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Literatura en Israel 1995

25 ago 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel - No. 99-100, 1995
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La situación de las artes en Israel en 1995: Literatura

Rochelle Furstenberg

 
 
Gadi Taub

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mira Magen

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Etgar Keret

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Irit Linor, autora de Shirat Hasirena ("La Canción de la Sirena")

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Albert Suissa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La década reciente constituyó un período de gran energía literaria y de florecimiento de la narrativa hebrea. Por su dinámica cultural y su vitalidad, puede comparársela con la fiesta de Purim, durante cuya celebración escribo. La ficción producida en la década reciente es como los disfraces de los niños: colorida y variada. En buen espíritu postmodernista, es también menos formal: tiene mucho de juego, de pose, y, como los niños disfrazados de Power Rangers, está influida por los Estados Unidos, por el cine y por la televisión.

Pero Purim no es solamente carnaval. La festividad celebra la salvación del pueblo judío de la destrucción en la Persia del siglo V a.C. Qué podría simbolizar mejor el triunfo judío sobre la destrucción acontecida en nuestro siglo, que el hecho de que la cultura judía, y particularmente la literatura hebrea, esté viva y pujante? Quizá debido al Holocausto, los israelíes son más conscientes de lo que deberían de la importancia de dicha vitalidad, y la exhiben excesivamente, como si declararan: "Mírennos, estamos vivos, nuestra literatura está viva". Y uno a veces tiene ganas de decirles: Está bien, suficiente, tranquilícense, aflojen un poco.

La situación objetiva, empero, es que han sido muchas las tensiones literario-históricas que concurrieron a generar esta nueva vitalidad. Desde 1985 ha tenido lugar en Israel una verdadera revolución literaria. Cuáles son los signos, los indicadores de este florecimiento? En primer lugar, el mero número de escritores jóvenes que forman parte de esta nueva ola. Se tiene la impresión de que cada semana, si no con mayor frecuencia, surge un nombre nuevo. No se trata todavía de un García Márquez o de un Faulkner, muy amados e imitados por los narradores israelíes del período anterior, o de un Raymond Carver, cuya influencia actual es muy fuerte.

Pero, con todo, se hacen oír muchas voces jóvenes y originales. Por supuesto, no basta con la existencia de escritores jóvenes y originales; también es necesario que haya editores que los valoren y alienten - especie singularmente rara en Israel hasta hace muy poco. El hecho es que, en la actualidad, hay editores israelíes no sólo dispuestos a escuchar, buscar y descubrir nuevas posibilidades, sino que compiten entre ellos por las nuevas estrellas. De modo que, en líneas generales, los buenos escritores pueden contar con que se los acepte y cultive, o se les dé tiempo para madurar, aunque no siempre se les pague bien o se publique todo lo que escriben. Pero lo cierto es que se los publica y se los lee.

Existe también una mayor variedad narrativa: diferentes géneros, diferentes tipos de ficción. Hay una escritura femenina y una escritura étnica. Hay novelas originales hebreas de misterio y de suspenso; con la excepción del historiador Mijael Ben Zohar, quien las escribía bajo el pseudónimo de Mijael Barak, éstas no existían en la literatura hebrea hasta hace unos siete u ocho años, y las novelas policiales y de espionaje se traducían de otras lenguas. La literatura israelí era seria. Se ocupaba de los grandes temas. No producía textos de entretenimiento.

Quien inició la revolución introduciendo la novela policial original fue Batia Gur, cuyas tramas intelectuales han sido traducidas a varios idiomas. También Shulamit Lapid ha escrito novelas policiales sumamente divertidas, aún por traducir, protagonizadas por una maravillosa detective feminista de pie plano llamada Lizi Badiji, resuelta periodista sefaradí de Beersheva. Las obras de Lapid poseen intención social y denuncian la corrupción de personalidades oficiales. Para ambas escritoras, el componente central no es la resolución del misterio; en las novelas de Gur, lo importante es el grupo cerrado, el sistema intelectual que es necesario penetrar para descubrir al asesino; en Lapid, la puesta al descubierto de la urdimbre social de una ciudad pequeña en Israel. Desde que ambas comenzaron a escribir, se produjo una inundación de novelas policiales y de espionaje, menos exitosas y con algo de déjà-vu, pero entre ellas aparece, de vez en cuando, un texto diferente y bien escrito.

