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MFAES     1990_1999     1999     Jun     A B Yehosha - La Literatura de la Generacin del

A B Yehoshתa - La Literatura de la Generaciףn del Estado

6 jun 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1998/107-8
 EDITORIAL | AMIJAI | POESIA | RABIN | PAISAJE | INDEPENDENCIA | LIT.  HEBREA | BANDERA | ESCULT. | SHAMIR | MADABA | GURI | COLLAGE |  AGNON | 50 AÑOS | APPELFELD | BETZALEL | NASSER | MODA | CREDITOS |
 
  La Literatura de la Generación del Estado

A. B. Yehoshúa

Aunque enseño en una universidad, no soy investigador. Me considero razonable intérprete de textos literarios, mas no como quien posee vastos y autorizados conocimientos que me permitan hacer grandes evaluaciones panorámicas de corrientes literarias o identificar y caracterizar generaciones literarias. Por lo tanto, al tratar de conferirle tarjeta de identidad a la generación fundadora del Estado, lo haré sólo con responsabilidad de escritor, miembro de esa misma generación, y no con la del erudito investigador.

Con todo, no es mi intención tan sólo prestar testimonio personal, sino también tratar de extraer de la fuente de las obras de mis congéneres algunas características generales. Creo que, a pesar de todas las reservaciones, hay algo real en la clasificación generacional, no sólo en la literatura y en las artes, sino también en la política y en la vida en general. Y aunque la creación artística brota de las profundidades del alma del individuo, de su experiencia personal y de la estructura de su personalidad, siempre está conectada con el espíritu de su tiempo y sus vivencias, de las cuales se nutre en gran medida, y se halla constantemente inmersa en relaciones recíprocas con las obras creadas por sus coetáneos.

Se trata, pues, de una generación que actúa ya cerca de cuarenta años a la par de, por lo menos, otras tres. Mi primer cuento lo publiqué en la revista Masá hace más de cuarenta años, en 1957, y recuerdo a Aharón Apelfeld leyendo ese mismo año sus cuentos Humo y Berta ante un círculo literario estudiantil. Amós Oz me enseñó su primer cuento uno o dos años después, y en la revista Késhet hallamos un hermoso cuento de un joven llamado Avi Otniel. Cuando le pregunté al editor, Aharón Amir, quién era, me refirió que se trataba de Yehoshúa Kenaz, que residía entonces en París, desde donde le había enviado el cuento. Recuerdo haber ido en aquellos años a la sede del Estado Mayor General en Tel Aviv para encontrarme con un mayor llamado Itzjak Orpaz, que quería conversar conmigo acerca del relato que estaba escribiendo y de mi obra El viaje vespertino de Yatir. Yoram Kaniuk acababa de volver al país y el crítico Dan Merón escribió entonces una entusiasta reseña de su novela en inglés El que desciende a las alturas, previniéndonos a todos de que nos hallábamos realmente ante la verdadera res. En la biblioteca de la Universidad Hebrea de Jerusalén, me presentó Apelfeld con emoción a Amalia Cahana-Carmón, y ambos la felicitamos de todo corazón por su maravilloso cuento Si tan sólo hallare gracia que apareció entonces en la revista Amot. A estos nombres se pueden añadir, por supuesto, los de Itzjak ben Ner y Dan Tzelke, el del finado Yaacov Shabtái, quien comenzó a escribir algunos años después, y hasta me permitiré el descaro de anexar a nuestra generación a Yoel Hofman, que tiene nuestra misma edad y no se halla tan lejos de nosotros como parece, aunque comenzó a publicar mucho tiempo después.

Juntos, pues, comenzamos, y cada cual atravesó sus propios procesos de evolución. Nos acompañaban varios críticos universitarios cuya opinión era muy importante, al menos para mí. Esto era todavía en los días en que sentíamos profundo respeto por los miembros de la academia y les atribuíamos extrema autoridad espiritual, antes de la era de la inflación y banalidad académicas. (A guisa de ilustración concreta: a fines de la década de los cincuenta, contábamos en el país con más de un millón y medio de almas, en tanto que la población estudiantil sumaba apenas seis mil. Desde entonces, en tanto que la población se ha casi cuadruplicado, los estudiantes se han multiplicado por casi por veinte).

