Los acuerdos de Oslo y el proceso de paz, seguidos por el surgimiento de la Autoridad Palestina, han influido en muchos aspectos sobre los árabes israelíes. A nivel psicológico, la nueva situación ha incrementado una toma de conciencia de sus problemas de identidad y la crisis cultural resultante ha despertado el deseo de un teatro en árabe. Independientemente de las lealtades políticas o religiosas, el teatro goza de una popularidad creciente en las ciudades y aldeas árabes israelíes. Yusuf Abu Warda, que fue durante muchos años uno de los principales actores del Teatro Municipal de Haifa y es actualmente director del recientemente creado Teatro Árabe de Israel con sede en Haifa, concuerda con esta apreciación y admite también que además de señalar el renacimiento del teatro en lengua árabe, el presente despertar guarda relación con los acuerdos de Oslo: en su condición de ciudadanos plenos del Estado de Israel, los árabes se sintieron estimulados a defender sus derechos culturales. Con respecto a la creación del teatro árabe, Abu Warda añade que en cierta medida fue decisión de Shulamit Aloni, ministra de Educación durante el gobierno de Rabín. Aloni comprendió que los árabes israelíes necesitaban preservar su identidad árabe junto con su lealtad al estado y colaboró ofreciendo la ayuda necesaria, que se mantiene con el gobierno actual. Su apoyo coincidió con el de un grupo de actores destacados del Teatro Municipal Israelo-árabe de Haifa, que incluye a Abu Warda, Makram Khouri, Mohammed Bakri, Salwan Makara-Haddad y Gasán Abbas. El proyecto contó también con la ayuda del empresario local Ibrahim Boulus, del poeta y educador Hana Abu Haria y de dos profesores universitarios, Fahed Abu Hadra e Ilán Pape. .
El Teatro Municipal de Haifa puso a disposición del Teatro Árabe la sede de Wadi Salib, en la que la compañía se presenta ante un público sofisticado, la flor y nata de la intelectualidad árabe local, con un enfoque teatral occidentalizado. Cuando se le pregunta acerca de la necesidad de crear un teatro en lengua árabe para una comunidad que es en su mayoría bilingüe, Abu Warda explica: La razón de ser de su formación fue brindar apoyo a la vida cultural árabe. El teatro hebreo no ha logrado atraer a los árabes locales; sus temas no les interesan y todos los intentos por acercarlos fracasaron. Existe la necesidad de abordar aspectos vinculados con la cultura árabe que no hallan cauces de expresión en el teatro hebreo, en el que no se representan temas árabes fuera de la política. Los actores necesitan también interpretar su propia idiosincrasia; podríamos definirlo como un deseo de autoexpresarse en su lengua madre. Hasta ahora, los actores árabes que participan en el teatro hebreo habían dejado a un lado estas consideraciones y tendieron a alienarse de su comunidad y su medio naturales; dimos mucho al teatro hebreo y también recibimos mucho de él, pero ha llegado el momento de dar a nuestra propia gente lo que requiere. Más aún, el ego del actor siente la imperiosa necesidad de ser reconocido por su medio ambiente inmediato; si los árabes no pueden integrarse plenamente a la vida cultural hebrea, es importante que puedan tener la suya propia. Lo quieran o no, forman parte de la escena cultural israelí, pero su lugar natural está en la escena palestina.
En colaboración con Omanut Laam*, una entidad pública creada para promover el teatro de calidad en lugares apartados, la nueva compañía se esfuerza también en representar ante un público cada vez mayor fuera de Haifa. El objetivo de llevar el teatro a diversos sectores religiosos y seculares de las comunidades árabes dispersas por Galilea ya se logró. El repertorio ofrecido hasta ahora se reduce a obras como Lazos de sangre de Athol Fugard y Muerte accidental de un anarquista de Darío Fo, piezas satíricas que incluyen alusiones ácidas y poco encubiertas a las actuales luchas políticas internas en Israel. Cuando se le pregunta si se puede llegar a la conclusión de que el repertorio es político, es decir, con orientación palestina, Abu Warda replica: Si es así, es sólo para responder a las necesidades del público de expresión árabe.
