Michael J. Pragai
El cristianismo sin la Tierra Santa es inconcebible. Sus raíces, ya sean teológicas, históricas, culturales, morales o geográficas, tienen un origen central: Tierra Santa, la histórica provincia romana de Palestina, el país bíblico de Canaán, la tierra de los profetas y de Jesús el Nazareno, de los patriarcas hebreos, esa tierra que hoy es Israel. Fue aquí, en este pequeño y bien definido punto del Imperio Romano, en la provincia semiautónoma de Palestina, en el seno de la población predominantemente judía de esa tierra, donde nació la fe cristiana.
Unos trescientos o cuatrocientos años más tarde, en los siglos III y IV, el cristianismo se había extendido mucho más allá de lo que en el futuro se denominaría Tierra Santa. Pero la tierra de Palestina, y Jerusalén en el centro, seguirían constituyendo los núcleos geográficos y espirituales de toda la Cristiandad. Si bien el cristianismo se convertiría en una religión universal cuya autoridad central se encuentra en Roma, la Tierra Santa y Jerusalén han ocupado siempre un lugar muy especial en los corazones, las mentes y emociones de los cristianos, en todas partes y en todas las épocas.
El elemento concreto que ha seguido manteniendo ese interés y lo ha convertido en una profunda vinculación personal a esa tierra es, y siempre lo ha sido, la Biblia, las Sagradas Escrituras constituidas por el Antiguo y el Nuevo Testamento, órbitas espirituales y culturales del camino recorrido por Jesús de Nazaret y en el que construyó su visión del mundo, así como sus contemporáneos, todos ellos judíos, lo hacían en esa época y lo hicieron siempre, allí donde vivieran y cualesquiera fueran las circunstancias de su apego a la vida y a la supervivencia.
No ha habido nunca un éxito editorial internacional como la Biblia. Ningún otro libro, en la historia de la civilización, ha sido tantas veces impreso o copiado a mano, y ningún otro libro ha sido traducido a tantas lenguas y dialectos. A veces, la traducción de las Escrituras a un idioma determinado tiene un efecto decisivo en el desarrollo de ese mismo idioma. A veces, culturas enteras entraron de golpe en un desarrollo acelerado a raíz de la traducción de la Biblia a un lenguaje accesible al público instruido.
Las historias, parábolas y profecías, así como los milagros y los versos, los héroes y los malvados, patriarcas, reyes, jueces y líderes de la Biblia son conocidos en todos los lugares del mundo en que el cristianismo se haya afincado y en los países cuya cultura dominante está arraigada en la tradición cristiana. Es por medio de tales historias, milagros y parábolas que se forma el conocimiento de los parajes, ríos, valles y montes de Tierra Santa. El nombre de Jerusalén resuena en los lugares más remotos de planeta, y también otros nombres como Belén, Jericó, el Jordán, el Monte Tabor y el Mar de Galilea. Pertenecen al lenguaje familiar, son parte del patrimonio cultural judeo-cristiano, un patrimonio impregnado, como ningún otro, por la geografía de esta tierra. Los nombres de parajes de la antigua Palestina solían ser más conocidos por los escolares de Gran Bretaña y de la Norteamérica colonial, de los países protestantes nórdicos, y por cierto de muchos países africanos, que los de las aldeas y los ríos aledaños.
Si bien en la vida cristiana la vinculación con Tierra Santa es tan importante, ésta es, y siempre ha sido, aun más central en la vida del pueblo judío. Si hay un único punto focal en la vida judía, ese punto es la Tierra de Israel. Con toda su universalidad, la fe y la cultura judías están ligadas al país de origen, como un niño al vientre de su madre. No importa cómo sean considerados los judíos, como religión, fe, tradición o nación, patrimonio cultural o concepto espiritual; mientras haya algo judío, ese algo estará ligado a la Tierra de Israel de manera inseparable e irreversible.
Allí es donde se formó un pueblo, allí se creó su código moral y jurídico singular, de allí surgieron sus pensadores y profetas, jueces y reyes, y allí combatieron para asirse a la tierra prometida por Dios. Allí se celebró el Pacto, el primer contrato entre Dios y un pueblo acerca de un sitio determinado en la faz de la Tierra y un modo determinado de vida que debía ser observado por el pueblo para vivir en la Tierra Prometida. Y allí fue donde se embarcaron en un intento sin precedentes por vivir en cumplimiento del pacto con Dios. Labraron la tierra que les había sido concedida y construyeron una nueva nación. Tuvieron sus gobernantes y reyes, y a menudo tuvieron que tomar las armas contra intrusos e invasores. Pero respetaron la promesa y cumplieron su parte del Pacto lo mejor que pudieron. Las circunstancias, sin embargo, fueron adversas y el pueblo de Israel se vio llevado al exilio en Babilonia.
Fue allí, a orillas de los ríos de Babilonia, en el siglo VI AC, donde nació la idea del retorno. Tenemos la prueba inmortal del Libro de los Salmos:
“Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas.
Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: « ¡Cántennos un cántico de Sión!» ¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña? Ah, Jerusalén, Jerusalén, si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque! Si de ti no me acordara, ni te pusiera por encima de mi propia alegría, ¡que la lengua se me pegue al paladar!” (Salmo137:1-6)
A lo largo de generaciones, millones y millones de hombres y mujeres conocieron estas líneas. Sabían, intelectualmente y por instinto, que los que entonaban esos versos eran judíos de la Tierra de Israel, que cantaban, lloraban y soñaban con el retorno al hogar.
