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MFAES     1990_1999     1999     Jun     Rinna Samuel - Un collage de rostros y lugares

Rinna Samuel - Un collage de rostros y lugares

6 jun 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1998/107-8
 EDITORIAL | AMIJAI | POESIA | RABIN | PAISAJE | INDEPENDENCIA | LIT.  HEBREA | BANDERA | ESCULT. | SHAMIR | MADABA | GURI | COLLAGE |  AGNON | 50 AÑOS | APPELFELD | BETZALEL | NASSER | MODA | CREDITOS |
 
  En el 50o Aniversario
Un collage de rostros y lugares

Rinna Samuel

Años atrás, en la infancia del Estado de Israel, el estereotipo generalmente aceptado del "nuevo judío" en su tierra renovada guardaba un estrecho parecido con el protagonista de "Éxodo", la extraordinariamente exitosa novela de León Uris. Ari Ben-Canaán era fuerte, taciturno y sincero, un sabra indomable (su aspereza exterior de "tuna" se compensaba con la dulzura interior), lo suficientemente afortunado como para parecerse a Paul Newman y haber sido criado por un grupo de heroicos pioneros en el kibutz de frontera que ellos mismos habían ayudado a fundar. Era todo lo que su creador y la mayoría de los admiradores de Israel en el exterior pensaban en aquellos días apacibles que un israelí "real" debía ser. Pero tampoco era una caricatura total; en Israel había y sigue habiendo una buena cantidad de sinceros Ari Ben-Canaán, aunque no todos tengan ojos azules, y el heroísmo sigue estando a la orden del día.

Sin embargo, en términos generales, los tiempos de Ari Ben-Canaán han pasado; más aún, es probable que ningún nuevo estereotipo pueda reemplazarlo alguna vez, tan pluralista, vertiginosamente variada en sus orígenes, conducta, esperanzas y expectativas es la sociedad israelí actual. No obstante, el 50 aniversario del estado es quizás un momento apropiado para hacer una introducción a por lo menos algunos componentes de su población de casi seis millones, no importa cuán veloz sea el vistazo. Los israelíes aquí esbozados son personas reales con características reales. A nivel colectivo e individual representan a los ciudadanos comunes de un país nada común que, junto con el resto del mundo, se prepara para entrar a un nuevo siglo y un nuevo milenio e, inevitablemente, a un nuevo capítulo de su tumultuosa historia.

I

En la medida en que personas y lugares pueden corresponderse razonablemente, el ajuste real entre Irit Shahar y Rishón Oeste un suburbio en expansión de la ciudad de Rishón Letzión en donde vive y va a la escuela, es casi perfecto. Ambos se encuentran en la primavera de sus vidas: Irit cumplió 15 años; casi todo Rishón Oeste está por cumplir su primera década y una parte aún está por construirse. Los dos son jóvenes, de buen aspecto, portan ágilmente la pesada herencia compartida, son buenas metáforas de Israel a los 50 años y, entre otras cosas, sirven para medir el grado en que la sociedad israelí en general y esta zona de vendimia en particular han pasado a formar parte de la comunidad internacional. El cabello suelto de Irit, sus jeans, sus remeras con consignas, los altos decibeles de la música de la MTV y la adicción a la Coca Cola y McDonalds la señalan de inmediato como miembro de una hermandad global cuya nacionalidad resulta difícil, si no imposible, identificar a primera o aún a segunda vista. En un viaje a Londres con su familia a principios de este año, su afinidad total con los primos del exterior fue instantánea, a pesar de su imperfecto inglés.

También Rishón Oeste podría fácilmente ser una extensión de Rotterdam, Manchester o Albany. Con una superficie de 20. 000 m2, este nuevo suburbio se ufana de su población de más de 60.000 almas. Sólo la arena que lo invade todo recuerda que el barrio ha surgido enteramente de las dunas. Al igual que Irit, representa algo nuevo en el escenario israelí. Planificado hasta los últimos detalles de mantenimiento presente y futuro, sumamente amigable con los usuarios, Rishón Oeste tiene sus propios espacios privados de estacionamiento, instalaciones comunitarias (diseñadas para satisfacer las crecientes necesidades de una población que en su 40% no ha cumplido aún 30 años), avenidas bordeadas de palmeras, espacios de juego y pequeños jardines.

A pesar de las apariencias, Irit y Rishón Oeste están más hondamente arraigados en el pasado que la mayoría de la gente y muchos lugares de Israel. Rishón Letzión ("Primero en Sión"), una ciudad ubicada en la zona costera a unos 11 Km de Tel Aviv, es una de las localidades más antiguas de Israel. Fundada en 1882 por pioneros de Rusia, a principios de la inmigración sionista a lo que en ese entonces era una olvidada provincia del tambaleante Imperio Otomano, rápidamente pasó a ser el símbolo de la colonización temprana.

Nunca podremos saber qué habrían pensado los fundadores de Rishón Letzión de Rishón Oeste y de Irit, pero Irit no está particularmente interesada en el pasado. "Realmente, no me siento conectada con cosas que han sucedido hace tanto tiempo", dice. Tampoco aparenta estar muy preocupada por los acontecimientos del presente: "No leo el periódico todos los días ni escucho las noticias todo el tiempo, como mis padres. Qué creo que sucederá en los próximos 50 años? Déjeme pensar. Y bien, en primer lugar espero que haya paz. No puedo desarrollar ningún interés por la política, pero la paz es algo que me importa mucho".

No ha ido con sus padres y su hermano Shaúl, de 19 años, a ninguno de los actos en recordación del asesinado primer ministro Itzjak Rabin, pero llora cada vez que los ve por televisión o en la escuela. Con respecto a los árabes, no conoce a ninguno. "Espero que lleguen a un acuerdo con nosotros, tarde o temprano. Mientras tanto, desearía que las luchas cesen. Shaúl ha estado un año en el ejército y presta servicio en algún lugar de la frontera con El Líbano; uno de sus compañeros de estudios ha caído allí el mes pasado. Me preocupo terriblemente por él".

Qué ve ante sí? "Terminar la escuela. El ejército. Eso me pone muy nerviosa: la disciplina, el esfuerzo físico". Una sonrisa encantadora, algo perpleja: "y después espero estudiar. Usted sabe, en la universidad. Todos mis amigos piensan estudiar. Sí, después del ejército quiero viajar al exterior por un tiempo. Es lo que todos hacen".

Sus padres, Anat y Nimrod, viven en un departamento espacioso y bien amueblado. Los dos tienen 50 años, han nacido en el primer año de la existencia de Israel, en Tel Aviv y Jerusalén respectivamente, en familias de profesionales. Uno de sus abuelos era abogado y el otro fue empleado público a partir de la creación del estado; una de sus abuelas era maestra y la otra tenía un jardín de infantes. Los cuatro provenían de Europa, crecieron en hogares liberales, estuvieron totalmente comprometidos con la lucha por la independencia judía en Palestina y con la creencia de que sólo podría lograrse incorporándose a las filas del Partido Laborista predominante, no porque fueran socialistas sino porque se oponían a cualquier disidencia.

De una manera u otra, en nombre de la Haganá (el grupo judío clandestino de autodefensa) o en el ejército inglés, todos sus abuelos participaron en los decisivos acontecimientos de 1948 y han criado a sus hijos con los relatos y canciones referentes al precio pagado por la existencia de Israel.

"Nuestros padres son personas muy agradables", dice la madre de Irit. "No son interesados; aún ahora, cuando alguien es muy crítico, mis padres siguen sintiendo que han sido testigos de un milagro y que formar parte de él ha sido un real privilegio. Ellos y sus amigos hablan de la Guerra de la Independencia como si hubiera pasado ayer. Nosotros somos diferentes; hablamos interminablemente de política, nos quejamos del gobierno y estamos muy preocupados por el futuro y por la clase de país en que nos estamos convirtiendo. Realmente, ya no creo que lo que mis padres me han contado haya sido, estrictamente, verdad".

