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Jerusalen sin miramientos

29 sep 2002
 Revista de Artes y Letras de Israel- 111/2001
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Jerusalén sin miramientos
El Museo del Hilván trata de instilar un espíritu de comprensión y coexistencia en una disputa cargada de rencor

Daniel Gavrón

 
 
Poster desiñado por Piotr Mlodozeniec, Polonia

 

 

 

Personal militar y policías israelíes y jordanos en la Puerta de Mandelbaum. Hasta 1967, fue el único paso entre las dos partes de la Jerusalén dividida..

 

 

 

La "Casa Turgemán". Fue puesto fronterizo israelí hasta 1967. Ahora alberga el Museo del Hilván.
 

Nadie sale de aquí indiferente, dice Rafi Etgar, el conservador del Museo del Hilván pro Diálogo, Comprensión y Coexistencia. Con ello no hace sino enunciar lo que resulta patente para quien visita el museo, sobre todo si lo hace con un grupo. El Museo del Hilván presenta a Jerusalén en toda su cruda complejidad. Es provocativo, doloroso, duro y sin miramientos. Aboga con elocuencia por el diálogo, la comprensión y la coexistencia, y al mismo tiempo subraya intencionalmente los problemas que deben ser superados para poder hacer realidad esas elevadas aspiraciones.

El Museo está instalado en la Casa Turgemán, construida en 1932 en un solar perteneciente a un propietario local, de nombre Hassán Bey Turgemán. Después de la Guerra de la Independencia de 1948 y de la resultante división de Jerusalén, el edificio quedó junto a la frontera por el lado israelí y se estableció en él una posición militar, contigua al paso Mandelbaum, el único lugar oficial de paso entre Israel y Jordania en aquel tiempo. Al otro lado de la calle, o sea de la frontera, estaba la casa Steiner, ocupada por los soldados de la Legión Árabe de Jordania. Cerca de allí estaba la sede de la Comisión Mixta de Armisticio Israel-Jordania. Cuando la ciudad se reunificó en 1967, a raíz de la Guerra de los Seis Días, la posición militar israelí perdió su razón de ser y quedó abandonada. En 1980, la municipalidad de Jerusalén y la Fundación Jerusalén restauraron el edificio y crearon allí un museo de la reunificación de la capital de Israel.

Después de los Acuerdos de Oslo de 1993 y el inicio de las negociaciones entre israelíes y palestinos, los patrocinadores del museo sintieron que tanto su estilo como su mensaje exigían un cambio de enfoque radical. Rafi Etgar propuso crear una exhibición multimedia que comunicara un mensaje de tolerancia y diversidad, especialmente concebido para emplear la dinámica de grupos.

Con el apoyo de varios donantes, en particular del magnate alemán de la prensa Georg von Hotzbrinck y su familia, el proyectó avanzó y en 1999 abrió sus puertas el Museo del Hilván en su forma actual.

El nuevo concepto queda claro desde el momento en que uno franquea el umbral. Bienvenido al Museo del Hilván -dice la grabación que guía a los visitantes individuales a lo largo de la exhibición-, el hilván que junta a judíos con árabes, a laicos con religiosos, a las distintas comunidades que forman la sociedad multicultural de Israel en general y de Jerusalén en particular. Señalaremos los conflictos y haremos preguntas. Las respuestas están dentro de todos y cada uno de nosotros. Estamos dispuestos a enfrentarnos con ellas?.

La primera presentación muestra a un hombre y una mujer vestidos de distintas maneras: de judío laico, de árabe, de judío ultraortodoxo, de sacerdote cristiano, de imán musulmán, de rabino, de judío oriental tradicional, de joven moderno. Los vestidos se suceden con rapidez, a veces incluso entremezclados. El mensaje es claro: sea cual fuere su apariencia externa, los seres humanos son esencialmente iguales.

Cerca de allí se exhibe de manera destacada un párrafo de la Declaración de Independencia de Israel:

El Estado de Israel se fundará en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de la visión de los profetas de Israel. Otorgará derechos absolutamente iguales a todos sus ciudadanos, sin diferencias por razón de religión, raza o sexo.

Una vez sentado este principio, la pregunta que se plantea es: cincuenta años después, nosotros, los israelíes, seguimos fieles a él? Tenemos siquiera consciencia de él, cada uno de nosotros? Promovemos activamente su aplicación?