Si se me pidiera ponerle título a la tarjeta de identidad de la Generación del Estado, resumirla en una sola frase, diría: Significado de la israelidad como judaísmo íntegro. Y si tuviera que examinar, por ejemplo, el desarrollo de mi propia obra, a partir del cuento agnonesco claramente surrealista La muerte del viejo, que apareció en 1957, hasta la última novela que publiqué cuarenta años más tarde, El viaje al fin del milenio, siento que, a pesar de la rareza del punto de partida y del punto final (temporal, espero), todavía puede verse el camino entre ambas creaciones como transición orgánica. Es cierto que era difícil suponer que la escritura sonambulesca, abstracta, divorciada del tiempo y del espacio, de La muerte del viejo se convertiría con el paso del tiempo en la densa escritura mimética sobre la existencia judía palmar en plena Edad Media, fuera de todo contexto Eretz-Israelí. Pero me parece que, si se examina bien el punto de partida, se ve que la transición no fue imprevista.

En el cuento La muerte del viejo, la señora Ashtor, quien representa las fuerzas vitales, naturales y seguras de sí mismas del país, entierra al viejo inquilino sin edad, quien representa, si así se quiere, el judaísmo acusado de existencia inerte, insípida y sin objeto. Pero el cansado narrador que colabora con la agresiva y carismática señora, se da cuenta, si bien a posteriori, sólo después del entierro, de que precipitar la muerte por medio del entierro en vida es peligroso y de que esta extraña señora Ashtor, de cuyo carisma se halla preso, acabará tarde o temprano por eliminarlo a él también. Por consiguiente, durante aquellos años en que labramos tan celosamente, junto con otros, la identidad israelí, no sólo no vimos contradicción alguna entre ésta y el judaísmo, o la cultura judía, sino que la concebimos deglutiendo e incorporando al judaísmo, pero también asumiendo responsabilidad por cada individuo. Sobre este punto he insistido y lo he subrayado incesantemente una y otra vez en mil disertaciones y decenas de artículos: la israelidad como identidad (y no como ciudadanía, en la que participa una minoría nacional palestina) es el judaísmo íntegro.

La Generación del Estado (término que mucho me place y alegra saberme incluido en él) ayudó, primero con poesía y más tarde con prosa, teatro y quizás también cine, a formar y consolidar la identidad israelí. Quiero asentar aquí algunos de los cimientos característicos en que se basa esta aserción, de los elementos que nos ayudaron a extraer la esencia de nuestra identidad generacional, no sólo en sí misma, sino también a diferenciarla claramente de las generaciones contiguas, la generación de la guerra de independencia que nos precedió, y las dos generaciones que nos siguieron, cuya función y finalidad era también la de diferenciarse de nosotros e incluso, quizás, la de combatirnos, para definir mejor su propia identidad, tal como hicimos nosotros para distinguirnos de la generación de la guerra de independencia. Me refiero aquí a la generación de los años 80 y a la de los años 90, sobre parte de cuyas características hemos leído en el excelente libro de Gadi Taub, La Rebelión Abatida. Trataré, pues, de enumerar siete puntos.

Primero: Somos la generación que interiorizó claramente la transición de Eretz Israel a Israel, lo cual tuvo profunda significación, ya que nos infundió clara conciencia de fronteras y la seguridad que confiere el conocimiento de fronteras. El hecho de que, hasta el día de hoy, somos hijos de una generación destacada, casi podría decir singular, en los últimos dos mil años de la historia del pueblo de Israel, que tuvo al madurar clara conciencia de cuáles eran las fronteras físicas del Estado de Israel, y de qué se hallaba bajo su jurisdicción y responsabilidad, y qué no, nos ayudó en gran medida a plasmar nuestra identidad como generación separada.