En general, los adultos, sobre todo los que tienen entre 20 y 40 años, continúan leyendo narrativa israelí (los niños leen menos que antes - probablemente la culpa es de la TV). Es cierto que los best-sellers norteamericanos ocupan un lugar prominente en las ventas, pero nunca logran el éxito de los originales israelíes.

La nueva generación de lectores adultos quiere libros que se refieran a sus propias situaciones personales, a lo normal y cotidiano, a la calle, el barrio, la ciudad en que viven. Están cansados de los grandes temas: les aburren el destino del pueblo judío, la situación política, el conflicto árabe-israelí. Entre los nuevos escritores que les interesan figuran Gadi Taub, Mira Maguén, Shimón Zimmer, Lily Perri. Algunos de ellos escriben relatos psicológicos convencionales en estilo cuidadoso, y varios sólo han publicado cuentos hasta el momento. Pero hay entre ellos un grupo que reduce su lenguaje al puro hueso y escribe en el idioma de la calle, desconfiando del "hebreo literario" y sus excesivas alusiones a la Biblia, el Talmud y otras fuentes tradicionales. De hecho, acaba de aparecer una nueva revista llamada Rehov (Calle), la cual aboga precisamente por ese tipo de lenguaje.

Un buen ejemplo de esta nueva ola es Etgar Keret, columnista de un diario local, que se ve a sí mismo como un continuador de Raymond Carver. Su prosa escueta se articula en oraciones breves y nucleares. Juega mucho con clichés y alusiones bíblicas, pero al mismo tiempo es informal, irónico, iconoclasta. La violencia en sus textos es realista, inspirada en la vida diaria. En una ocasión declaró: "Dicen que copio esa violencia de las películas norteamericanas. Pero fíjense en la vida israelí. La intifada. Un miembro de Hamás explotándose a sí mismo. Sobre violencia, nadie tiene qué enseñarnos. Es parte de nuestra experiencia cotidiana". Su último libro de cuentos, Nostalgias de Kissinger (1994), figuró durante meses en las listas de best-sellers.

Irit Linor, otra periodista muy leída por los jóvenes, escribe relatos románticos en un tono telavivense franco y directo. Si bien su "Canto de la sirena" (que ha vendido ya 70.000 ejemplares) transcurre durante la guerra del Golfo, Linor se ubica en la línea del nuevo gusto literario israelí, y no se ocupa de las grandes cuestiones de la guerra y la paz en el Medio Oriente, sino del romance entre una ejecutiva de relaciones públicas y un químico.

Quizás uno de los aspectos más interesantes de este renacimiento literario es que no sólo ha hecho conocer a un nuevo y variado grupo de escritores jóvenes, sino que ha revitalizado a otros que lo son menos. Es difícil rastrear y demostrar el efecto de esa energía, de esa electricidad, pero es obvio que el mismo existe. El ejemplo más notable es el de S. Izhar (Izhar Smilansky), sorprendente historia de un retorno literario. Uno de los escritores más influyentes de la generación de 1948, Izhar cuestionó las verdades aceptadas acerca del heroísmo y la sociedad pionera, y generó la concientización política contra las instituciones consagradas, en generaciones de escritores desde Amós Oz y A.B. Iehoshúa hasta David Grossman y recientemente Itzjak Laor. Se puede inclusive conjeturar que si esos autores no hubiesen creado la conciencia del sufrimiento árabe, no habría hoy proceso de paz. El hecho es que Izhar dejó de escribir a principios de los años '60 y sólo recomenzó a hacerlo recientemente.

