Nuestro modo de ver la naturaleza depende mucho de la forma en que vemos nuestro pasado. Es muy humano buscar tiempos más puros, los del mundo anterior a la caída, una era verde y dorada, más sencilla y mejor. Esto lo buscamos en el presente a través del paisaje, a través de pruebas visuales residuales del pasado. Es, por supuesto, una versión de lo pastoral. Es una imagen que no sólo se abriga como recuerdo borroso en los nichos idealizantes de la mente sino que se percibe en lo que vemos a nuestro alrededor. Me atrevería a afirmar que el afán de contemplar el paisaje no difiere en esencia del afán de idealizar nuestra infancia o de creer que algún tiempo pasado fue mejor, más puro, más simple o preferible al actual. El paisaje puede incluir personajes, pero sin estar dominado por ellos. Lo humano debe parafraseando a Frank Lloyd Wright ser de la tierra, no estar en ella (y sin duda no ocultarla). Por ello, el impulso de pintar paisajes muchas veces resulta de una retrospección.
El término panorama se difundió en el siglo XVIII con el sentido de vista desde un lugar elevado, implicando a veces la mirada del propietario. Uno domina un panorama como quien pasa revista a sus propiedades. La industria turística ilustrada por las Venecias de El Canaletto y Guardi (que permitían al visitante en recorrido por Italia traer a su regreso una muestra de la cultura que había ido a absorber) se prolonga en la tradición orientalista del siglo XIX. Los apuntes orientalistas de Tierra Santa de Roberts se adquirían como vistas "tomadas" por el artista. Aquí la "toma" se acerca más a la mera adquisición, tan característica del turismo. No es casualidad que algunas de las vistas más hermosas de Israel sean hoy día las que se dominan desde los kibutz, cuya creación aunó el amor a la tierra con la necesidad de defenderla. Con no poca razón calificaba la extinta Prof. Dorothea Krook a los miembros de los kibutz de "aristocracia rural" de Israel. El vínculo implícito entre el observador y lo observado que conlleva el vocablo "panorama" no existe en el término hebreo nof, un término genérico que designa a cualquier paisaje, sin referencia a un observador. En hebreo el panorama no evoca asociación alguna de índole militar o de propiedad. Como cabía esperar, tratándose del Pueblo del Libro, el vocabulario hebreo es relativamente pobre en términos sobre vistas, aunque posee gran riqueza en lo referente a visiones proféticas.
El paisaje de Israel ha sido idealizado en todos los países afectos a la Biblia desde que Moisés sacó a los hebreos del Egipto azotado por plagas a "la tierra de leche y miel". Tanto si el Cantar de los Cantares es un poema de amor humano como si se refiere al amor entre Dios y el pueblo elegido, su concepto más amplio está arraigado en la tierra:
"Conmigo del Líbano, oh esposa,
conmigo ven del Líbano;
mira desde la cumbre de Amana
desde la cumbre de Senir y de Jermón,
desde las guaridas de los leones, desde los
montes de los tigres."
"Hermosa eres tú, oh amiga mía, como Tirsa,
de desear como Jerusalén...
Tu cabellera es como manada de cabras
que se deslizan por las laderas de Galaad."
Para los mundos cristiano y judío, la mera mención de lugares bíblicos evoca un paisaje ideal. Cuando se menciona, se recuerda o se ve un paisaje de Israel, es virtualmente imposible hacerlo sin prejuicio. Este es un tema cargado. Y muchos de los que miran hacia aquí desde afuera consideran a los habitantes de la Tierra Santa como custodios de la tierra de sus sueños, contemplándolos con una lente de aumento moral especial.
Cuando en el Israel laico moderno se idealiza el paisaje (urbano o rural), se hace sentimentalizando los años 20 y 30, el período que siguió a la llegada de la segunda Aliá, la segunda gran ola de inmigrantes: es la era de los primeros kibutz, del antiguo yishuv, esa población esforzada de antes de la Independencia, del Tel Aviv en cierne y su alcalde Meir Dizengoff, del moshav Nahalal, planificado en 1921 por Richard Kauffman en círculos concéntricos, y de las colonias fundadas por el Barón Rotschild a fines del siglo anterior. Este es terreno sacralizado, es la imagen de una sociedad rebosante de buena voluntad e ideología. La ideología del retorno a la Tierra Santa. Para quienes optaron por labrar la tierra, no era retorno sino reencuentro.
