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Ante todo debo señalar que no me propongo abarcar en este artículo toda la obra poética joven creada en nuestra literatura en el curso de los últimos años. La intención es mucho más modesta: esta reseña se basa en algunos tomos de poesía que el editor me suministró para el análisis, todos ellos fruto de la labor de los más jóvenes entre nuestros poetas, publicados entre 1949 y 1951.** Sólo en una o dos ocasiones me valgo de impresiones recogidas de poesías que aparecieron en alguno de los periódicos. Es decir: este bosquejo de la tentativa de sorprender lo que sucede en la poesía hebrea del país recurre a la obra de unos cuantos poetas, que es cosecha del último decenio los años de la Segunda Guerra Mundial, de la Guerra de Independencia de Israel y de los comienzos de la vida soberana del Estado. Evidentemente, la perspectiva del examen de nuestra poesía actual se ve así doblemente reducida: encima de que su autor no se detiene a considerar la obra de los poetas "veteranos", consagrados, que enriquecieron nuestras letras en estos mismos años con la compilación de sus obras y con volúmenes nuevos, su análisis de la textura de nuestra más joven poesía se limita al marco estrecho de ocho libros. Sin embargo, le parece a quien esto escribe, que sus impresiones generales se inspiran en lo más selecto y característico de nuestra joven poesía. Ahora bien, siempre conviene definir la cualidad específica del espíritu de tal o cual capítulo poético, antes de examinar en detalle ya sea su propia esencia, ya sea la forma en que se relaciona con las fases precedentes en la historia de la poesía en cuestión.
El deseo de aproximarse a una especie de definición de lo característico en nuestra joven poesía actual es el que justifica quizás, también, el peligroso experimento de agrupar diversos poetas cuya importancia reside, hoy como ayer, en cualquier época de la historia poética y no obstante todas las semejanzas de temple, no en lo que tienen de común, sino en lo que cada uno tiene de personal, de particular, de especial. Causa profundo alborozo descubrir a través de la lectura de los tomos mencionados, que algunos de ellos contienen poesía auténtica, mucha más de la que el lector esperaba hallar a juzgar por los poemas sueltos de sus autores conque se topara ocasionalmente en tal o cual periódico en el curso de los últimos años. Es más: aunque esta poesía constituye una revelación, una manifestación nueva y sorprendente, ya se discierne claramente en ella la diferencia entre la trama del alma de éste o aquél de sus creadores, tanto así, que uno se ve naturalmente en la obligación de examinar a cada poeta en particular antes de realizar cualquier intento de percibir la tendencia general. Sin embargo, el que lee a estos poetas, uno tras otro, descubre para su estupefacción sin que trate de antemano de fundirlos en la misma caldera que se dan la mano, que los campos diversos de su obra colindan, que pertenecen a una nueva generación en la poesía hebrea de cuya esencia general asciende el mismo rumor, una nueva voz. Asómbrele o no, el lector la descubre. Aparentemente, la "época" que se refleja en la obra de estos poetas es muy corta producto de los últimos diez años, cuando más. Pero, podría acaso concebirse que estos años tempestuosos, los más terribles y a la vez, los más prodigiosos de la vida del pueblo y la tierra de Israel, pasaran sobre la poesía hebrea sin sacudirla notablemente, sin apartarla de la trayectoria que ha seguido hasta ahora? Esta conmoción resalta de tal modo como marca común de la obra poética de nuestra joven generación , que le incita a uno a tratar de definirla, de percibirla primero conceptualmente y de formular luego claramente esta percepción, por lo menos para uno mismo, antes de embarcarse en la aventura más lógica de describir la personalidad de los diversos poetas, uno a uno.
Hay que subrayarlo: nos hallamos ante un grupo de poetas jóvenes distintos. Algunos parecen abrirse ya un camino singular, exclusivo, aunque es difícil decir si ellos mismos saben adónde se dirigen. Pongamos por caso a Amir Guilboa, el de la voluntad poética intelectual que se empeña de antemano en comprender su misión como poeta y en quien, sin embargo, como en los otros poetas de su edad, la agitación íntima es tal, que la propia necesidad de comprender se le convierte en una especie de llamar atormentado a una puerta cerrada, como en los versos siguientes:
Que las cosas sucedan profusas y varias, queremos.
Nosotros queremos por todas las gradas subir y bajar,
los últimos puertas queremos cerrar
y queremos abrirlas primeros.
Triturar toda idea aceptada queremos,
al polvo de brillo queremos librar.
Ir queremos, venir y llegar
y volar si fuera preciso la olla de fuego.
("Siete dominios", p. 155)
Y por su parte Jaim Guri, tan agitado y quizás también tan atemorizado como él, pero que no abriga la intención del que anda en busca de un objetivo definido, consciente, en su poesía, es el peregrino de sentidos despiertos que ambula entre las vistas del mundo, sus sonidos y olores, como si fueran principio y fin del alma que los abraza en su temporalidad y en su eternidad, como si constituyeran en sí mismos el gozo recóndito y el llanto reprimido de la existencia, por más que se visten de percepción espiritual concreta como en esta poesía:
Con fulgor de crepúsculo rojo aquí arden ventanas.
El monte escarpado, oloroso, de la lluvia surge.
La noche se acerca, en su cielo se encienden estrellas.
Nubes, aires y blancas palomas encima del puente,
tierra verde, y cielos que en sombra se pierden.
Encrespadas las olas se estrellan en rocas que caen al mar.
Silencio azuloso que asciende ante mí y que se pierde,
la hierba mojada, la huella borrada de algún animal.
De mi mano grabé unas palabras, entonces, en el tronco de una encina
secular. Si las llegas a leer, no hables mal de mi vida.
Alto el cielo es sobre mí. En mi frente los labios de la noche.
Fragancia de pinos. Sombra de hombre, y enfrente, sombra de montes.
("Flores de fuego")
He aquí al apasionado A. Hilel, al enamorado de los sentidos impresionista y sólido que se embriaga de modo tan permanente del contacto con la realidad de la naturaleza y de la existencia humana, que despierta a veces el recuerdo de la visión del mundo de Whitman. Y frente a él, Pinjás Sadé, quien cree, al menos personalmente, que aspira a la nada absoluta, a pesar de que parte intencionadamente, casi en forma programática, hacia "el poema-alegre-a fin de cuentas", en sus propias palabras. David Sando, que evita todo intento de incursión manifiesta, explícita, en sus vivencias personales no se le parece a T. Carmi, que tiende al lirismo de la confesión, que se aboca a desnudar su fondo íntimo, personal, aunque tanto él como Sando y quizás más que Sando son parcos en la expresión, mortifican como ascetas la formulación de sus vivencias poéticas hasta el grado más lacónico. No podemos adjudicarle rasgos característicos uniformes y unificantes a la joven poesía hebrea si incluimos en ella la obra de Itzjak Shalev, por un lado, y la de Mijael Deshe, por el otro. Estos dos poetas, en particular, anulan de antemano la posibilidad de estudiar la poesía de los últimos años por vía de generalización. Los poemas de Deshe, que en su mayoría son "cantos de juventud y amor", comunican una candidez tan sentida, que no es posible incrustarlos en el marco temporal y espacial en que se creó nuestra poesía actual: no es que la embriaguez erótica por sí misma lo singularice en su inocencia, sino que todo el positivismo de su capacidad asombrosa de sentir y de extasiarse parece extraño sobre el fondo del consenso universal que se señala en la obra de los miembros de su generación. Entre estos, e incluso entre los de la generación anterior, quién puede escribir líneas de tal confianza alada en la validez de la vida como las suyas?
Así cumbres y abismos se turnan:
sol de gozo que ahuyenta el nublado;
los instantes de dicha se esfuman
como pompas de jabón en el espacio
("Hasta esta luna", p. 16)
Hasta Itzjak Shalev, poeta de figura y personalidad muy propias, fértil, sensible, emotivo, que responde al mundo exterior y al interior con inagotable vigor, que tiende a la estructura arquitectónica de la expresión poética, parece disonar del coro de la generación. Su poesía, voz vibrante y ufana de la existencia manifiesta, tan palpablemente auténtica, se acepta a sí misma sin recriminaciones, a pesar de todas sus vacilaciones, de su conciencia de lo que de lóbrego y complejo conlleva; pero desconoce el elemento de incertidumbre, de pasmo, de perplejidad, que se rezuma en la obra de la nueva generación.
Así, no es fácil hallarle justificación al procedimiento generalizador que me dispongo a adoptar para iluminar las facetas equivalentes de la poesía de estos últimos años. Pero justamente al sentir y al reconocer que uno se halla entre creadores jóvenes sumamente diferentes, se destaca aún más la sorpresa unificadora que los distingue de sus predecesores: esa sacudida patente que los desvía de la senda que ha seguido la poesía hebrea de los últimos treinta o cuarenta años y que constituye además un fenómeno evidente, tratándose de la poesía de una nueva generación, especialmente cuando esto significa la de los que nacieron o se formaron en la Tierra de Israel. Pero lo que asombra no es sólo el hecho de que se apartan de la senda, sino la cualidad de su esencia, su significado espiritual interior. Lo nuevo en esta joven poesía, con todo lo que trae de bueno y conmovedor, sorprende totalmente como si no fuera eso lo que esperáramos, como si contuviera la insinuación de un principio de desarraigo del plantío de la creación poética hebrea que la precedió, aun inmediatamente, sin que sepa ella misma por qué leva el ancla y se va de las playas de su antecesora, ni qué, ni cuáles son los mares que cruza o que explorará de aquí en adelante. Consciente e inconscientemente, una sola cuestión palpita en nuestra joven poesía: hacia dónde se dirige? No es el lector, sino precisamente el joven autor quien parece sentir que su obra debe responder a esta pregunta. Mientras que el lector bendice agradecido el bien que recibe de manos del poeta, éste parece dudar de todo lo bueno que erige en su obra. Es como si un aire de locura susurrara entre las páginas de estos volúmenes, como si uno de sus acordes dijera que los autores no están seguros de llegar a saber en forma alguna de dónde vienen y hacia dónde van. Este acorde de inseguridad interior es característico del tono general de nuestra joven poesía actual. Y en la medida en que es posible definir esta incertidumbre general, debemos intentar hacerlo justa y osadamente, tratar de aprehenderla sinópticamente, de examinarla en sus dos facetas: la del parentesco entre la joven poesía y la poesía hebrea que la precedió por lo menos aquélla que va de 1920 a 1940 y la de las relaciones que guarda consigo misma, con los impulsos internos que la mueven, que le deparan su configuración íntima y perpleja.