El teatro, continúa, tiene que conectarse con la realidad. En definitiva, cada obra que se representa debe ser relevante para el público. No obstante, señala que en las obras programadas para el futuro se abordan otros temas. Una de ellas es la próxima producción de Le Montreur de André Shibed, un libanés que vive en París. Estará dirigida por Fuad Awad y trata de la lucha por el poder en un teatro de títeres. Ante una nueva pregunta sobre el futuro del proceso de paz y la función de su teatro como promotor de la coexistencia entre árabes y judíos, la respuesta es menos directa: Mi propio contacto con la cultura israelí a través de mi trabajo en el teatro me llevó a comprender mejor la realidad israelí. Y subraya: No hay contrapartida; los israelíes no abordan en escena nuestros problemas locales específicos como nosotros pensamos hacerlo en nuestro propio teatro. Por otra parte, estamos listos para exponerlos ante los israelíes, si quieren escucharnos.
Las cautelosas frases de Abu Warda reflejan un dilema común a los actores y directores árabes israelíes. Desgarrados entre la fidelidad al estado y su función en la sociedad israelí por una parte y la lealtad a sus hermanos palestinos por la otra, el tema es particularmente delicado para ellos. Aunque no hay que subestimar su deseo de no traicionar a su contraparte palestina, sus afirmaciones, que están preñadas de una intensa carga emocional, no deben ser interpretadas literalmente. Estas actitudes irónicas y ambivalentes son compartidas por actores como Basam Zoamat y Mohammed Bakri. Después de largos años de participar junto con actores israelíes en series televisivas de enorme popularidad, como El gran restaurante y Vecinos, Zoamat abandonó ostensiblemente la escena israelí para integrarse a Al-Kasaba, la compañía de teatro palestina nacionalista de Jerusalén oriental. No obstante, el año pasado retornó a la escena hebrea con la última obra de Dan Ben-Amotz, Los cuentos de Abu Nimr, un espectáculo unipersonal que muestra el ingenio y la calidez de la tradición rural árabe. Lo mismo se aplica a Mohammed Bakri, protagonista de innumerables espectáculos y producciones del Teatro Municipal de Haifa o de Detrás de las rejas, la notable película de Uri Barabash sobre la vida en una cárcel israelí.
Salim Dau, director del Teatro Beit Haguefen de Haifa, es otro que no nos ocultó hacia dónde se dirigen sus simpatías. Su elenco es el segundo grupo de teatro árabe; es menos sofisticado que el anterior y, como él, está auspiciado por el Ministerio de Educación de Israel. Con sede en un centro comunitario judeoárabe de Haifa, se presenta ante escuelas del sector árabe para promover la afición al teatro y su comprensión entre los niños y sus padres. Al tiempo que aborda temas característicos de la cultura árabe, su repertorio incluye también obras de autores hebreos. Entre sus producciones más destacadas cabe mencionar La cabeza de Jaber, una sátira política escrita por el dramaturgo sirio Sadalla Wannus y dirigida por Fuad Awad, un árabe israelí de Nazaret, que en 1986 ganó el primer premio en el Festival de Teatro Alternativo de Acre. Este año, su producción de Noches de cosecha del egipcio Mahmud Diab, dirigida por Riad Masrawa, se presentó en árabe en el Festival Israel de Jerusalén, después de ganar el premio del Festival de Acre en 1996. Su teatro, que cuenta con 12 actores profesionales (cuatro de ellos son mujeres), es definido por Dau como un teatro pobre; a pesar de ello, en 1996 logró montar 11 producciones.
Egresado de la escuela de arte dramático Beit Tzvi de Ramat Gan y de la academia de Jacques Le Coq en París, miembro del prestigioso Théâtre du Soleil de Moushkine y protagonista de películas israelíes tan exitosas como Avanti popolo, Dau es uno de los actores más descollantes de la escena hebrea. Cuando se le formula la pregunta de la doble lealtad, su reacción es explosiva. Las preguntas sobre la elección del repertorio -si es apolítico o, por el contrario, tiende a provocar- o sobre su opinión de la función del teatro como promotor de la coexistencia entre la sociedad árabe y la judía en Israel lo agitan sobremanera. Es muy franco con respecto al proceso de paz y a la forma en que los afecta, a él y a la política artística de su compañía.
