El año pasado, cuando Micronesia le pidió ayuda a MASHAV, el
Centro de Cooperación Internacional del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Israel, para estructurar su seleccionado nacional de
fútbol, el pedido fue recibido con alguna sorpresa. Aun cuando
MASHAV está siempre dispuesto a ayudar a países en sus
necesidades específicas, este pedido era diferente de cualquiera
que hubiese recibido nunca.
Por más de 41 años, expertos israelíes han estado
yendo a través del mundo, compartiendo su experiencia, pericia y
conocimientos en terrenos tan diversos como agricultura, educación,
desarrollo comunitario, desarrollo urbano y rural, administración,
planificación económica y financiera, avance de la mujer,
medicina y salud pública. Bajo la égida de MASHAV, Israel se
ha convertido en un líder muy respetado en el campo de la
cooperación y ayuda internacionales. Toma en serio todos los
pedidos. Éste no fue una excepción!
Los engranajes se pusieron en movimiento y se le pidió a Shimon
Shenhar, Director Técnico del Instituto Wingate de Deportes, que se
hiciera cargo de un proyecto de nueve semanas, considerado ahora por
él como una de las experiencias más apasionantes de su vida.
Shenhar es prácticamente una leyenda futbolística en Israel,
a comenzar con su período de 10 años de brillante jugador en
los equipos de Maccabi de la Liga Nacional de Fútbol
israelí. Una grave lesión en la rodilla lo obligó a
retirarse de la cancha, pero no del juego. A la edad de 31 años, se
convirtió en el entrenador más joven en la Liga Nacional. Ya
hace más de 20 años que ejerce como uno de los entrenadores
e instructores más destacados. También fue el Oficial de
Deportes del Ejército de Defensa de Israel durante 12
años.
Para el profano, el fútbol puede ser sólo un juego. En la
práctica, sin embargo, tal como Shenhar probaría
dramática y efectivamente, éste es un instrumento importante
para ayudar a un país a forjar un sentimiento de orgullo nacional,
que también integre a diferentes sectores de la sociedad.
Igualmente importante para los participantes -y en Micronesia todos eran
adolescentes- es una excelente manera de forjar el carácter.
No obstante, en un comienzo, Shenhar tenía sus reservas. Interesado
en logros profesionales, dudaba que esto pudiera ser posible. Micronesia
tenía el poco envidiable récord de haber perdido cada uno de
los partidos que hubiera jugado alguna vez, y por márgenes casi sin
precedentes en la historia del fútbol. Sin embargo, MASHAV
convenció rápidamente a Shenhar que éste
podría ser -como llegó a serlo- un reto estimulante, la
oportunidad de aportar una valiosa contribución a un nuevo y
pequeño país, con una población total de sólo
130.000 almas, que obtuvo su independencia únicamente en 1986 y fue
admitido a la ONU en 1991.
Micronesia, cuyo nombre completo es Estados Federados de Micronesia (FSM),
consiste en cuatro naciones isleñas en el Pacífico
Occidental: Pohnpei, Islas Chuuk, Kosrae y las Islas Yap. Aunque la
apariencia de la gente es similar a la de los melanesios y polinesios,
investigaciones recientes parecen indicar que son un grupo étnico
diferente.
Desde 1947 hasta 1986, Micronesia fue administrada por los Estados Unidos
como parte del Territorio en Fideicomiso de las Islas del Pacífico.
Desde entonces, la FSM se ha gobernado a sí misma dentro de un
pacto de estado libre asociado con los Estados Unidos, lo que ha derivado
en considerable ayuda y apoyo de este último.
Muchos de los profesores y médicos en Micronesia son
estadounidenses. Y la iniciativa de nuestro proyecto, informa Shenhar,
provino de uno de esos médicos, el Dr. David Rutstein, quien ha
estado asignado en Micronesia desde 1986 por el Servicio de Salud
Pública de los Estados Unidos. El Dr. Rutstein, de religión
Bahai, ha visitado Israel muchas veces y sabe lo importante que es
aquí el fútbol. Él comprendió, dice Shenhar,
que el fútbol podría servir de fuerza unificadora para un
país joven que aún se esforzaba en encontrar su identidad
nacional. Sin el Dr. Rutstein, no podríamos haber logrado lo que
hicimos. Su empeño y, en especial, su insistencia en desarrollar el
espíritu de equipo, han sido invaluables.
