Amir Gutfreund
Mi abuelo solía decir: "Hay que morir de algo", y se negaba a dar dinero para las campañas contra el cáncer, contra los accidentes de tráfico o contra lo que fuera. Para que no le llamaran tacaño, despotricaba contra los grandes grandes espectáculos de caridad pública. Su actuación era tan buena, que ninguno de nosotros, sus parientes cercanos, nos dábamos cuentas de la simple verdad: que, en realidad, era un tacaño.
En su casa, la tacañería era ley universal. Almacenaba celosamente botellas retornables vacías y, cuando alguna se rompía, la pegaba con habilidad. Metía sus camisas muy cucamente en las cestas de la colada de los demás, agregando manchas aparatosas cuando era necesario. Se las arreglaba para coordinar milagrosamente sus constipados con los nuestros, tomaba nuestros jarabes y escondía el suyo. Era el primero que se curaba. Anunciaba: "Ya estamos buenos" y acaparaba los antibióticos que quedaban. En su baño guardaba una botella de jabón líquido; a medida que el nivel del jabón iba bajando, lo iba diluyendo en agua, hasta que acabó siendo agua que se tenía a sí misma por jabón.
Pero los resultados más prodigiosos de su astucia emanaban de sus poderes mágicos sobre las bolsitas de té. Cada bolsita, aunque fuera la décima vez que se sumergía en agua hirviendo, exudaba algo: una sombra de té al borde de la representación física de la idea de lo que es el té. Entonces, escudriñaba con suspicacia y mirada experta la bolsita que colgaba del extremo del cordón pendiente de la cucharita; estimaba la fuerza que aún contenía y, según criterios de los que sólo él poseía la clave, decidía su suerte. Cuando se le antojaba atormentar al abuelo Yosef, llamaba a ese ritual "selektsia", selección.
Nosotros sospechábamos que no tiraba las bolsitas de té ni siquiera cuando estaban finalmente agotadas, sino que las almacenaba en algún escondrijo, quizás para fabricarse con ellas un colchón nuevo. Las buscamos durante toda nuestra infancia, pero ni tras el más diligente hurgar -ni cuando descubrimos sus cartas a la bailarina Joyce, la deuda pendiente con el difunto Finkelstein o su fabuloso vellocino de condones-, logramos encontrar una sola.
A veces, nos alegraba recordar que ni siquiera era nuestro abuelo.
Lo llamábamos abuelo, abuelo Lólek, obedeciendo con ello a la "ley de compresión" de nuestra familia, una invención ingeniosa de nuestros padres que eran supervivientes del Holocausto de la primera generación. La ausencia de hermanos, tíos, padres y madres, eliminó la necesidad de ser más precisos. A los adultos de la generación de nuestros padres los llamábamos "tío" y "tía", y sus hijos eran nuestros primos. No es que todo quedara a la buena de Dios. Había reglas, claro. Tenía que haber un sentimiento de familia correspondido entre las generaciones respectivas para que se cerrara la sutura y cada cual pudiera hallar a su parentela. Si no había amistad o afinidad en la generación de nuestros padres, cómo podíamos tomar como primos a sus hijos. Un "tío" que se retrotrajera, que no se interesara por los asuntos de la familia, nos privaba de toda una caterva de primos interesados por nuestra suerte. Simplemente nos despojaba. La ley de la compresión no admitía compromisos.
Lo que más necesitábamos eran abuelos y abuelas, así que, en ese capítulo, rompíamos las barreras y agarrábamos lo que podíamos.
Nunca conocí al padre de mi padre, Zeev Wolf (había una fotografía pequeña de su tumba en el álbum de papá). Adoptamos, pues, como abuelos a sus primos, el abuelo Lólek y el abuelo Héinek. Para tener abuelo materno recurrimos a un ardid parecido: a su padre, el abuelo Sholem, que era el último de los que habían vivido el Holocausto y estaba preso de una enfermedad terminal provocada por las torturas de la Gestapo, le agregamos un pariente lejano suyo para que ejerciera de abuelo oficial: el abuelo Menashe. Por el camino, fuimos adquiriendo también al abuelo Ernest, a la abuela Eva, al abuelo Will.
Por debajo de toda esta parentela de camuflaje, mi verdadera familia era patéticamente reducida.
El abuelo Sholem, 1912-1980.
Una tía.
Su hijo, el único primo de verdad.
Bueno, y otro tío, en realidad hermanastro de mi madre.
"No hay que ir a un psicólogo para entenderlo", me decía Efi cuando le contaba el urgente deseo que me entraba de acostarme con Anat cada vez que volvíamos, exhaustos, de una boda en su familia. Apenas se quitaba los zapatos en el coche, yo echaba mano a los botones de su vestido, aunque en el asiento de atrás gimoteba Yariv, el príncipe de cinco años.
