El legado artםstico otomano

7 sep 1999
 Revista de Artes y Letras de Israel- 1998/106
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El legado artístico otomano

Eli Shai

 
 
Azulejos decorados con hileras de medallones de loto que forman un panel decorativo, c. 1570-80

 

 

 

 

 

 

Caligrafía de Turquía otomana, probablemente montada a principios del siglo XIX

 

 

 

 

 

 

Botella con pulverización de flores de jacinto y pimpollos decorada a mano, c. 1560-80

 

 

 

 

 

 

Daga de Turquía otomana, vaina de Alemania, siglos XVI y XVII

 

 

 

 

 

 

Corán en un solo volumen copiado por Hafiz Husein, Turquía otomana (1857-8)

 

 

 

 

 

 

Alfombra, Imperio otomano, fines del siglo XVI o principios del XVII

 

 

 

 

 

 

Juego de escritorio, Turquía otomana, siglo XIX
 

A finales de 1996, se presentó en el Museo de Israel, en Jerusalén, una importante exposición titulada El imperio de los sultanes; en ella se mostraron más de 200 obras de arte otomano procedentes de la colección de unas 20.000 piezas del Dr. Nasser David Khalili. El Dr. Khalili, que tiene el título de Digno de Jerusalén, está radicado en Londres y ha reunido una colección de este tipo de arte. Es un experto reconocido en la materia y escribió su tesis doctoral sobre el arte del lacado islámico. Khalili inició su colección en los años setenta; al adquirir cada uno de los objetos, se ocupó de catalogarlo convenientemente. El catálogo mismo constituye de por sí una publicación de envergadura que probablemente conste de 30 volúmenes cuando esté terminada. Además de arte turco, el coleccionista se ha dedicado también a reunir objetos de arte japonés, telas tejidas de la región sueca de Scania, textiles indios, antigüedades de Oriente Medio y trabajos españoles en metal.

Khalili puede considerarse un mecenas del arte contemporáneo. Ha creado una cátedra de arte islámico en la universidad de Londres, donde es profesor invitado de arte y arqueología, y ha establecido una asociación para la investigación del arte islámico en Oxford.

Con El imperio de los sultanes: arte otomano el Museo de Israel dedicó por primera vez una exposición al arte de ese imperio que se extendió por una zona enorme, y cuya influencia cultural abarcó tanto a la Tierra de Israel como a los judíos asentados en el Medio Oriente. La presencia otomana dejó una impronta duradera que todavía se puede percibir en el moderno Israel, sobre todo en la arquitectura de la Ciudad Vieja de Jerusalén y muy especialmente, en la mezquita de la Cúpula de la Roca.

El Imperio Otomano irrumpió en la historia a principios del siglo XIV procedente de un pequeño emirato en el noroeste de Anatolia. llegó a convertirse en un enorme imperio que se mantuvo por 600 años bajo la égida de una única dinastía. En sus momentos de mayor poderío, reinó sobre millones de súbditos, dominando un área que se extendía desde Túnez al oeste, hasta Irán al este, y desde Polonia al norte hasta Yemen al sur. Durante sus primeros siglos de existencia, fue conocido por sus esfuerzos por diseminar el mensaje del Islam a punta de espada. El imperio alcanzó su punto culminante en el siglo XVI con la figura del sultán Solimán I, conocido como el Magnífico. Además de hacerse famoso por sus victorias militares en Europa, este sultán aseguró firmemente las instituciones del imperio basándolas en un sistema de leyes (qnuns) que le valieron también el sobrenombre de al-Qnuni, el Legislador.

Solimán el Magnífico imprimió su sello en Jerusalén, donde remodeló totalmente la estructura de la mezquita de la Cúpula de la Roca, construyó la muralla que rodea la Ciudad Vieja hasta el día de hoy y reparó las enorme cisterna que se encuentra al pie de la misma y que, con el transcurso del tiempo, llegó a ser conocida como la Pileta del Sultán. Actualmente, se utiliza para celebrar actos culturales al aire libre, con las murallas de la Ciudad Vieja como fondo.