Al comienzo del proceso de paz de Oslo, confiesa, me sentía entusiasmado y optimista; hasta participé en Vecinos, una producción de la televisión en hebreo que alentaba las buenas relaciones entre árabes y judíos. Me sentía orgulloso; podía hablarles cara a cara, me decía, porque ahora tendría mi propio estado palestino. Me quedaré aquí, pero lo haré en mi condición de palestino.
Pero ahora, prosigue, ya no siento lo mismo. Aún creo que nuestros pueblos deben convivir en paz; pero Israel, con sus expropiaciones de tierras y otras medidas, nos ofrece un magro tratado y nos priva de nuestro legado. También estoy decepcionado de la así llamada izquierda, que parece decirnos que si nos comportamos como niños bien educados, podremos recibir nuestra golosina. Empiezo a perder las esperanzas de que alguna vez haya alguna clase de paz. Sí, guardo muchas cosas en el corazón. Los daños causados son irreparables. A pesar de que éste es mi país, mi tierra, mi patria, ya no siento que pertenezco a Israel por el trato que da a la minoría de la que formo parte.
Una imagen algo diferente y menos pesimista de las relaciones árabe-judías surge de la conversación con Moni Yosef, asimismo egresado de Beit Tzvi, que desde 1987 dirige el grupo Diván en el Centro de Teatro de Acre. También auspiciada por el Ministerio de Educación, esta compañía -integrada básicamente por árabes residentes en la Ciudad Vieja de Acre con poco entrenamiento profesional- canalizó su talento interpretativo natural para dar expresión a su realidad cotidiana. Dirigidos por un equipo profesional israelí con una fuerte identidad judía, se presentan en una mezcla de hebreo y árabe que atrapa al público -árabe y judío- en un diálogo provocativo. Este año, su Sueño árabe obtuvo cuatro primeros premios en el Festival de Teatro Alternativo de Acre y posteriormente fue elegido para presentarse en el Festival Israel en Jerusalén.
Yosef recalca que el grupo no es filoárabe ni hace alarde de corazones lacerados. No obstante y a pesar de estar exento de ideología, habla de su lugar y sus problemas en la sociedad israelí, sin omitir ninguno de los estigmas que afectan a ambas partes. El público judío suele sentirse ofendido por sus críticas, y a los árabes les resulta difícil admitir lo que ven cuando son ellos los criticados. A pesar de eso, la actitud de los actores -que en su gran mayoría están entre los veinte y los treinta años- ante su identidad árabe-israelí contrasta agudamente con la que expresan sus colegas árabes israelíes más famosos. Moni Yosef señala que cuando formaron el grupo por primera vez, sólo el 10% de los integrantes árabes se identificaban como israelíes; los demás se definían abiertamente como palestinos. Hoy en día, a pesar de su enojo con el gobierno por las dilaciones en el proceso de paz, no desesperan. Se sienten ciudadanos israelíes plenamente realizados, dispuestos a reclamar sus derechos. El clima social en Acre, enfatiza Yosef, es naturalmente tolerante en materia religiosa, política y nacional.
En Jerusalén oriental, la compañía de teatro profesional palestino Al-Kasaba, dirigida por el autor y director George Ibrahim, existe desde 1970. Representa en árabe en su propia sala y con los años ha logrado formar un elenco de 70 actores, así como un notable número de autores, directores, diseñadores, músicos y técnicos, con un repertorio de más de 60 obras. Comprometida con el desarrollo del teatro como medio de expresión, comunicación y educación, estimula la creatividad artística y cultural de los palestinos haciéndoles más accesible el teatro y alentando a la nueva generación de actores a que participe en la producción. Debido a los periódicos cierres de la Margen Occidental y la Franja de Gaza, el elenco ha tenido que luchar para sobrevivir pero, a diferencia del ahora desaparecido Al-Hakawati, un grupo virulentamente satírico, deslenguado y antiisraelí, lo hizo conservando intactas sus pautas profesionales. Al-Kasaba ha tomado parte en muchos festivales internacionales y recientemente ganó el premio del Festival de Cartago de 1996 con su obra Ramzy Abu El-Majd y el premio a la mejor interpretación del Festival Infantil de Haifa con El duende y la hija del molinero. En 1997 presentó La muerte y la doncella de Ariel Dorfman en el Festival de Aviñón. Especialmente destacable fue su magnífica coproducción con el Teatro Khan de Jerusalén de Romeo y Julieta de Shakespeare. Consagrado al servicio de la causa palestina, Al-Kasaba se presenta también en escuelas, aldeas y campamentos de refugiados. En sus comunicados de prensa se queja de las dificultades de la situación artística por que atraviesan los palestinos en Jerusalén oriental, presuntamente causada por el estrangulamiento económico y cultural de su parte de la ciudad. El llamado a efectuar contribuciones es prueba evidente de que la existencia de la compañía depende del apoyo externo.
