudad no tomaba sobre sí el cielo blancuzco, empolvado, de
la planicie costera y el Sharón.
Ciudad cerrada. Invernal.
Aun en pleno verano era siempre ciudad invernal. Balaustradas de
hierro oxidado. Piedra de un color gris, a veces opalescente y, a
veces, rosáceo. Cercas caedizas, pedregales. Patios
amurallados, airados, rencorosamente atrancados.
Y los habitantes:
pueblo taciturno, hosco, que pareciera estar siempre sofocando un
espanto interior. Gente devota, ashkenazíes con sombreros de
piel y viejos sefaradíes con túnicas rayadas. Eruditos
de suaves maneras que parecen andar extraviados entre las paredes de
piedra. Soñadoras doncellas. Pordioseros ciegos que oran o
maldicen. Locos callejeros de chispa encendida.
Veinte años
ha que Jerusalén le vuelve su terca cerviz al ritmo de los
tiempos libres: una ciudad muy lenta en un país febril.
Suburbio montañoso vetusto y remoto de las planicies
vibrantes de construcción, que revientan por la intensidad de
su desbordante energía.
Triste capital de un país
rebosante de júbilo.
Y la asfixia.
Había calles
destruidas, callejones obstruidos, barricadas de betón y
herrumbrosas alambradas de púas. Una ciudad de puros
extremos. No de oro, sino de láminas de latón torcidas
y agujereadas. Ciudad rodeada de noche de campanadas ajenas, de
olores extraños, de paisajes enajenados. Un anillo de aldeas
hostiles ceñía la ciudad por tres rumbos: Shuafat,
Wadi Joz, Isawiya, Tzur Bájer, Bet Tzafafa. Parecía
que sólo tenían que cerrar el puño para
aplastarla. En noches de invierno se podía sentir cómo
afluía de allá cierta intención
malévola.
Y había miedo en Jerusalén. Un miedo
recóndito, innominable, que no debía expresarse en
palabras y que se juntaba y acumulaba y cuajaba en las retorcidas
callejas y en los pasajes distantes.
Los padres de la ciudad, las
autoridades, las viviendas populares, los árboles
recién plantados, los semáforos, todos querían
seducir a Jerusalén, tentarla a asimilarse en el Estado de
Israel. Pero Jerusalén, fuera de dos o tres calles,
resistió la tentación. Veinte años.
Jerusalén conservó cierta dimensión mandatoria,
desteñida, pero obstinada. Siguió siendo la triste
Jerusalén. Quedó, no en el Estado de Israel, sino
enfrente: Jerusalén vis-a-vis Israel.
También la
amé porque nací en ella.
Y fue un amor despiadado: las
pesadillas me atravesaban frecuentemente montadas en el foro de
Jerusalén. Ahora no vivo en Jerusalén, pero en
sueños le pertenezco, y ella, ni desiste, ni afloja. La
veía y me veía rodeados de enconados enemigos que
venían no sólo de tres rumbos, sino de los cuatro
vientos. La veía caer en manos del enemigo, arruinarse,
despojada y en llamas, como en la Biblia, como en las leyendas de la
destrucción del Templo, como en los relatos de la infancia. Y
yo también quedaba atrapado en Jerusalén en esos
horrendos sueños.
Cuando era pequeño me narraron con
profusión sobre los tiempos antiguos y sobre la
Jerusalén sitiada. Siempre había en los relatos
carnicería de niños judíos. Siempre caía
Jerusalén, heroicamente o sin remedio, y siempre
ocurría una matanza y el cuento acababa con la quema de la
ciudad y con niños judíos apuñalados.
Senaquerib, el perverso Tito, los cruzados. Disturbios, bandas de
asaltantes, estado de emergencia, el Alto Comisionado, registros,
toque de queda. Abdullah, el rey del desierto. Los cañones de
la Legión Arabe. El convoy al Monte Scopus, el convoy a
Gush-Etzión. La chuzma incitada, muchedumbres desenfrenadas y
enardecidas, salvajes sedientos de sangre, fuerzas irregulares. Todo
se dirigía contra mí. Y yo pertenecía siempre a
la minoría, a los sitiados, a aquellos cuya suerte
está sellada y viven, entretanto, gracias a una especie de
prórroga temporal. También esta vez, como siempre,
penetrarán en la ciudad y todos nosotros moriremos en ella
como el judío devoto de baja estatura que estaba tendido
allí, en la calle, con el rostro lívido y
atónito, como si le hubiesen inflingido una grave ofensa.
Es
más:
Cuando terminó la Guerra de Independencia, la
frontera quedó en el corazón de la ciudad. Pasé
todos los años de mi infancia en la proximidad de calles a
las que estaba prohibido acercarse, callejuelas peligrosas,
cicatrices de la destrucción ocasionada por la guerra, la
tierra de nadie, las ranuras de tiro de las posiciones de la
Legión Arabe, por las que asomaba, a veces, la roja toca de
un legionario, campos de minas, cardos, hollinientas ruinas. Y la
erección de los retorcidos brazos de herrumbre entre los
escombros de piedra. Frecuentemente partían de ahí los
tiros, las balas de los francotiradores o las descargas de las
ametralladoras. Los transéuntes que sin querer cruzaban la
línea de fuego de los legionarios caían de pronto
muertos. Y enfrente estaba todos esos años la otra
Jerusalén, la ciudad que rodeaba a la mía: desde ella
nos llegaba la corriente de voces extrañas, guturales, y
afluían también los olores y las pálidas luces
vacilantes en la noche, así como el intimidante lamento del
muecín al amanecer. Puede decirse: Atlántida,
continente perdido. De ella, me quedaron nebulosos recuerdos de los
días de mi más tierna infancia: el recuerdo de las
callejuelas abigarradas y ruidosas de la Ciudad Vieja, el pasaje
abovedado que llevaba al Muro Occidental, el bigotudo policía
árabe-mandatorio, los puestos de los vendedores, el agua de
tamarindo, el mareo de colores chillantes, la angustia del peligro
en acecho.