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Al asumir la presencia de una desviación marcada en la orientación de la joven poesía con respecto a su predecesora, es necesario comprender que no se trata de un apartamiento absoluto en lo que se refiere al tema o al estilo poético, dialogal o sintáctico. Al contrario: en estos aspectos podemos constatar el grado considerable de continuidad que mantiene en relación a nuestra poesía anterior. Todavía hallamos en ella gran parte del desdoblamiento espiritual que se revela en la obra de los poetas más destacados de aquellos años, 1920 a 1940: por una parte, la poesía del hombre que se desintegra, que "se atomiza", que desmigaja y desarticula la vivencia personal, tanto en la concepción de una existencia sonámbula, de pesadilla, como en la del sentimiento personal que aparece siempre como dudoso y extraño; y por la otra, la poesía pionera, la del pueblo y la tierra, que se destaca por su confianza humana y colectiva, por su fe en la validez del momento histórico del Israel que torna a sus fortalezas, que va arraigando en una vida de redención que se crea a sí misma. Esta división entre la poesía del individuo cuyo mundo se tambalea y se desmorona y la poesía sana, vigorosa, inmune, que inmuniza, se señala a la par claramente en la obra de la joven generación. Es posible que no debamos hablar de este desdoblamiento espiritual como si se manifestara patentemente en la configuración temática: poesía individualista por un lado y poesía colectiva confiada y firme, por el otro. Como veremos más adelante, una de las características especiales de nuestra joven poesía es justamente su inclinación a la fusión más completa de estos dos elementos, hasta el grado en que podemos palpar cuán personalmente, cuán absolutamente constituyen ambos uno solo en el alma del autor. Pero, si en lugar de hablar de ciertos "temas" de poemas diferenciados y separados, nos referimos más bien a los "motivos", a las unidades de vivencia poética sensoriales, emotivas, imaginativas e intelectuales que forman este mundo de poesía joven, constatamos una vez más que la nueva generación se sigue valiendo en gran medida de los motivos que animaron la poesía de la generación anterior y sigue pareciendo heredera legítima de su progenitora. A pesar de todo su personalismo doliente que extraña y se extraña, no sólo echa raíces como su predecesora en el opulento mundo de los sentidos, en la realidad detallada y preciosa de este mundo, sino que también guarda fiel apego a algunos de los elementos de la vivencia colectiva, histórica y nacional que alimentaron a la poesía anterior.
Ante todo, el paisaje. La tierra de Israel penetra por vez primera en la elaboración de la trama de la nueva poesía hebrea como elemento natural, real, que la satura, como esencia biopsicológica, orgánica. Y no nos referimos exclusivamente al contacto inmediato, reiterado y vital con el ambiente y con la existencia israelíes tal como se revelan de vez en cuando en algún canto consagrado al presente, como en el excelente poema de A. Hilel, En el camino a Kfar-Saba. Nos referimos particularmente a esa naturalidad con que se funde la sensibilidad histórica del paisaje con la percepción sensorial y concreta del mismo, que nace del momento presente la progresión maravillosa y a la vez explicable de "Canaán" hacia el seno de la "noche de heno en la campiña de Jezreel", como la de Natán Yonatán, por ejemplo, en versos como los siguientes:
Tierra de Canaán
mies de recuerdos
heno cargado de aromas,
cuánto rocío!
Los párpados nos pesan.
La nariz está harta de olores.
Cuánta sangre corrió aquí en los pantanos!
Sangre de Sísara y Jabín, rey de Canaán.
Ahíta de sangres al pie del Carmelo,
descansa rendida la marcha del viento.
(Sendas de polvo)
El asociacionismo histórico del paisaje, que penetra inconscientemente en las diversas situaciones poéticas ligadas con el trabajo, por una parte, y con la lucha de liberación nacional, por la otra, se convierte de por sí en subgénero de los motivos colectivos que atestiguan la afinidad entre la joven poesía y la de la generación anterior: a su modo, también ella se proyecta en la distancia aferrando el pasado al presente. Este aferramiento a las distancias temporales no constituye precisamente un elemento poético alentador, no despierta siempre regocijo o éxtasis, pero penetra en la vivencia poética aunque sea triste y reconozca el freno opresivo que le impone la conciencia histórica que se abre paso en el paisaje y se convierte en impedimento de índole personal en "barrera de sueños", en las palabras de David Sando en una de las series de sus poemas del "desierto":
Dolor del desierto barrera de sueños,
qué queda ya fuera de espacios provectos?
Y es esa misma sensación de los "espacios provectos" la que inspira el tercer grupo de motivos colectivos que determinan la relación entre la joven poesía y la creación de la generación anterior y ha nutrido tantos poemas en los últimos años, hasta y durante la Guerra de Independencia. La vivencia histórica-israelí tampoco brota aquí como fuente de vibración "positiva" que celebra su propia vitalidad asombrosa. Todo lo contrario, por la mayor parte es conciencia grave, triste y algo cansada del destino abrumador, de la necesidad inevitable de la lucha nacional que a veces festeja ciertamente "el triunfo del espíritu sobre la materia", sólo que el poeta que tal escribe, A. Hilel, martiriza de tal modo su concepción del festejo del triunfo del espíritu, que no le halla otro vestido poético que el de los "ojos de los perros leprosos":
Quitad los ojos de los ojos de las doncellas
y del corazón de las flores
y mirad a los ojos de los perros leprosos!...
En sus ojos veréis la nobleza del alma
que festeja el triunfo del espíritu sobre la materia.
A qué habréis de compararla?
Comparádla a la exigua legión israelí sitiada
en la muralla de Jerusalén,
o en la muralla de Masada,
legión de desesperados que luchan por festejar
el triunfo del espíritu sobre la materia
hasta el último hombre.
Suyo es el triunfo de la eternidad, en la muerte;
el triunfo de Roma, en vida, es triunfo falaz!
("Mirad a los ojos de los perros leprosos")
Cada generación con su propia concepción del "triunfo de la eternidad" israelí aunque sea en la muerte, en el martirio de la "santificación del Nombre", frente al "triunfo de Roma", que es triunfo falaz en vida. Por más que el elemento nacional-histórico se cubra en los jóvenes poetas de numerosas capas de ocultación consciente e inconsciente, frecuentemente continúa a su modo la tradición de estos motivos en la poesía hebrea. Quizás no debamos aducir en prueba la obra de Itzjak Shalev, en la que estos motivos viven con su pulso israelí una vida plena totalmente al descubierto, sin disimulo alguno, ya que constituye un interesante capítulo poético aparte. Pero, al leer la obra de dos de los poetas más característicos y representativos de esta generación, la de Amir Guilboa por una parte y la de Jaim Guri, por la otra, nos apercibimos con mayor claridad de este hecho fértil: el pasado israelí, principalmente el bíblico y, en menor grado, el tradicional, así como la historia posterior, siguen alimentando a la joven creación en sus momentos de vivencia poética más orgánicos, aunque no se conviertan en ella en fuente de temas que saltan a la vista. También en este aspecto reconocemos el lazo de unión entre la joven poesía y la obra de los poetas hebreos de las generaciones anteriores, particularmente de los años veinte y treinta.
Con mayor razón se destaca esta conexión en los aspectos estilísticos, en la estructura del poema y en el modo de revestirla de expresión verbal y, sobre todo, en las facetas líricas de la poesía de los jóvenes. La carga de la herencia se señala también en la disposición general al individualismo tempestuoso que fluctúa entre las playas de su concepción del universo, y en la tendencia a la percepción sensitiva fantástica, que parece casi impúdica por la libertad absoluta con que aplica sus imágenes. En la investigación de la literatura hebrea moderna no se ha realizado todavía ninguna tentativa seria de examinar a fondo la esencia de la transformación radical que sufrió nuestra poesía entre 1920 y 1940, tanto en lo que se refiere a la concepción intelectual, anímica e imaginativa del universo, como en lo que atañe a la manera de aplicar el material lingüístico, lexicológico, sintáctico y estilístico y éste no es el lugar más apropiado para profundizar en ello. Pero, a fin de elucidar el material que tenemos delante, vale la pena considerar alguno de los criterios que seguramente adoptará nuestra investigación literaria cuando se esfuerce algún día por comprender las diferencias entre la poesía lírica "conservadora", la gran obra de la generación de Bialik, y su hija "revolucionaria", la que nació en los primeros años de la década de 1920, aunque ya se señalaba antes de la Primera Guerra Mundial.
Parecería, que mientras más se acerca la poesía a su esencia "conservadora", el mundo que nos da en forma de canto lírico fuera más "existencial", más empírico, más seguro de su propia existencia y de los medios de percepción anímicos por los que aprehende y formula su confianza en una realidad certera e incontrastable. Y, que mientras más se acerca la poesía a su esencia "modernista", "revolucionaria", en la historia de la literatura, la certidumbre del mundo, la existencia empírica que está segura de su propia realidad y de la concepción de su ser material se tambaleara y tendiera a esfumarse. El poeta "conservador" le confiere un valor más seguro y más destacado a sus reflexiones, a sus emociones y a sus fantasías. Su "yo" personal se expresa en el poema como claramente definido a sus propios ojos, como "yo" activo, pasivo y reflexivo que no duda de sí mismo ni de su existencia singular, que no se reprime consciente e inconscientemente. Mientras que en la poesía "modernista", "revolucionaria", ni el mismo autor parece conocer a ciencia cierta la esencia de su propio "yo". No sólo aparenta avergonzarse de definir su existencia personal específica modelada a su propia imagen y semejanza, sino que elude, confundido, hablar de su vivencia poética como de una vivencia particular, nítidamente marcada como propiedad exclusiva, aún en el momento en que ocurre la vivencia poética. Frente a la atmósfera de plena confianza en lo general y en lo particular que respiramos en la poesía "conservadora", se agita en la poesía "modernista" la vacilación con respecto al mundo exterior y al mundo interior una atmósfera que percibimos generalmente como confusa, sonambulesca, demente.
De aquí se deriva también la transformación relativa a la estructura. La estructura poética "conservadora" es de por sí más abierta, más clara y más lógica que la "revolucionaria". El marco del poema "conservador" que determina su "contenido" prefijándolo sólidamente al sujeto, al tiempo, al lugar y al estado de ánimo, se va ensanchando y va profundizando de trozo en trozo gradualmente, simétricamente, va desarrollando las líneas generales de la concepción categórica, clara y precisa, que constituye el fundamento del poema. No tal el poema "modernista" que nunca deja ver su marco absolutamente, claramente, lógicamente: las señales de su desarrollo en el tiempo y en el espacio, la combinación de sus elementos concretos, sentidos y concebidos, aparecen generalmente borrosas, vagas, diluidas. El poeta "revolucionario" no osa "desarrollar" su poema por la vía lógica, ni ampliarlo o profundizarlo de acuerdo a una estructura simétrica dada, ya que de antemano carece de confianza absoluta en que la vivencia poética nutra sus versos con material sensorial, emotivo e intelectual manifiesto. Los saltos numerosos que da el poema "modernista" son, en él, obligados, dictados por la realidad de la vivencia poética confusa que constituye su embrión. Un poema de tal género pasa de lo real a lo imaginario y vuelve de lo imaginario a lo real, del sentimiento a la concepción abstracta y viceversa. Con mayor razón y, por naturaleza, parece que salta de imagen en imagen sin alcanzar a convertir ninguna en un solo cuadro acabado y bien desarrollado.
