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La cuna del viento
Ami Bouganim
Pues, sí, nací en Essaouira-Mogador, quinto de una familia grande, tres hijas y cuatro hijos, acunado por los mismo vientos que habían visitado y mareado a mis abuelos y a los abuelos de sus abuelos. Por cierto, me siento investido, no sé por qué ni por quién, de la escabrosa misión de poner en letra de molde a esos vientos y sus venturas y desventuras. Quizás porque nací en una noche de especial ventolera, en la que tres o cuatro palmeras perdieron sus palmas y un barco de pesca se perdió, sin dejar rastro ni huella, en las bodegas sin fondo del océano. Quizás también porque el profeta Elías, encargado de anunciar al Mesías, que estaba de paso aquella noche por la ciudad, vino a verme en mis pañales sólo para percatarse de mi consternación, trocar mi llanto en risa, y abrumarme con la ilusión de que podría hallar la salvación en la literatura. O lo más seguro, porque los famosos demonios de Mogador se concertaron sobre mi cuna y decidieron que me parecía lo bastante a ellos, pues tenía casi todos sus atributos morales, como para tratar de sacarlos de aquella ciudad, en exceso recatada para su gusto, y darlos a conocer por doquier en todo el orbe. Pero esos granujas estaban tan enfurruñados y de mal talante aquel día, que se les olvidó proveerme de los dones y talentos necesarios para llevar a buen término la oculta misión.
Tres o cuatro días más tarde, cuando mi padre, muy ufano por haber acrecentado su linaje con un segundo varón después de tres infructuosos ensayos sucesivos que sólo produjeron hembras, invitó a sus compañeros de oración a que vinieran a ahuyentar a los demonios que acechan a los recién nacidos, en particular a los que vienen al mundo en la comunidad más vulnerable del mundo, la de los genuinos elegidos de Dios, y muy especialmente en Mogador, península de la dispersión, expuesta a todos los sombríos eclipses celestes y todos los malos vientos terrestres, quizás les faltó convicción a sus invocaciones o le faltaron al respeto al bendito de mi padre, que se las daba casi de profeta de Mogador, por lo que yo casi medio siglo más tarde sigo cultivando hurañamente las letras, extrayendo sólo pobres, malas y negras consideraciones sobre las deficiencias literarias de toda la humanidad y sobre mis propias inhibiciones.
Cierto es que Mogador se jacta de más de un plumífero, que le habrá dedicado no sé qué poemas o cuentos, pero ninguno salvo yo se reconoce con tanta ligereza e irrisión en sus vientos y demonios. Pido, por tanto, que no se incrimine de la perversidad de este relato ni a los bedeles de sinagogas que nunca cesaron de hostigarme para atraerme a sus sesiones cabalísticas y someterme a sus exorcismos, ni a los rabinos que no dejé de perseguir con mis pullas para meter algo de humildad en sus tristes barbas, ni a mis pobres maestros a quienes acosaba con preguntas capciosas desarmándolos con mis críticas, ni a mis desdichadas amantes que agobiaba con mis deseos, ni menos aún a mi pobre padre que se murió, como cualquier hijo de vecino, de esperar a su Mesías cuando ahí me tenía ante sus ojos. Sólo cabe acusar, pues, a los demonios de Mogador que se cuelan solapadamente bajo mis plumas más solemnes y sentenciosas, condenando a la befa mis poemas más inspirados, mis prédicas filosóficas más serias y mis sermones más vibrantes...
