Arquitectura en Israel - 1995

31 ago 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - 1995/99-100
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La situación de las artes en Israel en 1995: Arquitectura

Ran Shechori

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Centro Comercial Jerusalem; arquitectos: Yoski Associates en colaboración con el propietario del centro comercial, David Azriel, 1990-93

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  En todas partes, los emigrantes tratan de construir de nuevo la patria que dejaron atrás. Cuando a mediados del siglo XIX se inició el gran movimiento cristiano de asentamiento en Jerusalén, los colonos que vinieron a instalarse en ella copiaron el estilo de sus países de origen. Los rusos construyeron la "Concesión rusa" como una fortaleza, en cuyo centro se alza una iglesia de cúpulas bulbosas, y a su alrededor, largos pabellones para hospedar a los peregrinos. No lejos de allí, los etíopes edificaron también al estilo de su país. Los templarios alemanes, por su parte, en los barrios que construyeron en Haifa, Jerusalén y Iafo, se guiaron por el modelo de los pueblos del sur de Alemania. Los europeos trajeron al oriente árabe la construcción lineal y monumental, los grandes bloques de edificios, apropiados para los climas fríos del norte, los techos de teja a dos aguas, hechos para resistir tormentas de nieve, y la técnica de construcción en madera, difícil de conseguir aquí.

La construcción cristiana de aquel tiempo era imperialista, y sus motivaciones religiosas no eran sino disfraz para encubrir propósitos políticos: asegurar una presencia y una influencia en el tambaleante imperio otomano en trance de disgregarse, sobre el cual se cernían todas las potencias europeas para repartirse sus despojos. Las escuelas y los orfanatos, los hospitales y las embajadas, servían ante todo el propósito de afianzarse en el terreno, creando hechos consumados. En el horizonte de Jerusalén empezaron a alzarse torres y campanarios de iglesias, rebasando y anonadando a los minaretes.

Como no había en el país obreros de la construcción experimentados, e incluso los canteros tuvieron que traerlos los ingleses de Malta a principios del siglo pasado, no surgió antagonismo hacia los estilos foráneos implantados en el panorama local. El siglo XIX presenció, consciente o inconscientemente, una victoria tardía de los cruzados, que lograron, sin el fragor de las armas, afianzar su presencia en Tierra Santa, imponer su predominio en la educación y la asistencia social, y comenzar a europeizar esta parte del mundo.

La población local empezó a imitar la construcción europea. Las familias árabes ricas, abandonando el cerco de las murallas de Jerusalén, comenzaron a construir casas y palacios a estilo europeo, aunque decorándolos con toda la gama de la ornamentación musulmana tradicional. Las ciudades, al ir creciendo, adoptaron la construcción lineal europea y los techos de teja roja.

También los judíos, que hasta entonces habían alquilado casas de los árabes, empezaron a edificar sus barrios propios. El primero de éstos, Mishkenot Shaananim (Moradas de los reposados), construido en Jerusalén en 1860 con la ayuda del filántropo inglés Sir Moses Montefiori, estaba formado por una serie de largas construcciones rematadas por techos inclinados de teja roja. La comunidad de los judíos de Bujara levantó al norte de la ciudad su barrio propio, aislado del exterior, y formado por casas grandes y uniformes con techo de teja. El mismo estilo se adoptó para los barrios de Meá Shearim (Cien puertas) y Najlaot (Heredades) en Jerusalén, y los de Nevé Tsedek (Venero de justicia) y Nevé Shalom (Venero de paz) en Iafo.

Tres rasgos principales caracterizan desde entonces la arquitectura de la Tierra de Israel:

  1. Construcción fuera del contexto local.

  2. Techos de teja roja, que se convirtieron en símbolo de la presencia judía y concretización del concepto "hogar".

  3. Construcción "tipo ghetto", en barrios cerrados y homgéneos desde los puntos de vista étnico, religioso y social. El deseo de separarse de la población árabe creó un deseo de apartarse también de los judíos de otras comunidades y de otros países de la Diáspora.

En los años veinte de este siglo, cuando la construcción judía estaba en pleno auge, debido al aumento de población que causaron las olas migratorias procedentes de Rusia y Polonia, la arquitectura de Tel Aviv reflejó una fuerte nostalgia por las ciudades de la Europa oriental. Bajo los cielos azules y el sol ardiente del Mediterráneo, ingenieros y arquitectos oriundos de aquellos países construían como si aún estuvieran en Odesa, Moscú o Varsovia. La morfología, la ornamentación, los estilos, se ajustaban a las condiciones de clima del Este europeo: amplios ventanales, balcones, torreones, buhardillas y adornos vistosos.

