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Revista de Artes y Letras de Israel - No. 99-100, 1995
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La situación de las artes en Israel en 1995: Teatro
Shosh Weitz
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El síndrome de Jerusalem de Yehoshua Sobol,
con Kefi Adir y Micha Morim
Gorodish de Hillel Mittelpunkt, con
Yigal Naor (izquierda) y Avi Kushnir
Los Miserables con
Dudu Fisher como Jean Valjean
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En el panorama del repertorio teatral israelí, dos son las obras que
se destacan este año: Gorodish, una pieza israelí de tono
social presentada por el Teatro Cameri, y P.D.: Tu gato ha muerto, una
comedia comercial traducida que se representa en el Teatro Nacional
Habimah. Gorodish se hizo acreedora a elogiosos comentarios por parte de la
crítica, tanto por su tema como por el nivel de puesta y
producción; el gato muerto fue descrito por los críticos con
calificativos tales como: una vergüenza, una ofensa al buen gusto y
un "agravio nacional". No obstante, ambas piezas han obtenido un resonante
éxito de taquilla y de público y son fieles exponentes del
dilema básico del teatro israelí a mediados de los
años '90, y con certeza también en la década por
venir: cómo retener al público ya existente, y
fundamentalmente, cómo atraer otro, nuevo y más joven, a las
salas de teatro.
En apariencia, la década del '90 ha sido pródiga con el
teatro israelí. En cada uno de los años transcurridos desde
1990, los diez teatros públicos del país han ofrecido cerca
de 140 piezas y vendido cerca de un millón y medio de billetes;
varias decenas más se han presentado en los festivales de teatro,
los teatros marginales y los teatros para niños y jóvenes. En
una encuesta realizada por la Oficina Central de Estadísticas en
1992 se comprobó que, en Israel, una persona de cada tres concurre
al teatro al menos una vez al año.
Sin embargo, a partir de 1970 el porcentaje de espectadores en el total de
población ha descendido en un 15%, caída aún
más perceptible entre los jóvenes con alto nivel de
educación: en 1970, un 64% de ellos solía ir al teatro varias
veces al año, mientras que en 1990, dicho porcentaje sólo
llegó a un 29%.
De ello se desprende que aunque el teatro sigue siendo un arte sumamente
popular en Israel, debe cuidar a su público y buscar nuevas
vías de acceso a los jóvenes, quienes ostensiblemente
prefieren otras formas de entretenimiento y expresión
artística.
Gorodish y P.D.: Tu gato ha muerto representan dos actitudes diferentes
ante el problema expuesto: la primera continúa con la
tradición del teatro social y comprometido, que expresa su postura
ante temas a la orden del día nacional; mientras que la segunda no
tiene intenciones ni pretensiones éticas o estéticas; su
única aspiración es la de ser un producto profesional y su
objetivo es el de atraer a la sala a un público joven y ávido
de entretenimiento.
El dilema entre un teatro social y comprometido y otro profesional
acompaña al mundo del teatro desde fines de la década del
'80, y en realidad desde sus orígenes. Desde sus primeros tiempos,
el teatro hebreo se consideró una institución
artístico social: en ciertas ocasiones, la dimensión
artística superaba a la social; en otras, las necesidades de tiempo
y lugar adquirían preeminencia sobre los parámetros
estéticos. En realidad, es posible que esta oscilación entre
lo social-trascendente y lo estético-profesional sea la
característica más notoria en la breve historia del teatro
hebreo. Durante los primeros años de vida del estado, la
función social predominó sobre la artística y los
teatros se focalizaron en la representación de piezas
israelíes que abordaban los problemas globales del joven
país. N. Gamzu, crítico de teatro del periódico
Haaretz, se refirió en aquel entonces a En las estepas del desierto
de Igal Mossinsohn afirmando que se trataba de una pieza defectuosa que en
el mejor de los casos podía ser considerada como un reportaje; no
obstante, la alabó por su trascendencia y señaló que
al caer el telón se había sentido tan hondamente identificado
con los personajes, que habría querido salir de la sala,
incorporarse a las filas de los combatientes y llorar sobre la tumba de su
protagonista Uri, caído en la lucha.
