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MFAES     1990_1999     1999     Jun     Moshe Shamir - La sentencia

Moshe Shamir - La sentencia

6 jun 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1998/107-8
 EDITORIAL | AMIJAI | POESIA | RABIN | PAISAJE | INDEPENDENCIA | LIT.  HEBREA | BANDERA | ESCULT. | SHAMIR | MADABA | GURI | COLLAGE |  AGNON | 50 AÑOS | APPELFELD | BETZALEL | NASSER | MODA | CREDITOS |
 
  La Sentencia *

Moshe Shamir

Todos querían al "Barco". El oficial Shif, el oficial Shlomó Shif, comisario de policía de Tel Aviv y sus alrededores, ése era el nombre formal del oficial que todos amaban. Pero "las tropas", los policías judíos, los vigilantes y sus comandantes directos tradujeron su nombre al hebreo. Y no han exagerado. Con voz áspera y gruesa, la sirena del barco avanzaba como un augusto bajel que navega entre lanchas enanas. El otro apodo indicaba afecto, pero también algo de temor: pelirrojo. Si uno es una lancha enana o policía, o aún sargento de la policía palestina, conviene prestar atención. El pelirrojo se inflama con facilidad, y cuando él se inflama es preferible no estar presente.

Siempre estaba de uniforme, el oficial judío de más alto rango en la policía, el pelirrojo satisfecho de sí mismo. Lo querían porque Shif nunca mentía. Su palabra valía y no cabía discusión al respecto. Los que lo llamaban barco, y era obvio que ésa era una alabanza, decían otra cosa en su elogio: "Hasta cuando pedorrea, lo hace en serio".

Y en la primera vela de Janucá, el 24 de Kislev de 5702, 14 de diciembre de 1941, encendió la vela en un sencillo candelabro de madera, dijo él mismo la bendición por los milagros y las maravillas, se confundió sin vergüenza, entonó el "Maoz Tzur", desafinó sin vergüenza, y en el ánimo festivo que envolvía como sonrisa familiar el aula de la escuela en la que llevaba a cabo el encuentro de los oficiales de distrito y sus comandantes, en medio del bullicio que había surgido, golpeó la mesa, hizo temblar las velas y dijo: "Escuchen".

Estaba allí de pie frente a varias decenas de los mejores del yishuv, comandantes de policía y vigilantes, con el kolpak negro en la cabeza, la banderola de los oficiales que le cruzaba el pecho desde el hombro hasta el vientre, las piernas enfundadas en los pantalones del uniforme, que habrían bastado para una tienda de campaña para dos. Frunció y aflojó de inmediato las cejas albinas y clavó los ojos verdes en sus subordinados.

Señores, no hay latkes ni punchikes**. No esta noche. Los he traído esta noche a Kfar Saba para algo nada dulce. Si alguien les pregunta, les he dado una reseña de la situación. Si ustedes me preguntan, les he dado una orden. Y bien, escuchen. Y entiendan.

Quiénes son los macabeos de nuestros días? Nosotros. No ellos. Ustedes, no ellos. Ellos se proclaman herederos de los macabeos. Ellos habla. Ellos quieren, tal vez. Pero es mentira. No son macabeos. No son los redentores del pueblo. Son simples asesinos. Criminales. Hay alguien que no entienda a quién me refiero? Cuando digo que hay judíos criminales que asesinan a judíos simplemente en la calle, para asaltarlos, como hacen los sternistas, hay alguien que no sepa de quién hablo?

Ellos dicen que es una rebelión. En pro del pueblo. Una rebelión? No es una rebelión, es terrorismo asesino. Para el pueblo? Contra el pueblo. Y lo que hacen y planean hacer si no se acaba con ellos a tiempo no es simplemente cobardía o villanía, y tampoco necedad, ni siquiera locura. Es un crimen. Son una banda de criminales. Una banda de asaltantes. Una banda de asesinos. Hasta cuándo.