Mogador había acabado de contraer, en aquel año terrible y glorioso, todas las manías de la vejez y la senilidad. La desdichada ciudad vivía de recuerdos, rumiando su grandeza pasada, sus títulos consulares y sus grandes desencantos coloniales. A cuarenta años de instaurado el Protectorado, seguía esperando el acontecimiento que la sacaría de su retiro degradante y le otorgaría una nueva vocación histórica. Quizás un desembarco de chinos o de marcianos, quizás el descubrimiento de un yacimiento de petróleo o de una mina de diamantes. O quizás su conquista por Canadá o su anexión al principado de Mónaco. Los barcos ya ni atracaban en el puerto, fondeaban mar adentro y allí gabarras remolcadas por lanchas iban a descargarlos de su té de China y a cargarlos de almendras del Sus. Mogador ya no conocía el terror de los cañoneos ni la agitación de los grandes alijos. Vivía marginada de la historia, excluida del cielo, en la encrucijada de los vientos, vegetando como todas aquellas solteronas que esperaban, tras los postigos cerrados de sus casas, la proposición de algún pretendiente principesco traído bajo sus balcones por los vientos alcahuetes. Cuanto más declinaba, más soñaba; y cuanto más soñaba, más se mustiaba.
Los moradores de la alcazaba, descendientes en su mayoría de los cortesanos del rey y sus rabinos, no podían resignarse a su menoscabo. Aunque ya no hablaban tanto el inglés, seguían aún viviendo al ritmo y a la manera de Inglaterra. Sus casas parecían museos, atestadas de antigüedades y de objetos vetustos incrustados de recuerdos, y sus rasgos semejaban blasones, hermosos y feos a la vez. Los franceses ya entonces vivían en las casas residenciales que se habían construido junto al mar. Daban la impresión, como todos los colonos del mundo, de estar sin estar, pero también tenían su Mogador: un modo peculiar suyo de deslizarse entre las murallas, encontrarse con la gente, desafiar a las autoridades. No estaban ni más ni menos prendados del lugar que sus compatriotas judíos o musulmanes, estaban contaminados por las insinuaciones pudibundas de los vientos, las salpicaduras oscuras de las olas, los cuchicheos de las araucarias. Estaban en el paraíso y mataban el tedio vejando a los musulmanes, abochornando a los judíos, dando bailes y leyendo diarios y revistas que describían con semanas y meses de atraso, las modas y crisis que sacudían al gran mundo del cual se habían retirado para asistir mejor desde lejos a sus devaneos y ajetreos. No trabajaban, administraban sus haciendas o sus conserveras. Eran los nuevos amos de la ciudad sin ser sus herederos, intrusos quizás, que sin embargo habían trastocado sus hábitos. Los vientos llevaban ahora nombres franceses, el océano devolvía los ecos de la Marsellesa, mi padre gastaba la boina negra de ellos y mi madre me acunaba con nanas lorenas.
Me resigno en este capítulo, mejor anunciarlo, a entretener a mis lectores soltándoles el cuento de mi nacimiento. Por mucho tiempo, la mera idea de develar algo más que las tres o cuatro líneas de rigor en la contraportada me pareció pretenciosa, peregrina y carente de todo interés. Hasta hace unos meses, jamás presumí de la importancia de mi tránsito por este mundo, del genio de mis intuiciones ni siquiera de mi talento de charlatán literario como para creer ni por un instante que mi vida podría interesar a desconocidos. Me ha ocurrido, por supuesto, revelar aquí y allá detalles íntimos, mezclando pérfidamente lo cierto y lo falso, para mejor embaucar a mis lectores, adornando unos rasgos, afeando otros, usando mi pluma con toda la impunidad con la que un mal escritor puede mezclar los géneros y enredar los rastros, pero sin caer nunca en el pecado de creer que a mis obras les estaba asegurado el destino de un texto sagrado. Primero, mi vida es más mustia que la de un fraile, más árida que la de un investigador y tan pedante como la de un pedagogo. Además, en los últimos años para ganarme el pan he tenido que entregar tantas recensiones de malas biografías, cubriéndolas de loas, que ya me dan náuseas este género de libros y sus personajes. Y si al fin y a la postre me decido a soltaros mi vida, es porque... últimamente he tenido... una revelación que me autorizaba a presentarme... como Mesías sin temor a represalias celestes. No dudo de que esta primera confesión confesión de confesiones que determina el interés de todas las que le seguirán, suscitará burlas, invectivas y quizás incluso al menos cabe esperarlo anatemas, pero no por ello estoy menos íntima, resuelta e irremediablemente convencido hoy de ser el más indicado de mi generación para pretender a este glorioso y cáustico título. No bromeo, lo digo incluso con conocimiento de causa porque pasé decenios buscando a mi Mesías por doquier, en los libros por supuesto, en los templos y las academias, en las columnas de los periódicos y las pantallas de