Los dramaturgos, que en su mayoría pertenecían a la
generación del Palmaj (Moshé Shamir, Janoj Bartov,
Aharón Megued, Igal Mossinsohn, Iehudit Hendel y otros),
ponían de manifiesto el consenso social. Las vertientes
socio-políticas extremas fueron en algunas ocasiones prohibidas por
la censura y generalmente se representaron en los teatros marginales que
prosperaron desde comienzos de los años '50 hasta fines de los '60,
pero en la práctica, aun en los márgenes se preservó
generalmente el consenso, y la rebelión se puso fundamentalmente de
manifiesto por medio de la adopción de nuevas formas de
expresión, tales como el teatro del absurdo, que florecían en
ese entonces en Europa y los EE.UU.
La estrecha relación entre el teatro y la sociedad constituye la
clave del éxito del teatro a ojos del público israelí,
que siempre quiso -y aún sigue queriendo- verse a sí mismo y
a sus propios problemas sobre las tablas. La audiencia también se
muestra dispuesta a que el teatro la subleve, pero con cautela; o, en otras
palabras, que despierte polémicas y exprese críticas, pero
que no exceda los límites del consenso. Por tal razón, el
teatro ha reflejado fielmente los cambios producidos en la sociedad
israelí desde sus inicios, así como también la ruptura
del consenso nacional que comenzó con la Guerra de los Seis
Días y la ocupación de los territorios. La línea de
fractura fue expuesta por la aguda sátira de Janoch Levín La
reina de la bañera, presentada por el Teatro Cámeri y
retirada de escena por la violenta presión del público, a
raíz de la cual la comisión directiva del teatro
decidió no actuar en contra de la voluntad de los espectadores, o
tal como lo señalara la actriz Orna Porat: "Apreciamos la libertad
de expresión, pero apreciamos aún más a nuestro
público".
El Teatro Cámeri, que en ese tiempo pasó a ser el Teatro
Municipal de Tel Aviv, mantuvo esta línea de pensamiento desde
entonces hasta hoy en día. Lo mismo sucedió con el Teatro
Habimah. El que tensionó al máximo los límites del
consenso nacional fue el Teatro de Haifa, que en los años '70 y '80
presentó numerosas piezas hebreas originales que desafiaban
abiertamente los lineamientos del gobierno, tanto a nivel político
como social. Muchas de ellas eran obras documentales o semidocumentales de
escaso valor artístico pero expresaban posturas ideológicas
y, en más de una ocasión, despertaron airados debates
públicos, a raíz de los cuales se ejerció
presión política o económica sobre el teatro.
El período de Haifa fue una época de florecimiento tanto para
el teatro como para una nueva y joven generación de autores que son
hoy en día los dramaturgos israelíes más destacados:
Janoj Levín, Iehoshúa Sobol, Hilel Mittelpunkt y otros. Fue
también una época en la que el teatro se convirtió en
vocero de un público joven que se identificaba con el ataque a los
valores de los padres fundadores y se rebelaba contra la necesidad de pagar
el precio de las guerras con su propia vida. Con la perspectiva actual,
puede decirse que la rebelión de Haifa, por más osada que
haya parecido en su momento, tendió tal vez al máximo los
límites del consenso pero no los excedió, pues al igual que
en épocas anteriores, tanto sus autores como sus directores
pertenecían a la corriente de centro y centro-izquierda que
veía al teatro como a un niño travieso y exasperante, pero no
como a un enemigo o una amenaza.
Todo cambió hacia fines de los años '70 a raíz del
vuelco social de 1978 y el ascenso al poder del Likud, que gradualmente
fueron modificando el aspecto de la sociedad y los límites del
consenso nacional. El cambio político se puso de manifiesto en la
creciente presión sobre el teatro, que culminó a fines de los
años '80 con la clausura del escenario árabe del Teatro de
Haifa. Obras particularmente virulentas como Efraim regresa al
ejército, de Itzjak Laor -que establecía una analogía
entre la ocupación de los territorios de la Franja de Gaza y la
Margen Occidental y el Holocausto- fueron rechazadas por el teatro, y la
línea de fractura se puso de relieve en 1988 con la baja de cartel
de El síndrome de Jerusalem de Iehoshúa Sobol, que
provocó la renuncia de los directores del teatro.
