La mayor parte de los israelíes acepta, en forma axiomática,
que las celebraciones del 3.000 aniversario de la conquista de
Jerusalén por el Rey David señalan un acontecimiento real y
tangible, pero está lejos de ser así. El relato
bíblico sobre la toma de la ciudad es el único con que
contamos y en opinión de la mayoría de los estudiosos
modernos, la Biblia no constituye un documento histórico
enteramente confiable; se requiere la corroboración de las
evidencias y ciertamente existen algunas, si bien no son concluyentes. Una
vez recogida toda la información disponible, lo más que se
puede decir es que probablemente existió un gobernante israelita
llamado David, que convirtió a Jerusalén en su capital en
algún momento del siglo X AEC. No obstante, no se puede establecer
la fecha exacta y en consecuencia, no hay forma de saber con exactitud
cuándo cae dicho aniversario.
Hay abundante evidencia de la
existencia de la antigua Jerusalén. Las excavaciones en la
Ciudadela de David, hoy en día la aldea de Siloé al sur de
las murallas de la Ciudad Vieja, demuestran que ese sitio estuvo ocupado
de manera ininterrumpida durante los últimos 5.000 años.
Más próximas a los presuntos tiempos de David, las
excavaciones dirigidas por el difunto Prof. Yigal Shiló revelaron
una monumental estructura escalonada de 20 metros que data de los siglos
XII-X AEC y que podría haber sido el asiento de la fortaleza
jebusea conquistada y posteriormente ampliada por David.
Además de
la evidencia arqueológica, Jerusalén es mencionada en
diversos documentos antiguos fuera de la Biblia. La primera referencia
conocida data del año 1.900 AEC en los así llamados "Textos
de execración": los nombres de los enemigos del gobernante egipcio
eran inscritos en vasijas de arcilla que se quebraban con la esperanza de
causar su destrucción. En aquellos tiempos Jerusalén era
aparentemente enemiga de Egipto, tal como lo indican las cartas escritas
en las tablas de arcilla halladas en las ruinas de Amarna, el palacio del
faraón reformador Akenatón. En una de ellas, que data del
siglo XIV AEC, el rey de Jerusalén Abdu-Heba registró su
promesa de lealtad al gobernante egipcio.
Hasta hace muy poco tiempo, no
había evidencia de la existencia del rey David fuera de la Biblia:
su nombre no aparece en documentos egipcios, sirios o asirios de la
época y las numerosas excavaciones arqueológicas en la
Ciudadela de David fracasaron en el intento de hallar algo más que
la mención de su nombre.
Pero el 21 de julio de 1993, un equipo de
arqueólogos dirigidos por el Prof. Avraham Birán que
realizaba excavaciones en Tel Dan, al norte de la Galilea, encontró
una pieza triangular de basalto de 23 x 36 cm. con una inscripción
en arameo, que fue identificada como parte de un pilar de victoria erigido
por el rey de Siria y posteriormente destruido por un gobernante
israelita. La inscripción, que data del siglo IX AEC, o sea cerca
de un siglo después del inicio del reinado de David, incluye las
palabras Bet David ("casa" o "dinastía" de David). Esta es la
primera referencia casi contemporánea a David jamás hallada
y si bien no es concluyente, señala claramente que un rey llamado
David creó una dinastía en Israel durante el período
en cuestión.
Otra evidencia significativa proviene de los estudios
arqueológicos realizados en la última década por el
Prof. Avi Ofer en las colinas de Judá, que demuestran que en los
siglos XI y X AEC la población de Judá casi doblaba en
número a la del período precedente. El Rank Size Index
(RSI), un método para analizar las dimensiones y ubicación
de los asentamientos a fin de evaluar hasta qué punto
constituían un grupo autosuficiente, indica que durante dicho
período -presuntamente el del Rey David - existía un
importante centro de población en los confines de la región.
Lo más probable es que Jerusalén haya sido dicho centro.
En síntesis: David fundó una dinastía en el siglo X AEC;
la población se duplicó en las colinas de Judá y su
punto central, probablementte Jerusalén, era un sitio ya habitado
con anterioridad y lo suficientemente importante como para haber sido
mencionado en documentos egipcios. Estos hechos concuerdan ciertamente con
el relato bíblico, pero antes de examinar esa versión
debemos tomar en cuenta la naturaleza de la Biblia y de sus contenidos
históricos.
La Biblia no es - y nunca pretendió serlo - un
documento histórico, sino una obra teológica,
jurídica, ética y literaria que contiene información
histórica; si queremos evaluarla, debemos examinar cuándo,
cómo y por qué fue compilada.
