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Nasser está esperando a Rabin*
Leah Eini
La mañana del día en que planeaban quemar a Nasser, Madame Rachel se despertó una hora antes de lo acostumbrado, sacó el cuchillito que había puesto bajo la almohada la noche anterior y salió corriendo, descalza, a ver si no le habían robado la ropa sucia y los trapos de las dos cubas que tenía en el patio.
Las cubas de madera, en realidad viejos barriles del puerto, estaban cerradas por esta vez con un par de candados de bicicleta, que en la víspera le había prestado el cartero que vivía en la otra cuadra, tras consentir, sólo por la noche de Lag ba'Omer **, en guardar su bicicleta dentro de la casa para que los niños no le robaran la ropa a Madame Rachel. Pero no, Madame Rachel dio unos golpecitos sobre la tapa ranurada, aliviada, nada había sido forzado. Por suerte. Luego estiró las aberturas de su camisa de noche sin botones, en un vano intento por protegerse del frío y empezó a sacudirse las hojillas de ciprés que se le habían pegado a las plantas de los pies. Mientras lo hacía, se le cayó de repente el cuchillito curvo que le servía para descoser los edredones de pluma, que día por medio le traían a lavar, y que se había metido en la manga al despertarse. Sólo por un instante, Madame Rachel se inquietó al ver el cuchillo, lo levantó y empezó a raspar con él las punzantes agujas de helecho que se le habían adherido al talón, sólo que cada vez que conseguía deshacerse de ellas, volvían a pegársele al otro talón. Madame Rachel esbozó una agria sonrisa. Súbitamente, como si se le hubiera revelado toda la importancia de ese momento vacuo, en el día planeado para ser más largo que lo habitual, se volvió nuevamente hacia el patio y se apoyó, más que despierta, en el marco de la puerta.
Era temprano y ni siquiera de las casas vecinas el cortijo era cuadrado y negro como una tableta de chocolate, y en cada extremo había una choza que parecía pequeña, aunque albergaba a siete u ocho personas salía todavía sonido alguno. En el espacio entre las dos casuchas del lado izquierdo y la valla que lindaba con el Bet ha'Am, que en realidad era la biblioteca vecinal, se erguía el cuarto de baño compartido, con sus muros de piedra, aún oscuro y cerrado. Señal que de veras había madrugado, se chanceó Madame Rachel, sintiéndose la única alma viviente en ese lugar... Eso la llenó de orgullo. Ese día le reservaba cambios, soñados por Madame Rachel durante mucho tiempo, esperando sólo que llegara el momento propicio. Otra vez pasó de un aguijoneado talón, sucio de polvo y briznas, al otro y extendió los brazos en un lazo flojo que se mecía serenamente sobre la ingle. Oh, sí, se sentía muy valiente allí, de pie, al rayar el día, disfrutando en secreto del lugar en que vivía, al fin encontrado después de haber huido de su marido, y sintiéndose al borde de sostener algo en esas manos de las que ya hacía demasiado que las cosas se le escapaban. Y por eso, con un goce que de sólo experimentarlo se sentía como una malcriada, Madame Rachel aspiró el aire lavado, levantó el rostro con los ojos cerrados, y los abrió rápidamente el cielo estaba blanco...
Madame Inés, la modista del cortijo gemelo de enfrente, a la que Madame Rachel solía visitar al declinar el día, para un café y un poco de charla, creía en el cielo. La anciana costurera decía que el cielo es la mejor de las bolas de cristal, y que sólo los necios van a consultar a la adivina de Bujara y a comprar el porvenir. Para qué? Si basta con levantar la mirada hacia el ojo de Dios, cacareaba Madame Inés con su risa vivaracha, si allá todo está claro, todo está escrito, sólo hace falta el coraje de mirar ... Madame Inés era viuda, por eso tenía tanto tiempo para mirar por la ventana y sólo por eso Madame Rachel le tenía envidia. Ella misma, pese a que habían pasado ya unos cinco años, aún temía que su marido apareciera un día, entre las cortinas de vapor que alzaba en el patio, sobre sus dos grandes tinas agua calienteagua fría colocadas sobre tarimas improvisadas por ella con tablas y clavos herrumbrados, recogidos de aquí y de allá, de alturas desiguales y sobre las cuales plantaba sus tinas de metal para lavar la ropa o las hilachas de lana y las plumas grasientas que esparcía y secaba sobre un lecho de sacos en el patio.