No cesarán si no los hacemos cesar. Nosotros. Nadie más. Ni siquiera los ingleses. Porque ése es nuestro problema. Porque ésa es nuestra enfermedad.

Por qué les digo que esto es peor que la necedad o la locura? Cuán tonto puede ser alguien como para no saber que hay guerra en el mundo y que el demonio alemán pisotea y destruye y se nos acerca? Cuán loco tiene que estar alguien para no saber que todo el mundo civilizado está inmerso en una guerra mundial, una semana después de Pearl Harbour --una semana después de que los Estados Unidos han declarado la guerra a Japón, y de inmediato Alemania e Italia, esta semana, han declarado la guerra a los Estados Unidos- quien no lo reconoce simplemente está loco o es un criminal que colabora con los nazis y clava un cuchillo en la espalda de los pueblos que luchan contra ellos, en la espalda de Inglaterra, que lucha por su vida, que recibe golpes terribles en su seno, en su capital, si hasta las palabras crimen y asesinato son insuficientes para describir, para describir, no, no encuentro la palabra adecuada para esto. Porque nos están asesinando, al pequeño yishuv judío de aquí. Cada disparo suyo da directamente en el corazón.

Anteayer fui a ver a Morton. Por nuestro asunto, enseguida lo sabrán. No me dejaron entrar a verlo. Qué pasa? Está llorando. Morton se ha encerrado en su habitación para llorar. Qué hay, qué pasa? Recién ahora se entera, ha llegado la noticia. Los japoneses han hundido el "Príncipe de Gales" y el "Repulse" en el puerto de Singapur. No, ustedes no entienden. No porque Singapur sea ahora el Pearl Harbour británico. Es obvio, los japoneses han liquidado en una noche el poderío naval de la Gran Bretaña en el Lejano Oriente. Pero el "Príncipe de Gales"! El orgullo de la Armada real! El buque insignia! Su heredero al trono. La última palabra en la técnica naval... Después salió a vernos, Morton, con los ojos enrojecidos. Por Londres no había llorado así. Por Dunquerque no se sintió tan dolido. El "Príncipe de Gales". Entonces se dirigió a mí --he visto en sus ojos la humillación... la humillación... y me dijo: "Dígame, amigo mío, dígame, en estos días en que mi hogar está ardiendo... en que con una bomba japonesa me matan cinco mil oficiales y marineros, en días como éstos tiene que venir un pequeño mosquito a picarme? Esto es lo que merecemos? Hay que acabar con ese mosquito. De un solo golpe. Aplastarlo. To crush him, your star Stern! You must crush him!

Oigo acaso que alguien cuchichea? Siento acaso que hay alguien que no lo cree del todo?

Oyó que alguien cuchicheaba. Y había alguien que no lo creía del todo. Quién podía ser?

Señores! Exijo ahora toda su atención e interés. Ustedes saben tan bien como yo que no hay instrucción que yo reciba que no haya obtenido la autorización de quien debe dármela por encima de nosotros. Nosotros. Y entre nosotros, confían en mí y en ustedes. Hay una disciplina judía que está por encima de cualquier otra, y sabemos a quién defendemos y a qué peligros hacemos frente, y yo les digo que ahora el mayor peligro se llama Abraham Stern, cuya banda lo llama Yaír. Hoy, en este momento, no hay nadie más peligroso, no para los ingleses ni para los árabes, sino para los judíos... Señores, voy a decirles algo sumamente grave.

Shalom Smoler, por ejemplo, no lo creía del todo. Estaba sentado en la fila de atrás, un sargento nada descollante, que por pura casualidad servía en la policía montada. Los caballos estaban afuera, en el patio de la escuela, atados, mascando algo de los sacos que les pendían del cuello, y el sargento Smoler veía al suyo cerca del portón, lo veía en su memoria en el lugar en que lo había atado, aunque por ahora no estaba claro por qué lo veía, al caballo, parado allí, atado y masticando. Y el Barco seguía gritando que quería atención, porque estaba por decirles algo grave.