Se echa hacia adelante y enfatiza: "No había brecha generacional entre padres e hijos. No corríamos a contarles todo, pero sentíamos lo mismo por el país. Ya no. Cuando Rabin fue asesinado, mis padres se han sentido muy desdichados; han llorado como si hubiera muerto algún familiar. Han tratado de explicar a sus nietos lo que había sucedido, cómo ha podido suceder aquí, que ha sucedido también en otros lugares y que el mundo no se acaba por eso. Pero para ellos no ha sido una separación de las aguas, como para nosotros. Nimrod y yo hemos sentido aún lo sentimos que había un Israel al borde de la paz antes del asesinato, pero que la muerte de Rabin lo ha cambiado todo".

El café se ha enfriado; Anat enciende la luz; se han tocado temas dolorosos, la llegada de Nimrod es un alivio y la discusión se traslada a la privatización y al último escándalo local. El diagnóstico en boga de los sentimientos de Anat es "post-sionismo", término zumbante promovido por los "nuevos" historiadores en sus esfuerzos por arrojar una luz cruda y diferente sobre lo que hasta ayer, nomás, era considerado en Israel como verdades eternas. Un objetivo obvio de este erudito abajar del pedestal para la consternación de los abuelos de Irit y la confusión de sus padres es la Guerra de la Independencia: quién ha hecho qué a quién y por qué, durante la guerra y después de ella.

A Irit no le interesa en esta etapa de su vida; tal vez nunca le interese. Lo que le importa, dice, trepada a las rejas del nuevo patio de su hermosa escuela en Rishón Oeste, es que el estado ha nacido y sobrevivido y que, hasta donde ella puede ver, está bien; meá ajuz, ("cien por ciento") señala, que es lo que los jóvenes israelíes inesperadamente lacónicos, dicen hoy en día cuando quieren expresar su satisfacción.

II

Lo que Rishón Oeste y Kiriat Shmoná, que ahora cumple 50 años, tienen en común, sigue siendo el entusiasmo que en cada caso ha acompañado a su planificación. Kiriat Shmoná, en la Alta Galilea, ha sido de lejos la empresa más atrevida: debía ser una ciudad modelo, representativa del estado modelo. Pintorescamente situada en las ventosas colinas al norte del Valle del Jula, estaba destinada a servir de metrópolis para toda la región, una capital de provincia ideal a la que los granjeros de las aldeas cooperativas y kibutzim dispersos por la Galilea acudirían para comprar, instalar industrias conjuntas y gozar de los beneficios generales de sus servicios y entretenimientos. Lo más importante es que Kiriat Shmoná debía ser la primera de una serie de ciudades a construir por y para los nuevos ciudadanos de Israel. Aquí, y no en las prósperas ciudades del centro del país, surgiría el Nuevo Israel; aquí podría realizarse la expresión definitiva de la reunión de diásporas, la amalgama de una serie de culturas.

En cuanto al nombre de la ciudad, era inevitable. Qué mejor que el nuevo centro de colonización judía en el norte llevara el nombre de la "Ciudad de los Ocho", que es el significado de Kiriat Shmoná en hebreo? El nombre recuerda a Iosef Trúmpeldor y sus siete compañeros asesinados en 1920 en un ataque árabe, mientras defendían el diminuto asentamiento judío de Tel Jai, a unos pocos kilómetros de la ciudad actual. Pero en la Kiriat Shmoná de los años 50, el nombre de Tel Jai conmovía pero no despertaba inspiración.

Las cosas iban realmente mal. Cientos de miles de inmigrantes del Yemen, Irak, Marruecos, Turquía, Rumania, etc. fueron repentinamente arrojados a Kiriat Shmoná y otras ciudades similares, directamente de los barcos y aviones que los habían traído a Israel. No había bastante cantidad de nada, a excepción de cientos y cientos de barracas corrugadas, que con frecuencia albergaban a personas que no hablaban el mismo idioma y no comían la misma comida, que se sofocaban con el calor del verano y chapoteaban en mares de lodo en invierno. El paisaje circundante era magnífico, pero a pesar de su juventud, Kiriat Shmoná se volvió rápidamente fea y desaliñada. En los años 70, sus 15.000 habitantes entendieron que la expresión "el segundo Israel" que estaba entrando en uso sugería fracasos, falta de logros, pocas expectativas y baja autoestima: que se refería a ellos.

"Al principio fue muy difícil". Iosi Malul, de 47 años, dirige la escuela primaria Meguinim ("Los defensores") y vive en Kiriat Shmoná desde 1955, cuando sus padres llegaron de Túnez y él era un inmigrante ilegal de cuatro años y medio. Hasta 1973 los hermanos Malul eran once, pero en 1973 uno cayó en las Alturas del Golán, en la Guerra de Yom Kipur. "A pesar de todo, hemos crecido aquí y seis de nosotros todavía vivimos en Kiriat Shmoná. Su población actual es de 20.000 personas, pero unas 200.000 han venido y se han ido en el curso de estos 50 años. Me gustaría que se hubieran quedado más".

"No había trabajo para los hombres que no podían o no querían remover piedras, cavar zanjar o realizar tareas manuales en los kibutzim cuando se les ofrecía hacerlo, nunca suficientemente. Los padres, desmoralizados por las presiones de una sociedad que quería su presencia en el país pero era incapaz de habérselas con ella, pasaron a depender de sus hijos, que mantenían la familia en lugar de ir a la escuela. Y las esposas y madres azoradas añoraban el cálido medio familiar en el que habían crecido. Así fue como la gente se ha vuelto amarga y desdichada y para muchos niños, la educación se ha convertido en una batalla perdida de antemano".

La familia de Iosi era diferente. Su padre estaba muy motivado; era un ardiente socialista que creía que todos podían tener una vida mejor y que estaba dispuesto a trabajar duramente. "No es que los años pasados aquí no le hayan hecho mella: el trabajo era agotador, los once hermanos servimos en el ejército en unidades de combate y uno o más siempre estaban en peligro".

Iosi es un hombre comedido, de andar ligero, pelicorto, pelirrojo y entrecano, de ojos azules que brillan con sorprendente agudeza. A pedido público, ha llegado a dirigir la escuela en la que estudió; algún día querrá hacer algo más. Tiene tres hijos y cree que podría disfrutar abriendo un zoológico para los niños de Kiriat Shmoná. Mientras tanto, un acuario con peces tropicales adorna su oficina. Iosi lo usa para tranquilizar a los niños que piden verlo o que han sido amonestados por infracciones disciplinarias.

Un niño irrumpe en la habitación sin llamar; Iosi le dice algo suave, pero firmemente; corregido, el niño se esfuma en el aire. A pesar de que hay cerca de 500 alumnos en la escuela, Iosi y el pequeño invasor se llaman por los nombres de pila, algo absolutamente habitual en Israel. Pero en Meguinim no hay dudas de quién manda. "No tenemos violencia, ni cuchillos, ni drogas, ni fumadores, ni varones con cabello largo pintado o aros". Iosi señala una caja de metal con argollas de metal confiscadas y sonríe. "Dejo que las niñas usen aros", dice, "pero no los varones. Impongo límites claros, ésta no es una escuela de lujo de Tel Aviv; aquí nadie quiere promover nada".

Resulta lógico; Kiriat Shmoná es una ciudad de frontera; quienes se han quedado en ella han soportado décadas de ataques con proyectiles "Katiusha" y de infiltración terrorista desde la cercana frontera con El Líbano. El peligro perpetuo requiere no sólo vigilancia sino también disciplina y rigidez. Las señales se ven por doquier: a la escuela se entra por una puerta de rejas; en la pared a espaldas del escritorio de Iosi se ven tres carteles de colores brillantes que explican con letras grandes "Qué hacer en caso de una invasión terrorista", "Qué hacer en caso de guerra química", "Qué hacer en caso de ataque con Katiushas". En la puerta de su oficina, junto a su paraguas usado hay una máscara de gas. ("Quiero que los niños se acostumbren a ver las máscaras de gas, para que no se asusten cuando tengan que usarlas").