Gozaba de buen nombre y trabajaba duro, por eso estaba orgullosa, al fin de cuentas, de no tener tiempo para mirar al cielo. Los días se escurrían como burbujas de jabón delante de sus narices y su marido no venía. Madame Rachel rezaba cada noche, antes de dedicarse a sus sueños de cambio, que tal vez estuviera ya muerto el hombre, que más de lo que adoraba la bebida aborrecía su propia persona, y por eso no le importaría no enterarse nunca de su muerte. Al contrario, replicaba con una risa cáustica a Madame Inés, no tenía intención alguna de volver a casarse. Dios nos libre! ... De todos modos, le había tocado a ella ocuparse de la hija que le había hecho el borrachín, que tal vez por él había salido así y que hasta el fin de sus días sería para ella como una soga al cuello. Madame Rachel, con un suspiro ahogado, volvió a escudriñar el cielo con los ojos ardiendo. Qué dice Inés del cielo blanco? No recordaba nada, salvo una burbuja minúscula que reventó en su cabeza: que era un mal augurio. Como si al estar todo borrado, todo podría suceder, también algo peligroso... Madame Rachel perdió la risa en el bostezo que le acometió súbitamente, disfrutando todavía de la frescura del alba, que le cubría la piel de granillo azulado, más el escozor del cuchillo en el brazo. Pero eso era bueno, eso era tener coraje. Como meter las manos, en invierno, en el agua helada de la tina para enjuagar la ropa o sumergirlas hasta los codos en el agua hirviente, en los días tórridos, y frotar las prendas dentro del hálito de calor que la sofocaba, le nublaba la vista y le hacía brotar ampollas blancuzcas en los dedos que parecían pudrirse, y aún así, seguía restregando los cuellos pringados de sudor y las manchas amarillentas en los sobacos y los puños tiznados porque de otro modo, cómo saldría la suciedad? Cómo quedaría todo limpio? Sólo del cielo, de la lluvia?, se dijo burlona... pero eso sí que era coraje: ir contra la corriente, las estaciones, las fiestas, la gente murmuradora, como toda la vida que puso todas las cosas en su contra. Y por eso, por qué ser presa de miedos tontos justamente hoy? Madame Rachel presionó la manga de su camisa sobre la hoja curva del cuchillo también este día está condenado a escurrirse ante sus narices, por diferente que ella deseara que fuese, pues la niebla está condenada a disolverse lentamente sobre su cabeza despeinada y en su lugar habrán de mezclarse sábanas de marfil y de azur, tibias y fragantes, que ella aspiraría a fondo. Sólo cuando la intensa luz adamascada irrumpió en la choza de enfrente, revelando una nuca caliente y dura, Madame Rachel entró apresuradamente en su casa.
Abram el Patrón, así lo llamaban, era siempre el primero en entrar en el baño común del cortijo negro. Tenía dos motivos: uno, que era el único hombre y el otro, que tenía que tomar el autobús de las cinco y cuarenta y cinco a Yafo, donde trabajaba en el taller de herrería del hospital Dejani, reparando camas, camillas, sillas de ruedas, soportes de infusión y otros artefactos metálicos. Era un trabajo bueno y fijo, que le había arreglado el Partido Mapai, pues se había hecho la fama de ser el que más votos traía del vecindario, aunque él personalmente votaba por el contrario, el Majal, con toda lealtad, pero eso no lo sabía nadie. Al fin y al cabo, no podían enterarse. Abram estaba muy orgulloso de su ancha cara inmutable, terror del barrio, y de la enorme musculatura que se trenzaba en sus brazos bronceados, ante la cual la gente no dijo esta boca es mía, y menos que nadie la bibliotecaria soltera, que tartamudeaba, cuando convirtió la biblioteca pública en un improvisado Bet ha'Am, o Casa del Pueblo, en una tribuna para todo tipo de asambleas partidarias, que más de una vez terminaron en trifulcas y en un revoltijo de bancos y libros arrojados, todo lo cual ordenaba la bibliotecaria al día siguiente, a cambio de unas monedas, y muy lentamente, ya que en los últimos tiempos, con la tensión insoportable, la gente no leía tanto. Pero a veces, cuando la reunión se ponía muy subversiva y demasiado acalorada y los daños eran considerables, Abram salía más temprano del hospital y se presentaba, en pantalones cortos de fatiga y camiseta, en la biblioteca, para reparar los bancos destrozados y reforzar las estanterías lanzadas, con los mismos brazos fuertes en que cargaba, en las elecciones, a los viejos e inválidos del barrio para que votaran por Mapai; y ese día también se traía una silla de ruedas o una camilla del hospital y ya en el hogar de ancianos (atendía a varios) les ponía una o dos libras en la mano arrugada o en el bolsillo del piyama, junto con la papeleta debida.
