Presidente, Miembros de la Knéset,
Ésta es una hora determinante para Israel. Estamos en el umbral de una difícil decisión, una como rara vez hemos afrontado, cuyo significado para el futuro de nuestro país en esta región es coherente con la dificultad, el dolor y la disputa que despierta en nosotros. Ustedes saben que no lo digo con alegría a los representantes de la nación y a toda la nación que observa y escucha cada palabra que se pronuncia hoy aquí en la Knéset.
Éste es un pueblo que ha afrontado y aún afronta valerosamente la carga y el terror de la prolongada guerra, que continúa de generación en generación; en la que, como en una carrera de postas, los padres pasan el arma a sus hijos; en la que el límite entre la línea de frontera y la línea de la retaguardia civil se ha borrado hace ya mucho tiempo; en la cual escuelas y hoteles, restaurantes y mercados, cafés y autobuses se han convertido en objetivo del cruel terrorismo y del asesinato premeditado.
Hoy en día la nación quiere saber qué decisión adoptará esta Casa al término de este tormentoso debate. ¿Qué les diremos y qué mensaje les transmitiremos? Para mí, la decisión es insoportablemente difícil. Durante mis años como combatiente y comandante, de político, miembro de la Knéset, ministro en los gobiernos de Israel y Primer Ministro, jamás he tenido que hacer frente a una decisión tan difícil.
Sé las implicaciones y el impacto de una decisión de la Knéset sobre la vida de miles de israelíes que han vivido en la Franja de Gaza durante muchos años, que fueron enviados allí en nombre de los gobiernos de Israel, que construyeron sus hogares allí, plantaron árboles y cultivaron flores, dieron a luz hijos e hijas que no conocen ningún otro hogar. Estoy bien consciente del hecho que yo los envié y participé en esta empresa, y muchas de estas personas son amigos personales. Estoy bien consciente de su dolor, su ira y su desesperación.
No obstante, así como entiendo todo lo que están pasando en estos días y todo lo que afrontarán como resultado de la necesaria decisión que se adoptará hoy en la Knéset, creo también en la necesidad de tomar la medida de la desconexión en estas áreas, con todo el dolor que implica, y estoy decidido a completar esta misión. Estoy firmemente convencido y creo verdaderamente que esta desconexión fortalecerá la tenencia de Israel de un territorio que es esencial para nuestra existencia, y será bienvenida y apreciada por cercanos y lejanos, reducirá la enemistad, irrumpirá a través de boicots y asedios y nos hará avanzar en el camino de la paz con los palestinos y nuestros demás vecinos.
Se me ha acusado de engañar al pueblo y a los votantes, porque estoy adoptando medidas que se oponen totalmente a lo que he dicho en el pasado y a actos que he llevado a cabo. Es una acusación falsa. Tanto durante el período de las elecciones como en mi cargo como Primer Ministro he dicho repetida y públicamente que apoyo el establecimiento de un estado palestino al lado del Estado de Israel. Reiterada y abiertamente he dicho que estoy dispuesto a hacer compromisos dolorosos con el objetivo de poner fin a este continuo y maligno conflicto entre aquellos que luchan por esta tierra, y que haré el máximo de mi parte para traer la paz.
Y deseo, Sr. Presidente, decir que hace muchos años, en 1988, en un encuentro con el Primer Ministro Itzjak Shamir y con los ministros del Likud, dije que yo creo que si no queremos ser empujados de vuelta a las líneas de 1967, el territorio debe ser dividido.
Habiendo combatido en todas las guerras de Israel, y habiendo aprendido de mi experiencia personal que, sin una fuerza apropiada no tenemos posibilidad de sobrevivir en esta región que no demuestra compasión hacia los débiles, he aprendido también por experiencia propiaque la espada sola no podrá resolver esta amarga disputa en esta tierra.