El abuelo Lólek, el artista del té, no fue nuestro primer abuelo. Lo adquirimos bastante tarde, pero fue un mojón en nuestras vidas y derramó luz en nuestra rutina cotidiana. Normalmente irrumpía en nuestro mundo en su Vauxhall de 1970, un artilugio moribundo y protestón al que sólo él podía insuflar vida. Siempre encorbatado, siempre fumando, vestido con multicolor majestad, surgía del coche como si fuera el emperador Francisco José apareciendo en el balcón para saludar con un ademán de mano a las masas. En cuestión de pocos minutos, estaba ya sentado a la mesa tomando té, comiendo un trozo de pastel y fumando un cigarrillo.
El abuelo Lólek no era un superviviente del Holocausto, cosa excepcional en nuestro mundo. La Segunda Guerra Mundial lo encontró sirviendo en la caballería polaca, esos pobres lunáticos que arremetían contra los tanques alemanes agitando en el aire las espadas y gritando "Hurra". Cuando su compañía se desintegró, el abuelo Lólek huyó a Rusia, donde se incorporó al ejército voluntario del general polaco Anders. Con ellos anduvo por Persia y Palestina hasta Inglaterra con el objetivo de reasumir la lucha. Los solados del ejército de Anders, entre ellos el abuelo Lólek, fueron lanzados a las peores batallas y sufrieron las pérdidas más terribles. Estos soldados de tres al cuarto, que eran enviados al frente en cualquier lugar donde no importa qué general murmurara en la sala de mandos, "Probémoslos, por qué no?" sufrieron pérdidas tremendas, fueron cribados y destilados hasta que no quedaron más que los del tipo del abuelo Lólek, chapados en suerte pura, sin el menor miedo de su añeja vecina, la Muerte. La veían frente a ellos día tras día entregada a su tarea, y estaban acostumbrados a saludarla con una mueca, a tocarse el ala del sombrero como gesto de buena y cortés vecindad. No se metían en sus asuntos, y ella no se metía en los suyos.
La Segunda Guerra Mundial concluyó. A los soldados de Anders, sobrevivientes de sobrevivientes, se les premió con la nacionalidad británica. Pero el abuelo Lólek, que estaba enamorado de una bailarina de Kentucky que se llamaba Joyce, volvió a Polonia a ver si alguien de su familia había quedado con vida. Joyce se le perdió por el camino, renunciando así a la oportunidad de convertirse en la abuela Joyce (la desnuda verdad es que cambió al abuelo Lólek por un pianista vienés). El único superviviente de este último que no había perecido en las cámaras de gas era su hermano menor Héinek con el que llegó a la Tierra de Israel. Aquí, inició una nueva guerra contra los infortunados que se quejaban de su suerte hablando entre susurros de Auschwitz y Buchenwald.
El abuelo Lólek reprochaba a los supervivientes:
"Que pasasteis una selección terrible? que apartaban a uno de cada tres? Diez horas desnudos en la nieve en la Appelplatz? Tontunas! Ojalá en Monte Cassino lo nuestro contra los alemanes hubiera sido sólo uno de cada tres! Dos noches y dos días y el que descansaba un instante era hombre muerto! Adelante, a moverse, sin detenerse! Qué sabréis vosotros de lo que es pasarlas mal...".
Su hebreo tenía mil y una faltas; cada frase era un pulpo de errores.
Alzaba el vaso y brindaba: "La vida es buena, judíos!".
Era un poco antisemita.
Bebía muchísimo y fumaba. Siempre erguido como una baqueta, a pesar de sus dolores de espalda.
Poseía algo de tierra junto a Guedera, de la que ciertos funcionarios-bien-situados le habían dado a entender que pronto se reclasificaría como zona de construcción de viviendas. Durante 30 años fue periódicamente a comprobar el estado de su tesoro, que era todavía tierra agrícola y estaba cubierto de lechugas o fresas como dientes de leche destinados a caer pronto para hacer lugar a lo esencial. Los funcionarios fueron sucediéndose a lo largo de los 30 años, pero el abuelo Lólek nunca perdió la fe. Tenía total confianza en la persistencia de la corrupción y se negó a vender la tierra a un agricultor latoso del pueblo de Kidrón. El agricultor perseveraba en sus ofertas, y el abuelo Lólek perseveraba en rechazarlas.
"En mi parcela no crecerán verduras!", declaraba apasionadamente consagrado a su ideología. Su tierra no se desperdiciaría en algo tan ridículo como la crianza del nabo. Tenía que ser un lote de propiedad inmobiliaria pura.