Por esa razón, nadie lo lamentó más que Abram el Patrón cuando una mañana, en que no había aparecido nadie que le apagara el hornillo donde calentaba el agua, a la anciana paralítica esa que vivía en la casucha rayada como una cebra, ahora carbonizada, por la cual pasaba en camino al baño, con sus utensilios de afeitar y una toalla con la insignia del hospital sobre la camiseta se encendió un fuego, inimitable en su pasión por la libertad, que hizo arder la choza, lamiendo y royendo cada tabla, y afanarse como locas a las mujeres, hasta la hora de su regreso, al ocaso, para aplacar el incendio y apaciguarlo a él, a Abram el Patrón...
Pero Abram no se consoló tan pronto. La anciana paralítica era un voto seguro, y por cada voto como ése le daban quince libras del Partido, además de otros permisos y formularios para lo que necesitase, suspiraba Abram el Patrón por milésima vez, mientras sacaba del bolsillo de los pantalones un manojo de llaves, para arrojarlo al aire, atraparlo al vuelo por la llavecita más pequeña y abrir la puerta del baño. Pero antes de entrar y porque aborrecía la oscuridad tanto como las cosas nuevas o misteriosas, encendió inmediatamente la luz, que se consumía chupada y débil al escurrirse de la bombilla, sobre el espejo manchado de humedad. Y a pesar de eso no le asombró para nada ver las tarimas torcidas de la colada de Madame Rachel, al lado del cuartucho, una sobre la otra, sin caerse todavía al suelo de cemento hinchado por la humedad, que reparaba todos los años para bien del vecindario, pero que estorbaban, eso sí ...
Y bueno, él no recordaba haberle dado permiso a la lavandera para meterlas allí por la noche, ya que generalmente quedaban en el patio, al lado de los barriles, pero decidió dejarlo pasar. Esa noche iban a quemar a Nasser y cada pedazo de tabla era un tesoro, sonrió con sorna Abram el Patrón hasta el momento de abrir el grifo y empezar a mezclar el espeso jabón de afeitar. Con los pliegues de la roja papada que se le derramaba escalonada sobre el pecho calculó rápidamente que por esas tarimas podía conseguir unas dos o tres libras de los niños que deambulaban como borrachos desde hacía una semana por las calles, ávidos por atrapar cada astilla de madera, eludiendo al guardián de la patrulla civil que recorría el barrio con su uniforme oscuro y exigía que apagaran las luces, estricto con cada vela encendida o mechero, para acatar los reglamentos dictados por las autoridades en lo que correspondía al oscurecimiento, sonrió Abram el Patrón con avaricia, no fuera cosa de echar a perder la afeitada. A pesar de ello, los niños se escabullían del guardián como si él mismo fuera una antorcha resplandeciente, aprovechando la linterna que se mecía, tenue, para hurgar en el patio de acá y en los rincones de allá y vender el alma por cada madero que no conseguían gratis o no lograban escamotear.
De qué alma estoy hablando?, eructó, riendo entre dientes, hasta sus propios hijos, unos gemelos de baja estatura y robustos como él, a los que pronto habrían de reclutar y esperaba que la guerra prevista, que seguramente estallaría mañana o pasado mañana por las hogueras de la fiesta, que ningún miembro del gobierno hubiese podido impedir aunque quisiera, y tal vez todavía pueda evitarse el combate, y si estalla, pues que se acabe antes de que recluten a sus hijos, que para eso le ha dicho ya unas palabras a alguien del ejército, para que se olviden de ellos en la primera movilización y también en la segunda hasta ese par de burros, ya crecidos y con barba, regresaban por las noches a casa, con los pantalones desgarrados y los brazos picados de aserrín, por lo que su mujer se volvía loca, aunque no les faltara yodo ni antisépticos del hospital; pese a ello, no se atrevían a tocar las tarimas de la colada de Rachel, de otro modo recibirían de él su merecido ...
Eso es, la guerra, Abram el Patrón estiró la piel para que la navaja se deslizara como mantequilla, cada día que pasaba, la guerra permanecía echada a la puerta, como perro rabioso, rascándose, y era sólo cuestión de tiempo hasta que arremetiera...
En cierto sentido, Abram el Patrón se alegraba por el fuego y por lo que pensaban hacerle a Nasser, aguardaba anhelante al mordisco de la guerra, pues también en la época de la austeridad había hecho buenos negocios en el mercado negro, con artículos robados de las casas de los ancianos, o con equipos costosos que había hecho desaparecer de los almacenes del hospital. Y ahora, con la recesión económica, prosperaría todavía más Abram se pasó la navaja por la barba dura, con cuidado, cerca de los ojos fijos en el espejo, no fuera a ser que se desviaran y vieran lo que la hija de Madame Rachel había garabateado con una pata de pollo untada con barro en las paredes agrietadas de la ducha. Lo que había embadurnado allí...
