Quisiera reseñar los eventos en los que participé en 1972. Aquel año, mashav decidió abrir en la Universidad de Lagos, Nigeria, un seminario para maestras de jardines de infancia, siguiendo la pauta de los seminarios que realiza en el Centro Internacional de Formación Golda Meir del Monte Carmelo en Haifa.
Yona Amir, una inspectora de jardines de infancia retirada, fue elegida para dirigir el seminario. Sus funciones incluían dar clases de pedagogía y de teoría del jardín de infancia y dirigir labores prácticas. Yo fui elegida como asistenta suya, porque había pasado dos años en Nigeria y conocía la región. Mis funciones incluían educación en rítmica, trabajos manuales y servicios sociales a los participantes. El curso tuvo una duración de seis meses. Trabajamos con el Prof. Orison Burges, un representante canadiense en Lagos.
La Universidad nos asignó un jardín de infancia para que trabajáramos en él. Lo que vimos nos sorprendió mucho, porque el sistema de educación aplicado en aquel entonces se guiaba por patrones británicos de otras épocas: niños de 3 a 6 años estaban sentados en filas, sin moverse, para una enseñanza frontal. Al frente del aula había un estrado, el escritorio del maestro y una gran pizarra.
Tuvimos que hacer virtualmente una revolución para cambiar las ideas del Ministerio de Educación de Nigeria. Tuvimos que explicar, discutir y volver a explicar que niños de 3 años eran incapaces de permanecer sentados cinco horas escuchando a un maestro. El Ministerio se mostró muy reacio a aceptar nuestros puntos de vista y tuvimos muchas discusiones acaloradas.
Por último aceptaron nuestro enfoque. Pudimos sentar a los niños informalmente, en pequeños grupos, para jugar y trabajar, en lugar del enfoque frontal rígido, y transformamos el aula en un conjunto de áreas para actividades variadas: un rincón de muñecas, un área para juegos de construcción, otra para disfraces, una biblioteca, un rincón para los juegos, un "hospital", un taller de carpintería y un centro de jardinería. El programa diario era libre, informal, abierto y espontáneo. Los niños se movían libremente por el aula, jugaban, dibujaban, construían, miraban libros, moldeaban arcilla, cosían y pegaban.
Dos veces por día nos juntábamos todos, sentados en círculo, los niños en sillas pequeñas (apropiadas a su edad) y no en bancos como en la Universidad. Estábamos sentados todos juntos, hablábamos, rompiendo el tabú que prohibía hablar salvo contestando a preguntas, o iniciar una conversación o un nuevo tema de discusión.
Con el tiempo, los niños se acostumbraron a sentarse a nuestro lado. Los sentábamos en nuestras rodillas, los acariciábamos y les alentábamos a hablar de lo que habían hecho durante el día y de lo que ocurría en la casa. Creamos fuertes lazos con las familias de los niños, que invitaban a sus padres y abuelos a visitar el jardín de infancia y a participar en lo que se hacía allí y en el seminario. Por nuestra parte, nos unimos a la vida comunal de los niños.
Otra innovación educativa fue sacar a los niños a excursiones fuera del aula. En estos paseos adquirían experiencia y conocían el mundo de afuera. Se familiarizaron con los alrededores, y así conocieron la historia natural de la región. Despertamos su curiosidad natural, les hicimos escuchar las voces de los pájaros y fijarse en los colores de los árboles y en sus cambios con las estaciones, y mirar al cielo y ver las formas de las nubes en diferentes períodos del año. Todo esto se logró no por medio de libros sino por experiencia directa y por atención al mundo a su alrededor.
Junto con las participantes, llenamos el patio del jardín de infantes con toda clase de desechos. Con eso fabricamos equipo a partir de nada. Con mis propias manos hice pelotas con hojas secas de banano. Con hojas de maguey hicimos cordeles. Recogimos piedras para juegos. Junto con las participantes, hicimos un juego de loto con frutas y semillas del país. Todo ello se hizo con las participantes: aprendimos, miramos a nuestro alrededor, recogimos semillas, frutas, ramas y retazos de trapo. Enseñé a las participantes a aprovecharlo todo para hacer sus propios juguetes y juegos en lugar de comprar equipos importados.