Los septuagenarios de hoy se criaron a fines de los años 20. El paisaje de Israel de aquel entonces les parece ideal porque era el de su niñez y porque en aquel tiempo la sociedad educaba a los niños según principios ideológicos, principios referidos a la tierra. Por ambas razones, al mirar en retrospectiva, la tierra se ve a través de un cristal rosado. Hoy se sentimentaliza aquel período, pero no se emula.
El Keren Kayemet, un fondo nacional que planta árboles en Israel, tiene por norma el reintroducir especies nativas, para corregir el desequilibrio creado por 80 años de plantación de pinos y eucaliptos. Cuando durante la intifada se incendiaron grandes bosques en el monte Carmelo, se debatió si convenía replantarlos o dejar que el bosque se restableciera por sí solo. Al final, los partidarios de la evolución natural ganaron y ahora el bosque responde bien y se está repoblando. Sin embargo, este enfoque sólo se aplica a los bosques nacionales. En las ciudades se está aplicando una receta paisajista distinta, menos ambiciosa: tome media docena de palmeras bien desarrolladas, añada un puñado de plantas ornamentales y una alfombra de césped prefabricado, rodéelo todo con unas losas de piedra artificial, y listo. Esta fórmula se aplica ahora por doquier en parques, conjuntos residenciales, fábricas, arriates de separación en autopistas, villas de lujo y paseos.
Como un simple ciudadano tendría que pagar más de 500 dólares por una palmera adulta, las críticas enmudecen ante tales fantasías. Antes de criticar se dice piense cuánto ha costado. Y por supuesto, eso gusta a la sociedad israelí porque es instantáneo. En un par de días se tiene un jardín instalado. Pero eso no es sino un mínimo exótico, un mero tributo verbal al paisaje. En las quintas de recreo de Cesárea y Herzlía Pituaj las palmeras resplandecen, pero el árbol natural de la región de Cesárea es el robusto, nudoso roble mediterráneo. Algunos de los jardines de Herzlía Pituaj se precian de sus "antiguas" muelas de molino (fabricadas en su mayoría en los veinte últimos años en canteras de Belén o Jebrón) y cada jardín es un oasis privado, con falsos pozos y tinajas de aceite. El paisajismo urbano está virtualmente dominado por modelos inviolables.
Frente a ello, los lugares de belleza natural se han convertido en zonas protegidas. La Sociedad israelí de Protección de la Naturaleza realiza una excelente labor, bien coordinada con la del Ministerio del Medio Ambiente. Pero los esfuerzos de la Sociedad la han llevado a domeñar la naturaleza, a cambio de un precio. Hoy se llega a la cascada del Panias, donde nace uno de los afluentes del Jordán, pasando por un estacionamiento, un despacho de entradas, una senda marcada y una sucesión de rótulos, indicando todos ellos que se está en una zona protegida. Por lo menos no hay carteles indicadores de los mejores sitios para tomar fotos. Esta forma de tratar a la naturaleza es necesaria para protegerla de las depredaciones del turismo, pero implica alejarla por interposición de la presencia humana. Es irritante y no se puede ignorar. Es más, se ha colocado a la naturaleza en un pedestal, como parte de un proceso educativo: "Está usted visitando un Sitio de Belleza Natural". Alguien ha decidido algo por usted y además lo ha etiquetado. La naturaleza servida en un envoltorio.