Abram el Patrón no sabía leer ni escribir y con seguridad no habría permitido que estropearan así el cuartucho de baño, del cual se ocupaba personalmente, si no fuera porque la idiota del cortijo era la hija de Madame Rachel, pues a ella le permitiría unas cuantas cosas más, aunque fuera de eso la muchacha no había hecho nada y además, esos letreros locos se iban derritiendo con el vapor del agua, al fin de cuentas, como hilos de lágrimas que se fundían en manchas, que así, pensaba, de cualquier modo se borra todo... Pero decididamente, se prometió el Patrón enjuagando la afilada navaja bajo el chorro mezquino este año, con sólo que la guerra se apresure un poco, además de la capa de cemento pintaría de azul fresco el cubículo de la ducha, para sacar toda la suciedad y dejarlo limpio, resolvió el Patrón y empezó a enjabonarse el cuello y los sobacos, mientras su mujer encendía la radio en la choza, para despertar a las hijas, a las que también les había arreglado trabajo como enfermeras auxiliares en Dejani.
Habrá estallado la guerra?, se preguntó ansioso al oír el alarido de su mujer, cada año más frágil de los nervios y peor aún en épocas de emergencia. Se lavó apresuradamente y ya al salir del baño, masajeándose el pecho mojado, divisó un avión egipcio vibrando en lo alto, en el cielo de un celeste desteñido, y exhalando una cola gruesa y negra. Abram el Patrón calculó que el avión estaría en misión de observación, aunque en el pasado habían arrojado bombas en el barrio y la casucha del talabartero sordo, por ejemplo, ése que se obstinaba en votar Majal rechazando enérgicamente cualquier soborno, hasta que a Abram no le quedaba más que palmearle las espaldas afectuosamente, porque los lisiados sólo tenían que resistirse para que los dejara en paz aún así la choza del sordo había sido arrasada por el fuego. También ahora, mientras se secaba la cara con la toalla tensa, aguardó un momento en el umbral del baño para ver qué le caía desde lo alto, pero cuando el avión se borró con el humo, Abram el Patrón escupió hacia el costado y se dirigió a su morada, sin apagar la luz del baño, porque después de él, cada mañana, entraba inmediatamente Madame Rachel.
Madame Inés, la costurera, fue casi la última en despertarse, por la vida cómoda que llevaba, y cuando se asomó a la ventana, en la acera de enfrente ya estaba la hija de Madame Rachel, con su vestido y el gastado suéter del que no se desprendía ya fuera verano o invierno pegada a la pared del lado sur del cuarto de baño. Madame Inés descorrió la tela negra que cubría la ventana, por el oscurecimiento, para gozar de la vista. Para ella era como una señal de que el cielo estaba fuerte y dulce esa mañana, de otro modo no estaría la lagartija de Rachel, flaca, delicada y húmeda, sobre la pared azul bañada de sol.
Madame Inés no encendió la radio para oír las amenazas e imprecaciones del presidente egipcio, porque de todo el vecindario ya atronaba, inflamado y ominoso, cada vez que transmitían noticias alarmantes o simplemente hablaban y hablaban, interrumpiendo súbitamente la música como sangre que dejara de circular. A pesar de todo, Madame Inés se sentía serena y segura, que al final no pasaría nada, aunque la tensión les pegaba a todos una especie de enfermedad de miedo y de corretear porque sí y la adivina de Bujara, su enemiga del alma, que pulía la bola de cristal con orina de gato negro, estaba haciendo buenos negocios. Por su parte, Madame Inés confiaba en el bello firmamento como una recién nacida, y como no tenía hijos de los que preocuparse, no le importaba que pasara lo que pasase, ya que Dios, del que se puede decir muchas cosas, ciego no es! Tiene ojos en la cabeza, el Creador del Mundo, y aunque los condenara, al final repararía con seguridad las desgarraduras y ataría los nuevos lazos bondadosamente, exactamente como hacía ella al coserles a los niños, en Lag ba'Omer, el muñeco que iban a quemar, confeccionado con sacos birlados del mercado, en los que ella recortaba la figura escogida con las tijeras de podar, para después coserla con la aguja más gruesa y rellenarla con todos los trapos que había juntado en su trabajo, aunque nunca le bastaban. Y por eso los mandaba, todos los años, a pedirle trapos a la lavandera: ropas que no habían sido reclamadas y que Madame Rachel guardaba, una a una, en el fondo de los barriles, sólo hasta Lag ba'Omer, último plazo para reclamarlas, porque ese día las viejas prendas y las mantas desgarradas ya rellenaban todo el volumen del muñeco, al que llevarían en procesión cantando desenfrenadamente y con todos los honores, e izarían al tope de la hoguera para que ardiera con la primera chispa...
