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Ciudad extraסa

20 dic 1998
 ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102
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Ciudad extraña

Amos Oz

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Nací en Jerusalén; viví en ella los días de mi infancia; cuando tenía nueve años, padecí el sitio y el bombardeo de Jerusalén. Entonces vi por primera vez un hombre muerto. Un obús disparado por la batería de cañones de la Legión Arabe en Nebí Samuel alcanzó a un judío devoto y le desgarró las entrañas. Lo vi tendido en la calle. Era un hombre de escasa estatura con una barbilla rala en el mentón. Su faz al morir en la calle era blanca y quedó atónita. El suceso ocurrió en el mes de julio del 48. Mucho tiempo odié a ese hombre, porque volvía de noche a espantarme en sueños. Sabía que Jerusalén estaba rodeada de fuerzas que deseaban mi muerte.

Después, me alejé de Jerusalén. Todavía la amo con duro amor, como se ama a la mujer que nos ignora. A veces, en días libres, viajaba a Jerusalén para cortejarla. Tiene callejas que me conocen muy bien aunque pretendan lo contrario.

Amaba a Jerusalén porque era ciudad de fin de los caminos, siempre llegar a ella y nunca pasar por ella, y también, porque nunca estuvo verdaderamente incluida en los confines del Estado de Israel. A excepción de ciertas calles singulares, preservó todo el tiempo una identidad separada. Como si, a sabiendas, hubiese preferido darles la espalda a todas las ciudades mercantiles blancas y planas: Tel Aviv, Jolón, Herzlía, Netanya.

Jerusalén era distinta. Era la negación de los barrios de encalados bloques de edificios de hormigón. Estaba lejos de los llanos de naranjales, de los jardines rodeados de setos vivos, de los techos rojos y de los tubos de riego que resplandecen al sol. Hasta el azul celeste jerosolimitano de los días de verano era distinto. La ciudad no tomaba sobre sí el cielo blancuzco, empolvado, de la planicie costera y el Sharón.

Ciudad cerrada. Invernal. Aun en pleno verano era siempre ciudad invernal. Balaustradas de hierro oxidado. Piedra de un color gris, a veces opalescente y, a veces, rosáceo. Cercas caedizas, pedregales. Patios amurallados, airados, rencorosamente atrancados.

Y los habitantes: pueblo taciturno, hosco, que pareciera estar siempre sofocando un espanto interior. Gente devota, ashkenazíes con sombreros de piel y viejos sefaradíes con túnicas rayadas. Eruditos de suaves maneras que parecen andar extraviados entre las paredes de piedra. Soñadoras doncellas. Pordioseros ciegos que oran o maldicen. Locos callejeros de chispa encendida.

Veinte años ha que Jerusalén le vuelve su terca cerviz al ritmo de los tiempos libres: una ciudad muy lenta en un país febril. Suburbio montañoso vetusto y remoto de las planicies vibrantes de construcción, que revientan por la intensidad de su desbordante energía.

Triste capital de un país rebosante de júbilo.

Y la asfixia.

Había calles destruidas, callejones obstruidos, barricadas de betón y herrumbrosas alambradas de púas. Una ciudad de puros extremos. No de oro, sino de láminas de latón torcidas y agujereadas. Ciudad rodeada de noche de campanadas ajenas, de olores extraños, de paisajes enajenados. Un anillo de aldeas hostiles ceñía la ciudad por tres rumbos: Shuafat, Wadi Joz, Isawiya, Tzur Bájer, Bet Tzafafa. Parecía que sólo tenían que cerrar el puño para aplastarla. En noches de invierno se podía sentir cómo afluía de allá cierta intención malévola.

Y había miedo en Jerusalén. Un miedo recóndito, innominable, que no debía expresarse en palabras y que se juntaba y acumulaba y cuajaba en las retorcidas callejas y en los pasajes distantes.

Los padres de la ciudad, las autoridades, las viviendas populares, los árboles recién plantados, los semáforos, todos querían seducir a Jerusalén, tentarla a asimilarse en el Estado de Israel. Pero Jerusalén, fuera de dos o tres calles, resistió la tentación. Veinte años. Jerusalén conservó cierta dimensión mandatoria, desteñida, pero obstinada. Siguió siendo la triste Jerusalén. Quedó, no en el Estado de Israel, sino enfrente: Jerusalén vis-a-vis Israel.