Esa actitud ecléctica, heredada del siglo XIX, fue lo bastante flexible como para integrarse en el movimiento "orientalista", nacido por la misma época, que abarcó la pintura, la literatura, el teatro, la danza y la música. Adoptando como ideología el retorno a la época bíblica, veía un paralelismo entre el resurgimiento del pueblo judío en su antigua patria y la cultura mediterránea de la antigüedad. El edificio del Liceo Herzlía en Tel Aviv, del arquitecto Yosef Berski (1910), integraba elementos mesopotámicos (reminescencia del patriarca Abraham) y rasgos árabes locales, en un edificio monumental de tipo europeo. Por una pauta similar se guiaron Alexander Baerwald en el edificio de la Escuela Politécnica de Haifa, y Yosef Minor en la casa del poeta Bialik en Tel Aviv, construida como exquisita quinta con elementos árabes típicos, como miradores de madera, ventanas de arco angostas, cúpula truncada y azulejos de estilo "bíblico", producidos en la escuela de artes Betzalel de Jerusalén.

El mismo espíritu animó a los arquitectos británicos que el gobierno mandatario hizo venir de su país. Holiday, Harrison y Chaiken introdujeron el concepto imperial británico de una construcción moderna y de calidad, aunque haciendo algunas concesiones a la cultura local, como por ejemplo, la alberca y el patio que Harrison diseñó en el Museo Rockefeller, o los arcos y la cerámica armenia en la iglesia escocesa de Jerusalén, que proyectó Holiday.

Entre los constructores judíos, la adaptación al contexto local sufrió de una actitud ambivalente hacia la cultura árabe. En las primeras décadas del sionismo, los inmigrantes judíos consideraban que la cultura árabe había preservado las tradiciones bíblicas. El retorno a la patria ancestral se percibía como un retorno a la época bíblica, a la soberanía judía, al trabajo de la tierra, al pastor y al labrador de la antigüedad, a los héroes míticos y a las costumbres del pasado remoto. Todo ello lo plasmaban en buena medida los patrones de vida de árabes y beduinos que los pioneros de las primeras colonias agrícolas, y sus hijos, la "generación del Palmaj"*, trataron de imitar. Nació así una honda afinidad entre la noción del "pueblo en su tierra" y el estilo de vida local.

Sin embargo, el romanticismo orientalista quedó frustrado cuando se aclaró que se había desatado en el país una verdadera guerra entre árabes y judíos. Después de los ataques árabes contra la población judía en 1921 y 1929, motivados por el rechazo del programa de creación de un "Hogar nacional judío" en Palestina, y una vez que cristalizó la "identidad nacional palestina" en el curso del levantamiento árabe de los años 1936 a 1939, se desvaneció el sueño de integración al entorno árabe.

Sin apenas darse cuenta de ello, comenzó a configurarse una "mentalidad de cruzados" basada en una cultura importada, que se distanciaba de la población local y se consideraba superior a ella. Se pasó entonces a destacar lo diferente y lo específico. Las aldeas colectivas judías se distinguen por sus casitas de paredes blancas y techo rojo, planificadas, uniformes, alineadas y rodeadas de abundante vegetación, en contraposición al poblado árabe, que brota de manera orgánica de la tierra, con sus casas desparramadas irregularmente y sin planificación, cual masa dispersa y disgregada, sin árboles ni vegetación. La torre de agua judía se convirtió en signo distintivo y señal de la presencia judía, frente al minarete musulmán.

En los años treinta regresaron a Palestina varios arquitectos jóvenes, después de cursar estudios en París, Berlín, Gante y otros lugares. El ascenso de los nazis al poder trajo también al país a arquitectos imbuidos de las ideas vanguardistas de la Europa occidental. Su común denominador era su oposición al estilo ecléctico local, lo que les llevó a desarrollar una concepción arquitectónica moderna, enraizada en el contexto local. Este enfoque rechazaba toda tendencia narrativa o simbólica, toda corriente ornamental o decorativa, buscando el funcionalismo puramente abstracto.