El abuelo Lólek iba a Guedera y volvía -no a casa, sino derecho al Buen Mecánico Grin, porque su Vauxhall no podía hacer tantos kilómetros sin expirar. Mientras esperaba a que se operara la resurrección, se sentaba con los trabajadores árabes a paladear una taza de café amargo que pagaba con historias sobre la guerra. Los trabajadores le apreciaban - ahí es nada: un judío capaz de contar historias de victorias que no eran sobre los árabes. Uno podía sentarse con él y escuchar sin remordimientos relatos de batallas y tácticas. Por un encerado gratuito, hasta podías recibir una buena palabra sobre Saladino.
Aquel Vauxhall de 1970 era un raro vivero de piezas de recambio obsoletas que se había desviado hacía mucho del curso regular del proceso licencia-seguro-test. Lo parcheaban con la primera pieza de recambio barata que caía, aunque alguna fortachona recién instalada a menudo amenazara a sus vecinas más débiles. "Se eligen las baratas y las fuertes sobreviven", fue el principio dominante por el que se rigió la vida del Vauxhall hasta que todos los garajes respetables se negaron a tocarlo. Sólo el Buen Mecánico Grin, hombre sin tacha, consintió en ponerle mano sin garantías, informes, ni nada. El abuelo Lólek y el Buen Mecánico Grin se entendían a la perfección. Con la bendición del primero, el segundo no se paraba en ramas hasta hallar soluciones: instaló en el Vauxhall un radiador de un Volvo viejo y una bomba de un añejo Saab, engastó tornillos que nunca tuvieron parangón en la producción de ninguna fábrica del mundo, así como ventanillas de Fiats, Renaults y Dafs. En sus profundidades, semiencubierto por una maraña de tubos, se escondía el diamante más preciado y venerable de la corona: el carburador de un antiguo Chevrolet, último en su género.
El Buen Mecánico Grin no hacía tales favores más que al abuelo Lólek. En una ocasión, cuando acudí a él con mi Subaru, se sorprendió un poco y me recordó que su garaje era para Volkswagen, cómo iba a arreglar mi Subaru? También me preguntó por qué no me cambiaba a Volkswagen. Le dije que me oponía a los coches alemanes por principio.
"Por el precio?".
"Por el Holocausto".
El Buen Mecánico Grin lo entendió y no dijo nada. Hay gente que se niega a comprar coches japoneses por su carrocería frágil. Es cuestión de principios. El Holocausto es también una cuestión de principio, pero había que ir a un garaje para Subaru. El abuelo Lólek y su Vauxhall eran un caso especial.
El abuelo Lólek quería a su Vauxhall y siempre pagaba al Buen Mecánico Grin sin discutir. En todos los demás asuntos, cerraba el puño y se negaba a llevar a cabo esa acción que recibe el nombre de pago. Perfeccionó asiduamente la acumulación de deudas hasta convertirla en arte. Las deudas eran la fuente de su eterna juventud, de su fuerza y frescura de espíritu. Nos hubiera costado imaginar algo más espléndido que la puesta en escena del abuelo Lólek para discutir una deuda. Se dirigía orgullosamente a sus acreedores, condescendiendo a dejarles presentar sus demandas, quizás incluso a escucharlos un poco. Cuanto más eminente y empecinado era el acreedor, cuanto más clara su capacidad de ganar la demanda, más majestuoso se ponía el abuelo Lólek.
A veces se las ingeniaba para que asistiéramos a aquellas sesiones; para que estuviéramos simplemente allí, sentados. La dulce presencia de los niños puede suavizar muchas aristas. Nos sentábamos en silencio, conscientes en alguna medida de nuestro papel. Veíamos al abuelo Lólek sacar ante el acreedor gruesas carpetas repletas de papeles y de documentos oficiales sellados. Abre una carpeta, hojea el contenido, la examina. De pronto, se le iluminan los ojos. Mira al acreedor: "lo encontré!" Muestra los papeles pertinentes, los lee con calma, radiante, como si la mitad de la dificultad estuviera ya resuelta. Con dedos ágiles, ligeramente manchados de pecas marrones surgidas con la edad, libera dos o tres hojas del abultado montón. Las extiende sobre la mesa, las golpea con la palma abierta: "Aquí está!" Ahora, le ha llegado el turno a su oponente de moderar un tanto sus reclamaciones.
Se inician las negociaciones. El intercambio empieza a hacerse peliagudo. Cuando los ánimos comienzan a calentarse, el abuelo Lólek vuelve a hurgar en sus papeles, lo que normalmente genera una expectación más tranquila. El abuelo Lólek se afana con los documentos. Si siente que la irritación no se ha disipado, si hay todavía tensión en el aire, en su perplejidad, ofrece un puro.
No todos los acreedores son ingenuos. Los hay incluso violentos. Pero el héroe del ejército de Anders clava una fría mirada azul en su adversario y lo empuja a un río de pactos, frases, opciones, compromisos, acuerdos, limitaciones y garantías. El abuelo Lólek manotea con maña. Se fijan fechas, se bosquejan borradores, quizás se señala hasta una agenda para los pagos. En la vehemencia del acuerdo se materializa a veces, naturalmente, un nuevo préstamo.