Desde el punto de vista lexicológico y estilístico, el poema "modernista" forzosamente se extralimita, se vuelve desenfrenado, en comparación con el poema "conservador". Tanto porque desconoce la existencia de una escala de valores personales, particulares, en el mundo el mundo de la verdad, del bien y de la belleza incluidos, como porque carece de autodefinición en su estructura y de un "contenido" perfectamente delimitado, determinado, absoluto, se engendra en el poema "modernista" la liberalidad en el uso de la expresión verbal. El poema "conservador", que nace de un estado de ánimo festivo, consagrado por la santidad del momento de la vivencia poética, tiende de por sí al uso de un lenguaje y un estilo festivos, "consagrados" trajes de ceremonia para un momento que penetra en el sanctasanctórum de la vida. Mientras que el poema "modernista", que se ve en la dificultad de distinguir entre lo sacro y lo profano del mundo exterior e interior que reviste, tiende de por sí a la liberalidad suma, ya sea en la combinación de ambos elementos, ya sea en el ropaje lingüístico y estilístico. Es más, a medida que el marco del poema "modernista" se desgaja, la libertad lingüística y estilística va en aumento. Los materiales palpables, emotivos, intelectuales e imaginativos que se absorben y entretejen a placer en la trama poética, al proyectarse simultáneamente hacia mundos de contenido muy diverso, introducen simultáneamente en el poema elementos de naturaleza lexicológica y sintáctica muy distinta. La poesía "modernista" mantiene una actitud de sumo recelo cuando se trata de hacer resaltar el sentimiento personal que es manifiesto y evidente en la poesía "conservadora". En consecuencia, se vuelve ascética en el idioma, elude el "lirismo", "el desahogo del alma"; su estilo se vuelve más sobrio y tiende a lo "prosaico". El prosaísmo que en todo se entremete domina el lenguaje. Recoge imágenes a manos llenas del mundo del espíritu y del mundo de la realidad concreta sin reparos, sin discriminación, hasta tal punto que también esta tendencia, por sí sola, determina la singularidad atmosférica de la poesía "modernista".
Si las proposiciones anotadas en relación con las diferencias entre estos dos capítulos poéticos de la historia de la literatura hebrea son verdaderas naturalmente que en la medida en que encierran verdad se aplican también a la poesía europea y americana moderna no cabe ninguna duda de que nuestros jóvenes poetas han sufrido la influencia de la poesía hebrea de los años veinte y treinta, principalmente. Basta con una leída somera de los libros de los que trato, para que el lector se aperciba del vigor de esta influencia sobre los poetas en cuestión. En la forma más patente resalta lo que han bebido de la poesía de Abraham Shlonski y Natán Alterman. De todos nuestros poetas entre 1920 y 1950, fue Shlonski quien particularmente le dio expresión osada en su poesía al embrollo, a los conflictos, al desconcierto de la existencia humana-universal moderna: fue él quien derrumbó todas las vallas entre los diversos dominios de la percepción anímica en el momento de la vivencia poética, el que dilató las fronteras del idioma poético, el que acrecentó al máximo el tesoro del lenguaje que aspira a registrar el mundo moderno desengranado. No debe asombrarnos entonces que por lo menos en este aspecto, el de la percepción del universo que no discrimina entre lo "concreto" y lo "espiritual" de la existencia cósmica y humana, se sienta por doquier su influencia sobre la poesía joven. Y lo mismo va para Natán Alterman, que fascina al poeta joven con el colorido de la fantasía de su concepción poética del universo, con la cálida intimidad conque trastroca lo fantástico de su visión en algo tan natural, que se impone al lector como toda visión de poeta auténtico como si virtualmente no existiera la posibilidad de encarar de otro modo la poesía. Lo que más sorprende es descubrir a través de la lectura continuada de la joven poesía, que la trama de esta nueva creación porta también el sello de la influencia que han ejercido sobre ella por vías esotéricas varios otros poetas que escribieron de una manera totalmente diferente en las décadas de 1920 y 1930. El elemento de maravilla que entraña la percepción de la existencia como elemento que justifica la vida del hombre con toda su aflicción y dolor y la actitud risueña frente al mundo de lo real con todo lo que revela y oculta, recuerdan a Sh. Shalom. El elemento de confesión y oración y en gran medida también de flagelación, nos hace pensar en la poesía de Itzjak Lamdán. Y el elemento de exaltación apocalíptica que funde la existencia entera con el fuego que templa los moldes de un éxtasis tan visionario como real, nos hace evocar a Uri Zvi Grinberg.
La influencia "colectiva" de poetas totalmente diferentes de la generación anterior, cuya obra abarca contenidos y estados de ánimo generalmente muy distintos de los que hallamos en la poesía de la joven generación sobre la que imprime su sello, es efectivamente asombrosa. Sobre toco, cuando los ecos de esta "influencia" y sus fragancias se nos presentan como intangibles, como elemento indivisible de la atmósfera general, hasta el grado de que no es posible definirlos en forma substancial, temática o estilística. No le sorprende a uno dar tan frecuentemente con las huellas de Sh. Shalom, por ejemplo, en la poesía de Mijael Deshe ese apego a lo válido en la existencia, ese amor solemne del mundo que le halla siempre expiación a la evidencia dolorosa de la realidad en su misterio radiante que perdura eternamente. Pero sí que le conmueve a uno hallar ese mismo apego, muy triste y muy indulgente, en la obra de uno de los representantes de personalidad más singular y promisoria de la joven poesía, en un soneto de Abraham Hoz como el que citamos a continuación (aunque fundamentalmente, como quizás también el propio Sh. Shalom, se nutra del universo de Rainer María Rilke):
Con brío efervesce en tí la cadencia
del vino de la vida, dulce, turbio y fuerte.
Qué importa si a veces a plomo se vierte
una gota envenenada de tristeza!
Si tan pronto la arrastra el torrente del ritmo
y se esfuma en el oro y el sol
y es, como si no hubiera sido
y se disipara todo el dolor.
Tan solo el continuo de fiesta gitano
engendra olas como desierto y mar.
En la prostituta, el mendigo y el vago
entrojaste la agreste cosecha, el grano
del surco profundo que espigas de ámbar
derrama con franca mano.
("Frans Hals")
Con mayor razón sorprende encontrar esa admiración de la existencia doliente que palpita en el poema Sorber la maravilla de Sh. Shalom, en la poesía de Amir Guilboa, que tan lejos está de decirle amén a la existencia en su concepción del mundo, como en estos versos:
No todo lo que se desgaja de nuestros tendones y se descuaja de nuestra sangre
entra en el ciclo de la putrefacción.
Tornará a la vida desde el florecimiento, del azul envolvente,
de las melodías que andan unas de otras en persecución.
Mirad el disco del sol que aserrucha en el vientre del mar sus días futuros,
acaso no bogan con él incontables anillos hacia la misericordia divina,
infinitamente, para en ella su día sembrar para siempre?
En ese momento el abismo hace cielos y ante nuestros ojos se alza
el misterio, el carruaje angélico,
y la gran fe se vuelve verdad que creció de las ruinas de la desilusión.
Y quién, que conozca la poesía de Itzjak Lamdán al menos en dos de sus aspectos esenciales, el elemento de la elegía reprimida y el elemento de la oración queda, de la plegaria del individuo por la colectividad que cree y no cree ser respondida y efectiva no ha de asombrarse de hallar su aliento en la joven poesía que crea con bastante frecuencia versículos de plegaria vacilante, confusa en su desnudez, como estos de Jaim Guri:
Bendice a los muchachos que la hora ha llegado.
Vélos listos callar con los ojos encendidos.
Ve, la noche cae,
hay viento en las copas, el pino se estremece.
Combate habrá esta noche. Y ellos son muy pocos.
Bendícelos, Dios mío, que ha llegado la hora.
Las estrellas se encienden
y hay muchas legiones reunidas enfrente.
Quién verá la luz del día? Quién caerá? Quién morirá?
Victoria obtendrán, o habrá derrota y muerte?
Bendícelos, Dios mío, que salen a la guerra.
Bendice sus armas, no vayan a errar... Bendice su hogar.
Bendice a este pueblo, a sus mozos guerreros,
hasta el fin de la lid.
(Oración)
Otro ejemplo de la forma en que bebe la poesía joven de las fuentes de su predecesora está dado por la enorme influencia atmosférica que ejerce sobre ella la obra de Uri Zvi Grinberg, que se revela primero claramente en el estilo y la forma, pero oculta en su seno el aspecto anímico más profundo de la sensibilidad y el intelecto. Analicémosla gradualmente, paso a paso. Es posible que esta influencia nada tenga de particular, si encontramos sus huellas en la poesía de Itzjak Shalev, por ejemplo, quien recurre con mucha frecuencia a temas nacionales e históricos tan patentes y característicos, que nos hacen pensar también en la influencia de los estilos de nuestros poetas "conservadores" de la generación de Bialik. He aquí unos fragmentos de su poema Dos mil años afluyen las naves, a guisa de ilustración:
Dos mil años afluyen las naves que trafagan por el Mar de la
a las playas de Cesárea y Carmel, al tumulto de las rocas de Jope,
desde el buque de los cananeos hasta el buque de vela y vapor,
desde el barco del claro ha-Leví, hasta el barco de la "Haganá"
multitud de bajeles se agita en cien puertos de extremo a confín,
flota ya secular, gigantesca, flota santa la historia retiembla
al fragoso levar de sus anclas, al clamor de crujía y cubiertas...
Preguntad en los puertos de ha siglos, inquirid en las playas de pena
si la vieron pasar algún día, si llegaron en noches ya viejas.
Preguntad en el puerto de Nápoles, en Pireos, Constanza y Marsella
si cesó de acudir con sus huérfanos, de acarrearlos de Ceca a la Meca,
si al faltar el rescate dejó de abajar miserables lanchuelas
a salvar de la trata a su prole, del pirata al anciano y la abuela...
Puede el ave olvidar su trayecto o elevarse a otra línea del viento?
Así puede Israel trastrocar el destino de sus pasajeros,
de la flota de sus golondrinas cuyo faro está en un solo puerto.
Las armadas del diablo reunidas, sus cohortes, legiones y huestes
no han de hacer que el bajel de Israel se desvíe de su curso de oriente.
Si quedara un judío no más, si una nave tan sólo restara
todo el mundo vería en qué forma el judío postrer enfilaba
ese último barco a Sión.
Y quizás tampoco sea tan extraño hallar parentesco con el estilo poético de Uri Zvi Grinberg en el lenguaje de A. Hilel, que se inclina espiritualmente hacia un idioma vernáculo popular ideal. Su percepción espontánea del momento y de la realidad concreta, ya sea que se exprese en un léxico extraído del mundo objetivo de las cosas y asuntos comunes y corrientes, por una parte, ya sea que se presente en construcciones sintácticas extremadamente simples y claras, como idioma vernáculo que constituye reacción natural al momento inmediato, por la otra, nos sugiere en el acto la gran capacidad de Uri Zvi Grinberg para elevarse a lo sublime y sumamente noble desde el suelo de la existencia modesta, precisamente humilde en su substantividad. Esta tendencia estilística la puede constatar en A. Hilel todo aquél que recorra su poesía. Los versos siguientes están tomados de su poema Sobre un camión Dodge en la carretera Haifa Tel Aviv:
Amad a los camiones que traquetean por los caminos!
Amad vuestra melena negra o trigueña que ríe en el viento!
Y a vuestra blusa blanca y abierta que se hincha y esparce en el viento!
Y a vuestros pechos desnudos prendados del viento!
Amad a vuestros ojos que ríen de la intensidad del oleaje
del mundo que se encrespa y os traga!
He aquí esta tierra, es bella y es vasta!
Y nosotros, sus hijos, somos anchos y francos.
Y le reímos al camino que arremete con nosotros y pone pies en polvorosa!
Mirad!
Una cabra blanca atada a un tubo de riego lamiendo la alfalfa:
no la veáis como hija de la granja de un colono de Eliashiv,
es una cabra en el mundo!
Allá una gallina espantada se apresura a cruzar la carretera
con el alma en un hilo.
A qué tanta premura, reina del chisme?!
Ea, vosotros!
Bebed con todo el pecho el hálito del mundo!
