LogoAlt
 
MFAES     1990_1999     1998     Dec     Como reconocer a un jerosolimitano

Como reconocer a un jerosolimitano

20 dic 1998
 ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102
 INDICE  |  REY DAVID  |  MONTEFIORE  |  ARTE  |  IGLESIA  ETIOPE  |  MAYOR  |  VARGAS  LLOSA  |  OZ  |  AMIJAI  |  ZAJ  |  BEN-YEHUDA  |  LOTAN  |  SINDROME  DE  JERUSALEM  |  DIBUJOS
 
     
Cómo reconocer a un jerosolimitano

Netiva Ben-Yehuda

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Si quieren que les diga la verdad, no tengo la menor idea. Personalmente, no creo que los jerosolomitanos tengamos un aspecto distinto al de cualquier otra persona del país, pero conozco telavivenses que apostarían una buena cantidad a que pueden reconocer a un jerosolimitano a la primera. Dicen que hay toda una serie de razones para ello: nada de bronceado, nada de urbanidad, pero, sobre todo, ningún sentido de cómo vestirse. Que andamos aquí siempre a la zaga de la moda y que nos falta elegancia. No estoy segura de saber de qué están hablando. Dicen que pueden darse cuenta inmediatamente de que somos provincianos; pero, para ser sincera, tampoco sé muy bien qué quiere decir eso.

Hay quienes dicen que lo hacemos a propósito; que es una manera de alardear. Que los jerosolimitanos, especialmente las mujeres, se visten así para que todo el mundo se percate de que lo importante es el cerebro, el sentido común, la cultura, el intelecto. Sostienen que las jerosolimitanas se visten así para que el que las ve se dé cuenta de que las cosas triviales, como los vestidos y las joyas, les importan un rábano. Personalmente, ni que me maten sabría cómo puede uno vestirse adrede de intelectual o, al menos, de jerosolimitana.

Pero a lo mejor me equivoco y algo hay en todo eso. Cuando tengo que ir a Tel Aviv, soy consciente de que incluso me... ¿cómo diría yo?... me emperifollo un poco más. Por lo menos, lo intento. Pero nunca lo suficiente a los ojos de las telavivenses. Me acuerdo muy bien de una vez que fui al café Kassit de Tel Aviv y, apenas me senté, varias mujeres que conocía me acorralaron. Querían saber por qué andaba hecha un harapo. Me puse colorada y comencé a tartamudear. Pero antes de que pudiera ni siquiera empezar a defenderme, he aquí que la puerta se abre y entra otro jerosolimitano. Al verme, se le alzan las cejas hasta el nacimiento del pelo y pega el grito: "Eh, ¿qué te ha pasado? ¿por qué vas tan oisguepitzt?"* O sea, que todo es relativo bajo el sol. El hecho es que los telavivenses, de verdad pueden identificar a los jerosolimitanos. Cuando yo misma era telavivense y me enrolé en el Palmaj** nos encontrábamos con gente de todo el país y, por supuesto, con muchísimos jerosolimitanos. También yo podía reconocerlos al instante a una distancia de un kilómetro como mínimo. Pero puedo decirles exactamente por qué: ¡porque ellos sí que se limpiaban los zapatos y llevaban la camisa por dentro del pantalón! Tenían un aspecto más cuidado, iban mejor peinados, daban la impresión de ser más cultos. Nosotros nos desvivíamos por hacer lo contrario. Era fácil distinguirlos. Pero eso era en aquellos tiempos; que me parta un rayo si puedo distinguirlos hoy en día.

Hace una eternidad, antes de que los turistas israelíes inundaran el mundo, cuando teníamos que explicar qué era aquello de "Israel" porque nadie había oído ni siquiera hablar de nosotros, en los años cincuenta, estuve en Inglaterra, donde me encontré con un sacerdote católico que estaba tan alterado por haber visto a alguien de Jerusalén, que no podía ni respirar. En mi vida había visto antes una agitación semejante, así que terminé por preguntarle qué era lo que le asombraba tanto. Me contestó que no podía creer lo que veían sus ojos. ¡No podía ser que los jerosolimitanos tuvieran ese aspecto! "¿Qué aspecto?", pregunté. Me contó cómo, su vida entera, no había aspirado más que a una cosa: llegar a Jerusalén; me describió los preparativos que estaba haciendo y la retahíla que había coleccionado; ya saben, imágenes de gente vestida con ropajes bíblicos, como en los cuadros de la vieja Escuela Bezalel de principios de siglo. Me dijo que ya había logrado hallar toda la ropa adecuada que se pondría en cuanto llegara a la Tierra Santa y lo primerito que haría cuando arribara al puerto era comprar un burro para poder viajar a lo largo y ancho del país vestido como es debido. Le pude ver en los ojos un miedo palpable a lo que iba a responderle, que podía olvidarse de toda aquella sarta de bobadas y que no tenía que dar crédito a lo que un viejo pintor pintó hace cien años, pero me limité a no abrir la boca y se hizo una especie de silencio embarazoso. Entonces dijo: "Por lo que he entendido, usted no es realmente jerosolimitana ¿verdad?" Le contesté, "Sí, es cierto, en realidad nací en Tel Aviv". "¡Ah, ya!", respondió alegremente, con el tono de alguien a quien se le acaba de quitar del corazón una piedra enorme.

Quizás tendríamos realmente que hacer algo al respecto: vestirnos para los turistas como en aquellos cuadros de Bezalel. ¡La felicidad que podríamos proporcionar al mundo si nuestro aspecto fuera distinto del de los demás israelíes! De hecho, somos distintos, ¿no? Imagínenselo: ¡hordas de turistas dando vueltas por las calles haciéndonos fotos y fotografiando a la vez personajes de la Biblia! Seguro que el turismo tomaría vuelo. ¡Y no digamos nada del comercio de vestidos bíblicos!


Traducción: Raquel Sperber

 
E-mail to a friend
Print the article
Add to my bookmarks
Also available in
  English
  French
   
 
   
 
     Hebrew     
 
Copyright ©2004 The State of Israel. All rights reserved   Terms of use   Use of cookies