los televisores, en los mercados y las calles, e incluso en monasterios, bibliotecas, institutos de investigación y pabellones de cancerosos, en los bancos de los vagabundos y las aceras de las calles; y cada vez que me topaba con un candidato y verificaba sus signos de mesianidad, hallaba que yo podía exhibirlos más convincentes. Si mostraba signos de demencia sagrada, encontraba mis propias disposiciones al éxtasis sagrado aún más prometodoras que las suyas. Si mostraba signos de delirio sagrado, encontraba mis consideraciones literarias aún más delirantes. Si presentaba signos de poderes milagrosos, como salvar desahuciados, curar neurasténicos y abrir matrices estériles, encontraba mis hazañas en ese campo aún más notables. Si mostraba señales de inteligencia, encontraba mis propios dones aún más penetrantes y perspicaces. Siempre estuve convencido de poder superar a los más impresionantes estadistas, los estrategas más hábiles, los escritores más prolijos, los sabios más destacados, los comerciantes más taimados, los comicastros más talentosos... y si sólo me decidiera algún día a desprenderme de mi terrible reserva mogadoreña, cosecharía los laureles más gloriosos en todas las disciplinas del espíritu y todos los campos de la práctica. De chasco en chasco, de tormento en tormento y de sinsabor en sinsabor, acabé por percatarme de que yo no era peor pretendiente que cualquier otro y que podía evocar mi mesiánica infancia sin rubor. Sea como fuere, toda mi vida se habrá desarrollado en la íntima convicción de que por haber nacido en una ciudad turbia, peligrosamente expuesta a las olas de un océano tenebroso que amenzaban con sepultarla en cualquier momento en un sudario de légamo y lodo, palestra de vientos encontrados que daban vértigo a quien osaba cruzar sus calles, guarida de todos los demonios que apolillaban el espíritu del hombre desde los albores de la creación, corral de pícaros donde sólo calamdades sucedían, semillero de todo género de visiones incubadas por el tedio y la megalomanía, yo podía asumir sus obsesiones, ilusiones, espejismos y perversiones, presentándome con toda legitimidad como Mesías de Mogador, sin temor al mentís de la historia, de la cual esta ciudad quedará definitiva e irremediablemente excluida, al de su gente que habrá perdido la memoria, y menos aún al de sus vientos, que hoy más que nunca se mueren por que les saquen confesiones más sensatas que todas las majaderías y sandeces que les han atribuido hasta la fecha...
No sabría deciros quiénes eran exactamente mi padre y mi madre por la sencilla razón de que ni ellos mismos sabían muy bien quiénes eran, ni tampoco qué clase de monstruo habían engendrado. Ambos se habían criado a principios de siglo en el mellah la judería en una de esas callejas que reptaban bajo las casas y se revolcaban bajo tierra en busca de seguridad y quizás de luz, en una de esas casas desvencijadas con escaleras que amenazaban con caerse en cualquier momento, alrededor de un patio interior donde el silencio tenía visos de milagro. Los visitantes que se arriesgaban a penetrar en ese inextricable tugurio de miseria y devoción no sospechaban que constituía uno de los retiros privilegiados de la divinidad donde se desataba, día tras día, un concierto discordante de letanías y conjuros. Las autoridades habían abierto quizás las puertas del mellah, pero sus moradores, enclaustrados desde siglos en sus sueños y pesadillas, no acababan de decidirse a franquearlas por temor a perderse en el vasto mundo. Esperaban un guía que los condujera a su Tierra prometida, sin desesperar por su tardanza y pidiendo su venida en todas sus preces. Una larga espera, convertida quizás en estancamiento, sin duda en senilidad melosa. Sus barbas estaban desteñidas, sus voces cascadas y sus miradas menguadas. Pese a todo, encarnaban a Dios, una divinidad venida a menos, desmedrada, andando a tientas por las calles negras y enlodadas. No sabría decir por qué habían llegado a tal extremo. Quizás porque su divinidad, intransigente y puntillosa, no conociendo las medias tintas, iba hasta el fin de sus designios, empujando la decadencia de sus representantes terrenales hasta la ociosidad y la desgana, como empujaría su matanza hasta el genocidio y su restauración hasta la vanagloria militar. Pero la gente del mellah era tan incapaz de blanquear a su divinidad como de desentrañar sus motivaciones e intenciones. Estaban instalados en su plácido y sombrío tedio, rumiando promesas luminosas, torturándose por terribles profecías, entusiasmándose con la lectura de suaves Salmos, musitando inacabables melopeas arameas y apartándose de su ordinario sólo para clamar, excitados y solícitos, su delicioso Cantar de los Cantares, reavivando su deseo apagado por la divinidad. Oraban y se multiplicaban, de sábado en sábado, del inicio de los tiempos hasta el fin de los tiempos.
