(Fragmento de novela)
I
Mi nombre es Manfred, y vivo en una pensión en Jerusalén. No esperen grandes cosas de mí. Soy un comerciante al viejo estilo, y como todo comerciante, soy también un jugador. No se preocupen, no arriesgo toda la caja. He dividido mis bienes como se acostumbra entre nosotros: una cuarta parte en bienes inmuebles, otro cuarto en acciones y el resto queda conmigo. Me gusta sentir el dinero sobre mi cuerpo. Los billetes y las joyas en el forro de mi abrigo me tranquilizan, y hago mis comidas en calma.
Las comidas en la pensión no son siempre apacibles, especialmente en los últimos meses. Prefiero despertarme temprano y ser el primero. A las seis y media no hay nadie en el comedor. Jana tiende un mantel sobre mi mesa y me sirve una bandeja con el desayuno. Jana es una mujer buena y devota, no mezquina una segunda porción. A esa hora mis pensamientos son sensatos, como sin apuro y al terminar enciendo un cigarrillo. Un cigarrillo después de comer nos brinda la entrada a un mundo mejor. En el invierno me quedo en el comedor hasta las siete y media. A esa hora los otros pensionistas invaden la sala por todas las puertas y ponen fin a mi reposo. Huyo con el alma en un hilo.
A las ocho ya estoy en la calle. A esa hora, al final del verano, la calle está húmeda y llena de olores nocturnos. La mañana sería más diáfana sin los pocos inquietos que transitan por la calle. Esas gentes siempre me provocan pensamientos melancólicos. Un pensamiento melancólico, lo he notado, no se extirpa fácilemente.
A veces, tras el desayuno, me permito volver a la cama y dormitar. Una hora o dos de sueño ligero calman mis temores. Una vez por semana me quedo en la cama hasta el mediodía. Cuando salgo a la calle a mediodía, me parece que todo el mundo me está siguiendo. Esos son temores fútiles, pero qué puedo hacer, también ellos tienen poder sobre mí. Cuando los temores o como se llamen me abruman, vuelvo a la pensión. Todos llegan a tiempo para el almuerzo, y las mesas están llenas de ruido. Hay horas, debo reconocerlo, en que ese barullo familiar me resulta agradable, me envuelve en un antiguo calor. Exactamente a las dos nos hacen salir del comedor. A veces, en otoño o invierno, la señora Pracht tiene un gesto de gracia y nos permite quedarnos hasta las tres, pero habitualmente insiste en mantener su horario. La señora Pracht es estricta, pero no carente de encanto. Todos los hombres de la pensión están enamorados de ella, pero quién se atrevería a acercársele. Tiene cincuenta años, quizás menos. Es alta, hermosa, aparentemente muy culta pues la han visto más de una vez en compañía de Guershom Scholem y de Buber. Su compañero también tiene visos de muy culto, y se le parece, es alto y viste traje blanco.
La Pensión Pracht está ubicada en el centro y discretamente cuidada. En una época vivían en ella sólo judíos alemanes, pero en los años recientes su población cambió. Ahora la mayoría de nosotros proviene de Bucovina o Galtzia. La señora Pracht habla alemán y no se excusa por ello. En algún momento trató, al parecer, de aprender hebreo, pero al final decidió: No vine a este mundo para tartamudear. El yídish, por supuesto, le resulta repugnante. No es sólo un idioma descuidado, también suena mal. Las calles de Berlín o París le sentarían mejor, pero qué hacer si vino a parar aquí como todos nosotros. Tuvo la suerte de ser rica, es la dueña de la casa y tenemos que obedecerle. Pero no hay que preocuparse: el reglamento clavado en la pizarra de noticias no se cumple. Es cierto que la gente se queda en el comedor sólo hasta las nueve de la noche, pero no se apagan las luces de las habitaciones. Jugamos a las cartas hasta pasada la medianoche, y a veces hasta la madrugada. A veces la señora Pracht pierde la paciencia, reúne a los pensionistas en el comedor y les da un sermón. Hay que añadir inmediatamente algo en su favor: no interfiere en asuntos personales. Un pensionista que trae una mujer al cuarto no es reprendido ni castigado, y hay mujeres que pasan la noche en la casa y a la mañana se escurren con la primera luz. Más de una vez se le ha oído decir: En ese tipo de cosas no me meto. Debido a esa liberalidad, florecen aquí amores pasajeros, amores prolongados, amores secretos y semisecretos. La señora Pracht sabe todo y guarda silencio.
Hace un mes, el poeta Zeidel se trajo al cuarto a una muchacha de unos 25 años. Desde entonces, casi no se lo ve en el comedor. Si no fuera por sus apresuradas salidas al almacén, su existencia no se sentiría en la pensión. Dicen que está locamente enamorado de ella. De todos modos, desde que la trajo todo el mundo está en tensa expectativa de una explosión que sacuda los corredores, pero, como para defraudarnos, de su cuarto no escapa una palabra. Por el contrario, emerge de allí un espeso silencio, somo si ambos se hubiesen hundido en un profundo sueño.