Hay que poner fin a esto, señores. Él me lo dijo. Morton, explícitamente, me lo dijo allí ayer. Sálvense, me dijo, salven al yishuv. Él ya conoce todos nuestros términos. Porque si no nos entregan a Stern -dijo- si le permiten continuar, lo veremos de una sola manera: todos ustedes son sternistas. Todo su bloody yishuv es un gran terrorista, y nosotros les arruinaremos la vida. Ustedes o él. Ciudades enteras les destruiremos. Maldecirán el día en que han nacido. Basta! Quiero que salgan de aquí con un solo cometido: atrapar al criminal Abraham Stern. Tráiganmelo vivo o muerto!

Shalom Smoler, reían los ingleses en toda ocasión. "Smaller? Más pequeño? Cómo te las arreglas con smaller?" Y los mejores le enrostraban: "Bigger, eh, Bigger! Quieres ser más grande?"

Vivo o muerto lo quieren a Yaír. Yaír es el marido de Roni, y Roni es la prima, y es la muchacha más hermosa más inteligente más maravillosa de la familia. Desde siempre.

Salió al camino con su caballo una vez que todo hubo concluido, la gente ya se dispersaba, los jinetes a caballo, los vigilantes con sus camionetas, algunos cabalgaban por parejas, otros solos. Ha cargado el revólver, lo ha trabado, lo ha colocado en su lugar delante de sí, en la montura. Ha subido hacia el sudoeste, "Ein-Jai" dormía el sueño de los justos y los guardianes le han dicho buenas noches, y más allá de la carretera de Kfar Saba dormitaban los corrales de Ramot Hashavim que esparcían su olor, plumas y basura, y enfrente se elevaba el olor de los naranjales, el penetrante olor de la empacadora, el hedor de las cáscaras podridas en los charcos.

Más allá de los naranjales hay un mundo obscuro y vacío, los campos de pastoreo de Abu-Kishek, el césped que susurra bajo los cascos del caballo, y ahora el golpe, si la hora se acerca a las nueve o las diez se puede llegar, si hay agua en algún cauce seco del camino. O ladrones de ganado sorprendidos de Abu-Kishek, rumbo a la matanza nocturna. No esta noche. Ninguna sombra sospechosa, ningún murmullo entre los arbustos lo desviarán del camino esta noche.

Por qué? No se pregunta por qué. Algo impulsa y no se pregunta. Estropear el plan de los ingleses? Tal vez. pero no basta. Salvar a un judío de esa policía con la serpiente que se lame, Evilkin (sí, así se llama, entre nosotros). No, no sólo salvar a un judío. Porque si se trata sólo de salvar, entonces sólo a Stern. A Abraham Stern. A Yaír.

Basta con que sea el marido de Roni, y la tía ha susurrado que está embarazada. Es verdad, pero empieza a llover y la oscuridad se espesa, y el caballo tiene las patas en el agua. Que avance según sus sentidos. Es más fácil confiar en un animal que en la gente. Si se detiene en esta lluvia no podrá encender ni un fósforo para ver qué hora es. Y qué hora es, por cierto?

Un cerco. Un cerco de judíos. Sólo nosotros tenemos cercos, redes, alambre de púas. Los árabes necesitan cercos? Quién vendrá a robarles? Quién los atacará? Ahora ladra un perro judío. Entre los árabes no existe el ladrido de un solo perro. Sencillamente no existe. Se trata siempre de toda una perrería. Entre los judíos, los perros son caros, están bien cuidados. Al ovejero alemán lo llamamos perro-lobo. Un ladrido conocido.

Y aquí está el olor del tambo. Que ningún guardia diligente se ofrezca a apretar el gatillo. Toman a un muchachito, le ponen un fusil en la mano y luego ocurren cosas. El Barco siempre repite, sepan que el arma más peligrosa es la que tienen en la mano. También eso hay que hacerle llegar a Yaír. Quizás hasta empezar por eso, y la lluvia se debilita, y ahí está la casa.