Una de las ilustraciones más claras de la capacidad de tratamiento literario que me proporcionó el conocimiento de esas fronteras fue, en mi opinión, la posibilidad de ocuparme de la imagen del árabe israelí. Recuerdo, por ejemplo, cómo aún en mis años mozos, a principios de la década de los cincuenta, solía visitar las aldeas de la Galilea con mi padre, quien era en aquellos días director del departamento de asuntos musulmanes y drusos del Ministerio de Asuntos Religiosos. Ya entonces comprendí perfectamente el sentido de pertenencia de esos árabes a un marco común con nosotros, y el de nuestra responsabilidad por ellos. Esta percepción me permitió, veinte años después, tratar de adentrarme en el alma de personajes árabes como la de Naim, en El Amante, y entretejerla naturalmente en la trama de la novela y el cuento. A pesar de toda su diferencia, tanto nacional como religiosa, y a pesar de su hostilidad y resentimiento, eran nuestros. Y las claras fronteras territoriales fueron las que determinaron, en mi opinión, su pertenencia a la identidad israelí.

Esas fronteras le proporcionaron seguridad al individuo, y una de las cosas que caracterizan a nuestra generación es la liberación adicional de relaciones y lazos con la colectividad. Como si las fronteras territoriales claras hubiesen fortalecido y consolidado también las fronteras del individuo. Por una parte, los acontecimientos en aquellos años ya no eran, relativamente, tan tempestuosos y peligrosos que obligasen a vivirlos todo el tiempo a través de la colectividad (véase S. Izhar, Los días de Ziklag, donde fluye una verdadera corriente de conciencia colectiva); por la otra, el personaje individual podía apartarse mucho más de la norma sin ponerse en peligro o poner en peligro su marco de operación. Para nosotros, el estado era ya un hecho consumado, irrevocable, a diferencia de lo que hallamos en la obra de S. Izhar, o en la de M. Shamir, o en la de A. Mégued, e incluso en el pensamiento del Profesor Yeshayahu Leibowitz, quien nunca dejó de hablar del estado como instrumento de gobierno y poder, pero no se refirió a la esencia de la vida en común en cuyo seno, y sólo en él, es verdaderamente posible hacer tanto el bien como el mal.

Paso de aquí a considerar el segundo punto: Nos animaba una actitud no sólo positiva sino también realista hacia la vivencia estatal, sin el romanticismo que acompañó a la generación previa, la generación de la guerra de independencia, que abrazaba ya la retórica de la desilusión que hallamos en Jedva y yo, de Aharón Mégued, y hasta en los largos monólogos de los muchachos en Los días de Ziclag, o en Las cuentas y el alma de Janoj Bartov, en la que el héroe se va a París a llorar por el estado recién creado, en El faro de Mati Mégued y en muchas otras obras.

Nosotros no pusimos demasiadas esperanzas en el estado porque no lo parimos y, por ende, tampoco podíamos decepcionarnos tanto de él. Asimismo, podíamos criticar la vida del estado sin temor a que nuestra crítica lo fuese a echar por tierra. En los libros de Amós Oz, por ejemplo, la crítica del kibutz era mucho más interior y humana que ideológica y sionista, como lo fue entre los escritores de la generación anterior - pongamos por caso a Natán Shajam. Yo podía escribir un cuento intitulado El último comandante, en el que un grupo de soldados de la reserva presta su servicio pasándolo en una especie de letargo ocioso. Pero todo se basaba en una fe profunda en que no sólo que la guerra de la independencia fue una guerra justa (esa es mi convicción hasta el día de hoy) sino que, de hecho, el estado había acabado sus guerras y se podía sumergirse en un sueño pasivo en lugar de correr por las colinas. Así nos liberamos, en cierta medida, de la gravedad de la mirada de la colectividad íntima, pero a la vez, todopoderosa, que nos precedió. Hallamos nuestra singularidad, que es tan importante en la formación del estilo personal del escritor, pero era una singularidad atada, no volante. Era soledad, comparada con la fuerte colectividad anterior que sentíamos que iluminaba como antorcha encendida la década de los años cuarenta. No obstante y a fin de cuentas, nuestra actitud hacia esa colectividad fue más bien respetuosa, a pesar de que nos desprendimos de ella. El concepto de la responsabilidad no nos abandonó.