Al otro lado de la ciudad, la alcazaba resplandecía, bueno, casi. Estaba conectada con el mundo, recibía sus muebles de Manchester y sus vestidos de París, compraba de todo y vendía de todo. No era menos religiosa que el mellah, ni menos versada en los textos sagrados, no se sentía menos ligada por el sacrosanto deber de caridad para con el pobre y el forastero, la viuda y el huérfano. Sin embargo, se mantenía escandalosamente indiferente a la miseria del mellah y su gente, que consideraba a todas luces como seres infrahumanos, otorgándoles sus limosnas sólo para cuidar su reputación ante los visitantes. Quizás altanería de ricos, tras la cual despuntaba el desprecio de los expulsos de España, descendientes en su mayoría de altos linajes aristocráticos, hacia esos descendientes de beréberes judaizados. En todo caso, una impotencia terrible de los textos sagrados, que no lograban penetrar la sensibilidad moral y social de esos corredores, descendientes de cortesanos, que tenían que pasar por Londres y París para conmoverse por la suerte de sus correligionarios próximos. En la alcazaba, la divinidad se la tomaba tan a sus anchas en aquel comienzo de siglo, que se dejaba británicamente acartonar por su compostura, sus modales y sus almidones. La misma divinidad? otra divinidad? Los mesías, mi carne y mi alma lo atestiguan, sólo se presentan en nombre de nuevas divinidades para protestar contra la perversión humana de las antiguas...
Mis padres franquearon ambos el umbral del mellah para ir a la escuela de la Alianza Israelita. Mi padre quizás descendiente de beréberes de Oufrane establecidos en Mogador a mediados del siglo XVIII era un hombre extraño. Nada he sabido de él, salvo que era temeroso de Dios, había cursado la escuela primaria, era ferretero y chapurreaba el chleuh, la jerga beréber. (Por supuesto, la banalidad de este retrato amenaza con comprometer mis pretensiones a la mesianidad, pues el buen señor indudablemente no era del linaje del rey David, pero hay linajes desconocidos más imprevisibles e ilustres que las tristes descendencias reales...). De Dios, mi padre había recibido un verdadero pánico a faltar a alguno de sus preceptos religiosos, y vigilaba de cerca a su prole para prevenir los desatinos, corregir su conducta y devolverla permanentemente al buen camino. De la Alianza había recibido una extraña boina vasca que ocultaba tiñas reales o imaginarias y que nunca sustituyó, ni por el sombrero burgués de Casablanca ni por la gorra obrera de Natania. De su ferretería sólo sacó clavos, que legó, intereses incluidos, a un triste rabino de barrio a cambio de la promesa de fundar una sinagoga en su memoria. De su chleuh sólo sacaría a fin de cuentas el mérito insigne de legarme el barniz beréber que unto gustoso sobre mi condición humana cuando desespero de mi destino judío, me sublevo contra mi naturaleza árabe y deploro mis extravíos franceses. También he heredado de él un sentido del humor enrevesado, que me trae instintivamente a la boca toda suerte de preguntas más fútiles y estrambóticas una que otra, que tienen por solo mérito el de desconcertar a mis interlocutores y hacerles dudar de mi equilibrio mental, como por ejemplo si creen en Dios, si tienen actualizado su testamento, si prefieren los saltamontes tostados o fritos o si saben que están condenados a morir. Sobre todo he heredado algunos de sus excesos de psicopáta, que me callaré para no profanar su memoria. Sólo diré que cuanto más envejezco, más creo conocerlo, al descubrir, cada vez más a menudo desde que he alcanzado la edad de parecerme a él, sus rasgos en mi espejo, al sorprender cada vez más a menudo sus gestos y ademanes en mis propios movimientos, al percibir cada vez más a menudo sus carcajadas en mis risas; y ese reencuentro me produce a la vez remordimientos y contento, remordimientos por no haberle agradecido el que me trajera al mundo y contento por no haber perpetuado su progenie...