II
Zeidel es un poeta famoso. Sus libros fueron publicados en Varsovia, Canadá y Argentina. Dos volúmenes de sus poesías selectas aparecieron en Tel Aviv. Cuando cumplió los 60, la pensión hizo una fiesta en su honor. La señora Pracht, como ya dije, siente repulsión por el yídish, pero le tiene afecto a Zeidel porque habla francés y recita a Baudelaire de memoria. En las veladas conmemorativas que se realizan de vez en cuando en la pensión, Zeidel recita poemas, suyos y de otros autores, pero nunca dice discursos. Odia los discursos. Ha escrito varios poemas en que condena a los oradores públicos que corrompen el lenguaje y lo transforman en clichés. En una de las veladas recordatorias se puso de pie y le gritó al orador: "Pagaréis por esto algún día. El dios del lenguaje no os perdonará. Tratáis al idioma como bárbaros. El yídish es una lengua sagrada, y todo el que la ultraja será castigado".
Desde entonces los oradores tienen miedo de venir a la pensión. En las veladas conmemorativas los poetas leen y mujeres suaves e introvertidas cantan canciones populares. La señora Pracht no toma parte de esas conmemoraciones. Sostiene, no sin razón, que los pensionistas están demasiado inmersos en el pasado y no comprenden el sentido de estar viviendo aquí. "Vinimos para cambiar", declara. "Para sacudirnos de encima una vida estéril y llena de prejuicios, y ser como las mejores entre las naciones". Si no fuesen dichas en alemán, quizá sus palabras serían más atendidas. Su pathos, en alemán por añadidura, enfurece a la gente. No pocos pensionistas han dejado la casa por sus prédicas. "Una pensión no es una iglesia. No queremos oír sermones", dijeron al marcharse de un portazo.
A decir verdad, los pensionistas han aprendido a ignorar sus sermones. La pensión guarda su propio ritmo: la mayoría de la gente se levanta tarde; las habitaciones están ordenadas, pero no de la manera que la señora Pracht lo reglamentó; ni siquiera el vestíbulo de entrada tiene el aspecto que ella desearía. El carácter inconstante de los pensionistas invade todos los rincones. La señora Pracht pierde a veces la paciencia, grita y amenaza, pero finalmente se conforma y se tranquiliza.
Al final de aquel verano se supo que Zeidel y su amada Cristina habían decidido casarse. La señora Pracht puso la sala y el comedor a disposición de la pareja, y la fecha de la boda se fijó inmediatamente. Ahora pudimos ver a Cristina de cerca: alta, bonita y callada. Cuando estalló la guerra ella tenía apenas un año. Unas monjas la ocultaron en el sótano del convento, y allí creció, en la densa oscuridad. Sin duda, el silencio del convento todavía fluye en ella. Camina con la cabeza gacha y pasos cortos, y se ruboriza cuando le preguntan algo.
El rabino Spiegler, que tuvo a su cargo la boda, tiene mucho contacto con la pensión y conoce algunos de sus más hondos secretos. Según su ascendencia, debería haber sido un rabí jasídico rodeado de seguidores. En algún momento algunos de los fieles de su padre quisieron elevarlo al sitial de éste, pero él se negó. Se gana la vida como corrector de pruebas. Pero le gusta nuestra residencia, y cuando se realiza allí una fiesta él la organiza. Realiza las bodas a la manera de su padre, diciendo las bendiciones sin agregar ni quitar nada, y así se hizo la boda de Zeidel.
Después de la ceremonia, las pensionistas sirvieron bocadillos y limonada, y la violoncelista Paula Zimmer tocó viejas melodías nupciales. Zeidel estaba distraído, habló en elogio de su flamante esposa y no se movió de su lado. Extrañamente, nadie estaba alegre, ni sentía tampoco envidia, como si no se tratara de una boda sino de un sorteo.
Si algunos de los pensionistas no se hubiesen emborrachado, la boda habría finalizado tranquilamente, pero esta vez algunos exageraron y provocaron una confusión desagradable. Las palabras del pintor Kirtzl fueron particularmente penosas. Acusó a la señora Pracht y la calificó de sargento prusiano de corazón marchito y cabeza llena de maldad geométrica, diciendo que había que devolverla inmediatamente a Alemania, para que dirija una pensión allá y no aquí. "Los judíos han sufrido más que suficiente por el orden alemán, y ahora todos debemos volvernos anarquistas. El orden es nuestro enemigo. No vamos a despertarnos y acostarnos a la hora que ella fija. El orden es bárbaro. Solamente en un lugar donde los trenes se atrasan, donde la gente se levanta a las diez y no tiende sus camas ni arregla sus armarios, donde la ropa sucia está tirada en el suelo, solamente en un lugar así hay humanidad. La higiene es una invención del demonio". Y no quedó satisfecho hasta proferir: "No le decimos a nadie qué hacer, no medimos ni restringimos, les decimos a todos que hagan lo que quieran". Estaba tan borracho que ni su amigo Zeidel pudo hacerlo callar. Gritaba: "No vinimos aquí para cambiar, no queremos cambiar. Queremos ser lo que fuimos y lo que somos. Exactamente como los judíos de todas las generaciones, sin artificio. El orden es un invento bárbaro, y hay que declararlo enemigo de la humanidad".
