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La sangre no es agua
Amnón Jackont
Bon sang ne saurait mentir
Amir era hijo de Buma, hecho que lo comprometía a ser alguien, digno de un padre que comandó un destacamento del Palmaj que se apoderó de la cumbre de un monte árido, estableció un kibutz con sus propias manos, lo pobló de inmigrantes ilegales trasladados a hombros por los soldados desde el barco, y más tarde, cuando el país se independizó, le rindió mil y un servicios de los que todavía es prematuro hablar.
Sólo que, ya desde su mocedad, algo pareció no andar bien: cuando trataba de jugar al fútbol con sus compañeros se hallaba a sí mismo extraviado, confuso, ubicado del lado incorrecto del campo de juego. Salía a los paseos del grupo de exploración armado con el cortaplumas militar que su padre le había quitado a un soldado británico, pero se quedaba siempre junto a la camioneta de las provisiones, leyendo libros de aventuras bajo el toldo y ayudando a preparar la comida en la cocina. Comenzó el servicio militar en el cuerpo de paracaidistas, pero lo terminó en el extremo opuesto, en un taller de armamentos, cosa que ocultó a su padre. Dos meses después de terminar el ejército, la familia en pleno lo acompañó al aeropuerto. Su padre le puso en la mano mil quinientos dólares ahorrados en secreto y le dijo: "Que vuelvas hecho todo un hombre". Su madre tendió una mano alentadora para acariciarle la mejilla, pero Buma les clavó a ambos una de sus miradas penetrantes. Amir bajó los ojos. La mano de la madre cambió de dirección y se deslizó vacilante sobre sus cabellos.
Tres años después, en Amsterdam, Amir tenía la cabeza afeitada, las mejillas enflaquecidas y las manos lastimadas de limpiar pescados en Noruega, y en su cuello se tensaba la cicatriz dejada por una cuerda que se soltó cuando trabajaba en el puerto de Hamburgo. En su bolsillo había sólo treinta gulden, pero en su corazón latía la sensación clara de que había madurado. En la pizarra del hospedaje para marineros halló un aviso que prometía un trabajo duro y rentable en África. Al día siguiente, en una polvorienta oficina de un solo cuarto cuya puerta ostentaba los nombres de más de diez empresas, firmó el contrato. No leyó todos los artículos, ni siquiera intentó deletrear el complicado nombre del empleador. Lo único que le importaba eran los mil setecientos dólares que se depositarían a su nombre a fin de cada mes en un banco holandés y la seguridad de que no volvería al kibutz con los bolsillos vacíos. Uno de los dos hombres que le hicieron firmar examinó su pasaporte. "Israel", observó con acidez, "espero que no haya problemas". Pero su colega se apresuró a imprimir el sello de la visa en una de las páginas vacías: "Qué importa, los rebeldes compran armas a Israel, por qué no habrá el gobierno de comprar personas?".
En el campo de entrenamiento, en algún lugar perdido en medio de la sabana, los días eran como goma de mascar hecha de polvo, sudor y músculos doloridos. Amir aprendió las diferencias entre las tribus que vivían en el campo de batalla al que sería enviado: a quién hay que respetar, a quién castigar, sobre quién disparar sin vacilación alguna. Se le advirtió respecto de enfermedades, de serpientes y hechiceros que acechan al borde de los caminos; aprendió a beber agua en la cáscara del zapallo y a comer una mezcolanza de cereales a medio asar envueltos en hojas de banana. Su conocimiento del manejo de armas se amplió a ametralladoras italianas, minicañones españoles y fusiles fabricados en China, que agregaron a los callos de sus manos cicatrices de quemaduras. En la última noche de entrenamiento, acostado al aire libre sobre la espalda, contempló el cielo estrellado y se preguntó si lograría alguna vez distinguir entre un africano leal y un africano rebelde. Comprendió que debería sencillamente disparar sobre cada hombre negro que no vistiese uniforme, y esa idea lo deprimió tanto, que olvidó que al día siguiente el primer pago sería depositado en su cuenta de banco en Holanda.
