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El Rey David en Jerusalen

21 dic 1998
 ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102
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El Rey David en Jerusalén: Mito y Realidad
Daniel Gavrón

 
 
Estela con la inscripción Bet David (La Casa de David), Tel Dan, siglo IX AEC

 

 

 

  La mayor parte de los israelíes acepta, en forma axiomática, que las celebraciones del 3.000 aniversario de la conquista de Jerusalén por el Rey David señalan un acontecimiento real y tangible, pero está lejos de ser así. El relato bíblico sobre la toma de la ciudad es el único con que contamos y en opinión de la mayoría de los estudiosos modernos, la Biblia no constituye un documento histórico enteramente confiable; se requiere la corroboración de las evidencias y ciertamente existen algunas, si bien no son concluyentes. Una vez recogida toda la información disponible, lo más que se puede decir es que probablemente existió un gobernante israelita llamado David, que convirtió a Jerusalén en su capital en algún momento del siglo X AEC. No obstante, no se puede establecer la fecha exacta y en consecuencia, no hay forma de saber con exactitud cuándo cae dicho aniversario.

Hay abundante evidencia de la existencia de la antigua Jerusalén. Las excavaciones en la Ciudadela de David, hoy en día la aldea de Siloé al sur de las murallas de la Ciudad Vieja, demuestran que ese sitio estuvo ocupado de manera ininterrumpida durante los últimos 5.000 años. Más próximas a los presuntos tiempos de David, las excavaciones dirigidas por el difunto Prof. Yigal Shiló revelaron una monumental estructura escalonada de 20 metros que data de los siglos XII-X AEC y que podría haber sido el asiento de la fortaleza jebusea conquistada y posteriormente ampliada por David.

Además de la evidencia arqueológica, Jerusalén es mencionada en diversos documentos antiguos fuera de la Biblia. La primera referencia conocida data del año 1.900 AEC en los así llamados "Textos de execración": los nombres de los enemigos del gobernante egipcio eran inscritos en vasijas de arcilla que se quebraban con la esperanza de causar su destrucción. En aquellos tiempos Jerusalén era aparentemente enemiga de Egipto, tal como lo indican las cartas escritas en las tablas de arcilla halladas en las ruinas de Amarna, el palacio del faraón reformador Akenatón. En una de ellas, que data del siglo XIV AEC, el rey de Jerusalén Abdu-Heba registró su promesa de lealtad al gobernante egipcio.

Hasta hace muy poco tiempo, no había evidencia de la existencia del rey David fuera de la Biblia: su nombre no aparece en documentos egipcios, sirios o asirios de la época y las numerosas excavaciones arqueológicas en la Ciudadela de David fracasaron en el intento de hallar algo más que la mención de su nombre.

Pero el 21 de julio de 1993, un equipo de arqueólogos dirigidos por el Prof. Avraham Birán que realizaba excavaciones en Tel Dan, al norte de la Galilea, encontró una pieza triangular de basalto de 23 x 36 cm. con una inscripción en arameo, que fue identificada como parte de un pilar de victoria erigido por el rey de Siria y posteriormente destruido por un gobernante israelita. La inscripción, que data del siglo IX AEC, o sea cerca de un siglo después del inicio del reinado de David, incluye las palabras Bet David ("casa" o "dinastía" de David). Esta es la primera referencia casi contemporánea a David jamás hallada y si bien no es concluyente, señala claramente que un rey llamado David creó una dinastía en Israel durante el período en cuestión.

Otra evidencia significativa proviene de los estudios arqueológicos realizados en la última década por el Prof. Avi Ofer en las colinas de Judá, que demuestran que en los siglos XI y X AEC la población de Judá casi doblaba en número a la del período precedente. El Rank Size Index (RSI), un método para analizar las dimensiones y ubicación de los asentamientos a fin de evaluar hasta qué punto constituían un grupo autosuficiente, indica que durante dicho período -presuntamente el del Rey David - existía un importante centro de población en los confines de la región. Lo más probable es que Jerusalén haya sido dicho centro.

En síntesis: David fundó una dinastía en el siglo X AEC; la población se duplicó en las colinas de Judá y su punto central, probablementte Jerusalén, era un sitio ya habitado con anterioridad y lo suficientemente importante como para haber sido mencionado en documentos egipcios. Estos hechos concuerdan ciertamente con el relato bíblico, pero antes de examinar esa versión debemos tomar en cuenta la naturaleza de la Biblia y de sus contenidos históricos.