Como Shenhar descubriría de inmediato, todo el concepto de jugar en
conjunto, y no individualmente, era nuevo para los micronesios. Hubo otras
sorpresas. Aun cuando en la capital costera de Kolonia, hay algunos
edificios de estilo moderno, incluso bancos, un supermercado y algunos
restaurantes, la mayoría de la gente vive en chozas de paja y
tienden a dormir en el suelo, al aire libre. El Gobernador Vincent Figit,
quien ayudó y cooperó mucho, destaca Shenhar, preside la
Asamblea Nacional.
En general, la mayoría de la población sigue todavía
patrones de comportamiento que desde hace tiempo conforman la cultura del
país. Comer, por ejemplo, observa Shenhar, a menudo es un asunto
incidental e informal. Las bananas, papayas, mangos y cocos crecen en
abundancia. Frecuentemente, comer es sólo cuestión de
treparse a un árbol y coger su propia comida.. El pescado es otro
artículo básico. Shenhar confiesa que nunca ha sido un
entusiasta del pescado, pero al llegar a Micronesia, en donde el pescado
es más sabroso y suculento que cualquier otro que yo hubiera
probado jamás, aprendí no solamente a comer y a gustar del
pescado, sino a comerlo crudo, tal como hacen los residentes.
Igualmente extraña era la ausencia de contratos matrimoniales
escritos. Las mujeres carecen de derechos dentro de esas relaciones de
derecho consuetudinario. Los hombres pueden simplemente abandonar a sus
parejas, llevándose a los hijos.
En general, dice Shenhar, la posición y estatus de las mujeres
parecen ser bajos, su valor es medido por su capacidad de tener hijos. Y
esto, a pesar de que según parece, ellas hacen la mayor parte del
trabajo dentro de la sociedad. Muchos de los hombres, sin embargo, no
parecen apreciar el valor del trabajo. El fútbol ayudó a
inculcar una cierta ética de trabajo en nuestros jóvenes
jugadores. Eran muy jóvenes, la mayoría entre los 17 y los
19 años, con algunos menores de 16, pero no los suficientes como
para hacer un equipo.
Los jugadores tampoco tenían experiencia. Algunos habían
estado jugando sólo unos pocos meses, otros, sin embargo, de uno a
dos años. Más problemático que el que no supieran los
rudimentos del juego, era el hecho de que no estaban acostumbrados a jugar
en equipo. Tuve que hacerles entrar en las cabezas que estaban aprendiendo
no sólo a jugar fútbol, sino, más bien, toda una
nueva manera de comportarse. Al contemplar los videos que yo había
traído conmigo, vieron la importancia de desarrollar un sentido de
la camaradería y de respeto el uno al otro y hacia mí.
Muchos factores intervienen en la construcción de un equipo,
explica Shenhar, incluso técnica, preparación física,
y la práctica real del juego. Sobre todo, debe haber disciplina,
que es el punto por el cual comencé. En los primeros días,
cuando yo pedía a los jugadores, por ejemplo, que vinieran a las 5
de la tarde, me encontraba a menudo con que era el único presente.
Tuve que ser estricto e insistir en que vinieran a tiempo o me avisaran si
no podían. Los que no hacían esto, quedaban fuera.
Tenían que aprender a acatar órdenes, dado que yo planeo el
entrenamiento y los ejercicios dentro de una agenda muy apretada.
Shenhar se dio cuenta rápidamente de quiénes eran los
mejores jugadores, y dejó afuera a aquellos que no estaban
interesados o eran incapaces de acatar órdenes. En este proceso,
eliminó de hecho a sus dos únicos arqueros, y
demostró dramáticamente que cumplía su palabra. Se
empezó a saber lo que sucedía, recuerda, y la gente
comenzó a percibir una especie de cambio de conducta. Por ejemplo,
vinieron maestros a ver la forma disciplinada en que se comportaban esos
adolescentes. Yo estaba dando un ejemplo personal, que muchos dijeron que
tratarían de seguir en sus aulas.
Antes de llegar a Micronesia, a mediados de junio del año pasado
(1999), Shenhar había hecho una breve visita a la isla más
pequeña del archipiélago, Yap, sede de la asociación
de fútbol del país y sitio de su capital, Kolonia. Se
sorprendió al constatar que no había un estadio adecuado
para partidos locales y solicitó que se construyera uno y lo fue.