Una parte descollante del elenco israelo-árabe actúa en La Vía Láctea, una película reciente dirigida por Ali Naser y proyectada por primera vez en septiembre de 1997 en la cinemateca de Tel Aviv. Se trata de una producción hablada en árabe, muy delicada y hondamente conmovedora, gráficamente descrita y vigorosamente dirigida, protagonizada por Yusuf Abu Warda, Makram Khouri, Salim Dau, Mohammed Bakri y Gasán Abbas en un espectro de caracterizaciones que retratan a los habitantes de una aldea árabe bajo gobierno militar israelí. Otro actor árabe israelí, Sufeil Haddad, interpreta magníficamente a Mabruk, el loco de la aldea. La película brinda una visión esclarecedora de la vida en la aldea árabe, sus pasiones, lealtades y rivalidades. No menos contundente resulta la visión objetiva y carente de amargura que ofrece de la inflexible presencia israelí, que no obstante ser benigna, ejerce una influencia corruptora sobre el infatuado mujtar de la aldea.
Dos iniciativas teatrales árabes recientes, si bien a escala mucho menor, resultan no menos significativas que las antes mencionadas. La primera es un montaje teatral en árabe para los beduinos del sur del país, realizado por Shreidei Burhan, un actor árabe israelí de Um-el-Fahm formado en Berlín. Durante los dos últimos años, Burhan trabajó en Rahat, una ciudad beduina situada en el Néguev, al norte de Beersheva. Asentada por primera vez en su historia en condiciones urbanas en lugar de nómadas, esta comunidad atraviesa un cambio radical en su estilo de vida tradicional y en su trama social. A partir de sus presentaciones en escuelas que carecían por completo de tradición teatral, Burhan entrenó a un grupo de actores talentosos en técnicas teatrales. Actualmente se presentan ante audiencias entusiastas en un lugar del desierto anteriormente despojado de contenido cultural. Con el auspicio de Los niños de la paz de Israel (un movimiento que usa el teatro como herramienta para generar el diálogo entre jóvenes árabes y judíos, tal como se explica a continuación), la compañía beduina de Burhan ofrece también presentaciones conjuntas con alumnos de escuelas de la cercana ciudad judía de Kiriat Gat. La coproducción La paz es un juego de niños? logró un resonante éxito artístico y social y contribuyó a dar un paso más en la coexistencia árabe-judía de la región. Burhan señala que en Rahat, al igual que en muchas otras localidades árabes de Israel, la única forma de llegar a un nivel profesional es empezando a construirlo muy lentamente. En su próxima producción, el Teatro Beduino abordará los problemas sociales que genera la transición del antiguo nomadismo a un estilo de vida moderno. Burhan siente que están alcanzando una cumbre social y artística y añade que no menos importante es el hecho de que ante la ausencia de cualquier otro estímulo cultural, la comunidad local recibió al teatro con gran entusiasmo.
