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Jaim Guri - El manantial de la memoria

6 jun 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1998/107-8
 EDITORIAL | AMIJAI | POESIA | RABIN | PAISAJE | INDEPENDENCIA | LIT.  HEBREA | BANDERA | ESCULT. | SHAMIR | MADABA | GURI | COLLAGE |  AGNON | 50 AÑOS | APPELFELD | BETZALEL | NASSER | MODA | CREDITOS |
 
  El manantial de la memoria

Jaim Guri

Sí, había un campamento del ejército británico allí, junto al barrio caucasiano. Carpas hindúes. Una cocina de campaña que exhalaba su humo en la fría mañana. Soldados en uniformes verdosos de lana y polainas. Algunos, con sobretodos como los que, por las fotos, se llevaban en la Guerra Mundial. Los había que fumaban cigarrillos ingleses. Un humo fragante y dulzón Players, Woodbine, Senior Service, State Express, se mezclaba con la grasa de tocino derretida que se evaporaba, de huevos fritos...

Había aparcados algunos camiones desgarbados, con gruesas ruedas de goma, sin llantas. Un conductor trataba de poner uno de ellos en marcha con una manivela. El motor chapurreaba, daba unas cuantas señales de vida como si fuera a responder, y volvía a callarse. El soldado que lo ponía en marcha no desesperaba. Sabía de antemano que así son las cosas, que el motor todavía estaba frío y que había que repetir la intentona implorante, suplicante, rigurosamente agotadora. Hincó de nuevo el cabo de la manivela en la apertura frontal del motor y con un vigoroso movimiento circular trató otra vez de convencer al monstruo inanimado de que diera señales de vida. De nuevo, éste le gratificó con sus tosidos, como si dudara entre ponerse en marcha o permanecer en silencio. El hombre no se rendía. Seguía dando vueltas a la manivela con el mismo movimiento ritual, una y otra vez hasta que se oyó el sonido apropiado. Una sonrisa victoriosa se expandió por la cara del soldado. El aire de la mañana se llenó de hedor a gasolina quemada. Ya está! El cuerpo enorme del vehículo se estremeció. El motor frío, ahogado, sofocado, asmático, había optado por la vida e iba cobrando impulso.

En las cercanías había un centinela de casco de acero aplanado y armado con una bayoneta en la punta del rifle, un Lee-Enfield corto con recámara, como se enteraría después el niño.

Allí, justo allí, estaba el Goliat británico, arrogante y desvergonzado, que no dejaba de llamar a los "puñeteros judíos" a venir y boxear con él en "combate limpio". Varios días repitió el desafío. Como nadie respondió, dijo que los judíos eran cobardes. A Efraim Koitzim le resultó difícil soportar la ignominia de su pueblo y se voluntarizó para una batalla que tenía perdida de antemano. Lo levantaron de la liza de arena apisonada con la mandíbula dislocada, los ojos amoratados, escupiendo sangre y trozos de dientes que hasta ahora se conservan en el museo del heroísmo hebreo renovado. Es mejor perder un desafío que esquivarlo.

Hasta que llegó Emil y consiguió que la historia cambiara de rumbo, convirtiéndose en héroe nacional. Redimió nuestro honor profanado y proporcionó momentos de satisfacción, orgullo y felicidad a Tel Aviv y al yíshuv hebreo de la Tierra de Israel.

Era apuesto como un príncipe, con una constitución espléndida, hecho para la lucha. Mente sana en cuerpo sano. Poseía una rara combinación de velocidad esquiva y fuerza demoledora, de meditada prudencia y atrevido sentido del riesgo. Su fría presencia de ánimo no le quitaba un adarme al fuego de la pelea que ardía ante él. Se presentó ante el campeón que había estado a punto de matar a nuestro hermano Efraim, y le dijo "Te has hecho el héroe con los débiles. No tienes nada de qué jactarte... Veamos cómo te va conmigo". Mucha gente pensó que Emil no estaba en su sano juicio y que su suerte estaba sellada. Sólo él, el alumno del Bennie Leonard Club, sabía que aquello no era vana fanfarronería. En el tercer round, Emil lanzó su temible derechazo. El árbitro contó hasta diez. Goliat no se levantó.

Después, nuestro héroe venció a Mujamad Naguib, el campeón de boxeo del ejército egipcio que más tarde encabezaría el golpe de los oficiales que derrocaron al rey Farouk.

No lejos de allí, un poco más al oeste, se inauguró en 1932 la primera Feria de Oriente cuyo símbolo fue el camello volador. Yo tenía nueve años. En las puertas del recinto ferial, las banderas de los países y naciones que nos habían enviado su mercancía y productos ondeaban al aire de Tel Aviv. De los altavoces brotaba una canción especialmente compuesta y arreglada en honor al festivo acontecimiento. Soy uno de los pocos que todavía recuerdan la letra:

"Cantemos una canción a la Feria de Oriente,
Dejemos oír la canción del mañana.
Nuestras naves llevan a Ofir
Grano y vino y aceite de oliva.
Ya desde que el Eclesiastés nos gobernaba,
El gran rey Salomón, hijo de David,
Nuestra tierra ha sido puerta de paso
Abierta a las tierras de Occidente".

