La década reciente constituyó un período de gran
energía literaria y de florecimiento de la narrativa hebrea. Por su
dinámica cultural y su vitalidad, puede comparársela con la
fiesta de Purim, durante cuya celebración escribo. La ficción
producida en la década reciente es como los disfraces de los
niños: colorida y variada. En buen espíritu postmodernista,
es también menos formal: tiene mucho de juego, de pose, y, como los
niños disfrazados de Power Rangers, está influida por los
Estados Unidos, por el cine y por la televisión.
Pero Purim no es solamente carnaval. La festividad celebra la
salvación del pueblo judío de la destrucción en la
Persia del siglo V a.C. Qué podría simbolizar mejor el
triunfo judío sobre la destrucción acontecida en nuestro
siglo, que el hecho de que la cultura judía, y particularmente la
literatura hebrea, esté viva y pujante? Quizá debido al
Holocausto, los israelíes son más conscientes de lo que
deberían de la importancia de dicha vitalidad, y la exhiben
excesivamente, como si declararan: "Mírennos, estamos vivos, nuestra
literatura está viva". Y uno a veces tiene ganas de decirles:
Está bien, suficiente, tranquilícense, aflojen un poco.
La situación objetiva, empero, es que han sido muchas las tensiones
literario-históricas que concurrieron a generar esta nueva
vitalidad. Desde 1985 ha tenido lugar en Israel una verdadera
revolución literaria. Cuáles son los signos, los indicadores
de este florecimiento? En primer lugar, el mero número de escritores
jóvenes que forman parte de esta nueva ola. Se tiene la
impresión de que cada semana, si no con mayor frecuencia, surge un
nombre nuevo. No se trata todavía de un García Márquez
o de un Faulkner, muy amados e imitados por los narradores israelíes
del período anterior, o de un Raymond Carver, cuya influencia actual
es muy fuerte.
Pero, con todo, se hacen oír muchas voces jóvenes y
originales. Por supuesto, no basta con la existencia de escritores
jóvenes y originales; también es necesario que haya editores
que los valoren y alienten - especie singularmente rara en Israel hasta
hace muy poco. El hecho es que, en la actualidad, hay editores
israelíes no sólo dispuestos a escuchar, buscar y descubrir
nuevas posibilidades, sino que compiten entre ellos por las nuevas
estrellas. De modo que, en líneas generales, los buenos escritores
pueden contar con que se los acepte y cultive, o se les dé tiempo
para madurar, aunque no siempre se les pague bien o se publique todo lo que
escriben. Pero lo cierto es que se los publica y se los lee.
Existe también una mayor variedad narrativa: diferentes
géneros, diferentes tipos de ficción. Hay una escritura
femenina y una escritura étnica. Hay novelas originales hebreas de
misterio y de suspenso; con la excepción del historiador Mijael Ben
Zohar, quien las escribía bajo el pseudónimo de Mijael Barak,
éstas no existían en la literatura hebrea hasta hace unos
siete u ocho años, y las novelas policiales y de espionaje se
traducían de otras lenguas. La literatura israelí era seria.
Se ocupaba de los grandes temas. No producía textos de
entretenimiento.
Quien inició la revolución introduciendo la novela policial
original fue Batia Gur, cuyas tramas intelectuales han sido traducidas a
varios idiomas. También Shulamit Lapid ha escrito novelas policiales
sumamente divertidas, aún por traducir, protagonizadas por una
maravillosa detective feminista de pie plano llamada Lizi Badiji, resuelta
periodista sefaradí de Beersheva. Las obras de Lapid poseen
intención social y denuncian la corrupción de personalidades
oficiales. Para ambas escritoras, el componente central no es la
resolución del misterio; en las novelas de Gur, lo importante es el
grupo cerrado, el sistema intelectual que es necesario penetrar para
descubrir al asesino; en Lapid, la puesta al descubierto de la urdimbre
social de una ciudad pequeña en Israel. Desde que ambas comenzaron a
escribir, se produjo una inundación de novelas policiales y de
espionaje, menos exitosas y con algo de déjà-vu, pero entre
ellas aparece, de vez en cuando, un texto diferente y bien escrito.
