En todas partes, los emigrantes tratan de construir de nuevo la patria que
dejaron atrás. Cuando a mediados del siglo XIX se inició el
gran movimiento cristiano de asentamiento en Jerusalén, los colonos
que vinieron a instalarse en ella copiaron el estilo de sus países
de origen. Los rusos construyeron la "Concesión rusa" como una
fortaleza, en cuyo centro se alza una iglesia de cúpulas bulbosas, y
a su alrededor, largos pabellones para hospedar a los peregrinos. No lejos
de allí, los etíopes edificaron también al estilo de
su país. Los templarios alemanes, por su parte, en los barrios que
construyeron en Haifa, Jerusalén y Iafo, se guiaron por el modelo de
los pueblos del sur de Alemania. Los europeos trajeron al oriente
árabe la construcción lineal y monumental, los grandes
bloques de edificios, apropiados para los climas fríos del norte,
los techos de teja a dos aguas, hechos para resistir tormentas de nieve, y
la técnica de construcción en madera, difícil de
conseguir aquí.
La construcción cristiana de aquel tiempo era imperialista, y sus
motivaciones religiosas no eran sino disfraz para encubrir
propósitos políticos: asegurar una presencia y una influencia
en el tambaleante imperio otomano en trance de disgregarse, sobre el cual
se cernían todas las potencias europeas para repartirse sus
despojos. Las escuelas y los orfanatos, los hospitales y las embajadas,
servían ante todo el propósito de afianzarse en el terreno,
creando hechos consumados. En el horizonte de Jerusalén empezaron a
alzarse torres y campanarios de iglesias, rebasando y anonadando a los
minaretes.
Como no había en el país obreros de la construcción
experimentados, e incluso los canteros tuvieron que traerlos los ingleses
de Malta a principios del siglo pasado, no surgió antagonismo hacia
los estilos foráneos implantados en el panorama local. El siglo XIX
presenció, consciente o inconscientemente, una victoria
tardía de los cruzados, que lograron, sin el fragor de las armas,
afianzar su presencia en Tierra Santa, imponer su predominio en la
educación y la asistencia social, y comenzar a europeizar esta parte
del mundo.
La población local empezó a imitar la construcción
europea. Las familias árabes ricas, abandonando el cerco de las
murallas de Jerusalén, comenzaron a construir casas y palacios a
estilo europeo, aunque decorándolos con toda la gama de la
ornamentación musulmana tradicional. Las ciudades, al ir creciendo,
adoptaron la construcción lineal europea y los techos de teja
roja.
También los judíos, que hasta entonces habían
alquilado casas de los árabes, empezaron a edificar sus barrios
propios. El primero de éstos, Mishkenot Shaananim (Moradas de los
reposados), construido en Jerusalén en 1860 con la ayuda del
filántropo inglés Sir Moses Montefiori, estaba formado por
una serie de largas construcciones rematadas por techos inclinados de teja
roja. La comunidad de los judíos de Bujara levantó al norte
de la ciudad su barrio propio, aislado del exterior, y formado por casas
grandes y uniformes con techo de teja. El mismo estilo se adoptó
para los barrios de Meá Shearim (Cien puertas) y Najlaot (Heredades)
en Jerusalén, y los de Nevé Tsedek (Venero de justicia) y
Nevé Shalom (Venero de paz) en Iafo.
Tres rasgos principales caracterizan desde entonces la arquitectura de la
Tierra de Israel:
- Construcción fuera del contexto local.
- Techos de teja roja, que se convirtieron en símbolo de la
presencia judía y concretización del concepto "hogar".
- Construcción "tipo ghetto", en barrios cerrados y
homgéneos desde los puntos de vista étnico, religioso y
social. El deseo de separarse de la población árabe
creó un deseo de apartarse también de los judíos de
otras comunidades y de otros países de la Diáspora.
En los años veinte de este siglo, cuando la construcción
judía estaba en pleno auge, debido al aumento de población
que causaron las olas migratorias procedentes de Rusia y Polonia, la
arquitectura de Tel Aviv reflejó una fuerte nostalgia por las
ciudades de la Europa oriental. Bajo los cielos azules y el sol ardiente
del Mediterráneo, ingenieros y arquitectos oriundos de aquellos
países construían como si aún estuvieran en Odesa,
Moscú o Varsovia. La morfología, la ornamentación, los
estilos, se ajustaban a las condiciones de clima del Este europeo: amplios
ventanales, balcones, torreones, buhardillas y adornos vistosos.