Este año queman a Nasser, y en buena hora... se regocijó Madame Inés con el contacto de los jóvenes rayos de sol que paseaban sobre su rostro, sonriente al recordar el enorme muñeco de sacos que había confeccionado este año y que todavía estaba vacío y flojo. Sólo que por esta vez, habían acordado ella, la lavandera y los niños, por esta vez esperarían hasta el último momento, hasta que Madame Rachel sacara el último de los trapos del fondo de las cubas, para que se hinchara el muñeco de carne y espanto, odios y venganzas, esperanzas y plegarias, para que lo vieran bienbien desde la colina de las fogatas y ardiera interminablemente... Paciencia... Y sin embargo, la costurera no se separó fácilmente de la vista desde su ventana enfrente la lagartija lamida por el sol, a la izquierda el montículo rebosante hasta que fue a apagar el fuego bajo el hervidor para prepararse la taza de té con el dulce de membrillo que hacía especialmente, del que le daba cada vez un frasco a Madame Rachel, para la hija que apenas comía y casi no había crecido. Ahora, disolviendo el espeso dulce en el agua hirviente que se iba oscureciendo, Madame Inés decidió deshacerse este año también del rodillo de amasar que estaba junto al hornillo, el viejo rodillo de amasar agrietado por el uso, que se tragaba parte de la masa y le estropeaba el pastel. Por eso, Madame Inés tomó la taza humeante y fue hacia la ventana para bebérsela tranquilamente. Esa tranquilidad estaba reservada a las viudas que miraban al cielo naciente, al que sólo el vapor de la colada de Madame Rachel, que burbujeaba sobre los techos de las casuchas de enfrente, adornaba con nubes pasajeras, mientras el rodillo de amasar, hincado bajo el cinturón de su bata como un garrote, rozaba el marco de la ventana... Paciencia...
A cinco hombres de traje oscuro y camisa nívea, pero libre de corbata, vio la lavandera con el rabillo del ojo que le ardía, al inclinarse sobre sus tinas humeantes. Cinco hombres que entraron en el cortijo, marchando al unísono, y avanzaron sin darse cuenta a preguntarle a la muchacha, que aparentemente estaba allí para ellos por lo que aminoraron el paso y que seguía pegada a la pared del cuarto de baño, moviéndose únicamente con el sol, con los ojos grandes, encerrados en rojos sueños, que habían madurado en el cielo y hervían a sus espaldas.
Más ocupada que nunca en lo suyo, Madame Rachel supuso que buscaban a Abram el Patrón; los funcionarios del Partido venían siempre con propuestas para toda clase de arreglos con Abram el Patrón, y su mujer, que inmediatamente después de salir él a trabajar, y toda la familia en pos de él, volvía a meterse entre las sábanas que olían a remedio, no le abría la puerta a nadie. Madame Rachel sonrió frente a las burbujas de almidón que reventaban del aliento de su sonrisa, uno por uno fue disgregándose el bloque negro, que en vano seguía preguntándole a la tonta si vivía ahí un tal... si conocía... si sabía dónde estaba... cuándo regresaría... y cada vez que volvían a mencionar el nombre del fulano, más se estremecía la muchacha, como una lagartija atrapada por la cola, temblando cada vez más contra la pared, no se sabía si para desprenderse del rabo que se retorcía o para hacer crecer uno nuevo; sólo que también el quinteto nervioso se curvó de rabia, golpeando con los pies el suelo de chocolate, obstinado y como sitiando a la jovencita, hasta que finalmente se desprendió con un alarido de la pared, blandiendo una pata de pollo mugrienta que había sacado del bolsillo de su suéter y se metió en el baño para ensuciar las paredes con un ay-ay-ay y otro ay-ay-ay sin sentido e incesante, seguida por dos necios que la perseguían, pensando tal vez que Abram estaría allí. Resultó que se demoraron sólo un momento, sin comprender nada de lo que había ocurrido ni de lo que había sido escrito, también el sol del mediodía los cegó después de las tinieblas del cuartucho, por lo cual salieron más enfadados que cuando entraron y contagiaron su enojo a los tres de afuera, hasta que de repente notaron la presencia de Madame Rachel entre las nubes de vapor y volvieron a agruparse en un bloque negro que avanzó hasta rodearla y preguntarle: dónde está Abram el Patrón, si ella sabía... cuándo regresaría, él dijo... tal vez esté en Dejani, es posible... y la llave del Bet ha'Am, de la biblioteca, la tendría ella?
