"Idiot, idiot!"
Esas fueron las primeras palabras que oí en Jerusalén cuando llegué en septiembre de 1947 con mi esposa Betty, a las seis semanas de habernos casado. Los epítetos los profirió un muchacho, plantado junto al autobús que nos había traído desde el puerto de Haifa. Cómo pudo adivinar que acabábamos de llegar de los Estados Unidos? Las palabras de despedida de nuestros parientes y amigos en Nueva York no habían sido muy distintas: "Han perdido la cabeza? Irse a Palestina en tiempos como éstos! Están locos. Esperen a que la situación se tranquilice."
Bueno, nunca se tranquilizó, y de haber seguido ese consejo jamás habríamos llegado a Israel, donde ha transcurrido la mayor parte de nuestras vidas sin un solo día aburrido.
Volviendo al muchacho junto al autobús, sólo pasado un tiempo comprendí que no nos estaba calificando de idiotas sino voceando el diario hebreo Iediot (Noticias).
Pocos norteamericanos llegaban a Palestina en aquellos días. Eramos idealistas, no dementes. Vinimos para ayudar a crear un Estado judío. Al llegar, encontramos un feo conflicto tripartito: árabes contra judíos, judíos contra árabes y todos contra los británicos. Éstos habían estado aplicando una política de "divide y vencerás", pero a mediados de 1947 tenían perdida la partida y pronto se retirarían.
Los extremistas de ambos bandos parecían dictar nuestras vidas. Los árabes disparaban contra autobuses judíos, ponían bombas en centros judíos y desparramaban tachuelas en las carreteras transitadas por los diplomáticos británicos. Los israelíes tiroteaban los pueblos árabes, volaban los puentes utilizados por el ejército británico y arrojaban granadas en los cafés frecuentados por soldados británicos. Algunos de éstos entregaban armas a los judíos. Un torbellino incesante de tiros, incendios y asesinatos, 24 horas al día.
Al prepararnos para el viaje, creímos haber cubierto todas las eventualidades: mosquiteras, intercomunicadores, libros, enseres de cocina, y una buena provisión de película Kodachrome, bastante novedosa en aquel entonces, para mi cámara de 35 mm.
Mis primeras fotos las había tomado a los ocho años, con una cámara "box". Empecé a tomar en serio la fotografía durante la Segunda Guerra Mundial, sirviendo en las fuerzas armadas de los EE.UU. en Europa. Después, como periodista profesional, nunca me desplazaba sin mi máquina de escribir y mi cámara.
Lo que atraía el objetivo de mi cámara en aquellos días caóticos en Palestina no eran tanto la sangre y los estallidos de la guerra, sino la gente sencilla, que lo sufría todo sin chistar. Nunca logré entender cómo ellos, o más bien nosotros, podíamos vivir así. Constantes toques de queda, allanamientos, cierres de calles, ataques terroristas, todo se soportaba con aplomo, casi con desenfado. Nada parecía sacarnos de quicio. Andábamos sonrientes por las calles de Jerusalén, aceptando la situación, yendo a nuestras ocupaciones habituales con un aire de suprema confianza (aun si no lejos de allí se desataban combates cuerpo a cuerpo), y saludándonos con la frase ritual: Yihié tov "Irá bien". De hecho estábamos diciendo: "No te preocupes, vendrán días mejores".
Poco después de llegar a Palestina, Betty y yo salimos de gira por el país, viajando en autobuses desvencijados y carretas de burros, andando por malos caminos y durmiendo bajo la lona en los kibutz. A todas partes cargábamos con nuestras mochilas, la máquina de escribir y la cámara.
De regreso a Jerusalén empecé a trabajar para el diario The Palestine Post y la agencia United Press. Nunca olvidaré a mi incansable redactor en jefe, Guershon Agrón, más tarde alcalde de Jerusalén, con quien iba diariamente al trabajo, a pie, durante el sitio. Un día, al acercarnos a la Plaza Sión, no lejos de la redacción del periódico, empezaron a caer obuses a nuestro alrededor. Le grité que se metiera en el refugio más próximo. En lugar de ello, se acercó a un anciano limpiabotas, que permanecía sentado bajo la marquesina de un cine, par hacerse lustrar el calzado. Más tarde le pregunté por qué había hecho semejante locura. "Si aquel viejito era lo bastante valiente para quedarse ahí mientras caían los obuses contestó yo no podía hacer menos que él".
Un día de fines de noviembre, mientras Betty y yo visitábamos una aldea juvenil en el norte, nos enteramos de que la ONU había adoptado el plan de partición de Palestina. Esto significaba la creación de un Estado judío! De un golpe, la comunidad internacional había invertido la marcha de casi 2.000 años de historia.
Cuando regresamos a Jerusalén, la ciudad estaba en pleno delirio. Desfiles espontáneos recorrían la ciudad. Ya era casi de noche, pero apunté la cámara. Por el visor distinguí un camión lleno de jóvenes jubilosos, uno de ellos ondeando una bandera blanca y azul. Parecía una escena de Los Miserables. Disparé el obturador.
Incluso durante los peores días del sitio árabe a la ciudad, cuando estábamos sin agua, luz, leña o alimentos, el hombre de la calle de Jerusalén, cansado y hambriento, mostraba buen humor, incluso cuando iba a recibir sus míseras raciones o canjeaba un poco de pan por una olla de agua.
En la redacción del The Palestine Post nos pasábamos las noches produciendo un diario en condiciones difíciles. Cuando los británicos cañonearon el edificio con obuses de 25 libras, nos arrastramos bajo las mesas con las máquinas de escribir, para seguir el trabajo. Cada día íbamos al trabajo hambrientos.
Por fin llegó el día de 1949 en que terminaron los combates, aunque en Jerusalén continuaron aún después de firmarse los acuerdos de armisticio. Durante años, los soldados jordanos apostados en las murallas de la Ciudad Vieja disparaban de tanto en tanto contra los barrios judíos. Para escudar a los viandantes se tuvieron que construir apresuradamente parapetos en las calles principales de la ciudad.
En mayo de 1949, toda la ciudad se volcó a las calles a presenciar por primera vez un desfile de sus fuerzas militares. Eran éstos los hombres, las mujeres, e incluso las acémilas que habían ganado la guerra, un ejército de ciudadanos en el verdadero sentido de la palabra. Nadie se quedó en casa. Una población orgullosa llenó calles y balcones.
Apunté mi cámara hacia la muchedumbre, hacia los rostros de los hombres y mujeres que desfilaban, a los muchachos y muchachas idealistas en un camión, ondeando una bandera sionista. Fue un día que hizo sentir a muchos israelíes que eran invulnerables, porque si habían logrado vencer a los ejércitos de seis países, podrían hacer cualquier cosa. Históricamente hablando, así lo hicieron.
Traducción: Shlomo Gitai
Fotografías