Mi padre no era sino un vulgar comerciante que recibía anticipos de dinero de corredores metidos a pequeños banqueros privados. De tanto en tanto desaparecía para ir a proveerse de mercadería en Casablanca y poco después de su regreso, su tienda se llenaba de toda clase de ollas y sartenes, cerrojos y candados, tornillos y clavos, martillos, serruchos y alicates, hachas, picos y palas, molinillos de carne, ratoneras y hornillas de queroseno. Costales nuevos de garbanzos, cacahuetes, trozos de sosa, semillas de comino, palitos de canela, granos de ajonjolí, pimienta en polvo, se alineaban con las orillas arremangadas. Los comerciantes venían a enterarse de las últimas novedades de la gran ciudad y pronto se iniciaba el desfile de los montañeses que compraban no tanto por necesidad como por capricho. Él se mantenía detrás del mostrador de la mañana a la noche, con una pequeña pausa de una a dos para la oración del mediodía, una comida generalmente de sobras de la casa, y su medio cigarrillo diario, que se fumaba con las delicias de un medio crimen y un medio placer. Ese buen progenitor, por otra parte, no paraba con la monserga de lo mucho que se esforzaba por alimentarnos, vestirnos, mandarnos a la escuela, considerando que era su deber pedagógico hacernos sentir qué pesada carga éramos para él. Sospecho sin embargo que no conoció realmente lo que era el trabajo, cuando menos hasta su partida para Israel, ni un día siquiera; ni el tedio de las faenas, ni el infierno del patrón. Clientes, seguro, de la ciudad o de afuera, pero también todo el mundillo de los ociosos de Mogador. Primero, los corredores que ya no trabajaban desde hacía generaciones, administrando rentas cuyo origen y cuantía nadie conocía, si bien los menos acaudalados se resignaban, quieras que no, a comerciar con la gente del mellah, pero sin llevar el renunciamiento hasta el punto de meterse por sus apestosas callejas. Andaban de terno y corbata, calzaban mocasines blancos y llevaban en la mano un periódico arrollado. Cada día, puntuales como un reloj, daban su vuelta por la alcazaba para enterarse de las novedades por los comerciantes, y de paso cobrar sus intereses, y acaban por acudir sin falta al Club, los anglófilos, o al Cercle, los francófilos. Ya ni siquiera daban la impresión de estar esperando un barco o de despedirse de un barco y se aburrían tanto que se apoderaban del primer incidente doméstico sucedido para darle toda la magnitud de un escándalo cosmogónico. Una defunción imprevista los sumía en una desazón de la que resurgían sus males imaginarios, atareándolos en la revisión de sus testamentos ante la perspectiva de una muerte inminente. Una plaga de langosta, un devaneo de las olas, un eclipse de sol, los incitaban a entregarse a ejercicios penitenciales destinados a prevenir las catástrofes, aún más terribles, que esos presagios anunciaban. Sólo conservaban sus bodegas, ahora vacías, porque constituían una razón social, una marca de grandeza o de nobleza, una razón para esperar y porque no encontraban comprador. Los portones estaban atrancados con cadenas y pesados candados, con pequeñas aberturas circulares para permitir a los gatos, los grandes ratoneros de Mogador, entrar a cazar las ratas que roían las vigas de la techumbre. Sucedía a veces que uno de ellos conseguía un lote de almendras, reclutaba una cohorte de obreras para clasificarlas y empezaba a buscar comprador por todo el mundo; sucedía incluso que