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Discurso del PM Olmert en la Knesset - 12 aniversario del asesinato de Yitzhak Rabin

24 oct 2007

 

Discurso del Primer Ministro Ehud Olmert en la sesión especial de la Knesset (parlamento), en conmemoración del 12º aniversario del asesinato de Yitzhak Rabin
 
Señora Oradora;
Honorables Invitados;
Miembros de la Familia Rabin,
 
La decisión de Rabin de  aceptar, en septiembre de 2003,  los Acuerdos de Oslo  cambió el curso de nuestras vidas y su propio destino. No  fue una decisión obvia. No reflejaba, hasta el momento,  el curso natural de su camino político. Fue una medida tortuosa, difícil y llena de dudas que lo forzó  a  una búsqueda espiritual,  que sólo pocos de sus predecesores alguna vez enfrentaron.
 
Por entonces, no apoyé sus decisiones. Voté -  en la Knesset,  en esta misma sala-  en contra. Pensaba diferente, aunque admiraba su coraje, su claridad mental y, sin ilusionarse, estaba  preparado para pagar su precio. Y, verdaderamente, fue un precio alto;  un precio sin precedentes. Su vida.
 
No me pregunté, ni una sola vez, especialmente durante aquellos dos pasados años, ¿Qué lo condujo hacia esa decisión? ¿Qué lo convenció a acompañar los Acuerdos de Oslo?     Imagino que era la convicción; una  convicción que él, como Primer Ministro, debía asegurar: el bienestar y el futuro del Estado de Israel,”la preciosa confianza” - como la llamaba-  que los ciudadanos de Israel depositaron en él. Y que, en el largo  recorrido, el mejor modo de alcanzar esos objetivos era caminar por  la senda de la paz, cubierta por obstáculos, peligros e incertidumbre  tal como verdaderamente fue y,  tal vez,  como siempre sea.
 
Yitzhak Rabin nunca sobresalió por lanzar vacías consignas de paz, del tipo que estamos acostumbrados a escuchar de los que se autoproclaman ser sus  mensajeros  y exclusivos representantes. Soportó un largo y tortuoso proceso, lleno de conflictos internos y dudas, antes de comprometerse en  las acciones diplomáticas cuya finalidad fue cambiar nuestra realidad política y de seguridad.
 
Ni una vez le escuché  palabras de reservas a los  que,  siempre,  sabían todas las respuestas y veían todas las posibilidades, aunque no supieran cómo calcular los peligros, las dificultades y el precio del proceso de paz. Incluso,  luego de decidir  no lo hizo tan ciegamente. Tomó medidas y  dio cautelosos pasos, al tiempo que veía – con claridad -  los obstáculos en el camino, la debilidad de los compañeros y la envidia de sus rivales. Pero nunca  dudó  en avanzar. Jamás  se acobardó. Nunca perdió las esperanzas. Logró una profunda comprensión que se mantuvo,  en contraste con mucho de lo que hizo en su vida; aquella en la que existe un momento en que se altera el curso e impide el paso de  oportunidades, grandes oportunidades-porque, en el camino definitivo hacia la paz,  así debe ser.
 
Pero, por supuesto, no a cualquier precio. “Cualquier precio” nunca fue su modo -aún cuando pudiera ver la oportunidad delante, estaba listo para asumir el riesgo.
 
La filosofía de seguridad del “Sr. Seguridad”, Yitzhak Rabin, permanece válida hoy. Es  simple: a fin de llegar a una solución del conflicto, entre nosotros y nuestros vecinos, como derecho para Israel;  Israel debe negociar con sus socios desde una posición de poder. A fin de mover a los enemigos,  desde el campo de batalla a la mesa de negociaciones, necesitamos tener  gran fuerza disuasiva. La paz, si se alcanza, será, al menos en la primera etapa, una paz armada y,  para ello, la fortaleza de las Fuerzas de Defensa de Israel debe mantenerse. Si tuviéramos que asumir un inevitable riesgo, lo  minimizaremos tanto como sea posible.
 
En la ceremonia de firma de la Declaración de Principios palestino-israelí,  del 13 de septiembre de 1993, Yitzhak Rabin estableció: Hemos venido a intentar  poner fin a las hostilidades  para que nuestros hijos  y   los hijos de nuestros hijos   no experimenten el doloroso costo de la guerra, la violencia y el terrorismo. Hemos venido a asegurar sus vidas, aliviar el pesar y los dolorosos recuerdos del pasado para anhelar y rezar por la paz.  
 
Dentro de un mes, en Annapolis, tendrá lugar un encuentro internacional bajo el auspicio de quienes intentamos encontrar  un camino que conduzca, espero, a poner fin al conflicto entre nosotros y los palestinos. Asistiremos habiendo aprendido de la experiencia y sin ilusión alguna. No sé si el tiempo para la paz está maduro. Pero sí sé que,  como Primer Ministro,  es mi deber actuar a fin de alcanzar ese momento o,  al menos,  acercándolo, como creía y deseaba Yitzhak Rabin. Por eso estaremos allí, en Annapolis. Estaremos alertas, prudentes,  cautelosos  y listos para cualquier oportunidad de deliberaciones entre nosotros y los palestinos.
 
Ya sabemos: la paz no está hecha de conferencias internacionales. La paz no está hecha de un pedazo de papel, por muy elegante que sea;   la paz se construye con buena voluntad y  predisposición genuina para aceptar la existencia del otro, comprendiendo, al mismo tiempo, sus  necesidades y temores.
 