Hablad en voz alta. Reíd con risa atronadora, arrolladora,
que esta tierra que galopa por la carretera es el corazón del mundo porque está aquí!
Y vuestra alegría es el corazón de esta tierra, porque está en vosotros!
No es sangre la que corre en vuestras venas, sino felicidad, el placer de vitorear!
Pero la sorpresa que produce la influencia de Uri Zvi Grinberg sube de punto cuando se nos presenta en aquellas variantes de la joven poesía que nada tienen de lo sublime y patético de la vivencia nacional e histórica, ni incorporan la afirmación de la vida que brota justamente del contacto con la dura realidad humedecida con su propia objetividad. Sobre todo cuando la vemos alimentar la poesía de Pinjás Sadé, el poeta que pretende creer que su obra no es sino anhelo genuino de aniquilación y que, a partir de esta ilusión llega, aparentemente, a encenderse en el fuego de la visión, como en estas estrofas tomadas del final de su largo poema Introducción / Canto que condena la ciencia de la vida:
Pues bien, elevemos el canto anhelado del pozo de nuestra miseria
y que sea nuestro canto de fe y de bandera salgamos de nuestras ciudades con ella,
de las urbes de feria y acción, de las casas de estudio e infamia.
Que sea nuestra senda la Vía Láctea, que las Pléyades brújula sean.
Pues exilio es la urbe terrena y nuestra alma que está excomulgada
aspira a volver a sus lares, a la urbe a que está destinada,
esa urbe en la luz superior, en la luz de la aurora y el fuego
a la que han de llegar nuestras almas aunque pierdan la fe y la esperanza.
Juremos entonces venir al río que purifica en santidad!
Juremos venir con el alma a los paisajes de la otra realidad.
Y amén, que llegar llegaremos, aunque hayamos de tardar un tanto,
que cavar con la espada tendremos el cauce de nuestra alma ardiente.
Y tal como no vuelve a envainarse la espada del canto en vano,
así la corriente encendida del alma no habrá de volverse atrás
hasta que no haya alcanzado el paisaje de su Edén.
Porque todos los ríos de sangre que nacen del duelo y la pena, de las
pruebas, desgracia, del mal
fluyen hacia el Altísimo, de eternidad en eternidad.
Y esa misma sorpresa intensa la experimentamos al comprobar la influencia estilística e interna de Grinberg en la poesía de Amir Guilboa que es, sin sombra de duda, poesía genuina, en la que el elemento de asombro positivo consciente es muy escaso. Aquí, particularmente aquí, nos maravillan los derroteros de la influencia poética que penetra furtivamente, como de sí misma, de la obra de una generación en la de la siguiente. Hay que leer el poema de A. Guilboa En el tiovivo, como si lo hubiese escrito de antemano en líneas largas, para visualizar también en esto la influencia de Grinberg. (La línea oblicua señala en todas partes el fin del verso, tal como la da Guilboa):
Todos mis compañeros vienen con la redención a cuestas / y su sangre vertida afluye
a sus venas / de los manantiales /
la resurrección se agita en sus corazones / y resplandece en el valle santificado
de sudarios / expuestos al secreto de la vida. /
Todas las mañanas que se replegaron en la sombra / por ellos, al alumbrar el día
blanden sus espadas con una bendición / que destila suavemente luz y calma
que ocultaran sus tesoros hasta que compareciera el momento / con paso majestuoso.
3
La desviación que se señala en nuestra joven poesía es, por lo tanto, más que cuestión de motivos y estilo renovados que pueden definirse específicamente, cuestión de disposición del ánimo general que no se deja aprehender tan fácilmente, ni se presta a la formulación. Sin embargo, tenemos la impresión de no andar muy lejos de la verdad al percibir su novedad con respecto a la poesía de la generación anterior en la historia de nuestra literatura. El primer indicio de esta novedad reside en la sensación frecuente que nos produce de una diferencia fundamental de espíritu general. Aparentemente, la lírica hebrea de los años veinte y treinta halla un punto de apoyo, en un mundo personal que se tambalea, en el contacto con la vivencia israelí colectiva en sus diversos aspectos histórico, mesiánico, pionero, humano y social; mientras que en la joven poesía de los años cuarenta, el sustento del sentimiento lírico no se consolida hasta el punto de una afirmación de la vida apreciable y concreta en esos mismos aspectos. Como ya hemos dicho, estos motivos abundan en la joven poesía y son los que le dan sabor de continuidad en relación con nuestro pasado poético con el más reciente al menos. Sólo que estos motivos no cristalizan en temas, en asuntos tan importantes en sí que lleguen a dominar al poeta y a obligarlo a escribir un poema que contenga fe y confianza en la vida, afirmación de la vida. El espíritu nacional y colectivo no cristaliza en una idea dominante que haga olvidar el dolor particular, la confusión personal y la ambigüedad del mundo. La confusión personal, no sólo que no se aclara ni cesa en la poesía joven, aunque a veces hiera los ojos del poeta la luz segura del momento colectivo en la historia, sino que invade también ese momento y le arrebata su intensidad y seguridad, la fuerza inherente que posee para hacer bendecir la vida en nombre de Dios o del mundo y decir un amén rotundo, con todas sus letras, como en la lírica de los años 1920 a 1940.
Es muy difícil separar en nuestra joven poesía a estos dos elementos, el personal y el colectivo-histórico. Ambos se amalgaman y confunden en ella de un modo mucho más pronunciado que en el capítulo anterior de la historia de la poesía hebrea. Y puesto que la disposición de ánimo personal no conlleva afirmación de la vida, ni mucho menos entusiasmo por la vida en su manifestación particular e íntima, tampoco la disposición colectiva, con todo y que se vuelve aquí sumamente personal, tiene algo de positiva, o sea, no posee casi nada que justifique la vida en nombre de la colectividad, del momento histórico israelí social. Es cierto que la actitud positiva se destaca en la poesía de Itzjak Shalev, que concibe la vida por lo general directamente, con lucidez, sin pedirle tantas cuentas, y frecuentemente también aunque de modo tan exagerado que infunde "sospechas" cuando alza desmedidamente la voz en la de A. Hilel, que celebra a veces vivencias humanistas pancósmicas que nos hacen evocar a Walt Whitman. Pero, por la mayor parte, esta poesía refleja una concepción agobiante de la vida personal y colectiva de la que trata en su temática múltiple y diversa: un dolor genuino y muy extraño se filtra en su actitud frente a la vida en ambos aspectos, el particular y el general. Se inclina uno casi a decir: un miedo a la vida, que ni ella misma comprende, deambula por esta poesía en tal forma que hasta el mínimo de fuerza que posee la vivencia colectiva-histórica para animarla, para tonificarla, no se manifiesta claramente, a menos que el lector repare en la calidad esencial de este "miedo", en la función que desempeña en el dominio particular, en las vivencias estrictamente personales del autor.
Es muy posible que la expresión "miedo incomprensible a la vida", por mucho que vacilemos en aceptarla como descripción sintética del carácter general de esta poesía, de la atmósfera que la envuelve enteramente, se justifique si no la tomamos como negación de la fuerza vital que fluye en sus versos. Porque también esto es un hecho innegable en esta poesía palpita una genuina voluntad de vivir y se agita una tormenta interior de sentimientos, aunque parece decir por todos los medios que no considera ni a la tempestad emotiva, ni a la voluntad de vivir como valores absolutos, como fuerzas que conocen su dirección en el mundo. No conocer el destino de la vía por la que se encamina el joven poeta a pesar de ignorarlo, es lo que empapa su obra de la vacilación, inquietud e inseguridad que, sumadas, se presentan a nuestros ojos como miedo, el miedo del niño a la vida. Aparentemente, el joven poeta siente que se le ha confiado a su generación algo trascendental e inapreciable, y ese algo, la vida, exige sujeción, uncimiento al yugo. Sólo que, por alguna razón, el hombre no sabe qué hacer con la carga que le han impuesto. Y puesto que no sabe qué hacer con ella, la carga preciosa se vuelve estupefactiva, enigmática, aterradora. De aquí, ese tono especial, encendido y a la vez lóbrego, que domina el fondo sobre el que se dibuja esta poesía con sus motivos particulares y colectivos, que se entretejen en ella para formar una sola trama personal, emocionada e inconsolable. Un tono encendido y lóbrego que clama con vigor juvenil vibrante de múltiples resortes sensibles que aspiran a la comprensión justificadora de la profusión de fuerza y valentía. Pero la comprensión no se manifiesta y el ardor vital, ni bien se enciende, se convierte en crepúsculo purpúreo, sombrío, prematuro. Abraham Hoz, en el fragmento de su Getsemaní que citamos a continuación, nos da la sensación de que no es a Jesús a quien describe en víspera de la crucifixión, sino al poeta hebreo de la joven generación con su sentimiento agudo y enigmático de la vida:
Juventud que en el humo expiró dejando tan sólo ceniza!
No gozó en compañía de amigos, en festines de vino y licor.
No sorbió de la copa corpórea de doncella radiante de gracia
las primeras vivencias vernales, el olvido del luego y ayer.
Melodía seductora, atrayente, no entonó al insinuarse la tarde,
no empuñó con eufóricas manos la simiente de trigo y cebada,
no vibró al contacto del pomo cincelado, enjoyelado, de la espada,
ni coreó la canción del rebelde que en cavernas pasajes habita.
Y al alzarse el instinto recluso, extenuado por traba y prisiones,
ascendió con un grito ahogado, empañado, en su ronca garganta
su efigie maltrecha tembló y como huyendo de horror inefable
se lanzó, como en suplicio de escorpiones, y se acogió a las aras del desierto.
Con cuánta frecuencia vemos al poeta joven "huyendo de un horror inefable", lanzándose lejos de él "como en suplicio de escorpiones"! Pero por lo general, no se dirige en busca de seguridad "al desierto", sino que se siente impelido una y otra vez hacia el mundo de los sentidos y de las pasiones aplacadas de las que extrae sin cesar, agitadamente, las unidades de vivencia poética ya sea personales, ya sea colectivas, que no llegan a predominar como ideas, como temas dignos de servirle al poeta de señales seguras, conocedoras del destino al que le llevan a lo largo del camino. Este "horror" es precisamente "inefable", indefinible, indescriptible, porque en el poema citado la vivencia poética propiamente dicha no es la que se percibe a sí misma como horror, sino que así la percibe el lector hasta cuando no entra como elemento específico, separado, en la composición del momento de la vivencia poética. La sensación de espanto se filtra en la joven poesía hasta cuando sus sentidos, emoción e imaginación se consagran en apariencia a motivos absolutamente positivos a la naturaleza, al amor, a la compasión humana, al momento de heroísmo en la lucha en nombre de algo muy preciado. Una de las diferencias más destacadas entre este capítulo de la historia de nuestra poesía y el que lo precede, consiste en que el joven poeta registra la realidad de la existencia con mayor naturalidad de la que estamos acostumbrados a hallar en el poeta de la generación anterior. El contacto sensorial, emotivo e imaginativo con el mundo objetivo es sumamente cálido y lúcido en nuestra joven poesía. Pero por esta misma razón, el elemento del "miedo" inexplicable a una existencia incomprensible se nos presenta como elemento antitético inseparable cuya función nos confunde mayormente. La invisibilidad, la impenetrabilidad, el misterio de este miedo causan un desasosiego profundo.