Y éste era el festivo estribillo:

"Vuela, camello,
Vuela por los aires,
sobre los siete mares,
Vuela y lleva un saludo de paz a cada nación
Y bendícelas en la Feria de Oriente".

La Tierra de Israel es el puente entre Europa, África y Asia, la entrada al Mar Rojo y a Ofir, la puerta abierta a tierras de Occidente. El Camello Volador traía un saludo para cada nación, bendiciéndolas en honor de la Feria de Oriente. Siempre, por alguna razón, pensamos que "los ojos del mundo entero estaban vueltos hacia nosotros". Y Tel Aviv festejaba.

Oh, qué bonita era aquella verbena!. Recuerdo la rueda gigantesca que bajaba al inframundo y se alzaba a las alturas, con las chicas asustadas gritando "Mamacita!" y los gestos tranquilizadores de los muchachos. Recuerdo el "Tren Fantasma" atravesando oscuros túneles terroríficos, la aparición súbita de esqueletos pálidos con los dientes apretados. Recuerdo el "Muro de la Muerte", con los motociclistas hechizados por la velocidad atronadora e impresionante, subiendo y bajando la pared escarpada.

Todo. Lo recuerdo todo. No lejos de allí había un puesto de tiro al blanco con rifles de aire y detrás, en la penumbra, estaba "el Mago Hindú", un judío rumano de fama mundial. Quizás no fuera Houdini, el rey de los magos, pero era uno de sus grandes discípulos. También él vino invitado a nuestra ciudad blanca para exhibir prodigios y milagros. Con mis propios ojos lo vi aserrar a una mujer viva en dos y después, con un serpentear de su varita, reunir de nuevo los trozos. Sacaba un montón de banderas nacionales de su oreja izquierda y, de la derecha, una bandada de zureantes palomas blanquísimas. Leía los pensamientos de la gente, abría los corazones y realizaba otros portentos similares, extraños y prodigiosos, que no se pueden explicar y son como el dedo de Dios...

Alrededor, apretados y excitados en tumultuosa aglomeración, estaban los habitantes de nuestra ciudad y otros muchos que habían acudido de todos los rincones del país, de Rujama a Metula; y árabes con fez y kefías, con mantos y trajes europeos, venidos de la vecina Iafo y también de Jerusalén, la ciudad eterna. Había residentes veteranos del país y nativos, y también inmigrantes recién llegados, a juzgar por sus corteses frases en polaco, que veían con ojos atónitos que Palestina era también esa verbena, no sólo arena y el sol cayendo de plano y algunos ricinos. Afortunados nosotros, que lo vivimos!

También yo estaba allí, dando vueltas en ese estar juntos tan maravilloso y oyendo aquella canción que irrumpía de los altavoces: "dejemos oír la canción del mañana..." Todo estaba lleno del mañana.

Después se construyó en esta zona la estación central de autobuses que prestó servicio a nuestra ciudad y a nuestro país por unos 60 años hasta que la trasladaron a su nuevo edificio. Qué puedo decir yo en su favor o en su contra que no se haya dicho ya? Era más, mucho más que una estación de autobuses al servicio de los que vivían cerca o lejos. Allí, en esa conmoción apresurada y fluctuante, en el griterío y los gruñidos, las compras y las ventas, entre tiendas, tenderetes y quioscos, entre casas de comidas y puestos de baratijas, en aquella fealdad, desnuda y expuesta al sol y a la lluvia, podías sentir ese otro Israel al que también tú, lo quisieras o no, pertenecías. Sí, también tú formabas parte de esos espectáculos que no te pedían permiso para existir. Allí, entre tiendas de ropa y zapaterías, entre pasteles de levadura y burekas hechas por "profesionales de Seriar", también tú podías encontrar mesas para tomar cerveza, aguardiente y coñac, y todos los periódicos, todas las revistas pornográficas, y el Cine Central que proyectaba "El placer de los deseos" como aguas robadas, y las maravillas del falafel según el sistema de "agarra lo que puedas" que permitía a los hambrientos atiborrar su pita con todas las fritangas y las ensaladas y los curtidos y las salsas picantes, y poner tejina una y otra vez al conglomerado en honor del plato nacional. Una tierra de gente que come de pie o corriendo, una tierra de vendedores ambulantes gritando a pleno pulmón, una tierra de masas de gente sin figura ni gloria que se suponía que tendría que fundirse en el crisol y convertirse en la nación hebrea en su patria, como dicen los oradores. Mi amigo Musa Fish sostiene que "esto no es un crisol de diásporas, sino una olla a presión de exilio reunido". A menudo he oído que la estación central de autobuses no es el corazón de Israel, que a dos pasos de esperanza de ella están el kibutz Guivat Brener y el Instituto Weizmann, y los museos, y el teatro Habimah, y el cuartel general del Alto Estado Mayor, las bibliotecas, la universidad y otras instituciones similares que dan a Israel su estatura. Otros han respondido diciendo que la estación central de autobuses es más fuerte que lo demás y que es mucho más que una estación de autobuses gigantesca. Es también una encrucijada cultural y el laboratorio del otro hebreo. Quizás no sea un lugar indicado para los que tienen el paladar delicado. Estoy seguro de que las estaciones de autobuses parecidas en el extranjero, son distintas.