En un salto brusco de 1948 al año 2000 a.e.c., se presenta la disputa entre Abraham y Lot en 26 lenguas: No haya altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos (Génesis 13, 8). Y Abraham propone: Yo te ruego que te apartes de mí. Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda.

El punto esencial es que Abraham habla con Lot. Nada hay nuevo bajo el sol; al parecer, las disputas territoriales nos persiguen hace milenios, pero los problemas deben resolverse mediante el diálogo, el debate y la transigencia, aun si la solución final es la separación.

De vuelta a nuestros días, una presentación en triple pantalla muestra la diversidad de la Jerusalén moderna: aparecen imágenes de una sinagoga, una mezquita y una iglesia, rollos de la Torá, cirios, campanas, oraciones en tres estilos distintos a un mismo y único Dios. El voto de la ONU sobre la partición de Palestina en 1947, al que siguen en rápida sucesión bailes callejeros, conflictos y explosiones. Lo antiguo y lo moderno, lo sacro y lo secular, motivos judíos, musulmanes y cristianos, se proyectan juntos en las distintas pantallas; el mercado árabe y el mercado judío, casas de piedra, cementerios de todas las confesiones. La bendición del pan se yuxtapone a una moderna discoteca. La unificación de la ciudad, manifestaciones de distintos grupos, prisioneros árabes con las manos sobre la cabeza, una visión fugaz del presidente egipcio Sadat en Israel, una pluma de ganso cortada para escribir un rollo de la Torá. Edificios demolidos y reconstruidos.

 
 
Vida en tierra de nadie, Jerusalén, 1961

 

Vida en tierra de nadie, Jerusalén, 1961
 

La siguiente presentación está dedicada a Jerusalén entre 1948 y 1967. Rótulos: Frontera al frente, Peligro - Minas. Una fotografía, casi de tamaño natural, muestra a policías israelíes y legionarios jordanos, a pocos metros unos de otros. Lo que los separa no es sólo la alambrada de espino, sino el que cada grupo esté encerrado en su mundo propio, ignorando la existencia del otro. Se invita al visitante a mirar por genuinas aspilleras de los muros de concreto una película filmada en los años 50, con lo que aquél tiene la impresión de estar espiando la mitad jordana de la ciudad. La sensación de claustrofobia es evidente y el mensaje de separación forzada está muy claro.

A esto sigue una muestra brutal, que es difícil de presenciar con ecuanimidad: tres pantallas que forman ángulo recto muestran cómo ve el museo la realidad de hoy. Esta vez las escenas son de violencia y confrontación casi ininterrumpidas: manifestaciones, pedradas, cócteles Molotov, la policía montada cargando con porras, vapuleos, arrestos, explosiones, ambulancias, muertos y heridos. Las imágenes, intencionalmente acompañadas por un sonido ensordecedor, son sombrías e inquietantes. Un rótulo proclama en hebreo, árabe e inglés: No fui yo!. La pregunta implícita es De verdad? Está seguro de que no fue usted?

Más adelante se relaja la presión con la proyección de cortometrajes sobre otras cuatro ciudades: Belfast, donde la mayoría desafíó a los extremistas votando por la paz; Sarajevo, donde un sangriento conflicto étnico está aún por resolver; Johanesburgo, donde la magnanimidad de Nelson Mandela encauzó el odio hacia la Comisión de Verdad y Reconciliación; y Berlín, donde el muro cayó sin un solo disparo. De nuevo planea, implícita, la pregunta: hay en el ejemplo de estas ciudades una esperanza de conciliación? Tal vez. O quizás el recordar que también hay conflictos en otras partes sirva de consuelo a algunos.

Luego, por primera vez no hay preguntas: una pared blanca y negra exhibe un mensaje claro a favor de la tolerancia racial y étnica. No hay blanco sin negro, dice el mensaje. Blanco y negro no son contrarios, se complementan. Cada ser humano es un arcoiris de matices. Cada uno, sea cual fuere su color, tiene derecho a vivir en libertad.

Un espacio, dedicado a exhibiciones temporales, está ocupado por una muestra de fotografías intitulada Un toque de gracia, de Didier Ben-Loulou. Van acompañadas de poesías de Yehudá Amijái. Ben-Loulou, oriundo de París, se estableció en Israel en 1993. Sus fotografías se han expuesto en todo el mundo y le han valido varios premios. Amijái, que falleció poco antes de inaugurarse la exhibición, era el poeta más querido y más traducido de Israel (ver págs. xx).