El ladrido de un perro, en la casa se enciende una luz, la cortina del oscurecimiento la oculta de inmediato y la voz del señor Burstein, el padre de Roni, en la puerta aún cerrada: "Quién es?"

"Pasó algo?" en la puerta entreabierta. "Nada". Smoler ya está adentro, y ante la mirada de temor que ha quedado congelada en el rostro del padre, ha repetido una vez, dos, tres: "Nada, nada, nada"...

"Seguramente vienes a ver a Roni"..."Si es posible"...Aún vestida ha aparecido en la puerta interior la madre de Roni, la señora Burstein, y sin una sola palabra --los ancianos aún no se habían acostado- sin una sola palabra ha regresado adelntro y ha cerradao la puerta detrás de sí.

Con la misma expresión de preocupación, el señor Burstein ha tendido la mano hacia el hombro de Smoler. "Mira cómo te has mojado. Cómo has venido, de dónde?"

Y ante un movimiento de rechazo ha alzado la voz, enojado como un padre con su hijo: "Quítate el abrigo. Las botas"..."No. Sigo enseguida". "Adónde?" Y ésta es Roni, plena de belleza y fragancia, arrebujada en la bata de noche, y enseguida es obvio que ha entrado la reina.

Un rápido intercambio de miradas, el padre ha entendido y Roni queda sola ante Smoler.

"Algo para Abraham?" "Muy importante. Urgente". "No puede esperar hasta la mañana? De mañana puedo"...

"Roni. Roni! Lástima por cada instante que pasa. No tienes idea!" "Díme, y la tendré". Una pared. Aquella pared. Siempre hay una pared, del otro lado está Yaír, ahora también Roni. De la habitación interior llega una voz en inglés de la radio. Smoler tiembla , confundido, trata de ocultarlo." La radio?" "La BBC. La locura de papá. A cada hora". Pero qué sucede allá, detrás de la pared? Siempre hay algo turbio, sorprendente. De pronto está, de pronto no. Aunque uno no lo sepa exactamente, resulta de pronto que todo es al revés. Roni no era así, hasta que se vio arrastrada por el misterio, ella no era así el día de la boda, seis años atrás, aquel viernes de su boda en Ramat Gan.

Allí había una casa aislada, sin calle, sin dirección, terrenos abiertos. "Ya es Shvat y todo está reseco", expresa preocupación nacional uno de los invitados reunidos en el balcón y el patio, pero de vez en cuando brota una preocupación muy privada. Ya ha pasado la hora de la ceremonia, también el mediodía y una hora más. La novia se asoma a la puerta por segunda, tercera o cuarta vez, y nuevamente, es como si estuviera sola, otea sola más allá de las parcelas hacia el camino de tierra.

Cada hora se detiene a la distancia el autobús de "Ijud Réguev" que va a Pétaj Tikvá, o el que regresa al cabo de una hora. Al principio descendían y llegaban algunos invitados, después ya no. Una motocicleta con sidecar atruena y se detiene con un chirrido, y del sidecar y el polvo emerge un ramo de rosas rojas. "De Alejandría", dice el joven que las trajo, "cuarenta". "La tía del novio", trata el señor Burstein de infundir ánimos con una broma. A pesar de todo, si no el novio, al menos su hermano menor ya ha llegado, y ahora también la tía. Aún no hemos perdido la esperanza...

Algunos de los invitados jóvenes, Smoler y el hermano menor David entre ellos, se han dispersado por los terrenos de los alrededores, hacia los senderos de tierra, hasta la ruta por la que debía pasar el último autobús del viernes por la tarde. El rabino ha salido de la casa con el sombrero puesto, indicando al bedel con la mano izquierda que pliegue las varas del palio nupcial, con la mano derecha tendida en un gesto de asombro o disculpa. "El sábado", dice, "no se puede esperar más... confiemos en que no haya pasado nada... en estos tiempos"...