La Biblia no es - y nunca pretendió serlo - un documento histórico, sino una obra teológica, jurídica, ética y literaria que contiene información histórica; si queremos evaluarla, debemos examinar cuándo, cómo y por qué fue compilada.

Hasta hace relativamente poco tiempo, la Biblia era aceptada por la mayor parte de los judíos y de los cristianos como la palabra de Dios, razón por la cual textos como el Talmud, los comentarios rabínicos y las obras de los sabios cristianos se concentraban en su interpretación.

En el siglo XIX, "la Edad de la Razón", los estudiosos comenzaron a someter los textos bíblicos a análisis lingüísticos, textuales y literarios, señalando las inconsistencias y los ritmos interrumpidos, comparando estilos y ubicándolos en su contexto arqueológico, histórico y geográfico.

Existen opiniones muy diversas con respecto a los orígenes de la Biblia, cuándo fue escrita y en qué condiciones, pero cabe señalar que, a excepción de los grupos fundamentalistas, el consenso moderno acepta que la compilación y edición de los documentos que la constituyen se inició en el siglo VII AEC, unos trescientos años después de los tiempos de David. (El material más antiguo que obra en nuestro poder, parte de los Rollos del Mar Muerto, data del siglo II AEC).

Hacia el siglo VII, el reino de David se había dividido en dos. El reino de Israel, al norte, fue invadido y destruido por los sirios en el año 722 AEC; el reino de Judá, al sur, fue invadido varias veces por los asirios - la más importante en el año 701 - pero logró repeler al enemigo y sobrevivir. Posteriormente, los babilonios conquistaron el imperio asirio; en el año 586 capturaron Jerusalén, destruyeron el Templo y exiliaron a la mayor parte la población de Judá. Los babilonios fueron conquistados a su vez por los persas, que entre los años 538 y 520 permitieron que algunos judeanos regresaran a Judá bajo la conducción de Esdras y Nehemías y revivieran su nación.

Los materiales bíblicos más remotos fueron compilados durante este período de amenazas, destrucción, exilio y retorno por un autor-editor conocido como "el Deuteronomista". Dicho escritor - o más probablemente, equipo de escritores - hizo uso de numerosos documentos más antiguos, incluido el Libro del Deuteronomio.

Aunque existen grandes controversias con respecto a la fecha en que los diversos documentos a disposición de los deuteronomistas fueron escritos por primera vez, no cabe duda de que al integrar todo el material, los autores-editores del siglo VII se vieron notoriamente influidos por las circunstancias de sus propios tiempos.

Tal como es narrada en la Biblia, la saga de los israelitas fue concebida como un relato moralista destinado a demostrar la importancia de la fe en un solo Dios. Las historias de Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés y Josué demuestran que los israelitas eran recompensados cuando obedecían a Dios y castigados cuando se descarriaban.

Las evidencias históricas que respaldan estos acontecimientos son escasas y en algunos casos contradictorias. En particular, el relato de la conquista de Canaán por Josué no coincide con las evidencias arqueológicas: las ciudades supuestamente conquistadas por Josué en el siglo XIV AEC fueron destruidas mucho antes de su llegada; algunas, como Hai y Arad, ya estaban en ruinas durante milenios.

El Libro de los Jueces, que directamente contradice al de Josué y muestra a los israelitas estableciéndose en el país durante un lapso prolongado, se halla más cerca de la realidad histórica, pero tampoco puede ser tomado al pie de la letra.

Los estudios arqueológicos realizados en las pasadas dos décadas en las colinas de Manasés, Efraín, Benjamín y Judá, en la Banda Occidental del río Jordán, indican que el origen y desarrollo de la entidad israelita era algo diferente de los relatos opuestos de la Biblia. Los trabajos fueron dirigidos por más de una docena de arqueólogos, la mayor parte pertenecientes al Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv, cuyas conclusiones se publicaron en "Del nomadismo a la monarquía", editado por los Profesores Israel Finkelstein y Nadav Na'amán.

Alrededor del año 1.200 AEC, grupos seminómadas del desierto que bordea el este, a los que se unieron otros provenientes de Anatolia, del Mar Egeo y del sur, probablemente Egipto, comenzaron a asentarse en la zona montañosa de Canaán. Probablemente la mayoría eran refugiados de las ciudades-estado canaaneas destruidas por los egipcios en una de sus invasiones periódicas.