Aquí, debemos detenernos a señalar un hecho singular relacionado con esta cuestión: lo que hemos venido diciendo no se refiere a ese tema fértil y rico en emoción y en expresión de la joven poesía, literalmente, a la confrontación con la muerte, tanto en la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la poesía de Amir Guilboa, como en nuestra Guerra de Independencia, que se refleja en la poesía de toda esta generación y, muy particularmente, en la de Jaim Guri. La poesía de guerra que engendró esta época de la literatura hebrea suele presentarse como lírica majestuosa y terrible que puede compararse favorablemente con las obras más selectas de este género trágico en la literatura universal de las últimas generaciones. Numerosos son los ejemplos de esta poesía que parece explicar por sí misma el abatimiento que predomina en la joven generación y es muy difícil decidir la elección, con todo el afán que siente uno de citar algunos para poner de relieve las dos facetas que nos presenta: su valor intrínseco y la posibilidad que entrañan de explicar ese "horror inefable" que opera, a mi entender, en la joven poesía en general, aun fuera de los límites de este género. Es muy difícil decidir, por ejemplo, entre He aquí nuestros cadáveres, un poema de Jaim Guri que nos hace pensar en la obra del poeta inglés Rupert Brooke, que es fruto de su experiencia personal en la Primera Guerra Mundial, y entre otros Cantos de lucha suyos, como estas estrofas de su poema Hasta el alba:
Muerte, muerte terrible y hermosa, diario pan en la flor de nuestra vida!
Nuestro hogar en corceles del viento sus heraldos alados cruzaron.
Nuestro cuerpo quemó como fuego, besó el botón de nuestra mejilla
y llevónos consigo, mi bella, a su huerto lejano... lejano...
Así que nos perdimos para siempre. Tierra antigua y silente.
Vuélveme en gracia, oh Dios!, ciudadano entre iguales igual...
Solamente recuerdo: hubo bodas de sangres allá, de bengala tronante y alegre,
antes de que el buitre ceniciento legara nuestro cuerpo a los perros.
Tierra antigua y caliente, carcomida de secura, que alienta.
Qué mañana suntuosa, alocada, se lanzó a recoger distancias de distancias!
En el filo de cuchillos allá, cual chispazo de acero ante el sol,
nuestras vidas también retozaron, mi bella, virginales y osadas como nubes traviesas.
Así que nos perdimos para siempre... Tierra antigua y silente.
Como ciegos de blanco bastón vagamos al margen del tiempo.
Juveniles y puros, mi tierra, la cabeza del óleo ya ungida,
así nos recibes de nuevo, coronados de flores de fuego bermejo.
Y no es más sencillo elegir entre los múltiples poemas de guerra de Amir Guilboa, que constituyen un camino asfaltado de sangre y horrores a lo largo de muchos de sus años mozos desde los primeros días de la Segunda Guerra Mundial en el Norte de Africa y en Italia, hasta los años de heroísmo pasmoso en esta tierra. Casi llega uno a desesperar de la propia capacidad para decidirse a elegir entre estos poemas, cuando "escoge" uno precisamente el poema Momentos de Gracia (1) para ilustrar el testimonio auténtico y continuo de un libro, como el que no hay muchos en la literatura, sobre los efectos de la guerra en la poesía de esta generación:
Tratamos de recordar cada instante de dicha,
cada gota de alegría que hace tiempo se ha esfumado,
en éste nuestro andar frente al mañana
ansiado.
Hasta un día en que sabemos que envejecimos para nunca negrecer;
que ella, la amada, nuestras arrugas cuenta.
Y pensamos en años que sin luz se han ido
y son tantos; años sin vuelta,
años del ayer.
Por eso aprendimos a preciar cada instante de gracia,
a ver en el espejo si las arrugas se alisaron un tanto,
que por el Dios de la sangre joven y la expresión radiante!
si morimos, la sangre, fresca aún, manará del venaje.
Si morimos, tiernos visionarios serán los muertos.
O podemos acaso renunciar a fragmentos como los que siguen, del poema Por el alma de un amigo de A. Hilel, que alcanzan la sencillez verdaderamente sublime de la confrontación con la muerte?
Has tornado a tu madre,
a esta tierra que amabas.
Y nosotros, tus amigos, nos pasmamos: Jaime se fue.
Y ninguno de nosotros llora. Somos gente que no llora.
Tal vez mis ojos estén algo húmedos,
sea, soy el sentimental de la banda.
Has tornado a tu madre,
entras en el ciclo de sus florecimientos y cosechas,
en la órbita de la eternidad.
Pero no estarás con nosotros.
No te sentarás a nuestra mesa,
no vendrás a nuestras fiestas.
Ya no te alegrarás, no reirás, ni fumarás tu pipa.
No lloramos por tí,
pero nuestras almas lloraban.
Nuestras almas no son gente de armas
y lloran cuando muere su hermana.
Sin duda las perdonas.
Sin duda también tu alma lloró por ti. Te conocía
mejor que todos nosotros, porque eras suyo.
Ah, nuestras almas no son gente de armas,
ni peritas en guerra:
lloran cuando tienen pena,
son niñas pequeñas!
Evidentemente, esta confrontación con la muerte de los "jóvenes y aptos" explica en gran parte la disposición perpleja, atemorizada, que predomina abiertamente y a escondidas en la poesía que han creado esos "tiernos visionarios" que sólo por casualidad, así lo sienten, no se cuentan entre los "muertos". Este grito reprimido que surge de la poesía de quienes se consideran remanente fortuito que quedó para vivir la conciencia de que "nuestras almas no son gente de armas y lloran cuando muere su hermana" es el que nos lleva a comparar su creación con la poesía universal de entre ambas guerras mundiales, en ese aspecto que parecen compartir: la perplejidad, que no es sino impotencia para volver a arraigar en la vida y, consecuentemente, percepción de la gran angustia de la vida que se prolonga como algo extraño, ridículo, exasperante y vejador. Pero, cuando se la examina más a fondo, se encuentra uno conque la analogía entre el impacto de la "guerra" en la poesía universal de los últimos dos decenios y la disposición de ánimo en nuestra joven poesía, no basta: nuestra joven poesía no presenta ninguna de las señales del cinismo, del hastío, de la sensación de vacío masoquista que constituyen las cualidades fundamentales de la obra de la "generación del desierto" en Europa y América. Aun dentro de la misma sensación de espanto que se rezuma en nuestra joven poesía, nada hay de la lucidez, de la desilusión árida que significa juventud agostada, prematuramente envejecida. Al contrario, la realidad objetiva y aparente de la existencia natural y humana no se empaña ni se deforma, casi, cuando el joven poeta hebreo la ve a través del prisma de la muerte. La realidad sigue nutriendo sus sentidos, sus emociones y la fuerza de su imaginación, con asombrosa prodigalidad, aunque no llegue a suministrarle alguna razón "filosófica" para vivir, para convertir la vida a sus ojos en tesoro de valores preciados desde el punto de vista emotivo, moral e intelectual. Con toda la angustia que siente frente a la muerte, esta poesía sigue dispuesta a registrar la profusión de la vida que, para ella, no es obvia; tan es así, que despierta admiración en el alma del lector que la ve, aun aquí, en plena consternación ante la hecatombe, responder al ser con inagotable sensibilidad. La muerte determina su profundo tono elegíaco, pero nunca viola su pacto con la vida, ese pacto que parece tan extraño en su ambivalencia: saturación sensorial y emotiva por una parte y postración, consternación, desánimo, por la otra.
Hallamos un ejemplo instructivo y sorprendente de la actitud ambivalente frente a la muerte en la poesía de Pinjás Sadé, que constituye un esfuerzo consciente encaminado a entronizar la aniquilación, a consagrarla, a admirarla hasta la apoteosis. Sus poemas tienden frecuentemente y premeditamente a negar la vida a presentarla claramente a ojos del lector en forma programática, como si fuera intrínsecamente pobre y vacía. Sólo que la propia necesidad de vaciar la vida de todo contenido, de restarle todo valor, para elevar a la muerte a la categoría de valor absoluto, cierto, digno de suministrar apoyo, merecedor del anhelo de alcanzarlo, suele despabilar al lector que se inclina a veces a creer que se halla efectivamente ante un místico que ansía confundirse con el infinito, con la "nada" que verdaderamente "es" de la mística. Resulta un poco sospechosa esta sed de muerte como sinónimo de infinito, puesto que el alma que se muere de ella se compromete a comprobarse a sí misma que, en realidad, no pierde nada al dejar este mundo que nada vale siendo tan aburrido y vacío. Es decir: más que puerta de la felicidad infinita y cierta ante la que toda la beatitud de este mundo se borra, la muerte es refugio, huida de la vaciedad y el hastío del mundo. Esta contradicción íntima le resta no poca fuerza a su poesía, a la naturalidad de la poesía auténtica que se impone al lector con la armonía orgánica de la vivencia poética que se arropa con ella espontáneamente. Pero lo que mejor se disfraza en los poemas de Pinjás Sadé es precisamente el elemento inconsciente de la gran sed de vida que contienen y que se le escapa quizás al propio autor cuando se pone a cantar la nulidad de la existencia universal y personal según el Eclesiastés y otros pesimismos a la Omar Khayyam, cuando anhela la muerte en consonancia con el espíritu del himno místico, como en los versos que citamos a continuación, en los que se ve a sí mismo como aspirante a la revelación, a la gran comprensión que el hombre no alcanza sino en la muerte:
La fuente del espíritu divino es la muerte
y el que de mí reniegue es esclavo del miedo a la muerte.
Pero el creyente no se confunde, ni teme,
porque la vida le es sueño
y la muerte corona
que la divinidad le ceñirá el día del regocijo de su corazón.
Entonces despertará el alma que sueña turbada,
los ojos del espíritu se abrirán,
los pozos del alma serán descubiertos,
las velas su noche alumbrarán
y las campanas de la poesía se oirán.
("Revelación mortal", p. 1011)
En el propio anhelo de que se abran "los ojos del espíritu", de que se descubran "los pozos del alma", la muerte no es sino "corona que la divinidad le ceñirá" al que lo anhela, al que "la vida le es sueño", es decir, ilusión, encanto engañoso, maya hindú frente a la luz eterna; y sin embargo, "la vida le es sueño", y no precisamente pesadilla. Hasta el mismo Pinjás Sadé, que se considera pesimista por una parte y místico, por la otra, no llega a profesar el cinismo lúcido en relación con la vida terrena: la muerte no es redención del mal de la vida, sino condimento picante, absoluto, catalizador de la voluntad de vivir que no tiene recompensa en este mundo. Pinjás Sadé da la impresión de probar en tal forma en la muerte el sabor genuino de la vida, de la vida ideal sobre la faz de la tierra, que acaba por finalizar su "canto de amor" pletórico de concepciones eróticas sensuales extremas, aunque lo escriba como dice "al son de las campanas de la muerte", "la muerte redentora", "el espíritu eterno que sopla de aquella orilla", con una especie de declaración que se aferra tenazmente a la existencia, que lo quiera o no. Todo el universo se convierte en mensajero suyo "las estrellas y vosotros, frondas del pino, arcadas del muro, portales de la mansión y luces, susurro del viento en la hierba, fragancia dulce de los campos en la noche, calma alucinada de los espacios" que debe anunciarle a la amada la revelación del Edén ultramundano, que viene a ser una especie de edén islámico:
Id hacia la que amo y decidle, qué le diréis? Que mi alma muere por ella y la ama aún más allá.