Kiriat Shmoná debe recorrer aún un largo camino para liberarse del síndrome del "segundo Israel" y concretar la brillante visión de su arquitecto; pero Iosi Malul cree que podrán hacerlo. No es que abrigue ilusiones con respecto al futuro: "Daría muchísimo para que nuestros hijos no tengan que servir en el ejército, de una manera u otra, durante la mayor parte de su vida adulta, y para que nosotros no tengamos que seguir construyendo refugios antiaéreos. Tiene que haber paz con los árabes, pero llevará más que los próximos 50 años. Creo que aún no han entendido que estamos aquí para siempre, pero lo harán; ese día llegará".

Y mientras tanto? "Y bien, la vida sigue. Para la mayoría de los israelíes, incluido este lugar, las cosas mejoran. A nivel personal, tengo todo lo que necesito; vivo en el lugar que quiero, tengo un buen trabajo con los niños, que es lo que más me importa en estos momentos. Sólo espero que no tengamos que mirar ninguna de las listas en la pared".

III

A vuelo de pájaro, sólo 200 Km separan a Kiriat Shmoná al norte de Negba al sur, pero la distancia en términos de paisaje, clima, historia y autoimagen pueden medirse en años luz. Negba encarna el arquetípico kibutz israelí, aunque han pasado los tiempos en que las significativas diferencias en la orientación ideológica y política llevaban a amargos disensos y divisiones en el seno del movimiento kibutziano. Mashka Lítvak, la mujer que dirige las importantes tareas de cultivos de campo y algodón en Negba, que nació en el kibutz hace 50 años y ha vivido en él toda su vida, personifica lo que Negba ha sido y sigue siendo.

Sus comienzos se remontan al verano de 1939. Un grupo de jóvenes pioneros sionistas socialistas, casi todos de Polonia, desafiaron el edicto del gobierno británico que prohibió la fundación de nuevas colonias sionistas, ubicando en las arenas del Néguev una torre de guardia y una empalizada que se transformaron en el corazón del puesto judío más sureño del país. Pero los británicos no estaban solos en su decisión de restringir el crecimiento y desarrollo sionistas en Palestina. Desde sus primeros días y durante años, Negba tuvo que repeler los ataques árabes; el joven padre de Mashka fue la primera víctima del kibutz.

"Durante la Guerra de la Independencia, los egipcios hicieron grandes esfuerzos para tomar Negba. El kibutz evacuó a los niños yo era entonces un bebé y durante seis meses resistió en trincheras, mientras los egipcios disparaban con todo lo que tenían al alcance: granadas, bombas, incluso tanques. Salvo la torre de agua, nada sobrevivió. El kibutz quedó aislado. Hubo muchas víctimas, pero mientras resistía y no lo abandonábamos, los egipcios no podían avanzar; Negba les bloqueaba la ruta al norte".

De cuerpo robusto y voz gruesa, con el cabello rubio veteado por el sol y vistiendo arrugada ropa de trabajo, Mashka parece más la campesina que es que la ingeniera civil que también es. Su oficina, escasamente amueblada, cuenta con una serie de computadoras equipadas con programas de vanguardia especialmente diseñadas, y un intercomunicador que suena incesantemente con preguntas sobre equipos, fertilizantes, irrigación y semillas. En la pared de un rincón oscuro, se cobija una serie de certificados discretamente enmarcados que testimonian los premios que ha obtenido por su distinción en el mundo de la agricultura.

Mashka se muestra reticente a hablar de sus logros personales. "Los campos de algodón producían 350 Kg de algodón por dúnam (decárea); ahora la misma superficie rinde más de 600 kg. Además del algodón, su especialidad, está a cargo de los cultivos de campo, dirige el control de plagas, conduce la infatigable batalla contra las malezas y participa como asesora muy solicitada en una serie de comités de planeamiento en Negba y los alrededores.

A pesar de que ha sido dos veces afectada por el "problema palestino" su hermano Arnón fue asesinado en la Guerra de Desgaste que siguió a la Guerra de los Seis Días Mashka permanece fiel al principio básico de la creencia en que fuera educada: la cooperación judeo-árabe es esencial para Israel. Si tuviera la posibilidad de elegir, optaría por un estado binacional. "No hemos venido a un país vacío", dice. "Debemos compartirlo con quienes estaban aquí antes y no crear obstáculos a la paz en la forma de nuevos asentamientos en una tierra que no es sólo nuestra".

Sin embargo, hubo notorios cambios en Negba desde que Mashka creció. Junto con más de 70 kibutzim a los que está federado, Negba se adhirió rígidamente al principio de que aunque el trabajo es un valor en sí mismo, el kibutz es único en su posibilidad de concretar el sionismo, la lucha de clases y el socialismo; y que, por consiguiente, sus miembros deben esforzarse por desarrollar una concepción común, genéricamente conocida como "colectivismo ideológico". Lógicamente, los niños de esos kibutzim se criaron comunalmente, es decir, comían, estudiaban y jugaban juntos, con un contacto mínimo con sus padres.

Mashka evoca su infancia: el contacto continuo con su grupo de edad hasta el momento en que todos se alistaron juntos en el ejército ha sido maravilloso. Pero esto fue antes y ahora es diferente, dice. Si el kibutz no hubiera cambiado, no habría podido sobrevivir.

"Con el paso del tiempo, después de muchas discusiones, muchas características de la vida kibutziana han sido eliminadas. Incluso a nosotros han empezado a parecernos irrelevantes. Todavía seguimos sin percibir sueldos y sin contratar ayuda externa, salvo que sea absolutamente indispensable, pero tenemos asignaciones personales de dinero que podemos usar como queramos. El año pasado, por ejemplo, he tomado seis meses para pasear con la mochila al hombro por América del Sur. He pedido permiso, lo he obtenido y he viajado".

Actualmente, casi todos los miembros de Negba tienen casas privadas de dos habitaciones; cuartos de baño privados en lugar de las duchas comunes que tanto han fascinado a psicólogos y turistas; todos tienen los artefactos eléctricos usuales, desayunan y cenan en sus casas y compran la ropa donde quieren, habiendo abandonado la incómoda costumbre de usar cualquier cosa que encontraran en el depósito comunitario. Pero lo que ha resultado más difícil porque tenía que ver con la esencia de los ideales que dieron origen a Negba ha sido la decisión de "privatizar" a los niños, de abandonar el importante principio de la crianza colectiva de la próxima generación.

Hoy en día, sólo los adolescentes pasan mucho tiempo juntos y asisten a la escuelainternado secundaria regional de la federación. Los niños más pequeños del kibutz vuelven a sus casas al final del día, como todos los niños. No debe sorprender que la revolucionaria (o contrarrevolucionaria) decisión fuera tan drástica: el futuro de Negba depende literalmente de los niños. Sólo un tres o cuatro por ciento de la población de Israel vive en kibutzim, un porcentaje notoriamente modesto en comparación con la gran influencia que el movimiento kibutziano ha tenido y sigue teniendo en la colonización y la seguridad, y con el desproporcionado número de miembros de los kibutzim en la Knéset y entre los oficiales del ejército.

Mashka lamenta el desgaste de los miembros del kibutz. Cree que es posible que, después del servicio militar, la mitad de los jóvenes no regresen a incorporarse como miembros con plenos derechos. "Todo sería diferente si el Néguev hubiera sido adecuadamente desarrollado, tal como lo soñara Ben Gurión. Aún está vacío; aún tiene potencial". Pero Mashka, que no recurre a recuerdos vanos, no malgasta el tiempo en lamentos. Debe ver a alguien de otro kibutz por un problema referente a las arvejas para la industria. "Al menos puedo hacer algo al respecto", dice.