La conclusión es algo alarmante para los lectores de la Biblia que conocen a los canaaneos retratados en ella como idólatras inmorales: de hecho, la mayor parte de los israelitas fueron antes canaaneos. La historia de la travesía de Abraham desde Ur de Caldea, los patriarcas, el éxodo, el Sinaí y la conquista de Canaán se basan aparentemente en leyendas traídas por los diferentes grupos de sus países de origen. La consolidación de los israelitas en una nación no fue el resultado del deambular en el desierto y de la revelación divina, sino producto de la necesidad de defenderse de los filisteos establecidos en la llanura costera de Canaán en la misma época en que los israelitas se asentaban en las colinas.

Por consiguiente, los fundadores de Israel no fueron Abraham y Moisés sino Saúl y David. Aparentemente fue Saúl quien reunió bajo su mando a los labradores de las colinas y creó unidades de combate capaces de enfrentarse a los filisteos. David fue quien los venció y unió a los labradores de las colinas con los canaaneos de la llanura, estableciendo así el reino de Judá y su capital.

Los estudiosos de hoy en día suelen aceptar que los Libros de Samuel, que describen las trayectorias de Saúl y David, contienen material histórico genuino, pero aun ellos deben ser examinados críticamente a fin de distinguir entre las leyendas y los hechos, hasta donde sea posible conocerlos. Se supone que algunos de los materiales de Samuel I y II, en especial las listas de oficiales, funcionarios y distritos, son muy antiguos, posiblemente aun de los tiempos de David o Salomón. Es probable que estos documentos obraran en poder de los Deuteronomistas cuando comenzaron a compilar el material, tres siglos más tarde.

Además de las listas, el relato parece haber pasado dos procesos separados de revisión editorial. Los escritores originales mostraban una notoria actitud en contra de Saúl y a favor de David y Salomón. Muchos años después, los Deuteronomistas editaron el material de manera adecuada a su mensaje religioso, insertando informes y anécdotas que reforzaban la doctrina monoteísta. No obstante, en lo que respecta a Jerusalén el desafío consiste en ubicar los textos bíblicos en el contexto de la evidencia arqueológica e histórica.

El relato bíblico es conciso:

    "Entonces marchó el rey con sus hombres a Jerusalén contra los jebuseos que moraban en aquella tierra; los cuales hablaron a David, diciendo: Tú no entrarás acá, pues aun los ciegos y los cojos te echarán (queriendo decir: David no puede entrar acá). Pero David tomó la fortaleza de Sion, la cual es la ciudad de David. Y dijo David aquel día: Todo el que hiera a los jebuseos, suba por el canal y hiera a los cojos y ciegos aborrecidos del alma de David. Por esto se dijo: Ciego ni cojo no entrará en la casa. Y David moró en la fortaleza y le puso por nombre la Ciudad de David".
    (II Samuel 5, 6-9)
Ya hemos señalado que los arqueólogos descubrieron una gran estructura escalonada que podría haber sido la base de la ciudad jebusea, por lo que surgen dos preguntas: ¿cómo hicieron David y sus hombres para entrar a la ciudad y cuál es el significado de "los ciegos y los cojos?" En 1865, Charles Warren, un ingeniero militar inglés, descubrió bajo la aldea de Siloé un pozo que conducía hacia un túnel que se conectaba con el manantial de Guijón. Por algún tiempo se consideró evidencia suficiente de que el "canal" del relato bíblico (tzinor) era ese pozo, denominado el Pozo de Warren en honor de su descubridor.

Posteriormente se descubrieron sistemas similares en otros sitios, como Jatzor en la Alta Galilea y Meguido en el Valle de Jezreel, que datan de un período posterior. Entonces, se sugirieron diversas e ingeniosas interpretaciones de la palabra tzinor, por ejemplo, un garfio de hierro para trepar por las paredes o los conductos de aire de los defensores o la fuente de agua, pero no el pozo.

No obstante, las investigaciones más recientes han demostrado que el sistema de agua de la Ciudad de David se basaba en las fallas geológicas naturales que fueron mejoradas por el hombre pero no creadas por él, razón por la cual puede haber precedido a los de Jatzor y Meguido. En cualquier caso, pocos arqueólogos se hallan dispuestos a fechar estos sistemas con precisión.

Por ello, no hay razón para rechazar la presunción original de que la gente de David entró por el manantial de Guijón, se arrastró por el túnel y trepó por el pozo hasta la ciudad, tomando a los defensores por sorpresa.

La cuestión de los ciegos y los cojos es más compleja. El historiador judeo-romano Flavio Josefo, que escribiera en el siglo I EC, aparentemente trató de escarnecer a David declarando que la ciudad era tan inexpugnable que podrían haberla defendido soldados ciegos y cojos.