uno se trasladaba a Casablanca para embarcarse rumbo a Manchester o Marsella, pero las más de las veces era para preparar su propia partida, recibir su parte de una oscura herencia o tratar de impedir el matrimonio de alguno de sus hijos o nietos con una extanjera. Mi padre los recibía en su tienda con toda la deferencia que los del mellah podían manifestar, pese a su resentimiento, hacia esos ex cortesanos del rey. Les ofrecía un taburete, se interesaba por su salud, delicada según le constaba (era usual quejarse de la salud para prevenir el mal de ojo), y les pedía noticias del mundo. Cuando eran particularmente generosos, le dejaban el periódico, en cuya lectura se enfrascaba de inmediato dejando de lado su Pentateuco, sus Salmos y su Libro del Esplendor. Después de los corredores, recibía al colegio rabínico en gira de cobranzas. A uno, le pagaba por su sermón, a otro por su bendición o por la instrucción religiosa que impartía a su prole. Luego venía el cortejo de los mendigos que lo escrutaban a uno de arriba abajo, aún siendo ciegos, un ojo pedigüeño, el otro amenazador, exigiendo su limosna con tanto mayor aplomo cuanto que tenían en su haber las riquezas prometidas en el mundo venidero a los pobres y que, ligados por su miseria al cielo, se sentían habilitados para otorgar la bendición o la maldición. En este reino de cónsules, vicecónsules y agentes consulares, eran los más ilustres y los más desdichados de los embajadores-cónsules de Dios; eran huraños, vehementes, serviles... ostentando todos los atributos de la divinidad; tras sus barbas ajadas, sus voces broncas, sus guiñapos y sus andrajos, eran toda alma divina. No mendigaban para sí mismos o su prole, mendigaban por la salvación del donante y para perpetuar la presencia divina entre los hombres.
El niño, sentado en su taburete, con un puñado de cacahuetes en una mano y uno de ajonjolí en la otra, no siempre distinguía a los rabinos de los mendigos. Ellos ya eran entonces, tanto los unos como los otros, los verdaderos amos de la ciudad, más que los corredores, más que los árabes, incluso más que los franceses. Quizás junto con los locos, los innumerables locos de Mogador que, confundidas todas las religiones, corrían al garete, más audaces que los más iluminados rabinos y los más valientes mendigos, perdido el tiempo y la razón, desencajando a las divinidades de su retiro en los santuarios, pregonando sus traiciones por calles y mercados, tratando de sacudirlos de su postración en una ciudad desertada por la historia y asediada por los demonios. Por último llegaba el rabino-tasador, con un talego en una mano y un bastón en la otra, musitando sin cesar sus bendiciones, y el niño se bajaba de su taburete, vaciaba las manos en los costales de cacahuetes y de ajonjolí y asía el faldón del pesado hábito negro del rabino, que lo llevaba hasta la calle de la Prisión donde tenía su domicilio. Y en la penumbra de una sala cercada de sombras alrededor de un candil rústico, escuchaba el largo relato de espera del anciano que venía durando ya dos mil años...
Traducción: Shlomo Gitai
Ami Bouganim, escritor y educador, nació en Mogador, Marruecos, y llegó a Israel a edad temprana. Es autor de ensayos filosóficos, textos de ficción y antologías, como El oro y el fuego. El judaísmo de España; ha escrito varios manuales educativos. Enseña en la escuela Alliance Israëlite Universelle de Jerusalén.
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