IV

En 1902, Theodor Herzl, el fundador del movimiento sionista, escribió una novela futurista. La llamó Altneuland ("El país viejo-nuevo") y en ella desplegó su visión del hogar nacional judío en Palestina. Uno de los temas que describió con asombrosa anticipación fue la inmigración. "Pronto veremos cada día el arribo de cien a dos mil inmigrantes... La gente que al principio deberemos alimentar creará pronto los medios de alimentarse a sí misma y a quienes lleguen después", escribió.

Herzl habría de morir dos años después, a los 44 años, por problemas cardíacos, exceso de trabajo y la decepción de que su sueño no se convirtiera en realidad, a pesar de que creía que "ciertamente en cincuenta años se verá que tengo razón". Pero ha llevado aún menos tiempo; sólo 44 años después ha nacido el estado judío; la inmigración, su razón de ser, destella en su declaración de la independencia. Desde entonces, el flujo de judíos a Israel no ha cesado, aunque ha habido ascensos y caídas.

Víctor Malenkov es uno de los 750.000 judíos que han llegado a Israel desde 1989 en lo que ciertamente puede definirse como un torrente que ha incrementado la población del país, además del crecimiento natural, en un 10% en sólo cinco años. Hoy en día, aunque la inmigración de la ex Unión Soviética continúa, la ola se ha transformado en cabrilla y su tamaño depende de las fluctuantes condiciones aquí. Víctor, su esposa Zena, su hija Shura (su hermano mellizo Yuri los había precedido) y tres abuelos mayores llegaron de Moscú al aeropuerto de Lod el 4 de mayo de 1991. Ese mismo día, gracias a la Ley del Retorno de 1950 y la Ley de Ciudadanía de 1952, han obtenido automáticamente la ciudadanía israelí plena e incondicional y recibido de inmediato los derechos y beneficios de todos los ciudadanos, y además, los de los nuevos inmigrantes.

A primera vista el traje y la corbata de Moscú han sido reemplazados por ropa informal, la bolsa de compras está atestada de provisiones, el periódico en una mano, las llaves del auto en la otra Víctor, de 61 años, alto y fornido, con una llamativa melena de cabello gris, se parece a cualquier otro adulto de Israel que vuelve del trabajo a Rejovot, a unos 30 Km al sur de Tel Aviv. Pero un examen más de cerca revela que el periódico es uno de los diarios en ruso, que el edificio en el que vive está casi totalmente ocupado por ex rusos y que, a pesar de que persevera con el hebreo, tiene pocas ocasiones de usarlo, porque aún en el trabajo, sus contactos con quienes aún llama "los israelíes", es decir, los residentes veteranos, son limitados.

Gran parte de este aislamiento se debe a la naturaleza de la inmigración rusa. El torrente inicial ha traído un caudal de talento; cientos de miles de universitarios, científicos (9.000 doctores), ingenieros y técnicos altamente capacitados, así como maestros, enfermeras, artistas y músicos que han enriquecido notablemente la economía israelí y contribuido a su vida artística y cultural. Entre todos ellos, Víctor, Zena, Shura y Yuri no tienen dificultades en encontrar compañía en una lengua familiar.

Víctor es un geógrafo eminente, un académico que ha podido continuar su investigación en un centro científico que se considera afortunado de contar con él. Pero no todos los inmigrantes rusos han sido tan afortunados; una gran parte, que no ha podido encontrar trabajo en su anterior profesión, o no está calificada de acuerdo con las normas israelíes y no desea volver a capacitarse, o simplemente ya no está en edad para hacerlo, se siente desclasada, desarraigada y discriminada en su nuevo hogar. Víctor cree que, en parte, esto se debe a que en un principio los inmigrantes rusos no tenían representación en la Knéset. "Apoyé al partido de Anatoly Sharansky (abrumadoramente integrado por inmigrantes rusos) principalmente para mejorar nuestra posición en el país", dice. En el año 2000 seremos un millón en Israel. Tenemos problemas especiales que requieren soluciones especiales".

Su lista incluye la necesidad de resolver la escasez de viviendas y la difícil situación de los cónyuges no judíos, que pueden constituir cerca de un 25% del total. Indica, además, el sano interés que ha desarrollado por el proceso democrático y por recibir lo que, por derecho, es suyo.

Víctor usa la palabra "judío" limitadamente cuando explica por qué su familia decidió inmigrar, si bien el hecho de serlo tiene mucho que ver con el asunto. "Fue así", dice. "Yuri vino a Israel por decisión propia en 1989. Para el resto de nosotros, el clima cambió después de la Perestroika. Vivíamos bien en Moscú, la investigación me llevaba a viajar al exterior con frecuencia; teníamos un hermoso departamento. Zena era técnica especializada en uno de los mejores laboratorios de bioquímica del país. Pero sucedieron dos cosas que alteraron nuestras vidas: en primer lugar, la situación de los judíos empeoró; el movimiento fascista Pamyat creció y en el parque cercano los antisemitas realizaban encuentros amenazadores".

"Después, cuando la economía se desmoronó, hubo quejas contra los judíos. Empezamos a sentir que podía no haber futuro para nuestros hijos en Rusia". Tal vez lo que realmente quiso decir es que ya habían visto el futuro y sabían exactamente cuán horrendo era.

Sorprendentemente, no dice nada de la epopeya de la lucha de los judíos soviéticos por la libertad religiosa y cultural, ni de la campaña mundial para forzar a los soviéticos a permitirles abandonar el país. "Nuestra única posibilidad de afrontar las vicisitudes parecía ser la esperanza de venir a Israel, y de pronto se hizo posible".

Qué sabían los Malenkov de Israel antes de su llegada? Zena, tan delgada y silenciosa como su hija, sirve el té en vasos y sonríe con tristeza. Víctor es el vocero: "No mucho", dice. "Había gente que iba a la sinagoga, celebraba el Séder de Pésaj, ayunaba en Yom Kipur y sabía algo de la historia judía, pero la gente como nosotros, en las grandes ciudades, generalmente no sabía nada. Nosotros no celebrábamos ninguna fiesta o rito judío y tampoco mis padres, aunque recuerdo que una vez comí matzá (pan ácimo), cuando era pequeño. Ah, los padres de Zena hablaban yídish".

Una reciente encuesta israelí revela que mientras un 53% de los nuevos inmigrantes de la ex Unión Soviética se identifican como judíos, sólo un 10% se define como israelíes. Shura cabecea en señal de asentimiento. Es bióloga y actualmente prepara su tesis de maestría en genética de las plantas en la cercana Facultad de Agricultura de la Universidad Hebrea. La transición ha sido difícil. "Durante varios meses después de haber llegado, lloraba todas las noches".

Y ahora? "Formalmente, por supuesto, soy israelí", responde, un poco avergonzada, "tengo un novio israelí y muchos amigos israelíes. Pero internamente aún no me siento israelí y no estoy segura de que alguna vez lo sienta. Soy diferente, menos directa, más inhibida, más emocional. Enfoco las cosas de manera diferente y pienso de otro modo". Tal vez si hubiera ido al ejército no se sentiría tan diferente. El ejército no alista a las jóvenes que llegan al país después de haber cumplido 18 años; los varones de menos de 24 años cumplen el servicio regular y los que han servido en el ejército soviético están exentos.

Cree que siempre vivirá aquí? Shura se encoge de hombros. "Quién sabe? Es probable que Yuri nunca se vaya. El año pasado se casó con una joven israelí; ahora esperan un bebé; hablan hebreo entre sí y él se siente totalmente en su casa. Tienen muy pocos amigos rusos. Ahora todos lo llaman Uri".

Muchas cosas han sucedido a la familia desde que inmigraron: Víctor ha sido operado; Zena ha conseguido hace poco trabajo en una compañía farmacéutica; los abuelos han fallecido en institutos geriátricos estatales muy bien cuidados. Víctor alaba el cuidado que se les ha brindado, a los ancianos y a él. "Tenemos suerte de estar aquí". Dice que no quiere volver a Rusia ni siquiera de visita. "Aquí tengo todo lo que necesito: sol, trabajo, familia".

Sin embargo, en el aire flota la sensación de algo provisorio o transitorio; en la sala de estar hay pocos recuerdos de la vida anterior de la familia, un cuadro o dos y un libro con paisajes rusos.