Esta unicidad contrabalanceó lo político e ideológico que se fue opacando durante los años cincuenta y los primeros años de la década de los sesenta. Pero cuando sobrevino la Guerra de los Seis Días, con todo el peso de las cuestiones ideológicas y políticas que despertó, nuestra generación --que por la mayor parte llevaba ya una década entera de escribir estaba en condiciones de asimilar la reaparición de lo político-ideológico dentro de la persona literaria formada ya a su modo. Con respecto a ello, no habíamos evolucionado como la generación precedente que comenzó su camino llevando a cuestas el peso de las cuestiones ideológicas. Ni tampoco vinimos, como las generaciones que nos siguieron, a nacer en el seno de una realidad política de conquista, realidad ardiente, muy dada a los grandes titulares, sumamente exigente, apremiante, pero también fatigosa, de fácil y compresible expresión, a veces unidimensional y, por consiguiente, tal, que infunde prisa por escaparse de ella. La dimensión político-ideológica inspiró en cierta etapa nueva vida a la escritura, sin apresurarse a cansarla, porque todavía quedaba una firme base de solidaridad.

Por otra parte, y éste es el tercer punto, la transición de la eretz-israelidad a la israelidad eliminó la opción canaanea romántica que, en cierto modo, burbujeaba en las generaciones anteriores. Las grandes olas de inmigración que inundaron el país, aunque estuvieran por encima de nuestro alcance literario, probaron clara y decisivamente que ni nosotros, ni nuestros antepasados, nacimos del mar, o de los campos de Filistea, y que detrás de la pronunciación hebrea asumida por Yonatán Ratosh y Aharón Amir se hallaban sus padres judíos de la Europa oriental quienes, esencialmente, no eran diferentes de los Danino o los Güeta que vinieron de Marruecos o de Libia y cuyas guturales jet y áin eran más naturales. El canaanismo es un excelente condimento para reavivar y agudizar el sabor del sionismo, pero sólo si se espolvorea una pulgarada en el manjar. La remoción de la opción canaanea nos permitió relacionarnos con el judaísmo con mayor madurez, con menos saña y menos hipocresía y, en mi opinión, contribuyó en gran medida a su asimilación en la identidad israelí.

Esto me lleva al cuarto punto: la actitud frente a la religión y los religiosos. En las décadas de los cincuenta y sesenta no llenaba nuestra atmósfera la intensa y dura hostilidad a la religión y los religiosos que hallamos en la generación o generaciones que nos siguieron. Tampoco encontramos la ignorancia absoluta de los elementos religiosos que asume en sus escritos la generación de la guerra de independencia. Véase, por ejemplo, el profundo desentendimiento del tema que reina en Los días de Ziclag que, sin embargo, es el documento interior y sociológico más instructivo del espíritu de la generación de la guerra de independencia. Esto nos permitió a muchos de nosotros integrar limitada, pero tangiblemente, en nuestros escritos los elementos religiosos que son tan centrales tanto para nuestro pueblo como para nuestra cultura, en forma más enriquecedora. Recordemos, por ejemplo, los cuentos de Amalia Cahana-Carmón Neíma Sasón escribe versos, o, Si tan sólo hallare gracia. Podíamos describir aquí y allí gente religiosa y ritos, variar y enriquecer así la trama de la narración, quizás aun profundizarla. Me vienen a la mente los cuentos de Orpaz, La calle de la Tomozhena y otros, y por supuesto, la fuerza que adquieren los religiosos en las últimas novelas de Aharón Apelfeld. También en mis novelas El señor Mani y El viaje al fin del milenio pude adentrarme sin dificultad, en mi calidad de hombre secular y agnóstico, en las almas y el mundo espiritual de rabinos y judíos religiosos y presentarlos en forma legítima en el frontispicio de la historia, sin meterme de inmediato en el tedioso conflicto en pro o en contra de la religión. Es cierto que la actitud que prevalecía en nuestro período, y que más tarde se reveló como equivocada y precipitada, suponía que la secularidad o el nacionalismo secular habían infligido una derrota aplastante a los religiosos y a la religión y, por lo tanto, se podía incorporar en la identidad una pizca de elementos religiosos extraños, algunos como componentes y otros como alienados, para enriquecer el amasijo de la narración. (De paso, véase con qué naturalidad introduce Brener en sus novelas personas religiosas verdaderas. Yehoshúa Kenaz me refirió que su madre, de por sí hija de rabino, le había dicho cuando era niño: "Todos esos religiosos que ves a tu alrededor, dentro de algunos años ya no lo serán". Así pensábamos todos. Entretanto, no desaparecen ni con mucho, aunque las aterradas descripciones de muchos de mis amigos en lo que atañe a la fuerza creciente de los religiosos --la fuerza demencia, no la demográfica- me parecen muy exageradas).