Un ascensor lleva al visitante a las cabezas hablantes. En camino están los libros de visitantes, donde éstos pueden anotar sus impresiones. Hay un dispositivo electrónico que permite escribir graffiti en la pared. Las reacciones de los visitantes se guardan en un banco de datos del museo. Una enorme representación de un ser humano en una pantalla se va transformando constantemente: hombre, mujer, judío, árabe, visitante. Las imágenes repiten un mismo mensaje en hebreo, árabe, inglés y otras lenguas: Hablemos.

Las cabezas hablantes representan residentes de Jerusalén, visitantes, dirigentes, el hombre de la calle; israelíes y palestinos, judíos, musulmanes y cristianos. Aparecen en pequeñas pantallas y enuncian mensajes breves. Un judío ultraortodoxo con ropaje jasídico declara que todos estamos hechos a imagen de Dios y por supuesto podemos vivir todos juntos. Un árabe tocado con kafía afirma que Jerusalén pertenece a las tres religiones y todos los creyentes tiene derecho a orar en ella. En el otro extremo, un colono judío insiste en que los judíos deben controlar el Monte del Templo -cualquier otra solución es inconcebible-, mientras que un anciano árabe proclama que Jerusalén siempre ha sido árabe y seguirá siéndolo por un millón de años. El ex alcalde Teddy Kollek explica que la paz y la tranquilidad sólo pueden alcanzarse por la vía de la transigencia. El catedrático árabe Sari Nusseibeh hace una distinción entre la estructura política y el complejo mosaico de personas, emociones, sensaciones y recuerdos. Un jerosolimitano judío, cuya familia -dice- vive en la ciudad desde el siglo 17, afirma que judíos y árabes siempre pudieron vivir juntos. Yasser Arafat pide que Jerusalén sea la capital de dos Estados, como el Vaticano.

En otro rincón se presentan estereotipos y prejuicios: Los árabes sólo entienden la fuerza, los ultraortodoxos no pagan impuestos y no hacen el servicio militar, el mundo entero está contra nosotros, que el visitante debe aceptar o rechazar, antes de pasar a un sala en la cual los grupos se sientan para discutir sus impresiones alrededor de una larga mesa.

Cómo reaccionan los visitantes? Hacemos preguntas -explica el conservador del museo, Rafi Etgar- pero no damos respuestas. El ex presidente Ezer Weizman, después de una visita, nos dijo que museos no hacían la paz. Tiene razón, por supuesto. No podemos resolver los problemas del mundo, pero quizás podamos ayudar un poco a comprenderlos.

Lo más impresionante en la visita de una unidad de paracaidistas fue el mero hecho de que se llevara a cabo, de que se confrontara a los soldados con lo que podrían considerarse como las ideas subversivas presentadas por el museo. Frente a la Declaración de Independencia se pararon brevemente a discutir: unos defendieron con vigor el párrafo expuesto; otros dijeron que no era posible que Israel fuera a la vez un Estado judío y un Estado democrático y reclamaraon mayores derechos para los ciudadanos judíos; un soldado incluso sugirió que los no judíos deberían pensar en irse a otra parte.

El consenso general fue que la presentación de la realidad actual es muy unilateral. Cierto, dijeron, no son falsedades, pero no es toda la verdad. La presentación debería incluir más rasgos positivos de la sociedad israelí.

La guía del museo eligió orientar la discusión final hacia un tema relativamente marginal: las palabras de una joven faldicorta y escotada que en uno de los vídeos exigía poder pasearse por el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim vestida como se le antojara. Se desató un debate acalorado en el que algunos soldados defendieron la actitud de la muchacha, pero la mayoría opinaron que el respeto a los sentimientos de la vecindad prevalecía sobre la libertad absoluta que exigía esa joven.

La reacción de un grupo de adolescentes norteamericanos no fue muy distinta de la de los soldados. Ellos también manifestaron opiniones divergentes sobre la Declaración de Independencia. La guía atrajo su atención hacia la disputa entre Abraham y Lot después de que hubieron visto la presentación multipantallas sobre la historia moderna de Jerusalén. La realidad actual hizo enmudecer a los jóvenes, pero ellos también opinaron que la presentación era tendenciosa. Sin embargo -preguntó la guía- convenía mostrar a jóvenes como ellos, de visita en Israel, esta clase de material? Una mayoría absoluta contestó afirmativamente.