Pero éste no es aún un verdadero hogar, y mucho menos un hogar israelí. La experiencia enseña que el hecho de mezclar y amasar no bastan por sí mismos; lo que opera la transformación es la levadura, aunque requiera más trabajo. Lo mismo ha ocurrido con todas las inmigraciones pasadas a Israel y finalmente será cierto también para esta familia. Tal vez cuando nazca el nieto sabra de Víctor.

V

6 de diciembre de 1984, un año antes de la Perestroika. Los Malenkov vivían en Moscú sin pensar en irse: Víctor escribía un libro, Zena iba a su trabajo, Yura había empezado la universidad y Shura aún iba a la escuela. Pero a miles de kilómetros de distancia, en el aeropuerto Ben Gurión, una inmigración a Israel no menos extraordinaria, pero infinitamente menor que el éxodo de los judíos rusos se acercaba a la mitad del camino: el puente aéreo conocido como "Operación Moisés" liberó a unos 8.000 judíos etíopes de la guerra y el hambre y de siglos de aislamiento y opresión. Este éxodo habría de continuar en 1991, cundo la "Operación Salomón" trasladó a otros 14.000 judíos al estado judío, en vuelos ininterrumpidos durante 36 horas.

Aturdidos y exhaustos, los nuevos israelíes salieron en silencio de los enormes Boeing que en cuestión de horas los habían sacado de las condiciones en que los judíos etíopes vivían desde la antigüedad para introducirlos abruptamente en las postrimerías del siglo XX. Ninguna otra inmigración (actualmente viven en Israel unos 65.000 judíos etíopes) ha debido afrontar un desafío tan atemorizador. A algunos, la vida en Israel les exigirá demasiado, para otros el resultado justificará la lucha, pero ninguno olvidará el día de la llegada.

David Dasta, en ese entonces de 14 años, miró afuera desde el avión y lo único en que pudo pensar fue que todos los rostros eran blancos. "Cómo podré adaptarme alguna vez?", evoca. "Estaba muy asustado: la travesía fue muy dura y sólo el hecho de que marchábamos a Israel fue lo que mantuvo en pie a los ancianos, y no todos pudieron hacerlo. Caminamos durante un mes hasta llegar a Sudán y a los aviones. Dormíamos en el suelo: era tan peligroso que mi familia, de alrededor de 50 personas, sobornó a algunos bandidos con dinero y caballos para que nos defendieran de otros bandidos que podrían habernos robado o matado. Cuando se abrieron las puertas del avión, no sabía dónde estaba ni quién era".

Pero ahora lo sabe. En la pulcra y pequeña sala de estar de la vivienda familiar en Herzlía, David dice de sí mismo "creo que soy un 90% israelí", evitando con modestia la aspiración a la perfección. Y enumera: "Hablo como un israelí, me visto como un israelí, cómo como un israelí y tengo un hijo israelí". También tiene el trabajo más israelí posible: chofer de autobús, el primer etíope empleado en ese cargo en la empresa de transporte más poderosa de Israel, apreciado y admirado por sus jefes, colegas y pasajeros. Más aún, "como un israelí" se tambalea un poco bajo el peso de una hipoteca. Afortunadamente, su esposa Iafit una joven muy hermosa que abandonó Etiopía el mismo año que él también trabaja en una guardería infantil.

Decididamente, David ha sido afortunado. Era un joven de la ciudad de Gondar, cuyos padres trabajaban en un centro de salud instalado por una organización internacional. Por supuesto, hubo algunas ilusiones que han debido dejar en el camino. "Yo pensaba que aquí todos amaban la Biblia; que Israel era un paraíso sin deshonestos ni mentirosos". Más seriamente, lamenta la brecha generacional casi insalvable que torna prácticamente imposible para sus padres y los de Iafit acompañar el gran cambio que están haciendo sus hijos o hacerles conservar las tradiciones que durante dos milenios han mantenido intacta a la remota comunidad de Etiopía. "Pero así debe ser", dice Davis Dasta, "Omri es un sabra; quiero que sea como cualquier otro". En realidad, es posible que el pequeño Omri, de tres años, sea la levadura que necesita la receta nacional.

VI

En el umbral del nuevo milenio, Israel sigue siendo lo que ha sido durante miles de años: el escenario central de los grandes dramas vinculados con la fe religiosa. Las creencias y prácticas religiosas, la separación entre la religión y el estado, las relaciones entre la identidad nacional y la religiosa, son temas tan arduamente debatidos y tan cruciales en este país hoy en día como lo eran en tiempos del Primero y el Segundo Templo, y mucho después.

Aunque el Israel moderno es nominalmente una república secular sin religión oficial, los partidos religiosos han sido con tal frecuencia el fiel de la balanza en la coalición gubernamental, que la ley rabínica y su interpretación ortodoxa influyen de una manera u otra sobre la vida cotidiana de todos los israelíes, lo quieran o no. A pesar del amplio resentimiento secular ante la intrusión de la ortodoxia, que representa menos de un 25% de la población, desde 1948 rige un compromiso nada fácil.

Todos los aspectos de la vida personal (matrimonio, divorcio, sepelio, etc.) se encuentran bajo control rabínico; los sábados no hay transporte público ni periódicos, y no se permite a los aviones de El Al despegar ni a los barcos descargar su mercadería. Menos aceptable para la mayoría de los israelíes resulta la exención de los estudiantes rabínicos del servicio militar.

En el último piso de un estrecho edificio sin ascensor en una pequeña calle del barrio de Ramat Eshkol en Jerusalén, una joven mujer con mangas largas y un vestido hasta los tobillos, con la cabeza cubierta y un bebé en brazos, nos hace pasar a la sala de estar. Un niño de seis años, con las orejas cubiertas por ensortijados aladares, entra a la habitación y explica cortésmente que lo han enviado de regreso de la escuela porque está enfermo. En total hay seis niños, de 16 años a ocho meses, y es evidente que la madre está nuevamente embarazada. "Yo también tengo cinco hermanos", dice feliz. "Siempre hay uno en camino". Aparentemente, nada resulta extraño o desconocido; ése puede ser el hogar de cualquier judío ortodoxo en cualquier lugar de Israel, pero en realidad es la casa y oficina del conocido vocero de la comunidad ultraortodoxa de los jaredim ("reverentes"), muchos de cuyos adherentes se rehusan a reconocer el Estado de Israel con el argumento de que el verdadero retorno de los judíos a la Tierra Prometida sólo tendrá lugar cuando la redención esté cerca y el Mesías se halle entre nosotros.

Poco del fanatismo de esta comunidad que en Israel cuenta con unas 50.000 personas, y cada familia es bendecida con al menos seis niños se manifiesta visiblemente en la figura y modales de Iehudá Meshi-Zahav. Sin abrigo, sin sombrero (a excepción, por supuesto, del solideo) y en mangas de camisa, parece joven y fuerte, con la barba corta, el cabello rojizo algo despeinado y en perpetua carrera contra el reloj. Acaba de llegar de su turno en el comedor popular que ayuda a operar en el barrio para los niños de nuevos inmigrantes rusos necesitados. Al igual que cualquier otro jaredí, debería vestir el capote negro que se usaba en la Europa oriental en el siglo XVII, que distingue a su comunidad.

Los ultraortodoxos exigen a sus adherentes que no descuiden la vigilancia, a fin de que cada minuto y detalle de la vida cotidiana concuerde con los dictados de la Ley de la Torá y sus comentarios talmúdicos. Meshi-Zahav se gana la vida como asesor de empresas interesadas en entrar al mercado jaredí. Es un comunicador experto, consciente del valor de la demostración, que está familiarizado con los matices más sutiles de un código intrincado.

Pero sus verdaderas habilidades se reflejan en su persuasiva representación de la ultraortodoxia ante el mundo exterior. Como guía magistral para el público secular, muestra a los turistas los barrios jaredim de Jerusalén, brindándoles una visión general de lo que él llama "una entidad paralela". Nunca es agresivo ni estridente, no le importa lo que "otros" piensan de él. Su fe es inmutable, sus verdades son eternas, su obediencia a la Ley es total.