Le Corbusier, en su búsqueda de una arquitectura innovadora, sana, luminosa, higiénica y eficaz, había descubierto el Mediterráneo y las "ciudades blancas" de Andalucía, de la Costa Azul, del Mezzogiorno italiano, de Grecia y de Turquía, así como las ciudades del Norte de Africa, de techos planos y paredes encaladas, divididas en unidades pequeñas. Convirtió estos principios en elementos rectores de su obra, trayendo el Mediterráneo a París, en tanto que quienes se plegaron a su influencia devolvieron el estilo mediterráneo moderno a las costas de Tel Aviv. Arquitectos talentosos, como Arié Sharón, Zeev Rechter, Dov Carmi, Yosef Neufeld, Sam Barkai y otros, construyeron en Tel Aviv la "ciudad blanca", ya no como reflejo de Odesa o Varsovia sino como creación mediterránea pura, que vivía y respiraba el clima y el ambiente locales.

Precedió a todos éstos Richard Kaufmann, que llegó al país en 1920, invitado por el Dr. Arthur Ruppin, promotor del asentamiento judío en Palestina. Kaufmann elaboró unos 150 proyectos de aldeas agrícolas -moshav y kibutz-, así como de barrios y de ciudades nuevas, siendo más que nadie quien determinó el aspecto físico de las colonias judías y formuló el lenguaje de la arquitectura local. Las aldeas que diseñó, por ejemplo Nahalal, eran intrínsecamente distintas de los pueblos de Europa. Halló inspiración para su "ciudad ideal" en el siglo XV y en los monasterios medievales y trató de darle expresión urbanística en los pueblos y barrios de la Tierra de Israel.

También se mostró sensible al entorno climático, y así, en la escuela que proyectó para el kibutz Degania en 1928, utilizó un típico elemento árabe, la taka, el ojo de buey que los árabes situaban por debajo del arranque del techo, para evacuar el aire caliente acumulado entre el dintel de las ventanas y el techo. Sin embargo, Kaufmann no imitó la forma de la taka árabe, usualmente redonda, sino que abrió ventanas largas y angostas a todo lo largo de las paredes en las aulas de Degania. Por encima del techo colocó una ligera cubierta, que tenía por objeto dar sombra al edificio y protegerlo de la radiación solar directa. En casas de vivienda que diseñó más tarde en Tel Aviv, colocó "viseras" de hormigón sobre las ventanas y balcones, para que durante el verano arrojaran sombra permanente sobre las aberturas de la casa, en tanto que el sol más bajo del invierno lograra penetrar hasta el interior de la casa. El enfoque eminentemente moderno de Kaufmann y de los demás arquitectos de los años treinta creó un estilo específico de Israel, y más propiamente de Tel Aviv, que por primera vez se ajustaba al entorno local en lo tocante a las condiciones físicas y climáticas. La línea moderna, nítida, joven y clara venía a destacar, también, en el plano estético, que Eretz Israel era un país joven y nuevo, que plasmaba la imagen del sionismo como rejuvenecimiento de un pueblo.

Fue apenas en los años sesenta cuando se relizó un intento serio de crear un estilo arquitectónico israelí en un contexto más amplio. Uno de los intentos más interesantes de erigir una obra regional, que aunara lo moderno con lo local, fue el edificio de la municipalidad de Bat-Yam, diseñado por Eldar Sharón, Zvi Hecker y Alfred Neumann. Localizaron el edificio a un lado de una plaza, como una de las tantas ágoras griegas, cuyos restos jalonan la cuenca del Mediterráneo oriental. El edificio tiene forma de una pirámide invertida de tres pisos, que se sombrea a sí misma.

Conductos de aireación como los que desarrolló la construcción local en el golfo Pérsico, aceleran la ventilación en el vano central, a modo de atrio, al cual dan las puertas de las oficinas. El edificio está dominado por una exuberancia de colores vivos -azul, rojo, dorado- y está cubierto de romboides y de motivos que sugieren la celosía árabe. En los detalles del edificio se aprecia la influencia de Le Corbusier en su etapa tardía, con una abundancia de elementos escultóricos de hormigón. Fue este un intento osado de entablar un diálogo con la cultura local y sus tradiciones de construcción, sin caer en la imitación o la copia de elementos desligados de su contexto funcional y cultural, sino diseñando un edificio "israelí" moderno y actual.

En los años setenta se registró un nuevo florecimiento de la tradición de los cruzados. El hospital Carmel, en Haifa, por Yaacov Rechter, la biblioteca "Bet Ariela" en Tel Aviv, por Moshé Lupenteller y Guiora Gremerman, la Escuela ORT en el campus de la Universidad Hebrea en Guivat Ram en Jerusalén, por Nadler, Nadler y Bikson, y la Facultad de Letras del campus de la Universidad Hebrea en el Monte Scopus en Jerusalén, diseñada por Ram Karmi, así como muchos otros edificios del mismo período, se inspiran en las construcciones de los cruzados y también en el "brutalismo" europeo y americano, especialmente el de Paul Rudolf. Sus obras se caracterizan por una vigorosidad agresiva, que se expresa en fortines, patios protegidos, abundantes torretas, esquinas truncadas, ventanas angostas y amplias áreas de hormigón desnudo.