En las semanas que siguieron, la realidad completó lo que no había aprendido en el entrenamiento. La compañía de Amir fue enviada a reconocer la llanura a lo largo de la frontera, y el problema de diferenciar entre aquellos sobre los que había que disparar y aquellos sobre los que estaba prohibido hacerlo se resolvió solo, porque generalmente los rebeldes eran quienes tiraban primero, desde sus emboscadas en la espesura. Los mercenarios les respondían disparando lanzallamas, pero por cada rebelde quemado vivo llegaban del otro lado de la frontera otros dos. Hacia el final del segundo mes, el destacamento había perdido un tercio de sus hombres, y los refuerzos tardaban en llegar. Un par de veces, Amir pensó en desertar, pero adónde huir desde un punto indefinido en la sabana? Intentó repetir algunas de las argucias de exención que recordaba del servicio militar, y una noche se clavó una espina en el pie y frotó la herida con orina para que se hinchara. El oficial, un alemán gigantesco con tiras de coronel en el hombro, se rio y le recomendó aplacar la hinchazón con los frutos del arbusto de la leche. Esa noche, Amir estaba seguro de que no llegaría al final del año de servicio al que se había comprometido, y que no llegaría a disfrutar del dinero que se acumulaba en su cuenta.
Entonces comenzaron sus compañeros a olerle el miedo: Durante las patrullas, creía ver a un francotirador detrás de cada arbusto. En las horas libres no quería quedarse solo y se dejó arrastrar a la bebida y al juego de naipes. Su andar se hizo vacilante, y un nervioso parpadeo interfería en su visión. En la comandancia ya se hacían preparativos para librarse de él, pero, por casualidad, se descubrió su habilidad culinaria y fue colocado en la cocina, donde se ganó el reconocimiento y hasta un poco de respeto cuando demostró que podía atemperar el sabor picante de los alimentos que preparaban los cocineros negros y adecuarlos al paladar de los soldados europeos. A menudo, mientras revolvía alguna olla, se le inundaban los ojos de lágrimas. "OK, OK, mister", procuraban consolarlo los sirvientes y los cocineros, pero esa simpatía sólo lo hacía sentirse más infeliz y humillado.
Al final del sexto mes, el gobierno y los rebeldes firmaron un acuerdo de paz, y se exhortó a éstos últimos a volver a sus aldeas. Dos semanas después, las tropas del gobierno los atacaron y eliminaron definitivamente la amenaza que pendía sobre la república. Todo ello no podía aliviar los miedos de Amir, tenían vida propia y se habían convertido en una segunda naturaleza. El día en que se proclamó la victoria, los mercenarios ocuparon posiciones ocultas en torno al sitio de la ceremonia. Un destacamento de soldados negros voló en la madrugada desde la capital para formar la guardia de honor que esperaría el helicóptero del presidente. Los jefes de las tribus, en sus trajes de colores, meneaban plumas de avestruz bajo toldos de tela bordada. Los periodistas enfocaban sus cámaras fotográficas desde una fila de jeeps y camiones. Por entre el público pasaban mozos vestidos de blanco llevando bandejas repletas. Amir contemplaba todo desde un asiento que se había improvisado debajo del estrado de honor, defendiéndose con mano lánguida de la arena que le arrojó el helicóptero presidencial. La orquesta rompió a tocar. Varias decenas de negros vestidos con faldas de paja danzaron en honor del hombre de escasa estatura que trepó por las escaleras del estrado, vestido con uniforme de mariscal.
Cuando terminó el baile, se levantó el presidente de su sillón de terciopelo rojo e hizo la venia. Desde arriba se oyó un suave zumbido. Por el lado de la frontera apareció un avión plateado que descendía con velocidad. Los mercenarios hicieron fuego con exactitud y fidelidad, pero el avión lanzó varios proyectiles que incendiaron sus posiciones. La muchedumbre se dispersó en fuga hacia la espesura cercana. Los soldados negros se desbandaron a gritos y los jefes de las tribus se empujaron entre sí para salir de los toldos. El presidente desapareció del estrado y sólo los periodistas, con esa sensación de inmunidad que les concede el oficio, siguieron fotografiando el avión, que giró antes de arrojar sobre el estrado de honor un huevo grande y negro.
