Si quieren que les diga la verdad, no tengo la menor idea. Personalmente,
no creo que los jerosolomitanos tengamos un aspecto distinto al de
cualquier otra persona del país, pero conozco telavivenses que
apostarían una buena cantidad a que pueden reconocer a un
jerosolimitano a la primera. Dicen que hay toda una serie de razones para
ello: nada de bronceado, nada de urbanidad, pero, sobre todo,
ningún sentido de cómo vestirse. Que andamos aquí
siempre a la zaga de la moda y que nos falta elegancia. No estoy segura de
saber de qué están hablando. Dicen que pueden darse cuenta
inmediatamente de que somos provincianos; pero, para ser sincera,
tampoco sé muy bien qué quiere decir eso.
Hay
quienes dicen que lo hacemos a propósito; que es una manera
de alardear. Que los jerosolimitanos, especialmente las mujeres, se
visten así para que todo el mundo se percate de que lo
importante es el cerebro, el sentido común, la cultura, el
intelecto. Sostienen que las jerosolimitanas se visten así
para que el que las ve se dé cuenta de que las cosas
triviales, como los vestidos y las joyas, les importan un
rábano. Personalmente, ni que me maten sabría
cómo puede uno vestirse adrede de intelectual o, al menos, de
jerosolimitana.
Pero a lo mejor me equivoco y algo hay en todo
eso. Cuando tengo que ir a Tel Aviv, soy consciente de que incluso
me... ¿cómo diría yo?... me emperifollo un poco
más. Por lo menos, lo intento. Pero nunca lo suficiente a los
ojos de las telavivenses. Me acuerdo muy bien de una vez que fui al
café Kassit de Tel Aviv y, apenas me senté, varias
mujeres que conocía me acorralaron. Querían saber por
qué andaba hecha un harapo. Me puse colorada y comencé
a tartamudear. Pero antes de que pudiera ni siquiera empezar a
defenderme, he aquí que la puerta se abre y entra otro
jerosolimitano. Al verme, se le alzan las cejas hasta el nacimiento
del pelo y pega el grito: "Eh, ¿qué te ha pasado?
¿por qué vas tan oisguepitzt?"* O sea, que todo es
relativo bajo el sol. El hecho es que los telavivenses, de verdad
pueden identificar a los jerosolimitanos. Cuando yo misma era
telavivense y me enrolé en el Palmaj** nos
encontrábamos con gente de todo el país y, por
supuesto, con muchísimos jerosolimitanos. También yo
podía reconocerlos al instante a una distancia de un
kilómetro como mínimo. Pero puedo decirles exactamente
por qué: ¡porque ellos sí que se limpiaban los
zapatos y llevaban la camisa por dentro del pantalón!
Tenían un aspecto más cuidado, iban mejor peinados,
daban la impresión de ser más cultos. Nosotros nos
desvivíamos por hacer lo contrario. Era fácil
distinguirlos. Pero eso era en aquellos tiempos; que me parta un
rayo si puedo distinguirlos hoy en día.
Hace una
eternidad, antes de que los turistas israelíes inundaran el
mundo, cuando teníamos que explicar qué era aquello de
"Israel" porque nadie había oído ni siquiera hablar de
nosotros, en los años cincuenta, estuve en Inglaterra, donde
me encontré con un sacerdote católico que estaba tan
alterado por haber visto a alguien de Jerusalén, que no
podía ni respirar. En mi vida había visto antes una
agitación semejante, así que terminé por
preguntarle qué era lo que le asombraba tanto. Me
contestó que no podía creer lo que veían sus
ojos. ¡No podía ser que los jerosolimitanos tuvieran
ese aspecto! "¿Qué aspecto?", pregunté. Me
contó cómo, su vida entera, no había aspirado
más que a una cosa: llegar a Jerusalén; me
describió los preparativos que estaba haciendo y la
retahíla que había coleccionado; ya saben,
imágenes de gente vestida con ropajes bíblicos, como
en los cuadros de la vieja Escuela Bezalel de principios de siglo.
Me dijo que ya había logrado hallar toda la ropa adecuada que
se pondría en cuanto llegara a la Tierra Santa y lo primerito
que haría cuando arribara al puerto era comprar un burro para
poder viajar a lo largo y ancho del país vestido como es
debido. Le pude ver en los ojos un miedo palpable a lo que iba a
responderle, que podía olvidarse de toda aquella sarta de
bobadas y que no tenía que dar crédito a lo que un
viejo pintor pintó hace cien años, pero me
limité a no abrir la boca y se hizo una especie de silencio
embarazoso. Entonces dijo: "Por lo que he entendido, usted no es realmente
jerosolimitana ¿verdad?" Le contesté, "Sí, es cierto,
en realidad nací en Tel Aviv". "¡Ah, ya!", respondió
alegremente, con el tono de alguien a quien se le acaba de quitar
del corazón una piedra enorme.
Quizás
tendríamos realmente que hacer algo al respecto: vestirnos
para los turistas como en aquellos cuadros de Bezalel. ¡La
felicidad que podríamos proporcionar al mundo si nuestro
aspecto fuera distinto del de los demás israelíes! De
hecho, somos distintos, ¿no? Imagínenselo:
¡hordas de turistas dando vueltas por las calles
haciéndonos fotos y fotografiando a la vez personajes de la
Biblia! Seguro que el turismo tomaría vuelo. ¡Y no
digamos nada del comercio de vestidos bíblicos!
Traducción: Raquel Sperber