En general, los adultos, sobre todo los que tienen entre 20 y 40
años, continúan leyendo narrativa israelí (los
niños leen menos que antes - probablemente la culpa es de la TV). Es
cierto que los best-sellers norteamericanos ocupan un lugar prominente en
las ventas, pero nunca logran el éxito de los originales
israelíes.
La nueva generación de lectores adultos quiere
libros que se refieran a sus propias situaciones personales, a lo normal y
cotidiano, a la calle, el barrio, la ciudad en que viven. Están cansados de los grandes temas: les aburren el destino del
pueblo judío, la situación política, el conflicto
árabe-israelí.
Entre los nuevos escritores que les interesan
figuran Gadi Taub, Mira Maguén, Shimón Zimmer, Lily Perri.
Algunos de ellos escriben relatos psicológicos convencionales en
estilo cuidadoso, y varios sólo han publicado cuentos hasta el
momento. Pero hay entre ellos un grupo que reduce su lenguaje al puro hueso
y escribe en el idioma de la calle, desconfiando del "hebreo literario" y
sus excesivas alusiones a la Biblia, el Talmud y otras fuentes
tradicionales. De hecho, acaba de aparecer una nueva revista llamada Rehov
(Calle), la cual aboga precisamente por ese tipo de lenguaje.
Un buen ejemplo de esta nueva ola es Etgar Keret, columnista de un diario
local, que se ve a sí mismo como un continuador de Raymond Carver.
Su prosa escueta se articula en oraciones breves y nucleares. Juega mucho
con clichés y alusiones bíblicas, pero al mismo tiempo es
informal, irónico, iconoclasta. La violencia en sus textos es
realista, inspirada en la vida diaria. En una ocasión
declaró: "Dicen que copio esa violencia de las películas
norteamericanas. Pero fíjense en la vida israelí. La
intifada. Un miembro de Hamás explotándose a sí mismo.
Sobre violencia, nadie tiene qué enseñarnos. Es parte de
nuestra experiencia cotidiana". Su último libro de cuentos,
Nostalgias de Kissinger (1994), figuró durante meses en las listas
de best-sellers.
Irit Linor, otra periodista muy leída por los jóvenes,
escribe relatos románticos en un tono telavivense franco y directo.
Si bien su "Canto de la sirena" (que ha vendido ya 70.000 ejemplares)
transcurre durante la guerra del Golfo, Linor se ubica en la línea
del nuevo gusto literario israelí, y no se ocupa de las grandes
cuestiones de la guerra y la paz en el Medio Oriente, sino del romance
entre una ejecutiva de relaciones públicas y un químico.
Quizás uno de los aspectos más interesantes de este
renacimiento literario es que no sólo ha hecho conocer a un nuevo y
variado grupo de escritores jóvenes, sino que ha revitalizado a
otros que lo son menos. Es difícil rastrear y demostrar el efecto de
esa energía, de esa electricidad, pero es obvio que el mismo existe.
El ejemplo más notable es el de S. Izhar (Izhar Smilansky),
sorprendente historia de un retorno literario. Uno de los escritores
más influyentes de la generación de 1948, Izhar
cuestionó las verdades aceptadas acerca del heroísmo y la
sociedad pionera, y generó la concientización política
contra las instituciones consagradas, en generaciones de escritores desde
Amós Oz y A.B. Iehoshúa hasta David Grossman y recientemente
Itzjak Laor. Se puede inclusive conjeturar que si esos autores no hubiesen
creado la conciencia del sufrimiento árabe, no habría hoy
proceso de paz. El hecho es que Izhar dejó de escribir a principios
de los años '60 y sólo recomenzó a hacerlo
recientemente.
Otros escritores han mantenido su estilo aun después del ingreso de
la generación joven. El maestro Aharón Appelfeld ha
construido, lenta y sólidamente, una obra que recrea la vida de
judíos y gentiles en Europa central bajo la sombra del Holocausto.
Su nombre es el más mencionado para un segundo Premio Nóbel
israelí de literatura (Shmuel Iosef Agnón lo recibió
en 1966). También él es parte de este renovado
florecimiento.