La segunda iniciativa es un espectáculo unipersonal interpretado en hebreo por Hashem Yassin, un actor palestino de Rafíaj (una ciudad en la frontera egipcia bajo el gobierno de la Autoridad Palestina) formado en Egipto. Su Deseo de muerte presentado en la sala Tzavta de Tel Aviv es un estudio íntimo y sincero de la vida en un hogar palestino y sus reverberaciones en la calle árabe bajo dominio israelí. Esta es la primera presentación de ciertos elementos tradicionales de la sociedad árabe a un público hebreohablante. Una obra anterior, El muro, es la historia de una venganza familiar escrita en tiempos de la Intifada, una relación muy sentida de una tragedia personal. Ambas tratan determinados aspectos de la sociedad árabe tradicional, cuya puesta en escena en su propio medio podría ser tabú. La finalidad de Yassin al presentar esas obras ante un público israelí es ponerlo en conocimiento del dolor y los problemas que afectan a los árabes palestinos. Algún día, cuando el clima político esté más estabilizado y las condiciones culturales sean más propicias, espera regresar a su Rafíaj natal para representar ambas producciones ante su propia gente.
También recurriendo al teatro como herramienta principal, Los niños de la paz de Israel (Yaldei Ha-Shalom) antes mencionados constituyen una red de talleres de teatro creada en 1988 con el objeto de educar a los jóvenes árabes y judíos para el pluralismo, la tolerancia y la creación del diálogo en la sociedad multicultural del país. Se trata de una entidad apolítica creada nueve años atrás por Yael Drouyanoff, una veterana actriz del Teatro Habima; está financiada por el Ministerio de Educación y subvencionada por la Agencia Judía y la Fundación Nuevo Israel. En menos de una década ha crecido hasta abarcar 22 talleres en ciudades y aldeas árabes y judías de todo el país. Ubicado en sitios tan apartados como los campamentos de beduinos en el Néguev y en centros urbanos como Acre, Haifa y Jerusalén, el movimiento ha cobrado impulso como factor de unión en el seno de la juventud local.
Drouyanoff, impulsada por la urgente necesidad de combatir las tendencias racistas que percibía en la sociedad israelí, congrega a los jóvenes con el objeto de enseñarles a hablar de igual a igual, en encuentros constructivos que emplean los juegos dramáticos y las representaciones teatrales como instrumentos de diálogo. Como los alumnos árabes israelíes suelen hablar con fluidez en hebreo, ésa es la lengua que se utiliza principalmente, aunque frecuentemente intercalada con árabe. La interacción entre el público, que incluye a los padres, con lo que se presenta, es realmente asombrosa, recalca Drouyanoff: la gente se conmueve hasta las lágrimas. Se dan en ocasiones algunos problemas interculturales vinculados con actitudes conflictivas de los padres y con determinados patrones de conducta, que se abordan en conversaciones más personales. Las relaciones interculturales entre musulmanes, judíos, drusos, cristianos y circasianos se tratan en encuentros grupales que ponen en escena las diferencias en las tradiciones haciendo referencia a elementos básicos como nombres, vestimenta, prácticas religiosas y aspiraciones sociales.
El renacimiento del teatro israelí en árabe tiene antecedentes en un pasado no tan remoto. Si durante años los actores árabes israelíes gozaron de una posición protagónica en la escena hebrea, actuaron poco o nada en el teatro en árabe que luchaba por sobrevivir en los años 60 y 70. El director del Primer Festival de Teatro Árabe de Nazaret en 1964 fue Adiv Jashan, un veterano hombre de teatro árabe israelí nacido en Haifa, que también fundó El Ahid, el primer teatro en árabe (posteriormente absorbido por Beit Haguefen en Haifa). Jashan señala que los miembros más activos de la comunidad teatral de aquellos tiempos tuvieron que afrontar el problema de crear una cultura que no existía. Aunque tuvieron éxito actuando en casas particulares, la inciativa fracasó por falta de fondos públicos. Jashan sigue dirigiendo en su lengua materna a grupos de aficionados en aldeas de Galilea. Al hablar de la realidad distinta en que funcionan los teatros árabes en la actualidad, el problema de la expresión dramática de antagonismos no resueltos y el uso de textos que pueden ser considerados provocativos a nivel político, Jashan admite que los árabes israelíes se hallan ante un dilema: Si el tono de una obra es propalestino, los israelíes se molestan, confiesa, pero si es abiertamente proisraelí, nuestros hermanos palestinos se oponen. A pesar de ello, trata de conseguir el apoyo de la municipalidad de Tel Aviv-Yafo para un teatro en lengua árabe que piensa abrir para los 20.000 habitantes árabes de la ciudad.