Quizás reflejara este fenómeno la sensación de pujanza que trajo la Guerra de los Seis Días, en 1967, o la angustia existencial engendrada por la Guerra de Yom Kipur, en 1973, pero hubo también un deseo de conectarse a un claro motivo del pasado arquitectónico del país.

El postmodernismo de los años ochenta preparó el terreno, en el plano ideológico, para un diálogo con el pasado y para la búsqueda de una arquitectura regional. Ello llevó a buscar elementos musulmanes y árabes, tal como lo hizo Shlomó Aharonson en la Plaza Suzanne Dellal de Tel Aviv, en la que abundan elementos tomados del Islam español, y en especial de Sevilla, como pequeños naranjos, atarjeas y azulejos. Elementos análogos se encuentran en el patio del edificio "Bet Shmuel" del arquitecto Moshé Safdie, en la sede del Hebrew Union College en Jerusalén*.

La mayoría de los arquitectos que quisieron introducir en sus obras elementos orientales eligieron el Islam occidental más remoto, el de España, más bien que las tradiciones árabes locales.

Un intento serio de acercamiento a las tradiciones de construcción locales es aparente en el edificio de la Suprema Corte de Justicia en Jerusalén, inaugurado en 1992 y diseñado por Ada Karmi-Melamed y Ram Karmi. Se encuentran en él profusas y variadas reminiscencias de elementos típicos de la construcción local a lo largo de los siglos, desde los palacios herodianos, pasando por el mausoleo helenístico de Absalón, los castillos de los cruzados y los monasterios griegos, hasta el estilo del Mandato británico. Esta plétora está organizada en un edificio complejo y casi barroco, que nace de un sistema de contrastes: claro-oscuro, ancho-angosto, abierto-cerrado, piedra-estuco, cuadrado-redondo, y de una profusión de experiencias existenciales.*

Debe verse en ello la cristalización de un estilo típicamente israelí? A lo largo de los años se han ido plasmando los signos distintivos de una arquitectura propia que se basa en una construcción moderna, atenta a la moda, los cambios de estilos y tendencias en el mundo, y supeditada a las condiciones y restricciones económicas, tecnológicas, culturales y políticas que inciden sobre el país. La tecnología de construcción en hormigón se asimiló rápidamente en los años veinte, por ser la única que se ajustaba a la escasez de obreros calificados y a la carencia de infraestructura industrial. Es apenas en los últimos años cuando ha comenzado a difundirse la construcción metálica, que casi no existía en Israel, con la excepción de un edificio de los años treinta "Bet Hadar", de Karl Rubin, en Tel Aviv.

Israel fue construido por su población judía como asidero europeo, como una burbuja europea en el oriente árabe hostil, aun si últimamente ha entablado un diálogo con la tradición local. A través de los años se ha mantenido consciente de su carácter occidental y de su adhesión a los cánones de la arquitectura europea y americana.

Hasta la fecha, la mayor parte de la construcción en este país es eminentemente extracontextual, según lo demuestran los numerosos centros comerciales surgidos en el último decenio. El centro es una burbuja de ensueño y fantasía, desligada de la ciudad y de la calle, un simulacro de territorio americano, que se aisla del clima y de la cultura circundantes.

Un microclima acondicionado reina en los grandes espacios interiores, McDonalds alimenta a los hambrientos, una violenta luz artificial inunda los comercios y, por doquier, se disciernen los símbolos mundiales de la abundancia y de la cultura de consumo, tan alejados de la realidad israelí y de los desvaídos barrios de vivienda popular adyacentes.