Jesús de Nazaret vivió en Judea después del retorno de aquel primer Exilio en Babilonia, pero antes de que sobreviniera un segundo Exilio, infinitamente peor, sobre el pueblo de Judea. Un exilio de casi 2000 años, de errar de un país a otro y ser repetidamente perseguidos, expulsados, discriminados, incomprendidos, envidiados, aborrecidos y asesinados, individualmente o en masa, quemados en la hoguera o exterminados por millones en las sofisticadas fábricas de la muerte.
Pero el pueblo judío siguió asido a la vida y manteniendo viva su fe. Durante siglos, fueron muchos los cristianos que se asombraban, sin comprender cómo este pueblo sobrevivía a las condiciones más horrendas y miserables. A veces observaban, no ya asombrados, sino desconcertados, sin poder creer y con un temor reverente. Tal vez ese asombro a su vez haya atizado los fuegos no sólo del temor reverente sino del odio y la envidia.
Gruesos volúmenes se han escrito sobre este enigma de la continuidad nacional y espiritual judía. Se han sugerido muchas soluciones, algunas cristianas, otras judías y otras no religiosas. Algunos lo han enfocado desde un punto de vista teológico, o una perspectiva puramente espiritual, mientras otros adoptaban un enfoque histórico. El denominador común es el concepto del retorno. A veces en forma de esperanza, sueño y plegaria por volver a la Tierra de Israel a vivir, otra vez, como pueblo y nación regidos por Dios, otras veces en relación con la llegada del Mesías, precondición de la Era Mesiánica, pero siempre, allí donde haya judíos, habrá un manantial singular, válido tanto para el individuo como para la nación, de esperanza por el retorno. Por ello oran los judíos tres veces por día, al celebrar el sábado y las festividades y en todo acontecimiento familiar, hasta el día de la muerte
Desde los albores del cristianismo tuvo lugar un constante intercambio espiritual entre judíos y cristianos. Hubo debates, discusiones, y fatídicas disputas, en la que el interlocutor judío ponía en peligro su vida. Muchos teólogos, clérigos y laicos cristianos instruidos adquirieron conocimiento de las tradiciones, oraciones y aspiraciones judías, muchas veces a partir de los textos hebreos originales y de sus versiones en griego, latín y otros idiomas. Dentro del cristianismo se conocen las numerosas profecías que hablan del retorno del pueblo judío a la tierra de sus antepasados, y de su restitución allí como nación, en la tierra prometida que es parte del Pacto de Abraham, reafirmadas una y otra vez. Muchos cristianos se han preguntado acerca de la conexión entre esas profecías bíblicas y los judíos que viven entre ellos, soportando, de manera a menudo heroica e inexplicable, un destino de parias y objetivos omnipresentes de instigación al odio, la discriminación, el saqueo, la expulsión y abiertamente al asesinato. Y algunos se han planteado si es que el cristianismo tiene una tarea que cumplir mientras aspira a su autorrealización y promueve la salvación al final de los tiempos. ¿Los cristianos tienen la misión de asegurar que las profecías del retorno de los judíos se cumplan, posiblemente como condición previa de la redención final cristiana? Algunos se han hecho esta pregunta, otros han respondido, y en el transcurso de muchos años no son pocos los teólogos, escritores, estadistas y políticos cristianos que han dado una respuesta afirmativa: los cristianos tienen interés en el retorno. La restitución de la Patria a los judíos es parte de la visión cristiana de los designios divinos en el mundo.
Mucho antes del surgimiento del sionismo, movimiento judío de fines del siglo XIX que aboga por el retorno, la adopción de la idea del retorno era claramente evidente entre los cristianos. A favor de ella hubo muy importantes contribuciones, particularmente en Gran Bretaña y luego en otros países, especialmente Estados Unidos. La inspiración para el apoyo y comprensión de la idea provino de la misma religión cristiana. Cuando la ideología judía moderna del retorno cobró vida en un movimiento político y práctico, que culminó con el establecimiento del Estado de Israel, muchos cristianos brindaron su apoyo y le prestaron un servicio vital en el arduo camino emprendido. Es tal vez irónico que el retorno de los judíos a su patria haya sido logrado en parte, si bien de forma significativa, gracias a la ayuda de la misma fe que ellos, los judíos, les habían dado a los gentiles.
El Estado judío en la Tierra de Israel ha fortalecido los antiguos e ininterrumpidos lazos entre cristianos y judíos. El diálogo entre las dos religiones en el pasado fue a menudo innoble y sórdido, pero dos grandes acontecimientos históricos que tuvieron lugar hacia el fin de la primera mitad del siglo XX marcaron un vuelco decisivo: el Holocausto, en el que se extinguieron las vidas de más de un tercio del pueblo judío, y el establecimiento de Estado de Israel. A partir de entonces, la esencia y el tenor del diálogo cambió profundamente, un hecho notablemente destacado en la resolución del Concilio Vaticano II de 1965 de absolver para siempre a los judíos de la acusación de deicidio. Y está la realidad pura y visible de la vida en Israel y Jerusalén. En la ciudad reina la tranquilidad, hay libre acceso a todos los sitios sagrados, las comunidades cristianas florecen, y cada año llegan millares de peregrinos para ver y dar testimonio del amanecer de una nueva era.