Y también una casa hermosa, contadle, le he preparado, un lecho nupcial, un palio y atavíos de fiesta.
Nada bueno ha de faltar! Y mirad que os conjuro con voto terrible y veto solemne, solemne:
no le digáis que hace frío en la tumba, porque en verdad no lo hace, cordiales amigos... no es fría...
y tampoco es oscura. (Ibid, p. 28)
Los poemas de Pinjás Sadé producen la impresión de que su autor se los ofrece a una especie de "persona" en la primera acepción etimológica de la palabra: a una máscara o efigie sublime que él mismo plasma para postrarse ante ella, seguro de la plena identificación entre ambos. Y si la obra de este poeta, que no se da cuenta cabal de lo verdadero y de lo ficticio que abraza, no niega absolutamente el amor a la existencia ni en sus embozos místicos y pesimistas con mayor razón comprobamos que en la joven poesía en general, que suele llevar el sello de una verdad personal e íntima conmovedora, el aferramiento sensual y emotivo a la existencia no sufre daño alguno aunque esta poesía se encuentre siempre cara a cara con la muerte. Por el contrario, en sus distintos autores hallamos un gran apego natural, variado y sensible al ser. Tanto es así que su amor a la vida nos parece a veces más franco, más lógico que el de la poesía hebrea de las décadas anteriores. Sólo que el joven poeta no concibe el amor a la existencia en forma "filosófica": el aferramiento a la realidad vívida de la existencia no se manifiesta espiritual o moralmente, no domina como idea, como suma de los valores particulares y sociales en cuyo nombre se puede justificar y justipreciar la vida. Pues la muerte no sólo se da en esta poesía como algo incomprensible, como fatalidad que el hombre acepta sin protestar, sino que tampoco se trata de comprenderla, de averiguar su significado y su objeto. No es sólo la muerte la que se presenta aquí desprovista de valores "filosóficos", particulares y sociales, aún en los momentos en que se sale fielmente a su encuentro en cumplimiento del mandato que impone la lucha histórica y nacional. La vida misma, que se da aquí con profusión de matices instintivos y emotivos, se convierte en una especie de necesidad inescrutable, que ciertamente constituye un don inapreciable, pero triste y aterrador, ya que el poeta no puede ser comprendido "filosóficamente", de un modo que resuma intelectualmente su esencia preciada, la que se transmuta en fuente de contenido poético.
Esta es, al parecer, la marca distintiva de la sacudida inconfundible, de la desviación peculiar que alejó a la joven poesía de la senda de su predecesora. Indudablemente, se asemeja a la poesía anterior en los aspectos personales, ya sea el de la pena escondida que la roe íntimamente, ya sea el de la perplejidad constante ante el mundo y el alma del hombre en el mundo, que encierran tanto tormento, tal aflicción permanente y extraña. Pero ambos aspectos adquieren un gusto muy especial en la joven poesía, puesto que se destacan en ella sobre un fondo anímico y poético totalmente diferente: esta poesía se nutre en forma más directa y vital que su predecesora del mundo de los sentidos y del mundo afectivo, a pesar del elemento de pasmo y confusión que también la mueve. Es más, no considera a este elemento como evidente y natural, en la medida en que lo aceptaba la poesía anterior en sus propios aspectos individualistas desintegrados. El aferramiento palmario a la vida engendra en la poesía joven la necesidad inexpresada de comprender su propio desapego intelectual. Pero, la comprensión no sobreviene y la necesidad de comprensión se derrite en la sensación de impotencia ante cualquier esfuerzo intelectual que conlleve una concepción general estimulante, una idea que afirme los pasos del poeta en el mundo valioso y en la existencia inestimable. Con mayor intensidad que en el capítulo enajenado de nuestra literatura anterior, esta nueva poesía se ve compelida a examinar el espíritu de enajenación y locura que opera en ella y se siente más desarmada para hacerlo. Y de aquí proviene el sentimiento peculiar de culpa en relación con el mundo que la estremece con mucha frecuencia. El poeta se culpa y se condena, aparentemente, porque encima de que no comprende algo que debe comprenderse en este mundo grato y grave, sigue sintiendo y apreciando el atractivo del mundo. Veamos cómo se perfila este sentimiento de culpabilidad en El canto de la lluvia de Natán Yonatán, en que la fragancia de la tierra mojada parece amalgamarse tan naturalmente con la fragancia de la fe en el trabajo, en el hombre creador y en el fin de los días:
No somos culpables. En el quicio del ocaso el aguacero nos ganó de pronto.
Nos plantamos en la linde del viñedo estremecidos de lluvias y frío.
Echaremos raíces jamás?
Traspasados, calados, con el agua al cuello,
la paloma, la verde hoja de olivo esperaremos, aunque sea hasta el fin de los días.
Sin que tengamos que recurrir a un análisis textual detallado podemos palpar en base al fragmento citado la vacilación entre dos polos opuestos de la que se nutre el poema. En un extremo tenemos la vivencia poética completamente real y fragante, en la descripción de los que trabajan en el campo a la hora del crepúsculo, parados "en la linde del viñedo estremecidos de lluvias y frío". Y en el otro, toda la duda humana, todo el temor de la época que se expresa en la pregunta "Echaremos raíces jamás?". Esta interrogación es la que convierte la plasticidad concreta del fragmento citado en sistema de símbolos en que se entreteje la incertidumbre ideológica. El crepúsculo que los alcanza, y justamente "de pronto", inesperadamente, el estremecimiento de "lluvias y frío", el agua que les llega "al cuello", rebasan ahora el marco de la percepción concreta, de la descripción del crepúsculo lluvioso en la linde del viñedo, y componen el crucigrama simbólico del desmayo doloroso: "Echaremos raíces jamás?". Y lo hacen con tal fuerza que hasta la confianza en el fin de los días, o al menos, el anhelo de fe que alienta en el verso "la paloma, la verde hoja de olivo esperaremos, aunque sea hasta el fin de los días" (nótese el "aunque sea"!) expresa lo contrario de la fe absoluta, segura, cuantimás de la fe extática.
Y, por supuesto, lo principal: esa confesión del acusado a quien nadie enjuicia que no sea él mismo, al principio del poema "No somos culpables". De qué? Ante quién? Ante qué? Claro está que estas preguntas no encierran el propósito de mortificar, ya que el propio poeta las destaca negando toda culpabilidad en la misma expresión lacónica. Aparentemente, la pregunta le roe el alma; pero no es capaz de formulársela y mucho menos de responder a ella correctamente. La verdad dolorosa del poema está en la conciencia de que al poeta y a sus congéneres, que van incluidos en el plural del fragmento, los abate una sensación de culpabilidad enigmática y absurda. La obligación recóndita de comprender y la impotencia de hacerlo son las que se defienden en la expresión "No somos culpables". En la joven poesía encontramos frecuentemente la necesidad de confesarse de algo o por algo, que T. Carmi nos transmite en el concepto "Lacra y sueño", que incluye el sentimiento maravilloso de la vida y también la conciencia culpable del miembro de esta generación. Aunque percibe la maravilla, no puede aceptarla con toda el alma como dueña de contenidos absolutamente claros. T. Carmi bosqueja en un breve poema de amor intitulado "Lacra y sueño", como el libro al que pertenece, no sólo un momento de vida personal, sino que caracteriza el universo de su generación con líneas amplias y cortantes, como en los cuatro escasos versos que siguen:
Se abatió nuestra tienda y callamos,
nuestras notas moheció el deshoje.
Desposados en lacra y en sueño
sin piedad y sin gracia quedamos.
Con mayor razón se señala la falta peculiar de apoyo ideológico en la joven poesía, en comparación con la etapa anterior, cuando recurre con suma naturalidad y con sumo vigor a los motivos históricos y sociales que aparecen en ella con mucha frecuencia, pero nunca cristalizan en concepción orgánica del mundo capaz de llevar a la aceptación del universo desde un punto de vista "filosófico" en nombre de los contenidos generales, sociales y nacionales. Particularmente aquí se percibe la desviación de la obra poética joven de las líneas de evolución que siguió la poesía hebrea entre 1920 y 1940- La poesía de la generación anterior, en pleno desmoronamiento psíquico, personal, halla su fortaleza asombrosa en la fuente de los elementos "pioneros" de la época, en los contenidos israelíes, mesiánicos, humanos y sociales. El investigador que se aboque a la tarea de analizar este capítulo de la historia de nuestra literatura tendrá que reconocer el divorcio interno en el alma del poeta de aquella generación, entre su ser singular de hombre perplejo y perdido en las sendas de su propia vida y entre su ser colectivo, israelí, confiado, que marcha con paso firme cada vez que su poema toca el pacto eterno renovado entre el pueblo y la tierra, entre el pasado y el presente, en consonancia con el espíritu pionero. Aunque la poesía de lo general en aquel tiempo haya sido toda de reproche y hasta de ira, su contenido palpitaba con certitud indiscutible frente a la vacilación y al quizás de la poesía de lo particular de la misma época. En la poesía joven, la idea histórica, ya sea israelí o mesiánica, ya sea humana o social, se desintegra completamente, no llega nunca a convertirse en tema, en asunto que domine al poeta y alimente su obra con una afirmación consciente y absoluta de la vida. A pesar de toda la naturalidad de la actitud que asume en relación con las unidades de vivencia poética que extrae de su sensibilidad ante el paisaje, del arraigo en la tierra y en el presente, incluyendo el presente de asociación histórica la "redención" como idea, como fe que fortalece la conciencia del poeta hasta el punto de convertirse para él en concepción del universo, brilla aquí por su ausencia. La falta de fe en la vida por parte de la joven poesía proviene principalmente de la falta de la gran fe en una idea histórica y social redentora.
Esta carencia de fe no suele presentarse en la poesía joven explícitamente, ni siquiera en forma de audacia pasajera, como en los dos versos siguientes de Jaim Guri:
Desiste! Pues no surgirá ni rey, ni Mesías,
ni señal de esperanza, ni arrepentimiento, ni Dios.
("Flores de fuego", p. 61)
Pero ésa es precisamente la cuestión. Al leer esta poesía uno se siente inclinado a veces a implorar hasta por la herejía franca, por la negación de la idea social, por la rebeldía, pero en vano oramos. Renegar y rebelarse siempre han constituido la otra cara de la moneda de la fe social en el mundo de la poesía. En la medida en que el poeta lo es de verdad, su apostasía y su rebeldía sociales siempre hablan en nombre de otra fe social, distinta de aquélla de la que reniega, pero que sabe levantarse en su contra precisamente por la nueva certeza que afirma. Esta certeza, aunque sea rebelde, hace tanta falta en la poesía de los jóvenes, que su ausencia nos parece a veces el único condimento básico que posee y que le confiere el sabor especial que la caracteriza en su pasmo y en su sentimiento de culpa ante el mundo.
La ausencia de una gran fe social es la que, al parecer, explica realmente ese tono extraño de confesión, del susurrado somos-y-no-somos-culpables que nos desconcierta en ambas envolturas: la personal-particular y la social-general. Pero hay que insistir una vez más: el gusto genuino de esta "explicación" lo probamos cuando el sentimiento inexplicable de culpa que llena el universo de la joven poesía se despoja de su vestidura estrictamente personal y se envuelve en el manto general que nos habla en plural, como en el poema de Amir Guilboa Sermón de los que agonizan temprano. Este poema merece ser citado entero por la profunda significación que asume para cualquier intento de penetrar en la trama más íntima de la poesía de los jóvenes:
Declinó nuestro día, irreconciliado.