III
El final del verano en Jerusalén es inestable: ráfagas de polvo y vientos repentinos. Es por eso que la pensión es atacada a veces por el pánico. A veces se trata de un mal sueño y a veces de una sensación sombría. Es mejor dormir menos y jugar a las cartas. Los sueños son dictadores que te devuelven a los campamentos y a los bosques y desgarran tus carnes. Te despiertas alarmado, golpeado, y a menudo herido. Los sueños de fin de verano son los peores. Un mal sueño puede torturarte una semana entera. Las píldoras no ayudan; es mejor quedarse despierto y concentrarse en el póquer. A veces una mujer puede salvarte. Dormir con una mujer es otra forma de dormir, pero a veces resulta que es la mujer la causa de la catástrofe: se despierta en mitad de la noche, acosada de visiones, tratas en vano de arrancarla de su pesadilla pero está plantada en ella como una raíz obstinada.
Hace un año invité a mi cuarto a una mujer bonita, bastante joven, y estaba seguro de que me procuraría un otoño tranquilo. Era farmacéutica de profesión, pero pronto advertí que también ella tenía un cargamento de recuerdos. Al principio me parecieron experiencias difíciles pero controladas. Pronto comprendí que eran dolorosamente salvajes. Todas las noches se despertaba gritando de terror. Traté en vano de arrancarla del horror. Sólo el café y el cigarrillo de la mañana lograban calmarla. Todo el otoño luché con sus sueños, pero eran más fuertes que yo. Finalmente nos separamos.
Nuestras mujeres son una nación especial. Las visiones de la guerra han arraigado profundamente en ellas, y es mejor evitarlas. Pero qué hacer si las otras, las que no estuvieron en la guerra sino estaban aquí o en América su suavidad es tan vacua que no sé qué hacer con ellas ni qué decirles. Las palabras que usan son como sus ropas: planchadas y saturadas de perfume barato. Prefiero, al final de cuentas, a nuestras mujeres. Una mujer de las nuestras no te habla de su guardarropa, de su dieta o de las películas que vio. Nuestras mujeres están cargadas de vida y experiencia, no exigen promesas y no piden cada noche una joya nueva. Ellas saben: no compras el amor por el precio de un par de pendientes. Todo eso está muy bien, pero qué hacer si la poción que te dan a beber noche a noche es toda amargura y terror. Tras una noche con una de nuestras mujeres, quedas exhausto, y con sólo un deseo: huir, y lo más lejos posible.
Los hombres, parece, son diferentes. También ellos sueñan, pero saben cómo canalizar sus sueños. No se oyen gritos desde los cuartos de los hombres, sino diversos tipos de pesados ronquidos. Los hombres, evidentemente, reaccionan de otro modo. Hace un año un pensionista atacó al amante de la señora Pracht, lo tiró al suelo y en su enorme furia le clavó un cortaplumas en el hombro y en el cuello. Si el conserje y algunos pensionistas no hubiesen acudido a salvarlo, dudo que hubiese salido con vida. El atacante, uno de los pensionistas veteranos, hombre callado e introvertido, solía permanecer en su cuarto y beber la mayor parte del día. Su borrachera se volcaba hacia adentro y no revelaba signos exteriores. En la pensión no se recordaba haberle oído una sola frase violenta. Un hombre sin sombra, como decían, solo consigo mismo.
Es cierto que se lo había visto varias veces con una mujer. Eran amores pasajeros que no duraban mucho. No se quejaba, no acusaba, vivía de los ahorros que había acumulado en Italia después de la guerra, actuaba discretamente y era adicto a la bebida y a la música clásica. Pero, aparentemente, en el fondo de su corazón estaba secretamente enamorado de la señora Pracht, porque cuando atacó a su amante se lo oyó gritar: "Muerte a los violadores, muerte a los torturadores!".
Desde aquel ataque vive en un asilo. La gente de la pensión lo visita y a veces, para las fiestas, le compran alguna prenda de vestir o golosinas. También en su enfermedad es callado e introvertido, habla poco y escucha mucho. Durante una de mis visitas me sorprendió preguntándome si comía verduras.
"Claro", le contesté.
"Tienes que comer muchas verduras".
"Quién te dijo eso?", pregunté como un estúpido.
"El doctor Schutz", contestó con una sonrisa, descubriendo sus pequeños dientes delanteros.
Desde esa breve conversación no volví a visitarlo. No le temo a los locos, inclusive me gusta hablar con ellos, pero Edward me envenenó con su inquietud. Como si hubiese querido clavarme también a mí su cortaplumas. Lo sé: no hay nada que temer. En el asilo los pacientes están tranquilos. Si se descontrolan, los aplacan con sedantes. Pero por alguna razón le tengo miedo y no lo visito. En cada fiesta doy mi contribución para él, pero no he de volver allí.