Aquí, entre el estrépito, el griterío y los humos de gasolina quemada, pasaban también miles de turistas cargados de pesadas mochilas. Y a ti, que entretanto habías crecido como el patriota israelí más acendrado, te daba vergüenza verlos preguntar a alguien donde estaban los "servicios" o "los lavabos" porque sabías lo que les esperaba en los urinarios y retretes de nuestra estación central de autobuses y te temías que pudieran llegar a hablar mal del país.

Ahora ya no está allí. La han trasladado a la calle Levinski. Entre los que permanecen, se cuenta un almacén enorme de libros usados. Tesoros. También yo encontré allí algunos libros míos que me faltaban, en primera edición. Entre ellos, encontré "Frente a la cabina de vidrio" y, en él, una cordial dedicatoria a "M. D., erudito y soldado". Mi libro había viajado desde la llanura de los naranjales hasta el Valle del Jordán, al kibutz Guilgal, según el sello de la biblioteca. De ahí, había llegado a ese almacén de la vieja estación central de autobuses. Espero que alguien lo leyera antes de iniciar esa odisea.

Hacía mucho que no iba por la estación central de autobuses vieja de Tel Aviv. Hace poco, pasé allí unas cuantas horas. Si quieres conocer el "otro" Israel, una vez más: ve por allí. Me senté, anciano ya, me tomé una cerveza. Desde una tienda de ropa cercana, irrumpían las melodías mediterráneas a un volumen escandaloso. Un poco aturdido y pensativo, miraba a los transeúntes: israelíes de diversos pelajes, ciudadanos árabes del país, palestinos de la Autonomía. Y, a su lado y entre ellos, masas de rumanos, turcos, africanos y asiáticos, nuestros constructores de Pitón y Ramsés, cada vez más los limpiacloacas de la primera ciudad hebrea. Algunos se aglomeraban a las puertas de las centrales de teléfonos internacionales y llamaban a la familia, otros compraban mientras sus congéneres tomaban café o bebidas alcohólicas.

Di una vuelta por aquellas calles familiares para mí desde mi primera infancia, Nevé Shaanán, Bnei Brak, Tiberias, Yesod Hamaalá... en una papelería y bazar de juguetes, la dependienta me dijo, "Hace 50 años que estamos aquí, pero esto ya no es lo que era. Desde que los autobuses se fueron a otra parte, tenemos menos clientes. En su lugar, hay toda esa gente. Me parece estar en el extranjero. Venga por la noche y verá lo que pasa aquí. De cada dos casas, una es un burdel".

Seguí andando, entre anuncios de espectáculos lúbricos en hebreo y en otros idiomas. Escaparates con fotos del paraíso en la tierra que espera a los que entren. "Lolita", "El pequeño París", "Amsterdam", "Copenhague". Casas de masajes. Miles de extranjeros solos y estimulados. Oferta y demanda. Cafés que no parecen de aquí, y televisión, vídeo, películas pornográficas. Han venido a proveerse a Israel. Pan y trabajo. Obreros que hacen el trabajo manual negro que los israelíes desprecian. Nuestra "brigada de trabajo". Los constructores de nuestra tierra y sus sirvientes. Apiñados como sardinas en lata. Vergonzosa explotación. Nuestros trabajadores extranjeros. Aquí encuentras no pocos de esos cientos de miles. En el sur de la ciudad, no en el norte. Algunos de ellos son padres de niños que hablan hebreo. Cómo y cuándo se irán de aquí y volverán a su casa? Qué suerte correrán los que se queden? Si Israel fuera cananeo, ellos, por lo menos los mejores de ellos, serían recibidos de alguna forma como parte del gran campamento de inmigrantes y cambiarían de identidad. Pero Israel es tan judío... necesita su trabajo y su sudor, pero no los quiere a ellos. Tampoco convertirá a esas multitudes. Se quedarán en tierra de nadie, en su extranjeridad patente. Tan cerca y tan lejos.

Quise iniciar una conversación, pero no hablo su idioma y me limité a mirarlos como un extraño que pasa casualmente por el lugar. Quería decirles que aquí, en este mismo lugar, tuvo lugar un combate de boxeo entre un campeón británico y un joven judío llamado Emil Avineri; y que después se celebró aquí la primera Feria del Oriente, y después estuvo la estación de autobuses más grande del país. Y ahora, son ellos quienes están. Los nuevos israelíes. En la pantalla del televisor relampaguean unas películas de vídeo. El Kama Sutra entero ante nuestros ojos. Arriba, las banderas de Israel y Turquía. Un recuerdo del Imperio Otomano.

Traducción: Raquel Sperber

 
 
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