También la amé porque nací en ella.

Y fue un amor despiadado: las pesadillas me atravesaban frecuentemente montadas en el foro de Jerusalén. Ahora no vivo en Jerusalén, pero en sueños le pertenezco, y ella, ni desiste, ni afloja. La veía y me veía rodeados de enconados enemigos que venían no sólo de tres rumbos, sino de los cuatro vientos. La veía caer en manos del enemigo, arruinarse, despojada y en llamas, como en la Biblia, como en las leyendas de la destrucción del Templo, como en los relatos de la infancia. Y yo también quedaba atrapado en Jerusalén en esos horrendos sueños.

Cuando era pequeño me narraron con profusión sobre los tiempos antiguos y sobre la Jerusalén sitiada. Siempre había en los relatos carnicería de niños judíos. Siempre caía Jerusalén, heroicamente o sin remedio, y siempre ocurría una matanza y el cuento acababa con la quema de la ciudad y con niños judíos apuñalados. Senaquerib, el perverso Tito, los cruzados. Disturbios, bandas de asaltantes, estado de emergencia, el Alto Comisionado, registros, toque de queda. Abdullah, el rey del desierto. Los cañones de la Legión Arabe. El convoy al Monte Scopus, el convoy a Gush-Etzión. La chuzma incitada, muchedumbres desenfrenadas y enardecidas, salvajes sedientos de sangre, fuerzas irregulares. Todo se dirigía contra mí. Y yo pertenecía siempre a la minoría, a los sitiados, a aquellos cuya suerte está sellada y viven, entretanto, gracias a una especie de prórroga temporal. También esta vez, como siempre, penetrarán en la ciudad y todos nosotros moriremos en ella como el judío devoto de baja estatura que estaba tendido allí, en la calle, con el rostro lívido y atónito, como si le hubiesen inflingido una grave ofensa.

Es más:

Cuando terminó la Guerra de Independencia, la frontera quedó en el corazón de la ciudad. Pasé todos los años de mi infancia en la proximidad de calles a las que estaba prohibido acercarse, callejuelas peligrosas, cicatrices de la destrucción ocasionada por la guerra, la tierra de nadie, las ranuras de tiro de las posiciones de la Legión Arabe, por las que asomaba, a veces, la roja toca de un legionario, campos de minas, cardos, hollinientas ruinas. Y la erección de los retorcidos brazos de herrumbre entre los escombros de piedra. Frecuentemente partían de ahí los tiros, las balas de los francotiradores o las descargas de las ametralladoras. Los transéuntes que sin querer cruzaban la línea de fuego de los legionarios caían de pronto muertos. Y enfrente estaba todos esos años la otra Jerusalén, la ciudad que rodeaba a la mía: desde ella nos llegaba la corriente de voces extrañas, guturales, y afluían también los olores y las pálidas luces vacilantes en la noche, así como el intimidante lamento del muecín al amanecer. Puede decirse: Atlántida, continente perdido. De ella, me quedaron nebulosos recuerdos de los días de mi más tierna infancia: el recuerdo de las callejuelas abigarradas y ruidosas de la Ciudad Vieja, el pasaje abovedado que llevaba al Muro Occidental, el bigotudo policía árabe-mandatorio, los puestos de los vendedores, el agua de tamarindo, el mareo de colores chillantes, la angustia del peligro en acecho.

De ahí, de más allá de la línea del armisticio, se ha dirigido a mí durante la mayor parte de los años de mi vida cierta amenaza enconosa: "Espera, espera. No hemos acabado, todavía te alcanzaremos, a ti también".

Recuerdo vagabundeos cuesta abajo por las calles de Musrara en la última luz del crepúsculo, hasta la frontera de la tierra de nadie. O lejanas vistas oteadas desde el boscaje de Tel Arza. Paisajes vislumbrados desde el mirador de Abu Tor. La plaza arrasada de Notre-Dame. Las torres de Belén frente a los bosquecillos de Ramat-Rajel. Los minaretes de las aldeas en torno, los declives desérticos al pie del barrio de Talpiot. El centelleo del Mar Muerto en la distancia y en la profundidad, como una quimera. El olor de los rocosos valles al amanecer.