La reacción más enérgica a lo presentado en el museo fue la de un grupo de israelíes de un hogar de ancianos. Le hicieron pasar un mal rato a la guía, inteligente y jovial, desde el primer momento, atacando el párrafo de la Declaración de Independencia, repudiando lo que veían como una distorsión de la moderna historia de Jerusalén y censurando airadamente el vídeo sobre la situación actual. Algunos se fueron en son de protesta y la guía casi quedó abrumada por el torrente de críticas indignadas. Tienen ustedes que entender lo que les decimos -gritó una mujer determinada- Qué pasa si jóvenes que no saben lo que ocurrió ven una cosa así?.

Otra preguntó dónde estaban los judíos. Sólo vemos árabes y cristianos insistió. Un tercero preguntó por qué se usaban en la presentación los términos de conquista y ocupación. Jerusalén es nuestra -dijo-, lo que hicimos fue liberarla. Una de las reacciones más notables ocurrió al presenciar los vídeos de las otras cuatro ciudades de enfrentamiento. Viendo el vídeo sobre blancos y negros en Johanesburgo, una señora de edad, que antes había estado repitiendo: Es nuestro, éste es nuestro país, comentó, pensativa: Nosotros también vinimos a un país que no era nuestro.

En la sala de reunión, la guía desvió hábilmente el enardecido debate. Puesto que el conflicto judeo-árabe nos resulta tan penoso, consideremos otro problema social, sugirió, y presentó un artículo de un periódico que se planteaba la cuestión de si un pelotón de boy-scouts debería formar una sección aparte para los etíopes. Su intento fue coronado por el éxito. La discusión que se planteó sobre los problemas de integración de los inmigrantes en Israel estuvo enfocada y fue razonable.

No siempre integramos bien a los inmigrantes -afirmó una señora de edad-. A veces somos presuntuosos y engreídos. Lo mismo pasó con otros grupos de inmigrantes, no les tomamos cariño.

 
 


Pósters sobra la coexistencia exhibidos en las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, 2000
 

Todos tenemos este problema -dijo la guía a guisa de conclusión-. Tenemos que tratar de pensar en estas cosas. No necesariamente hemos de estar de acuerdo con 'los otros', pero podemos respetarlos y aceptarlos.

El Museo del Hilván es pequeño. Como máximo pueden visitarlo veinte personas a la vez; los grupos de más de veinte deben dividirse. Para dar mayor difusión al mensaje de tolerancia y coexistencia del Museo, pese a sus limitaciones físicas, Etgar tuvo la idea de organizar un concurso internacional de obras gráficas sobre este tema, en el que invitó a participar a 200 artistas de todo el mundo. Un panel de jueces eligió las 26 mejores, que fueron ampliadas por procedimientos informáticos para crear una presentación al aire libre de 500 metros de largo. La exhibición itinerante inició su recorrido en Jerusalén, donde se presentó junto a la Puerta de Iafo, a lo largo de la antigua muralla de la Ciudad Vieja.

La exposición se trasladará ahora a Belfast, Sarajevo, Nicosia, Nueva York, Ciudad del Cabo, Berlín, Praga, París, Florencia y Londres. En cada ciudad tendrá lugar un concurso local y la obra ganadora se agregará a la colección inicial, que irá creciendo así, a medida que vaya recorriendo el mundo.

El deseo explícito de Rafi Etgar es educar a los jóvenes. Es consciente de que poco se puede hacer con aquéllos que ya tienen opiniones formadas sobre todos los temas. Los grupos descritos -tres entre docenas que visitan cada día el museo- demuestran que está en lo cierto. Y la imagen que el museo presenta es realmente tendenciosa? Etgar no intenta ser ecuánime sino más bien presentar el enfrentamiento israelí-palestino de una manera directa y brutal. Esta es Jerusalén sin miramientos. Si resulta provocativa, tal vez sea éste precisamente el propósito: hacer pensar a la gente.


Traducción: Shlomo Gitai

Daniel Gavrón nació en Gran Bretaña en 1935 y llegó a Israel en 1961. Vivió en un kibutz y posteriormente fue uno de los primeros residentes en la nueva ciudad de Arad, en el Néguev. Escritor y periodista, su último libro es "El kibutz: el despertar de la utopía", publicado en 2000.

 
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