A fin de comprender el proceso, es necesario considerar la literatura
hebrea en perspectiva. A fines de los años cincuenta y principios de
los sesenta, surgió la llamada "generación del Estado",
formada por escritores que comenzaron sus carreras después de la
independencia de Israel en 1948 y consideraron su existencia como un hecho
obvio. El "gran triunvirato", Amós Oz, Aharón Appelfeld y
A.B. Iehoshúa, pertenece a esta generación, y en cierta
medida continúa dominando la escena debido a la fuerza de sus obras,
su impacto personal y las necesidades nacionales a las que dieron
respuesta. Al comienzo de su trabajo literario, se rebelaron contra el
realismo de los escritores anteriores (la llamada "generación del
Palmaj", que incluía figuras como Izhar, Jaim Guri, Moshé
Shamir, Biniamín Tamuz, Janoj Bartov y otros), y escribieron
parábolas simbólicas, procurando alejarse del énfasis
que sus predecesores inmediatos ponían en los temas colectivos. Los
escritores de la "generación del Estado" estaban embebidos de Kafka
y de existencialismo europeo, y proclamaban que sus obras se ocupaban del
individuo y no de lo social. Pero el país era demasiado joven, el
destino del pueblo judío demasiado importante. No podían
ignorarlo.
Aparentemente, escribían sobre individuos y conflictos de familia,
pero sus obras estaban a menudo estructuradas de modo de satisfacer
necesidades simbólicas o alegóricas, y la situación
familiar solía convertirse en símbolo de la experiencia
colectiva israelí en un nivel global, el cual, en el caso de
Appelfeld, abarcaba el destino de todo el pueblo judío en el siglo
XX.
La hipótesis que subyacía a la escritura de esa
generación era que existe una experiencia nacional monolítica
que podía ser transmutada en alegoría y en símbolo. Y
esta experiencia monolítica era, en general, masculina,
ashkenazí, socialista, pionera y laica. Ciertamente, había
numerosos escritores que eran mujeres, sefaradíes, comunistas,
realistas, individualistas. Pero no constituían la corriente
central, no eran considerados representantes de lo colectivo; y, proclamas
aparte, lo importante en esa etapa era la dimensión colectiva.
Por ejemplo, en las obras de Iehoshúa Kenaz un realismo grotesco se
aúna con la sensibilidad por lo psicológico. Los brillantes
relatos de Amalia Kahana-Carmón, ya sea sobre las vivencias de una
niña o una narración de trasfondo filosófico ubicada
en Inglaterra, fueron muy valorados, pero, como ella misma lo ha dicho, se
la relegó a la sección "personal y femenina" de la
literatura, del mismo modo que la mujer ortodoxa es relegada a la
sección femenina de la sinagoga y no puede representar a la
comunidad.
Pero en 1977 se produjo un tremendo cataclismo político. El poder
pasó a manos del partido Likud, dirigido por Menajem Beguin, y con
él a la gran masa de sus electores, formada por no
ashkenazíes. Este cambio decisivo apuntó inmediatamente a un
mayor pluralismo cultural, sociológico y político, anunciando
que la realidad dejaba de ser unitaria, monolítica, socialista,
pionera, masculina, ashkenazí.
A partir de ahí, aun cuando se escribió épica
sionista, se trataba de una épica juguetona, fantástica,
surrealista, que ponía al sionismo patas arriba, como en la Novela
rusa de Meir Shalev. Su más reciente novela, K'iamim Ajadim (Como
unos cuantos días) también describe la etapa pionera, pero
como trasfondo de una historia de amor espléndidamente caprichosa.
Fue como si se abriese una caja de Pandora: explotaron las reprimidas
energías de quienes procuraban expresar su propio pequeño
mundo, y emergió el relato de tema personal, que había sido
casi un lujo en el período inicial de construcción de la
nación.