Madame Rachel siguió negando con la cabeza delicadamente, con los mechones húmedos y el cuello fatigado, con los brazos sumergidos en el agua turbia de la colada, en la que reventaban relucientes burbujas de jabón, obligada a lavar así la ropa, en medio del patio y no en el cuarto de baño, donde tal vez le sería más fácil, para que los vecinos vieran que no usaba más agua que la cantidad por la cual le pagaba a Abram el Patrón y también porque Abram el Patrón solía venir más temprano dos o tres veces por semana, nadie sabía cuándo del hospital, acercarse furtivamente a espaldas de la lavandera a pelar a la hija de la pared celeste y empujarla con la rodilla peluda y sólida al cuarto de baño, que entonces, a la hora de la siesta, estaba siempre vacío y allí en la ducha oscura, que sólo tenía un ventanuco de malla metálica y por eso, aun en las horas más luminosas del día, siempre encendía la mísera luz antes de entrar, echar llave inmediatamente a la puerta chirriante, adherir a la hija a la pared empapada pura piel y huesos, bajo el enorme calentador esmaltado, de modo que si levantaba la cabeza buen golpe recibiría de la tubería metálica en la frente o en la sien aunque de todos modos le torcía la cara escuálida a un lado, y le tapaba la boca que aullaba en vano con la mano robusta; así era como la violaba, por detrás, dos y tres veces. Entonces salía y escupía en el umbral, dejándola caer al piso de cemento una porquería de miembros deformados en el suelo sólo por un segundo, nada más, que enseguida venía detrás de él la lavandera, a limpiar el terreno y bañar a la hija, justamente con agua helada porque ya había acabado toda su cuota de agua caliente. Por ese motivo, en el momento en que la soltaban, ya estaba la hija fuera de un salto, pegada a la pared, presa de espasmos como los que antes atacaban al padre borracho, mamaba sol, vida nueva y aliento, apaciguándose lentamente hasta que parecía como si nada hubiera ocurrido; la luz ya había sido absorbida y el ocaso amenazaba desde el oeste, como Abram el Patrón, que sólo él sabía de su marido: quién era y dónde estaba y cuando vendría al enterarse de dónde ella se escondía; así aparecería de repente, para llevársela a ella sola, pues la hija se la dejaría a Abram, agradecido por sacársela de encima, y para volver a golpearla y a meterse en el bolsillo el dinero que cobraba por lavar la ropa, porque sólo Abram el Patrón sabía qué bendición de marido le había tocado en suerte y excepto él, quién sabía lo que le deparaba el día, qué fluiría con ella y qué en el sentido contrario...
Ya! Habéis visto? De veras, allí... hoy van a quemar a Nasser, reveló finalmente Madame Rachel, para no despertar sospechas de excesivo afán ni falta de cooperación en los militantes que todavía titubeaban en el cortijo, discutiendo y refunfuñando, si valía la pena esperar o no. Pero lo logró, porque los diez ojos se dirigieron a la vez hacia el montículo de arena colmado de chatarra que estaba frente al cerco. El mismo que estaba al pie de la escuela elemental, cuyas ventanas ya habían sido destrozadas mucho antes y a cuyo techo había trepado, hacía apenas una semana, un soldado larguirucho, para engrasar la sirena de alarma, ya que el director se había quejado, porque era inconcebible que justamente ahora, con la guerra en puerta, la alarma chirriara como una gallina degollada...
Ah, sí! Pero más abajo, un desastre para los reglamentos de emergencia, opinan los cinco activistas del Partido. Ciertamente, porque todo el montículo era una pira, abarrotada de trozos de madera, pedazos de muebles, tablas, troncos y toda clase de postes y basuras, cuya única virtud era que podían quemarse. La pila ya cosquilleaba los cables eléctricos aflojados por las últimas lluvias, que pendían con riesgo de arder. Y por la luz crepuscular que bajaba el horizonte ya hacía una hora, unos muchachos acompañaban fielmente al becerro de madera, amontonando con pasión y a voz en cuello más madera y toda suerte de objetos, acomodándolos y apretujándolos, contando las latas de petróleo, que no fuera a faltar ni una gota, sólo para matar el tiempo y apresurar la llegada del momento.
...Pues que llegue ya, que llegue, porque sólo Abram el Patrón puede disuadir a esos delincuentes de no jugar así, con fuego, y favorecer al enemigo, y encima la reunión en contra no programada, justamente para tomar la iniciativa bélica, ved vosotros mismos cuán importante es, se enfurece el activista que lleva el traje mejor planchado y, haciendo una mueca, mira su reloj. Pero ah!, le replica otro compañero, evidentemente bromista, por los hoyuelos que se le formaron enseguida en las mejillas, ésas son tonterías! Si queman a Nasser, ni siquiera Abram apaga la hoguera... sólo Rabin, tal vez, pueda vérselas con el fuego de la juventud, ya veremos... sigue diciendo, jocoso, frente a la lavandera que se congelaba y ardía alternadamente, pese a que ya había estornudado dos veces por el olor del almidón y las fuertes emanaciones del agua de remojo que la lavandera esparcía con toda intención.