El asilo no es el único lugar donde tenemos un representante. Algunos pensionistas se mudaron a Tel Aviv, otros se marcharon a los Estados Unidos, uno se fue a Canadá y uno volvió a Polonia. Vive cerca del cementerio y lo cuida. Así que nuestra pensión tiene representantes en varios sitios, y a veces recibimos saludos de ellos. El que fue a Estados Unidos se hizo rico y nos manda un paquete de ropa en cada fiesta. El paquete llega una semana antes de la fiesta, y siempre resulta excitante. La idea de que hay alguien tan lejos que nos recuerda por nuestro nombre es muy gratificante. Hasta Jana la cocinera recibe un regalo en cada fiesta, porque el hombre no ha olvidado que ella le servía café y bizcochos aun fuera del horario de las comidas.
Con todo, cada uno está encerrado en sí mismo. Temprano por la mañana se percibe la densa soledad que emana de las habitaciones. Aquí cada uno de los pensionistas tiene su historia, y algunos tienen dos o tres que arrastran consigo de un lugar a otro. En su mayoría son asuntos oscuros y complicados, y si alguno de ellos se resuelve, la pensión rebulle y se escandaliza por varios días.
IV
Al final del verano, comienzan los preparativos para las Grandes Festividades. El recuerdo de las festividades te arroja encima una inesperada nube de tristeza. Uno recuerda a su padre y a su madre, sus hermanos y hermanas, y sabe que una vez, no hace mucho, tuvo una casa, se levantaba temprano todas las mañanas e iba al colegio, y el aire era fresco y brillante, las calles estaban húmedas, y de la panadería llegaba la fragancia de los pasteles recién sacados del horno. El distante recuerdo te invade y debilita de un golpe, y te quedas en la cama, estiras la manta por encima de la cabeza, agitado por un solo deseo: dormir cuanto sea posible.
Una semana antes de las Grandes Festividades la sala de lectura se transforma en sinagoga. En una época la señora Pracht objetó dicho arreglo, diciendo que la sala no estaba destinada a la plegaria sino a la lectura y a la música. Quien quiera rezar puede ir a Shaarei Jésed, el barrio ortodoxo cercano. A la señora Pracht no le gustan los religiosos, porque, en su opinión, traen aquí a rastras a la Europa oriental con todos sus defectos. "Vinimos a librarnos de esa tradición distorsionada y antiestética". No pocos pensionistas compartían su opinión, pero gracias a un puñado de fieles obstinados, la sala se convierte en sinagoga para las Grandes Festividades.
En una época, Dory Tzaum se ubicaba delante del Arca Sagrada y conducía el servicio religioso. Dory Tzaum es comerciante, y durante la mayor parte del año se mantiene alejado de la fe y las doctrinas, y hasta tiene una predilección especial por la comida no casher. Después de la guerra vivió en Francia durante ocho años, y no sólo aprendió allí francés sino también el placer de los manjares franceses. Pero algo cambia en él cuando llega el mes de Elul. Comienza a murmurar oraciones y reza de pie en su cuarto durante horas con la devoción de un creyente.
Una vez me contó: "Después de divorciarse, mis padres me mandaron a casa de mi abuelo, en una aldea. Abuelo era cantor litúrgico, y se ocupó de mi educación tradicional porque sabía que mis padres no observaban los preceptos. Yo me saqué de encima los preceptos muy rápido, pero parece que la plegaria me cautivó". De eso somos todos testigos: las plegarias de las Grandes Festividades no lo abandonan y durante todo el mes de Elul vive dominado por ellas, apenas si se ocupa de sus negocios, y ni hablar de mujeres.
Por muchos años fue nuestro cantor litúrgico. Luego se enredó en algún negocio confuso y tuvo que huir a los Estados Unidos. Cada año recibimos una postal de ultramar. Se casó, tuvo hijos, y en los últimos años hizo una fortuna en negocios de seguros. Aquí lo recordamos durante las Grandes Festividades, porque con las plegarias que aprendió de su abuelo, que estaban empapadas del perfume de los árboles aldeanos, nos dejó algo de aquella fragancia.
Durante años buscamos inútilmente quien condujera nuestro servicio. Finalmente Zeidel encontró a Rabí Meshulam Bar, un rabino viejo y ciego a quien un campesino había ocultado en su pajar durante la guerra. Unos refugiados lo tomaron a su cargo y lo trajeron a Jerusalén. Desde entonces vive en Shaarei Jésed, no lejos de la pensión. En las Grandes Festividades lo vamos a buscar y él dirige nuestro servicio religioso. Rabí Meshulam Bar es muy viejo y muy ciego, pero sus plegarias son jóvenes. Parado frente al Arca Sagrada, se comunica sin intermediario alguno con el Dios de sus padres. Reza de pie, durante horas, y al final del servicio está tan débil que hace falta sujetarlo por los brazos para conducirlo a un sillón. Ya no se oyen rezos como los de Meshulam Bar. Las ondulantes melodías de los cantores litúrgicos halagan el oído pero salen de la garganta y no de los huesos. Tras las plegarias del rabí Meshulam Bar, te sientes lejos de ti mismo y unido al firmamento. A menudo, después de que han terminado permaneces en tu asiento y lloras, como si sólo ahora hubieses comprendido lo que pasaste en todos esos años.