Tras la muerte de Solimán en 1566, el imperio inició un lento proceso de decadencia. El impulso conquistador se detuvo, la economía entró en un período de deterioro, las arcas imperiales estaban vacías, la inflación en alza y los sultanes que tomaron su lugar en el trono de la Sublime Puerta, fueron menos distinguidos. El proceso de desintegración fue largo y agotador, aunque se vio interrumpido por períodos de regeneración y diversos intentos de reforma que, en ocasiones, lograron resucitarlo temporalmente. La derrota turca en la Primera Guerra Mundial, terminó de sellar la suerte del sultanato: la revolución de los jóvenes turcos llevó al establecimiento de la nueva república encabezada por Kemal Ataturk.

Hubo en total 37 sultanes, todos ellos pertenecientes a la dinastía otomana. La imprecisión de las leyes que regían la herencia y las luchas por el poder, dieron lugar a guerras fratricidas que alcanzaron su cenit en 1595, cuando Muhamad III ahogó a 19 de sus hermanos para asegurarse el trono. Su sucesor, Ahmed I, siguió una política más moderada limitándose a encerrar a los príncipes rivales en jaulas especialmente diseñadas ubicadas en su palacio. Este sistema produjo una situación nada sorprendente en la que, muchas veces, los que rivalizaban por el trono, resultaron ser personas inexpertas, apartadas y desligadas de los asuntos de estado, lo que permitió a los visires y a las madres de los sultanes ejercer el poder real. Fueron con mucha frecuencia estos últimos quienes manejaron las cuerdas del teatro de marionetas imperial.

Los sultanes residían en el palacio Topkapi o Puerta del Cañón, que dominaba el punto de encuentro de dos continentes. Desde sus ventanas podían ver el mar de Mármara, los estrechos del Bósforo y el Cuerno de Oro. Su tercer patio, el más interior y fuertemente custodiado, contenía la propiedad privada del sultán, su harén, las dependencias del servicio de palacio, de los eunucos, las concubinas y el tesoro real.

El arte otomano refleja la historia política del imperio. Al principio siguió la tradición del arte islámico clásico que, en su momento de mayor esplendor, durante el reinado de Solimán el Magnífico, consiguió notables caracteres distintivos en arquitectura y decoración, poniendo de relieve el poder del imperio y su inmensa riqueza. Pero al debilitarse en siglos posteriores, decayó de sus anteriores logros y perdió su carácter individual.

Los mejores artistas de la corte formaban un grupo llamado Ehl-I-Hiref, la Sociedad de los Dotados. Sus integrantes abarcaban un amplio abanico étnico, enriqueciendo al arte otomano con influencias artísticas plurales: el arte de la antigua Bizancio se mezcló con el chino tradicional que los mongoles trajeron a lomo de caballo al invadir la zona; la subestructura Seljuk local, por su parte, se combinó con motivos persas. El arte decorativo otomano se desarrolló a partir de esta cornucopia espectacular, enriquecido por una multitud de plantas, ramas entrelazadas y viñas, formaciones de nubes procedentes del Lejano Oriente, e interminables arabescos. Se trata de un arte decorativo denso y delicado que ojos occidentales contemporáneos no acostumbrados, corren el riesgo de catalogar como art nouveau otomano, ya que la pasión de los turcos por el ornamento, hace a este último retorcerse y girar una y otra vez en forma de hojas y perlas, panteras y dragones, granados y cipreses, tulipanes y jacintos.