También de las numerosas torres de oficinas construidas últimamente cabe decir que tanto su exterior como su interior parecen traídos de un mundo distinto y extraño. Si en otros tiempos el modelo era Odesa, hoy Israel se está construyendo según el patrón de Manhattan y Los Angeles. Gigantescos muros cortina de vidrio opaco ocultan ascensores transparentes, y alfombras refinadas compiten por todas partes con muebles "art-deco". Un ejemplo alentador de otro tipo de construcción es el balneario de la institución de seguro social Mivtajim, en la ciudad de Zijrón Yaacov, cuyo diseño valió al arquitecto Zeev Rechter el Premio Israel. Se trata de un edificio complejo e inteligente, que no circunscribe su adapatación al entorno a motivos ornamentales o narrativos, sino que exhibe una honda sensibilidad al paisaje y a los dictados del relieve. En sus curvas suaves, el edificio se ajusta a las ondulaciones de la ladera en la que se asienta, expuesto en toda su longitud al panorama del mar y de la vega que se dilatan a sus pies.

Durante las dos últimas décadas se ha prestado más atención a la restauración y la conservación, como alternativa al uso de la excavadora, cuyo empleo indiscriminado en los años setenta puso en peligro de desaparición a zonas enteras, para aprovechar el alto valor de sus predios urbanos. Ejemplo de ello eran los planes tendientes a demoler los barrios de Najlaot y Majané Yehudá, en el centro de Jerusalén, para levantar en su lugar torres de oficinas. Las de "Clal" y "Migdal Hair" son las únicas que llegaron a construirse.

Las necesidades del urbanismo moderno, que exige vías de tránsito amplias y despejadas, y el deseo de sacar el máximo provecho económico de los terrenos tan caros del centro de las ciudades, ponen en peligro las construcciones que aún quedan del pasado reciente de Israel. Campañas de opinión, y una mejor percepción de la conservación, han inducido a las municipalidades, como por ejemplo la de Tel Aviv, a otorgar incentivos a los contratistas que se comprometan a conservar edificios antiguos en lugar de demolerlos. Aun así, el bulevar Rotschild, antaño corazón del viejo Tel Aviv, se está convirtiendo en una sucesión de torres de oficinas de 20 a 25 pisos. Si bien se revitaliza así el centro de la ciudad, donde escasean los espacios de oficinas, ello modifica radicalmente las proporciones de intimidad del pasado, destruyendo la trama urbana allí existente, con sus relaciones entre alto y ancho, entre tamaño del hombre y tamaño de la casa.

Esta subordinación a lo económico da lugar a situaciones extrañas, como la de casitas antiguas, de dos o tres pisos, a cuyo lado se yergue un nuevo rascacielos revestido de vidrio. Cierto es que lo antiguo se ha preservado, pero queda aplastado por una realidad urbana nueva y extraña.

Con todo, el reconocimiento del valor de lo antiguo es importante en sí. En 1994 se reunió en Tel Aviv una conferencia conmemorativa del Bauhaus, que dió a conocer al gran público lo realizado en Tel Aviv en los años treinta, bajo la inspiración de aquella escuela.

Muchos edificios han sido remozados o restaurados, escapando así a la piqueta de los demoledores. Personas como Nitza Smoke, encargada de conservación en la municipalidad de Tel Aviv, y David Kroyanker, que se esfuerza por despertar la sensibilidad arquitectónica en Jerusalén, acaudillan las luchas en este campo. El tremendo auge de la construcción en los últimos años, impulsado por la gran ola de inmigración de la ex Unión Soviética, amenaza, al igual que en todo el mundo, con destruir las zonas verdes, creando una inmensa megalópolis a lo largo de todo el litoral mediterráneo. Las tierras agrícolas se están redestinando a la construcción. Un sinfín de urbanizaciones con casitas de tres o cuatro plantas y tejado rojo han surgido por doquier en la llanura costera y en las colinas de Judea. Como en los primeros tiempos, el israelí ve en el tejado rojo un símbolo de posición social y un sinónimo de hogar. Debido a ello se están formando inmensas y monótonas ciudades-dormitorio y está aumentando el congestionamiento de las vías de comunicación. Las presiones económicas y especulativas, las iniciativas de desarrollo apresuradas y la crisis del sector agropecuario, que ha acelerado la conversión de tierras de labor en terrenos para la construcción, amenazan con convertir a Israel en uno de los países más densamente poblados del mundo, suprimir casi todas las áreas abiertas y alterar el delicado equilibrio entre zonas urbanas y zonas rurales. El afán histérico de construir mucho y pronto está poniendo a este pequeño país en trance de convertirse en un conglomerado de centros comerciales, torres de oficinas, casitas de tejado rojo, elevados edificios residenciales, autopistas y playas de estacionamiento, destruyendo la calidad especial que se había ido creando a lo largo de cien años de construcción israelí.

Traducción: Shlomo Gitai



* División de Asuntos Culturales y Científicos
Ministerio de Relaciones Exteriores
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