Y lloramos. Pues no somos culpables.
Ve nuestra miseria incomprensible
que aún antes de reír nos acabamos.
Al día nuestro, grande y distante como el cielo
comparamos la vida elevada que amamos.
Porque siempre lo vimos alto y meridiano,
en columnas del humo de los incendios que dejamos.
Y él se fue alto. Y él se fue lejos.
Y en pos de él repasamos aún nuestros momentos.
Porque vivimos pronto, respirando en un soplo.
Porque ardía la niña de nuestros ojos.
Porque nos quemamos como mies cuando aprieta el solano
y nos abrasamos en torno al día como al eje de nuestra vida.
Y él gritó solo. Y él río en oro
y no vino a nosotros.
Declinó nuestro día, irreconciliado.
Porque a sus alturas no nos elevamos.
Ve nuestra miseria incomprensible
que aún antes de reír, agonizamos.
Entre todos los motivos bordados en la carne de este canto de confesión, debemos reparar en cuatro, por parejas. Por una parte tenemos a estos dos: "nuestra miseria incomprensible" los tormentos de la confusión, el sufrimiento que permanece hermético a la comprensión del poeta y de sus congéneres en cuyo nombre habla; y, "Declinó nuestro día, irreconciliado" la queja del poeta y sus congéneres de alguien o de algo, de algún arcano, puesto que encima de que la vida de esta generación se marchita prematuramente, se marchita disgustada, irreconciliada, agregándole al sufrimiento una especie de explicación de la confusión que produce. Por la otra parte tenemos dos motivos casi antitéticos, ya que expresan un sentimiento reprimido de culpa y disculpa ante ese arcano que exige comprensión: "Porque a sus alturas (del día que declina) no nos elevamos" y "aún antes de reír, agonizamos". Como ya hemos sugerido, es natural que sintamos el deseo de presentar "lo irreconciliable" en la joven poesía en su relación con el universo, como disposición espiritual que se alimenta abiertamente y a escondidas de la confrontación aterradora con la muerte principalmente con la de muchos seres queridos que caen alrededor. Pero con toda la crueldad que exige el intento de profundizar del modo más objetivo posible la percepción de este estado de ánimo, tal como se presenta, por ejemplo, en el poema citado, hay que subrayar nuevamente la antítesis que determina su cualidad esencial, su tragedia. No sólo se acusa al mundo que se desliza por entre los dedos helados, en nombre de la mayoría, de los que agonizan jóvenes sabiendo que se acaban sin haber aprendido a reír, sino que también se confiesa ante el mundo, como pidiéndole perdón. El poeta sabe que "nuestro día" agonizó "irreconciliado", pero sabe también muy bien que "a sus alturas" (del día) no nos elevamos". Por una parte, la antítesis de los sentimientos del autor y por la otra, el sentimiento trágico de la antítesis. Las alturas entrevistas en el "día nuestro, grande y distante como el cielo" y la conciencia del poeta y de sus congéneres de que a ellas "no nos elevamos". La necesidad de comprensión, de comprensión, además, de la muerte hacia la que se encamina esta generación con tal devoción, con tanta fidelidad, agobia a la joven poesía, porque la comprensión se aleja de ella. La gran idea que se le exige, se la exige ella misma pero se le escapa, no se le entrega.
4
Es posible que no haya llegado la hora de investigar la esencia del fondo social y cultural del que ha nacido la joven poesía hebrea, para comprender la extraña situación que se da en ella la ausencia de una idea predominante. Parecería que sólo faltase aquí la idea para que toda su excelencia genuina la elevara a la categoría de poesía que aspira a grandezas, que se encamina hacia conquistas mayores y más difíciles de las que se le entregan por sí solas al desgaire, con suma facilidad. Una investigación de este tipo seguramente tendrá que reparar, en su oportunidad, tanto en la cuestión de la evaporación de una concepción filosófica general como en la cuestión de la fuga del sentimiento tradicional y judío en nuestra poesía. Mas, con toda la importancia que reviste tal investigación, no puede quien esto escribe tomarla sobre sí en el marco del presente ensayo.
Sin embargo, en lo que se refiere a la descripción empírica de lo que sucede en nuestra joven poesía, de lo que hay y de lo que no hay en ella, vale la pena señalar un fenómeno más, vinculado con el análisis anterior: la fuga de la idea vital en la poesía joven no constituye de ninguna manera un mal absoluto como forma de expresión meramente lírica y personal. La lucha entre la idea generalizadora, que tiende tan frecuentemente a ser pseudofilosófica e incluso pesudosocial, y la personalidad íntimad del autor, que ansía revelarse "tal como es", gravitó a más y mejor en el desarrollo de la lírica hebrea moderna. Esta lucha estorbó considerablemente la aparición del poema lírico puro desde los días de la Ilustración, a través de la época del Renacimiento, hasta la Generación Pionera aunque en estas dos últimas etapas de la evolución de la poesía hebrea se logra una especie de "compromiso" entre lo personal y lo general por vía de separación: la robusta poesía pública que estimula hasta con sus elementos negativos por un lado, y la poesía íntima del individuo, generalmente doliente, por el otro. En la poesía joven de los años recientes, es como si la cisura hubiera sanado, como si la barrera entre lo general y lo particular se hubiera levantado. Precisamente porque ni lo general se convierte aquí en idea, en "concepción del mundo", sino que constituye fuente de "motivos", de unidades de vivencia separadas y distintas que no se integran en una visión determinada del universo, se funde con lo particular hasta el grado de erigir en nuestra presencia una lírica hebrea tan íntima y hasta hoy, tan desconocida, que llegamos a pensar a veces que no tiene parangón en la historia de nuestra poesía moderna.
Sólo que, en ocasiones, la intimidad en la joven poesía nos desazona y ofende como elemento que menoscaba la efectividad de su función como arte. Con frecuencia da la impresión de no ser más que apunte en el diario. El lector se siente incómodo, como si hurgara en un diario particular que hubiera caído en sus manos por casualidad. Es muy difícil explicar la diferencia entre aquel poema lírico que presenta la objetividad del momento de la vivencia poética y aquel otro tan íntimo que hace al lector partícipe del alma del autor, del mundo de un individuo que se le confiesa y le expone su vida personal como si le dirigiera una carta particular, sin conocerlo. Ahora bien, suponiendo que la diferencia que hacemos aquí sea justa, el poema lírico auténtico viene a ser aquel que "perpetúa" el momento de la vivencia, que lo arranca de la esfera limitada del lugar, del tiempo y de la experiencia personal que lo ha engendrado, para convertirlo con sus poderes ocultos en vivencia universal intemporal, inamovible e independiente de tal manera, que quien se le acerque en cualquier lugar y en cualquier época, siempre verá el mismo momento de vivencia singular y prístina en su universalidad. En el poema lírico genuino, el fruto de la experiencia de un poeta determinado se convierte de por sí en heredad pública: la forma especial en que se plasma artísticamente lo despoja, involuntariamente, de las cualidades de "propiedad privada" que concurrieron a su nacimiento. No así en la joven poesía que nos ocupa. En ella, se destaca frecuentemente la inclinación a relatar una vivencia personal como si fuera absolutamente privada, propiedad exclusiva del poeta. La falta de una idea en la poesía joven recibe a veces de esta fuente una iluminación especial: parecería que esta poesía no llegase a alcanzar la objetividad, la contemplación que conlleva la percepción de la gran maravilla suprapersonal, impersonal, inherente a la vivencia particular. Está tan atareada a veces en relatar la aflicción personal, para removerla, que todo lo que tiene también de doloroso e incomprensible desde el punto de vista universal lo percibe como casual, como temporal, como algo que no tiene importancia sino en la medida en que aflige exclusivamente al que sufre. Aparentemente, el mundo no existe ni merece manifestarse en su esencia directa, a menos que haga reparar al poeta en su pena personal por un instante fugaz.
Desde el punto de vista de la alta poesía, el elemento preciado de la intimidad poética consituye frecuentemente también un ingrediente embarazoso cuando lo hallamos en versos colmados de contenido sensible sobre los dos temas permanentes de la lírica el amor y la naturaleza. Tampoco estos suelen aparecer como temas importantes en sí mismos, sino que generalmente se convierten en excusa de la vivencia poética para la confesión dolorida de su ineptitud para explicarse lo que la aflige. Raramente nos topamos con un poema de amor, como el soneto de Abraham Hoz que citamos a continuación, en que el amor reclama su derecho a expresar en nombre propio y por su propia cuenta, aunque sus contenidos sean "modernos" dicha juvenil por una parte y confusión tétrica por la otra, fatalidad abrumadora y percepción de una gran recompensa:
Nos unió una noche blanca cual venda.
Su cuerpo vibró en mis manos cual trova.
Como árbol que en otoño deja caer el caudal de sus hojas
deshojó sus vestidos, prenda a prenda.
Su torso alzóse enfrente desnudo y soberbio,
su piel fulguró pródigo anhelo.
En su mirada preñada de nublo negro,
había un don embriagador y traicionero.
De pie ante mí, como destino escrito,
presentimiento silencioso, mudo.
Un pensamiento triste labró surcos
en su alta frente. Ella sabía
siendo mi recompensa, que su mano era mía mío el yugo
del mandato de las sangres ciegas, atávicas, sombrías.
(Cantos de Sansón)
A pesar del tono lóbrego que se filtra a través de él, este soneto representa la excepción a la regla en la joven poesía erótica: la pesadumbre no convierte al elemento del amor en casualidad extraña que acompaña incidentalmente a otra emoción enigmática. Las raíces del sentimiento se nutren aquí de un "mandato de sangres", por "ciegas, atávicas y sombrías" que sean. Lo humano y hereditario se revelan en el amor como maravilla, aunque la herencia en sí abrume al amante con su yugo. El amor es aquí sentimiento certero, elemento de valor absoluto y separado con todo su peso específico. Por lo tanto, no hay ninguna necesidad de explicar las tinieblas que envuelven también a este canto de amor con el hecho de que pertenece a un ciclo de sonetos intitulado Cantos de Sansón, en los que este último reflexiona sobre su vida después de que su amor a Dalila lo ha traicionado. La única "explicación" que corresponde aquí es quizás que la capacidad del joven poeta para ver en la fuerza del amor un elemento con valor poético absoluto y propio no se revela sino cuando el amor conmueve a un personaje distinto del autor, sobre todo algún héroe histórico que, en su oportunidad, no fue extraño o pasmoso, que tenía sentimientos seguros y ciertos, ya que no era hombre contemporáneo. La humanidad es plausible sólo en el héroe histórico, con su dolor universal y en su cohesión espiritual, que el propio personaje acepta como sentido de su vida y suma de su esencia. Así, este acabado poema de amor rebasa los límites históricos para enseñarnos algo sobre la relación entre la joven poesía y el amor, ya que el poeta se mantiene en su confusión íntima, en su desmayo personal, también frente al amor que visita a veces su predio como eventualidad pasajera y extraña.
El ciclo de tres poemas de T. Carmi, Diálogo, es mucho más característico de la actitud que adopta la joven poesía con respecto al amor. Los personajes, "él" y "ella", aparecen en plural en el monólogo que habla por ambos en la primera sección del ciclo:
Lo que ven nuestros ojos y tocan nuestras manos
en el alba de a tantos del mes,
tan simple, inocente, es, tan tan ridículo
(astucia acumulada en nuestras noches nada simples):
Un árbol desnudo dejó caer sus nieves.