Hasta hace relativamente poco
tiempo, la Biblia era aceptada por la mayor parte de los judíos y
de los cristianos como la palabra de Dios, razón por la cual textos
como el Talmud, los comentarios rabínicos y las obras de los sabios
cristianos se concentraban en su interpretación.
En el siglo XIX,
"la Edad de la Razón", los estudiosos comenzaron a someter los
textos bíblicos a análisis lingüísticos,
textuales y literarios, señalando las inconsistencias y los ritmos
interrumpidos, comparando estilos y ubicándolos en su contexto
arqueológico, histórico y geográfico.
Existen
opiniones muy diversas con respecto a los orígenes de la Biblia,
cuándo fue escrita y en qué condiciones, pero cabe
señalar que, a excepción de los grupos fundamentalistas, el
consenso moderno acepta que la compilación y edición de los
documentos que la constituyen se inició en el siglo VII AEC, unos
trescientos años después de los tiempos de David. (El
material más antiguo que obra en nuestro poder, parte de los Rollos
del Mar Muerto, data del siglo II AEC).
Hacia el siglo VII, el reino de
David se había dividido en dos. El reino de Israel, al norte, fue
invadido y destruido por los sirios en el año 722 AEC; el reino de
Judá, al sur, fue invadido varias veces por los asirios - la
más importante en el año 701 - pero logró repeler al
enemigo y sobrevivir. Posteriormente, los babilonios conquistaron el
imperio asirio; en el año 586 capturaron Jerusalén,
destruyeron el Templo y exiliaron a la mayor parte la población de
Judá. Los babilonios fueron conquistados a su vez por los persas,
que entre los años 538 y 520 permitieron que algunos judeanos
regresaran a Judá bajo la conducción de Esdras y
Nehemías y revivieran su nación.
Los materiales
bíblicos más remotos fueron compilados durante este
período de amenazas, destrucción, exilio y retorno por un
autor-editor conocido como "el Deuteronomista". Dicho escritor - o
más probablemente, equipo de escritores - hizo uso de numerosos
documentos más antiguos, incluido el Libro del Deuteronomio.
Aunque
existen grandes controversias con respecto a la fecha en que los diversos
documentos a disposición de los deuteronomistas fueron escritos por
primera vez, no cabe duda de que al integrar todo el material, los
autores-editores del siglo VII se vieron notoriamente influidos por las
circunstancias de sus propios tiempos.
Tal como es narrada en la Biblia,
la saga de los israelitas fue concebida como un relato moralista destinado
a demostrar la importancia de la fe en un solo Dios. Las historias de
Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés y Josué
demuestran que los israelitas eran recompensados cuando obedecían a
Dios y castigados cuando se descarriaban.
Las evidencias históricas
que respaldan estos acontecimientos son escasas y en algunos casos
contradictorias. En particular, el relato de la conquista de Canaán
por Josué no coincide con las evidencias arqueológicas: las
ciudades supuestamente conquistadas por Josué en el siglo XIV AEC
fueron destruidas mucho antes de su llegada; algunas, como Hai y Arad, ya
estaban en ruinas durante milenios.
El Libro de los Jueces, que
directamente contradice al de Josué y muestra a los israelitas
estableciéndose en el país durante un lapso prolongado, se
halla más cerca de la realidad histórica, pero tampoco puede
ser tomado al pie de la letra.
Los estudios arqueológicos
realizados en las pasadas dos décadas en las colinas de
Manasés, Efraín, Benjamín y
Judá, en la Banda Occidental del río Jordán, indican
que el origen y desarrollo de la entidad israelita era algo diferente de
los relatos opuestos de la Biblia. Los trabajos fueron dirigidos por
más de una docena de arqueólogos, la mayor parte
pertenecientes al Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel
Aviv, cuyas conclusiones se publicaron en "Del nomadismo a la
monarquía", editado por los Profesores Israel Finkelstein y Nadav
Na'amán.
Alrededor del año 1.200 AEC, grupos
seminómadas del desierto que bordea el este, a los que se unieron
otros provenientes de Anatolia, del Mar Egeo y del sur, probablemente
Egipto, comenzaron a asentarse en la zona montañosa de
Canaán. Probablemente la mayoría eran refugiados de las
ciudades-estado canaaneas destruidas por los egipcios en una de sus
invasiones periódicas.
La conclusión es algo alarmante para
los lectores de la Biblia que conocen a los canaaneos retratados en ella
como idólatras inmorales: de hecho, la mayor parte de los
israelitas fueron antes canaaneos. La historia de la travesía de
Abraham desde Ur de Caldea, los patriarcas, el éxodo, el
Sinaí y la conquista de Canaán se basan aparentemente en
leyendas traídas por los diferentes grupos de sus países de
origen. La consolidación de los israelitas en una nación no
fue el resultado del deambular en el desierto y de la revelación
divina, sino producto de la necesidad de defenderse de los filisteos
establecidos en la llanura costera de Canaán en la misma
época en que los israelitas se asentaban en las colinas.
