Leí esta descripción de un recorrido por Israel en primavera y quise compartirlo con todos los egresados de MASHAV, que han conocido esta tierra en distintas estaciones. Lo envío a ustedes cuando aquí es verano, pero algunos lo recibirán por correo marítimo cuando aquí ya estará bien entrado el invierno.
Qué extraño era pasear por el norte de Israel durante las recientes vacaciones de la Pascua (a fines de marzo). La combinación de fuertes lluvias, frío, nubes oscuras y tiempos peligrosos mantuvo a la gente en sus casas durante esa temporada consagrada tradicionalmente a pasear. El vasto camping en el cual pernoctamos estaba vacío. Habríamos podido jugar al golf, donde usualmente se extiende un mar de tiendas de campaña y barbacoas. Pero el paisaje era espléndido, con cerros tan verdes que parecían traídos de Irlanda. Arroyos caudalosos habían borrado los senderos. Cascadas ruidosas se velaban de un halo de niebla. Los rayos del sol, atravesando oblicuamente las nubes apiñadas, alumbraban suavemente la alfombra de flores multicolores tendidas sobre las laderas. Qué profusión y variedad de flores -cientos de especies-brota cada primavera, en esa exigua porción de tierra, incluso en el desierto que ocupa más de medio Israel.
En el norte, podía contar a veces seis u ocho especies distintas de flores en un círculo de dos metros o menos. Anémonas y amapolas escarlatas, margaritas, manzanilla, zanahoria silvestre, matas de mostaza a la vera de los caminos, adelfas en la margen de los arroyos, altramuces en las laderas suaves. Las zonas botánicas que se entrecruzan en los cerros y valles de Israel tienen flores para cada nicho.
Debido a la coincidencia fortuita de lluvias tardías con una fecha temprana del Día de la Independencia, aún fue posible gozar, en ese día de asueto, de la belleza y variedad de una primavera florida en Israel, cuando menos en el norte y el centro del país. Cruce los montes de Gelboé, suba al cerro de Arbel, que domina el mar de Galilea, recorra el valle de Ela, al oeste de Jerusalén, o baje a Bet Guvrin y Lajish, junto a la costa para ver los tantos sitios que se engalanan con un derroche de flores. Tan sorprendente como la variedad de estas flores es la noción de que cinco a siete semanas más tarde, se habrán marchitado (algunas especies que este año brotaron antes ya han desaparecido). Los prados y las laderas de los cerros tomarán el color de la mies madura. En la Biblia encontramos una exquisita sensibilidad a este florecimiento fugaz de la primavera. "Toda carne es hierba -dice Isaías- y toda gloria como flor de campo. La hierba se seca y la flor se marchita porque el viento de Dios sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo. Sécase la hierba, marchítase la flor, más la palabra del Dios nuestro permanece para siempre" (Isaías 40, 6-8).
Las dos fiestas judías de primavera, Pascua y Shavuot, incluyen una aguda consciencia del delicado paso de la naturaleza de invierno a verano, que se entreteje con una visión relgiosa. El Cantar de los Cantares, que leemos durante la Pascua, está imbuido de amor sensual y de un sentimiento de la belleza primaveral, multitudinario y embriagador: "Yo soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles. Como el lirio entre los espinos, así es mi amiga entre las doncellas" (2, 1-2). Este libro bíblico muestra también el cambio de estación que acompaña a la Pascua, cuando caen las últimas lluvias y el estío se acerca: "Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro oído se ha oído la voz de la tórtola. La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor. Levántate, oh amgia mía, hermosa mía, y ven."
Este tiempo en el que la higuera echa sus higos y las vides dan su olor es un período en el que literalmente contamos los 49 días que separan a Pascua de Shavuot, durante las siete semanas del "Omer". Este período de siete semanas era crucial, como veremos, para el ciclo agrícola y natural en Israel. "Porque tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotarán en vegas y montes -dice el Deuteronomio- tierra de trigo y cebada, de vides, higuera y granados, tierra de olivos, de aceite y de miel (Deuteronomio 8, 7-8). Las plantas mencionadas (la miel se refiere a los dátiles) representan obviamente las muy conocidas siete especies de la tierra de Israel.
Al final de los 49 días de cuenta del Omer (en tiempos bíblicos se contaban gavillas de cebada), celebramos la fiesta de Shavuot, que conmemora la entrega de la Ley de Dios en el monte Sinaí. En tiempos del primer y segundo Templos de Jerusalén ésta era la fecha en que se traían las primicias (según lo dictado por Deuteronomio 26, 1-11). Conforme a la Mishná (Bikkurim, 1,3), sólo estas siete especies se usaban para las ofrendas de primicias. Por qué?
En su libro 'La naturaleza en nuestro legado bíblico' Nogah Reuveni escribe que durante estas siete semanas "se abren las flores del olivo, la vid y el granado y los dátiles e higos empiezan a formarse. En ese mismo período, los granos del trigo y la avena se llenan de almidón, y así se fija la suerte de las cosechas de esas siete especies."
El destino de esas cosechas se fija en el preciso momento del ciclo estacional de Israel que está marcado, escribe Reuveni "por múltiples cambios y contrastes climáticos". Los vientos secos y cálidos del sur alternan con los vientos fríos del oeste y el norte, que pueden traer lluvias tardías.
El Talmud (la principal fuente de la ley religiosa judía) señala, en el tratado Baba Batra 147a, que existía un equilibrio delicado entre los vientos secos del sur y los vientos fríos del norte y el tiempo en que soplaban. Por ejemplo, un viento frío oportuno podía beneficiar la maduración de los granos, pero perjudicaba a las flores del olivo y la vid que se estaban abriendo. El destino de las siete especies, escribe Reuveni, "depende del equilibrio delicado y cronológicamente exacto de fuerzas naturales contrapuestas durante el período crítico entre Pascua y Shavuot." Por ello, el traer esos productos como ofrenda subrayaba la dependencia del hombre respecto a la voluntad divina.
Al recorrer el norte, vacío de visitantes en la tensa atmósfera política de estos días, me sentí curiosamente tranquilizado por las plantas florecientes, las aguas rumorosas. Aun sabiendo que esas yemas que se abrían representaban lo transitorio y frágil de la vida en el mundo bíblico, sirvieron para recordarme el ajuste delicado de la creación en toda su complejidad, que seguirá desplegándose anualmente, pese a nuestra momentánea crisis política, al igual como lo hizo ante los ojos de los observadores bíblicos.