En este asunto, y no sólo en este asunto, la pensión está dividida en dos facciones. Una es partidaria del rabí Spiegler, y la otra, la más pequeña, del rabí Meshulam Bar. Rabí Meshulam Bar no estudia mucho. Pasa la mayor parte del día en la cama, y si no fuese para rezar no se levantaría. En las Grandes Festividades se sacude como un león y marcha a adorar a su Creador. La gente no acude al rabí Meshulam Bar para estudiar Torá o pedir consejo. Está alejado de la gente, y la mayor parte del día se la pasa durmiendo. Sólo las Grandes Festividades lo arrancan de su sueño y le hacen poner los pies en el suelo y rezar con una melodía susurrante que se te mete en los huesos. Durante varias horas, también nosotros estamos ligados con el cielo.
V
Tras las Grandes Festividades voy a visitar a mi hija Clara. Clara tiene 21 años, grandes ojos y una boca que se abre cuando escucha. No ha cambiado hace años: el mismo vocabulario y la misma alegría en los ojos. Cada vez que la visito viene hacia mí y me llama "papá". Enseguida me muestra todo lo nuevo: sus bordados, sus dibujos, las servilletas que cosió. Tiene exactamente mi altura. También los rasgos: la nariz, el mentón, el cuello, por no hablar de los dedos una copia exacta de su padre. La amo con toda mi alma. Un día vendré y la sacaré de la residencia, y la traeré a vivir conmigo.
Clara nunca se queja, no pide un vestido nuevo o pinturas. Le complace lo que tiene en sus estantes y gavetas. Pero esa satisfacción me resulta especialmente dolorosa. Tras estar en su cuarto por un rato, salimos al campo que rodea la residencia. En el campo hay una huerta, un rincón de animales domésticos y un jardín de árboles frutales. Me encanta recorrerlos con ella. Sus ojos se abren grandes y la frente se le ensancha. Me cuenta emocionada sobre su trabajo en la huerta. Este año, parece, la cosecha de frutas y verduras fue buena, y no hubo necesidad de comprar nada. En el rincón de los animales tiene muchos amigos: un perro que le lame los dedos, un monito que se aferra a ella como un bebé, palomas que comen de su mano. En presencia de los animales su vida se dilata y su rostro resplandece.
Clara no habla mucho, pero su cara y sus manos expresan lo que se oculta en su corazón. Cada arbusto y cada flor la emocionan. A veces me parece que está muy próxima a los objetos y a los animales y que habla su lenguaje. En el invierno plantaron una fila de vides. Los vástagos prendieron bien y dieron muchos retoños. "Papá, el huerto es hermoso, verdad?". No sé cuándo y dónde aprendió a decir "verdad?". Pero en su boca suena nuevo, como si ella lo hubiese inventado. Su vocabulario es mínimo, pero cada palabra está modelada por el tono de su voz.
"Te gustaría ir a la ciudad?", le sugiero a menudo.
"Por qué?", se sorprende.
"Hay más gente en la ciudad".
Al oír esa frase baja la cabeza, como si yo hubiese dicho algo incomprensible. A veces parpadea, lo que indica que la he confundido. Muchas veces estuve a punto de llevarla a Jerusalén, pero en el momento en que estábamos por partir se arrepentía.
Esta vez me sorprendió a mí: "Iré".
Su decidida respuesta me desorientó. "Hoy?."
"Hoy".
En menos de una hora estábamos en camino. Sus pensamientos, como ya lo aprendí, son simples y diáfanos, y poseen una suerte de inocencia que me deja perplejo. Durante una de mis visitas, estábamos junto a la verja y mirábamos a un grupo de jóvenes de su edad, que correteaban alegre y ruidosamente. Los contempló largo tiempo, y finalmente preguntó: "Adónde van?".
"A casa", dije.
"No tienen una residencia?".
"Tienen casa".
Al oír mis palabras sonrió como si le hubiese revelado un secreto.
Todo el viaje a Jerusalén estuvo mirando asombrada por la ventanilla. Más que preguntar, sonreía, como si lo que veía no fuesen cosas comunes sino maravillas sobre las que no hay que preguntar.
La pensión la recibió con gran excitación. Zeidel el poeta quiso sentarla entre él y Cristina. Clara estaba confusa y contestaba las preguntas de Zeidel con una sola frase: "Muy bien". Zeidel halló en ellas un tono raro. Eso me dolió.
Toda la pensión estaba contenta con ella, y la noche del sábado le dieron algunos regalos, entre ellos una preciosa caja de pinturas. Clara estaba tan conmovida que ocultó su rostro entre las manos.
Al día siguiente regresamos a la residencia. Por el camino no dijo una sola palabra. Yo no sabía si era tristeza o indiferencia. Traté de hablarle, pero Clara no decía nada. Por alguna razón, pensé que estaba enojada conmigo, y con motivo. Por qué la había arrancado de su mundo y obligado a salir? La opinión de la directora fue diferente: "Hiciste bien en sacarla de paseo. Un paseo provoca buenos pensamientos". Yo no estaba tan seguro. Me pareció que Clara se sentía herida y que en adelante no iba a querer salir nunca. Esa tristeza no me daba descanso, y al día siguiente volví a la residencia.