Los trabajos comenzaron en cuanto llegó al país, con 200
miembros de la comunidad que ayudaron en la construcción. El
estadio, completo con todos los detalles -desde banderas hasta quioscos en
que se venden camisetas y otros objetos de recuerdo- se convertiría
en una importante plataforma para fomentar el orgullo de la gente por su
equipo nacional y por el país mismo.
Shenhar introdujo también la idea de los uniformes, tanto para los
ejercicios de entrenamiento y los partidos mismos, como para los
ayudantes, con el símbolo nacional impreso en las camisetas. Al
comienzo, nadie entendía el significado de esos uniformes, pero yo
sabía, dice Shenhar, cuán importantes son para servir de
símbolo de estatus y, asimismo, como una manera de dar a los
jugadores el sentimiento de que forman parte de algo más grande que
ellos mismos. Desde un comienzo, la comunidad otorgó un fuerte
apoyo al equipo. El fútbol se convirtió en el punto central
que aumentaba su sentimiento de orgullo nacional. Para intensificar
aún más este sentimiento de identificación, Shenhar
insistió en que el himno nacional fuera cantado antes de cada
partido.
Después de seis semanas de entrenamiento, Shenhar llevó su
equipo a Guam, para lo que era esencialmente una experiencia de campamento
de entrenamiento: una oportunidad de dar a los jugadores una experiencia
real del juego.. En tres partidos amistosos, los micronesios, que
competían en el extranjero por primera vez desde su entrenamiento
con Shenhar, perdieron, pero por márgenes mucho menores que antes,
tales como 3-0 y ,4-1 y eso contra un equipo que menos de un año
antes les había dado una colosal derrota por 15-0.
En esos partidos, una buena preparación para futuros torneos, hubo
dos capitanes, uno de Yap y otro de fuera de la capital. Ésta fue
esencialmente una actividad creadora de vínculos, dado que era la
primera vez en que muchos de los jugadores habían tenido contacto
con gente fuera de su propia comunidad.
Prueba de cuán grande había sido el éxito de Shenhar,
llegó en agosto, en la Copa de Micronesia, la primera competencia
internacional de fútbol jamás jugada en los Estados
Federados, con la que se inauguró el nuevo estadio. Micronesia
venció a la Comunidad de las Islas Marianas y luego, en las
finales, continuó y derrotó a los Crusaders, un equipo
internacional de clubes regionales con jugadores de las islas Fiji, Tonga
y las Filipinas. El resultado de este último partido, impresionante
e histórico: 14-0 y Micronesia ganó la copa!
Como resultado adicional de su estadía en Micronesia, Shenhar se
convirtió allí en un embajador de buena voluntad para
Israel. Poco después de su llegada, Shenhar fue entrevistado en la
televisión local. Sólo me hicieron tres preguntas sobre
fútbol, y el resto fue acerca de Israel, sobre industrias de alta
tecnología y especialmente, los lugares santos. Yo había
traído conmigo varios videos de Israel, y fueron mostrados una y
otra vez en la televisión. Dado que la población es
cristiana en su mayoría, la gente se emocionó al darse
cuenta de que los lugares santos, tales como Belén, existen
realmente en la tierra y no son solamente visiones celestiales.
Al reflexionar sobre sus nueve semanas en Micronesia, Shenhar cree que se
logró algo más que simplemente ayudar a ese país a
estructurar su equipo nacional de fútbol, también se obtuvo
un cambio en comportamiento y actitudes. Cuando los jugadores finalmente
rompieron su horrenda racha de derrotas, comprendieron cuánto se
puede lograr cuando se trabaja cohesivamente en conjunto, dentro de un
marco disciplinado.
Shimon Shenhar no puede sino estar orgulloso de lo logrado en Micronesia.
Regresó con la esperanza de que otro entrenador podrá, en el
futuro, ofrecer continuidad y seguimiento, a fin de que la mayoría
de los logros no se pierdan y haya alguien para entrenar a los jugadores
regularmente y ayudarles a mantener su excelente rendimiento. A él
le gustaría ver un programa continuado de cursos para entrenadores
e instructores, capaces de adiestrar nuevas generaciones de jugadores, a
fin de que pasen la antorcha y preserven lo que ahora existe.