Esa actitud ecléctica, heredada del siglo XIX, fue lo bastante
flexible como para integrarse en el movimiento "orientalista", nacido por
la misma época, que abarcó la pintura, la literatura, el
teatro, la danza y la música. Adoptando como ideología el
retorno a la época bíblica, veía un paralelismo entre
el resurgimiento del pueblo judío en su antigua patria y la cultura
mediterránea de la antigüedad. El edificio del Liceo
Herzlía en Tel Aviv, del arquitecto Yosef Berski (1910), integraba
elementos mesopotámicos (reminescencia del patriarca Abraham) y
rasgos árabes locales, en un edificio monumental de tipo europeo.
Por una pauta similar se guiaron Alexander Baerwald en el edificio de la
Escuela Politécnica de Haifa, y Yosef Minor en la casa del poeta
Bialik en Tel Aviv, construida como exquisita quinta con elementos
árabes típicos, como miradores de madera, ventanas de arco
angostas, cúpula truncada y azulejos de estilo "bíblico",
producidos en la escuela de artes Betzalel de Jerusalén.
El mismo espíritu animó a los arquitectos británicos
que el gobierno mandatario hizo venir de su país. Holiday, Harrison
y Chaiken introdujeron el concepto imperial británico de una
construcción moderna y de calidad, aunque haciendo algunas
concesiones a la cultura local, como por ejemplo, la alberca y el patio que
Harrison diseñó en el Museo Rockefeller, o los arcos y la
cerámica armenia en la iglesia escocesa de Jerusalén, que
proyectó Holiday.
Entre los constructores judíos, la adaptación al contexto
local sufrió de una actitud ambivalente hacia la cultura
árabe. En las primeras décadas del sionismo, los inmigrantes
judíos consideraban que la cultura árabe había
preservado las tradiciones bíblicas. El retorno a la patria
ancestral se percibía como un retorno a la época
bíblica, a la soberanía judía, al trabajo de la
tierra, al pastor y al labrador de la antigüedad, a los héroes
míticos y a las costumbres del pasado remoto. Todo ello lo plasmaban
en buena medida los patrones de vida de árabes y beduinos que los
pioneros de las primeras colonias agrícolas, y sus hijos, la
"generación del Palmaj"*, trataron de imitar. Nació
así una honda afinidad entre la noción del "pueblo en su
tierra" y el estilo de vida local.
Sin embargo, el romanticismo orientalista quedó frustrado cuando se
aclaró que se había desatado en el país una verdadera
guerra entre árabes y judíos. Después de los ataques
árabes contra la población judía en 1921 y 1929,
motivados por el rechazo del programa de creación de un "Hogar
nacional judío" en Palestina, y una vez que cristalizó la
"identidad nacional palestina" en el curso del levantamiento árabe
de los años 1936 a 1939, se desvaneció el sueño de
integración al entorno árabe.
Sin apenas darse cuenta de ello, comenzó a configurarse una
"mentalidad de cruzados" basada en una cultura importada, que se
distanciaba de la población local y se consideraba superior a ella.
Se pasó entonces a destacar lo diferente y lo específico. Las
aldeas colectivas judías se distinguen por sus casitas de paredes
blancas y techo rojo, planificadas, uniformes, alineadas y rodeadas de
abundante vegetación, en contraposición al poblado
árabe, que brota de manera orgánica de la tierra, con sus
casas desparramadas irregularmente y sin planificación, cual masa
dispersa y disgregada, sin árboles ni vegetación. La torre de
agua judía se convirtió en signo distintivo y señal de
la presencia judía, frente al minarete musulmán.
En los años treinta regresaron a Palestina varios arquitectos
jóvenes, después de cursar estudios en París,
Berlín, Gante y otros lugares. El ascenso de los nazis al poder
trajo también al país a arquitectos imbuidos de las ideas
vanguardistas de la Europa occidental. Su común denominador era su
oposición al estilo ecléctico local, lo que les llevó
a desarrollar una concepción arquitectónica moderna,
enraizada en el contexto local. Este enfoque rechazaba toda tendencia
narrativa o simbólica, toda corriente ornamental o decorativa,
buscando el funcionalismo puramente abstracto.
Le Corbusier, en su búsqueda de una arquitectura innovadora, sana,
luminosa, higiénica y eficaz, había descubierto el
Mediterráneo y las "ciudades blancas" de Andalucía, de la
Costa Azul, del Mezzogiorno italiano, de Grecia y de Turquía,
así como las ciudades del Norte de Africa, de techos planos y
paredes encaladas, divididas en unidades pequeñas. Convirtió
estos principios en elementos rectores de su obra, trayendo el
Mediterráneo a París, en tanto que quienes se plegaron a su
influencia devolvieron el estilo mediterráneo moderno a las costas
de Tel Aviv. Arquitectos talentosos, como Arié Sharón, Zeev
Rechter, Dov Carmi, Yosef Neufeld, Sam Barkai y otros, construyeron en Tel
Aviv la "ciudad blanca", ya no como reflejo de Odesa o Varsovia sino como
creación mediterránea pura, que vivía y respiraba el
clima y el ambiente locales.