Amir se atrincheró rápidamente debajo del estrado. A su lado, en la arena caliente, se habían formado ya varias protuberancias. Una de ellas alzó la cabeza y clavó en él un par de ojos dilatados: "Dónde están tus armas, soldado blanco?". Amir carraspeó perplejo. El presidente abrió la boca para decir algo más, pero en ese momento vio el huevo gigantesco que se deslizaba hacia él con un silbido, y se hundió de nuevo en la arena. Amir oyó el golpe del metal contra el suelo y esperó la explosión. No pasó nada, salvo tiros aislados que los mercenarios que quedaban vivos dirigían contra el avión que se alejaba. Pasó un minuto, y luego otro. Nadie se movía. Amir estiró una pierna hacia atrás, para tratar de salir de allí, pero el presidente le tocó el hombro: "Haga algo, demonios, para eso se le paga" Amir miró la bomba, hundida un tercio en el polvo. Después salió encorvado por entre las patas de madera del estrado, preguntándose hacia dónde huir. Esquivó el cuerpo negro a una distancia prudente y se alejó varios pasos en dirección a los arbustos. Un equipo de televisión corrió hacia él. Amir captó la sigla "CNN" al costado de la cámara y supo que al día siguiente todo el mundo habría visto su huida.
Se volvió hacia la bomba e hizo como que la examinaba de modo profesional, esperando que los periodistas hallaran otro objeto para sus focos. Pero en ese momento su ojo percibió algo familiar. Se quedó inmóvil por un momento, sin creer lo que veía, y luego, moviéndose lentamente, se inclinó sobre la cola de metal y examinó de cerca una pequeña chapa montada junto al detonador. Sacó del bolsillo su cortaplumas, aflojó los tornillos que sujetaban la plaqueta, y la guardó en el bolsillo. Del lado de los mirones llegó hasta él una ola de murmullos. Algunos osados salieron de sus escondites improvisados y avanzaron en su dirección, pero ante sus señas de advertencia volvieron rápidamente sobre sus pasos. Cuando quedó solo se inclinó sobre la bomba e hizo girar cuidadosamente su cola; cuando la tuvo en la mano, la depositó suavemente sobre el suelo y comenzó a desarmar el detonador. Un par de veces el cuerpo negro se balanceó y el público contuvo la respiración. Amir hizo una pausa, esperó hasta sentir nuevamente toda la atención puesta en él, y entonces siguió escarbando hasta desarmar la última pieza. De la bomba sólo quedaba un recipiente hermético y muchos trocitos de metal desparramados a su alrededor.
Los espectadores volvieron a salir de todos sus escondites, aplaudiendo a Amir y al presidente, que se ubicó a su lado con ese sentido del momento justo que convierte a hombres comunes en presidentes. De alguna parte llegó un helicóptero. El presidente apoyó una mano pequeña y negra sobre el brazo de Amir y agitó la otra hacia la nube de polvo, en gesto de invitación. Por entre sus dedos acicalados, la continuación de la vida se dibujaba radiante y segura.
* * *
Una vez por año, el kibutz concede vacaciones a Buma y a Tzipi, a las que se suma todo lo que han logrado acumular trabajando en días de descanso. Una camioneta de la fábrica regional los lleva al aeropuerto, de donde parten en dirección a su hijo en África. A su regreso, invitan a los amigos a una velada de diapositivas en el comedor, y les muestran leones adormecidos junto a la ruta, muchachas de pecho desnudo que lavan ropa en el río, garzas que saltan sobre el amplio lomo de un hipopótamos al galope y raras flores selváticas que devoran insectos. A veces se mezcla con ellas una foto de Amir, sonriente tras un gigantesco escritorio, al volante de un Mercedes blanco o de pie junto a la entrada del palacio presidencial, vestido de uniforme y engalanado con condecoraciones al mérito. Los amigos, especialmente los de la edad de Amir, que trabajan en el campo, en la fábrica de plásticos o en la hostería, las contemplan con ojos pasmados y se preguntan cómo pudo haberle pasado todo eso justamente a él. Cuando le preguntan a Buma, éste guiña el ojo y responde: "La sangre no es agua". Pero de noche, a solas con Tzipi, ambos se preguntan lo mismo en voz baja. Y también les extraña el hecho de que el único recuerdo de Israel que su hijo conserva sea una pequeña placa de metal que le cuelga del cuello, con la siguiente inscripción en hebreo: "Industria Militar - Fábrica 3. Bomba inerte, sólo para entrenamiento".
Traducción: Florinda F. Goldberg
Amnón Jackont nació en Israel en 1948, estudió derecho e historia y viajó extensamente antes de radicarse en Tel Aviv. Ha escrito cuatro novelas, la más reciente de las cuales es Malkódet Dvash, "Trampa de miel" (Ed. Kéter, 1994). También ha publicado varios cuentos breves, artículos y reseñas de libros.
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