Alocución del presidente Shimon Peres con motivo de la visita de S.S. el Papa Benedicto XVI a Israel a la residencia del Presidente
Su Santidad,
El Estado de Israel os da hoy la más calurosa bienvenida y os acoge con corazón abierto. Nos es grato recibiros en la patria ancestral del pueblo judío, junto con vuestra comitiva, en vuestra visita a la Tierra Santa. Conforme a nuestra tradición de hospitalidad, que se inició con el patriarca Abraham, os damos la bienvenida con profunda estima.
Estamos atentos a vuestro mensaje y os extendemos una alfombra de amistad al recorrer nuestro país. Os recibimos con una palabra usual de nuestro idioma, que resume la esencia de nuestros anhelos:
Su Santidad El Papa Benedicto XVI - ¡SHALOM!
Vemos en vos un promotor de la paz; un gran líder espiritual; el poderoso portador de un mensaje de paz a esta tierra y a todas las demás.
Nuestra historia atestigua tanto de nuestra devoción al Todopoderoso, como de las consecuencias de las disensiones terrenales. El judaísmo se basa en la tolerancia hacia otras creencias. Según dijo el profeta Miqueas: “Aunque todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios, nosotros con todo
andaremos en el nombre del Eterno nuestro Dios eternamente y para siempre.” (Miqueas, IV, 5).
"כִּי, כָּל-הָעַמִּים, יֵלְכוּ, אִישׁ בְּשֵׁם אֱלֹהָיו; וַאֲנַחְנוּ, נֵלֵךְ בְּשֵׁם-יְהוָה אֱלֹהֵינוּ לְעוֹלָם וָעֶד".
Las disensiones son obstinadas, pero los pueblos de nuestra región están cansados de guerras. Dejemos las disensiones para la historia y escribamos la nueva historia en letras de fe y de paz. Hemos perdido en las batallas a los que nos eran más caros. Hemos encontrado esperanza alrededor de la mesa de negociaciones. La democracia nunca fue interrumpida ni por guerra ni por paz.
Nuestro pueblo conoció el sufrimiento, conocimos el Holocausto. Nuestro Estado brotó de las cenizas de nuestros hermanos y hermanas inocentes, exterminados en las cámaras de gas de Hitler. El humo de los crematorios se convirtió en faro que guió nuestras vidas. Nuestro hogar en Israel es un refugio de vida para quienes sólo vieron muerte. Como descendientes de las víctimas, nuestros corazones son sensibles al sufrimiento de otros.
Su Santidad,
Los dirigentes espirituales pueden allanar el camino de los líderes políticos. Pueden quitar las minas del camino que lleva hacia la paz. Los dirigentes espirituales deben reducir la animosidad para que los líderes políticos no recurran a medios destructivos. Las antiguas disensiones han envejecido y menguado. Así que más que un nuevo vehículo blindado necesitamos un espíritu nuevo, fuerte y edificante, que nos infunda la convicción de que la paz puede alcanzarse, y el ardiente deseo de lograrla.
Lazos de reconciliación y comprensión están tejiéndose hoy entre la Santa Sede y el pueblo judío. Encomiamos este proceso y vuestro liderazgo. Nuestra puerta está abierta a un esfuerzo similar hacia el mundo musulmán. Desde el día en que volvimos a nuestra patria después de dos mil años de exilio, hemos garantizado a todos en este país la libertad de religión y de culto, y permitimos a cada uno estar en comunión con el Dios que haya elegido.
Todos nosotros: judíos, cristianos, musulmanes, todos los creyentes, reconocemos que el problema no debe ser hoy separar la religión del Estado, sino separar radicalmente la religión de la violencia. Nuestro Dios universal nos ordenó: “No matarás” y nos enseñó a santificar las vidas humanas. Antaño las enemistades eran inmensas, pero la amenaza de arcos y flechas era limitada.
Hogaño, el peligro de las armas modernas es ilimitado, pero toda expresión de hostilidad, aun baladí, puede desencadenar la destrucción de pueblos, de países y aun de toda la humanidad.
Su Santidad,
Este año, el año de vuestra visita aquí, puede revelarse como una oportunidad para nosotros y nuestros vecinos de alcanzar la paz. Si bien son muchas las nubes políticas que ensombrecen el horizonte, y aunque los clamores de incitación cubren las voces de paz; y pese a que mucha violencia se cierne sobre nuestras vidas, la mayoría de los pueblos de esta región anhelan la paz.
Oyendo sus voces, esfuerzos concertados aún pueden hacer que este sea un año histórico, para el bien de todos los pueblos, todas las religiones, todos los niños. Un año de paz regional y no sólo local.
De aquí, de Jerusalén, de esa tierra que hollaron los profetas, deseo elevar una plegaria:
Caigan los muros de hostilidad, desaparezcan los odios del pasado, venga una nueva historia a traernos un nuevo amanecer, permitiendo a las generaciones venideras nacer en paz, vivir en paz y dejar a sus descendientes un legado de paz, libre de amenazas y de violencia, con justicia garantizada a todos los pueblos, con seguridad para todos y cada uno.
Esta plegaria, la de un hombre a Dios, debe llegar a destino. Cada uno la dirá en su propia lengua, cada una de buena fe, sin censura ni restricción alguna.
Roguemos por que cada uno viva en tranquilidad y libertad en su propio hogar, con su familia y sus niños. Ni chozas de esclavos ni mansiones de amos.
Oremos juntos, pidiendo que las madres, todas las madres, sea cual fuere su religión o nacionalidad. No padezcan más de sufrimientos ni ansiedades, y críen niños que no conozcan el sabor del pecado, niños cuyo porvenir no esté constreñido.
Con Vuestra Santidad, oraremos al Creador pidiéndole que nos dé la sabiduría de ser humildes, nos otorgue la sensatez de no humillar a otros, nos recuerde que cada hombre nace a imagen y semejanza de Dios, y que siendo diferentes, la esencia de la igualdad es el igual derecho a ser diferentes, y que las disensiones nunca deben abordarse blandiendo espadas, a fin de reforzar nuestro compromiso de devolver a los hombres su dignidad, al aire su frescura, al agua su pureza, a la tierra su fertilidad, a los jóvenes la esperanza.
Su Santidad,
Con los pies en las puertas de Jerusalén la eterna desde este lugar, la ciudad de Dios, nuestras bendiciones os acompañarán, con el anhelo de que vuestras oraciones lleguen a los cielos y a los oídos de los hombres. Ojalá las luminarias de las historia alumbren vuestros pasos por el suelo de la Tierra Santa.
Os acogemos en paz y a la hora de vuestra partida, ojalá prevalezca el legado de la paz, y ojalá vuestra visita haya sido portadora de paz.