"Algo pasa allí, algo pasa!" El padre de la novia ha tomado al rabino por el brazo, "ahora debemos esperar"...

Una nube de polvo ha surgido y se ha dispersado por las estribaciones de la colina hasta espesar en un pardo amarillento, y con el rumor de las pezuñas y los mugidos ha surgido también la manada de vacas que regresan del pastoreo a las colonias lecheras de Najalat Itzjak.

"Meme!" grita Dudia, abrazándose excitado con su Hinda.

Y enseguida todos lo ven: un joven de traje oscuro y sombrero claro corre y surge detrás del hato, como si lo hubiera traído, como si lo expulsara, y hasta que el polvo se deposita en el suelo se lo ve agacharse hacia el borde del camino, recoger algunas flores silvestres, una por una, hasta formar un ramillete, y agacharse una vez más para lustrarse los zapatos.

"Tobruk!" ahora entra Burstein y deja la puerta abierta, porque atrás ha dejado la radio encendida, con la clara voz inglesa. "Tobruk!" No le ha importado molestarlos, tal vez necesitaba molestar, sí. "Tobruk. Ayer. Los ingleses han recuperado Tobruk! Lo acaban de anunciar en la BBC"...

"Los ingleses! Qué? Los ingleses"... estalló Roni, "han recuperado... Tobruk... Qué tienen en Tobruk? Qué tienen que hacer en nuestra región? Que se vayan al diablo todos!"

Y ante el silencio asombrado de los dos hombres, en lugar de quebrarse, en lugar de ahogarse en lágrimas, Roni se parapeta detrás de su pared, para que quede claro dónde está y con quién está.

"Papá, vuelve a tu radio, o mejor ve a dormir... y tú, sargento Smoler, dime lo que tienes que decirme y yo lo transmitiré a mi vez"...

Sólido y bloqueado y sin paso. Cómo decir a una mujer que una sentencia de muerte pende sobre su marido? Y cómo dejarla después a solas con eso, salir con eso al camino, una mujer embarazada, y cómo en general, en la mitad de la noche? Al alba?

Y con los zapatos lustrados, seis años atrás, con un ramillete de flores silvestres en la mano, tranquilo y fresco, con corbata mientras todos transpiraban, Yaír, Abraham Stern, Meme, se desposó bajo el palio con su amada, la única en su vida, con Roni Burstein, en Ramat Gan, en la casa Levstein, el viernes 7 de Shvat de 5696 (1936), un mes después de su vigésimo noveno cumpleaños. Sereno y fresco, como si no se casara él, o como si sólo su mitad se casara, y la sensación entonces, como la de esta noche de Janucá seis años después, como la de esta noche aquí frente a su mujer, la sensación es que existe alguna criatura prodigiosa oculta detrás del manto de niebla, y que nunca lo entenderás. No se trata de admiración, ni justificación, ni aceptación, sino sólo de una consagración total, sólo de cerrar los ojos, de una fe sin pruebas, sin explicaciones ni necesidad de explicaciones, sólo de cruzar la línea entre el aquí-se-vive, sólo entonces podrás estar con él, ser suyo. Lo mismo que él, su pueblo.

Finalmente no quedó otra alternativa. Roni no le daría ninguna dirección, ningún teléfono, ninguna forma de comunicación.

"No porque no confíe en ti, querido Mula, sino porque no sabes qué pasa con los que caen en sus manos. Sí lo sabes? Y qué le harán a un sargento de policía delator, eso puedes imaginártelo?

No quedó otra. Ya se oían los gallos que anunciaban el final de la noche, Y Smoler lo dijo: "Hay una instrucción en la policía, en el ejército, en la policía secreta: atrapar a Yaír, vivo o muerto. Una orden. Desde ayer. La sentencia de muerte".

* Extraído de capítulos experimentales de una novela histórica contemporánea
** en yídish: croquetas de papa y buñuelos tradicionales que se comen en la fiesta de Janucá.

Traducción: Orna Stoliar

 
 
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