Precedió a todos éstos Richard Kaufmann, que llegó al
país en 1920, invitado por el Dr. Arthur Ruppin, promotor del
asentamiento judío en Palestina. Kaufmann elaboró unos 150
proyectos de aldeas agrícolas -moshav y kibutz-, así como de
barrios y de ciudades nuevas, siendo más que nadie quien
determinó el aspecto físico de las colonias judías y
formuló el lenguaje de la arquitectura local. Las aldeas que
diseñó, por ejemplo Nahalal, eran intrínsecamente
distintas de los pueblos de Europa. Halló inspiración para su
"ciudad ideal" en el siglo XV y en los monasterios medievales y
trató de darle expresión urbanística en los pueblos y
barrios de la Tierra de Israel.
También se mostró sensible al entorno climático, y
así, en la escuela que proyectó para el kibutz Degania en
1928, utilizó un típico elemento árabe, la taka, el
ojo de buey que los árabes situaban por debajo del arranque del
techo, para evacuar el aire caliente acumulado entre el dintel de las
ventanas y el techo. Sin embargo, Kaufmann no imitó la forma de la
taka árabe, usualmente redonda, sino que abrió ventanas
largas y angostas a todo lo largo de las paredes en las aulas de Degania.
Por encima del techo colocó una ligera cubierta, que tenía
por objeto dar sombra al edificio y protegerlo de la radiación solar
directa. En casas de vivienda que diseñó más tarde en
Tel Aviv, colocó "viseras" de hormigón sobre las ventanas y
balcones, para que durante el verano arrojaran sombra permanente sobre las
aberturas de la casa, en tanto que el sol más bajo del invierno
lograra penetrar hasta el interior de la casa. El enfoque eminentemente
moderno de Kaufmann y de los demás arquitectos de los años
treinta creó un estilo específico de Israel, y más
propiamente de Tel Aviv, que por primera vez se ajustaba al entorno local
en lo tocante a las condiciones físicas y climáticas. La
línea moderna, nítida, joven y clara venía a destacar,
también, en el plano estético, que Eretz Israel era un
país joven y nuevo, que plasmaba la imagen del sionismo como
rejuvenecimiento de un pueblo.
Fue apenas en los años sesenta cuando se relizó un intento
serio de crear un estilo arquitectónico israelí en un
contexto más amplio. Uno de los intentos más interesantes de
erigir una obra regional, que aunara lo moderno con lo local, fue el
edificio de la municipalidad de Bat-Yam, diseñado por Eldar
Sharón, Zvi Hecker y Alfred Neumann. Localizaron el edificio a un
lado de una plaza, como una de las tantas ágoras griegas, cuyos
restos jalonan la cuenca del Mediterráneo oriental. El edificio
tiene forma de una pirámide invertida de tres pisos, que se sombrea
a sí misma.
Conductos de aireación como los que desarrolló la
construcción local en el golfo Pérsico, aceleran la
ventilación en el vano central, a modo de atrio, al cual dan las
puertas de las oficinas. El edificio está dominado por una
exuberancia de colores vivos -azul, rojo, dorado- y está cubierto de
romboides y de motivos que sugieren la celosía árabe. En los
detalles del edificio se aprecia la influencia de Le Corbusier en su etapa
tardía, con una abundancia de elementos escultóricos de
hormigón. Fue este un intento osado de entablar un diálogo
con la cultura local y sus tradiciones de construcción, sin caer en
la imitación o la copia de elementos desligados de su contexto
funcional y cultural, sino diseñando un edificio "israelí"
moderno y actual.
En los años setenta se registró un nuevo florecimiento de la
tradición de los cruzados. El hospital Carmel, en Haifa, por Yaacov
Rechter, la biblioteca "Bet Ariela" en Tel Aviv, por Moshé
Lupenteller y Guiora Gremerman, la Escuela ORT en el campus de la
Universidad Hebrea en Guivat Ram en Jerusalén, por Nadler, Nadler y
Bikson, y la Facultad de Letras del campus de la Universidad Hebrea en el
Monte Scopus en Jerusalén, diseñada por Ram Karmi, así
como muchos otros edificios del mismo período, se inspiran en las
construcciones de los cruzados y también en el "brutalismo" europeo
y americano, especialmente el de Paul Rudolf. Sus obras se caracterizan por
una vigorosidad agresiva, que se expresa en fortines, patios protegidos,
abundantes torretas, esquinas truncadas, ventanas angostas y amplias
áreas de hormigón desnudo.
