Por el rabino David Rosen
La reciente controversia sobre el levantamiento de la excomunión de monseñor Richard Williamson y otros tres obispos miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha hecho pensar a algunos que el Vaticano pudiera estar echándose atrás en lo tocante a las relaciones católico-judías y en particular en la lucha contra el antisemitismo. Las declaraciones de la Secretaría de Estado vaticana, y después las del propio Papa, cuando recibió últimamente a la delegación del comité bilateral del Gran Rabinato de Israel y de la Comisión de la Santa Sede para el Diálogo con el Judaísmo, han puesto en claro que nada estaba más lejos de la realidad. El Vaticano y el Papa han dejado sentado que el haber levantado la excomunión de esos obispos no implicaba restituirlos a sus funciones, ya que no serán reaceptados en la Iglesia hasta tanto no acepten las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que comprenden las enseñanzas positivas sobre los judíos y el judaísmo. Por encima de todo, el Papa no sólo ha reafirmado el inequívoco repudio por la Iglesia del antisemitismo y de la negación del Holocausto, sino que también ha reiterado la importancia de incluir el Holocausto en la educación y ha repetido especialmente su hondo y profundo compromiso personal de seguir el camino trazado por su predecesor en cuanto a la promoción de las relaciones católico-judías. Quienes conocen el historial del Papa Benedicto XVI no se sorprenderán en absoluto de ello.
ÉL FUE EL PRIMER JEFE DE LA IGLESIA CATÓLICA que invitó a dirigentes judíos a asistir a los funerales de un papa – su predecesor Juan Pablo II – y, sobre todo, a la ceremonia de su propia elevación al trono de San Pedro en 2005. Poco más de un mes después recibió a una delegación del Comité Judío Internacional de Consultas Interreligiosas. Este organismo, que abarca las principales organizaciones de defensa del judaísmo, y agrupa todas las grandes corrientes del judaísmo contemporáneo, es el interlocutor oficial de Comisión de la Santa Sede para el Diálogo con el Judaísmo. Es notable que recibiera a esta delegación judía apenas iniciado su pontificado, aún antes que las de órganos representativos de otras ramas del cristianismo y menos aún de otras religiones.
En esa entrevista Benedicto XVI declaró: “en los años siguientes [al Concilio Vaticano II], mis predecesores, el Papa Paulo VI y especialmente el Papa Juan Pablo II, dieron pasos significativos hacia el mejoramiento de las relaciones con el pueblo judío. Me propongo seguir el mismo camino.” Es más, el primer lugar de culto de otra comunidad religiosa visitado por el Papa Benedicto XVI fue la sinagoga de Colonia, en agosto de 2005, durante su recorrido por Alemania con ocasión del Día Mundial de la Juventud.
En esa oportunidad se refirió a la entrevista antes mencionada diciendo que “hoy deseo reafirmar mi intención de seguir avanzando con gran vigor por el camino de las relaciones mejoradas y la amistad con el pueblo judío, siguiendo los pasos decisivos dados por el Papa Juan Pablo II.” En ambas ocasiones esbozó algo más de sus ideas sobre la naturaleza y el propósito de esta relación. Además de reconocer el trágico pasado y deplorar el resurgimiento del antisemitismo, señaló que "el patrimonio espiritual que comparten cristianos y judíos es la fuente de sabiduría e inspiración capaz de guiarnos hacia un futuro de esperanza conforme al plan divino. Al propio tiempo, recordar el pasado es para ambas comunidades un imperativo moral y una fuente de purificación, en nuestros esfuerzos por orar y laborar en pro de la reconciliación, la justicia el respeto y la dignidad humana, y por lograr aquella paz que es en último término un presente del propio Señor. La importancia de este pasado exige por esencia una reflexión continuada sobre los profundos interrogantes históricos, morales y teológicos que plantea la Shoá.”
EN EL PRIMER AÑO DE SU PONTIFICADO el Papa Benedicto siguió reuniéndose con una variedad de organizaciones y de dirigentes judíos, entre ellos los grandes rabinos de Israel y el gran rabino de Roma. Al recibir a este último, declaró: "La Iglesia católica está cerca de ustedes y es su amiga. Sí, les amamos y no podemos sino amarlos por causa de los Padres: a través de ellos ustedes son para nosotros hermanos muy queridos y amados."
El Papa expresó también su gratitud por la divina protección al pueblo judío, que ha garantizado su supervivencia a lo largo de la historia.
"El pueblo de Israel ha sido librado de las manos de sus enemigos en frecuentes ocasiones y a lo largo de siglos de antisemitismo, y la mano del Todopoderoso lo sostuvo y guió durante los trágicos momentos de la Shoá." Estas son ideas recurrentes en los escritos de Joseph Ratzinger. En diciembre de 2000, en un artículo titulado: El legado de Abraham: el regalo de Navidad, publicado en el Osservatore Romano, escribió: "Abraham, padre del pueblo de Israel, padre de la fe, se ha convertido en fuente de bendiciones porque en él «serán bendecidas todas las familias de la tierra». La misión del Pueblo Elegido es por lo tanto ofrendar su Dios, el único verdadero Dios, a todos los pueblos. De hecho, como cristianos somos los herederos de su fe en el Dios único. Nuestra gratitud debe pues extenderse a nuestros hermanos y hermanas judíos, que a pesar de los sufrimeintos que han padecido en su historia, han perseverado en su fe en este Dios hasta el presente y dan testimonio de ella...". En este mismo artículo, el entonces Cardenal Ratzinger se refirió al antisemitismo y a la medida en que el cristianismo estuvo implicado en él. "A lo largo de la historia del cristianismo, relaciones ya deterioradas empeoraron aun más, generando en muchos casos actitudes antijudías que a lo largo de los siglos desembocaron en deplorables actos de violencia. Incluso si la reciente abominación de la Shoá fue perpetrada en nombre de una ideología anticristiana que trataba de herir la fe cristiana en sus raíces abrahámicas del pueblo de Israel, no cabe negar cierta insuficiente resistencia a esta atrocidad por parte de los cristianos, que puede atribuirse a un antijudaísmo heredado, presente en el corazón de no pocos cristianos."