Los artistas de la corte del sultán eran muy aficionados a los tulipanes, flor que se considera como uno de los regalos principales que el imperio turco hizo a Europa (otro aporte importante fue el café, que los peregrinos turcos a La Meca llevaron de Arabia a los cafés de Estambul en el siglo XVI y que, al parecer, se introdujo en Europa durante el segundo asedio turco a Viena). Un diplomático austriaco vio por primera vez los tulipanes cuando, a su llegada a Estambul, le sorprendieron unas flores que florecían en pleno invierno y escribió: El tulipán tiene poco aroma si es que tiene alguno, pero despierta admiración por su belleza y sus espléndidos colores. El diplomático envió bulbos de tulipán turcos a un botánico amigo suyo de Leiden, Holanda. Este último los cultivó en su jardín y logró incluso vender las flores a buen precio. Sus celosos vecinos le robaron algunos bulbos y, a partir de entonces, el tulipán conquistó Holanda. Pocos siglos después, llegaron tulipanes a la capital de Israel para adornar sus parques cuando a Teddy Kollek, que era entonces alcalde de la ciudad, se los enviaron unos amigos holandeses como regalo para Jerusalén. La moda de los tulipanes se propagó durante el reinado del sultán Ahmed III en el siglo XVIII. Esta época es conocida como el período de los tulipanes o Lale Devri. El sultán, encantado con esta flor, invirtió sumas enormes en desarrollar variedades raras para plantar en los jardines de palacio. Las flores se ataban a caparazones de tortuga utilizados como división entre unas plantas y otras, creando así un extravagante marco para sus suntuosas fiestas. La afición de los turcos por los tulipanes se puede ver todavía en el restaurante del Museo Topkapi, situado en el lugar donde estuvo el jardín de Ahmed III, así como en el logo del Ministerio de Turismo turco.

Hacia finales del siglo XVIII, se incorporaron al arte otomano influencias italianas y francesas que se tradujeron en diseños rococó, sobre todo espirales realistas de hojas y cestas llenas de rosas intercaladas con tallos entrelazados.

La pasión de los otomanos por la decoración, encontró forma de expresarse en la ilustración de libros, la encuadernación y la caligrafía. En la colección de Khalili hay manuscritos miniados que testimonian de la afición imperial al lujo, así como Coranes en miniatura que transmiten el mensaje del profeta emergiendo de una profusión de motivos florales en cobalto, azul y oro. El manuscrito principal del segundo período del arte otomano clásico, incluye una descripción de las fiestas que se organizaron para celebrar las ceremonias de circuncisión de los hijos del sultán Ahmed III, mecenas del arte.

Debido a las prescripciones religiosas contra el arte figurativo, la caligrafía se consideraba en el Islam la forma artística más elevada. A los mejores escribas se les tributaron grandes honores por su pericia en copiar las palabras divinas; los calígrafos más destacados eran nombrados instructores privados de los propios sultanes.

Los calígrafos se consideraban artistas de tal importancia, que sus biografías se convirtieron en fuente de leyendas. Por ejemplo, se cuenta de Hamdulah que nadaba en el Bósforo con un cálamo en la boca y, en otras ocasiones, practicaba su arte dorando los arcos del palacio. Cuando el sultán se ausentaba, mostraba sus habilidades como sastre.

La colección del Dr. Khalili incluye también encuadernaciones bordadas en oro y engastadas de joyas preciosas, un firmán (edicto imperial) especialmente ornado de Solimán el Magnífico, un manuscrito en tinta y gouache de un poema místico de Jellal a-din Romi, tazones con dedicatorias al presidente Lincoln que acabaron vendiéndose en baratillos en Estados Unidos, alfombras que se asemejan a jardines cuajados de flores, así como puñales decorados con damasquinados de oro y engastados en coral, lapislázuli, rubíes, madreperla, mimbre, ágatas y marfil de morsa.

Traducción: Raquel Sperber


Eli Shai prepara actualmente su tesis de doctorado y enseña filosofía judía, cábala y misticismo en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Es poeta, editor, crítico y ensayista, y sus artículos sobre cultura y literatura se publican regularmente en la prensa local.