"Tenemos el menor contacto posible con el estado", dice afablemente. "No participamos en el gobierno, no tomamos su dinero, no votamos, no servimos en el ejército y no izamos su bandera. Creo que Dios nos ha dado este país con una condición. Hay un pacto: si obedecemos sus leyes, no seremos desposeídos".

Con respecto a las leyes del estado, a Meshi-Zahav no le importa: "Netaniahu o Arafat, qué diferencia hay? El Mesías vendrá aunque no logre la mayoría parlamentaria. Y nosotros estaremos aquí, en esta Tierra, pase lo que pase. Hemos estado aquí mucho antes que Herzl, en Jerusalén, Jebrón, Safed; mi propia familia ha estado aquí durante once generaciones, y seguiremos aquí después del estado".

Y qué piensa de la creciente tensión con la mayoría secular? Meshi-Zahav cree que el miedo al espejismo de la guerra civil es injustificado. "Hay muchos niveles de coexistencia", dice. "Por ejemplo, yo no sirvo en el ejército pero no permanezco ocioso en momentos de desastres". Saca una tarjeta de la billetera; es un pase policial que certifica su pertenencia a una respetada organización voluntaria de ultraortodoxos, que son siempre los primeros en presentarse después de atentados terroristas, con guantes y delantales, para recoger los restos humanos y darles decorosa sepultura.

"Así es. Somos realistas; sabemos que no podemos forzar a nadie a vivir como nosotros lo hacemos. Pero no podemos hacer compromisos. Tratamos de distanciarnos, de vivir aislados, de que nos dejen solos para mantener la llama. Ésa es nuestra misión. Somos nosotros quienes representamos la continuidad del pueblo judío, y esto es lo que nos hace diferentes y nos permite resistir".

VII

El trayecto desde la casa de Miriam y Jaim Levi en Efrat, más allá de la "Línea Verde" la frontera entre Israel y Jordania anterior a la Guerra de los Seis Días de 1967 está lleno de espléndidas flores. Así es gran parte del resto de esta atractiva y confortable comunidad urbana, a 15 minutos al sur de Jerusalén y a 32 Km de Jebrón, que parece posar para un cuadro que pregone sus virtudes como el sitio perfecto para una buena vida.

La fundación de Efrat en 1980 se produjo con el despertar de la búsqueda espiritual que siguió a la Guerra de Yom Kipur de 1973. Las primeras voces que instaron a la creación de asentamientos pioneros en Judea y Samaria fueron las de los judíos israelíes observantes apodados los "solideos tejidos" (en oposición al ancho sombrero negro de Iehudá Meshi-Zahav), que participan plenamente en la vida contemporánea del país y se mantienen fieles al judaísmo tradicional.

Jaim reseña hábilmente la breve historia de Efrat. "En octubre de 1977, unas cuantas semanas antes de que el presidente Anwar el-Sadat visitara Jerusalén, el nuevo gobierno resolvió construir seis municipios satélites de Jerusalén, en zonas pedregosas con escasa población árabe cercana. Efrat era uno de ellos. Ahora viven aquí unas 6.000 personas, en lo que supongo debe ser uno de los territorios más constantemente disputados del mundo".

Los Levi, que aún no han cumplido 40 años, son universitarios, profesionales exitosos, apuestos y, sobre todo, están muy ocupados en adquirir experiencia en la creación de esa clase de síntesis que pueda conducir a la armonía. Jaim, egresado de una prestigiosa yeshivá (academia rabínica) en la que el entrenamiento y el servicio militar alternan con períodos de estudio durante cuatro o cinco años, cumple su servicio de reserva como oficial de un cuerpo de blindados.

Nació en Casablanca hace 38 años en una familia de comerciantes bien relacionados que llegó a Israel en 1962. "No por persecuciones o privaciones, sino porque mis padres y abuelos querían vivir aquí. Han trabajado duramente en labores manuales para alimentar a sus hijos". Impecablemente afeitado, tiene cabello y ojos oscuros, usa anteojos y un solideo tejido firmemente sujeto; es la clase de persona que probablemente se verá casi igual dentro de 20 años.

Miriam con el cabello recogido bajo una boina clara, elegantemente vestida con una blusa y una falda exprime limones para la limonada en la cocina abierta y se reúne con nosotros rápidamente. Nacida en los Estados Unidos, es hija de judíos que vivían de manera completamente secular. "Pero mis padres han atravesado una transformación espiritual. Ya en los Estados Unidos se han vuelto muy observantes". Madre de dos niños, enseña inglés en Kiriat Arbá, adyacente a Jebrón, cuyos habitantes son en su inmensa mayoría religiosos. Y también atiende el hogar y el pequeño jardín de una casa de dos pisos llena de libros, juguetes y computadoras.

La docencia cunde en la familia: Jaim, ex vicedirector de escuela, enseña en varios institutos terciarios, casi todos en asentamientos más allá de la Línea Verde, pero se ha hecho famoso en la promoción del uso de la computadora para enseñar Talmud. Explica que "como maestro, he comprendido que los niños tienen dificultades en el estudio del Talmud. El pensamiento talmúdico es muy lógico y se basa en un principio gradual, muy organizado, muy adaptable a la computadora".

Una preocupación seria que comparte con Miriam tiene que ver con la posibilidad de que se acreciente la brecha entre los elementos seculares y religiosos de la sociedad israelí. A diferencia de Iehudá Meshi-Zahav, sienten que deben encontrar una solución y actuar lo antes posible.

"La situación empeora con el paso del tiempo", dice Miriam. "Las instancias religiosas tenían tanto temor de que no podrían influir sobre la población secular y estimularla a seguir su camino, que optaron por la política. La politización de la religión sólo ha vuelto al sector secular más resentido y hostil. La gente como Jaim y como yo es la que tiene que dar el paso crítico, la gente dispuesta a tratar de crear una nueva infraestructura social basada en lo que todos tenemos en común, y no en lo que nos separa. Uno de los problemas es que el sector secular no sabe lo suficiente de nosotros y eso es muy lamentable".

Jaim mira el reloj; tiene una cita en una de las empresas que contribuyen al significativo éxito de la tecnología israelí. Recoge sus enseres (unas hojas de papel, el teléfono celular, la computadora portátil, las llaves del auto) y su atención se detiene en lo que Miriam acaba de decir. "Sí, y hay maneras de hacerlo", dice junto a la puerta. "Existe lo que llamamos grupos de la Torá", jóvenes observantes que desean formar parte del contexto secular sin renunciar a nada y sin exigir concesiones a los demás. Y también está el modelo de la escuela abierta, como la que inicié en Jerusalén: niños religiosos y seculares que visten lo que quieren y nadie les obliga a hacer nada. Para una familia observante no es fácil ni sencillo hacerlo, pero vale la pena. Al menos, es un rumbo".

VIII

Tres veces por semana, el Dr. Muhammad Amara, de 38 años, deja su hogar en la aldea de Zelafa, cerca de la ciudad de Um el-Fahm, para viajar algo más de una hora hacia el sur, hasta el campus de la única universidad "judía" de Bar-Ilán, en Tel Aviv. Bar Ilán se define como la encarnación de "un enfoque integrador que combina los valores espirituales del judaísmo con una educación moderna y liberal... en especial en las ciencias sociales".

Éste no es solamente el lugar donde el Dr. Amara enseña: en el departamento de ciencias sociales, en el que él mismo obtuvo su diploma en inglés, ha desarrollado su especialidad en lingüística inglesa y ha empezado a estudiar la influencia de la política en el cambio lingüístico. Es la universidad elegida por muchos estudiantes árabes. "Creo que es natural", dice, "que muchos árabes se sientan más cómodos en Bar-Ilán que en otras instituciones israelíes de altos estudios. En general, creo que los judíos religiosos son más tolerantes con los no judíos, más liberales. Soy un admirador de la cultura judía y la conozco bien, aunque la primera vez que vine aquí no tenía idea de que ésta era una institución ortodoxa; sólo sabía que era bien vista, que tenía un buen departamento de inglés y bastantes estudiantes árabes".