VI
Apenas había abierto el portón cuando vi a Clara. Estaba trabajando en el jardín. El guarda de la entrada me la señaló con el dedo, está ahí, escardando con la azada. Estaba inclinada, inmersa en su tarea. Sus movimientos tenían un ritmo que me emocionó tanto que no podía dar un paso. El guarda la señaló de nuevo: "Está ahí, no la ves?". Lo ignoré y me acerqué a ella. Clara no me sintió llegar, y cuando me descubrió se alarmó y me dijo: "Me asustaste".
"Cómo estás?".
"Gracias a Dios". Aquí había aprendido también esa expresión.
Ahora lo veía: su postura era ligeramente encogida, como la de una monja.
Cuando llegué a Israel, Clara y yo vivimos en un pequeño departamento en Tel Aviv. Estuvimos juntos dos años y medio. En ese entonces todavía me engañaba a mí mismo diciéndome que cambiaría, que aprendería, que haría su vida. Era diligente, dedicada, llevaba la casa y hasta preparaba comidas sencillas. Me hice a la idea de que su vida estaría unida a la mía. Entonces apareció una asistente social que me urgió a poner a Clara en una institución. La mujer me inspiró confianza y no la rechacé. Con el tiempo me arrepentí. Si Clara se hubiese quedado conmigo, mi vida habría sido ciertamente distinta. Me habría quedado en Tel Aviv, paseando con ella a lo largo de la playa y comprándole helados al anochecer. Pero esa asistente social me presionó tanto que finalmente cedí.
Cuando puse a Clara en manos de la directora de la residencia, estaba seguro que al día siguiente volvería a llevármela, y de hecho volví al día siguiente. Para mi sorpresa, Clara no manifestó deseos de volverse conmigo. Estaba contenta con la cama y el armario y las dos amigas que compartían su cuarto. Sin presionarla a volver, retorné a Tel Aviv. Al final de esa semana volví a visitarla. Ahora estaba tan claro como el día: ella estaba contenta, incluso feliz.
Todas las semanas iba a verla con la esperanza de que me dijera "Papá, quiero volver contigo". Nunca dijo una sola palabra sobre la casa de Tel Aviv. Como si la residencia hubiese sido siempre su hogar. "Clara", le pregunté una y otra vez, "te sientes bien aquí?".
"Gracias a Dios", me contestaba una y otra vez.
Me di cuenta: Algo de la religiosidad del lugar se le había infiltrado. A veces decía: "Ya he rezado en silencio". A ella y a sus amigas les cuesta estudiar y aprender a rezar, pero igualmente la residencia posee una pequeña sinagoga, dos aulas y una sala de música. La sinagoga no se usa para rezar y no estudian en las aulas, pero a veces hacen fiestas en la sala de música y la directora ejecuta para ellos canciones israelíes.
No pude soportar la soledad en Tel Aviv, de modo que me mudé a Jerusalén y alquilé una habitación en la pensión Pracht. La pensión Pracht no es un lugar fácil para vivir, pero hay gente a tu alrededor y a veces te expresan afecto. Hay noches de lectura, y ocasionalmente una mujer.
VII
Cada visita a Clara me debilita, pero esta vez fue como si la hubiese descubierto de nuevo. No sólo se me parece, a veces creo que es una parte integral de mí mismo, y que cuando yo me muera ella asumirá mi imagen.
"Clara, no quieres venir a vivir conmigo en la pensión?", le preguntaba todo el tiempo.
"Qué?", volvía siempre a sorprenderse.
"La señora Pracht nos dará un pequeño departamento en la pensión".
Una vez me dijo: "Me gusta mi residencia", y me cerró la boca.
Desde entonces dejé de atormentarla. En Jerusalén estoy metido en muchos asuntos. Más de una vez me olvido de Clara. Una vez la olvidé por un mes entero. Cuando volví a verla, no estaba enojada. Me recibió con alegría, como si la hubiese visitado el día anterior. Desde esconces me cuido, y voy a verla por lo menos cada dos semanas.
Cuán diferente es Clara de su hermano. Su hermano es alto y robusto, puede cargar con facilidad un saco de cemento, un ropero viejo o un refrigerador. Su inocencia es tan sólida como su estatura, y de año en año se vuelve más inocente. Podría haber sido médico o ingeniero, pero la inocencia lo perjudicó. Aun en su infancia yo percibía en su mirada un brillo de extraño azoro. Mientras que los otros niños de la escuela inventaban patrañas, se acusaban mutuamente y mentían, él decía siempre la pura verdad. Al principio me sentía orgulloso, pero con el tiempo, al percibir que esa actitud parecía arraigada en él, empecé a sospechar que pudiera haber en él algo como lo de Clara, y dejé de hablar de su honestidad.
Su inocencia no era estupidez, sus cuadernos de matemáticas lo probaban. El maestro no cesaba de alabar su prolijidad, su clara escritura y sus soluciones correctas a los problemas. Es cierto que no hablaba en clase para ser exactos, no pronunciaba una sola palabra pero estaba muy atento y absorbía todo lo que se decía. No era un alumno notable, porque nunca levantaba la mano, nunca preguntaba, nunca corregía a los demás. Era más alto que todos, pero su altura, por alguna razón, no se destacaba en la clase. "Arthur el inocente" se le pegó el sobrenombre ya en el primer grado. Algunas veces se burlaban de él, le decían que el director lo llamaba o que la enfermera quería ponerle una inyección. Su fe en la gente era ilimitada. Siempre caía en la trampa. Decían que no aprendía de sus errores. El que no aprende de sus errores es un lelo.