El retiro de El síndrome de Jerusalem, irónicamente ocurrido
durante la celebración de la "Semana del teatro hebreo original",
constituye tan sólo un aspecto de los cambios producidos en el
teatro desde entonces. La otra faceta está representada por el
síndrome de Los miserables, estrenada en 1988 por el Teatro
Cámeri, que dio comienzo a la era del teatro "profesional". Esta
famosa comedia musical que alcanzó un gran éxito de
público, suscitó gran asombro tanto por los logros
profesionales del teatro como por la riqueza de los medios de
producción. Una buena parte de los críticos la admiraron y
elogiaron la importancia de un teatro bien realizado y rico en recursos. El
público de Los miserables provenía de todos los estratos
sociales, incluidos aquéllos que generalmente no suelen asistir a
las representaciones. Durante tres años los teatros compitieron
entre sí con grandes producciones, la más populista de las
cuales fue Salaj Shabati de Efraim Kishón, en el Teatro Nacional
Habimah. Metafóricamente, puede decirse que en 1987-8 el
péndulo del teatro israelí osciló del polo social al
polo artístico, o para ser más precisos, al polo
profesional.
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Yosef Carmon en Fleischer, de Yigal
Even-Or
Scheindele de Amnon Levy y Rami Baruch,
con Orna Porat (derecha) y Na'ama Shapira
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Los primeros años de la década del '90 fueron tiempos de
prosperidad burguesa; el repertorio se construía sobre la
hipótesis de que el público deseaba obras bien realizadas y
fáciles de digerir, pero "respetables". Un ejemplo de este tenor se
da en la ola de representaciones de obras de Arthur Miller y Tennessee
Williams que caracterizó a los años 1990-2. Se trata de obras
realistas, que fueron innovadoras en su momento y que hoy en día son
accesibles para el público, sencillas de asimilar y se consideran
"clásicas". El movimiento pendular también dejó su
impronta sobre la dramaturgia israelí. En 1990, Oded Kotler -que en
1970 inaugurara la rebelión de Haifa- señaló que la
era del teatro de inmediatez política había concluido; hoy en
día sólo se deben representar piezas hebreas originales si
están bien escritas. Una expresión aún más
extrema de esta posición es la de Gary Bilu, hasta hace poco
director artístico del Habimah, quien declarara a mediados de 1994
que el teatro hebreo era "retrasado", y que una pieza debe ser llevada a
escena sólo por consideraciones de tipo profesional, es decir, por
la capacidad de su autor, independientemente del tema o el grado de
profundidad del texto. El teatro israelí de principios de los
años '90 concuerda con la teoría expuesta por Susan Bennett
en Theatre Audiences (Nueva York, 1992), quien describe al teatro
burgués occidental como una institución cuyo repertorio
está destinado a un público de "clase media y mediana
edad".
Este fenómeno se pone de manifiesto no sólo en el repertorio,
sino también en la naturaleza del público, las vías de
comercialización y los autores. La mayor parte de los espectadores
llegan a la sala por medio de abonos o de las asociaciones gremiales que
desean brindar a los trabajadores un esparcimiento "cultural". Los
jóvenes dramaturgos de los años '70 se hallan hoy en
día en su mejor momento y aún no ha surgido una
generación alternativa y trascendente del mismo nivel. A
consecuencia de ello, el público joven no se interesa por el teatro
y prefiere los espectáculos de comedia unipersonal que comenzaron a
florecer a principios de los años '90, que hoy en día han
sido legitimados y gozan de sus propios espacios en la prensa y la
televisión.
En apariencia, se trata de un panorama nada alentador. El teatro
israelí ha perdido su singularidad y se ve sumido en un proceso de
envejecimiento y fosilización paralelo al que afecta al teatro de
Occidente en general. No obstante, en los dos últimos años
-desde el cambio de gobierno y el ascenso al poder del centro-izquierda- el
péndulo ha comenzado a desplazarse cautelosamente en
dirección al polo social nacional. En el lapso mencionado, el Teatro
Cámeri ha puesto en escena con notorio éxito una larga e
impresionante lista de piezas hebreas originales. Oded Kotler, que en 1990
declarara la muerte del teatro documental, dirigió una pieza
documental acerca de un caso de violación que conmocionara a la
sociedad; la obra, Juegos en el patio trasero, se representa actualmente
con gran éxito por tercera temporada consecutiva. Incluso el Habimah
ha montado una pieza israelí de tono político, acerbamente
criticada por el nivel profesional del texto y la puesta en escena, pero
sumamente elogiada por el tratamiento del tema y el problema.