Algunos de los acreedores llevan al abuelo Lólek a juicio. En la corte, el curso de la justicia se enmaraña misteriosamente. El caso del abuelo Lólek se demora. Retrasos y percances se suceden, modificaciones y aplazamientos se acumulan. El tribunal cambia de opinión una y otra vez, fija fecha para una audiencia y la cancela, decide una sesión y la suprime. Imposible saber qué le pasa al tribunal. Es como si una duda escondida en el corazón de sus oficinas estuviera generando cargos de conciencia que se traducen en supresión de audiencias.
No habrá encontrado el abuelo Lólek en las oficinas del tribunal algún funcionario añejo que aprecie su carrera militar en el ejército de Anders, no porque fuera también soldado, sino por admiración a otro de los hombres de Anders, el fallecido Primer Ministro Menajem Beguin? De hecho, Beguin, al igual que otros soldados judíos, desertó antes de las batallas cuando el famoso ejército atravesaba la Tierra de Israel en su camino de Rusia a Inglaterra, para incorporarse a la lucha sionista aquí, pero el tiempo que pasó en sus filas ejerció en él una profunda influencia. Ahora, a cambio del recuerdo compartido con Menajem Beguin, el funcionario hace lo que puede con las fechas del tribunal. Pospone, atrasa, enrevesa y siembra la confusión. El abuelo Lólek, desdichadamente, no conoció a Menajem Beguin en aquella época, pero para él un soldado era un soldado, así que hablaba y hablaba de él y, a veces, se descuidaba y enviaba a Menajem Beguin a Europa con el ejército de Anders, en lugar de dejarlo aquí a la cabeza del Irgún. Lo llevó a las batallas de Monte Cassino, Loretto, Ancona y al cruce de los ríos italianos. Su oyente no ponía objeciones. Al contrario, se entusiasmaba. "Y todo eso en plenos días de lucha aquí, en el país!"
Además de su inclinación a meterse en deudas, el abuelo Lólek perfeccionó el arte de la oportunidad. Siempre que el tiempo frenaba en algo su furioso ritmo normal y permitía a las contingencias hacer su aparición, el abuelo Lólek saltaba de lleno en ellas, batiéndolas con matamoscas. Sus periódicos estaban siempre abiertos por las páginas de los anuncios y de los avisos necrológicos. En un abrir y cerrar de ojos, conectaba una noticia con otra, se ponía la corbata más adecuada y salía con su Vauxhall a cazar la oportunidad. Como simple soldado de infantería que era, no desdeñaba ni la más mínima ganancia. En cada sucursal de banco tenía una cuenta pequeña, en ocasiones ínfima; transfería céntimos de uno a otro gimiendo por el cobro de los emolumentos del banco y esperaba a que se produjera algún acontecimiento espectacular, cósmico, que espoleara a los céntimos en su marcha y los convirtiera en miles de millones en moneda contante y sonante. Las rebajas dominaban su vida. Podía comprar sin temor 60 paquetes de espagueti en oferta, y esperar pacientemente a que se produjera una rebaja en la salsa de tomate.
Fumaba sin remordimientos, con el placer del que sabe que no morirá de cáncer. En ese capítulo siempre fue pródigo: compraba los mejores cigarrillos importados, incluso en los tiempos difíciles. Los fumaba con cariño, sin temor. Sólo fumaba de lo suyo y no acepataba un cigarrillo de nadie. Incluso los repartía generosamente - uno o dos a la vez. En una ocasión, regaló un paquete entero a un mendigo en la calle ante mis propios ojos.
El manejo de sus deudas, su tacañería y ahorros combinados con su pasión por los negocios, le producían considerables bienes. A veces, le recordábamos la posibilidad de que algún día alguien heredara aquella bonita suma. El abuelo Lólek huía de posibles sucesores como del fuego. Boicoteó cualquier intento de tener descendientes, que no eran a sus ojos sino herederos temporalmente disfrazados. No pensaba que "después de su muerte" habría llegado el momento adecuado para que alguien disfrutara de su dinero. Se ponía nervioso cada vez que surgía el tema y amenazaba con el puño a sus hijos inexistentes, advirtiéndoles que no se acercaran a su fortuna. Cada noche se iba a la cama vivo, y por la mañana, heredaba sus propias posesiones.
El sistema parecía infalible.
Traducción: Raquel Sperber
Amir Gutfreund nació en Haifa en 1963. Tiene una maestría en matemática aplicada del Tejnión de Haifa y es oficial de la fuerza aérea israelí. "Nuestro Holocausto" es su primer libro.