En los tiempos modernos, el difunto Prof. Yigael Yadín fue el primero en sugerir una solución que ha sido generalmente aceptada, al examinar la historia de otras naciones de la región. Al observar que los jebuseos de Jerusalén eran probablemente de origen anatolio-hitita, Yadín estableció el nexo con Hattusha, la antigua capital hitita en la que se encontraron documentos que describen a los soldados que prestaban juramento de fidelidad al gobernante. Los soldados se apostaban frente a una mujer ciega y a un hombre sordo y se les decía que quien faltara a su promesa de lealtad "quedaría como ellos", es decir, sería dejado ciego o sordo. El pasaje vinculado con la toma de Jerusalén puede referirse a una idea similar, en la que los defensores ubicaban a los ciegos y cojos en primera línea como forma de operar un conjuro sobre los atacantes, amenazándolos con la ceguera y la cojera.

La Biblia brinda testimonio de que David no masacró ni expulsó a los jebuseos sobrevivientes. Dos pasajes aclaran que continuaron viviendo en la capital de David:

    "Mas al jebuseo que habitaba en Jerusalén no lo arrojaron los hijos de Benjamín, y el jebuseo habitó con los hijos de Benjamín en Jerusalén hasta hoy".
    (Jueces I, 21)

En el Libro de Josué hay un pasaje casi idéntico, salvo que se refiere a "los hijos de Judá" en lugar de "los hijos de Benjamín".

El relato del Libro de Samuel que asevera que David "edificó alrededor desde Milo hacia adentro" sugiere que David expandió la ciudad para instalar en ella a su familia, su corte, sus oficiales y soldados. Nadie sabe exactamente qué significa esta expresión, pero la mayor parte de los especialistas relacionan "Milo" con milui, el vocablo hebreo que señala un relleno (de tierra) y que puede hacer referencia a la expansión de la ciudad jebusea construyendo terrazas en las laderas de las montañas y edificando sobre ellas. Esta explicación coincidiría con el descubrimiento de la estructura escalonada en la Ciudadela de David.

De la descripción de la forma en que el rey israelita adquirió un sitio para el altar del sacrificio se desprende claramente que respetó a los jebuseos, incluidos sus derechos de propiedad. A pesar de que Arauna el jebuseo, probablemente el anterior gobernante de la ciudad, se lo ofreciera libre de cargo, David insistió en pagar por él:

    "Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata". (II Samuel 24, 24)

Otros pasajes de los Libros de Samuel aclaran que David empleó a los jebuseos en su ejército y su administración; Urías el heteo es un ejemplo obvio. Algunos estudiosos han sugerido también que Zadok, el segundo Sumo Sacerdote de David, era un sacerdote jebuseo de Jerusalén, si bien la Biblia lo presenta como descendiente de Aarón, el hermano de Moisés; pero la opinión de los expertos se halla dividida con respecto a la autenticidad histórica de Moisés y Aarón. Muchos consideran la designación de dos Sumos Sacerdotes como un acto de equilibrio entre el norte y el sur. Si bien estuvieron unidas bajo los reinados de Saúl y David, ambas entidades mostraban ya entonces indicios de división y se separaron irrevocablemente después de la muerte de Salomón. Abiatar, único sobreviviente de los sacerdotes de Nob, era del norte; Zadok podría haber sido oriundo de Jerusalén o de más al sur.

Ya hemos señalado que las listas de territorios, oficiales y funcionarios son casi con certeza la parte más antigua y más histórica de los Libros de Samuel. Dos listas de los oficiales de David contienen nombres tales como Adoram, que se hallaba a cargo de los levitas, Seraías el escriba e Iehoshafat, el heraldo real. El Prof. Benjamín Mazar observó que estos tres nombres eran canaaneos y llegó a la conclusión de que David ciertamente dio empleo en su administración a oficiales canaaneos de las ciudades-estado que tomó. Esto confirma las pautas de comportamiento de David: hacía uso de los oficiales locales en Jerusalén y en todo el territorio de su nueva nación.

Algunas personas, tanto en Israel como en el exterior, perciben la celebración del 3.000 aniversario de la toma de Jerusalén por David como un indicio de la exclusividad del reclamo judío sobre la ciudad. Aunque, tal como se ha sostenido en este artículo, es probable que David haya conquistado la ciudad hace unos tres mil años y la haya convertido en su capital personal, nacional y religiosa, la evidencia bíblica recalca el hecho de que el gran monarca israelita halló la forma de compartir su capital con sus anteriores adversarios: los jebuseos continuaron viviendo en ella, sus derechos de propiedad fueron respetados y se les dio lugar en la administración de la ciudad.

Traducción: Orna Stoliar

 
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