Otros escritores han mantenido su estilo aun después del ingreso de la generación joven. El maestro Aharón Appelfeld ha construido, lenta y sólidamente, una obra que recrea la vida de judíos y gentiles en Europa central bajo la sombra del Holocausto. Su nombre es el más mencionado para un segundo Premio Nóbel israelí de literatura (Shmuel Iosef Agnón lo recibió en 1966). También él es parte de este renovado florecimiento.

A fin de comprender el proceso, es necesario considerar la literatura hebrea en perspectiva. A fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, surgió la llamada "generación del Estado", formada por escritores que comenzaron sus carreras después de la independencia de Israel en 1948 y consideraron su existencia como un hecho obvio. El "gran triunvirato", Amós Oz, Aharón Appelfeld y A.B. Iehoshúa, pertenece a esta generación, y en cierta medida continúa dominando la escena debido a la fuerza de sus obras, su impacto personal y las necesidades nacionales a las que dieron respuesta. Al comienzo de su trabajo literario, se rebelaron contra el realismo de los escritores anteriores (la llamada "generación del Palmaj", que incluía figuras como Izhar, Jaim Guri, Moshé Shamir, Biniamín Tamuz, Janoj Bartov y otros), y escribieron parábolas simbólicas, procurando alejarse del énfasis que sus predecesores inmediatos ponían en los temas colectivos. Los escritores de la "generación del Estado" estaban embebidos de Kafka y de existencialismo europeo, y proclamaban que sus obras se ocupaban del individuo y no de lo social. Pero el país era demasiado joven, el destino del pueblo judío demasiado importante. No podían ignorarlo.

Aparentemente, escribían sobre individuos y conflictos de familia, pero sus obras estaban a menudo estructuradas de modo de satisfacer necesidades simbólicas o alegóricas, y la situación familiar solía convertirse en símbolo de la experiencia colectiva israelí en un nivel global, el cual, en el caso de Appelfeld, abarcaba el destino de todo el pueblo judío en el siglo XX.

La hipótesis que subyacía a la escritura de esa generación era que existe una experiencia nacional monolítica que podía ser transmutada en alegoría y en símbolo. Y esta experiencia monolítica era, en general, masculina, ashkenazí, socialista, pionera y laica. Ciertamente, había numerosos escritores que eran mujeres, sefaradíes, comunistas, realistas, individualistas. Pero no constituían la corriente central, no eran considerados representantes de lo colectivo; y, proclamas aparte, lo importante en esa etapa era la dimensión colectiva.

Por ejemplo, en las obras de Iehoshúa Kenaz un realismo grotesco se aúna con la sensibilidad por lo psicológico. Los brillantes relatos de Amalia Kahana-Carmón, ya sea sobre las vivencias de una niña o una narración de trasfondo filosófico ubicada en Inglaterra, fueron muy valorados, pero, como ella misma lo ha dicho, se la relegó a la sección "personal y femenina" de la literatura, del mismo modo que la mujer ortodoxa es relegada a la sección femenina de la sinagoga y no puede representar a la comunidad.

Pero en 1977 se produjo un tremendo cataclismo político. El poder pasó a manos del partido Likud, dirigido por Menajem Beguin, y con él a la gran masa de sus electores, formada por no ashkenazíes. Este cambio decisivo apuntó inmediatamente a un mayor pluralismo cultural, sociológico y político, anunciando que la realidad dejaba de ser unitaria, monolítica, socialista, pionera, masculina, ashkenazí.

A partir de ahí, aun cuando se escribió épica sionista, se trataba de una épica juguetona, fantástica, surrealista, que ponía al sionismo patas arriba, como en la Novela rusa de Meir Shalev. Su más reciente novela, K'iamim Ajadim (Como unos cuantos días) también describe la etapa pionera, pero como trasfondo de una historia de amor espléndidamente caprichosa. Fue como si se abriese una caja de Pandora: explotaron las reprimidas energías de quienes procuraban expresar su propio pequeño mundo, y emergió el relato de tema personal, que había sido casi un lujo en el período inicial de construcción de la nación.