Sí, sí, asintieron los otros tres, parece que Nasser va a llegar antes que Abram... vámonos... sólo que el más planchado no se aplacaba, hasta que recogió un guijarro colérico y probó su puntería con la muchacha que estaba pegada, como un cartel de propaganda electoral, a la pared del cuarto de baño. Solamente cuando la piedra le aguijoneó la rodilla la lavandera había vuelto a cocerse la cara en el vapor del agua hirviente y la muchacha volvió a escaparse con la pata de pollo enlodada para garabatear dentro del baño... soltó la risa: sí, vámonos... y ojalá que les llueva, y todo se les vaya al diablo, maldijo otra vez el planchado, se irguió ella lo miró por encima del hombro y abrió la marcha en el acto, seguido por los otros que, como él, hacían caso omiso del montículo. Y éste, dónde está éste, exploraba la lavandera el agua espumosa, buscando el cuchillo escurridizo. Ah!, lo palpó, como si fuera el rizo de una criatura, lo soltó y volvió a restregar la ropa sucia, levantándola de tanto en tanto esforzadamente, hasta el momento de echarla al agua transparente, que ahora tenía el color del cielo, violáceo plateado, y que Madame Rachel salpicaba por todas partes, para que se consumiera el tiempo...
Shh, no va a llover, la reconfortó Madame Inés, que había llegado por el otro lado cuando el automóvil se tragó a los cinco tipos, palmeando afectuosamente las espaldas encorvadas de la lavandera, y los niños no permitirán que no quememos... ahí los tienes, míralos, ahí vienen otra vez... sin embargo, las lágrimas de Madame Rachel seguían cayendo, una tras otra, en las tinas, mientras pasaba la ropa enjabonada del agua caliente al agua fría y empezaba a removerla, cansadamente. Pero cuando la pandilla de muchachos llenos de rasguños y magullones, enviada desde el montículo, invadió el cortijo reclamando la entrega del muñeco, la lavandera ya se había enjugado las mejillas con la manga y se había unido a la risa de Madame Inés, que mandoneaba enérgicamente a los salvajes: No, un pacto es un pacto! Paciencia. Esperemos a Abram el Patrón para el poste, así lo hemos convenido, así que ahora, fuera! Nasser está en buenas manos, agregó la anciana, señalando los barriles de ropa cerrados con candado.
Los ojos de los niños ardieron de amante odio: queremos ver, Madame Inés!, gritaban. Queremos ver! Nadie vio a la hija de la lavandera estremecerse frente a la pared del baño, con los últimos desarraigados rayos. Nadie vio sino lo que Madame Inés consintió en sacar mezquinamente del barril: un par de enormes perneras cosidas con sacos, flojas y andrajosas, tan vacías que daban rabia, asomaron asustando a los niños, que quisieron entonces sacarlas a tirones. No, no! se negó Madame Inés, sacudiendo el rodillo de amasar ajustado a su bata, paciencia. Madame Rachel tiene todavía un montón de trapos más para él, aquí abajo, hay que esperar. Sin Abram el Patrón, esté lleno o vacío, no se levantará...así que, vamos... ahora, a marcharse! Madame Rachel terminará de lavar la ropa y sólo entonces nos prepararemos, entonces toodos pió la costurera, empujando las sudorosas cabezas caídas por la decepción que se arrastraban desganadas todos los niños a marcharse del cortijo!
Un coro que cantaba desenfrenadamente y a voz en cuello "Nasser está esperando a Rabin" saludó desde el montículo la llegada de Abram el Patrón, al hacer éste su entrada por la abertura trasera del cortijo, arrastrando según lo convenido un soporte de infusión oxidado que había sustraído del hospital.
El patio estaba vacío. La lavandera había trasladado los barriles abiertos y vacíos, haciéndolos rodar hasta la entrada principal, pero las tinas se estaban secando apoyadas en el cerco y la soga de colgar se balanceaba sobre el techo de su choza, con la ropa mojada como las velas de un barco que se henchían a pesar de que el cielo como alcohol de quemar se iba encogiendo y oscureciendo y, a excepción de unas pocas estrellas, había perdido su fulgor.
En contraste con el cielo desierto, el montículo bullía con los preparativos. La gente, viejos y chiquillos y racimos de niños y adolescentes, agitados y roncos del tosco cantar, los gritos y maldiciones, marchaban en filas alrededor de la gran hoguera quieta todavía como un monstruo durmiente que les ensanchaba el pecho y les ponía brillo en los ojos, con una expectativa de triunfo. De tanto en tanto, dos o tres niños iban a golpear como locos a la ventana abierta o a la puerta de Madame Inés, pero Abram el Patrón sabía que las mujeres le aguardaban en el cuartucho de baño, donde se aprestaban a colgar a Nasser del poste de infusión y sólo entonces lo conducirían, inflado y orondo y hediendo a petróleo, a la hoguera... pero por qué demonios? Abram el Patrón tiroteó de las ruedas del poste que chirriaban sobre el polvo por qué las dos estúpidas no han encendido la luz del baño? Furioso, presionó el botón y lanzó una imprecación cuando la bombilla no respondió. Aun así, dio un puntapié a la puerta y entró cargando el poste.