De piel clara, rostro redondo y sonrisa fácil, se ve y oye como cualquier joven académico israelí; si se cambia alguna cosa por otra en su currículum, el curso de su vida resulta completamente familiar. Nacido en una aldea cerca de Meguidó en el Valle de Jezreel, en el seno de lo que llama "una familia de clase obrera", Amara se ha beneficiado con los tiempos cambiantes. Lo mismo ha sucedido con sus hermanos: uno es bachiller en árabe y hebreo y el otro cursa su maestría en matemáticas. "Pero no así las muchachas. Sólo la menor de mis tres hermanas ha terminado la escuela secundaria". También esto habrá de cambiar y Amara lo sabe; también sabe que la tasa de cambio para los 1.455.000 ciudadanos árabes de Israel es más alta que en cualquier país vecino.

En este caso, lo que piensa, sabe y siente es importante no sólo para él. Por definición, Muhammad Amara no es sólo un árabe israelí que ha nacido y vive en el país en que han nacido y vivido sus antepasados; forma parte de un sector inquieto, elocuente y creciente de la población israelí: un intelectual árabe, compelido por las vueltas de la historia y no por su culpa, a percibir a Israel al mismo tiempo como su madre patria (a veces más bien madrastra) y como su adversario...

Junto a su escritorio, que ocupa casi toda la oficina, jugando con una pipa apagada, expresa alguna de sus incertidumbres más profundas. "Hay un dilema", dice, vacilando un tanto al principio. "No tengo problemas con Israel como tal. El pasado está atrás; los árabes de Israel han llegado a un punto sin retorno. No podemos retroceder en el tiempo; antes éramos mayoría, hoy en día somos minoría. Nos hemos adaptado a la situación, a pesar de la discriminación. Pero estamos desilusionados; habíamos pensado que nuestra vida sería mejor; eso no ha sucedido".

Alza la mano para detener la objeción por anticipado. "Ya sé", dice, "formalmente gozamos de plena igualdad, pero la ley es una cosa y la realidad, otra. En el 50 aniversario, los israelíes piensan en su estado; yo pienso en un problema que parece no tener solución, aún después de 50 años".

Después de un instante de silencio, dice en un tono de voz algo diferente, usando un vocabulario un poco más combativo: "Mi identificación primaria es, por supuesto, como palestino: un palestino que vive en Israel. Qué otra cosa podría ser? Si estuviera en Francia podría ser francés y musulmán; no habría contradicciones. Pero aún no existe una nación israelí, o sí?" Responde a su propia pregunta: "Cuando los israelíes hablan de una nación, se refieren a una nación judía por definición. Cuando realmente exista una nación israelí, me uniré a ella gozosamente. Hasta entonces, dónde se ubican los árabes? Dónde me ubico yo? Cómo puede reflejarse aquí mi identidad, o la de mis hijos? No quiero que pierdan su identidad palestina". Con respecto al futuro, sugiere dos posibilidades, ambas muy concisas.

"Me gustaría ver a Israel debidamente integrado en la región. En paz con todos sus vecinos, especialmente con un estado palestino próspero y su capital; con judíos que estudien la lengua y la cultura árabe, no por razones de seguridad sino porque pertenecen a esta parte del mundo. Eso es lo que Rabin empezó a hacer, pero no pudo concluir. Todavía creo que no es demasiado tarde si los líderes realmente quieren la paz. Puede decir que ésta es mi plegaria para los próximos 50 años".

Y la otra posibilidad? "Si los líderes no son inteligentes, temo que haya una guerra, y esta vez destruirá los recursos de la región. Será terrible, pero inevitable. Debemos aprender a convivir".

Cuando nazca el estado palestino, si llega a establecerse, tomará el Dr. Amara a su esposa Khitam (que enseña inglés en la escuela secundaria de Um el-Fahm) y a sus hijos Hasán, de seis años, y Amir, de cuatro, para trasladarse a él? Imitará a aquellos judíos que creyeron que era su derecho y su deber construir el estado judío? "No, por supuesto que no"; el Dr. Amara rechaza la pregunta. "Por qué habría de hacerlo? Por qué debería mudarme? Éste es mi país".

La sugerencia lo ha asombrado, y posiblemente ofendido; tal vez haya sido también un indicio más de la complejidad de su lucha por autodefinirse, una prueba más de su condición vulnerable en mundo que no sólo no ha hecho, sino que es poco tolerante con la ambivalencia.

IX

Amar Gadbán, de 40 años, no tiene problemas con su identidad. "Quién soy? Druso, israelí, policía", dice. "Toda la vida he estado involucrado en la seguridad de mi país, y le he dado lo mejor de mí, tal como lo hiciera antes mi padre. Ésa es nuestra forma de ser". Nadie conoce con exactitud el origen del millón y medio de drusos (aunque hablan árabe, no son musulmanes) que viven en el sur del Líbano y Siria, y los aproximadamente 80.000 que viven en unas 20 aldeas israelíes. Los principios de su religión permanecen envueltos en el misterio; sus ritos y prácticas nunca se revelan a extraños. Lo que se sabe es que la historia drusa registrada se remonta al siglo XI; que los drusos se encuentran ligados al concepto de tactía la plena lealtad al gobierno del país en que viven y que su coraje es legendario.

Algo en Amar, tal vez sus ojos grises e inquisitivos o la agilidad de su cuerpo fornido, sugiere el tema central de su vida. En sus 21 años como integrante de la Policía de Israel, ha sido detective, investigador y ahora fiscal, que representa al estado en el juzgado penal de Haifa. Previsiblemente, es también experto en artes marciales. Y antes de eso? El ejército, por supuesto, siempre en unidades de combate, en capacidades que se niega a revelar. Reticente a hablar de sí mismo, no lo es con respecto a sus sentimientos por Israel.

"Somos socios, hermanos de sangre de los judíos. Hemos luchado juntos desde el principio, aún antes de 1948. Hay drusos en todos los grados de las fuerzas armadas, incluso los más altos; somos la primera minoría que ha pedido que sus jóvenes fueran reclutados. Éste es mi estado y el de mis hijos, y será también el de los suyos. Las celebraciones del 50 aniversario de Israel son nuestras celebraciones". Y añade suavemente, "y el Día del Recuerdo de Israel es también el nuestro".

Muchos de los casi 300 drusos caídos en defensa del Estado de Israel eran originarios de la aldea drusa de Daliat-el-Carmel, 13 kilómetros al sur de Haifa, donde Amar ha nacido. Sus hijas (Jumanah, 10; Hazar, 8; y Hanán, dos y medio) podrán estudiar en cualquier lugar, pero es probable que regresen a vivir en Daliat-el-Carmel como Amar lo ha hecho. En verdad, la aldea ha cambiado desde que él era pequeño, pero sigue siendo un bastión de la tradición drusa; las jóvenes de la aldea no usan minifalda, sus mayores visten aún largas túnicas oscuras y se cubren la cabeza con los velos blanquísimo que distinguen a la secta. Como la conversión de cualquier forma está prohibida, prácticamente no existen los matrimonios con otros israelíes.

Y la paz? Sus ojos se entrecierran y menea la cabeza: "Llevará mucho tiempo. El fundamentalismo musulmán se halla en alza en todas partes; el Hizbalá se torna cada día más fuerte. De aquí a algunos años podrá haber cambios en la región y quizás haya una posibilidad de paz, pero no está a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, debemos estar en guardia, listos para cualquier cosa". Un pronóstico duro de un policía duro. Pero los drusos son realistas; en realidad, la tactía que configura la vida de Amar implica que el lugar donde uno está es lo que uno es, y hay que afrontar los hechos. Y a pesar de los hechos, la tropa necesita descanso. Por eso, cada vez que puede, Amar Gadbán deja las arboladas laderas del Carmel para vagar durante horas, oír el canto de los pájaros y soñar con el día en que pueda retirarse del frente de batalla, quizás para criar ovejas. "Así es como debemos afrontar las tensiones de nuestra vida", dice. "Tenemos un país tan hermoso".