Una naranja aislada sobre una bandeja de cobre.
El azul yace en las peñas.
Cuando llega nuestra noche burlesca,
sin comprender, nos burlamos:
que nos asimos a un árbol que dejó caer sus nieves.
Perfumamos el alba con la naranja.
Aspiramos con el cielo azul.
No vacilamos en volver el rostro hacia las peñas.
Sustituyendo el elemento de "burla" por el de "extrañeza" y "pasmo" en la última estrofa del poema, determinamos el lugar que ocupa el amor en la joven poesía en base a su cualidad más destacada: "Cuando llega nuestra noche extraña, sin comprender, nos pasmamos". El amor, como un pretexto más para concebir el mundo en su confusión incesante, musitada al oído, se entreteje con sutilidad asombrosa en los dos monólogos siguientes del ciclo en las reflexiones de "ella" que expresan la resignación callada de quien sabe que el amor de "él" no es sino astucia engañosa dirigida no tanto hacia ella como hacia él mismo; y en las reflexiones de "él" que confiesan el "engaño" al finalizar su monólogo:
Me avergüenza tropezar y levantarme
devorado por la risa de estrellas loberas.
Pero alcanza con lo que hemos citado para ver claramente cómo se señala ese pasmo personal y recóndito por cuyo medio conoce el poeta también al amor. El amor se arrulla, al parecer, en un mundo exterior pleno que el poeta describe a hurtadillas, trémulamente, sugiriendo pequeños y grandes detalles: "un árbol desnudo dejó caer sus nieves", "el azul yace en las peñas", e incluso "una naranja aislada sobre una bandeja de cobre". Sin embargo, la melodía del amor resuena sin cesar con la voz del espanto personal impenetrable que deplora en nombre de dos, exclusivamente, la llegada de "nuestra noche burlesca" que se queja por ambos seres particulares de que "sin comprender, nos burlamos". Este espanto íntimo del amor nos conmueve sobremanera cuando se escapa como grito lastimero en el Canto a los ojos de una muchacha de A. Hilel. También este poeta, a quien generalmente vemos asirse a la existencia clara, a la sencillez de la "eternidad" en la naturaleza, aunque su poesía suene a veces como si alzara la voz exageradamente para afirmar la vida, nos hace sospechar que se debate contra el sentimiento opuesto que le roe el alma. Precisamente los versos siguientes de un poema de amor vienen a colocar a este poeta afianzado, también a él, en la línea general que adopta la poesía joven frente al mundo, de la visión que se convierte en el momento del amor pasmoso en "fin de todo concepto e infinito de la nada!"
No he visto nada más dulce que la belleza, aparte del dolor que es perder la cabeza por la intensidad de la visión de la belleza.
Es más, no he visto nada más profundo que la belleza, aparte de la muerte, que es consumación de la belleza, fin de todo concepto e infinito de la nada!
Pero he visto los ojos de una muchacha que irradian dolor y el dolor rocía con llanto y el llanto destila noche.
Ese es el dolor más alto que todas las estrellas de la noche
y esas son las lágrimas de dolor que fulguran como estrellas en la noche.
Y he visto además los ojos de una muchacha que derraman luz de divinidad hasta que adviene el gran temor!
Y en los abismos de los ojos vi a la muerte,
que es consumación de la belleza, fin de todo concepto,
divinidad de la nada!
Y esa misma intensidad con que se nos da un universo confuso e incomprensible, ridículo a veces, y a la vez, clemente, se manifiesta del modo más casual hasta en los momentos en que la poesía joven revela su gran fuerza de percepción de la naturaleza, su sensibilidad al paisaje. Hemos subrayado ya la viva impresión que hace en el lector esta sensibilidad natural, inmediata y patente del universo material, particularmente del reino inorgánico y del reino vegetal. Y no exageramos al decir que puede espigarse de esta poesía una antología respetable de "Cantos a la naturaleza" extraordinarios por su brillantez y por su frescura. En el pequeño canto de Amir Guilboa , Aleluya, podemos ver una especie de lema de la esencia general de la poesía joven y apreciar momentos que le prestan lo más selecto de su visión y expresión:
Como el rocío y la lluvia baño mis prados verdes
cuando el alba rescata en silencio su faz de la sombra.
Y el visaje del instante frente a la luz de mis faroles es como el replandor de largos días
que mantienen la alegría de su blancura en el azul que se redondea.
La majestad del instante en el fulgor de la primera grieta sobre tu cabeza!
Descorre la cortina, levanta la tienda, recíbelo con aleluya eterna y con la dicha de la gratitud.
Expurga las horas del hollín del crisol, de la entraña del pozo ennegrecido
y en su fondo hallarás fuego de constelaciones, destellos de los astros del ser.
Es asombrosa la frecuencia con que nuestros poetas nos introducen a pie llano, sin esforzarse en lo más mínimo, en el universo del ser. Lo perciben y lo transmiten directamente, con sencillez y fidelidad, en toda su riqueza que se revela en las pequeñeces y en las grandezas de la existencia, que anula, como toda poesía auténtica, las fronteras entre lo sublime y lo nimio del mundo de los sentidos y las emociones. Esta tendencia de su obra atestigua que están en contacto tan directo con la realidad interior y exterior, que frecuentemente parecen alzar, uno a uno, su fruto maduro al "padre pródigo" que los contempla y escucha el susurro que acompaña la ofrenda, como en estos versos de Jaim Guri:
Mi día tiembla. Su fruto se alza a ti.
Sosténlo padre pródigo, abrázalo, padre!
En la calle reina otoño con deshoje y herrín.
Una noche infinita estremece los aires.
Estremece los aires y el llanto se eleva.
Viejo y ancestral, como la sangre y las penas.
Como el fuego y el amor, como peña y como pan.
Como juego de amantes, como lágrima de esclavas.
Es tu calle, la conoces?, en lodo y argamasa,
en armazón de andamios, en torres de Babel.
Y ven conmigo, noche: en la miseria, en la ira,
en el amor aquel que no se olvida,
al dulce secreteo en la negra galería
entre aquellos que llevan su noche a umbrales del día.
Témplalo cual hierro, con ellos, sin descanso,
con el voto de los mudos y el conjuro del que va.
Despertará de pronto un astro, rojo, alto,
y lo coronaremos de flores y de canto.
(Flores de fuego, p. 61)
Sólo que la promesa de coronar a ese "astro, rojo, alto" de "flores y de canto" no se cumple en esta poesía. "La majestad del instante en el fulgor de la primera grieta", en las palabras de Amir Guilboa, no induce al poeta a recibir el alba "con aleluya eterna y con la dicha de la gratitud". La "aleluya", que en el momento de la vivencia poética se magnifica y convierte en "eterna", en percepción de la maravilla suprapersonal de esa vivencia, no constituye un fenómeno frecuente en ella: si a veces hallamos las palpitaciones de la dicha embriagada, éstas no logran despertar ni la gratitud madura, ni el reconocimiento universal que merecen. La plenitud del mundo que esta poesía absorbe de paso no se transforma en ella en la felicidad de la contemplación del mundo. En el "pozo ennegrecido" se perfila a veces la posibilidad de una concepción del universo que aspira a un foco de visión y de comprensión adultas, pero generalmente no pasa de mera posibilidad. El poeta no puede tenderle la mano y mucho menos asirse de ella realmente. De aquí proviene la sensación que acompaña al lector de que escucha en su obra una plática poética personal muy joven, aunque muy doliente: alguien, con genuino talento poético, se le queja al oído de lo que le duele y de su incapacidad por explicarse a sí mismo qué le causa el dolor. De aquí proviene también la percepción del grito que la poesía joven quiere proferir, del grito que no surge, que no se atreve a subir. La conciencia poética perpleja que sugiere la necesidad de comprender este mundo íntimo, sin lograrlo, "reencarna" en dos formas: la del miedo al mundo incomprensible y la del sentimiento de culpabilidad ante el mundo, ante el "día" que se eleva sin que el poeta logre escalar sus alturas. Ambas constituyen una especie de ira sofocada y la joven poesía no se atreve a confesarse la indignación que bulle en sus entrañas. En ocasiones uno siente que además de que el poeta tropieza con la dificultad de comprender el mundo en que vive, no se permite la licencia de comprenderlo, puesto que de formular tal comprensión correría el riesgo de constatar que es más triste y más lóbrega de lo que se atreve a confesarse a sí mismo.
Evidentemente, algunos de los poetas cuya obra nos ha dado la pauta para elaborar estas hipótesis sobre el carácter esencial de nuestra joven poesía, comienzan a sentir el peligro que corren al pisotear constantemente su intimidad agitada y atemorizada y a buscar refugio en un esfuerzo de trazar las circunferencias poéticas de acuerdo a un plan orientado hacia esta o aquella "linea" de nuestra vida política. Pero ya no cabe emprender, dentro de los límites de este ensayo, el debate de la cuestión si, efectivamente, hallarán por este camino la "idea dominante" por la que clama su poesía para liberarse de las trabas de lo personal e íntimo. De una cosa estoy convencido, sin que por ello abrigue la intención de darle a nadie buenos consejos: la "idea dominante" surgirá probablemente, si no se la obliga a encajar en planes de mayorista o en programas calculados de antemano por alguna grey, sea cual fuere. La poesía joven se distingue por la profusión de matices individuales que ha logrado hasta ahora y por la variedad de las potencialidades que desarrollará en el futuro. Ninguno de sus autores podrá ensanchar su camino de aquí en adelante, si no lo sigue considerando como suyo propio y si no aspira a ampliarlo guardándole fidelidad absoluta al clamor de su propio espíritu. La voluntad de descubrir la "idea dominante" en forma colectiva, por medio de un esfuerzo común, contradice a la profundización autónoma, a la auscultación leal de las fuerzas creativas del alma que son las que, exclusivamente, habrán de permitirle a esta poesía de múltiples posibilidades pavimentar y ensanchar la senda que seguirá en la vida de nuestro pueblo en su tierra, en estos días "altos" y pasmosos.
Traducción: Esther Solay - Levy
* Ofrecemos a continuación, con ciertas abreviaciones, la traducción inédita hecha por Esther Solay-Levy, de un estudio de crítica literaria publicado por nuestro inolvidable maestro de Literatura Hebrea Moderna en la Universidad Hebrea de Jerusalén, el ya casi legendario Profesor Simón Halkin (1899-1987), en la revista Bejinot be-bikoret ha-sifrut, editada por Shlomó Tzemaj, Vol. I, Mosad Bialik, Jerusalén, en la Pascua de 1952.
** Relación de los libros, por orden alfabético de autores: Tuvia Carmi, Lacra y sueño, Ed. Majbarot le-Sifrut; Mijael Deshe, Hasta esta luna, Ed. Kiriat Sefer; Amir Guilboa, Siete dominios, Ed. Sifriat Poalim; Jaim Guri, Flores de Fuego, Ed. Sifriat Poalim; A. Hilel, La tierra del mediodía, Ed. Sifriat Poalim; Pinjás Sadé, Revelación mortal, Ed. Majbarot le-Sifrut; Itzjak Shalev, Prendido a una rama de almendro, Ed. Agudat ha-Sofrim le-yad Dvir; Natán Yonatán, Sendas de polvo, Ed. Sifriat Poalim.