Se me ha dicho que la desconexión será interpretada como una vergonzosa retirada bajo presión y aumentará la campaña de terror presentando a Israel como el débil, y que mostrará a nuestro pueblo como una nación que no está dispuesta a luchar e insistir en lo suyo. Rechazo ese argumento por completo. Tenemos la fuerza para defender este país y para golpear al enemigo que pretende destruirnos.
Y hay quienes me dicen que, a cambio de un genuino acuerdo de paz firmado, también estarían dispuestos a hacer estos dolorosos compromisos.
Sin embargo, lamentablemente, no tenemos un interlocutor en la otra parte con quien conducir un diálogo genuino para alcanzar un acuerdo de paz. Incluso primeros ministros de Israel que declararon su disposición a renunciar al máximo de territorio de nuestra patria recibieron por respuesta fuego y hostilidad. Recientemente el presidente de la Autoridad Palestina declaró que “un millón de shahids irrumpirán en Jerusalem”. En la elección entre una acción responsable y sabia en la historia, que podría llevar a un compromiso doloroso, y una “guerra santa” para destruir a Israel, Yasser Arafat eligió la segunda opción - el camino de sangre, fuego y shahids. Él busca convertir un conflicto nacional que puede terminarse por medio de un entendimiento mutuo en una guerra religiosa entre el Islam y los judíos, e incluso derramar la sangre de los judíos que viven lejos.
Israel tiene muchas esperanzas y afronta peligros extremos. El peligro más prominente es Irán, que está haciendo todos los esfuerzos por adquirir armas nucleares y misiles balísticos y ha establecido una enorme red de terror conjuntamente con Siria en el Líbano.
Y yo les pregunto: ¿Qué estamos haciendo nosotros y por qué estamos luchando contra estos terribles peligros? ¿No somos capaces de unirnos para responder a esta amenaza? Ésta es la verdadera pregunta.
El Plan de Desconexión no reemplaza las negociaciones y no pretende congelar permanentemente la situación que ha de crear. Es un paso esencial y necesario en una situación que actualmente no permite negociaciones genuinas por la paz. No obstante, todo queda abierto para un acuerdo futuro, que es de esperar sea alcanzado cuando este terror asesino llegue a su fin y nuestros vecinos se fijen que no nos pueden derrotar en esta tierra.
Sr. Presidente, con su permiso, quiero leer algunas líneas de un famoso ensayo que fuera publicado en medio de la Revuelta Árabe de 1936 ‘ y debemos tener en mente que entonces la comunidad judía en Israel alcanzaba menos de 400.000 almas’. Este ensayo de Moshé Beilinson fue publicado en “Davar”, como dije, durante la asesina Revuelta Árabe de 1936 (cito):
“¿Cuánto tiempo más? La gente pregunta. ¿Cuánto tiempo más? Hasta que la fuerza de Israel en su tierra condene y derrote por adelantado cualquier ataque enemigo; hasta que el más entusiasta e intrépido en cualquier campamento enemigo sepa que no hay forma de quebrantar la fuerza de Israel en su tierra, porque la necesidad de la vida está con él y la verdad de la vida está con él, y no hay otro camino salvo aceptarlo. Ésta es la esencia de esta campaña.”
Estoy convencido de que todo lo que hemos hecho desde entonces confirma estas enfáticas palabras. No tenemos ningún deseo de dominar permanentemente a millones de palestinos que duplican su número cada generación. Israel, que desea ser una democracia ejemplar, no podrá soportar esta realidad durante mucho tiempo. El Plan de Desconexión presenta la posibilidad de abrir una puerta a una realidad diferente.
Hoy quiero dirigirme a nuestros vecinos árabes. Ya en la Declaración de la Independencia, en medio de una cruel guerra, Israel, que había nacido con sangre, extendió su mano en una oferta de paz a aquellos que luchaban contra él y buscaban destruirle por la fuerza (cito):
“Exhortamos - aún en medio de la agresión sangrienta que es lanzada en contra nuestra desde hace meses - a los habitantes árabes del Estado de Israel a mantener la paz y participar en la construcción del Estado sobre la base de plenos derechos civiles y de una representación adecuada en todas sus instituciones provisionales y permanentes.”