Esta reseña del teatro árabe en Israel no quedaría completa sin una referencia al importante conjunto de producciones desde una óptica árabe que, a pesar de que se diga lo contrario, llevan años representándose en la escena hebrea. La lista podría servir para refutar la acusación de que el público israelí aún no ha tenido contacto con los problemas de las minorías árabes o de sus vecinos palestinos.
De los teatros institucionalizados, el más diversificado es el Teatro Municipal de Haifa, en el que siete de los 27 actores de la compañía son árabes israelíes. Ya en 1970 produjo Coexistencia de Mohammed Wated, sobre las relaciones árabe-judías. La siguiente producción fue Disparando sobre Magda, o la joven palestina (1985) de Yehoshúa Sobol. Durante la primera semana de la Intifada, El síndrome de Jerusalén de Sobol -interpretada por algunos extremistas judíos como una alegoría de lo que estaba sucediendo en Gaza- dio origen a disturbios frente al Teatro Nacional Habima. (Anteriormente, su cáustica sátira El rey de Israel había denunciado la guerra, la corrupción, el nepotismo y la actitud de las autoridades israelíes hacia los árabes, tanto enemigos como amigos). En 1986, Haifa montó El opsimista, adaptación de la novela del conocido escritor árabe de Haifa, Emile Habibi, ganador del Premio Israel en 1992. Representado por Mohammed Bakri, este asombroso monodrama en árabe (traducido al hebreo por Antón Shammas) fue la primera obra de un autor árabe representada en la escena hebrea en su lengua original, lo que la torna en un hito del teatro hebreo. Su título, un irónico juego de palabras, define al protagonista que no es optimista ni pesimista, sino que tiene una juiciosa mezcla de ambas cualiades. De tono irónico, se trata de la historia de un palestino desplazado en busca de un milagro que trascienda su alienación y fragmentación. Hasta ahora, es la más honesta y no abiertamente provocativa presentación del dilema de los árabes israelíes.
Entre los temas árabes en boga en el teatro de los años 80 se hallan las adaptaciones de las novelas del escritor judío Sammy Michael. Haifa montó Gemelos (1989), un drama doméstico que aborda la dualidad étnica en una casa de Haifa desgarrada por el odio racial y dividida entre la creencia en el Corán y la Biblia. Una trompeta en el wadi, otro de sus triángulos familiares árabe-judíos, fue representado ese mismo año en el Teatro Beit Lessin de Tel Aviv. La travesía (1988), de Yosef Shiló y Moshé Kalif, es un viaje por la mente de un palestino, refugiado en su propio país. En los años 90 se montó Reulim (Enmascarados), un drama de Rami Danón e Itzjak Hatzor que aborda la tragedia de la traición en un campamento de refugiados palestinos. El Teatro Khan de Jerusalén presentó en 1993 La noche y la montaña de Abdul El-Makawi, dirigida por Fuad Awad. Esta traducción al hebreo de una vieja leyenda yemenita sobre la reunión de los pueblos subrayaba el proceso de paz en desarrollo en aquel entonces. Al año siguiente hubo una sola coproducción árabe-judía, la ya mencionada, Romeo y Julieta de Shakespeare presentada por el Teatro Al-Kasaba y el Teatro Khan, ambos de Jerusalén, codirigida por Fuad Awad y Erán Baniel. El elenco estaba compuesto por actores judíos que representaban a los Capuleto y actores árabes que interpretaban a los Montesco, y el resultado fue un teatro desgarrador y una parábola política provocativa. En 1995 se pudo apreciar la primera presentación de una compañía jordana en Israel: con los auspicios del Teatro Cámeri, Nabil Sawalha e Hisham Yanis, dos sofisticados comediantes del Teatro Ahlan de Ammán representaron Paz, oh paz!, una sátira sociopolítica más benigna que amarga. La casa de té de la luna de agosto, traladada por Efraím Sidón a una aldea árabe y representada por un elenco mixto judío y árabe, ridiculizaba el intento militar israelí de politizar la cultura feudal de una aldea árabe y la ceguera e incomprensión del ejército ante los nativos. La lista se completa en 1997 con Rétzaj (Asesinato) de Janoj Levín, una obra controvertida y sangrienta montada por el Teatro Cámeri con un elenco árabe-judío. Como denuncia del interminable ciclo de venganza brutal y matanzas insensatas que altera desde hace tanto tiempo las relaciones árabe-israelíes, se trata indudablemente del grito supremo en nombre de la cordura y la razón.