Por
consiguiente, los fundadores de Israel no fueron Abraham y Moisés
sino Saúl y David. Aparentemente fue Saúl quien
reunió bajo su mando a los labradores de las colinas y creó
unidades de combate capaces de enfrentarse a los filisteos. David fue
quien los venció y unió a los labradores de las colinas con
los canaaneos de la llanura, estableciendo así el reino de
Judá y su capital.
Los estudiosos de hoy en día suelen
aceptar que los Libros de Samuel, que describen las trayectorias de
Saúl y David, contienen material histórico genuino, pero aun
ellos deben ser examinados críticamente a fin de
distinguir entre las leyendas y los hechos, hasta donde sea posible
conocerlos. Se supone que algunos de los materiales de Samuel I y II, en
especial las listas de oficiales, funcionarios y distritos, son muy
antiguos, posiblemente aun de los tiempos de David o Salomón. Es
probable que estos documentos obraran en poder de los Deuteronomistas
cuando comenzaron a compilar el material, tres siglos más tarde.
Además de las listas, el relato parece haber pasado dos procesos
separados de revisión editorial. Los escritores originales
mostraban una notoria actitud en contra de Saúl y a favor de David
y Salomón. Muchos años después, los Deuteronomistas
editaron el material de manera adecuada a su mensaje religioso, insertando
informes y anécdotas que reforzaban la doctrina monoteísta.
No obstante, en lo que respecta a Jerusalén el desafío
consiste en ubicar los textos bíblicos en el contexto de la
evidencia arqueológica e histórica.
El relato bíblico
es conciso:
"Entonces marchó el rey con sus hombres a
Jerusalén contra los jebuseos que moraban en aquella tierra; los
cuales hablaron a David, diciendo: Tú no entrarás
acá, pues aun los ciegos y los cojos te echarán (queriendo
decir: David no puede entrar acá). Pero David tomó la
fortaleza de Sion, la cual es la ciudad de David. Y dijo David aquel
día: Todo el que hiera a los jebuseos, suba por el canal y hiera a
los cojos y ciegos aborrecidos del alma de David. Por esto se dijo: Ciego
ni cojo no entrará en la casa. Y David moró en la fortaleza
y le puso por nombre la Ciudad de David".
(II Samuel 5, 6-9)
Ya hemos
señalado que los arqueólogos descubrieron una gran
estructura escalonada que podría haber sido la base de la ciudad
jebusea, por lo que surgen dos preguntas: ¿cómo hicieron
David y sus hombres para entrar a la ciudad y cuál es el
significado de "los ciegos y los cojos?" En 1865, Charles Warren, un
ingeniero militar inglés, descubrió bajo la aldea de
Siloé un pozo que conducía hacia un túnel que se
conectaba con el manantial de Guijón. Por algún tiempo se
consideró evidencia suficiente de que el "canal" del relato
bíblico (tzinor) era ese pozo, denominado el Pozo de Warren en
honor de su descubridor.
Posteriormente se descubrieron sistemas similares
en otros sitios, como Jatzor en la Alta Galilea y Meguido en el Valle de
Jezreel, que datan de un período posterior. Entonces, se sugirieron
diversas e ingeniosas interpretaciones de la palabra tzinor, por ejemplo,
un garfio de hierro para trepar por las paredes o los conductos de aire de
los defensores o la fuente de agua, pero no el pozo.
No obstante, las
investigaciones más recientes han demostrado que el sistema de agua
de la Ciudad de David se basaba en las fallas geológicas naturales
que fueron mejoradas por el hombre pero no creadas por él,
razón por la cual puede haber precedido a los de Jatzor y Meguido.
En cualquier caso, pocos arqueólogos se hallan dispuestos a fechar
estos sistemas con precisión.
Por ello, no hay razón para
rechazar la presunción original de que la gente de David
entró por el manantial de Guijón, se arrastró por el
túnel y trepó por el pozo hasta la ciudad, tomando a los
defensores por sorpresa.
La cuestión de los
ciegos y los cojos es más compleja. El historiador judeo-romano
Flavio Josefo, que escribiera en el siglo I EC, aparentemente trató
de escarnecer a David declarando que la ciudad era tan inexpugnable que
podrían haberla defendido soldados ciegos y cojos.