En particular, obtuvo legitimidad la escritura femenina. Indudablemente, hubo influencia de la ola de ficción femenina en Estados Unidos y Europa; pero en Israel el fenómeno fue más allá, y las mujeres, hasta ese momento confinadas a los pasillos laterales, produjeron una explosión. Escritoras de mayor edad como Kahana-Carmon, Shulamit Hareven y Iehudit Hendel se volvieron más prolíficas, y escritoras jóvenes comenzaron a anegar las editoriales con sus manuscritos. Muchas de ellas no eran feministas en la práctica, pero si se observa cuidadosamente sus textos es posible discernir en todas ellas un profundo enojo, tanto en las veteranas como entre las más jóvenes.

El cuento de Iehudit Hendel "La cena festiva de mi amiga B", por ejemplo, es una escalofriante descripción sin eufemismos de una mujer a punto de morir de cáncer, que abandona su cama de hospital para organizar una fiesta. Desde el borde el abismo, se ocupa de todas las trivialidades de la ocasión, afanándose en organizar la distribución de los asientos y preparar las salsas para la carne. Su marido, por su parte, ya se ha procurado un sustituto más joven. Más complejo, su cuento "Cambio chico" es otro ejemplo de su profundo enojo ante la manera en que son tratadas las mujeres. Entre las escritoras jóvenes, una de las más interesantes es Orly Castel-Blum. Su Ciudad de muñecas expresa de modo brillantemente catártico la ambivalencia frente a la maternidad. La protagonista es una médica que enloquece de terror por los peligros potenciales que acechan a su pequeño hijo; para evitarlos, lo somete a operaciones, tinas de mercurocromo, quimioterapia, hasta estragar su cuerpecito y transformar sus profundas ansiedades existenciales en una profecía que se cumple a sí misma. Es imposible no percibir que bajo sus preocupaciones de madre subyace un fondo de hostilidad.

Iehudit Katzir, cuya primera novela acaba de publicarse bajo el título (tomado de Picasso) Matisse tiene el sol en el vientre, es una escritora diferente. Su primer libro de cuentos, Cierran el mar, contiene imágenes de una infancia libre y carente de límites, superpuesta y contrapuesta al progresivo aprendizaje de la sordidez de la vida. Estos cuentos tocaron una cuerda muy sensible en la conciencia israelí.

La literatura israelí se ocupa mucho de la infancia, y no proclama precisamente que la niñez es un jardín de rosas. Las novelas de David Grossman, y, particularmente, El libro de la gramática interior, muestran a los niños acosados de ansiedad al descifrar el mundo adulto, combatir sus sombras y preocuparse acerca de si podrán funcionar sexualmente en el ámbito adulto.

El pluralismo que afloró después de 1977 fue provocado, en arrolladora medida, por la población no ashkenazí, es decir, por quienes inmigraron en la década de 1950 desde países musulmanes y sus descendientes. Hacia 1977, esos sectores habían alcanzado la mayoría de edad y procuraban incorporar su voz a la nación. Pero el nuevo pluralismo que ha llevado a las mujeres a un primer plano no ha producido todavía muchas voces nuevas en el ámbito étnico. El mundo literario israelí todavía aguarda al escritor que exprese el trauma vivido por esa inmigración. Hasta el momento, el único que se ha hecho conocer es Albert Suissa, cuya densa novela Akud (Atado de pies y manos) es una grotesca descripción metafórica de cómo crece un marroquí en un barrio pobre de Jerusalem.

Lo más sorprendente, quizás, es que la nueva apertura ha afectado a escritores veteranos de ascendencia sefaradí. A.B. Iehoshúa, descendiente de una aristocrática familia sefaradí llegada a Palestina en el siglo XIX, no se refirió en sus obras tempranas a sus raíces étnicas distintivas. Sólo en 1980 comenzó a crear un protagonista claramente sefaradí, y en su obra maestra El señor Mani, una novela sobre cinco generaciones de una familia sefaradí, explora su más profunda identidad cultural.