Las imágenes del Israel idealizado provienen tanto de canciones populares (muchas veces con letra tomada de poemas de Jaim Nájman Biálik, Shaúl Tchernijovsky y Natán Alterman), como de imágenes fotográficas o pictóricas. Esas imágenes, esas letras, han sido transmitidas a las siguientes generaciones y olas de inmigrantes, cimentadas por el paisaje reforestado que sus predecesores crearon y también por fotos, millones de fotos. Porque a los primeros pioneros les gustaba fotografiarse aun más que a nosotros. Lo consideraban importante porque su mundo aún no estaba inundado de imágenes visuales. La fotografía era cosa seria y así esas imágenes de antaño exhalan un aura de rectitud moral. Puede parecer raro que una foto sea seria y moral, pero esas antiguas fotos de color sepia son así. Y cuando los miembros de los kibutz enfundados en sus camisas blancas o sus blusas rusas tienen cara feliz, su alegría es robusta, sana y enraizada. Estas fotos nos parecen tan lejanas de nosotros como a los kibutzniks de los años 20 les parecerían lejanas las imágenes de la Tierra Santa dibujadas por orientalistas y peregrinos del siglo XIX. Ello nada tiene de sorprendente. Sesenta años separan la visita de Mark Twain a la Tierra Santa de la llegada de Biálik a Tel Aviv en 1922, más o menos en el año de la fundación del kibutz Ein Jarod. Otros tantos años nos separan de aquellas fechas. Pero a diferencia del paisaje del 1860, el que crearon los pioneros subsiste. Cuando uno observa fotos de los años 20 y 30, el sentido de la tierra de esos primeros colonos es tan intenso que los paisajes de esas fotos parecen como más reales, más tangibles, porque están íntimamente ligados a un propósito.
La unidad de propósito significaba simplicidad, que también se reflejaba en la actitud ante el paisaje. Se debían avenar pantanos infestados por el paludismo, rescatar desiertos, plantar árboles, incluso si en retrospectiva resultaban ajenos al ecosistema (un término inexistente entonces). En su novela "La montaña azul", Meir Shalev describe cómo uno de los colonos destruye enloquecido la tubería de agua. Este acto desquiciado de destrucción tiene el efecto exagerado de reconvertir en una noche en pantano las tierras penosamente desecadas, como aquellos otros pantanos que la generación de sus padres y abuelos habían desecado al sudor de sus frentes. Es como si el pasado estuviera asomando detrás o debajo del presente, una alegoría llevada al extremo, pero cierta, de la conexión entre hombre y paisaje en Israel.
En la realidad, no la ficción, el lago de Jule ("las aguas de Merom" de la Biblia) se desecó a principios de los años 50, y en 1955 ya se cultivaban las tierras rescatadas. Esto se consideró como una hazaña sionista. De mi niñez en Inglaterra recuerdo que en las clases de Biblia teníamos un mapa de la Tierra Santa con tres lagos: el de Hule, el Mar de Galilea y el Mar Muerto. Cuando visité Israel por primera vez, me sorprendió no encontrar el primero por muchas vueltas que di en bicicleta por la Alta Galilea. Lo único que se veía eran campos de algodón, viveros de peces, plantaciones de manzanos y perales y muchos eucaliptos. Sería una conspiración de los cartógrafos? Y de pronto, hace dos años, se decidió reinundar el antiguo Jule, y así se hizo, en parte al menos, con buenas razones ecológicas para ello. Imaginen ahora a un niño nutrido de geografía de un país con dos mares interiores, que de pronto descubre un tercero, no señalado en los mapas.
Volviendo a la cuestión del paisaje como representativo de la visión del individuo, como imagen grabada o recuerdo: cabe distinguir entre una imagen paradigmática, que en cierto modo compendia un lugar, y la imagen personal que uno forma, quizás la que le resulta más querida. Un lugar que es sacrosanto para uno. Para mí, una vista puramente privada y personal es la de la carretera de Pardes Janá a Biniamina, que transita por una larga alameda majestuosa de palmas alternando con robles frondosos, orillada por naranjales y huertos de aguacates, y desemboca de pronto en un paisaje de viñedos, detrás de los cuales apuntan las primeras alturas del Carmelo, Zijrón Iaakov, y por el este las suaves colinas de Menashé. Y cada vez que uno asoma de ese oscuro túnel verde a la luz del campo abierto es como un nacer, con una vista cada vez algo distinta, según la luz, la estación, la hora del día.