Quizás reflejara este fenómeno la sensación de pujanza
que trajo la Guerra de los Seis Días, en 1967, o la angustia
existencial engendrada por la Guerra de Yom Kipur, en 1973, pero hubo
también un deseo de conectarse a un claro motivo del pasado
arquitectónico del país.
El postmodernismo de los años ochenta preparó el terreno, en
el plano ideológico, para un diálogo con el pasado y para la
búsqueda de una arquitectura regional. Ello llevó a buscar
elementos musulmanes y árabes, tal como lo hizo Shlomó
Aharonson en la Plaza Suzanne Dellal de Tel Aviv, en la que abundan
elementos tomados del Islam español, y en especial de Sevilla, como
pequeños naranjos, atarjeas y azulejos. Elementos análogos se
encuentran en el patio del edificio "Bet Shmuel" del arquitecto
Moshé Safdie, en la sede del Hebrew Union College en
Jerusalén*.
La mayoría de los arquitectos que quisieron introducir en sus obras
elementos orientales eligieron el Islam occidental más remoto, el de
España, más bien que las tradiciones árabes
locales.
Un intento serio de acercamiento a las tradiciones de construcción
locales es aparente en el edificio de la Suprema Corte de Justicia en
Jerusalén, inaugurado en 1992 y diseñado por Ada
Karmi-Melamed y Ram Karmi. Se encuentran en él profusas y variadas
reminiscencias de elementos típicos de la construcción local
a lo largo de los siglos, desde los palacios herodianos, pasando por el
mausoleo helenístico de Absalón, los castillos de los
cruzados y los monasterios griegos, hasta el estilo del Mandato
británico. Esta plétora está organizada en un edificio
complejo y casi barroco, que nace de un sistema de contrastes:
claro-oscuro, ancho-angosto, abierto-cerrado, piedra-estuco,
cuadrado-redondo, y de una profusión de experiencias
existenciales.*
Debe verse en ello la cristalización de un estilo típicamente
israelí? A lo largo de los años se han ido plasmando los
signos distintivos de una arquitectura propia que se basa en una
construcción moderna, atenta a la moda, los cambios de estilos y
tendencias en el mundo, y supeditada a las condiciones y restricciones
económicas, tecnológicas, culturales y políticas que
inciden sobre el país. La tecnología de construcción
en hormigón se asimiló rápidamente en los años
veinte, por ser la única que se ajustaba a la escasez de obreros
calificados y a la carencia de infraestructura industrial. Es apenas en los
últimos años cuando ha comenzado a difundirse la
construcción metálica, que casi no existía en Israel,
con la excepción de un edificio de los años treinta "Bet
Hadar", de Karl Rubin, en Tel Aviv.
Israel fue construido por su población judía como asidero
europeo, como una burbuja europea en el oriente árabe hostil, aun si
últimamente ha entablado un diálogo con la tradición
local. A través de los años se ha mantenido consciente de su
carácter occidental y de su adhesión a los cánones de
la arquitectura europea y americana.
Hasta la fecha, la mayor parte de la construcción en este
país es eminentemente extracontextual, según lo demuestran
los numerosos centros comerciales surgidos en el último decenio. El
centro es una burbuja de ensueño y fantasía, desligada de la
ciudad y de la calle, un simulacro de territorio americano, que se aisla
del clima y de la cultura circundantes.
Un microclima acondicionado reina en los grandes espacios interiores,
McDonalds alimenta a los hambrientos, una violenta luz artificial inunda
los comercios y, por doquier, se disciernen los símbolos mundiales
de la abundancia y de la cultura de consumo, tan alejados de la realidad
israelí y de los desvaídos barrios de vivienda popular
adyacentes.
También de las numerosas torres de oficinas construidas
últimamente cabe decir que tanto su exterior como su interior
parecen traídos de un mundo distinto y extraño. Si en otros
tiempos el modelo era Odesa, hoy Israel se está construyendo
según el patrón de Manhattan y Los Angeles. Gigantescos muros
cortina de vidrio opaco ocultan ascensores transparentes, y alfombras
refinadas compiten por todas partes con muebles "art-deco".