Todos sabían que Arthur era excelente en matemáticas. En cuarto grado ya resolvía ecuaciones con dos incógnitas. Pero esa excelencia no era considerada una virtud. Decían que Arthur tenía cabeza para las matemáticas pero que en los otros temas era un lelo. "No entiendes?", le decía yo sin cesar, "no entiendes que no hay que creer a la gente? No debes decir toda la verdad". Mis palabras, aparentemente, eran en vano.
Esto duró toda la escuela primaria. Si se hubiese enojado o contestado bruscamente o maldecido, todos habrían pensado que estaba aprendiendo de la experiencia y que iba a cambiar. Arthur no se enojaba, no contestaba bruscamente, y cuando la gente se burlaba de él o lo acosaban, su rostro se iluminaba con una especie de estupor, como si no fuese una ofensa sino una revelación. Ese estupor era famoso en la escuela. Más de una vez algún alumno se jactaba: Lo provoqué a que viniera conmigo y vino. Cuando descubrió que lo había engañado no se enojó. Era más alto que todos los chicos de la clase y tenía puños grandes y fuertes. Podría haber propinado algunos buenos golpes, pero sus largos brazos no estaban acostumbrados a eso. Los mantenía siempre pegados al cuerpo, como para evitar que hicieran daño.
Con todo, Arthur terminó la escuela secundaria con distinción, y yo estaba seguro de que en adelante su vida sería más fácil. Por supuesto, me equivocaba. Al ejército no le gustan los inocentes. Ya en el entrenamiento inicial tuvo problemas y estuvo en una prisión militar durante unos días. Su visible inocencia
irritaba a la gente.
Arthur era una perfecta copia de su madre. Como ella, confiaba en la gente y en los animales. Después de la guerra, en la costa italiana, su madre se trajo al refugio gatos y perros perdidos. Le rogué: "Por qué los traes?". Su amor a los animales era ilimitado. Al final contrajo una rara enfermedad, ardió de fiebre durante una semana y murió a los 26 años. Hasta el día de hoy tiemblo cuando la recuerdo. Los dos niños que dejó en mis manos son mi vida. En realidad, no tengo otra vida. Ahora Arthur trabaja en una compañía de seguros. Gana bien, pero gasta la mayor parte de su dinero en ayudar a personas necesitadas y el resto en animales abandonados.
Me duele que desperdicie su vida, pero no puedo cambiarlo. A veces viene y me pide una contribución para algún pobre, o más a menudo, salvando las distancias, para un perro que necesita una operación urgente. Se la doy, sin
vacilar. Su devoción me hiere a veces más que el confinamiento de Clara. Qué más puedo decir?
VIII
En noviembre ya hace frío en Jerusalén. Duermo hasta tarde y me pierdo el desayuno. Mi vida está desperdigada por muchos sitios. A los 17 años perdí a mis padres, pero sigo ligado a ellos con numerosos lazos. Han cambiado con los años. Ya no son jóvenes como eran, pero sus voces preservan algunos tonos juveniles. A veces los oigo. Sólo me quedaron de ellos dos fotografías. Papá era un fabricante próspero, mamá era farmacéutica. En casa no había nada que se destacara, ni adornos ni muebles de lujo. Papá manejaba su empresa con gran energía. Parece que de él heredé mi actitud práctica ante la vida. La suya era tranquila y directa. Nunca fingía, lo que tenía que decir lo decía, sin muchas palabras y sin sermones.
Mamá era muy diferente: estaba secretamente ligada a sus antepasados. No hablaba de eso, ni conmigo ni con nadie, pero yo sentía que tenía un diálogo distinto con la vida. Me legó el amor a los animales, a la noche, a lo que está oculto. Tampoco a mí me gusta hablar de esas cosas, pero quiero decir esto: si no fuese por mi amor a Dios, mi existencia sería más miserable.
También a mis abuelos estoy ligado con toda mi alma. Vivían en los Cárpatos y negociaban con maderas. Todos los veranos iba a visitarlos. Allí aprendí a descansar al pie de altos árboles, a escuchar a los pájaros, a ver zorros en fuga, a comer malai. Mi abuela preparaba dos tipos de malai: uno relleno con queso y otro relleno con ciruelas. Mi abuelo era un comerciante a la antigua, suspicaz, no confiaba en nadie, pero cuando oraba de pie junto a la ventana su desconfianza se disolvía y se aferraba a Dios en cuerpo y alma. Yo amaba a la abuela, pero sentía un respetuoso temor ante mi abuelo.
Hay días en que siento que papá eleva mi vida y que sus pensamientos elevan los míos. De hecho no logré tantas cosas como él, pero aparentemente heredé su sentido del tiempo, de la mercancía, del dinero. Generalmente hago mis inversiones en el momento adecuado y me salgo del negocio o de una moneda antes de que sufran un colapso. En mi juventud me arriesgaba y ganaba mucho. En los últimos años hago todo con cautela, y debido a mis aprensiones llevo conmigo demasiado efectivo. De ese modo, por supuesto, uno no asciende, pero tampoco se cae.