En particular, obtuvo legitimidad la escritura femenina. Indudablemente,
hubo influencia de la ola de ficción femenina en Estados Unidos y
Europa; pero en Israel el fenómeno fue más allá, y las
mujeres, hasta ese momento confinadas a los pasillos laterales, produjeron
una explosión. Escritoras de mayor edad como Kahana-Carmon, Shulamit
Hareven y Iehudit Hendel se volvieron más prolíficas, y
escritoras jóvenes comenzaron a anegar las editoriales con sus
manuscritos. Muchas de ellas no eran feministas en la práctica, pero
si se observa cuidadosamente sus textos es posible discernir en todas ellas
un profundo enojo, tanto en las veteranas como entre las más
jóvenes.
El cuento de Iehudit Hendel "La cena festiva de mi amiga B", por ejemplo,
es una escalofriante descripción sin eufemismos de una mujer a punto
de morir de cáncer, que abandona su cama de hospital para organizar
una fiesta. Desde el borde el abismo, se ocupa de todas las trivialidades
de la ocasión, afanándose en organizar la distribución
de los asientos y preparar las salsas para la carne. Su marido, por su
parte, ya se ha procurado un sustituto más joven. Más
complejo, su cuento "Cambio chico" es otro ejemplo de su profundo enojo
ante la manera en que son tratadas las mujeres. Entre las escritoras
jóvenes, una de las más interesantes es Orly Castel-Blum. Su
Ciudad de muñecas expresa de modo brillantemente catártico la
ambivalencia frente a la maternidad. La protagonista es una médica
que enloquece de terror por los peligros potenciales que acechan a su
pequeño hijo; para evitarlos, lo somete a operaciones, tinas de
mercurocromo, quimioterapia, hasta estragar su cuerpecito y transformar sus
profundas ansiedades existenciales en una profecía que se cumple a
sí misma. Es imposible no percibir que bajo sus preocupaciones de
madre subyace un fondo de hostilidad.
Iehudit Katzir, cuya primera novela acaba de publicarse bajo el
título (tomado de Picasso) Matisse tiene el sol en el vientre, es
una escritora diferente. Su primer libro de cuentos, Cierran el mar,
contiene imágenes de una infancia libre y carente de límites,
superpuesta y contrapuesta al progresivo aprendizaje de la sordidez de la
vida. Estos cuentos tocaron una cuerda muy sensible en la conciencia
israelí.
La literatura israelí se ocupa mucho de la infancia, y no proclama
precisamente que la niñez es un jardín de rosas. Las novelas
de David Grossman, y, particularmente, El libro de la gramática
interior, muestran a los niños acosados de ansiedad al descifrar el
mundo adulto, combatir sus sombras y preocuparse acerca de si podrán
funcionar sexualmente en el ámbito adulto.
El pluralismo que afloró después de 1977 fue provocado, en
arrolladora medida, por la población no ashkenazí, es decir,
por quienes inmigraron en la década de 1950 desde países
musulmanes y sus descendientes. Hacia 1977, esos sectores habían
alcanzado la mayoría de edad y procuraban incorporar su voz a la
nación. Pero el nuevo pluralismo que ha llevado a las mujeres a un
primer plano no ha producido todavía muchas voces nuevas en el
ámbito étnico. El mundo literario israelí
todavía aguarda al escritor que exprese el trauma vivido por esa
inmigración. Hasta el momento, el único que se ha hecho
conocer es Albert Suissa, cuya densa novela Akud (Atado de pies y manos) es
una grotesca descripción metafórica de cómo crece un
marroquí en un barrio pobre de Jerusalem.
Lo más sorprendente, quizás, es que la nueva apertura ha
afectado a escritores veteranos de ascendencia sefaradí. A.B.
Iehoshúa, descendiente de una aristocrática familia
sefaradí llegada a Palestina en el siglo XIX, no se refirió
en sus obras tempranas a sus raíces étnicas distintivas.
Sólo en 1980 comenzó a crear un protagonista claramente
sefaradí, y en su obra maestra El señor Mani, una novela
sobre cinco generaciones de una familia sefaradí, explora su
más profunda identidad cultural.
Sami Mijael, nacido en Irak y llegado al país en su juventud,
también se ha visto revigorizado por el actual espíritu
pluralista. Su novela Victoria, que se contó entre los best-sellers
durante un año entero, retrata a su madre y describe el
espíritu de la mujer de origen oriental y las dificultades que tuvo
que enfrentar en el nuevo estado.