Sami Mijael, nacido en Irak y llegado al país en su juventud, también se ha visto revigorizado por el actual espíritu pluralista. Su novela Victoria, que se contó entre los best-sellers durante un año entero, retrata a su madre y describe el espíritu de la mujer de origen oriental y las dificultades que tuvo que enfrentar en el nuevo estado.

La dimensión religiosa ha estado prácticamente ausente de la corriente central de la narrativa israelí desde la muerte de Agnón, quien estableció un puente entre la Diáspora y el nuevo país judío. Actualmente, gracias al mayor pluralismo, emerge una literatura que enfrenta los temas religiosos. Ello es particularmente evidente en la poesía. Pero en una novela reciente, Ha-Shem (El Nombre, una de las denominaciones de Dios en el judaísmo), Mijal Govrín realiza una profunda peregrinación al alma de una joven que se vuelve religiosa; se trata de una compleja novela teológico-psicológica, de densa escritura, en la que el anhelo de perfección se halla altamente erotizado.

La esperanza de que el nuevo pluralismo lograra incluir también a escritores árabes israelíes no se ha visto satisfecha. La aparición en 1986 de Arabescos, del escritor árabe cristiano Antón Shammás, dio lugar a prever la emergencia de una literatura árabe israelí en hebreo. Pero ello no ha ocurrido. Los árabes israelíes, incluido el ganador del Premio Israel Emil Jabibi, escriben en árabe, y su obra no se ha incorporado todavía a la corriente central de la literatura nacional.

Otra característica de la nueva ola es el regionalismo, la fragmentación de lo nacional en lo local y personal. Muchos de los nuevos escritores emergen de los periódicos locales, que se han convertido en una fuerza muy influyente. La más fértil incubadora de la nueva literatura es la zona de Tel Aviv. La creciente urbanización del país y el rápido desarrollo de los negocios y el consumo giran en torno a esa ciudad. La versión local de los yuppies norteamericanos brotó en ella, a través de un grupo de jóvenes caracterizados por su gran confianza en sí mismos y su orgullosa voracidad cultural, expresadas en los diarios locales de la ciudad. Y ello, a su vez, nutrió a la literatura (parte de la cual es frecuentemente denominada "literatura de la calle Shenkin", referencia a la popular calle de Tel Aviv, ahora de moda y frecuentada por los yuppies* locales).

Una gran parte de la mejor creación literaria israelí cabe bajo el rótulo del postmodernismo. Con esa categoría designamos, en primer lugar, a una narrativa desarticulada que el lector debe recomponer. Entre los pioneros y mejores exponentes del postmodernismo en Israel debemos mencionar a Itamar Leví y a Ioel Hoffman. En Cartas del sol, cartas de la luna, Leví procuró apresar la realidad palestina, sin tomar partido, a través de los ojos de un niño. Ioel Hoffman, escritor de exquisita sensibilidad, describe en su libro El Cristo de los peces el desplazamiento de una familia centroeuropea arrojada al Medio Oriente por las contrariedades de la historia.

En conclusión, la literatura israelí no ha estado nunca tan sincopada y armonizada con la literatura universal como en este momento. Israel ha salido totalmente de la sujeción al tema sionista de los períodos anteriores, y ha ingresado no sólo a una literatura personal, sino más allá de ella, al modo llano y abstracto del postmodernismo, despojado de motivación psicológica, alusión literaria y tema narrativo. El escritor no toma posición moral, ideológica ni literaria. Es asombroso que escritores que se enfrentan constantemente con valores colectivos y nacionalistas basados en el pensamiento del siglo XIX, hayan podido dar semejante salto hacia una Weltanschauung postmodernista, despojándose de la piel del sionismo. Igualmente asombroso es que estos escritores, a pesar de su descontento, no se han desalentado todavía. Aún creen que queda algo por decir y que ellos van a decirlo. Puede que sean ingenuos, pero les estamos agradecidos por ello.

* El neologismo norteamericano yuppy deriva de las iniciales de "young urban professional", jóvenes de exitosa carrera profesional y pretensiones tanto intelectuales como económicas (N.T.).

Traducción: Florinda F. Goldberg

 
 
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