De todos modos, en los años cincuenta y sesenta los veíamos como mundo declinante, en vías de desaparición y, por consiguiente, menos amenazante; su absorción en nuestra israelidad parecía más posible. Aquellos fueron también los memorables, buenos días, del Ido y Einam de Agnón, los días de la Cábala y el misticismo judíos. A través de las obras de Agnón, Scholem y Tishbi percibimos que había ahí tesoros que podían sazonar perfectamente nuestros banquetes literarios.

Pasemos al quinto punto: nuestra sensación de continuidad en relación con la Literatura Hebrea. Esa sensación caracterizó, por supuesto, también a la generación de la guerra de independencia que nos precedió. Pero, en contraste, ya que muchos de sus miembros (tales como M. Mégued, J. Bartov, S. Izhar y J. Guri) llegaron tarde a los estudios académicos, si es que llegaron, no sólo que la mayoría de los escritores y poetas de nuestra generación recibió educación universitaria regular y a la edad normal, sino que muchos de nosotros estudiamos en la Facultad de Literatura Hebrea y llegamos a conocerla, en todas sus épocas, por medio del aprendizaje sistemático. Y nos examinamos en la materia.

La sensación de continuidad y obligación con la literatura hebrea nos permitió, en nuestra generación, una relación más integrativa con el pasado judío al mismo tiempo que celebrábamos la clara identidad israelí, sin contradicción alguna. Subrayo este punto, porque tengo la sensación de que en la generación de la década de los noventa, en especial, ha cesado aparentemente del todo el diálogo con la larga cadena genealógica de la literatura hebrea. Quizás tenga esto conexión con la percepción postmodernista de fragmentación y ruptura, o con cierta náusea política del judaísmo y la judeidad que caracteriza actualmente a muchos de los escritores "nórdicos". En todo caso, para mí es claro que sin diálogo de esta naturaleza, que se mantiene en toda literatura con mayor o menor intensidad, es difícil impartir estabilidad a la escritura literaria. A fin de cuentas, qué es Agnón sin Méndele o incluso sin Brener, qué es Izhar sin Gnesin, qué es Oz sin Berdichevsky, y qué somos Apelfeld o yo sin Agnón?

De aquí a un punto adicional, el sexto: la experiencia del mundo moderno que nos rodea. La experiencia de la literatura universal contemporánea que nos nutrió en los años cincuenta y sesenta incluyó, quizás por primera vez en forma legítima, literatura judía que se autoidentificaba como judía y obtuvo reconocimiento en los centros culturales del mundo. Me refiero en especial a la impresionante aparición de la literatura judeoamericana en el escenario de la literatura universal. La literatura judía en inglés o francés, los idiomas importantes de la cultura mundial, no fue sólo de judíos o judíos a medias tales como Kafka, Joseph Roth, Jakob Wassermann o Marcel Proust, sino literatura de judíos y sobre judíos. Saul Bellow, Bernard

Malamud, Philip Roth, Philip Henry, e incluso Patrick Modiano, eran importantes para el mundo literario internacional. Encima de conferirnos legitimación, dieron honor a nuestra judeidad como componente de nuestra israelidad.