X

Carente de la fabulosa historia de Jerusalén, desprovista del orden y la belleza física de Haifa, no cabe duda de que Tel Aviv es el lugar de Israel donde se encuentra la acción; autodefinida como la ciudad que nunca duerme, 39 años mayor que el estado, confunde, es ruidosa e inquieta, el centro cultural y comercial de la nación. Es en ella donde se publica la mayoría de los periódicos, se exhiben cuadros, se estrenan obras; la gente hace cola para entrar a un concierto, abundan los cafés, los nuevos edificios-torre compiten por el espacio con las famosas cajas urbanas del Bauhaus y los supermercados tienden cada vez más a permanecer abiertos toda la noche. Es también el hogar de cerca de 400.000 israelíes y el lugar de trabajo de unos dos millones más de las ciudades periféricas.

Exactamente hace una década, dos de los 4.500 bebés nacidos en Tel Aviv, Carmel y Shaní Dafni, mellizas no idénticas, llegaron firmemente sostenidas en brazos de su madre al departamento de dos habitaciones en el que viven las Dafni, a tres cuadras del mar. "Algún día nos mudaremos a un lugar más grande, quizás en las afueras de Tel Aviv", dice Tali Dafni, "pero para nosotras esta ciudad es ideal: no debo conducir para llegar a ninguna parte, las niñas van a una escuela maravillosa y las comodidades que ofrece la ciudad son enormes. Y me encanta ir caminando al trabajo". El "trabajo" es su exitosa práctica psicoterapéutica privada.

Ser una madre soltera nunca le pareció un problema. "Ni para mí, ni para las niñas", dice. "A pesar de todas sus polarizaciones, en muchos sentidos ésta es una sociedad tolerante. Ni siquiera los judíos muy religiosos que he conocido alzan las cejas". A pesar de no haber nacido en Israel, los padres de Tali han pasado aquí la mayor parte de sus vidas: su padre, un héroe de guerra yugoslavo convertido en diplomático, se ha retirado recientemente de Yad Vashem, el instituto nacional de investigación y documentación dedicado a los seis millones de judíos exterminados en el Holocausto; su madre, nacida en Gran Bretaña, es escritora y editora. El inglés es la lengua madre de Tali; al igual que sus hermanos (un hermano que hace películas documentales y una hermana abogada), es completamente bilingüe.

"Hablo hebreo con todo el mundo menos con mi madre, pero los cuatro o cinco años que estuve en los Estados Unidos más la forma en que fui criada son ciertamente responsables de esto", dice señalando los estantes que cubren la pared del piso al techo, en los que se amontonan cientos de volúmenes en inglés que van desde la ficción y la poesía más recientes hasta una impresionante colección de clásicos de su profesión, entre ellos las obras completas de Freud. Una sección está dedicada a las filosofías orientales. Tali sonríe y asiente. "Sí, todo llega aquí y todo sucede, tarde o temprano. La corriente de la Nueva Era no es una excepción. Lo que nombre, lo tenemos: Tai-chi, yoga, meditación, Shiatsu, acupuntura, acupresión, reflexología. Los israelíes quieren probar todo, pero esta forma diferente de pensar y sentir se está haciendo lugar".

La casa de la familia Dafni es un buen ejemplo. Generalmente Tali encuentra tiempo, en un día que empieza antes del alba, para la meditación (ocasionalmente acompañada por una melliza o las dos) y el yoga, y con frecuencia también Tai-chi. Carmel y Shaní hacen su aparición. Las mochilas y suéters son arrojados a su habitación, tan llena de juegos y juguetes como la acogedora sala de estar, con su mesa generosa y sus sillas, el sofá hospitalario, la computadora y todos esos libros. Con las manos limpias, se sientan para un almuerzo vegetariano estricta y cuidadosamente balanceado; son niñas vivaces, lo suficientemente jóvenes como para que el hambre deba luchar con la necesidad de contar a Tali los principales acontecimientos del día.

"Qué es lo que las hace israelíes?" En el relativo silencio que sobreviene cuando finalmente comen, Tali sorbe los restos del vino de su almuerzo y reflexiona. "Y bien, para empezar, creo, cierta carencia de represiones", dice. "Esta es una sociedad realmente orientada hacia los niños; los consiente, pero también los respeta, cuida y provee generosamente. Estas pequeñas gozan de una dieta cultural extraordinariamente rica. Aprovechamos todo lo que la ciudad ofrece, vamos a todos los museos, obras de teatro y conciertos para niños. Leen ávidamente porque, además de la buena literatura infantil hebrea, todo se traduce muy bien y muy rápidamente al hebreo, desde Disney, Nancy Drew y Julio Verne hasta Grisham, Allende e Ishiguro. Y por supuesto, están totalmente inmersas en la era electrónica: televisión, vídeo, discos compactos, cassettes y por sobre todo, no hace falta decirlo, la computadora.

"Y algo más: lo que hay en Israel hoy en día en lo que atañe a la crianza de los niños, es la combinación, posiblemente única, del tradicional síndrome de la madre judía con el estímulo consciente a la libertad de espíritu. No resulta fácil habérselas con los resultados, pero es algo muy vivo y sensible".

Contempla pensativa a su progenie, ahora absorbida en el postre. "En consecuencia, creo que ya existe una personalidad israelí distintiva. Es probable que aún sea volátil, pero ya se la debe tomar en cuenta; inteligente, alerta, interesada en lo que sucede alrededor y aportando a cada cosa un incomparable caudal de trasfondo, historia y asociaciones. Aquí todo tiene resonancia, eco. Observe a Ruanda, o tome cualquier desastre. De una manera u otra, aquí todos sienten en los huesos algo de lo que se siente en esos casos. Hasta Shaní y Carmel saben acerca del faraón, la expulsión de España y el Holocausto, y que las guerras son guerras por la supervivencia".

Las mellizas desaparecen en su habitación, su propio mundo. La casa es pequeña, pero se respeta la privacidad. Dentro de poco Tali las llevará a su clase de natación; de regreso comprarán comida y sandalias, y luego harán sus tareas. Cursan el cuarto año de inglés, el primero de árabe y las dos son expertas "hackers", pues han empezado con las computadoras desde el jardín de infantes. Entre una cosa y otra, hay que guardar la ropa limpia, contestar algunas llamadas telefónicas y ocuparse del correo electrónico. Pero primero, una mirada hacia el futuro: "Creo que habrá paz", dice Tali. "Los israelíes la desean desesperadamente; están cansados y atemorizados por lo que nuevas guerras puedan traer. Por nuestra población e historia, creo que Israel podrá aportar mucho cuando llegue la paz. Y confío en que las mellizas lo hagan también".

"En cuanto a lo que pasa ahora, a los 50 años seguimos siendo adolescentes, un poco demasiado sensibles, no siempre razonables, demasiado ansiosos de ser como los demás y llevados a agotar nuestras energías en la ejecución pública de las vacas sagradas. Pero así son los adolescentes, ésa es la forma en que las naciones y la gente evolucionan, la forma en que Carmel y Shaní, e Israel, crecerán juntos, pasando la adolescencia, hacia la paz y madurez por las que todos hemos rezado y que Israel merece".

 

 

En total, diez rostros: algunos de ellos están seguros de qué son y quiénes son, otros aún tratan de descubrirlo. Pero todos comparten lo mismo: son israelíes en el año del 50 aniversario. No es una gran edad, teniendo en cuenta sus antecedentes, pero tampoco es poca cosa, tomando en cuenta su nacimiento. Y algo más: conscientemente o no, todos comparten también el peso de la responsabilidad por su futuro.

Traducción: Orna Stoliar

 
 
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