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Esta tierra y esta región han conocido más guerras y han conocido todas las guerras entre las guerras, el terrorismo y las difíciles acciones llevadas a cabo por Israel con el único propósito de defender la vida de sus ciudadanos. En esta prolongada guerra muchos civiles, muchos inocentes, fueron asesinados. Y las lágrimas se unen con las lágrimas.
Quiero decirles que no pretendemos construir nuestra vida en esta patria sobre sus ruinas. Hace muchos años Zeev Jabotinsky escribió en un poema su visión de la sociedad y la paz entre los pueblos de esta tierra (cito):
“He aquí que estará saturado de abundancia y alegría, el hijo del árabe, el hijo de Nazaret y mi hijo.”
Fuimos atacados y nos mantuvimos firmes, con la espalda hacia el mar. Muchos cayeron en la batalla y muchos perdieron sus hogares, sus campos y sus huertos y se convirtieron en refugiados. Así es la guerra. No obstante, la guerra no es inevitable ni predestinada. Incluso hoy, nosotros lamentamos la pérdida de vidas inocentes entre ustedes. Nuestro camino no es el del asesinato intencional.
Hace cuarenta y ocho años, en vísperas de nuestro Día de Independencia en 1956, a raíz de la devolución de los cuerpos de diez terroristas que habían cometido crímenes, asesinatos, en Israel, y que eran entregados en ataúdes de madera a los egipcios en un cruce fronterizo en la Franja de Gaza, el poeta hebreo Natán Alterman escribió lo siguiente:
“Arabia, un enemigo desconocido, que despìerta cuando se alza en mi contra.
Mi vida es testigo con mi espalda sobre el muro y mi historia con el Creador.
Un enemigo que la fuerza de su ira frente a aquellos que se alzan hasta hoy para vencerlo será similar al empuje de la humanidad y fraternidad a la que convengan las naciones entre sí.”
Esto ocurrió durante la época de los asesinatos terroristas y nuestras incursiones de represalia.
Miembros de la Knéset,
Con su permiso, quiero finalizar con una cita del Primer Ministro Menajem Beguin, quien a fines de diciembre de 1977 dijo sobre este estrado (cito):
“¿De dónde viene este irresponsable lenguaje, además de otras cosas que fueron dichas? Una vez dije, durante una discusión con gente de Gush Emunim, que los quiero hoy y los seguiré queriendo mañana. Les dije: ustedes son pioneros maravillosos, constructores de la tierra, colonos en una tierra árida, bajo la lluvia, el invierno y todas las dificultades. No obstante, ustedes tienen una debilidad - han desarrollado entre ustedes un complejo mesiánico.
“Deben recordar que hubo días, antes que ustedes nacieran o cuando eran niños pequeños, en los que otras personas arriesgaron sus vidas día y noche, trabajaron y labraron, hicieron sacrificios y llevaron a cabo sus tareas sin una pizca de complejo mesiánico. Y yo los llamo hoy, mis buenos amigos de Gush Emunim, a llevar a cabo su tarea con no menos modestia que sus predecesores, en otros días y noches.
“¡No necesitamos a nadie que supervise la cashrut de nuestro compromiso con la Tierra de Israel! Hemos dedicado nuestras vidas a la Tierra de Israel y a luchar por su liberación, y seguiremos haciéndolo.”
Llamo al pueblo de Israel a unirse en esta hora decisiva. Debemos encontrar un común denominador para alguna forma de “unidad necesaria” que que nos permita superar estos determinantes días con entendimiento y por medio de nuestro destino común, y que nos permitan construir un muro contra el odio fraternal que margina a muchos. Debemos encontrar las raíces que nos unen y debemos llevar a cabo nuestras acciones con la inteligencia y responsabilidad que nos permitan conducir nuestras vidas aquí como nación madura y experimentada. Les llamo a apoyarme en este momento tan decisivo.
Gracias.