Mi madre me allanó el camino a la fe. Me resulta difícil hablar de eso. No era una mujer religiosa, no encendía velas en Shabat, no iba a la sinagoga, pero su vida estaba ligada al misterio. Nunca le pregunté por sus pensamientos y ella nunca hablaba de ellos, pero yo percibía los secretos que guardaba en su seno. Más de una vez en mi infancia quise preguntarle si creía en Dios, pero no lo hice. Sabía que hay cosas que no se preguntan, pero su manera de ser decía que estaba conectada con el cielo y allí abrevaba su vitalidad. En los últimos años me siento muy ligado a ella. Aun en mis simples negocios rutinarios estoy ligado a ella. Antes yo estaba seguro de que un cálculo correcto era preferible a una corazonada. Ahora sé que la corazonada, si está ligada a las fuentes correctas, es mucho más precisa que el cálculo. A veces ella le decía a papá: "El corazón me lo dice". Papá aprendió con los años a respetar sus intuiciones, pero yo recibí ese anhelo de misterio sin preguntar.
Cinco años antes de que estallara la guerra, ella le dijo a papá: "Mi corazón me dice que debemos marcharnos de aquí".
"Adónde?", la reacción de papá no tardó.
"No lo sé".
"Dejarlo todo y marcharnos?".
Mamá no insistió. Era más fácil rechazar sensaciones que opiniones. Las opiniones están como arraigadas en la tierra, pero las sensaciones carecen siempre de asidero, penden de la nada. Papá estaba, como se dice, en la cumbre de su éxito. Sus fábricas crecían y él estaba completamente embarcado en conseguir capital. Todos, también papá, estaban seguros de que el ascenso de Hitler era sólo aparente, de que se quebraría o desaparecería. Mamá no lo presionó, aun cuando los rumores se revistieron de imágenes amedrentadoras.
IX
El tiempo vuela, y los lugares se van alternando, pero estoy ligado a mis padres permanentemente. A veces me parece que ambos eran muy diferentes. Es un error, supongo. Oí hablar mucho de los éxitos comerciales de papá, también en los años posteriores a la guerra. Pero nunca oí nada acerca de mi madre. Hace dos años una anciana pensionista se me acercó y me preguntó si realmente mi apellido era Braunbart, y si yo era el hijo de Bontze. Cuando le dije que sí sus ojos se llenaron de luz.
Había estudiado en la escuela de farmacia con mi madre durante cuatro años y compartido su cuarto en los dormitorios estudiantiles. Después, la vida las separó. Mamá había vuelto a su ciudad natal, y la amiga había seguido a su amado a Budapest. Lo noté enseguida: algo de mamá brilla en la piel de su cara, y sentí inmediatamente cariño por ella. "Tu madre", me reveló, "era una mujer muy especial. Todos los que la conocían la querían. Siempre hallaba algo bueno en cada uno de nosotros. No puedes imaginarte cuánto ayudaba a la gente".
Desde que se supo en la pensión que yo era el hijo de Bontze, algunos me miran con oculto afecto. A veces me parece que esperan de mí algo especial, y eso me confunde. No es que no tenga deseos de hacer el bien. Pero mi vida, mis hábitos, me han convertido en una criatura egoísta. Esa constricción me oprime, y a veces me siento sucio. A menudo pienso que sería bueno trabajar como voluntario en la residencia de mi hija Clara, mi vida allí sería simple y fiel. Qué hacer si mis inversiones y mi dinero me retienen como obstinada raíz. La cabeza me bulle día y noche. Hasta en mis sueños más profundos hago cálculos. Esos cálculos no me han llevado muy lejos. Soy un comerciante mediano, aferrado a lo que posee y preocupado por el mañana. A veces me parece que si no fuese por mis temores me sacudiría, descartaría mis deseos indignos y trabajaría por el bien general. No hay nada más despreciable que los negocios medianos, siempre te arrastran al fondo. Es cierto, a veces una transacción hábil puede elevarte por un momento, pero más allá de eso no hay nada. Compras y vendes, y al final tu alma queda vacía.
Ayer vino a visitarme mi hijo Arthur, y me alegró verlo. A veces me parece que él hace exactamente lo que yo debería hacer: dedicarme al bien general. Estoy tan inmerso en mis miserables deseos, dando poco y recibiendo poco, que lo que había en mí se ha evaporado. Si no fuese por Clara, mi vida sería aún más reducida. Clara no me pide nada. Cada vez que le traigo alguna ropa o una caja de chocolates, los oculta rápidamente en el armario, como si fueran lujos excesivos. Cuando era pequeña yo estaba seguro de que crecería y sería enfermera o médica. Desde niña amaba a los animales y le gustaba ayudar.
Algunas personas me compadecen. Se equivocan. Mis hijos no me dan sino alegría. Si yo supiera amar como ellos, mi vida dejaría de ser miserable.
Traducción: Florinda F. Goldberg