En los tiempos
modernos, el difunto Prof. Yigael Yadín fue el primero en sugerir
una solución que ha sido generalmente aceptada, al examinar la
historia de otras naciones de la región. Al observar que los
jebuseos de Jerusalén eran probablemente de origen anatolio-hitita,
Yadín estableció el nexo con Hattusha, la antigua capital
hitita en la que se encontraron documentos que describen a los soldados
que prestaban juramento de fidelidad al gobernante. Los soldados se
apostaban frente a una mujer ciega y a un hombre sordo y se les
decía que quien faltara a su promesa de lealtad "quedaría
como ellos", es decir, sería dejado ciego o sordo. El pasaje
vinculado con la toma de Jerusalén puede referirse a una idea
similar, en la que los defensores ubicaban a los ciegos y cojos en primera
línea como forma de operar un conjuro sobre los atacantes,
amenazándolos con la ceguera y la cojera.
La Biblia brinda
testimonio de que David no masacró ni expulsó a los jebuseos
sobrevivientes. Dos pasajes aclaran que continuaron viviendo en la capital
de David:
"Mas al jebuseo que habitaba en Jerusalén no lo arrojaron
los hijos de Benjamín, y el jebuseo habitó con los hijos de
Benjamín en Jerusalén
hasta hoy".
(Jueces I, 21)
En el Libro de Josué hay un pasaje casi
idéntico, salvo que se refiere a "los hijos de Judá" en
lugar de "los hijos de Benjamín".
El relato del Libro de Samuel que
asevera que David "edificó alrededor desde Milo hacia adentro"
sugiere que David expandió la ciudad para instalar en ella a su
familia, su corte, sus oficiales y soldados. Nadie sabe exactamente
qué significa esta expresión, pero la mayor parte de los
especialistas relacionan "Milo" con milui, el vocablo hebreo que
señala un relleno (de tierra) y que puede hacer referencia a la
expansión de la ciudad jebusea construyendo terrazas en las laderas
de las montañas y edificando sobre ellas. Esta explicación
coincidiría con el descubrimiento de la estructura escalonada en la
Ciudadela de David.
De la descripción de la forma en que el rey
israelita adquirió un sitio para el altar del sacrificio se
desprende claramente que respetó a los jebuseos, incluidos sus
derechos de propiedad. A pesar de que Arauna el jebuseo, probablemente el
anterior gobernante de la ciudad, se lo ofreciera libre de cargo, David
insistió en pagar por él:
"Y el rey dijo a Arauna: No, sino
por precio te lo compraré; porque no ofreceré a
Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David
compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata". (II
Samuel 24, 24)
Otros pasajes de los Libros de Samuel aclaran que David
empleó a los jebuseos en su ejército y su
administración; Urías el heteo es un ejemplo obvio. Algunos
estudiosos han sugerido también que Zadok, el segundo Sumo
Sacerdote de David, era un sacerdote jebuseo de Jerusalén, si bien
la Biblia lo presenta como descendiente de Aarón, el hermano de
Moisés; pero la opinión de los expertos se halla dividida
con respecto a la autenticidad histórica de Moisés y
Aarón. Muchos consideran la designación de dos Sumos
Sacerdotes como un acto de equilibrio entre el norte y el sur. Si
bien estuvieron unidas bajo los reinados de Saúl y David,
ambas entidades mostraban ya entonces indicios de división y
se separaron irrevocablemente después de la muerte de
Salomón. Abiatar, único sobreviviente de los
sacerdotes de Nob, era del norte; Zadok podría haber sido
oriundo de Jerusalén o de más al sur.
Ya hemos
señalado que las listas de territorios, oficiales y
funcionarios son casi con certeza la parte más antigua y
más histórica de los Libros de Samuel. Dos listas de
los oficiales de David contienen nombres tales como Adoram, que se
hallaba a cargo de los levitas, Seraías el escriba e
Iehoshafat, el heraldo real. El Prof. Benjamín Mazar
observó que estos tres nombres eran canaaneos y llegó
a la conclusión de que David ciertamente dio empleo en su
administración a oficiales canaaneos de las ciudades-estado
que tomó. Esto confirma las pautas de comportamiento de
David: hacía uso de los oficiales locales en Jerusalén
y en todo el territorio de su nueva nación.
Algunas personas,
tanto en Israel como en el exterior, perciben la celebración
del 3.000 aniversario de la toma de Jerusalén por David como
un indicio de la exclusividad del reclamo judío sobre la
ciudad. Aunque, tal como se ha sostenido en este artículo, es
probable que David haya conquistado la ciudad hace unos tres mil
años y la haya convertido en su capital personal, nacional y
religiosa, la evidencia bíblica recalca el hecho de que el
gran monarca israelita halló la forma de
compartir su capital con sus anteriores adversarios: los jebuseos
continuaron viviendo en ella, sus derechos de propiedad fueron
respetados y se les dio lugar en la administración de la
ciudad.
Traducción: Orna Stoliar