El domingo 11 de junio del 67, fui a ver la Jerusalén de ultralíneas. Salí hacia los lugares que los años y los sueños habían hecho cristalinos como símbolo en mi corazón. Y he aquí que no son sino vivienda humana: casas, tiendas, puestos. Letreros.

Y se produjo un tremendo asombro: los sueños habían engañado. Las pesadillas fueron vanas. El temor constante se convirtió de golpe en una especie de chiste, torcido y cruel. Todo se rompió y se abrió, aliviado. Murió mi Jerusalén, la terrible amada.

Ahora la ciudad es distinta. Los marginales rincones apartados se convirtieron en tumultuoso ombligo. Las excavadoras abrieron nuevos caminos entre las ruinas que había creído eternas. Barrios olvidados se llenaron de movimiento febril. Multitudes de devotos, y soldados en uniforme de batalla, y turistas emocionados, y gráciles mujeres de las ciudades costeñas, en torrente que corría hacia el este. Majestuosa pleamar en Jerusalén, como si la planicie hubiera subido a inundar la ciudad abierta. En todo había alegría de fiesta. También en mí.

Lo que sigue es difícil de escribir. Si vuelvo a decir: amo a Jerusalén entera, ¿qué he dicho? Como en el amor, las fuerzas íntimas se enmarañan: Mía y ajena. Conquistada y hostil. Entregada y reservada. Hubiera podido disimular, hacer la vista gorda: el cielo es el mismo cielo, la piedra jerosolimitana es la misma, Shej Jarraj y las calles de la Colonia Americana se parecen casi en todo a Katamón y a las calles de la Colonia Alemana.

Pero la ciudad está habitada. Gente vive en ella, extraños cuyo lenguaje ignoro, aposentados en su lugar, y soy yo el forastero. Ciertamente, habitantes corteses, de una cortesía rayana en la ofensa. Como si hubiesen alcanzado la felicidad extrema de recibir el honor y el placer de venderme unas coloridas tarjetas postales y estampillas del reino de Jordania. Bienvenido. Todos somos hermanos. Pues sólo a ti te hemos estado esperando veinte años, para sonreírnos y decir ahlan y salam aleikum y shalom, y para venderte souvenirs.

Sus ojos me odian. Quieren verme muerto. Maldito extraño.

Estuve en la Jerusalén oriental tres días después de la conquista. Llegué directamente de El Arish, en el Sinaí, en uniforme, armado de ametralladora. Yo no he nacido para tocar bocinas de cuerno y liberar tierras del yugo ajeno. Soy capaz de oír la queja humana. No oigo la "queja de tierras subyugadas".

En los sueños de mi infancia venían árabes uniformados y armados de ametralladoras a la calle en que vivía en Jerusalén a matarnos. Hace veintidós años, apareció en la pared de un patio vecino una inscripción en rojo: "A sangre y fuego cayó Judea, a sangre y fuego resurgirá". Uno de los luchadores antibritánicos clandestinos había escrito esas palabras por la noche. Yo, sobre sangre y fuego, no sé escribir. Si alguna vez he de escribir algo sobre esa guerra, escribiré sobre sudor y vómito y pus y orina y no sobre sangre y fuego.

Con todas mis fuerzas traté de sentirme en la Jerusalén oriental como hombre que vino a expulsar a sus enemigos y retornó a la heredad de sus ancestros. También la Biblia se despabiló y afloró de nuevo: los reyes, los profetas, el Monte del Templo, el Pilar de Absalón, el Monte de los Olivos. Y también la Jerusalén de Abraham Mapu y la de "Ayer y Anteayer" de Agnón. Yo quería participar en la celebración general. Pero no pude, me lo impidió el factor humano.

Vi odio y rebeldía, zalamería y pasmo, servilismo y miedo, humillación y trama de nuevos, siniestros designios. Atravesé las calles de la Jerusalén de enfrente como un hombre que irrumpió en un lugar prohibido.

Mi ciudad natal. Ciudad de los sueños. Ciudad de los anhelos de mis antepasados y mi pueblo. Y yo, deambulando por sus calles armado de ametralladora, como una de las figuras de las pesadillas de mi infancia, como forastero en tierra extraña.


Traducción: Esther Solay-Levy

 
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