Un ejemplo alentador de otro tipo de construcción es el balneario de
la institución de seguro social Mivtajim, en la ciudad de
Zijrón Yaacov, cuyo diseño valió al arquitecto Zeev
Rechter el Premio Israel. Se trata de un edificio complejo e inteligente,
que no circunscribe su adapatación al entorno a motivos ornamentales
o narrativos, sino que exhibe una honda sensibilidad al paisaje y a los
dictados del relieve. En sus curvas suaves, el edificio se ajusta a las
ondulaciones de la ladera en la que se asienta, expuesto en toda su
longitud al panorama del mar y de la vega que se dilatan a sus pies.
Durante las dos últimas décadas se ha prestado más
atención a la restauración y la conservación, como
alternativa al uso de la excavadora, cuyo empleo indiscriminado en los
años setenta puso en peligro de desaparición a zonas enteras,
para aprovechar el alto valor de sus predios urbanos. Ejemplo de ello eran
los planes tendientes a demoler los barrios de Najlaot y Majané
Yehudá, en el centro de Jerusalén, para levantar en su lugar
torres de oficinas. Las de "Clal" y "Migdal Hair" son las únicas que
llegaron a construirse.
Las necesidades del urbanismo moderno, que exige vías de
tránsito amplias y despejadas, y el deseo de sacar el máximo
provecho económico de los terrenos tan caros del centro de las
ciudades, ponen en peligro las construcciones que aún quedan del
pasado reciente de Israel. Campañas de opinión, y una mejor
percepción de la conservación, han inducido a las
municipalidades, como por ejemplo la de Tel Aviv, a otorgar incentivos a
los contratistas que se comprometan a conservar edificios antiguos en lugar
de demolerlos. Aun así, el bulevar Rotschild, antaño
corazón del viejo Tel Aviv, se está convirtiendo en una
sucesión de torres de oficinas de 20 a 25 pisos. Si bien se
revitaliza así el centro de la ciudad, donde escasean los espacios
de oficinas, ello modifica radicalmente las proporciones de intimidad del
pasado, destruyendo la trama urbana allí existente, con sus
relaciones entre alto y ancho, entre tamaño del hombre y
tamaño de la casa.
Esta subordinación a lo económico da lugar a situaciones
extrañas, como la de casitas antiguas, de dos o tres pisos, a cuyo
lado se yergue un nuevo rascacielos revestido de vidrio. Cierto es que lo
antiguo se ha preservado, pero queda aplastado por una realidad urbana
nueva y extraña.
Con todo, el reconocimiento del valor de lo antiguo es importante en
sí. En 1994 se reunió en Tel Aviv una conferencia
conmemorativa del Bauhaus, que dió a conocer al gran público
lo realizado en Tel Aviv en los años treinta, bajo la
inspiración de aquella escuela.
Muchos edificios han sido remozados o restaurados, escapando así a
la piqueta de los demoledores. Personas como Nitza Smoke, encargada de
conservación en la municipalidad de Tel Aviv, y David Kroyanker, que
se esfuerza por despertar la sensibilidad arquitectónica en
Jerusalén, acaudillan las luchas en este campo. El tremendo auge de
la construcción en los últimos años, impulsado por la
gran ola de inmigración de la ex Unión Soviética,
amenaza, al igual que en todo el mundo, con destruir las zonas verdes,
creando una inmensa megalópolis a lo largo de todo el litoral
mediterráneo. Las tierras agrícolas se están
redestinando a la construcción. Un sinfín de urbanizaciones
con casitas de tres o cuatro plantas y tejado rojo han surgido por doquier
en la llanura costera y en las colinas de Judea. Como en los primeros
tiempos, el israelí ve en el tejado rojo un símbolo de
posición social y un sinónimo de hogar. Debido a ello se
están formando inmensas y monótonas ciudades-dormitorio y
está aumentando el congestionamiento de las vías de
comunicación. Las presiones económicas y especulativas, las
iniciativas de desarrollo apresuradas y la crisis del sector agropecuario,
que ha acelerado la conversión de tierras de labor en terrenos para
la construcción, amenazan con convertir a Israel en uno de los
países más densamente poblados del mundo, suprimir casi todas
las áreas abiertas y alterar el delicado equilibrio entre zonas
urbanas y zonas rurales. El afán histérico de construir mucho
y pronto está poniendo a este pequeño país en trance
de convertirse en un conglomerado de centros comerciales, torres de
oficinas, casitas de tejado rojo, elevados edificios residenciales,
autopistas y playas de estacionamiento, destruyendo la calidad especial que
se había ido creando a lo largo de cien años de
construcción israelí.
Traducción: Shlomo Gitai
* División de Asuntos Culturales y Científicos
Ministerio de Relaciones Exteriores
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