De ahí, de más allá de la
línea del armisticio, se ha dirigido a mí durante la
mayor parte de los años de mi vida cierta amenaza enconosa:
"Espera, espera. No hemos acabado, todavía te alcanzaremos, a
ti también".
Recuerdo vagabundeos cuesta abajo por las calles
de Musrara en la última luz del crepúsculo, hasta la
frontera de la tierra de nadie. O lejanas vistas oteadas desde el
boscaje de Tel Arza. Paisajes vislumbrados desde el mirador de Abu
Tor. La plaza arrasada de Notre-Dame. Las torres de Belén
frente a los bosquecillos de Ramat-Rajel. Los minaretes de las
aldeas en torno, los declives desérticos al pie del barrio de
Talpiot. El centelleo del Mar Muerto en la distancia y en la
profundidad, como una quimera. El olor de los rocosos valles al
amanecer.
El domingo 11 de junio del 67, fui a ver la
Jerusalén de ultralíneas. Salí hacia los
lugares que los años y los sueños habían hecho
cristalinos como símbolo en mi corazón. Y he
aquí que no son sino vivienda humana: casas, tiendas,
puestos. Letreros.
Y se produjo un tremendo asombro: los
sueños habían engañado. Las pesadillas fueron
vanas. El temor constante se convirtió de golpe en una
especie de chiste, torcido y cruel. Todo se rompió y se
abrió, aliviado. Murió mi Jerusalén, la
terrible amada.
Ahora la ciudad es distinta. Los marginales rincones
apartados se convirtieron en tumultuoso ombligo. Las excavadoras
abrieron nuevos caminos entre las ruinas que había
creído eternas. Barrios olvidados se llenaron de movimiento
febril. Multitudes de devotos, y soldados en uniforme de batalla, y
turistas emocionados, y gráciles mujeres de las ciudades
costeñas, en torrente que corría hacia el este.
Majestuosa pleamar en Jerusalén, como si la planicie hubiera
subido a inundar la ciudad abierta. En todo había
alegría de fiesta. También en mí.
Lo que sigue
es difícil de escribir. Si vuelvo a decir: amo a
Jerusalén entera, ¿qué he dicho? Como en el
amor, las fuerzas íntimas se enmarañan: Mía y
ajena. Conquistada y hostil. Entregada y reservada. Hubiera podido
disimular, hacer la vista gorda: el cielo es el mismo cielo, la
piedra jerosolimitana es la misma, Shej Jarraj y las calles de la
Colonia Americana se parecen casi en todo a Katamón y a las
calles de la Colonia Alemana.
Pero la ciudad está habitada.
Gente vive en ella, extraños cuyo lenguaje ignoro,
aposentados en su lugar, y soy yo el forastero. Ciertamente,
habitantes corteses, de una cortesía rayana en la ofensa.
Como si hubiesen alcanzado la felicidad extrema de recibir el honor
y el placer de venderme unas coloridas tarjetas postales y
estampillas del reino de Jordania. Bienvenido. Todos somos hermanos.
Pues sólo a ti te hemos estado esperando veinte años,
para sonreírnos y decir ahlan y salam aleikum y shalom, y
para venderte souvenirs.
Sus ojos me odian. Quieren verme muerto.
Maldito extraño.
Estuve en la Jerusalén oriental tres
días después de la conquista. Llegué
directamente de El Arish, en el Sinaí, en uniforme, armado de
ametralladora. Yo no he nacido para tocar bocinas de cuerno y
liberar tierras del yugo ajeno. Soy capaz de oír la queja
humana. No oigo la "queja de tierras subyugadas".
En los
sueños de mi infancia venían árabes uniformados
y armados de ametralladoras a la calle en que vivía en
Jerusalén a matarnos. Hace veintidós años,
apareció en la pared de un patio vecino una
inscripción en rojo: "A sangre y fuego cayó Judea, a
sangre y fuego resurgirá". Uno de los luchadores
antibritánicos clandestinos había escrito esas
palabras por la noche. Yo, sobre sangre y fuego, no sé
escribir. Si alguna vez he de escribir algo sobre esa guerra,
escribiré sobre sudor y vómito y pus y orina y no
sobre sangre y fuego.
Con todas mis fuerzas traté de sentirme
en la Jerusalén oriental como hombre que vino a expulsar a
sus enemigos y retornó a la heredad de sus ancestros.
También la Biblia se despabiló y afloró de
nuevo: los reyes, los profetas, el Monte del Templo, el Pilar de
Absalón, el Monte de los Olivos. Y también la
Jerusalén de Abraham Mapu y la de "Ayer y Anteayer" de
Agnón. Yo quería participar en la celebración
general. Pero no pude, me lo impidió el factor humano.
Vi
odio y rebeldía, zalamería y pasmo, servilismo y
miedo, humillación y trama de nuevos, siniestros designios.
Atravesé las calles de la Jerusalén de enfrente como
un hombre que irrumpió en un lugar prohibido.
Mi ciudad
natal. Ciudad de los sueños. Ciudad de los anhelos de mis
antepasados y mi pueblo. Y yo, deambulando por sus calles armado de
ametralladora, como una de las figuras de las pesadillas de mi
infancia, como forastero en tierra extraña.
Traducción: Esther Solay-Levy