En el campo de la música, luché contra la recomendación del decano, de encargar instrumentos en Francia o Suiza. En lugar de ello, fui al mercado con las participantes, donde estuvimos viendo lo que estaba en venta y compramos calabazas de todo tamaño, botellas, tapones, pieles (para tambores), etc. y con todo eso volvimos al seminario.
Nos sentamos todas juntas y trabajamos: aserramos las calabazas y con ellas y las pieles hicimos tambores, algunos sin pieles, y los decoramos. Hicimos castañuelas con frutas, con palitos, con frascos de vidrio rellenados en parte con arroz, etc. Pintamos todos los instrumentos y formamos una orquesta, sin instrumentos melódicos.
Aunque había un piano, no lo usé porque no se ajustaba realmente a la cultura popular de la región. Las clases de danza y movimiento se basaban en su vida y en escenas de sus hogares y granjas. El acompañamiento melódico se hacía cantando; los niños cantaban en excelente armonía y acompañaban las canciones con sus instrumentos artesanales. La principal lección para las participantes fue que no era necesario comprar equipo, sino que podían crear sus propios instrumentos con materiales del país.
Propuse que las participantes usaran en clase ropa distinta de la de calle. Compré telas en el mercado y por las noches cosí blusas y pantalones. Eso creó un ambiente distinto en el aula.
De este modo trabajamos, jugamos, cantamos y danzamos, construyendo con la esencia de sus vidas: el campo, los jardines, la agricultura, los árboles que crecen, las oraciones por la lluvia, el correr de las nubes, el sol, la llovizna y la lluvia. Todos los aspectos de la vida de los animales domésticos se reflejaron en movimiento libre y canciones, con la participación de todo el grupo. Eso creó un sentimiento de unidad entre las participantes y reforzó su conexión con la naturaleza y su entorno.
Jugamos también con ideas de transporte: trenes corriendo por la vía, con una locomotora y muchos vagones -la dinámica del movimiento- trenes yendo y viniendo. También invocamos otros medios de transporte: burros, autos, etc.
A decir verdad, no les enseñé a bailar, sino que más bien creé las danzas a partir de su propia vida y tradición. Tomamos todos nuestros temas de conversaciones con las participantes: diferentes oficios como policías, conductores, zapateros, guardas de campos, de viñas y de frutales.
Aprendimos a contar, por medio de danza y movimiento, utilizando de la vida diaria, y construimos estructuras musicales y rítmicas, por ejemplo nos paramos en círculo, luego en fila y de nuevo en círculo. Aprendimos lo que eran contrarios: dispersarse y reagruparse, los que mandan y los que obedecen. Desarrollamos un sentimiento de unión y de identidad de grupo.
Usamos ampliamente cuerdas, palos, calabazas, baldes, latas y chales. Encontramos uso para todo, compatible con su experiencia y cultura, todo de forma abierta, cálida, con alegría y vitalidad, porque los temas les eran familiares. Las participantes gozaron expresándose a sí mismas y se apreciaron entre sí. Descubrieron que podían expresarlo prácticamente todo por medio de cantos y danzas (porque el movimiento es un don natural de ellos) y podían usar esto en la educación.
Aprendieron que podían expresar miedo ante animales, ladrones y oscuridad; y en el lado positivo, camaradería, contacto, asistencia y apoyo. Podían expresar fuerza en su vida y convertirla en movimiento, utilizando sus talentos innatos físicos y espirituales.
El seminario me ofeció la oportunidad de trabajar con una materia prima maravillosa, como el artista con colores y pinceles. Por ello nuestra labor con las muchachas participantes fue buena no sólo para ellas, a mí también me causo mucha satisfacción y alegría. Mi buena amiga Yona Amir murió en 1998 y desgraciadamente el Prof. Burges falleció el año pasado. La carta de la Sra. Wuya me trae magníficos recuerdos de ese período de trabajo conjunto.
Informe de Panamá
Ana Teresa Arosemena de Russo