Oscuro como boca de lobo, maldición, qué es esto?
La hija de la lavandera estaba desnuda en la espuma de una pequeña batea, la cabecita echada por la fuerza hacia atrás y sus huesos espigados blanqueaban las tinieblas! Abram el Patrón soltó una sonora carcajada, sacudiendo el chirriante poste de metal, sorprendido y contento. Conque ésas tenemos? Felices fiestas!... ladró, aproximándose indolente a la idiota, que emitía como un ronroneo, aunque no se le veía la cara... Eres más fea que Nasser lo sabes, perra? A ti tendrían que llevarte a la hoguera, suspiró el Patrón y se inclinó cojeando a pellizcar la rodilla de la muchacha que vibraba en el agua, tragándose así, tranquilamente, en perfecto silencio, el cuchillo que se le metía en la garganta, como excavando para desgarrarle y arrancarle la arteria. Pero un instante antes de intentar volverse, sangrante y atónito, se desplomó de cabeza, torpe y embotado, mientras el cuchillo, que por fin salió de su garganta, le surcaba y le escardaba la espalda y el trasero. Era pequeño, aguijoneaba y estaba hambriento, el cuchillo, y también el otro objeto que una y otra vez le daba en la cabeza le hacía pasar del deslumbramiento a las tinieblas, del deslumbramiento a las tinieblas ...
Al son de la misma canción, las mujeres empujaron al muñeco, gigantesco y relleno, soberbio en su soporte de metal. Los gemelos del Patrón se obstinaban, en virtud de su linaje, en ser ellos los responsables de izarlo al tope de la hoguera, rociarlo con una lata entera de petróleo y más, y estirarse sobre las puntas de los pies para mojarle también la cabeza, donde el bigote adherido de Nasser proferiría su última ofensa: lo harían en cuanto los otros enderezaran el muñeco con un celo de posesión, ya que por su peso se caía o se tambaleaba, pero espérate, Nasser, a castigo y a fuego, el que último amenaza, amenaza mejor, espérate, espera, paciencia...
Nadie recordaría más tarde quién encendió la primera cerilla. Seguramente fueron varios y de distintas direcciones. Seguramente el fuego demoró en cobrar ánimo y elevarse, aferrándose a todo lo que le habían puesto, generosamente, a su alcance, pero nadie recordó... Mira qué hermoso le susurró Madame Inés a la lavandera, frente al cielo que explotaba mira cómo el incendio, libre y feliz, expulsa las tinieblas, mira las nubes, una a una, como melocotones maduros, Dios mío, anaranjadas y rosadas, y el negro que parece leche, todo blanco con su nata de humo, es tan bello, míralo...
Con una sonrisa, Madame Rachel se enjugó las lágrimas en la manga húmeda y aspiró a fondo el aire quemado. Ni por un momento se sintió perturbada por el espectáculo de las llamas, la costurera no despegaba los ojos del cielo los leños, los dedos y las papadas que se desmoronaron repentinamente entre las tablas crepitantes y ardientes, ni por los pedazos de muebles convertidos en brasas que se partían entre los buñuelos de las rodillas peludas que cayeron, junto con medio pie y un hombro que en un santiamén fueron arrebatados por las llamas. En vez de eso, Madame Rachel dirigió la mirada hacia el cuarto de baño oscuro de enfrente y aguzó el oído:
"Nasser está esperando a Rabin
ay-ay-ay,
Nasser está esperando a Rabin
ay-ay-ay,
Lo espera, tieso y duro,
ay-ay-ay,
Lo espera, eso es seguro,
ay-ay-ay" ...,
cantaban los celebrantes junto a la hoguera, mientras allá, enfrente, con una pata de pollo untada de briznas y sangre, polvo y lodo, gritaba la niña desde los muros:
"Aiaiay aiaiay aiaiay
Aiaiay aiaiay aiaiay" ...
Traducción: Ayeleth Nirpaz
* Alusión a la canción Nasser mejaké le-Rabin, muy en boga en Israel durante las semanas que precedieron a la Guerra de los Seis Días, en 1967, período conocido como la "época de la espera".
** El día 33 en el cómputo desde Pésaj (Pascua) hasta Shavuot (Pentecostés). Parte de la celebración consiste en encender grandes fogatas.
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