Hay paisajes con los cuales nos hemos criado, hemos vivido nuestras vidas, lugares que nos han enriquecido y que nos informan sobre nosotros mismos. Los árboles miden nuestro propio crecimiento. El pionero e ideólogo, Itzjak Ben-Aharón, hablando con el escritor Amós Oz, expresaba su desconcierto ante la pérdida de un árbol. Era más joven que él. Recordaba cuándo lo habían plantado y cómo había gozado de su sombra durante años. Y ahora, ese viejo amigo se había ido, cortado por una generación más joven que la suya. En tales momentos se nos encoge el corazón, y la pena que sentimos es, en cierto modo, por nosotros mismos y nuestra propia mutabilidad. Todo lo que queda es pérdida, memoria o arte.
En las salas de subastas de Israel, los precios de los paisajes pintados en los años 20, 30 y 40 han ido en constante aumento. Por qué? Más allá de la manipulación del mercado, la clave está en el sentimentalismo, según se aprecia en el caso de Reuvén Rubin, cuyos cuadros se han convertido prácticamente en realidad física, casi en lotes de terreno de Israel. Esos cuadros orientalistas, sofisticadamente ingenuos, encantadores y en cierto modo reconfortantes, alcanzan hoy en día precios altos. Vienen a ser como un inmueble conservado, de modo análogo a como se ha conservado el barrio de Nevé Zedek, ese núcleo del naciente Tel Aviv de principios de siglo, implantado en las afueras de Iafo en un arenal junto al mar, que es hoy una mezcla ecléctica de lo burgués, lo bohemio y lo ruinoso, orillado como está por los rascacielos del centro financiero de Tel Aviv. El lado oriental de Nevé Zedek estaba flanqueado antaño por el único edificio de genuino valor arquitectónico de Tel Aviv, el liceo Herzlía, una construcción con aspecto de caravasar y portón de entrada imponente. El edificio se demolió en 1963 y en su solar se levantó la torre Shalom, un insulso rascacielos de 36 pisos, a cuyo lado las encantadoras casas de estilo Bauhaus que lo rodean parecen miniaturas. La destrucción del antiguo edificio fue en sí misma una toma de posición, una ruptura con el Tel Aviv fundado apenas medio siglo antes, una declaración de modernidad. Hoy, sin embargo, se busca ávidamente el liceo Herzlía en cuadros de aquella época, se lo valora como emblema, como símbolo de algo perdido, tanto más precioso porque nunca volverá. (Incluso aparece en los actuales billetes de 20 shékel, en simbólica fusión de lo material y lo espiritual).
Hoy el país debe pagar por sus preferencias. Los gobiernos modernos rechazan la idea de subsidiar a una agricultura manipulada por el Estado, y eso ha puesto el paisaje a la venta, compitiendo en desventaja con necesidades apremiantes de vivienda, industria, transporte y seguridad. Cuando una ideología se viene abajo, o cambia radicalmente, otras fuerzas llenan el vacío. El cultivo de naranjas ha dejado de ser rentable en Israel, pese a la alta calidad de su naranja shamuti, porque no puede competir en precio con la producción de España o Marruecos. Por ello, han desaparecido miles de hectáreas de naranjales. También han desaparecido muchos cipreses, cuyas largas hileras oscuras dividían los huertos, dándole peculiar elegancia al paisaje. Los cipreses suelen albergar plagas que se propagan a los naranjos, y eso los condenó a la tala. Cuando Tito conquistó Jerusalén, consciente del efecto psicológico que tendría la desaparición de los árboles, ordenó cortar todos los que podían divisarse desde el Templo, aun antes de destruirlo. Dos mil años más tarde, durante el Mandato británico, el gobernador de Jerusalén, Sir Ronald Storrs, decretó en 1919 que ningún edifico de la ciudad podría ser restaurado, ampliado, modificado o demolido sin permiso oficial. El alcalde Teddy Kollek amplió el edicto a los árboles de la ciudad. En el campo, en cambio, sólo unas pocas organizaciones hablan en nombre de la naturaleza: la Sociedad israelí de Protección de la Naturaleza, el Ministerio del Medio Ambiente (minúsculo en comparación con sus homólogos de otros países) y Adam, teva vedín, (Hombre, naturaleza y ley), un pequeño organismo sin propósitos de lucro, que realiza una labor maravillosa con un presupuesto ínfimo. En un país cuyas fronteras definitivas aún no están fijadas, la naturaleza queda siempre en segundo lugar después de las presiones existenciales; no todos comprenden aún que ambas deben ir juntas.