La dimensión religiosa ha estado prácticamente ausente de la
corriente central de la narrativa israelí desde la muerte de
Agnón, quien estableció un puente entre la Diáspora y
el nuevo país judío. Actualmente, gracias al mayor
pluralismo, emerge una literatura que enfrenta los temas religiosos. Ello
es particularmente evidente en la poesía. Pero en una novela
reciente, Ha-Shem (El Nombre, una de las denominaciones de Dios en el
judaísmo), Mijal Govrín realiza una profunda
peregrinación al alma de una joven que se vuelve religiosa; se trata
de una compleja novela teológico-psicológica, de densa
escritura, en la que el anhelo de perfección se halla altamente
erotizado.
La esperanza de que el nuevo pluralismo lograra incluir también a
escritores árabes israelíes no se ha visto satisfecha. La
aparición en 1986 de Arabescos, del escritor árabe cristiano
Antón Shammás, dio lugar a prever la emergencia de una
literatura árabe israelí en hebreo. Pero ello no ha ocurrido.
Los árabes israelíes, incluido el ganador del Premio Israel
Emil Jabibi, escriben en árabe, y su obra no se ha incorporado
todavía a la corriente central de la literatura nacional.
Otra característica de la nueva ola es el regionalismo, la
fragmentación de lo nacional en lo local y personal. Muchos de los
nuevos escritores emergen de los periódicos locales, que se han
convertido en una fuerza muy influyente. La más fértil
incubadora de la nueva literatura es la zona de Tel Aviv. La creciente
urbanización del país y el rápido desarrollo de los
negocios y el consumo giran en torno a esa ciudad. La versión local
de los yuppies norteamericanos brotó en ella, a través de un
grupo de jóvenes caracterizados por su gran confianza en sí
mismos y su orgullosa voracidad cultural, expresadas en los diarios locales
de la ciudad. Y ello, a su vez, nutrió a la literatura (parte de la
cual es frecuentemente denominada "literatura de la calle Shenkin",
referencia a la popular calle de Tel Aviv, ahora de moda y frecuentada por
los yuppies* locales).
Una gran parte de la mejor creación literaria israelí cabe
bajo el rótulo del postmodernismo. Con esa categoría
designamos, en primer lugar, a una narrativa desarticulada que el lector
debe recomponer. Entre los pioneros y mejores exponentes del postmodernismo
en Israel debemos mencionar a Itamar Leví y a Ioel Hoffman. En
Cartas del sol, cartas de la luna, Leví procuró apresar la
realidad palestina, sin tomar partido, a través de los ojos de un
niño. Ioel Hoffman, escritor de exquisita sensibilidad, describe en
su libro El Cristo de los peces el desplazamiento de una familia
centroeuropea arrojada al Medio Oriente por las contrariedades de la
historia.
En conclusión, la literatura israelí no ha estado nunca tan
sincopada y armonizada con la literatura universal como en este momento.
Israel ha salido totalmente de la sujeción al tema sionista de los
períodos anteriores, y ha ingresado no sólo a una literatura
personal, sino más allá de ella, al modo llano y abstracto
del postmodernismo, despojado de motivación psicológica,
alusión literaria y tema narrativo. El escritor no toma
posición moral, ideológica ni literaria. Es asombroso que
escritores que se enfrentan constantemente con valores colectivos y
nacionalistas basados en el pensamiento del siglo XIX, hayan podido dar
semejante salto hacia una Weltanschauung postmodernista,
despojándose de la piel del sionismo. Igualmente asombroso es que
estos escritores, a pesar de su descontento, no se han desalentado
todavía. Aún creen que queda algo por decir y que ellos van a
decirlo. Puede que sean ingenuos, pero les estamos agradecidos por ello.
* El neologismo norteamericano yuppy deriva de las iniciales de "young
urban professional", jóvenes de exitosa carrera profesional y
pretensiones tanto intelectuales como económicas (N.T.).
Traducción: Florinda F. Goldberg