En 1994, el Centro de Información e Investigaciones del Consejo
Público de Arte y Cultura dio a conocer la lista de las diez piezas
más exitosas del año; nueve de ellas eran obras de autores
israelíes que abordaban temas sociales y políticos, como
Gorodish, que versa sobre el culto a los héroes de la Guerra de los
Seis Días.
Esta obra de Hilel Mittelpunkt ejemplifica la continuidad y los cambios
producidos en la dramaturgia israelí de mediados de la década
del '90. La obra presenta a un israelí y su vida, es decir,
desarrolla el aspecto socio-político, pero no renuncia a la
dimensión estética. Está bien escrita,
maravillosamente dirigida y representada sobre un escenario grande y rico
en recursos de producción. Gorodish despliega la historia de un
héroe de la Guerra de los Seis Días que fracasara y cayera en
desgracia en la Guerra de Yom Kipur. La obra intenta destruir el mito del
héroe machista, pero al mismo tiempo evoca los recuerdos del
período heroico de Israel. Por ello agrada tanto al público
maduro, que acude al teatro para mirar atrás con nostalgia y
añoranza por los días de gloria y esplendor, como a los
jóvenes, que la consideran un reflejo de su vida militar. En otras
palabras, constituye un modelo sofisticado de la combinación que ha
tenido éxito a lo largo de la historia del teatro israelí: es
muy accesible en lo que se refiere al desciframiento de las claves
teatrales y expone la crítica social dentro de los límites
permitidos.
Casi todas las obras de éxito en 1994 comparten
características similares: la crítica que emiten se mantiene
dentro de lo permitido y aceptado. Los reparos ante la religiosidad extrema
(Fleischer y Shéindele) o las corrupciones de poca monta (El
inspector general) son de fácil comprensión y brindan al
público la sensación de que se ve a sí mismo y a su
propia vida sobre las tablas. El teatro israelí ha recorrido un
largo camino desde En las estepas del desierto de 1947 hasta Gorodish, pero
parecería regresar al seno del consenso y al meollo del
establishment social. La buena acogida al drama social israelí
vuelve a demostrar que la fórmula del éxito consiste en la
pertinencia, la accesibilidad y -hoy en día- el nivel profesional.
Esta combinación fue siempre la clave del éxito del teatro
israelí, y cabe suponer que también habrá de serlo en
el año 2000. Pero, a fin de que el teatro se mantenga y no muera
junto con el público de mediana edad, debe abrir vías de
comunicación con la joven generación.
En el comienzo de esta nota expuse la postura "profesional" por medio de
P.D.: Tu gato ha muerto, elegida no por su nivel y calidad sino porque su
lenguaje y estilo apuntan a un público joven, y los jóvenes
realmente llenan la sala. El teatro nacional parecería haber hallado
el camino adecuado para la renovación del público; pero a mi
entender, el precio es demasiado alto. Cuando el teatro renuncia a la
calidad y al nivel artístico, pierde su razón de ser como
institución influyente a nivel público y social. Es
más: los jóvenes asisten a representaciones de calidad que lo
atraen gracias a los temas de actualidad o a las formas de expresión
novedosas. He señalado que Gorodish atrae a muchos jóvenes;
de un éxito no menor gozan las novedosas versiones de Shakespeare
presentadas en los últimos años por el grupo Itim y dirigidas
por Rina Yerushalmi. Las versiones de Hamlet y Romeo y Julieta de Itim no
son divertidas ni fáciles de asimilar, pero el estilo moderno y las
claves que el público debe activar están tomados del caudal
de imágenes del mundo moderno y finisecular.
En mi opinión, éste es el rumbo que se seguirá en el
próximo siglo. Si bien resulta difícil arriesgar una
profecía, considero que las cualidades que caracterizaran al teatro
israelí en sus mejores años seguirán siendo
válidas. Creo que también en el tercer milenio los
israelíes habrán de desear un teatro vivo, íntimamente
vinculado con la sociedad y sensible a sus problemas. También
querrán un teatro que renueve constantemente sus formas, que
preserve un alto nivel artístico y profesional y, fundamentalmente,
que no cese de buscar la senda adecuada, que no siempre es la más
fácil.
Traducción: Orna Stoliar
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