Los árboles son una medida del hombre. En general, lo que vemos en el paisaje cambia según nosotros cambiamos. Y así un buen día descubrimos el cambio en el espejo y nos sorprendemos ante la altura del pequeño vástago de limonero que plantamos siete años antes. El Israel de hoy está en plena transición. En los diez últimos años la población ha aumentado en un 20 por ciento. Los cambios se perciben de mes en mes. Es apasionante, pero también desconcierta e inquieta. La avenida de casuarinas que pinté cuatro años atrás ya no existe; hasta los tocones han sido quemados y arrancados. Después, allanaron el terreno y plantaron otros árboles. En los naranjos del huerto contiguo han injertado pomelos. Los injertos han arraigado bien. El injerto es el mejor símil que se me ocurre para describir la relación del pueblo de este país con su tierra. Un rebrote, un árbol diferente, una capa más, que no es igual pero que se funde con lo ya existente.
Antes de venir a vivir en Israel, me imaginaba un paisaje de un amarillo seco, tostado, con rastrojeras y cardos, un cielo de azul cerúleo, una luz deslumbrante, una aridez atemorizante. De hecho, éste es sólo un aspecto en una sola estación. Es más hermoso, con luz siempre cambiante, con estaciones sutiles, distintas en duración y carácter de las que se dan en otras partes. En lo que a mí atañe, me llevó diez años aquí el poder llegar a pintar paisajes. Sólo cuando hube plantado árboles y criado hijos y cuando finalmente corté las primeras frutas de los árboles que había plantado en nuestra pequeña finca, me sentí capaz de empezar a pintar paisajes. Quizás fue así porque necesitaba en cierto modo sentirme parte de ello, mi injerto tenía que fundirse con el patrón.
Las fuerzas profundas de la tierra, cual divinidades subterráneas primigenias, aún entorpecen y enturbian la visión personal. El pasado interviene, interfiere de mil formas, sin dejar que la realidad se detenga a flor de piel. La tierra aquí es tan honda como es ancha. Cada palmo ha sido tocado por el hombre, edificado, hollado, cultivado, combatido, salmodiado, injuriado, loado en oraciones, arrasado y reedificado. Pasee por la orilla en Cesárea, encontrará más tiestos que conchas.
Asnat, mi esposa, es ceramista, y la semana pasada, después de una tormenta, recogió en la playa, junto al recién descubierto hipódromo de los tiempos de Herodes, un grueso terrón de arcilla negra. Arcilla romana poco cocida que, amasada por el mar durante unos veinte siglos, se había vuelto pastosa. La trajo a casa, la colocó en el torno y le dio forma. La vasija resultante se está secando ahora antes de pasar la primera cochura en el horno. Otra versión del injerto.
Traducción: Shlomo Gitai
Shelley Kleiman
* El difunto magnate alemán de la prensa y ferviente pro-sionista, Axel Springer, acudía a Israel en tiempos de crisis para expresar su solidaridad. Apenas llegaba, iba a la iglesia Dominus Flevit en el Monte de los Olivos y de allí contemplaba la Puerta Dorada por la que, según la tradición judía, entrará el Mesías en Jerusalén. Springer, segín se dice, levantaba la mano para ocultar de su vista las mezquitas del Monte del Templo. Esa "corrección" intencional se basaba en su idea de que Jerusalén era la cuna de dos religiones y no tres, en tanto que las ciudades santas del Islam era sólo La Meca y Medina, y no Jerusalén.
** Contradiciendo esta tesis, se podría mencionar aquí a John Clare, J.F. Millet o Van Gogh, pero ellos se propusieron conscientemente pintar lo rural. Esa decisión muy clara los coloca fuera del ámbito del primitivismo o del género "naïf". Sentían el deseo de pintar la vida rural, sencilla y dura, porque reconocían en ella cualidades de honstidad y autenticidad, que les atraían.