Pero en mi opinión, el séptimo y último punto, que es el más importante, al menos para mí y para algunos de mis colegas, es el que le proporcionó a la obra literaria de la Generación del Estado cierta vitalidad especial que le adjudicó un lugar tan destacado y central en los últimos cincuenta años entre todas las generaciones literarias, hasta tal punto, que incluso los críticos aficionados a la introducción de

incesantes cambios en el mapa literario para presentarlo como campo de batalla, o por lo menos como tempestuoso campo de fútbol, en el que se destituye a tales o cuales escritores para coronar a otros nuevos en su lugar, todavía se ven obligados a mover y trocar, o a deponer y entronizar, dentro del marco del mismo grupo de escritores: el de la Generación del Estado.

Qué hizo a esta generación tan dominante en la literatura israelí, no sólo desde el punto de vista puramente literario, o el de la investigación literaria, sino también desde la perspectiva de la rica interrelación con los lectores? Pienso que, desde el principio, éramos dueños de cierto equilibrio interesante entre lo manifiesto y lo oculto. Hablo de las cajas secretas y dobles que teníamos dentro, que se fueron abriendo en el curso de los años de creación, y por cuya causa se convirtió la obra de Agnón en fuente de inspiración tan pródiga en connotaciones y sentidos equívocos para nosotros. Porque Agnón es el artista magistral de las cajas dobles y ocultas.

La generación que nos precedió escribía abiertamente, en forma manifiesta. Leemos páginas enteras de S. Izhar, o de Con sus propias manos de M. Shamir, sin necesidad de buscar lo que se oculta tras ellas. Son patentes, con todo y su fuerza e importancia. Tratan de transmitir directa e intensamente la realidad desnuda y creen en ella. En nuestro seno se escondían cajas secretas, de las que tal vez no teníamos conciencia a priori, pero por ellas, la realidad descrita se hizo doble, de dos caras, como si estuviera diciendo algo, y algo más, que al principio ni para nosotros era claro. Generalmente era una caja autobiográfica escondida por diversas razones que, lentamente, se iba revelando. El Hollocausto y la Diáspora en la obra de Orpaz, que irrumpieron más tarde de la manera más provocativa, cuando le agregó a su apellido hebreo su apellido judío anterior: Averbuj-Orpaz. Todo el mundo judío de la preguerra en la obra de Apelfeld, que comenzaba a dominar el mundo israelí de los sobrevivientes del Holocausto, y fue el tema que abordó cuando comenzó a escribir. Mi propio mundo sefardí que comenzó a aflorar como cuestión de amalgama de norte y sur, de sutura de occidente y oriente. El triste revisionismo a la sombra de la madre en las novelas de Amós Oz de los años cincuenta. El profundo antagonismo a la generación de la guerra de independencia que hizo erupción en la obra de Amalia Cahana-Carmón. El "rigor puntilloso" de los judíos de origen alemán que aparece, alienado y semigentil, en los escritos de Natán Zaj y Yoel Hofman.

Estos eran elementos poderosos que, al principio, se encubrieron por el vehemente deseo de aclimatación y adaptación a las claves del corazón de la sociedad israelí. Tan distintos de lo principesco y resplandeciente que irradian Izhar y su generación. Pero su infiltración como encubridores y reveladores en el texto acrecentó su complejidad y le confirió riqueza y singularidad.

Nuestra generación, la del estado, comienza en su gran mayoría a moverse hacia el séptimo decenio de su vida, y de no cumplirse la amenaza que he leído en algún periódico, de que se nos alargará hasta los 140 años de edad, ya nos hallamos, pues, en el último trimestre de la nuestra. A veces me identifico con la sensación de las generaciones más jóvenes de que, en verdad, ya ocupamos de sobra el escenario y de que, tal vez, ha llegado la hora de hacernos salir, o al menos, de alejarnos del centro. No sé si podremos apresurarnos realmente a cumplir su deseo recóndito. A veces el estado, con cuyo nombre nos han llamado, nos enerva muchísimo, pero todavía no estamos tan aburridos como para dejar que otros hagan nuestra tarea.

Traducción: Esther Solay-Levy

 
 
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