ESTA CONDENACIÓN del antisemitismo incluye una descripción del nazismo que no todos compartirían. El Papa repitió esta idea al visitar el sitio del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau en mayo de 2006.
Al describir las intenciones del nazismo, dijo: "En su fuero interno, esos criminales vesánicos, al aniquilar a este pueblo pretendían matar al Dios que llamó a Abraham, que habló en el Sinaí para sentar los principios que debían guiar a la humanidad, principios eternamente válidos. Si ese pueblo por su mera existencia era testimonio del Dios que habló a la humanidad y nos tomó para Sí mismo, ese Dios entonces tenía que morir y el poder debía pertenecer sólamente al hombre, a esos hombres que creían que por la fuerza se habían convertido en dueños del mundo. Al destruir a Israel en la Shoá, lo que querían en último término era arrancar de raíz la fe cristiana sustituyéndola por otra fe inventada por ellos...".
Aunque muchos quizás discrepen del análisis del Papa Benedicto XVI, no puede haber argumento más poderoso que el expuesto en estas manifestaciones para inducir a un cristiano a abstenerse de todo prejuicio antisemita.
Es significativa la condena del antisemitismo como malévolo y es notable que se le condena como "pecado contra Dios y contra el hombre", como ya lo dijera el Papa Juan Pablo II (en palabras que el propio Papa Benedicto XVI ha reiterado). Sin embargo, describir al antisemitismo como un ataque a las raíces mismas del cristianismo significa que para un cristiano el albergar esos sentimientos implica atacar y traicionar su propia fe. Ése es un mensaje de importancia pedagógica enorme en la lucha contra el odio a los judíos y el judaímo.
SEGÚN YA SE HA DICHO, para Benedicto XVI la Iglesia tiene una relación especial y singular con el pueblo judío. Ello ineludiblemente debe tomar en cuenta las afirmaciones centrales de la fe judía y de la identidad contemporánea judía. En este sentido el Papa tiene una comprensión profunda del significado del Estado de Israel para el pueblo judío. Siendo aún Cardenal, fue miembro del comité especial de la Santa Sede que examinó y autorizó el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Israel y el Vaticano.
Entre sus amigos próximos en Israel a lo largo de muchos años (entre ellos el difunto alcalde de Jerusalén, Teddy Kollek), está el profesor Zwi Werblowsky, uno de los pioneros judíos en Israel del diálogo interreligioso. El entonces Cardenal Ratzinger telefoneó a Werbolwsky en Jerusalén para expresar su alegría por el acuerdo al respecto, describiéndolo como el fruto de la labor del Concilio Vaticano II.
No todos en la Iglesia han percibido el papel central que Israel desempeña en la identidad judía contemporánea y también histórica. El Papa Benedicto XVI, que sí lo ha hecho, se ha percatado plenamente de que la relación entre el Vaticano y el Estado de Israel está íntimamene ligada a la relación entre el pueblo judío y la Iglesia católica.
Ello no está exento, por supuesto, de complicaciones tanto, en lo que atañe a los intereses de la Iglesia local en Israel y en los territorios palestinos, como en lo referente a los intereses de la Santa Sede en el mundo árabe y ante el conjunto de la sociedad musulmana. Estos intereses, a menudo contradictorios, se ven afectados, lógicamente, por el conflicto israelo-palestino. Por ello, la oración por la paz en Tierra Santa es un tema recurrente en las homilías y los discursos del Papa, indicando así que esta paz sería una bendición no sólo para los pueblos y religiones de esa tierra sino también para el mundo entero. Benedicto XVI ha dicho a menudo que judíos y cristianos deben orar y obrar juntos por lograr el objetivo de la paz en todo el mundo.
En su reunión antes mencionada con la delegación del gran rabinato de Israel, encabezada por el Gran Rabino She’ar Yashuv Cohen, el Papa expresó la esperanza de que su visita a Israel haría progresar las relaciones entre católicos y judíos y fomentaría también la paz en el país y fuera de él. Aunque todos los hombres de buena voluntad comparten esta esperanza, muchos se sienten un tanto escépticos dada la situación actual sobre el terreno. En todo caso no cabe duda de que la visita del Papa Benedicto XVI contribuirá a promover aún más la histórica transformación en nuestros tiempos de las relaciones entre la Iglesia Católica y el pueblo judío.
El autor - ex Gran Rabino de Irlanda - encabeza el departamento de Asuntos Interreligiosos del Comité Judío Americano y es asesor honorario del Gran Rabinato de Israel en materia de relaciones interreligiosas.