Aquí  quisiera decir claramente: los 60 años de este Estado están llenos de nuestras dolorosas aflicciones que continúan, día a día,  pesándonos y modelando nuestras opiniones. El pueblo judío, ciudadanos de este Estado, decenas de miles de familias viven en  constante agonía - que no puede ser imaginada- plena de  recuerdos y añoranzas sobre los que perdieron. Nunca olvidaremos el dolor y el sufrimiento con el que tenemos que vivir. Ellos serán,  siempre,  una parte inseparable de nuestras vidas  y,  siempre,  acompañarán el proceso de toma de decisión para poner fin al conflicto.
 
Para ser justo siento la  obligación de decir que,  aquellos a quienes estamos enfrentando, también padecen  el dolor de la separación, la pérdida y el infortunio. Estamos seguros y lo suficientemente fuertes en nuestra  convicción  para reconocer su dolor  y decirles: “No somos indiferentes a los sentimientos de indignidad y desgracia que muchos  sienten. Hay solamente un modo de resolver este problema;  hacer la paz”.
 
La paz no está hecha por medio de actos mágicos y  atajos.
 
Por ello, dirigiremos esta negociación con los palestinos de manera cautelosa, responsable y  con una doble determinación; por un lado,  agotando  toda posibilidad de alcanzar un acuerdo, y, por el otro,  salvaguardando  los intereses vitales del Estado de Israel  y asegurando el bienestar y seguridad de sus ciudadanos.
 
Vamos a Annapolis porque, incluso después de estos 14 años llenos de esperanza, desilusión y frustración aún creemos que tenemos un socio y que,  la mayoría de los palestinos,  desean vivir en paz; así como la  mayoría del pueblo israelí desea cambiar la realidad que formó y solidificó en estos  40 años pasados;  una realidad que arroja una sombra amenazante sobre el Estado de Israel siendo un Estado judío democrático.
 
Sabemos que,  las fuerzas que se opusieron en la sociedad palestina  al camino de paz   son más fuertes de lo que pensábamos  y que,  aquellos del otro lado que desean la paz,  no siempre están listos para dar  los pasos necesarios contra los enemigos de la paz. Sabemos esto, Pero el antiguo dicho judío dice: “Ama la paz y persíguela”. No sólo amarla, sino procurarla; porque la paz debe ser buscada  y no vanamente esperarla.
 
Señora Oradora,
 
El asesinato de Rabin fue un doloroso momento de desencanto para la sociedad israelí. Durante el tiempo previo al asesinato  estábamos viviendo en un tonto paraíso. Vivíamos con la ingenua creencia que, a nosotros, no nos pasaría. En ese tiempo, nuestra sociedad tenía violencia (extremistas y fanáticos). Las reglas de la democracia estaban grabadas sobre los corazones de la sociedad israelí, y no había temor real de un asesinato político. En esencia: un judío nunca haría tal cosa.
 
El asesinato del Primer Ministro probó cuán ingenuos e irresponsables fuimos. Abrió nuestros ojos  mostrándonos que,  la joven democracia israelí,   sufre penas cada vez mayores. En esa noche terrible nos prometimos todos: “Nunca más. No olvidaremos, no nos perdonaremos”, porque nunca antes habíamos tenido un asesinato así.
 
El hombre que asesinó a Yitzhak Rabin disparó tres balas a la espalda de la democracia israelí que,  en efecto, había tramado para eliminarlo. Actuó para probar que Abraham Lincoln estaba equivocado cuando dijo:”El voto es más poderosa que la bala”.
 
Esta es  la razón por  la cual las encuestas recientes son tan perturbadoras. Este año muestran un incremento en el número de personas que consideran que,  el asesinato de un Primer Ministro,  podría ser tratado como cualquier otro y que,  el castigo,  debería limitarse  a 20 años de prisión y,  luego, el asesino  debería ser liberado. Estas alarmantes informaciones prueban que, 12 años después del asesinato, la democracia israelí todavía no superó  toda su debilidad.
Aún no  se secaron los pantanos ni disipado a los malvados.
 
Damas y Caballeros de la Knesset,
 
El Día de Recordación del asesinato del Primer Ministro Yitzhak Rabin fue establecido en el calendario de la sociedad israelí para que sirva como día de reflexión, de profunda autoexaminación en el espejo  para encontrar  aquellos defectos debilitantes que manchan nuestra imagen como sociedad.
 
Es un paso necesario para  corregir los desperfectos, en un esfuerzo para acercarnos a la imagen de nuestros sueños.
 
Yitzhak Rabin fue caracterizado como un individuo con gran  sensibilidad humana, que es tan judía. “Hay en nuestro público”, solía decir, “algunos que sufren de una obstrucción en el corazón. No sé por qué ni cómo. Y hay no pocos, entre  nosotros,  en los que la chispa de humanidad se redujo. Encuentro demasiada insensibilidad, demasiada lucha y disputa. Insuficiente preocupación por los demás”.
 
Y yo agregaría que,  en lugar de ser “el hombre humano con el hombre”, muchos de nosotros obran de acuerdo a “el hombre es un lobo para  el hombre”. Ese lobo, condenado por el odio, trajo la muerte a Rabin. Pero no tuvo éxito, y nunca lo tendrá, en borrarlo de nuestros corazones.
 
Sea su memoria bendecida.

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