El teatro marginal ha contribuido también con algunas obras importantes, entre las que se cuenta Un incidente en la frontera (1984), presentada en el teatro Tzavta de Tel Aviv. Se trata de un diálogo ficticio entre Golda Meir y Raymonda Tawil, una periodista que apoyó a la OLP en sus primeros tiempos y que, entre otras cosas, es la madre de Suha, la esposa de Yasser Arafat. Cabe también mencionar tres obras de protesta de Miriam Kainy, la más importante de las cuales es Como un tiro en la cabeza, un monodrama que aborda un trágico triángulo amoroso árabe-judío en Jerusalén. Moshel Ierijó (El gobernador de Jericó) es una parodia política con un mensaje profético, escrita después de la Guerra de los Seis Días por Yosef Mundy y representada en 1986 en la sala Tzavta de Tel Aviv; hace hincapié en el complejo captor-cautivo que ya en aquel entonces emponzoñaba las relaciones entre árabes y judíos en la Margen Occidental. También en 1986, Crembo, un cabaret político de Kobi Niv sobre las relaciones árabe-judías presentado en Nevé Tzédek, fue como un golpe sardónico. Ese mismo año, Neft (Petróleo) de Avraham Shushner, presentado en el Festival de Acre, ofreció una atormentada visión de lo que podría haber sucedido si los árabes hubieran arrojado a los judíos al mar. Ruby Porat-Shuval ganó el primer premio en Acre con Naomi (1992), un perspicaz estudio de la vida de una mujer beduina. Por qué? de Arié Eldar fue una obra intensa sobre la relación emocional entre un árabe y un judío que comparten la misma celda. En 1992, en el Festival Teatronetto de Acre, Mohammed Bakri presentó Haoguen, un cuento de aldea árabe narrado en un estilo folclórico e ingenuo. Hacia fines de 1992 se presentó en la sala Habimartef de Habima La balada de Buki Ben Yogli, sobre una anciana judía que desafía los prejuicios antiárabes en un edificio de Tel Aviv y alquila una habitación a un joven árabe. En 1993, Mohammed Bakri ganó el premio de Acre con su Migración al norte, una historia al estilo campesino del paso de un estudiante sudanés al gran mundo. Fue una de sus últimas presentaciones en la escena hebrea. En 1994 se puso en escena Malinki de Rubik Rosenthal, una demostración del choque entre la ley moral y la disciplina militar que aborda la matanza perpetrada en 1956 por la policía de frontera,.de unos 50 civiles árabes que regresaban del trabajo a su aldea, Kfar Kassem.
El presente trabajo reseña con tanto detalle el drama de tema árabe representado en la escena hebrea, en la esperanza de ilustrar el alcance del contacto del público israelí con los problemas árabes en los últimos años. A la vista de ella, no se puede tomar a la ligera el esfuerzo que se ha hecho por presentar temas árabes en la escena israelí. Cabe recalcar que los progresos del teatro en lengua árabe en Israel, iniciados por árabes israelíes, constituyen un logro cálidamente apoyado por una amplia franja del público israelí. El fenómeno es bien recibido no sólo por su audiencia natural, sino que también es apreciado por un vasto sector judío que apoya las necesidades sociales árabes y sus aspiraciones culturales.
Traducción: Orna Stoliar
* Véase Shosh Weitz, Teatro para el pueblo, Ariel no. 57, 1984.
Naomí Doudaí nació en Escocia y se graduó en las Universidades de Glasgow y Tel Aviv. Durante muchos años ha sido crítica de teatro en The Jerusalem Post y ha escrito obras de teatro y reseñas de libros, así como varias novelas y relatos breves.